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sábado, 29 de septiembre de 2012

Crítica chilena actual: El castellano: idioma de la fe

4. El castellano: idioma de la fe 48
48 José Miguel Ibañez Langlois, “Hispanoamérica: sangre, letra y espíritu.” Veinticinco años de crítica, 58. La cita dice: “Todos los ejemplos mencionados [el Quijote, la Vida de Santa Teresa, San Juan de la Cruz] apuntan a una dimensión muy precisa del castellano: es un idioma de la fe.” Los destacados son del original.

49 La centralidad de este tema, desde fines de los sesenta hasta los ochenta, se puede apreciar en el proyecto
de investigación general bajo el título América Latina en su cultura, impulsado por la Unesco a partir de 1967
con el objetivo de comprender América Latina como una totalidad, atendiendo a sus rasgos particulares y a
las relaciones que establece con otras culturas. En 1972, se publica entonces el primer volumen
correspondiente a esta serie bajo el título América Latina en su literatura, coordinado por César Fernández
Moreno y publicado por Siglo XXI y la Unesco. En los aportes de los diversos críticos y escritores que
colaboraron en el volumen y que no son exclusivamente hispanohablantes (se incluyen aportes de brasileros
como Haroldo de Campos y Antonio Candido, entre otros) se aprecia con intensidad el problema de la
literatura y sus relaciones con la sociedad. Para 1986, la serie había aumentado sus publicaciones a seis: luego
de América Latina en su literatura, siguieron América Latina en sus artes (1974, coordinado por Damián Bayon),
América Latina en su arquitectura (1975, coordinado por Damián Bayon y Paolo Gasparini), América Latina en su
música (1977, coordinado por Isabel Aretz), América Latina en sus lenguas indígenas (1983, coordinado por
Bernard Pottier) y América Latina en sus ideas (1986, coordinado por Leopoldo Zea). También es cosa de
repasar algunos de los títulos de las monografías principales sobre el tema literario, como los siguientes: Ángel
Rama, Los gauchipolíticos rioplatenses: Literatura y sociedad. Buenos Aires; Calicanto Editorial, 1976; Françoise
Perus, Literatura y sociedad en América Latina: el modernismo. México: Siglo XXI, 1976; Ernesto Mejía Sánchez,
Literatura y sociedad puertorriqueñas, México: Facultad de Filosofía y Letras, Centro de Lingüística Hispánica,
1977; Roberto Fernández Retamar, Calibán y otros ensayos: Nuestra América y el mundo. La Habana: Ed. Arte y
Literatura, 1979; Antonio Cornejo Polar, Literatura y sociedad en el Perú: la novela indigentura. Lima: Lasontay,
1980; Valentín Tascón, Literatura y sociedad en América Latina. Salamanca: San Esteban, 1981; así, muchos otros
más.

Pero aun considerando la inevitable convergencia de pasiones humanas en un
proceso espiritual de esa naturaleza, debe decirse que la evangelización ibérica de
nuestro continente es una de las mayores hazañas históricas de la Iglesia en sus
veinte siglos de existencia, y un fenómeno constitutivo de nuestro ser cultural y de
nuestra creatividad literaria y artística hasta su médula más intrínseca.

José Miguel Ibañez Langlois - Hispanoamérica: sangre, letra y espíritu



En el contexto hispano-latinoamericano de la crítica, ese que se estaba forjando en los
diversos encuentros internacionales de escritores e intelectuales celebrados en Chile como en otras
partes del continente, a través del lugar central que ocupo Casa de las Américas como institución de
promoción cultural y muchos otros proyectos de revistas y de editoriales, se compartía claramente el
principio emancipatorio que debía permear todo el pensamiento cultural. Sin embargo, se percibía
también una compleja tensión en lo que respecta la formación particular de la cultura hispano o
latinoamericana.49


De hecho, en 1972, el cubano Roberto Fernández Retamar, revisando los distintos esfuerzos
de la crítica literaria del continente por construir una teoría de nuestra literatura bajo las influencias
de la filosofía y de las nuevas ciencias del lenguaje, advertía que todo esfuerzo al respecto debía tener
en mente la simple verdad que “una teoría de la literatura es la teoría de una literatura”.50

50 Roberto Fernández Retamar, “Para una teoría de la literatura hispanoamericana.” Para una teoría de la
literatura hispanoamericana. 1ª Edición completa. Santa Fé de Bogotá: Publicaciones del Instituto Caro y Cuervo,
1995. 82.

51 Baste como ejemplo del método de Félix Martínez Bonati el reconocimiento que él mismo hace de este al
iniciar su indagación fenomenológica-estructural: “determinación apriorística de la estructura esencial y
necesaria de estos objetos de pura intencionalidad que son las obras poéticas. Una determinación de validez
irrestringidamente general para la cual basta, idealmente, una sola experiencia poética.” Félix Martínez Bonati,
La estructura de la obra literaria (Una investigación de filosofía del lenguaje y estética). Santiago de Chile: Ediciones de la
Universidad de Chile, 1960. 14.

52 Ibíd.

Criticando así los intentos de distintos escritores y académicos por escribir textos de teoría
literaria en el continente –aunque sobre todo el libro de Félix Martínez Bonati La estructura de la obra
literaria (1960), que él concebía como el único intento que podía llamarse realmente teoría literaria,
pero de una teoría fenomenológica y esencialista que se desprendía de ejemplos provenientes de la
literatura o filosofía europeas51– el crítico cubano sentencia:

Las teorías de la literatura hispanoamericana, pues, no podrían forjarse trasladándose
e imponiéndole en bloque criterios que fueron forjados en relación con otras
literaturas, las literaturas metropolitanas. Tales criterios, como sabemos, han sido
propuestos –e introyectados por nosotros– como de validez universal. Pero también
sabemos que ello, en conjunto, es falso, y no representa sino otra manifestación del
colonialismo cultural que hemos sufrido, y no hemos dejado enteramente de sufrir,
como secuela del colonialismo político y económico.52



Así, en otro ensayo dedicado a la lingüística y al estructuralismo, dirá Fernández Retamar que
si bien no es posible desestimar de buenas a primeras aportes teóricos que ayudan a comprender
procesos propios de la literatura y su historia, la remisión de las “series literarias” a las “series
históricas” a través de la descripción estructural de las obras estéticas verbales, a la crítica


latinoamericana tiene que pesarle siempre el problema de la valoración: “concretamente, [la] de
nuestra serie literaria y de nuestras obras”.53

53 Roberto Fernández Retamar, “A propósito del círculo de Praga y del estudio de nuestra literatura.” Para una
teoría de la literatura hispanoamericana, 68.

54 Ibíd., 71.

Los modelos de análisis desarrollados a partir de las tendencias estructuralistas han sido
elaborados en relación estrecha con una determinada praxis literaria y, por lo tanto, es necesario
asumir que no hay método ni teoría transparente ni universal. Cada práctica crítica es heredera de su
propio momento histórico y de sus circunstancias sociales, porque de fondo, justamente, sobrevive
implícito el problema de la valoración de los diversos fenómenos literarios.

De tal forma, Fernández Retamar alude al texto “Aristarco o anatomía de la crítica” de
Alfonso Reyes y su propuesta de aplicar, entre el mero impresionismo y el juicio, los métodos de la
exégesis o ciencia de la literatura: históricos, sicológicos y estilísticos (donde Fernández Retamar
advierte que para entonces, ya quedaba claro que la estilística no era más que un caso particular de
los métodos formales). Claro que para poder iniciar esta tarea, en la confluencia de impresionismo,
juicio y método, “era menester replantearse el sentido, la ubicación no ya de nuestra literatura, sino
de nuestra cultura toda”.54

 El problema de esta reevaluación cultural desde la tradición humanista que proponía Félix
Martínez Bonati en 1960 como misión social y educativa de la universidad, es que abogar por un
estudio de la cultura particular del continente significa caer en la peligrosa relativización de las
virtudes universales de la humanidad, de la ciencia y la cultura. Según el profesor y teórico literario,
esta relativización es una ficción compensativa de nuestra incapacidad para alcanzar el nivel
internacional de investigación y el de la tradición espiritual de occidente. Así, se quiere hablar de una
cultura deliberadamente nacional o “americana” y “se desciende en la regresión hasta un nativismo
anémico que finge extraer de los cacharros de greda o de la cueca una substancia espiritual salvadora.


En la impotencia para conquistar el nivel de los patrones objetivos de la cultura, se extrapolan como
pretendida cultura propia las casualidades subjetivas de nuestro proceso histórico”.55

55 Félix Martínez Bonati, “La misión humanística y social de nuestra Universidad,” 19.

56 Para la discussion sobre nacionalismo y comunidad imaginaria, véase Benedict Anderson, Imagined
communities: reflections on the origin and spread of nationalism. Revised Edition. London: Verso, 2006.

57 Félix Martínez Bonati, “La misión humanística y social de nuestra Universidad,” 19.

Uno de los argumentos que sustentan esta posición de Martínez Bonati y que es uno
importante a considerar, es el que alude a los peligros de los nacionalismos populistas y del
patriotismo; ese criollismo burdo del huaso, de la cueca y del roto que tantas discusiones generó
durante los cincuenta. La pérdida de la capacidad crítica que conlleva la sublimación de esencias y
orgullos singulares que en el fondo no poseen ningún sentido más allá de la naturalización irreflexiva
de una comunidad imaginaria.56 Lo que redunda entonces en una marginación y una clara reducción
de las posibilidades expresivas y creativas del pensamiento al conservar una condición parasitaria
frente a los logros que ha producido y produce la cultura de occidente.

No obstante, su propuesta no hace concesiones y alude a una aceptación total del espíritu
europeo. Acusándonos de malversadores de dicha cultura, Martínez Bonati declara que
“usufructuamos de la cultura europea –lengua y religiones, máquinas y medicinas, arte e ideas–, pero
no la asumimos con hondura. No nos hacemos cabalmente cargo de la cultura heredada. Realizamos
solo a medias esta forma de vida. Esto es: nos realizamos solo a medias, y pretendemos justificar y
hasta exaltar esta mediocridad como invención de formas originarias”.57 Lo que en otras palabras
quiere decir, que si no aceptamos ese destino, si no nos sometemos a su potente verdad, no
saldremos jamás de la irrealidad histórica, de la mera receptividad y dependencia, libre o forzada.

Renunciar entonces al relativismo de la particularidad, privilegiando la generalidad histórica o
metafísica de la cultura de Occidente, disfrazada bajo el prurito de la “universalidad”. Sin embargo,
el problema destacado aquí por el contraste entre Martínez Bonati y Fernández Retamar no es la
simple afirmación de una identidad absolutamente europea, una mezcla o una propia y diferente –


como es el caso de muchas investigaciones que buscan describir la identidad mestiza o híbrida de
Latinoamérica–, sino el conflicto de reconocer la cultura en su dinámica, en su formación claramente
heterogénea en la que se imbrican conflictivamente diversos factores de todos los discursos
participantes. Una dinámica en la que los purismos y las esencias culturales no tienen cabida.

Precisamente, en estos debates latinoamericanos surgen un número considerable de
propuestas distintas para estudiar la compleja articulación entre literatura y sociedad en la
conformación de la cultura. Tomando aspectos diversos de metodologías estructurales, marxistas,
antropológicas o sociológicas, entre otras, se intenta dar un giro en lo que a la crítica literaria se
refiere para ensayar una respuesta a este problema, partiendo del análisis de obras literarias
producidas al interior de esta cultura conflictiva.

El colombiano Carlos Rincón, por ejemplo, en 1978 publicará su compilación de ensayos El
cambio actual de la noción de literatura, en la que, reconociendo el aporte de Fernández Retamar en
señalar la necesidad de tomar como base objetos pertenecientes a nuestra tradición y no los de otras,
invita a notar precisamente el carácter particular de la noción de literatura y, por lo tanto, también el
carácter particular de la crítica latinoamericana. Frente a la tensa situación que despierta el contraste
entre proyectos sociales y las dictaduras que para entonces sometían a gran parte del continente, se
aprecia el surgimiento de una literatura de características particulares, con una dimensión estética
muy diferente a la del placer estético desinteresado en Kant. Una dimensión estética volcada sobre la
tarea de transformar la conciencia político-social y con ello configurar un nuevo tipo de placer.
Elementos que implican al mismo tiempo una estrategia político-estética, al nivel de la escritura,
rompiendo con la praxis literaria tradicional.58

58 Carlos Rincón, El cambio actual de la noción de literatura y otros estudios de teoría y crítica Latinoamericana. Bogotá:
Instituto Colombiano de Cultura, 1978. 34.

En consecuencia, es la misma obra literaria la que exige una nueva disposición del crítico,
quien tiene que asumir una actitud anticolonialista y democrática para lograr comprender los textos


literarios latinoamericanos de la actualidad. Sólo así es posible articular “un discurso crítico capaz de
descifrarlos en cuanto objetivaciones de prácticas significantes específicas, dotadas de un carácter de
clase, e incluidas activamente dentro de la dinámica de las contradicciones de un proceso histórico
particular”.59

59 Ibíd., 72.

60 Antonio Cornejo Polar, Sobre literatura y crítica latinoamericanas. Caracas: Ediciones de la Facultad de
Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela, 1982. 11.

61 Ibíd., 34.

Lo mismo sucede con los aportes del peruano Antonio Cornejo Polar y el uruguayo Ángel
Rama, quienes en 1982 publican Sobre literatura y crítica latinoamericanas y Transculturación narrativa en
América Latina, respectivamente. El primero, planteará una agenda problemática para la crítica,
estableciendo como su problema central la comprensión de la literatura junto al proceso social del
que emerge y sobre el cual se revierte. Para el peruano, el sujeto primario de la literatura es el mundo
y, por lo tanto, propone siempre a sus lectores una imagen hermenéutica de él, una interpretación
determinada, que no necesariamente responde a los intereses del autor. Pensando entonces que “la
literatura latinoamericana está sustantivamente ligada desde sus orígenes a una reflexión sobre una
realidad que unánimemente se considera deficitaria” y además, porque “hay en [ella], en efecto, una
suerte de modulación propiciatoria que parece ensayar desiderativamente un mundo todavía no
realizado”60, queda en evidencia que la tarea de la crítica es principalmente “revelar qué imagen del
universo propone a sus lectores, qué conciencia social e individual la estructura y anima”.61 Cosa que
es imposible sin comprender los procesos históricos y culturales propios a la región.

El segundo, partiendo de la misma premisa, la determinación íntima de la literatura con la
sociedad, insiste en que las obras literarias “no están fuera de las culturas sino que las coronan y en la
medida en que estas culturas son invenciones seculares y multitudinarias hacen del escritor un
productor que trabaja con las obras de innumerables hombres. Un compilador, hubiera dicho Roa


Bastos. El genial tejedor, en el vasto taller histórico de la sociedad americana”.62 De modo que
revisando los diversos intentos históricos de la crítica por hacerse cargo de la “expresión americana”
–como lo diría Pedro Henríquez Ureña– y sus propios conflictos entre el cosmopolitismo y el
regionalismo, queda claro que de todas formas la piedra fundacional de su labor, en la medida en que
requiere marcar también la singularidad de la obra literaria, está en buscar la particularidad cultural
de la región: “La única manera que el nombre de América Latina no sea invocado en vano, declara
Rama, es cuando la acumulación cultural interna es capaz de proveer no sólo de „materia prima., sino
de una cosmovisión, una lengua, una técnica para producir las obras literarias”.63

62 Ángel Rama, Transculturación narrativa en América Latina. México D.F.: Siglo XXI, 1982. 19.

63 Ibíd., 20.

Humanismo autoritario:

Crítica literaria chilena actual.

Breve historia de debates y polémicas: de la querella del criollismo hasta el
presente.


Vicente Bernaschina Schürmann – Paulina Soto Riveros
© 2011

Todos los derechos reservados.

  
1. Una pregunta

¿De qué forma puede ser que un método de análisis literario sea parte central de la memoria
histórica de Chile?

La pregunta me viene rondando hace tiempo. Para ser más exacto, desde el momento
preciso en que me plantee la posibilidad de este capítulo.

Tanta tribuna se le ha dado al sacerdote José Miguel Ibañez Langlois (Ignacio Valente) en la
crítica literaria chilena, en su exaltación de la palabra poética y en sus diatribas en contra del
estructuralismo que me molestaba desde un principio volver sobre él. Es que hoy en día ni yo
mismo creo en las capacidades del estructuralismo así sin más de funcionar como un método
absoluto para la teoría y la crítica literaria; sobre todo, después de la experiencia universitaria, de la
revisión de un sinnúmero de artículos críticos estructuralistas que se desvivían en páginas y páginas
de esquemas, fórmulas y clasificaciones para llegar a conclusiones minúsculas. En el fondo, un
método con serias dificultades para afrontar la encrucijada valorativa que la literatura nos exige.

En lo referente al resto de sus opiniones, me hubiera gustado zanjar el asunto como lo hizo
Enrique Lihn respecto de Alone hacia fines de los sesentas en el diario El Siglo:

Hace ya demasiado tiempo que don Hernán Díaz Arrieta pertenece al pasado. […]
Diferir de Alone, rebatirlo, impugnarlo, atacarlo, se ha convertido en un juego sin
atractivo por las facilidades que ofrece y si alguien cree que su condición personalista
de discrepancia universal […] prueba su actualidad como cronista; si alguien cree
esto es un perfecto tontorrón. […] Todos están conscientes de las limitaciones de su
temperamento, de la falacia de su método como historiador de la literatura y de su
caprichoso infantilismo crítico.1

1 Enrique Lihn, “Alone, no.” El circo en llamas: una crítica de la vida. Edición de Germán Marín. Santiago de Chile: Lom, 1997. 418-419.



Pero, en fin, Alone existe, termina diciendo Lihn, lo que lo obliga una vez más a rebatir sus
argumentos y aclarar por qué precisamente “Alone, no”. En mi caso, no fue sólo que Valente
existiera, sino que su perversión era aún mayor.


Con el lento aprendizaje de la lectura y de la historia, me fue quedando cada vez más claro
que ya para la década de los setenta los críticos literarios chilenos y latinoamericanos tampoco creían
en el estructuralismo así sin más. Evidentemente, hay presupuestos teóricos invaluables y un giro
lingüístico en las ciencias que rompe con una tradición clásica de estudio de las humanidades,
aunque eso no bastaba para iniciar el trabajo que de verdad se necesitaba en nuestro continente. El
estructuralismo había sido el empujón inicial, pero ya varios habían tomado sus rumbos e iniciado
una discusión muchísimo más viva e interesante a partir de las diferencias sociales, étnicas y
culturales en cada una de nuestras regiones.

Entonces, ¿por qué insistir tanto en la eliminación de aquella metodología? ¿En su control y
supresión?

Razones y motivaciones pueden haber muchas. Permítaseme anticipar algunas que espero se
hagan más evidentes en el desarrollo de este capítulo:

Desde el golpe y la intervención militar en las universidades, los estudios literarios apenas
lograron sobrevivir. El refugio en la estilística y en el estructuralismo más inmanentes fue la salida
posible para conservar la enseñanza de la disciplina y no compartir el destino de otras carreras como
sociología, cuyo perfil era, a juicio de la junta militar, decididamente peligroso. Había que extirpar de
raíz las células desde las cuales se diseminaba el cáncer marxista. En este sentido, negar al
estructuralismo en la apreciación literaria y en la educación poética servía de vigilancia constante para
que las disciplinas se mantuvieran en ese inmanentismo aséptico o se replegaran hacia dimensiones
más tradicionales de los estudios literarios.

Claro que también, y esto es lo fundamental a mi parecer, se cumplía un programa de
exterminio de las diversas vertientes que podían surgir a partir de los presupuestos teóricos sentados
por el estructuralismo. Principalmente, una conciencia fuerte sobre el poder de las ideologías y una
perspectiva racional y claramente argumentada que lograba romper de una buena vez con la


naturalizada cadena que amarraba a sujetos, lenguas, identidades nacionales, tradición cultural y
destino espiritual. No olvidemos que para la política cultural de la dictadura, la guerra que combatían
en ese momento no era sólo en contra de una posición política o administrativa, sino en contra de
aquella concepción total de la vida, “que pretende imponerse y avasallar la cultura occidental a la que
adherimos”.2

2 Política cultural del Gobierno de Chile. Santiago de Chile: Editora Nacional Gabriela Mistral, 1975. 40.

3 Por ejemplo, Camilo Marks, “Criticar al crítico.” La crítica: el género de los géneros. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2007. 87.


4 Bernardo Subercaseaux, Transformaciones de la crítica literaria: 1960 – 1982. Santiago de Chile: CENECA, 1982.
24. Véase también el texto de Enrique Lihn, Sobre el antiestructuralismo de José Miguel Ibañez Langlois. Santiago de Chile: Ediciones del Camaleón, 1983; y su balance “Artes y Letras mercuriales, un suplemento del anacronismo.” escrito en 1984 y publicado en El circo en llamas, 490-94.
Es decidor que ambos autores denuncien el rol de Ibañez Langlois como único individuo autorizado para dar clases de marxismo en Chile durante la dictadura, incluso haciendo de tutor de la junta militar misma.

El necesario “Valente, no”, entonces, no tiene nada que ver con limitaciones temperamentales, falacias metodológicas o infantilismo crítico. No tiene que ver con la comprensión burda que tiene el crítico del estructuralismo –y qué decir del marxismo– o con las intuiciones acertadas que tuvo, como dicen algunos, sobre la poesía chilena.3 José Miguel Ibañez Langlois sabía perfectamente lo que hacía: su racionalidad escolástica es macabra y sus argumentos filosóficos coherentemente asentados en el humanismo tradicional. Tan enraizados en el sentido común de una gran parte de la población pretendidamente culta de nuestro país, que no sólo entonces sino que aún hoy sus argumentos se dejan escuchar en distintos debates sobre la cultura actual.

Las bien fundamentadas acusaciones sobre su carácter de crítico oficial de la dictadura que
hicieron en su momento Enrique Lihn o Bernardo Subercaseaux, entre otros, signándolo como
“agente cultural y comunicador validado” de la junta militar son importantísimas. Comprenderlo en
esa función significa entender que, en cuanto administrador de esa cultura, a él no sólo le estaban
permitidos temas vedados a otros, sino también que sus prácticas críticas participaban de las
acciones para hacer invisible el control sobre los ciudadanos.4
Es comprensible, así, que para muchos


este argumento baste para negar su legitimidad en cuanto interlocutor válido en el plano de la crítica
literaria y la cultura en Chile, pudiendo pasar a otros temas.

El problema que yo veo de quedarnos sólo con ese argumento es que éste suspende hasta
cierto punto la intencionalidad clara que subyace a todo su plan de pensamiento y permite,
peligrosamente, que sus opiniones sobre el rol de la literatura en la sociedad se interpreten como
simple epifenómeno del autoritarismo militar: un mero títere de las condiciones represivas y
desaparición del pensamiento crítico en la década de los setenta. Sin embargo, cómo él mismo lo
reconoce intentando desestimar esas acusaciones y aclarar que los crímenes de la dictadura nada
tienen que ver con sus responsabilidades políticas y éticas, su pensamiento y juicios conservan una
coherencia irreprochable. Al regresar la democracia y hacer un balance de sus “veinticinco años de
crítica”, Ibañez Langlois se defiende:

Todo empezó con el gobierno militar, durante el cual –por vejez, muerte, exilio,
censura o, en fin, desaparición de los demás críticos– quedé como casi el único en
estas columnas. El hecho –bien ajeno a mi voluntad– me ha valido de ser calificado a
veces de crítico oficial de ese régimen. Para mí, el asunto es sencillamente ridículo. No
percibo diferencia alguna entre mi crítica anterior, concomitante y posterior a ese
gobierno.5

5 José Miguel Ibañez Langlois, “Veinticinco años de crítica.” Veinticinco años de crítica. Santiago de Chile: Zig-Zag, 1992. 18. Nótese la semejanza de estas declaraciones con la respuesta dada en 1977 por el Rector Militar de la Universidad de Concepción, Heinrich Rochma Viola, ante la pregunta por los antiguos profesores de la universidad, citada como epígrafe por Rubí Carreño en su artículo sobre los críticos literarios chilenos en el exilio: “-¿Y qué pasó con los profesores del 73?- Eran todos miristas y desaparecieron después del once.
Nadie sabe dónde están. Se arrancaron, salieron fuera, qué sé yo…” Rubí Carreño. “El exilio de la crítica chilena: aportes para una nueva agenda literaria.” Anales de Literatura Chilena 10.12 (2009): 130.


Considerando esa afirmación de coherencia, la obscena y fría enumeración de las causas de la
desaparición de los críticos, el desplazamiento de la responsabilidad a decisiones ajenas a su voluntad
y el fuerte trasfondo católico conservador de su pensamiento –los vínculos de Ibañez Langlois con
el Opus Dei son conocidos por todos en Chile–, a mi no me queda otra que tratar de desenmascarar
el aparato filosófico que sostiene sus argumentos literarios y que en su negación no hace más que
pervivir en nuestra actualidad, libre de su macabro e intencional empleo. Y a él, desde la aparente
banalidad de su mal, no me queda más que recomendarle que se pegue con una piedra en el pecho –
aunque no lo sé, acaso encuentre placer en ello– y recuerde los versos del “yo confieso”: “Yo
confieso ante Dios todo poderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho, de
pensamiento, palabra, obra y omisión, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…”

Quizás Dios se lo perdone.




2. Interludio literario

Soy crítico; por tanto, juez. Y la virtud del juez es la justicia. Y
ser justo implica a ratos, ay, ser justiciero.

José Miguel Ibañez Langlois – Sacerdocio y crítica


Es un sacerdote el que habla y el que dice:

El estructuralismo; ¡pero qué cosa más fea y más obtusa!

En el lenguaje, un desquiciado afán por transformarlo todo en una matemática, en una
ciencia exacta para describir partículas, casos, relaciones de un sistema: fonemas y grafemas,
significantes y significados, estructuras que se dicen profundas, que se reiteran y repiten bajo
apariencias diferentes, pero que ni siquiera rozan el sentido último de la palabra en el hombre.

En la literatura, una compulsión sistemática por ordenar y clasificar formas, tipos,
narradores, actantes y estructuras. A lo sumo, un fracasado intento seudocientífico por establecer la
“literaturidad”; es decir, esa propiedad abstracta que constituye la singularidad del hecho literario,
pero que no es capaz de decirnos nada sobre la calidad específica de una obra en una determinada
situación.6

6 José Miguel Ibañez Langlois, Las corrientes estructuralistas. Piura; Madrid: Universidad de Piura; Asociación de la Rábida, 1986. 81. Este libro tuvo una primera versión con el título Sobre el estructuralismo en Ediciones Universidad Católica de Chile en 1983.

7 José Miguel Ibañez Langlois, Sentido y forma de la educación poética. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1973. 12.


Una moda teórica, reciclada y adoptada desde teóricos rusos, checos y franceses, entre otros,
que al parecer no tenían nada mejor que hacer que destruir con sus formalismos la belleza y el
misterio de la poesía. En definitiva, reducirlo todo a una botánica o una zoología poética, una
disecación literaria, “enciclopédica en sus pretensiones y microscópica en su vitalidad”.7

Pero eso no sería tan terrible, ¿no es cierto? Si fuera una mera cuestión de método, el solo
cultivo de la palabra poética terminaría por demostrar sus falacias. El problema es que esta forma de
pensar estructuralista ha invadido la médula de nuestro sistema educacional; peor aún, nuestra
concepción de la vida y del hombre.

Si pudiésemos tender un puente entre la poesía natural que habita en cada niño, en cada
joven, en cada adulto y las grandes obras de la historia, ya verían ustedes cómo surge la sabiduría
humana de manera espontánea y natural. Ese momento en que el joven es capaz de imaginar versos
de Gabriela Mistral o San Juan de la Cruz a partir de sí mismo, reconociendo allí experiencias y
expresiones que son virtualmente suyas…8 Allí veríamos el nacimiento de una verdadera educación
poética, de la que todos sabemos, sólo puede seguir un crecimiento espiritual, una superior
conciencia, una comprensión privilegiada de la condición humana, el rejuvenecimiento de nuestra
fuerza creadora.9

8 Ibíd., 11.

9 Ibíd., 4.

10 José Miguel Ibañez Langlois, Las corrientes estructuralistas. 82.


“Todo está en extraer al poeta natural que hay en el fondo de cada hablante, en vez de
introducirle desde fuera unas categorías poéticas de prestigio oficial y de mortecino acento”; y sin
embargo, nos dejamos engañar por esa aparente objetividad de una pseudociencia que dice buscar la
universalidad de la literatura y engañosamente se niega a aceptar que lo único universal en la
literatura es aquel juicio de valor que los antiguos llamaron belleza. ¿No les parece sospechoso? El
estructuralismo rechaza por subjetiva la facultad extra y pre-científica del gusto literario “y sin
embargo depende de ella para formar su categoría abstracta de la literaturidad, pues sólo tales juicios
seleccionan y definen qué es literatura en el indefinido espacio de los textos y del lenguaje en
general”.10

Un carraspeo interrumpió la enérgica sacudida del dedo índice derecho del sacerdote que en
ese momento apuntaba hacia el cielo.

Disculpe la interrupción, declara un profesor universitario. Soy un estructuralista llegado
hace poco de Francia donde tuve la oportunidad de doctorarme bajo la tutela del Señor Roland
Barthes y me parece que sus acusaciones exigen una aclaración. Si mal no lo entiendo, para usted la
obra literaria, en tanto expresión del lenguaje poético del hombre, constituye una realidad “natural”,
directa e inmediatamente legible. La obra literaria, para decirlo en jerga filosófica, sería para usted un
“objeto en sí”, eterno, que expresa su realidad –y déjeme citar aquí una nota escrita por usted– “„de
un modo directo, fresco, espontáneo y virginal’ (sic). Es decir, que la realidad de la obra literaria se
transforma en la realidad del objeto que dice representar”.11

11 Roberto Hozven, “Carta dirigida al Sr. Arturo Fontaine, director del diario “El Mercurio”, no publicada
hasta el 15 de octubre de 1979.” CAL 4 (1979): 13.

12 Ibíd.


¿No cree usted que entre hombre y mundo, entre lector y obra, existe un sistema conceptual
de naturaleza lingüística? ¿Un sistema que media entonces entre aquello que percibimos y aquello
que comprendemos como realidad?

Si usted no está dispuesto a aceptar este hecho, lamento tener que decir que usted subordina
la literatura a su propia coartada ideológica y que su supuesta idea de la crítica literaria no deja de ser
un juego de espejos con los que, a través de esa naturalización universal y eterna, esas tremendas
ideas de la verdad, el gusto, la belleza o el sentimiento, no hace más que imponer sus propios mitos e
ilusiones sobre la obra.12

¿No le parece que así elimina de la literatura justamente aquella característica que la hace tan
rica: su capacidad de producir sentidos diversos de lo que se nos da como evidente? ¿O usted de
verdad cree que un griego de la antigüedad clásica sentía lo mismo, tenía las mismas emociones que
los seres humanos del siglo XX? A mi parecer, la idea de tomar distancia de estos fenómenos y tratar
de verlos estructuralmente tiene como objetivo ayudarnos a comprender mejor al hombre y su
sociedad a través de estas creaciones de lenguaje que llamamos literatura. Preguntarnos, por ejemplo,
cómo es que un objeto estético hecho de lenguaje es capaz de generar ciertas emociones o
sentimientos en un lector. Quizás lograr una idea del desarrollo histórico de dichos sentimientos.13

13 Ibíd.

14 José Miguel Ibañez Langlois, “Sacerdocio y crítica.” Veinticinco años de crítica literaria, 30.

15 Ibíd., 31.


Ya se puso pesado, ¿no ve?, responde el sacerdote negando sutilmente con la cabeza.
Además, yo aquí no he acusado a nadie y usted así de la nada viene y me acusa de ideólogo. A mí me
parece que usted es aquí el interesado. Notemos una simple diferencia. ¿Qué es usted?
Estructuralista. ¿Qué pretende? Defender el estructuralismo. ¿No le parece que hay aquí un conflicto
de intereses?

Yo, por mi parte, soy sacerdote y crítico. El crítico es juez y la virtud del juez es la justicia.
¿Cuál es mi tarea? “Ordenar, subir, bajar, poner las cosas en su lugar. A la vista de jerarquías
falseadas, de valores trastocados, de falsos prestigios convencionales, alguna vez hay que ejercitar
esta misión con dureza”.14 Sus acusaciones interesadas no me dejan otra opción que responder con
pasión. Y si de pasiones se trata, le advierto desde ya que la del crítico es la pasión por la justicia y la
verdad. “¿Acaso no son hondamente sacerdotales estas pasiones? ¿No es también sacerdotal la
pasión de defender lo sagrado del hombre, impedir que se lo manipule como mercancía vendible y
comprable…? […] Sacerdotal es también la independencia de criterio del que, religado
absolutamente a Dios, se libera de las ataduras relativas y cambiantes de partidos, intereses creados o
camarillas: nadie puede señalarme discriminación ideológica o política alguna. Sacerdotal es la
equidad de quien aplica siempre la misma vara o metro crítico, sin rigores ni benevolencias
antojadizas. Sacerdotal es el silencio ante la réplica mañosa…15

El sacerdote guarda silencio unos momentos y luego, inclinándose sobre el púlpito, continúa:

Ya que usted se puso filosófico, además de insolente, nos pondremos filosóficos. La
lingüística estructural tiende a absolutizar una substancia de la lengua que asimila todo y que
pareciera no tener origen: el sujeto es lingüístico, el universo es lingüístico. Todo es signos cuyos
significados están hechos de significantes que remiten interminablemente a otros significantes. El
universo se comprende como una Estructura lingüística absoluta: no es materia, ni espíritu, sino pura
forma y relación.


Si lo vemos así queda expuesto su primer engaño. Sabemos que “la lengua no es tal Forma
incausada; su causa eficiente es la potencia del pensamiento humano en expansión, pensamiento a su vez moldeado por el mundo; y su causa final debe inscribirse teleológicamente en los fines del hombre. Por eso el hombre es siempre más que toda lengua, y el pensamiento humano es siempre más que su expresión material. El hombre vive acosado por lo inefable, y esto lo saben bien los profesionales de la lengua –los poetas– y los profesionales del pensamiento –los filósofos–”.16


16 José Miguel Ibañez Langlois, Las corrientes estructuralistas. 70.

17 Ibíd., 14.

18 Ibíd., 106.

Pero así mismo es como el estructuralismo se aprovecha de la filosofía, la tergiversa y la
vuelve contra sí misma. Si bien, en un principio, los aportes de Ferdinand de Saussure y de los
formalistas rusos permitieron un estudio más objetivo del lenguaje, esos aportes fueron apropiados
luego por la escuela de la sospecha, por todos los desencantados y resentidos seguidores de Marx y Freud, quienes no sólo desean negar la existencia del espíritu, sino que ahora además la del hombre mismo, del yo, del sujeto humano.17

Para estos estructuralistas, seguidores de Lévi-Strauss, Lacan, Barthes, y Foucault, “lo que
llamamos hombre es sólo una máquina permutadora de signos a través de los cuales el mundo
efectúa un intercambio consigo mismo. No hay nadie en el mundo; pero el mundo, extrañamente,
necesita de nosotros, siendo este nosotros un mero espacio vacío a través del cual las cosas se hacen
extrañas entre sí”.18

¿Paradojal, no?


Claro que no son capaces de verlo, porque nace de un resentimiento puro y mal intencionado; lo veo en los ojos de ese estructuralista. Mire lo enfadado que está ahora que vemos claramente quién es el ideólogo en este asunto. Del idealismo hegeliano más tremendo, se pasa al cosismo absoluto. Si la Naturaleza había sido reducida al Espíritu, ahora es el modesto espíritu humano quien es reducido a naturaleza pura. A un materialismo agobiante y un racionalismo desencantado que no es capaz de aceptar el misterio de la realidad. El estructuralismo dice hacerse cargo de los problemas fundamentales del ser humano, pero desde una matriz inhumanista. Aquí está clarito, entonces, su segundo engaño, ¿y saben a qué me huele eso? A marxismo puro.

La misma estrategia seductora y perversa de manifestar en un principio una intención
humanista: rescatar al sujeto humano que se ha perdido o alienado en la exterioridad de la mercancía,
del dinero, incluso en sus productos culturales. Con eso quieren encantar y engatusar a todo el
mundo, pero en virtud de su propia dialéctica materialista y atea, “terminan perdiendo total e
irremisiblemente al hombre en la desnuda objetividad y exterioridad de la naturaleza infrahumana, en
las fuerzas fatales de la materia, en la mecánica exacta de las infraestructuras económicas y, por
último, en la tristeza más irremediable de la finitud histórica y el ateísmo”.19

19 José Miguel Ibañez Langlois, El Marxismo: Visión crítica. Colección Ciencias Sociales. Santiago de Chile: Ediciones Nueva Universidad, 1973. 17.

20 Ibíd., 18.

Y puede ser que muchos de ustedes no lo vean así, pero para mí está más claro que el agua.
Les reitero: soy crítico y sacerdote. No sólo me interesa la justicia y la verdad, sino también estoy
preparado para ver cuándo una doctrina quiere invertir burdamente nuestra fe católica. Pero a mí no
me engañan, porque “sólo la Iglesia Católica posee los ojos teologales para comprender el verdadero
origen y sentido del marxismo, mucho mejor de cuanto los ojos marxistas puedan hacerlo; solo la
Iglesia posee el modelo original y la verdad de cuanto el marxismo traspone el mito y a la utopía”.20

Por eso les insisto: “La filosofía perenne, a lo largo de toda la aventura idealista, afirmó
invariablemente los derechos de la realidad, la primacía del ser, como una evidencia que no necesita
demostrarse. Esa misma filosofía, ante el acoso objetivista y naturalista, afirma con idéntica
seguridad los derechos del sujeto, la conciencia de la persona, el ser del yo mismo, como una
evidencia que tampoco necesita demostración. Y mira, con serenidad aristotélica y con sabiduría
tomista, este remolino vertiginoso del Yo y de la Cosa que se devoran mutuamente como ilusorias
Substancias que, uno y otra a su penosa manera, pretenden usurpar los atributos del Ser Subsistente,
la aseidad del Dios vivo”.21

21 José Miguel Ibañez Langlois, Las corrientes estructuralistas, 108.

22 Enrique Lihn, Sobre el antiestructuralismo de José Miguel Ibañez Langlois. Santiago de Chile: Ediciones del Camaleón, 1983. 22.


Yo simplemente se los advierto. Mis queridos incautos, cuidado con las mistificaciones y las
pretensiones seudocientíficas del estructuralismo. Y a los que perseveran en su error, bueno, que con
su sal se la coman y que Dios se los tenga en cuenta…

¡Ahora lo entiendo! Exclama de pronto un poeta, ¡claro, clarísimo; ese es el engaño! El
estructuralismo se aplica a todo sin distinción valorativa alguna y esa es su falencia; porque si yo
siguiera el modelo de análisis estructural narrativo de Vladimir Propp o de Algirdas Greimas, no
podría dejar de ver en su discurso el modelo actancial mítico funcionando a la perfección. En su
discurso habría “un sujeto-héroe cuyo deseo se expresaría como la búsqueda de glorificación de su
adyuvante –la filosofía perenne– y la liquidación de su oponente: el materialismo („que pretende ser
el telón de fondo de toda actividad estructuralista.). El destinador sería Dios y el destinatario el
homo chilensis amenazado (como si todo fuera poco) por el inhumanismo estructuralista”.22

Pero eso no puede ser, sería un desatino comprender su discurso bajo el esquema de una
aventura ética o una cruzada religiosa contra el estructuralismo. ¿No es verdad?

Acertada reducción, mi querido bromista, responde el sacerdote risueño, y de la cual no
tengo nada que temer. Ya sabemos que en esta nueva sociedad que construimos “el arte no podrá
estar más comprometido con ideologías políticas, sino que con la verdad del que lo creó, y esa
verdad tendrá que ser reflejo del ambiente de decencia, de honestidad, del concepto de destino
trascendente que anima a un pueblo que sabe que su meta futura es hacer de Chile una sociedad
integrada y justa, participativa y próspera”.23

23 Política cultural del Gobierno de Chile. Santiago de Chile: Editora Nacional Gabriela Mistral, 1975. 40.
Aquí hay espacio para discrepar, por supuesto, pero no vayamos a caer de nuevo en
pluralismos mal comprendidos. Yo estoy dispuesto a asumir la honestidad de mi discurso. Usted,
escudado en su ironía, ¿lo estará también?

Por mi parte, yo acepto la broma, pero no sé qué pensarán mis queridos oficiales sentados
aquí en primera fila…







Crítica literaria chilena actual.



Breve historia de debates y polémicas: de la querella del criollismo hasta el
presente.

 Paulina Soto Riveros – Vicente Bernaschina Schürmann


© 2011

Todos los derechos reservados.

Esta investigación contó con el apoyo del Fomento del Libro, Modalidad
Investigación y de la Beca de Creación Literaria, Género Ensayo del Fondo de
Fomento del Libro y la Lectura 2009.


1. Isabel Allende, Premio Nacional de Literatura 2010

El galardón del Premio Nacional de Literatura Chilena del año 2010, estuvo aún más lleno
de polémicas que otros certámenes anteriores. La elección de Isabel Allende, escritora que a pesar de
su popularidad ha sido casi dejada de estudiar por la academia y las revistas literarias del día de hoy,
se prestó para una avalancha de opiniones, muchas de las cuales fueron de indignación. Las razones
de la polémica fueron varias. Por una parte, estuvo el hecho de que Isabel Allende movilizara una
ardua campaña para su premiación, que incluyó el apoyo de cuatro (ex)mandatarios de la república;
por otra parte, se criticó la composición del jurado que parecía estar más orientada hacia el ámbito
de lo político que al de lo cultural. Así, el jurado estaba compuesto por: el rector de la Universidad
de Chile, Víctor Pérez (ingeniero), el rector de la Universidad Católica del Norte, Misael Camus
(doctor en Historia Eclesiástica), el ministro de educación Joaquín Lavín (economista), quienes
dieron su voto para Allende, y solo dos personeros del mundo de las letras: Raúl Zurita (poeta,
también Premio Nacional de Literatura 2000) y Cedomil Goic (doctor en Literatura).

Desde diversos medios de comunicación, Luis Martínez en su blog Letras.s5 reunió algunos
de estos juicios. En la muestra, Armando Uribe declara por ejemplo: “Que políticos y ex presidentes
apoyen su candidatura me parece ridículo y grotesco. Somos el hazmerreír de las personas cultas del
mundo”. Alejandro Zambra por su parte y sin menor brío opinaba sobre la elección: “es un balde de
agua fría para la literatura chilena... Es un desastre. Es como si le dieran el Premio Nobel a Paulo
Coelho. O el Premio Nacional de Música a Lucho Jara”. Leonardo Sanhueza, aunque mostrándose
aburrido de la discusión, fue aún más enfático: “No tiene ningún sentido seguir discutiendo este
asunto. Es una bolsa de gatos. Los que consideran „merecido. el galardón rara vez tienen más
argumentos que ese –„sí, poh, se lo merece.– y nunca han leído algo más elaborado que las
cuadrículas del crucigrama. No tienen ningún interés en la literatura de cierto valor, que expande el
lenguaje, que lo explora, que prueba y se equivoca, que pregunta, que pone en aprietos, que oxigena
o abruma, que ahoga o se hace humo: no tienen, en fin, ningún interés en la literatura viva”.1

1 Todas las citas corresponden al artículo de Luis Martínez, “Isabel Allende: Premio Nacional de Literatura”
Letras.s5.com. En: http://opinaenletras.blogspot.com/2010/09/isabel-allende-premio-nacional-de.html (14 diciembre 2010).

2 Ibíd. Creemos que esta tajante división en las opiniones obliga a un análisis de género que no podemos
abordar aquí, pero que es imprescindible tenerlo presente como tarea, sobre todo ante los modos de cada uno
de los grupos de argumentar y concebir la literatura y sus funciones culturales.

3 El Premio Nacional de Literatura, en este sentido, no deja de ser siempre polémico. En torno a la noción del “deber ser” de la literatura que determina las opiniones del jurado y de los que lo comentan, podríamos preguntarnos, por ejemplo, qué hacen dentro de los galardonados el historiador Francisco Encina (1955) o el lingüista Rodolfo Oroz (1978). También dentro de los debates en torno a la calidad, visibilidad y reconocimiento de las figuras premiadas, un caso ejemplar resulta el de Max Jara Troncoso, quien posiblemente es sólo recordado y acaso leído por un grupo reducido de poetas o críticos. El 18 de junio de 1956, según nos cuenta el poeta Manuel Silva Acevedo en el prólogo a las Obras completas de Max Jara, un jurado compuesto por el escritor Eduardo Barrios, en ese entonces rector de la Universidad de Chile, y el *


Sin embargo, y muy a pesar de Uribe, Zambra y Sanhueza, algunas escritoras que sí habían
leído más que un crucigrama, y que también fueron citadas en la muestra de Martínez, respaldaron el
premio. Pía Barros declaró que “antes de ella, las escritoras latinoamericanas no existían. Allende les
dio visibilidad en el mundo”. Teresa Calderón, por su parte, afirmó que: “Allende es un modelo. En
los 60 fue contestataria y feminista, nos mostró que podíamos competir de igual a igual con los
hombres”. Delia Domínguez sugirió que fue Allende quien “demostró que no se necesita ser docto
ni académico para entender la literatura”. Marcela Serrano, profundizando en las posturas anteriores,
sintetizó el juicio: “Isabel Allende forjó el entramado que dio forma a la literatura en español escrita
por mujeres desde el punto de vista de una mujer. Ella abrió las puertas. Hoy día le damos las
gracias”.2

El debate es, sin lugar a dudas, significativo. Más allá de las críticas realizadas a la propia
organización del certamen, los juicios que se centraron fundamentalmente en la figura de Isabel
Allende y su escritura –que representan la mayoría– no solo manifestaron una apertura hacia la
discusión sobre la literatura en un contexto de estancamiento, sino además revelaron claramente
algunas nociones prevalentes sobre el rol de lo literario en el mundo actual.3 Si se mira


*poeta Pablo Neruda, en representación de la Sociedad de Escritores de Chile, resolvieron entregarle a Max Jara el Premio Nacional de Literatura, por “llenar con sus versos una larga etapa de la lírica nacional”. Eso de “llenar” la lírica nacional con sus versos, no deja de ser paradójico, ya que su obra completa no pasa de unas cien páginas: tres breves poemarios: Juventud (1909), ¿Poesía…? (1914) y Asonantes (Tono menor) (1922), los que luego fueron publicados en conjunto en 1934 por el mismo autor en una edición corregida y disminuida, que incluía un puñado de poemas inéditos. Por supuesto, al ser una decisión basada en la calidad – así lo asegura el talante del jurado – la elección despertó, por ejemplo, los siguientes elogios en el crítico Alone: “Max Jara
no es un poeta torrencial; al premiarlo, como en el caso de González-Vera, el de las páginas perpetuamente „corregidas y disminuidas., los miembros del jurado dieron la lección de anteponer la calidad a la cantidad. La belleza no se mide por varas; un átomo desintegrado puede más que montañas vociferantes”. Para nuestro presente, la importancia de los poemas de Max Jara queda, entonces, subordinada claramente a la idea que tengamos de la literatura y su rol en nuestra sociedad. Manuel Silva Acevedo, “Prólogo.” En: Max Jara, En voz baja: obra poética completa. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1997, 19.


desprejuiciadamente se puede discernir que, grosso modo, las líneas argumentales de detractores y
partidarios revelan dos grandes nociones sobre el significado de la literatura en la sociedad. La primera, constituida por los detractores, está fuertemente inclinada hacia el valor “propio” de los textos literarios: diferenciando claramente aquello qué es literatura y aquello que no lo es (Paulo Coelho e Isabel Allende) y hablando, además, de la expansión y exploración del lenguaje que es propia de las buenas obras literarias (entre las cuales no se incluyen, por supuesto, las de Isabel Allende). La segunda línea, constituida por las partidarias, alude a la conexión de estos textos con las repercusiones sociales que tienen. Hablan de visibilidad social de las escritoras mujeres, hablan de cercanía con la sociedad de las obras, hablan de feminismo.

Por paradojal que parezca, en vista del resultado del concurso, es la primera línea –la que
aparentemente salió perjudicada con el resultado– aquella que posee la hegemonía en los círculos
literarios hoy. Esto se nota en el mismo corpus que ya he usado para analizar estas dos nociones
literarias. Mientras el primer grupo habla sueltamente de lo que la literatura debería ser y de lo que
jamás debería ser, el segundo grupo no alude directamente a la literatura de Allende. Serrano es la
excepción al hablar del valor literario que en sí posee el hecho de que Allende haya popularizado la
literatura, pero en términos generales el silencio de las escritoras sobre este punto es revelador y
manifiesta el lugar específico dónde aprieta el zapato en el mundo literario: lo literario ocupa un
lugar sagrado y cualquier alusión que abarque elementos literarios de la obra de Allende más allá de
lo social podría haber profanado dicho espacio, en vistas del “indudable” desprestigio artístico que posee la escritora.

Uno de los rasgos que es más claro en este “grupo” protector de la gran literatura es la
defensa que propugnan de la esfera de lo literario respecto del mercado
, tal como se aprecia en la
inquebrantable oposición a la figura epítome de esta esfera: la escritora Isabel Allende. En torno a la
literatura, existiría para este grupo una dicotomía esencial. De un lado estaría la literatura que bajo la perdurable herencia del pensamiento romántico y sus variaciones filosófico-científicas –la
fenomenología, la estilística, el formalismo y el estructuralismo, entre otras– no dejan de concebir su esfera como un campo autónomo en relación al resto de las instituciones e ideologías sociales.
Un campo plagado de reflexión y exploración subjetiva trascendente, un campo tan especializado que puede ser directamente juzgado solo por agentes expertos en el mismo campo y cuya ponderación, por lo tanto, está fuera de los ámbitos de los conocimientos tradicionales.

Del otro lado estaría el mercado, cuya primera gran manifestación en nuestras latitudes la
conocemos como el Boom de la literatura latinoamericana y que en nuestro país se radicaliza en los
ochenta y noventa a través de la colección Biblioteca del Sur de Editorial Plantea y la conformación
de una “Nueva Narrativa Chilena”.4 Un grupo de escritores fomentados por la editorial, y en algunos
casos por la academia, y cuyos libros alcanzaron gran difusión mediática, a pesar de que la crítica en
muchas ocasiones insistió en la pobreza artística de su confección. Isabel Allende, por supuesto, es
considerada ejemplo epítome de esta literatura de mercado.


4 Nombres reconocidos de esta Nueva Narrativa son los de Diamela Eltit, Alberto Fuget, Gonzalo Contreras, Carlos Franz, Jaime Collyer, Roberto Ampuero, entre otros. Para la larga discusión sobre el aspecto mercantil del Boom se puede empezar con Más allá del Boom: literatura y mercado. México D.F.: Marcha Editores, 1981, libro compilado por David Viñas en el cual se aúnan posiciones y análisis de diversos escritores y críticos del período. Para una revisión actual, se puede consultar también el texto de Pablo Sánchez, La emancipación engañosa: una crónica transatlántica del Boom (1963-1972). Alicante: Universidad de Alicante, 2009.
En el balance de estas dos perspectivas, queda en evidencia que la verdadera literatura
tendría, esencialmente, un valor trascendente, el cual no existe en la literatura de mercado y, en
consecuencia, la función de la crítica sería atrincherar el valor literario contra la usurpación
mercantil, protegerlo para propagarlo y luchar por su entrega intacta al público, ya que ella
“pavimentaría con inteligencia y sabiduría el camino hacia el ansiado desarrollo”5

5 Diego Muñoz Valenzuela, “Editorial del martes 22 de junio de 2010: Premio Nacional de Literatura 2010.” Letras de Chile. En: http://www.letrasdechile.cl/mambo/index.php?option=com_content&task=view&id=1412&Itemid=27 (21
enero 2011).
6Ibíd. Las cursivas son mías.


Estas ideas manifiesta Diego Muñoz, Presidente de la Corporación Letras de Chile, en la
editorial de dicha revista del 22 de junio del 2010, al criticar algunos aspectos de esta premiación,
como la ya aludida baja cualificación del jurado del certamen. Estos reclamos, sin mencionar
explícitamente la dicotomía literatura-mercado que vengo discutiendo, perpetúan implícitamente esta
división, reproduciendo una separación similar entre, por un lado, la literatura, que según los dichos
del crítico solo puede evaluarse a través de la literatura, esto es, de las lecturas que otro literatos
disponen y que los faculta para juzgar las obras y, del otro lado, los ámbitos académicos,
gubernamentales, empresariales y los efectos del marketing, el lobby y los mass media que irían, tal cual como en el caso del mercado, solo en desmedro de lo literario. Lo interesante es que para Muñoz, los elementos identificados como factores perjudiciales para la literatura parecen expandirse por toda la sociedad, ya que, si se siguen al pie de la letra sus declaraciones, la literatura pareciera tener que leerse desde la misma marginalidad social, ya que ni por asomo aparece la voz de la sociedad como potencial decidor del Premio Nacional de Literatura:

Aquí seré categórico: los premios para escritores deben ser concedidos por sus pares.
Cualquier mejora en el procedimiento pasará necesariamente por el establecimiento
de un jurado integrado por una mayoría de escritores, lo cual asegura un
conocimiento más amplio de la creación literaria actual y una ponderación que actúe
fuera de los ámbitos académicos, gubernamentales, empresariales y los efectos del marketing, el
lobby y los mass media. De ese modo podía salvarse cualquier asomo de insolvencia para
llevar a cabo una tarea tan especializada.6

Ante este panorama donde de un lado están las grandes obras artísticas y del otro el
mercado, representado ampliamente en las palabras de Muñoz en los perniciosos efectos
empresariales, del marketing, el lobby y los mass media, creemos que es necesario develar qué significado
cobra el mercado en el mundo literario actual, si el lector omitido en estas declaraciones es visto
como una parte integrante de aquellas esferas y de ser así, cuáles son las políticas que moviliza dicha
equiparación. Nuestra apuesta es que, a pesar de los perniciosos efectos que el mercado puede
indudablemente tener, el mercado funciona también en estas corrientes como coartada ideológica
para reafirmar ciertas ideas sobre la literatura, en un movimiento que posee importantes y negativas
consecuencias en el desarrollo de un campo literario rico, amplio y democrático.




2. El rol del crítico literario hoy: El paradigma Plagio y Letrass.5
La proliferación de revistas digitales sobre la crítica literaria en Chile, además de mostrar el
tesón de los gestores culturales en la actualidad, es un expresivo índice de uno de los rasgos
fundamentales de esta misma crítica: como vimos, la literatura es vista con un valor intrínseco y, por
lo tanto, uno de los cometidos centrales de esta crítica es socializarla, darla a conocer, con la premisa
de que la sola reflexión sobre ella, dado el valor absoluto con que ésta es concebida, es misión más
que suficiente.

Probablemente, uno de los paradigmas más importantes en el espectro de revistas digitales
que han aparecido en los últimos años es Plagio. Si bien los primeros números de Plagio no estuvieron
dedicados propiamente a la crítica literaria, sino a la antología de autores emergentes y a la columna
de opinión sobre temas variados, esta revista y, sobre todo, la visibilidad que adquirió a través de la
organización del popular certamen “Santiago en cien palabras”, reivindicó la posibilidad de crear
proyectos culturales de impacto masivo. Fue ésta además, una de las primeras revistas digitales en
aparecer en el año 2000, solo antecedida por Crítica.cl creada en el año 1997. Si bien Critica.cl arroja
un promedio de 50.000 lectores al mes y es también, una publicación de gran importancia, fue Plagio
y no Critica.cl, de talante más académico, la cual expresó una de las consignas de la nueva corriente de publicaciones digitales: la intención de conectarse masivamente con el público.

Para ello, Plagio generó un lenguaje que abandonó el léxico especializado de las teorías de las
ciencias sociales y añadió una productiva alianza con el lenguaje audiovisual, usando clara estrategias
afectivas de empatía con el público. El cometido era, además, respaldado por la propia procedencia
de los directores de la revista, en su mayoría pertenecientes a disciplinas diversas a la de la literatura.
De hecho, el carácter interdisciplinario de la revista fue representativo de su intención: abarcadora y
social. Al respecto, Ignacio Arnold hace explícita la idea de la revista. Al preguntársele por el
cometido central que buscaba con ésta, él declara: “Generar cultura de calidad con orientación
masiva”.7

7 Ignacio Arnold, cuestionario realizado especialmente para esta investigación.

8 “Proyecto Patrimonio.” Letras.s5.com. En: http://www.letras.s5.com/ppatrimonio.htm (21 enero 2011).


En la misma línea, una revista digital no menos importante, explícitamente mencionada
como modelo por diversos gestores de revistas culturales posteriores, es Letras.s5, creada en el año
2003. Fundada por Luis Martínez, Letras.s5, además de desarrollar una labor de crítica literaria en la
que participan reconocidos intelectuales del mundo cultural actual, cuenta con el Proyecto
Patrimonio que gestiona directamente el recate de textos de diversos actores culturales chilenos en el
soporte digital y esto, de manera pertinentemente ordenada por autor. Además, cuenta con un blog
con el mismo nombre. En él, Luis Martínez desarrolla críticas literarias, y además promociona
eventos culturales de importancia.

La perspectiva de la literatura como un campo de desarrollo humano que debe ser
urgentemente socializado, está especialmente presente en esta revista. Explicando esta perspectiva,
Martínez –quien insiste en reivindicar su procedencia profesional ajena a la academia literaria– en la
página de presentación al Proyecto Patrimonio, explica que “desde siempre el intelectual y el creador
literario han sido referentes obligados de la sociedad en la búsqueda por entender y comprender el
momento histórico, social o político en el que están inmersos”.8 Lo importante para el autor es
reivindicar este material y esclarecer su mensaje mediante la publicación de entrevistas, comentarios,
o artículos de opinión, a través de las cuales… van brotando estas pequeñas piezas, estas pequeñas partículas creativas que van conformando este verdadero “patrimonio”, con los pareceres y pensamientos, análisis e ideas de los creadores literarios. Es aquí, y no en la publicación
especializada o profundamente intelectual en donde se expone al creador a la
pregunta cotidiana, a la explicación del hacer rutinario de su oficio, a su pensamiento
político, a sus odios y sus amores y es aquí también en donde él puede dar a conocer
su realidad como hombre o mujer de oficio creador, sus tribulaciones y demandas en
un mundo cargado de conflictos y que ve en él un referente, un hacedor de opinión, y a quien exige dada su capacidad de visión, se transforme en guía que ilumine el camino a la redención y el entendimiento.9

9Ibíd. Las cursivas son mías.

10 Diego Muñoz Valenzuela, “Editorial del martes 22 de junio de 2010: Premio Nacional de Literatura 2010.” Letras de Chile. En: http://www.letrasdechile.cl/mambo/index.php?option=com_content&task=view&id=1412&Itemid=27 (21 enero 2011).

11 “¿Quiénes somos?” Letras de Chile. En: http://www.letrasdechile.cl/mambo/index.php?option=com_content&task=view&id=48&Itemid=39 (21 enero 2011)



La Corporación Letras de Chile y su revista digital Letras de Chile, lanzada un par de años
antes que Letrass.5 en el 2000, también se arroga el esfuerzo de recuperar el capital de la literatura
chilena, instaurando espacios similares al Proyecto Patrimonio, pero de manera menos sistemática,
en cuanto no posee la clara ordenación autorial de esa revista, sino que presenta una muestra de
ensayos, cuentos y poesías de variados escritores bajo el enlace “Libros on Line”. Las opiniones de
Diego Muñoz, el presidente de la Corporación Letras de Chile, a las cuales ya he aludido, se hacen
eco de aquellas de Martínez en el realce del valor redentor de la literatura en sí misma. Así, Muñoz
declara:

como país debiéramos ocuparnos en estimular el desarrollo de la creatividad, el
intelecto y el goce de la lectura. Ya han hablado los expertos mundiales de la
educación: lo que tienen que hacer los niños es leer, leer y leer. Para eso necesitamos
buenos libros y muchos buenos escritores.
10



Sin embargo, por los menos en sus lineamientos, Letras de Chile manifiesta un carácter
ligeramente diverso a las revistas que he discutido hasta ahora, más enfocada hacia el ámbito
didáctico y social que al artístico. En el enlace “Quiénes somos,” se explica:

Letras de Chile es una corporación de derecho privado que obtuvo su personalidad
jurídica a fines del año 2000, con la finalidad de “contribuir al desarrollo de la cultura
nacional, fundamentalmente desde la perspectiva del fomento del libro y la lectura, buscando la
integración de los escritores como entes activos al proceso de difusión de la literatura, y desarrollando el trabajo conjunto de agentes culturales relevantes, tales como: profesores, bibliotecarios, periodistas, académicos, investigadores, críticos, editores, libreros y distribuidores”.11

 
La apelación a un trabajo conjunto con profesionales del ámbito de la educación implica
implícitamente una diferenciación -en este caso más asociada a una orientación social – al menos
respecto del concepto general de gestión literaria de estas revistas. Así por ejemplo, en un
cuestionario desarrollado para los efectos de esta investigación, donde los voceros de las otras
revistas manifestaban como función fundamental de la crítica la difusión de literatura en sí misma, la
editora de Letras de Chile, Lilian Elphick, cita a Lina Meruane, quien a su vez cita a Josefina Ludmer, para mostrar la función hermenéutica social que ve en la literatura:

La realidad tiene muchísimas zonas y modos (dice Josefina Ludmer, y yo me sumo).
Uno puede entrar a la realidad, o a la construcción de la realidad, a través de cualquier cosa que uno sepa leer. Yo aprendí a leer literatura, no sé leer la sociedad o la historia en sí misma. A mí la crítica pura, sobre un texto o un autor, me aburre […]
Mejor mirar el mundo; pero hay que tener una pantalla, un tarot: el mío es la
literatura. 12

12 Lilian Elphik, cuestionario realizado especialmente para esta investigación.

Algo sobre la crítica chilena...

A PROPÓSITO
DE UN LIBRO DE FEDERICO SCHOPF:


DEL VANGUARDISMO A LA ANTIPOESÍA.
ENSAYOS SOBRE LA POESÍA EN CHILE


Adriana Valdés 


http://www.unabellezanueva.org/adriana-valdes/
 
Se dice que no hay crítica literaria en Chile. Es una de esas afirmaciones a las que se
asiente automáticamente, y que talvez convendría repensar un poco. Al comentar el
último libro de Roberto Merino sobre Santiago, alguien decía que no era la ciudad la
que carecía de interés, sino las miradas de quienes la observaban. Merino se las arregló
para componer un personaje, un mirón, un desocupado lector de Santiago, y la
ciudad se llenó de rincones y vericuetos antes invisibles, se armó en la imaginación.

Solo a modo de deseo: sería interesante volver a armar en la imaginación un mapa
de la crítica literaria en Chile. John P. Dyson, con la acuciosidad entonces sorprendente
de un estudiante norteamericano de postgrado, lo hizo en los años sesenta; fue publicado
por la Editorial Universitaria. Al continuar una tarea semejante, habría que
tomar en cuenta que en los años setenta, y sobre todo a partir de 1973, el quiebre de la
convivencia nacional y las diversas formas del exilio desperdigaron por el mundo –o
acallaron en el país– casi todas las voces de la crítica. Por cierto salieron perdiendo
todos, incluso Ignacio Valente, que se quedó sin interlocutores críticos en el medio
literario, paseándose a su antojo por un terreno vaciado y acallado. Más de veinte años
después, en 1995, los académicos María Nieves Alonso, Mario Rodríguez y Gilberto
Triviños publicaron en Concepción La crítica literaria chilena, registro de un encuentro
sobre el tema, haciendo una aclaración necesaria: lo hacían “sin suprimir desniveles,
sin el maquillaje de la eliminación en nombre del estilo, del rigor o de la lucidez”.
Su ironía reflejaba un triste estado de cosas en la crítica –más bien la periodística– y en
los textos que presentaban en el volumen. En estos últimos años, compruebo una subrepticia
nostalgia de Valente: “Contra Valente estábamos mejor”, parecen decir muchos
de sus potenciales antagonistas, haciéndose eco del “contra Franco estábamos
mejor”, de los inicios de la democratización española.

Existen, desperdigadas, las voces de la crítica chilena posterior al setenta. En un
ámbito que no es el periodístico, la colección “Texto sobre texto”, de la Editorial


REVISTA CHILENA
DE LITERATURA Nº 60, 2002

LOM, está haciendo un buen aporte para integrarlas a ese mapa imaginario. Va estableciendo
de a poco (y con baches) su perfil. No hace mucho pude comentar el excelente
libro que es Leído y anotado, de Pedro Lastra, y leer en Literatura y libros el
comentario de Diez tesis sobre la crítica, de Grínor Rojo, otro libro útil y atractivo,
que traza la línea de un horizonte teórico contemporáneo para la crítica. Han recuperado
también, con otro título, un estudio contundente de Jorge Guzmán sobre César
Vallejo, básicamente el mismo que publicó en Chile en 1991. Y recientemente apareció
en esa colección Del vanguardismo a la antipoesía. Ensayos sobre la poesía en
Chile, de Federico Schopf (varios de cuyos ensayos fueron publicados en primera
versión, en Italia, 1986).

Este último libro vino a mi auxilio hace poco, al tratar de analizar una cierta incomodidad
que producen los poetas que no se han bajado todavía del Olimpo, que siguen
–como si nada– viéndose a sí mismos como Hölderlin fue visto por Heidegger en
su famosa conferencia acerca de la poesía. “Los poetas mienten demasiado”, es frase
de Nietzsche citada por Schopf. Quizás qué historia tendrá la poesía en este siglo, el
veintiuno; pero la historia de la poesía en el siglo pasado, el veinte, es en gran medida
un reflejo de una irritación ante esa supuesta mentira, una “empresa de desublimación”.
Ese tema se sigue muy bien a lo largo de los distintos trabajos que componen Del
vanguardismo a la antipoesía, y podría ser su leitmotiv. Está estudiado a lo largo de
la poesía chilena del siglo veinte (hasta Poemas y antipoemas) en forma concreta y
documentada, atenta a las intencionalidades y los procedimientos de la poesía y a
cómo se modifican en el tiempo. Una de sus virtudes es hacer visible el contexto de la
producción y de la recepción de las obras de Huidobro, Neruda y Parra, y con ello gran
parte de la escena intelectual del Chile de entonces, harto más compleja e interesante
que lo que se suele recordar. Aporta asimismo (fragmentariamente, dice) elementos
del contexto latinoamericano e internacional, muy significativos en relación con estos
tres poetas. En muchas páginas, las citas y las asociaciones de ideas sorprenden y
divierten: aprovechando dos versos de Neruda, en “esta red no sólo el hilo cuenta/sino
el aire que escapa de las redes”.

En “el aire que escapa de las redes”, se pueden observar de soslayo ciertos cambios
de perspectiva y de énfasis en la escritura crítica del autor. Corresponden a los
distintos públicos para los cuales escribió a lo largo de su exilio y también a su vuelta
a Chile, y reflejan modificaciones del pensamiento acerca de la literatura, con lo que
marcan en muchos casos sus fechas de producción. Faltó una revisión editorial más
acuciosa, capaz de eliminar repeticiones y de corregir las numerosas erratas. Lo digo
pensando en el nuevo público que tendrá el libro, cuando se transforme en referencia
ineludible para los estudios académicos y para el mapa imaginario de la crítica chilena
del que comienza hablando este artículo.

Una de las notas de este libro habla de “la distancia casi infinita que me separaba
de mi país” en el momento de la escritura de algunos de sus trabajos. Al leer eso pensé
en dos otros libros de ensayos que acaban de aparecer, uno de Waldo Rojas, desde
París (Editorial de la Universidad de Santiago), y otro de Oscar Hahn, desde Iowa,
también en LOM. Creo que esos trabajos sorprenderán por su alto nivel de reflexión
sobre la literatura. El aporte de los poetas exiliados de la generación del sesenta a la


Algo sobre la crítica chilena...

crítica chilena se perfila como un buen tema, lleno de aristas; regalo la sugerencia a
futuros estudiosos. (Hay jóvenes que vienen entrando fuerte).

Mientras tanto, sigo aplicadamente recomponiendo en mi imaginación un posible
mapa de la crítica chilena posterior a 1973. Hoy por hoy, al dibujarlo no aparece un
continente, sino más bien un archipiélago. Hay tierras firmes, pero discontinuas y
escasamente comunicadas. Talvez para estos y otros autores una próxima tarea esté en
conseguir un nivel equivalente de reflexión en textos más breves, más capaces de
influir de manera inmediata en la opinión pública y de dialogar entre sí, plantándose
esta vez frente a frente al público lector del Chile actual (harto desconocido, pero con
algunas señales de vida que interesa reforzar).






Adriana Valdés

Ensayista

Adriana Valdés


Obras:

Libros propios:
  • Enrique Lihn, Textos  sobre arte, Adriana Valdés y Ana María Risco, editoras, Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2008.
  • Enrique Lihn – vistas parciales, Santiago, Editorial Palinodia, 2008.
  • Memorias visuales- Arte contemporáneo en Chile, Santiago, Ediciones Metales Pesados, 2006.
  • Composición de lugar – Escritos sobre cultura, Santiago, Editorial Universitaria, 1996.
Libros colectivos:
  • La política de las imágenes, Alfredo Jaar,  Georges Didi-Huberman,  Griselda Pollock, Jacques Ranciére, Nicole Schweizer, Adriana Valdés, Santiago de Chile, Metales Pesados, 2008.
  • Mujeres chilenas. Fragmentos de una historia,  Sonia Montecino, compiladora, Santiago de Chile, Editorial Catalonia, 2008.
  • Federico Galende, Filtraciones 1- Conversaciones sobre arte en Chile (de los 60s a los 80s),  Santiago, Editorial ARCIS/ Editorial Cuarto Propio, 2007

Sobre traducciones de obras literarias


miércoles, 5 de septiembre de 2012

Delia Domínguez - Enérgica Paloma de los Montes.


   

Delia Domínguez

                     Enérgica Paloma de los Montes.

por Sandra Maldonado.


   

Delia Domínguez Mohr, nació en el Chile del Sur en 1931.  Descendiente de colonos alemanes, su vida transcurre entre su gran casa en Santa Amelia de Tacamó, su departamento en Santiago y sus viajes a distintos países del orbe.



Por su justa combinación entre lo rural y lo refinado es que tiene una opinión favorable de la crítica.  En sus poemas se puede encontrar un tono de voz profundo y una profunda religiosidad.  El humor, ácido y nada complaciente, también esta presente en su vasto oficio creativo.  Es también miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua y muy amiga del pintor Claudio Bravo que ha ilustrado las portadas de sus últimos libros.



Ha publicado "La Tierra nace al canto", 1958;  "Parlamento del hombre claro", 1963;  "Contracanto", 1968;  "El sol mira para atrás", 1973;  "Pido que vuelva mi ángel", 1982;  "La gallina castellana y otros huevos", 1995; "Huevos revueltos", 2000.



Es la única mujer nominada al Premio Nacional de Literatura 2004.


Con una agenda muy ocupada en estos días en que se celebran los cien años del nacimiento de Neruda, con quien compartió una profunda amistad, tuvo la gentileza de recibirnos en el calor de su hogar.



Se dice que nació a la vida literaria bajo el alero de Neruda.  Él la llamaba   "Enérgica paloma de los Montes". ¿ Por qué la llamaba así ? ¿ Qué recuerdos tienes de tu primer encuentro con Neruda ? 



Gracias, Sandra,  por pedirme estas palabras de amor y de honestos recuerdos hacia lo que es y sigue siendo Pablo para mí y para el mundo entero.  Soy una agradecida de Dios  por haberme topado con él en este tránsito por la vida.



Yo nací bajo su alero literario por algo muy divertido y muy de infancia.  Cuando estaba en el colegio de las monjas alemanas en Osorno, interna porque mi madre había muerto cuando yo tenía 5 años, muy sola, tanto que hablaba con los perros y los caballos.  Era una niña transgresora e insolente por lo cual las monjas me encerraban castigada.  En uno de esos castigos leí en la revista "Margarita" las bases para un concurso nacional de poesía para los alumnos de enseñanza básica que se llamaba "La uva", allí escribí un poema sin saber claramente qué era un poema, y con él gané el primer premio.  De Santiago, el ministerio de Educación envió un diploma  a mi colegio que fue recibido en la rectoría de donde me llamaron.  Allí, la reverenda madre me dijo: "niña hipócrita, por qué no me dijo que usted era poeta" y me mostró el diploma de reconocimiento. ¡Mira la monja lesa!, en vez de felicitarme me retaba porque yo no le dije que había participado en ese concurso. Desde entonces, cuando tenía siete años,  me llamaron sarcásticamente  la Neruda-Domínguez.



Más tarde, en la Universidad y con 17 años estudiando Derecho, participé en el concurso Alerce de la Sociedad de Escritores donde obtuve también un premio y que me entregó personalmente Pablo quién era Director de la SECh en ese entonces.  Dándose cuenta de mi provincianismo me preguntó de forma muy cariñosa cómo es que escribía y le conté mi anécdota con las monjas; entonces levantó su brazo como una gallina clueca, me puso debajo y no me soltó más, nunca,  hasta los pocos días antes de morir donde yo lo acompañé mucho en Isla Negra.



Siempre anduve por esas corrientes, esos ríos nerudianos.  A él le gustaba llamarme "enérgica paloma de los montes".  Todos los años iba a visitarme al campo donde vivo que se llama Santa Amelia de Tacamó, que es una voz quechua muy hermosa que significa lugar de patos que no vuelan.  Allí compartíamos los bosques, los caballos, la brama de los ciervos; y yo, por mi actividad en el campo, tenía además que manejar tractores, ver la tierra.  Así, Pablo me decía que yo era una mujer muy vital y enérgica, pero como una paloma.  De esta forma él me puso este nuevo nombre, "enérgica paloma de los montes", el cual llevo con orgullo.



Me dijo recién que compartían "la brama de los ciervos". ¿Qué es eso?.



Mira, cuando Pablo iba a verme con Matilde al sur, no iba a veranear.  Él iba en otoño, así que inventó un verbo que se llamó "otoñar": yo otoño, tú otoñas, él otoña...Y así lo prefería por que entre marzo y abril se produce en esos campos el tiempo de brama de los ciervos, que es cuando estos animales están en celo y se reproducen.  Hay grandes criaderos de ciervos en esos lugares especialmente en la Isla Guapi que es, te cuento, donde Pablo tenía su refugio secreto, su guarida; una cabaña pequeña de cuatro por seis metros enclavada en un terreno que le regaló Don Helmut Schilling y su señora, que eran cónsules de Alemania y muy amigos de él.  Esta cabaña aún se mantiene intacta.



Durante la brama de los ciervos los machos atraen a las hembras bramando.  Los machos viejos marcan su territorio con una meada y los machos más jóvenes, si es que se atreven a pasar por ese lugar se ven enfrentados a grandes cornadas donde se disputan la territorialidad y el ciervo que gana se queda con las hembras.
   



Te contaré una anécdota que la saben todos los que conocíamos de cerca a Pablo:  te diré que él tenía un "oído de paila", pero de "paila ¿entiendes?, porque yo creo que ni siquiera sabía la melodía de la canción nacional.  Entonces él se consiguió con los lugareños un cuerno viejo de buey y se ponía debajo de un manzano en la tarde a soplar el cuerno y a imitar el bramido de los ciervos, pero resulta que era tan desafinado que nunca vi a una señorita hembra cierva acercarse a los bramidos que daba el poeta.



Dentro de las generaciones literarias ¿Tú te sientes partícipe de la generación del '50?



Absolutamente, me siento integrante de esa generación.  Tengo grandes amigos como José Donoso, tremendo representante del '50; el mismo Lafourcade, Claudio Giaconni y otros narradores.  Ellos fueron los fundadores de la generación del '50 y allí los poetas nos subimos al carro.  De los poetas están Barquero, Enrique Lihn, que es la antítesis de Barquero en el lenguaje; está David Rosenmann Taub; Armando Uribe; la Stella Díaz Varín que para mí es grandiosa, poeta tremenda de las esencias; está la Sara Vial de Valparaíso; Miguel Arteche, que es glorioso. 



Cómo no recordar a Jorge Teillier, a quien adoro como persona y poeta, y que alcanzó a oír unos versos que le dediqué en la versión de 1996 de "La Gallina Castellana" en donde lo nombro, que se llama "Adios diente de leche", unos meses antes que muriera. Casi como una premonición.  Aunque él es posterior, era más joven que nosotros y perteneció junto a Jaime Quezada y  Floridor Perez a la Generación dispersa, esa de la dictadura de Pinochet, donde también escribían Omar Lara, el grupo Trilce de Valdivia.

   

De Enrique Lihn recuerdo que él era un señero, un taita de la generación del '50 con una poesía en la onda parriana, de Anguita y Díaz  Casanueva. Una poesía más intelectual, más de elite en su construcción.  Poesía no con la raigambre sólo de la tierra como nosotros, más láricos; sino que más elaborada en cuanto a conocimientos profundos de la poesía europea y norteamericana.  Lihn me produce un respeto tremendo a pesar de ser de otra corriente como lo es Uribe; ambos son poetas intelectuales.  Yo no, yo soy una poeta de la tierra.  Para mí el diálogo con el ser humano está antes que el diálogo con los libros, por eso digo que sé cosas que no están en la literatura sino en la tradición oral de mi cercanía, por ejemplo, con los poetas Mapuches, Huilliches y Chonos desde La Frontera al Sur.  Ellos me pusieron otro nombre: butahuillimapu, que en Mapudungún significa vieja de las grandes tierras del Sur.



¿Con qué sueña Delia Domínguez?

Yo sueño con tener luz en mi cabeza hasta que Dios diga. Sueño con que estos nietos míos mestizos y no mestizos y la gente simple del pueblo sienta mi poesía y que yo pueda trascender, ya que no tuve hijos de carne y hueso, en los niños y en los sueños de las mujeres de Chile.  Con eso me doy por muy bien premiada sobre todo en estos tiempos electorales donde estoy nominada al Premio Nacional y soy la única potranca que va en esta carrera.



Quiero trascender.  En esto soy muy mistraliana, porque donde Mistral perdura en sus rondas, yo quiero perdurar en mi canto a lo humano y a lo divino, como la Violeta.  Sin embargo he tenido la gran suerte de estar viviendo esto a mis 70, porque ya hay una escuela que se llama Delia Domínguez en mi tierra natal, que fue bautizada así como un homenaje a mi persona cuando no gané la versión anterior del Premio Nacional de Literatura.  ¡Por Dios que premio más grande! Eso es mucho más que cualquier reconocimiento oficial.



Parafraseando a Oscar Hahn. ¿Por qué escribe usted?.



Yo escribo porque junto con la respiración me nacieron los sueños, la necesidad de ternura, de confiar en alguien.  Por un simple y elemental deseo de comunicación humana, tejido por una comunicación con mis hermanos.  Encuentro en la vida actual hay tanto artificio, tanta violencia, tanta agresividad, tanta electrónica que creo que se nos está enfriando la sangre.  Yo, por principio, escribo a mano en cuadernos, porque estoy contra la deshumanización del arte a la cual nos ha llevado internet, la electrónica y la "apretación de botones".



¿Cómo construyes tus poemas?



Mi proceso literario es muy particular, soy transgresora, ajena a las reglas, a
   

pesar de pertenecer a la Academia Chilena de Lengua.  Mi proceso literario debe ser como cuando las pájaras van a poner huevos y las mujeres van a dar a luz.  Casi no es un proceso, es un sentir.  Para mí el acto de crear es como una parición, donde se me comprometen el pelo, los huesos, incluso a veces me da fiebre porque todo lo que hago me involucra el ser entero.  Pero no tengo un sistema preestablecido ni busco incentivos de sabiduría exquisita.  Mis incentivos pueden ser una palabra, escuchar al pasar los ojos de un viejo pobre mendigo, puede ser un niño que va descalzo a la escuela con lluvia y los pies partidos por el granizo y puede ser también el relincho de un caballo o la mirada de mis volcanes donde aprendí a anunciar los climas mucho mejor que en la televisión, porque se qué significa "la vaca pelada" sobre la cordillera de los andes o lo que significa "el sombrero del volcán Osorno".



¿Y qué significan esas cosas, Delia?



Una vez se lo expliqué a Pablo, también.  Eso es muy de la provincia de Los Lagos donde existen varios volcanes: el Puyehue, el Puntiagudo, el Tronador, el Calbuco y el Osorno, que es muy hermoso y se le compara con el Fujiyama de Japón.  Cuando quieres saber si va a llover o no, miras al amanecer, a las 5 de la mañana entre el Calbuco y el Osorno y si se pone una nube roja como un lomo estirado quiere decir que va a llover de todas maneras.  El campesinado dice que amaneció "la vaca pelada", y es infalible.



   

¿En qué estás ocupada en estos momentos? ¿Cuáles son tus proyectos literarios?



En estos momentos estoy invitada a Munich en Alemania para el lanzamiento "La Gallina Castellana y Otros Huevos" en su edición bilingüe, traducida por Curt Meyer-Clason que es un ensayista y profundo conocedor de la literatura española y portuguesa.



A fines de Agosto voy a México con Antonio Skármeta a unas mesas redondas en la UNAM, que es la Universidad Autónoma de México.  Después, en Noviembre estoy invitada por la Embajada de Chile a unas charlas en Washington para hablar a cerca de Neruda.  Luego, de nuevo a México a la Feria del Libro de Guadalajara.  A parte de eso, estoy trabajando en primer libro en narrativa  que es una suerte de memorias, mitad recuerdos, mitad inventos que se va a llamar "Carpetas de una China Indecente".

Alejándonos de la literatura ¿Con qué cosas te diviertes? ¿qué te gusta hacer?



Esto es absolutamente a parte de la literatura.  Me gusta estar en el campo, en Tacamó y trabajar en el huerto, nunca con guantes, por eso mis manos están así todas desechas.  Me gusta cultivar verduras, meter las  manos en la tierra  porque es como meterlas adentro de mi madre.  Estoy orgullosa de ser entendida en papas, tengo como siete clases distintas de papas en mi huerto.  Me gusta trabajar con el asadón y la pala, también jardinear pero soy más hortelana que jardinera porque no me gustan los jardines peinados sino desordenados.



También me encantan criar caballos. Tengo una historia con Pablo a cerca de eso:  a él le gustaba montar a La Ocurrencia, una yegua alazán preciosa que fue varias veces campeona de Chile que era de un hermano mío que es Corralero; ahora yo tengo a la nieta de ella, a La Ocurrencia tercera. Me gusta estar con los animales, sentir su olor y también ver el vuelo de los pájaros; sé el horario del acueste de los pájaros en invierno, entonces nunca miro el reloj, sé que a las cinco y media empiezan a acostarse los pájaros de agua, las bandurrias y  las garzas que son aves semiacuáticas duermen en las copas de los árboles.



Me gusta cocinar, inventar comidas; nadar en los ríos; y también pescar, soy una experta en pesca de salmón.  Muchas veces pretendí enseñarle a Pablo a armar los anzuelos para pescar salmones cuando iba a otoñar, nunca aprendió porque era inepto de manos, incluso una vez, te contaré (y perdóname Pablo), estábamos en una pesca y me dijo que quería una fotografía con un salmón para mandarla a España; "ya - le dije - póngase ahí y cuando esté listo me pega un gritito para tomarle la foto" y Pablo, lo que había hecho, es que había contratado a un empleado de campo que estaba detrás de una mata zarzamoras con un pescado muerto, entonces él debe haberle hecho una seña y el empleado ensartó el anzuelo, que era una cuchara española, en el
   

salmón y se lo entregó.  El Neruda Nóbel exclamó "¡listo!, tome la foto, hija".  Yo miro y veo un pescado lánguido y le digo "¡Ah, no!, si quiera muévale  la lienza al menos para que se crea que es un salmón vivo".


   

Siempre terminamos las entrevista dándole tribuna abierta a nuestros invitados. Puedes decir lo que tú quieras.



Sandra, niña mía, te agradezco esta tribuna abierta para decir a Chile y a quien esté leyendo esto que doy gracias a Dios por haber estado sobre la tierra ahora, hoy, cuando Pablo está cumpliendo 100 años porque sé que son los primeros cien y que van a haber muchos otros.  Pido que alcance todavía a ver otras celebraciones en los niños que vienen después  de nosotros y espero tener, como dice la señora de Rupanco en el campo, bueno el  cerebro  de  atrás  y  seguir  lúcida.  Aunque  si  algún  día  pierdo la  lucidez,

también porque voy a estar respirando y porque he escrito poesías que ya los niños las están diciendo por sus bocas puras, incontaminadas, en los campos y en las escuelas de Chile.





Algunos poemas de Delia Domínguez
   


   

Adiós dientes de leche      





Si desaparezco por desaparecimiento –acto natural–

será mi Dios que terminó la muda de los dientes,

que la infancia no siguió corriendo             que por algún lado

me llegó la hora de cargar con el juicio de

la muela del juicio.





Pero si desaparezco por muerte –acto natural– sólo será

una imitación de muerte, un paso de baile para recuperar la

leche de mis inocencias y de mis indecencias,





porque si todo sigue, más o menos igual, y las bandadas

de gansos vuelven a pasar con Nils Hölgerson (o con Teillier)

a una cuarta de mi cabeza y tú, mi Dios, decides

darme asiento como allegada en las afueras del paraíso

y decides que luzca como angelito de arriba en vez de

angelita de abajo,





tendré que pronunciarme entre la salvación y la condenación

–sin saber cuál es la salvación tendré que pronunciarme–,





y sin abrir la boca para que nadie me haga saltar la leche

de los dientes de leche, entonces               despedida y

muda ante ti,                   mi Dios.



Delia Domínguez

de La Gallina Castellana y otros huevos,

Tacamó Ediciones, Chile, 1995 .

   



    

Veo la suerte por las yeguas    



Se revuelcan las yeguas en el pasto ovillo          como jugando

como muriendo              las yeguas.




No se paran las yeguas, yo digo                es la malura,

yo digo                alguien muere hoy

algo grande va a pasar aquí si no se paran pronto

estas yeguas mulatas

que me trajinan por el sistema arterial

por el hueso sacro

por el sistema cerebro-inmemorial

con toda la historia de la casa            como las Polonesas

el Danubio                     y la Marcha Triunfal.





Las señales no mienten,

si no se paran las yeguas se nubla toda la suerte.

Naipe revuelto                a estas alturas

nadie puede ordenar a los hijos del paraíso.





Todo es un galope de yeguas volteadas

sobre el óxido empastado de América del Sur.





Delia Domínguez

en La Gallina Castellana y otros huevos,

Tacamó Ediciones, Chile, 1995

   


       




   

Papel de antecedentes      





Yo, católica              mestiza

minimalista y campesina. 



Yo, perrera y jineta del viento               de ombligo

marrado a la telúrica                  madrecita tierna

de nunca acabar.



Yo, de sesenta para arriba y para abajo

me sé de corrido los Diez Mandamientos,

El Ojo (o-j-o)         y la Pastoral de L. Van Beethoven.



Delia Domínguez

en La Gallina Castellana y otros huevos,

Tacamó Ediciones, Chile, 2002
   





     FUENTE:http://www.poesias.cl/index.htm

   

   

       


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