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jueves, 15 de marzo de 2012

Poemas de Winett de Rokha



DOMINGO SANDERSON

Cierro los ojos anticipándome a lo definitivo, y la ventana
del tiempo se disgrega,
vienen ellos y ellas, tú y yo, nuestros hijos, y vosotros todos,
se ha vivido el destino y la forma: marfiles, corales, ébanos y estrellas.

Inútil añoranza, inútil afán de insecto laborioso y alas de agua,
vidas que se precipitan del cerebro al mar y del mar al cerebro,
allí estáis vosotros, aquí estamos, allí estaréis vosotras un largo año.

Como el viejo Domingo Sanderson, mi abuelo, en la cuadrada
plaza de provincia,
soleada plaza con pesados árboles y pájaros municipales,
soledad y polvo, en las carreteras, en las puertas, en los campanarios,
soledad y polvo en las almas de los muebles y los tristes,
mirando cómo emigran los murciélagos que traen tiempo y miedo.

Porque una vez, entre siglo y siglo,
vivió y murió entre libros y sueños, entre libros y espanto,
entre libros y brujería, y demonio y sacrilegio,
en el cual Voltaire, enfundado en una roja capa muerta,
miraba enjuto y pálido, lleno de ángulos y fosforescencia prohibida,
-libros y sueños, libros y libros- maldición y conjuro.

Hijos, voluntades dispersas, enfermizas, criaturas de dolor y de rencor,
ajenas, esporádicas criaturas con un nombre en el extremo de las uñas.

Tres o cuatro fechas y en la memoria de algunas
estampas, una visión equívoca,
eso, de Domingo Anderson, el políglota,
libros, y libros a la espalda, con ellos de casa en casa,
libros y libros y libros,
con ellos de pensión en pensión, encajonados, llovidos,
rodando, acumulados como piedras de piedra,
dolor y cansancio y libros, escrituras y escrituras en
caligrafía de dolor y sueños.

Setenta y anchos cuatro años sobre la irrealidad,
setenta y anchos cuatro años de combate sin combate, de duda;
LOS SUYOS, maldicen el cadáver;
los libros amontonados no hablan,
los libros deshojados como castaños, son quemados,
y el cuerpo solo, marmóreo, inmutable, desciende solo y sin libros,
solo, absolutamente solo, inútilmente solo,
con el abecedario entre los dientes.

Abro los brazos estrechando lo inútil inconmensurable:
mitos, libros, ríos, libros, desengaños, libros, libros, libros,
tú y yo entre los doscientos crepúsculos…



ESCENARIO DE MELOPEA EN ANTIGUO

Cóncavo, con estalactitas y estalagmitas,
todo blanco, como el dedo de la mañana,
y un tapiz rojo, ensangrentado y repitiéndose,
donde mi zapatilla es una sola pepa de sandia.

Todo ojo se copia en los espejitos de mis uñas,
y mis brazos caen, se levantan y caen otoñándose.

La palabra se hace mariposa de noche,
pestañea, gira, se detiene, abre su corazón de perla inopinada
y se prende a un eco que rueda,
lentamente, desdoblándose, persiguiendo su órbita,
como una cabellera de astro que se disuelve.



CARCOMA Y PRESENCIA DEL CAPITALISMO

Frío, plano, de exactas dimensiones,
el siglo XX cabe en una cancha de tennis.

En mesitas de café-concierto,
entre pajillas, whisky-sowers y cigarrillos egipcios,
la mujer contemporánea
borda corpiños de seda negra.

En el paddock,
al compás de la música loca de un jazz-band,
las mujeres y los caballos se pasean.

Del brazo de Pablo de Rokha,
intervengo en el ritornello
mundial de las muchedumbres.

Ilustrando mis poemas
con perspectivas de paperchase,
con sweaters cuadriculados de sportman,
y humaredas de inquietantes locomotoras,
soy la Eva clásica del porvenir.

Astral y sensitiva, horado
en aviones románticos,
el azul de las golondrinas perdidas.



AMARILLA Y FLOR DE AGOSTO

¿Sientes cómo la araña hila su encaje
de sombra enmohecida?...

Ven, la flacura del Invierno
ha extendido su manta de cañamo maldito.

Como en aquellos días de oro,
tu conciencia y mi espanto,
acarician la línea fugitiva
de mi corazón inocente.

Poemas de Carlos de Rokha

Memorial y llaves


 ¡Dadme un sueño de ojos abiertos,
un muro donde caer arrodillado!


Mi sangre está llena de islas,
mis párpados de anunciaciones y agonías.
¡Pero en mi corazón no cabe un dolor más!


Mi piel está llagada por dentro.
Me han cercado los fantasmas del terror y del sueño.
¡Ay, crueles vigías, liberadme
y tú, río del amor, dóname ya la pura
quietud de tus anillos!
¡A mí, que nada poseo
sino las mortajas que nos deja el sueño
los silicios del hambre y del asombro!


Pues atravesé la noche en busca de otros mundos.
Y no encontré nada sino bestias degolladas ensangrentando los caminos.
Nada sino pájaros heridos en los mudos tejados
y niños que morían sin alcanzar el velero de sus sueños,
apostados frente a tierras baldías que desde los pies los devoraban.
Y contra ellos lanzaban los lobos del silencio
y los puñales del abismo que una mano invisible blandía.
Cada vez que sus cantos llenaban la mañana
con corales de júbilo y espera.


¡Ven, dulce muerte de ropaje benigno y ardientes instrumentos!
Porque no encontré nada sino a Ti
en la víspera de cada viaje.
Y en el error de todo tumulto.


Tú llenabas el paisaje de la sierra y las vastas columnas de los ríos.
¡Tú, gran liberadora, y tu ojo de piedra clavado en las ventanas!
¡Ven! quiero que veas a tu huésped desnudo de recursos.
Voy a tender hacia ti las mismas manos que tu santa ceniza recibieron.


Voy a darte mi sed y mi agonía
y los libros de mi redención y mi locura
y las palabras con que nombré tu reino para alcanzar los límites
que el hombre siempre anhela sin lograr sus esencias.
¡Ven, leve viajera y quédate
en tu ligero corcel de plata volando en mis jardines!
Voy a darte mi vida a cambio de los sellos que me cubran el alma.
Y del postrer licor que me moje los labios.
Voy a darte este cuerpo y estos huesos
que hondas hachas hirieron negándome el reposo.




Sonatina



Sí, yo os lo decía: doradas cañas
han de incendiar el alba
y un niño de ojos muertos
dialogará con el río´


¿Veremos, veremos esa llama
lavándose en la piedra
y el sonoro gallo del leve mediodía
bailar en torno a ella?


¡Ah, el gallo de alas de níquel
y la llama, que es rubia manzanera
decorando la hierba con un rubí de sangre
Rescatan libro inédito de Carlos de Rokha, el poeta maldito de la familia

La Fundación de Rokha publica volumen del hijo mayor del clan, quien se mató en 1962.
por Roberto Careaga
 

Después de la muerte de su madre, en 1951, el poeta Carlos de Rokha inició una rutina: cada cierto tiempo ingresaba al Hospital Siquiátrico, en Recoleta. "Me retiro a mis palacios de invierno", anunciaba. El hijo mayor del poeta Pablo de Rokha vivía en altos y bajos. Duros bajos. Medicado por su siquiatra, era parte de la escena literaria chilena de la época y frecuentaba a los surrealistas del grupo La Mandrágora, a Eduardo Anguita, a Jorge Teillier y a Enrique Lihn, entre otros. Internado, no detenía su caudal poético. Por el contrario, el resto de los internos eran sus cómplices: "Verde vejiga", pedía, y un paciente se acercaba con la pintura de ese color. Los entrenaba para que fueran sus ayudantes.

Una mezcla de pastillas y alcohol acabó con la vida de Carlos en 1962. Tenía 42 años y ya pintaba para leyenda. "Era el único que se ajustaba al orbe de los valores surrealistas", decía Lihn hablando de la poesía chilena, mientras Anguita lo llamaba "iluminado" y Mahfud Massis lo consideraba un "poeta sin redención posible". Antes de su muerte, Carlos publicó Cántico profético al primer mundo (1944) y el Orden visible (1956). Póstumos aparecen Memorial y llaves (1964) y Pavana del gallo y el arlequín (1967). Por años, ha corrido la historia de los inéditos del hijo de De Rokha y ahora son publicados.

En el marco del nuevo impulso de la editorial Multitud, el sello creado por Pablo de Rokha, la Fundación que lleva el nombre del clan, con apoyo del poeta Galo Ghigliotto, puso en librerías cuatro títulos de la familia. Tres son reediciones de libros desaparecidos: Acero de invierno y la autobiografía El amigo piedra, de Pablo, y Oniromancia, de su esposa Winett. La novedad es el segundo volumen de El orden visible, inédito de Carlos.

Según cuenta Patricia Tagle, directora de la Fundación De Rokha, su tío Carlos dejó una gran cantidad de textos inéditos. Todos perfectamente ordenados: en cuadernos Torre, están sus poemas escritos en una letra precisa y limpia. También están las instrucciones para ensamblar el segundo tomo de El orden visible. Y las de un tercero, que se publicará próximamente.

Este nuevo libro está compuesto por poemas escritos por Carlos de Rokha entre los 25 y 30 años. Plagado de imágenes surrealistas, sólo comparte con la voz de su padre la vocación por la desmesura. Relato de un viaje, luminoso, pero sobre todo trágico, los poemas bordean constantemente la muerte. Anotó el autor: "Estoy herido, amigos. Herido de surtidores mágicos cuyas anunciaciones me desvelan".

La poesía de Carlos iba a modificarse con los años, pero no perdería la intensidad ni su cercanía con la tragedia. "Surrealista en esta puro", como le decía Lihn, Carlos ganó en 1961 y 1962 el Premio Municipal de Poesía. Por esos años, la vida diaria andaba mal. No era raro que amenazara con suicidarse. Entraba y salía del siquiátrico, hasta donde Patricia Tagle le llevaba casi todos los días comida hecha en casa. El 29 de septiembre de 1962 mezcló alcohol y pastillas. Nunca quedó claro si quería suicidarse.

Para Pablo de Rokha fue un duro golpe. "Perdóname el haberte dado la vida", escribió el líder del clan en Carta perdida a Carlos de Rokha. Seguía así: "Mi sombra rugiente te hacía daño, te hería, te envenenaba a ti, tan alto y bueno como eras, porque los poetas como tú y yo, no deberíamos ser hijos de nadie, padres de nadie". La tragedia no abandonó a la familia: seis años después se mató otro hijo, Pablo, y a los pocos meses el autor de Epopeya de las comidas y bebidas de Chile se suicidó.

Con el mismo sello Multitud, próximamente publicarán otro título del patriarca (Jesucristo) y rescatarán toda la obra del clan. "Lo que me queda de vida pienso dedicarlo a publicar libros y mostrar cuadros. Es mi proyecto de vida", dice Patricia Tagle.
Carlos de Rokha

Nacido en 1920 como Carlos Díaz Anabalón, era el hijo mayor de Pablo y Winnét de Rokha (sus verdaderos nombres eran Carlos Díaz Loyola y Luisa Anabalón). Admirador del poeta maldito francés Arthur Rimbaud, fue el miembro más joven del grupo surrealista La Mandrágora. Con sus libros Memorial y llaves y Pavana del gallo y el arlequín, ganó dos veces el Premio Municipal de Poesía. Afectado de esquizofrenia, entraba y salía del Hospital Siquitátrico. Muere en 1962 por una sobredosis de fármacos y alcohol.


RECUERDO DE CARLOS Y WINÉTT DE ROKHA 1


por Mahfud Massís




Sobre el pecho blanco de la poesía de Chile hay, desde hace dos años, otra franja de luto. Carlos de Rokha, el poeta de los misterios implacables, transpuso la más pesada de las puertas, en una partida sorprendente, súbita, como aquellas imágenes fulgurantes que encendieron el rostro de su propia poesía.

Pocas existencias como la suya, en un ámbito mediocrizado, entregado al ludibrio de las horas fáciles: caminando sobre el alambre del infinito, solitario en su condición esencial de hombre, se enfrentó con un mundo cuyos resortes menores no conoció jamás, pero que dominó en su centro mágico, desde el que bulle su lenguaje incandescente hacia los cielos profundos.

Acaso nunca pasó por la poesía chilena una figura que hubiera roto con mayor nú- mero de compromisos con el ancho mundo de las conveniencias como lo hiciera Carlos de Rokha. Vivió obsedido por una pasión fundamental; a ella se encaminó como flecha encendida que buscó su blanco, autodevorándose, incinerándose en su trayectoria, pero tocando la carne de un lenguaje cuya estructura desafiará al tiempo.

Criado en un hogar de poetas y de artistas, bajo dos grandes sombras cuyas dimensiones limitan con los confines de la poesía, Carlos de Rokha, el soñador temible, el "desordenado de los sentidos" -por invocar la imagen del Rimbaud que él tanto amara-, fue capaz de llenar un itinerario donde cada una de las estaciones llevaba su propio nombre. La majestad de su soledad, ese vivir en los abismos del corazón, le hicieron arrancar acordes purísimos a su poesía, cuyas alas poseen una movilidad parecida a los discos alucinantes que nuestra época comienza a descubrir en el vasto firmamento.

Carlos de Rokha, el niño sorprendente de la poesía chilena poseía la íntima y terri- ble madurez de quien ha vivido numerosas vidas; por ello su lenguaje tiene la unidad y transparencia del cristal y la complejidad contradictoria de los mundos ignotos entrechocándose.

Entre estas fuerzas en pugna, su bondad nativa, su prístina inocencia, se desgarraron, lejos del alarido de la espectacularidad barata. Proyectó sus ojos sobre su propio mundo, en una búsqueda extraña, en perpetuo descubrimiento de su ser desolado.

A tanta distancia como cercanía se escucha su voz en esta "Segunda Agonía y Alabanza," poema ejemplar de cándida belleza, que esconde, sin embargo, un dolor agudo, traspasador, como hierro al rojo blanco, y cuya trágica elegancia disimula el grito que hierve en la conciencia y en el corazón:

"Es tan persistente el dolor de mis ojos/ que niego el paraíso y afirmo que la luz no podría vivir sin la sombra./ Digo que nada hace suyo al hombre sino después de un largo dolor hacia adentro/ por mortaja de viento recóndito impulsado/ hasta que la misma sangre es una piedra donde sus deudos lloran." "Hay una hora para llorar la dicha semejante a un río perdido/ pues todo lo que amas cesará en un instante de latir/ y sólo los profundos cánticos en que el hombre celebra/ el fuego, el mar, la sangre y su agonía/ serán, os digo, eternos como el héroe/ que ahí desnudo y libre un día alzará/ las doradas columnas que sostendrán la tierra."

Sostenido, sereno, puro, Carlos de Rokha manejó el lenguaje con el señorío modesto y autoritario de su condición de artista irremediable. Pero no se crea que el don le fue entregado en su caja de diamante, sin que el sudor y la sangre hubieran acuñado la moneda que exigen como precio los oscuros dioses. Carlos fue el trabajador incansable, el condenado a galeras en los océanos sin crepúsculos de la poesía. En todos los altibajos de su existencia, a la sombra del hogar, donde el estímulo era el pan de cada día; en sus viajes, guiado por una brújula desconcertante que le imprimía ritmos inciertos; en las calles y en las salas de espera; en la cárcel, donde compartimos el mendrugo amargo de la persecución política, siempre, siempre, una hoja blanca recogía sus signos misteriosos, su escritura única, abstraído al corretaje humano, atento a la (...)2 arcaica de sus sueños, como si estuviera desenterrando ciudades muertas en la imaginación de los hombres.

Pero este poeta de abecedario individual, reconocible entre muchos, alimentaba a menudo las raíces de su ser arrojando sus antenas a los cuatro costados del mundo, transformando su tráfago en esencias, o en grito rebelde, cuando el llanto de los desamparados exigía justicia. Supo ser un hombre de su tiempo, una conciencia, un luchador desolado; fue generoso, de generosidad suicida, generoso en la amistad y en el amor, irremediablemente generoso, aun frente a aquellos que no la merecían. Su estupenda condición humana entroncábalo a toda la humanidad, y su ímpetu juvenil, dionisíaco, le permitió vivirla con todos sus sentidos abiertos, a veces en expediciones llenas de quebrantos y de acre sabor.

La poesía fue su vida; su vida fue su poesía. La defendió con pasión, si bien de modo indirecto, siempre dentro de su esquema universal. Su cultura precoz, vastísima, y el lujo de una memoria sin debilidades, le permitían desmenuzar los movimientos literarios con el acabado conocimiento, en particular los europeos de vanguardia, a los que en un tiempo se consideró adscrito.

Carlos partió a los 42 años, en un septiembre aciago, cuando mucho podíamos esperar de su denodado aliento. Sin embargo, como intuyendo su desorbitado viaje, trabajó, vivió, creó con ánimo furioso, y dejó entre sus papeles una enorme obra cumplida, un ciclo inédito que es menester rescatar definitivamente.

Rindo, en nombre de los poetas de mi generación, un tributo ardiente a Carlos de Rokha, uno de los poetas señeros de mi tiempo... Rindo homenaje a su vida, impregnada de dolor y desventura; a su amistad, a su lealtad, a su generosidad de hombre superior; rindo homenaje a su ejemplo, a su modestia y a su orgullo, a su conducta irreductible en esta tierra donde "el arte" está entregado a concesionarios inescrupulosos, y le hago llegar nuestro saludo, como si estuviera vivo, porque lo está, lo está ciertamente en su poesía.

Y a Winétt,3 su madre, deseo recordar en este minuto que quiero fijar con palabras. A ella, a quien Carlos cantó con dolor lacerado. Esta fecha señala su partida hace tres lustros casi. Me ha correspondido recordarla muchas veces desde entonces, en la prensa o en la tribuna. Y aunque hoy es su aniversario, le pido me perdone por haber hablado de mi amigo Carlos, porque si a ella el silencio quiso ahogarla, también intentó estrangular al poeta de "Memorial y llaves." Quiero agradecerle a Winétt de Rokha no sólo el que nos haya dado su radiante poesía, sino también el que nos haya dado a Carlos de Rokha, sucesor de su lengua cristalina y del verbo ardiente de Pablo, gigante solitario de las letras americanas.

Winétt de Rokha -artista, mujer y madre- apoya su efigie en el trípode de las altas encarnaciones humanas, y el esplendor de su vuelo expresivo no hace sino confirmar su condición entrañable de madre y de mujer.

Heroína sin pretenderlo, su existencia configura una estampa ejemplar, y fue la luz en una casa enorme de artistas, donde la conducta y la creación fueron la norma.

A numerosos años de su fuga terrestre, ella continúa todavía alumbrando, como un candil en la puerta, señalando un camino.

Yo solamente quiero nombrarla esta vez. Pero la nombro tomando su recuerdo con mis dos manos, para ponerlo ante vosotros, en vuestras manos, como estará mañana en las manos del pueblo al que tanto amó, y al que entregó muchas veces el hálito de su poesía.





1 Palabras con motivo de haberse cumplido el 6 de agosto el decimocuarto aniversario de la muerte de Wi- nétt de Rokha (nota del autor). Aparecido en La Prensa el 16 de agosto de 1965, según establece Memoria Chilena, sin consignarse otra información: www.memoriachilena.cl/mchilena01/temas/documento_detalle.asp?id=MC0014835 "Winnét" sin tilde en todo el texto.
2 Borroso en el original.
3 Con una sola t además de sin tilde.

 

lunes, 12 de marzo de 2012

GANADORES CONCURSO GONZALO ROJAS PIZARRO

En reunión efectuada en el salón de la Biblioteca Pública Municipal de Lebu “Samuel Lillo Figueroa”, siendo las 17:30 horas del día 7 de marzo del 2012, se han escrutado las votaciones del jurado integrado por los escritores y escritoras INGRID ODGERS TOLOZA, HERMANN JOHNSON ARMIJO, FÁTIMA ALARCÓN, FELIPE MONTENEGRO DUAREZ y los socios y socias del Club de Amigos de la Biblioteca DELMIRA TIRAPEGUI, BETTY FERNÁNDEZ HERRERA, PEDRO ROSSEL CORREA y JAIME MAGNAN ALABARCE, quienes, después de examinar los 367 trabajos presentados al “IX CONCURSO LITERARIO DE POESÍA y PROSA PARA ADULTOS GONZALO ROJAS PIZARRO”, organizado por el CLUB DE AMIGOS DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA MUNICIPAL DE LEBU y patrocinado por el GOBIERNO REGIONAL REGIÓN DEL BIO BIO, por intermedio del FONDO NACIONAL DE DESARROLLO REGIONAL, Subvención 2% Cultura, ha resuelto el siguiente resultado:
CATEGORÍA CUENTO:

1er Lugar:

Nathalie Moreno Arqueros (Karaba) por “El prestidigitador”, La Reina, Chile.

1a Mención Honrosa:

Manuel Ignacio Montolio Cartes (Galio) por “Las alambradas están de más”, Valdivia, Chile.

2a Mención Honrosa:

Nicolás Medina Cabrera (Lautaro Balir) por “Opus”, La Florida, Santiago de Chile

EN LA CATEGORÍA POESÍA:

1er Lugar:

Marco Ravanales Cerda (Milton Rava) por la obra “Muda estrella sobre el agua”, San Bernardo, Chile.

1a Mención Honrosa:

Juan Mendizabal (Atxa Víctor) por “Territorio del texto”, español, residente en París, Francia.

2a Mención Honrosa:

Daniel Carrillo Monsálvez (Clemente Alfredo) por “Las palabras del hijo”, de Valdivia, Chile

Cuento Primera Mención Honrosa Concurso Gonzalo Rojas Pizarro

Registro Nº 240

LAS ALAMBRADAS ESTÁN DE MÁS

Galio

Escribo en un bar, a pocos kilómetros del campo, rodeado de oficiales. Cuando llegué, se me aproximó un grupo amenazante y sonriente que retrocedió espantado cuando enseñé el documento que al pie ostenta la firma inconcebible. Después, algunos recién llegados cometieron la imprudencia de importunarme, obligándome a leer dos o tres líneas en voz alta. Ahora lo saben antes de entrar. Ya no hay alegría en la cantina.

Al parecer, nadie me cree capaz de robar o falsificar un documento oficial, y menos de imitar semejante firma (sólo controlar el temblor de la mano requeriría un esfuerzo sobrehumano). O no se atreven a averiguar. O piensan que un individuo capaz de aquello merece respeto… Aquí nadie sabe nada. Todo es secreto. Todos temen.

El documento me lo entregó el hombre que recibió de otro la prerrogativa de decidir quién debió nacer y quién no. Lo redactó en mi presencia, en una máquina de escribir. Lo firmó con su pluma y me lo extendió (nuestras manos casi se rozaron). En él señala que puedo circular libremente por el país y que nadie ha de importunarme con preguntas acerca de mis opiniones políticas o la procedencia de mis antepasados; enfatiza (prometiendo la muerte) que nadie tiene derecho a hacer mofa de mí, a golpearme ni humillarme, y culmina ordenando que en los almacenes y cantinas de oficiales se me provea de ropa limpia y alimentos. Todos los que necesite. A mí solo, entre millones, se me han concedido estos privilegios (excepto el de un techo). Yo me los gané. Yo solo.

En virtud de ellos, conseguí lápiz y papel para escribir mis últimas palabras. Se las dejaré a quien espero pueda hacerlas públicas. Por desgracia, no puedo heredarle mis privilegios porque el documento está a mi nombre, y mi identidad está inscrita en mi piel.

Estábamos entre las barracas y las alambradas. Los más débiles, sentados y entumidos; los demás, caminando y soplándose las manos. Al otro lado de los alambres, y antes del bosque (al cual quisiéramos huir, aunque sabemos que de nada valdría: habría que caminar miles de kilómetros -o años- antes de llegar a territorio no hostil), hay un camino de tierra acerca de cuyos extremos discutimos interminablemente. Ignorábamos que esa mañana pasaría por él una comitiva. Daba igual, porque en el campo no es una falta, sino una señal de su eficiencia, el que los internos aparezcan inmundos y andrajosos ante las autoridades. Nadie se levantó, nadie se cuadró, nadie alisó sus prendas cuando aparecieron, pero no por rebeldía, sino por agotamiento. Además, ese hombre -que caminaba lentamente, con las manos tras la espalda, escoltado por cuatro obsequiosos oficiales, observándonos desde la altura de su desprecio- ya había decidido que nosotros nunca debimos nacer. ¿Qué podríamos haber hecho para agradarle? Parecía examinarnos uno por uno, felicitándose, tal vez, por los crímenes que nos impidió cometer. Cuando fijó su vista en mí -yo estaba de pie-, se detuvo y giró hasta que quedamos frente a frente. Sus escoltas sonreían con suficiencia. En un público menos embrutecido, su actitud habría provocado conmoción. Me pareció que me indicaba, moviendo apenas su barbilla, que me acercara. Yo no podía correr, así que, para mostrarme desafiante, crucé mis manos a la espalda, y me aproximé con paso cansino, como si fuese un oficial que por casualidad se encontrara del otro lado de los alambres. Es difícil referir nuestro diálogo. Él me invitó a hablar. Yo respondí que no quería hablar, sino preguntar. Él asintió. Entonces yo formulé la pregunta que atormenta a los que aún pueden formularse preguntas. Él no respondió. A una seña suya, un oficial se le acercó y él le habló al oído. No volvieron a mirarme. Nuestro diálogo no tuvo más de cinco palabras.

Apenas se perdieron, apareció por detrás de las barrancas un guardián. Instintivamente, ladeamos el cuerpo, levantamos los codos, encogimos la espalda, preparándonos para los previsibles golpes. Pero esta vez sucedió algo que asombró aun a los más embrutecidos: se detuvo a dos metros de mi desmedrada figura, se cuadró y, con tono ceremonioso, me invitó a acompañarlo. Todos nos miraban. Yo no entendía, pero simulé que sí, y, con las manos aún cruzadas, lo seguí, no sin percibir las miradas torvas de la envidia y la sospecha.

Pasamos por sectores del campo que yo no conocía. Mantuve la vista fija en la espalda del guardián porque en el campo ver lo que no se puede ver es el delito más grave, después de haber nacido, por cierto. Fui conducido a un inmenso despacho, donde vi dos elegantes sillones, anaqueles atiborrados de libros -muchas ediciones lujosas- y un enorme escritorio, tras el cual estaba el hombre que decretó que mi nacimiento no debió producirse. Había un café para mí. En el recinto flotaba un perfume reciente. Él se levantó, manipuló un tocadiscos y el Aire, de Bach, se mezcló con el perfume y el aroma del café. Él tomó asiento otra vez y me invitó, con dos gestos, a coger el café y sentarme en el sillón.

Conseguí beber el café sin que la taza tintineara contra el plato. Él me observó, silencioso. Cuando terminé, dijo (creo que me dijo):

- Usted quiere saber por qué.

- Si hay un por qué…

No sé cómo describir su expresión cuando dijo:

- Política

Por alguna razón, me tomé la barbilla, como un intelectual, y reflexioné.

Y pensé, o dije, ya no lo sé y tal vez no importe:

- De manera que no es el odio lo que nos mata, sino la indiferencia.

- ¿Algo más? -preguntó o respondió.

Ante mi silencio, movió hacia el centro del escritorio la máquina de escribir y redactó el documento que he escrito.

Sin más ceremonias, sin amabilidad, sin prepotencia, otro guardián me acompañó hacia la puerta del campo, que cerró por dentro.

Podía ir donde quisiera. Si hubiera tenido dónde ir, el documento habría hecho de mí un privilegiado, pero mi familia fue borrada de la faz de la tierra (mis tres hijos tenían menos de cinco años, y en los campos no se admiten niños), nuestro barrio fue arrasado, la ciudad seguramente ya ha sido bombardeada. Pero sí soy privilegiado en otro sentido: puedo escoger. Y yo he escogido la muerte que ellos quieren darme. La escojo porque si los campos son posibles, si el Universo tolera la existencia de los campos, entonces las alambradas están de más: ya no hay diferencia entre el interior y el exterior. Y lo hago sabiendo que esta decisión es tan legítima, o lógica, como la contraria, si es que hay lógica, si es que hay pensamiento en un mundo en el que la sensatez se ha perdido.

Cuando entregue estas líneas, y después de romper mis privilegios, retornaré al campo. Quisiera que él esté en la puerta, esperándome con su mirada impasible.

Cuento ganador Concurso Gonzalo Rojas Pizarro - Lebu

EL PRESTIDIGITADOR

Nathalie Moreno Arqueros (Karaba) por “El prestidigitador”,La Reina, Chile.

El prestidigitador necesita dos pares de manos porque no puede con el mundo con un solo par. Sus manos, las que nacieron con él, no tocan las cosas ni se dejan tocar. Ni por el sol. En su habitación se da permiso para sacarse los guantes – esas manos que no son sus manos y que usa cada vez que puede - y los deja tirado sobre la cama. En las manos que no puede sacarse, los nudillos apenas se distinguen, ausentes y eternamente niños, como si durmieran el sueño uterino, acunados por el envoltorio de una carne mullida. Las yemas de los dedos parecen globitos muy inflados que, al no haber conocido el roce del mundo, han crecido a su antojo. Me inquietan esos dedos expertos en huir de la aspereza y que se han perdido la fiesta de la lengua de un gato. Si pudiera, entraría en silencio a su habitación y, mientras duerme, buscaría la mano que cuelga al borde de la cama y se la untaría en mermelada. Luego, dejaría un gatito que se deleitara con el dulce alimento en el original pocillo. Sé que al instante despertaría aterrado él y feliz su mano. Pero como a mí sólo me importa ella y su gemela, me deja indiferente el escándalo que pudiera hacer el propietario. Más temprano que tarde lo haré, porque yo me debo a sus manos.

Manos de piel traslúcida como papel de arroz. Da la impresión que no corriera sangre por ellas, como si el temor fuera un torniquete en cada muñeca destinado a estrangular el paso lujurioso de aquella; centinelas que sólo permiten la existencia de un brevísimo riachuelo, apenas el mínimo necesario para que a su dueño no se le mueran las ventosas que lo unen al mundo. Esas fuertes amarras sólo puede deshacerlas una lengua dedicada y laboriosa. La mía.

Conozco de memoria su acto de tanto que lo he visto. Diecisiete veces en total contando el de hoy. La tercera vez que fui a ese magnífico teatro, cometí la torpeza de sentarme en la misma butaca de las dos veces anteriores y me descubrió. Me miró fijo y tan fuerte, que me dejó ensartada en la silla sin poder moverme durante dos horas que dura el espectáculo. Cada cierto tiempo volvía a mirarme para presionar a distancia el alfiler que me había atravesado, como si quisiera asegurarse de que no me pudiera zafar. Y el ilusionista lo habría conseguido si no hubiera cedido por un segundo a los aplausos, esos que con el tiempo descubriría eran su punto débil; la fracción de segundo en que bajaba la guardia y se entregaba a la ovación final como un drogadicto. Aquella vez aproveché ese instante para escaparme, el único y brevísimo momento en que las cosas y las personas dejaban de ser los títeres de su capricho.

Luego de ese tremendo susto, lejos de inhibirme, volví. Sabía que mi presencia lo había molestado, como si presintiera que yo estaba ahí para develar sus trucos. Y eso era cierto y falso a la vez. Como era cierto que él hacia magia y no. Yo andaba detrás de otro sortilegio que él dominaba, quizás más cercano a la brujería: aquel que había logrado trasmutar sus manos, doblegándoles la vocación por acariciar. Si algo sé de magia es que, para que resulte, requiere de la participación de la víctima. O sea, no bastaba con que él quisiera mutilarles el sentido a sus manos, para que éste se deshiciera. Era necesario que hubiera comprendido –y utilizado a su favor- la historia de aquellas; lo que anhelaban, lo que temían, lo que soñaban, lo que les dolía y, sobretodo, en lo que creían. Con esa poderosa información, debió dedicarse sistemáticamente a confundirlas y torturarlas hasta que ellas, vencidas hasta el último tendón, le hubieran dicho en un susurro agónico, tienes razón. Quebrada la voluntad, el resto viene por añadidura. Así estaban sus no-manos, dos apéndices que le colgaban por los brazos, movidas como zombies por su dueño, quien parecía deleitarse con la crueldad. Confirmaba mi sospecha, la arrogante sonrisa que lucía en todas partes, esa mueca de dientes a la vista que suelen llevar como corbata quienes tienen todo bajo control.

Frente a eso, y como en tantas otras ocasiones, decidí apostar por el caballo más flaco. ¿Por qué? No sé. Será una tara mía que traigo desde niña y que me hacía elegir, frente a la incredulidad de mis padres, a la muñeca coja o tuerta de entre las que ponían a mi alcance. Yo sabía que ésa tendría una razón para vivir y yo la ayudaría. Las otras, muñecas más bellas, vivían en un limbo entre el ensueño y la inconsciencia, donde yo para ellas, no existía ni resultaba necesaria. Pero con la fea, nos entenderíamos. Sabía que juntas, llegaríamos lejos. Y así fue.

Por eso le aposté a esos muñones; a esos pedazos de carne blanquecina horrorosamente obedientes que en cada movimiento perfectamente ejecutado, me gritaban su padecimiento. En realidad, no lo aposté a esas manos o a lo que quedaba de ellas. Más bien me jugué todo, al afán de sobrevivir que suponía escondido en algún discreto pliegue de aquellas; creía –y quería creer- que la fe aún viviría en un trozo de de esa piel. Imaginaba que en medio de indecibles dolores, a alguna de esas manos prisioneras se le hubiera ocurrido pensar que algún día el sufrimiento terminaría y que ello dependía de que lograran estirar el tiempo hasta que llegara ese momento. Si esa improbable ocurrencia hubiera tenido lugar, habría anidado en ellas una esperanza lo suficientemente poderosa como para hacerles llevadero el dolor de la mentira confesada a su torturador. En eso creía. En eso, necesitaba creer.

Así fue como, armada con mi precaria certeza y mi característico entusiasmo por defender las causas perdidas, me propuse desbaratarlo. Él me importaba un bledo. Yo me había enamorado de sus manos y estaba decidida a liberarlas. Mi enemigo no era un enemigo pequeño –nunca lo son-, así es que debía actuar con cautela. Él es muy rápido y yo muy lenta. Él posee una inteligencia aguda de la que yo carezco. Pero sabía que los toros se matan de a uno y de a uno los abordaría. Lo primero que hice fue, para las siguientes veces que asistí a ver su número, preocuparme de conseguir butacas en distintos lugares. De ese modo escaparía a las águilas de sus ojos y podría apreciar su espectáculo, desde distintos ángulos.

Hoy me ha tocado el lugar D 37, a un costado del escenario. Me acurruco en mi sillón, abrazando mis rodillas. Mi vecino, un señor enorme y enormemente serio, frunce el ceño reprobando que mis zapatos se apoyen en el borde de la butaca. “Lo que es usted, aunque quisiera, no podría hacerlo” le respondo con el latigazo de una de mis cejas dando por terminada la desagradable intromisión en el refugio de chinchilla que pacientemente me he construido. De vuelta en mi madriguera, me río a mis anchas de lo que, de enterarse, a nadie causaría gracia.

Esta vez, el prestidigitador parece inquieto. Ha perdido el aplomo de sus pasos. Tampoco cuenta con la sonrisa sarcástica, ésa a la que se subía como a zancos, para desde aquella altura burlarse de los demás. Cruza el escenario a todo lo largo, mirando de un lado a otro como si buscara el sitio exacto por donde se cuela una desagradable corriente de aire frío. Parece una serpiente sacada de su hábitat, retorciéndose furiosa. Los focos lo alumbran sólo a él y, sin embargo, se empeña en tantear la oscuridad; en identificar en medio de ese bosque de cabezas la causa de su incomodidad.

Me tapo la boca con la bufanda para esconder la risa que se me sale a borbotones. El señor enorme sólo puede ver mis ojos, que lagrimean de tanta risa y de tan emocionados que están al descubrir que las manos del mago están enrojecidas como si las llevara encendidas. Las rebeldes manos palpitan y sudan felices, celebrando su liberación, mientras su dueño sigue moviéndose por el escenario de un modo errático. Por si fuera poco, el prestidigitador luce unas ojeras descomunales; dos bolsas fofas que le cuelgan de los ojos y que guardan el enorme cansancio de una noche en vela. Y claro, es más que comprensible: ¿Quién podría haber pegado los ojos luego de despertar de un salto en la mitad de la noche, con una mujer arrodillada al borde de su cama lamiéndole las manos?

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