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martes, 30 de noviembre de 2010

Intento de agotar a los mecenas - Roberto Bolaño


De su libro Entreparéntesis

Miércoles 4 de julio de 2001

Nunca tuve un mecenas. Nunca nadie me conectó con nadie para hacerme beneficiario de una beca. Nunca ningún gobierno ni ninguna institución me ofreció dinero, ni ningún caballero elegante se sacó la chequera delante mío, ni ninguna señora trémula (de pasión por la literatura) me invitó a tomar el té y se comprometió a pagarme una comida diaria. Pero con el tiempo he conocido, personalmente o a través de lecturas, a muchos mecenas.

El más común de todos es el cuarentón homosexual que de pronto advierte que su vida está vacía y que se dedica, morosamente, a llenarla de sentido. Este tipo de mecenas lo que en el fondo quiere es ser artista y tener a su vez un mecenas, un mecenas cuarentón y violento, que a su vez también tiene un mecenas, el cual a su vez es apadrinado por otro mecenas, y así hasta el infinito. Generalmente las obras que enloquecen a este tipo de mecenas son los falsos autorretratos.

También existe el mecenas con vínculos sanguíneos. Suele ser hermano o hermana del artista o poeta en cuestión y la relación que se establece entre ambos es como la del pájaro y el peñasco. En ese ámbito a la necesidad desesperada se la conoce con el nombre de amor. La derrota en todos los frentes está asegurada.

Luego viene el mecenas invisible. Su apadrinado jamás lo tuteará. De hecho, en algunos casos, jamás lo verá. El mecenas invisible es capaz de violar a un escritor sin que éste se dé cuenta. El mecenas invisible no es, como podría pensarse, un ser discreto y prudente. Más bien al contrario: suele ser un patán astuto.

De más está decir, puesto que todo el mundo lo sospecha, que los agregados culturales tienen mucho más de agregados que de culturales.

Después tenemos a la abuelita melancólica. Que no es, por supuesto, abuela, ni siquiera tía abuela, de sus apadrinados, y cuya imagen se corresponde en parte a aquellas viejas damas rusas amantes de las letras que durante una época pulularon por París, Venecia y Ginebra. Las abuelitas visten impecablemente bien. Hablan de Proust como si lo hubieran conocido. A veces evocan veladas a la luz de las velas en palacios de los que uno no ha oído hablar jamás. Tienen (por ignorancia) en alta estima a los autores que han sido traducidos a más de tres lenguas y su colección de diccionarios y enciclopedias suele ser admirable. Están en peligro de extinción.

No están en peligro de extinción, por el contrario, los agregados culturales que en las noches de luna llena se creen mecenas. De más está decir, puesto que todo el mundo lo sospecha, que los agregados culturales tienen mucho más de agregados que de culturales. Durante sus breves reinados sus amigos medran lo que pueden, que generalmente es poco, pero que para ellos es mucho, es todo.

Tampoco están en peligro de extinción los profesores latinoamericanos en universidades norteamericanas. Su concepción del mecenas se sustenta en la fuerza bruta y en una cobardía sin fin. La mayoría son de izquierda. Asistir a una cena con ellos y con sus favoritos es como ver, en un diorama siniestro, al jefe de un clan cavernícola comiéndose una pierna mientras sus acólitos asienten o ríen. El mecenas profesor en Illinois o Iowa o Carolina del Sur se parece a Stalin y allí radica su más curiosa originalidad.

Después viene una masa amorfa de mecenas de distinto pelaje y de distinta desgracia. Están las vírgenes neuróticas, el hombre de las gauchadas, el que lo hace por spleen, las casadas insatisfechas, los funcionarios suicidas, el poeta que de pronto descubrió que carecía de talento, el que cree que nadie lo entiende, el borracho que recita a Salustio, el gordito al que le gustaría ser flaco, el resentido que quiere levantar un nuevo canon, el neoestructuralista que no entiende ni la mitad de lo que dice, el sacerdote que pena por el infierno, la señora que vela por las buenas costumbres, el empresario que escribe sonetos.

Detrás de esta muchedumbre, sin embargo, se esconde el único, el verdadero mecenas. Si uno tiene la suficiente paciencia como para llegar hasta allí, tal vez lo pueda ver. Y si lo ve probablemente acabe defraudado. No es el diablo. No es el estado. No es un niño mágico. Es el vacío.

sábado, 27 de noviembre de 2010

María Luisa Bombal y las claves de La última niebla

Merecido Homenaje


por Rodolfo Garcés Guzmán


.......... La figura de una sublime creadora chilena retorna con su halo de fantasía y leyenda, en un acto que significa un merecido homenaje a su talento y aporte a las letras nacionales, en el libro "Obras completas de María Luisa Bombal", (1910 - 1980). La presentación de la obra se realizará hoy en los jardines de la Editorial Jurídica de Chile, que dobla su tarea en el sello Andrés Bello, evocador del sabio venezolano, primer rector de nuestra más antigua universidad y padre del Código Civil, que redactó en pulcro lenguaje. La empresa celebra así su medio siglo en la tarea de divulgar a grandes escritores del orbe.

.......... Nadie, como Alone, luchó para que otorgaran el Premio Nacional de Literatura a María Luisa Bombal, por su rango creador único, cuya magia creativa es un secreto. Si en su juventud manifestó en la pluma su amor espiritual por Mariana Cox, "Shade", en su madurez quebró lanzas por María Luisa Bombal. "¿Dónde aprendió esta joven de sociedad, en qué escuela, con cuál maestro, su arte inmemorial y leve, esa lengua que lo dice todo y no se siente, que hace ver, oír, saber de una manera como milagrosa entre angélica y diabólica?", pregunta, arrobado, Hernán Díaz Arrieta, en su "Historia personal de la literatura chilena".

.......... Alguna vez ella contó, de paso en Chile, de sus estudios en la Universidad de París, la prestigiosa y clásica Sorbona. Obtuvo aunque no ha sido divulgado, una licenciatura en Literatura Francesa, con una tesis sobre la obra de Próspero Merimée. Fue allá a los 12 años y vivió hasta 1931. Apasionada por la obra de Dostoiewski, leyó también con fervor a Virginia Woolf, Selma Lagerlof (primer Nobel femenino, 1909) y a Knut Hamsum, otro galardonado por la Academia Sueca, en 1920. Bebió en lengua directa a cuanto genio francés pueda imaginarse, como después, durante su residencia en Estados Unidos, paladeó en su idioma original a los grandes autores norteamericanos e ingleses, sin perder el español, pues conocía a fondo sus autores cumbres.

.......... Cada vez que venía al país iba a "El Mercurio" de Valparaíso: como viñamarina contaba con el aprecio de don Joaquín Lepeley, 35 años director del decano de la prensa mundial de habla hispana. Los reporteros de entonces, más si aficionados a las letras, teníamos el privilegio de charlar con esa mujer tan inteligente, entretenida y misteriosa. Alguna vez conté del homenaje que rindieron a ella y Jorge Luis Borges, en el Club Naval, a pocos años de su muerte. Los veo, sentados muy juntos en un pequeño sofá, tomados de la mano. María Luisa, con una risita de niña mimada, con aire complacido, él mirándola sin verla, alegre, en tanto que jugueteaba con cada uno de sus dedos como si fueran los pétalos de una rosa. Inolvidable.

.......... La mayoría de los estudios literarios destacan su pureza poética y perfecta técnica narrativa, original, tan poderosa que se diría única en las letras hispánicas. Escribe sus relatos situándolos en las horas imprecisas de la realidad y el sueño de la verdad y la ficción artística. En su prosa impresionista palpita una riqueza de sensaciones y estados límites, como el amor, el sexo y la muerte que se prolongan en otra vida posible. Con toda razón afirman que sus personajes son fantasmas surgidos de honduras anímicas, configurados para servir de modelos en indagaciones sicológicas.

.......... Sus obras, breves, inquietantes, llaman a leerlas de un tirón. "La última niebla", Buenos Aires 1935, con segunda edición en Chile, en 1941; y "La amortajada", Buenos Aires, 1938, también con edición chilena en 1941. Premio Municipal de novela en 1942. Ambas discurren en un mundo fabulosos, irreal, si bien fijadas en realidades inmediatas. Su cuento "El árbol" es luz descriptiva de las emociones del amor integral. Ha llamado la atención el planteamiento de problemas metafísicos: ¿No será la vida en la tierra la continuación de la muerte previa, inicial?. Su respuesta, en términos novelescos, sería, aducen: si primero hubiéramos estado muertos, nuestro paso por la vida en otra tierra sería una segunda experiencia existencial. Por eso, "La amortajada" retrotrae viejas dudas filosóficas: ¿Es posible recordar después de la muerte? Tenía, apenas, 28 años.

.......... Sus cuentos aparecidos en diversas revistas -como la obra que tradujo al inglés- están recopilados. Entre esos, "El árbol", ya citado, "Las islas nuevas" 1939; "Mar, cielo y tierra", 1940; "La maja y el ruiseñor", 1960. En 1977, a tres de su muerte, la Academia Chilena de la Lengua, premió "La historia de María Griselda", 1946, en su edición definitiva de 1976. De ahí la importancia y valor del homenaje de la Editorial Andrés Bello que auna, en gracia y majestad, su talento creativo.





en El Sur, Concepción, 15 enero 1997......

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María Luisa Bombal y las claves de La última niebla
Por Lucía Guerra

Revista de Libros de El Mercurio. Domingo 26 de septiembre de 2010


La última niebla (1935), de María Luisa Bombal (1910-1980), es la primera novela latinoamericana que hace inteligible la sexualidad de la mujer burguesa, hasta entonces un espacio en blanco sustituido por los estereotipos normativos de "la madre sublime" y "el ángel del hogar". Cuerpos castos que tenían su contratexto en la figura de prostitutas y vampiras, o en mujeres de los sectores urbanos pobres y campesinas ("la china" del Criollismo, tendencia predominante durante la época). En una cultura que exacerbaba los valores de la masculinidad, los hombres eran también los únicos poseedores del deseo sexual y, por lo tanto, la sexualidad de "una mujer decente" correspondía a lo prohibido y lo inimaginable.

Naturaleza y sexualidad

Apropiándose de la dicotomía patriarcal que identifica al hombre con la cultura y a la mujer con la naturaleza, María Luisa Bombal extiende este lazo legitimado para inscribir la sexualidad femenina en una literatura latinoamericana donde prevalecían imaginarios creados por los hombres. Así, "el surco vacío en el lecho" de la noche de bodas deviene en acoso de la niebla y de la muerte. Dos negaciones de la vida que tendrán su contrasello en el apasionado adulterio de la protagonista. ("La niebla se estrecha, cada día más, contra la casa. (...) Sólo, en medio del desastre, quedaba intacto el rostro de Regina, con su mirada de fuego y sus labios llenos de secretos".) Regina, a través de su transgresión del régimen burgués, hace consciente a la protagonista de su sexualidad. De esta manera, cuando se sumerge desnuda en el estanque, su cuerpo es una topografía sensual que recibe las caricias del agua y las plantas acuáticas mientras sus senos le parecen "diminutas corolas suspendidas sobre el agua". Su cuerpo luego se enlazará al cuerpo del amante real, soñado o imaginado. En ese encuentro, ella, lejos de ser el Objeto pasivo del Deseo, según prescripciones de la época, es una subjetividad deseante que explora y disfruta el cuerpo masculino de piel luminosa, caderas estrechas y un aroma a fruta y vegetación. "A mi garganta sube algo así como un sollozo, y no sé por qué me es dulce quejarme, y dulce a mi cuerpo el cansancio infligido por la preciosa carga que pesa entre mis muslos". Esta es la primera vez que se da, en la narrativa latinoamericana, la descripción de un orgasmo desde una perspectiva de mujer que, de manera irreverente, despoja al Sujeto masculino de su superioridad para convertirlo en "preciosa carga", en cuerpo sostenido entre sus muslos.

Pero la protagonista es también un cuerpo social marcado por inscripciones culturales. Así, lo que fue un enlace sexual inserto en la naturaleza subrayada por el oleaje del mar y "toda una vida física, con su fragilidad y su misterio", se desplaza al amor sentimental. Esa fabricación cultural que, a través de folletines y novelas románticas, ornamentaba el rol primario de madre y esposa, uno de los fundamentos de la estructura patriarcal. De esta manera, la protagonista entra a toda una red discursiva que plantea a la mujer como "puro corazón" y le asigna el amor como la única meta de su existencia. El discurso de la sexualidad es, entonces, desplazado por un discurso sentimental en el cual los clichés románticos se entrelazan a imágenes poéticas. Este es precisamente el tipo de discurso adscrito a la mujer durante la primera mitad del siglo XX.

En esta esfera de lo social, la casa, en vez de ser el lar que protege de lo Otro y los otros en el repertorio simbólico masculino, se articula como la prisión impuesta a la mujer por el orden burgués. Para Regina, la casa es el espacio de las regulaciones y de los quehaceres de una rutina vacía que sólo logra evadir en los resquicios de la imaginación. Por otra parte, sus ensoñaciones ponen de manifiesto una enajenación que, de manera paradójica, la constituye en Sujeto. Transgrediendo el silencio impuesto al subalterno, cuenta su vida de manera fragmentaria y a partir de una subjetividad que posee un solo horizonte: aquel amante que, como un fantasma, nunca dejó oír su voz.

Es también en la esfera de lo social y cultural, ahora ubicado a nivel de la recepción del lector, que la ambigüedad del amante real o ensoñado permite una inscripción no censurable y permisible en una tradición literaria que imponía el castigo a la mujer adúltera (Regina, Emma Bovary, Anna Karenina). Ambigüedad connotada por la niebla que, en su carácter vanguardista, asume en la novela diferentes significados.

La emboscada de la Verdad

La última niebla está permeada por la derrota. La duda que empieza a tener la protagonista con respecto a la existencia del amante ya no gira en ese ámbito de "lo femenino" que María Luisa Bombal concibe como enlazado a los misterios ancestrales del agua y la tierra, como esos saberes insertos en la naturaleza primigenia. Concepto que se hace explícito en su crónica "Mar, cielo y tierra" (1940), donde la autora afirma que este acercamiento a lo natural fue destituido por la razón y los cálculos objetivos de un conocimiento de corte masculino. Así, a esa red cultural que la hizo transformar la sexualidad transgresiva en divagaciones sentimentales, ahora se agrega la emboscada de la Verdad. La protagonista necesita verificar que el amante realmente existió para poder continuar imaginándolo en sucesos y apariciones que le dan sentido a su vida. Y para aquilatar esta verdad utiliza parámetros que corresponden al conocimiento en una praxis creada por el homo sapiens . Esta duda que le produce tanta angustia posee los visos y requisitos cartesianos de lo tangible y lo verificable. De allí que Regina, al final de la novela, constituya ese cuerpo del delito en el cual se puede constatar lo realmente vivido, verdad descalificadora del idilio que la protagonista ha urdido durante tantos años.

Sin embargo, a nivel del texto, la realidad o irrealidad del amante no se resuelve. La protagonista emprende en la ciudad un itinerario exactamente igual a aquél de la noche del encuentro con el amante y llega a la misma casa, ahora albergue de lo prosaico, pero con la materialidad de lo real. Hecho que crea la duda en el lector, sin más referentes que la narración de la protagonista.

Derrota de la evasión

La derrota más grave está en la claudicación absoluta al régimen patriarcal. La protagonista ha perdido toda posibilidad de esa evasión sentimental que, de manera contradictoria, satisfacía la única meta adscrita por el sistema "al alma femenina". Cerrados los intersticios subversivos de un adulterio imaginado, ahora debe asumir plenamente el imperativo social: seguir al marido "para vivir correctamente, para morir correctamente, algún día". Su cuerpo que no cumplió con la meta bío-política de engendrar hijos para la nación, tampoco ahora posee la juventud de las heroínas que se suicidan en las historias del cine y la literatura. Se han cerrado definitivamente las puertas convencionales de lo materno como vía de identidad y se han clausurado también los espacios de la imaginación sentimental en una evasión sublimatoria.

La niebla y su "inmovilidad definitiva" pierde sus connotaciones de fuerza que troncha la vida o crea una atmósfera de lo irreal. Ahora es el símbolo de un orden patriarcal que también requiere la obediencia de la mujer en su rol subordinado. Niebla inamovible que, en última instancia, constituye la metáfora de la ausencia de un devenir histórico, tanto en la novela como a nivel de una ideología política de la autora.

María Luisa Bombal escribió La última niebla en una época en la cual la mujer ya empezaba a incorporarse a las esferas del trabajo y la política. Sin embargo, la autora concibe la situación de la mujer como "un destino", fuera de todo lo modificable. "¿Por qué, por qué la naturaleza de la mujer ha de ser tal que tenga que ser siempre un hombre el eje de su vida?", se pregunta Ana María en La amortajada (1938). "Naturaleza" y "destino" esencializan e inmovilizan a la mujer privándola de convertirse en agente de la Historia.

No obstante esta perspectiva, María Luisa Bombal denuncia, a través de su ficción, no sólo los conflictos y tensiones sociales creados por una estructura de poder que hizo de la mujer "el segundo sexo" (Simone de Beauvoir, 1949). En todos sus textos, escritos hace ya más de setenta años, la autora cancela la noción patriarcal de la mujer como suplemento del hombre para postular que hombre y mujer viven en esferas ajenas, situación creada por una división genérica que escindió los espacios y los derechos (el Afuera versus el espacio limitado de la casa). División que también engendró una modalidad cultural diferente para interpretar y relacionarse con el entorno. Aunque sus postulaciones con respecto a "lo femenino" y un tipo diferente de conocimiento puede resultar mistificante, los saberes marcados por un contexto social y genérico tienen aún validez. Del mismo modo como las asimetrías entre hombre y mujer son, hoy día, una problemática vigente.



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La actualidad de su obra

En su reciente artículo sobre los 200 años de literatura chilena, el crítico Ignacio Valente destaca a los "surrealistas" Juan Emar y María Luisa Bombal como "los dos narradores chilenos que más temprano y más rotundamente" rompen con el "realismo más bien gris y opaco" imperante.

A propósito de la reciente publicación de La última niebla. La amortajada, por Seix Barral, en tanto, Pedro Gandolfo afirma que la obra de Bombal "no ha perdido con los años nada de su poder sugestivo y de su profundidad". Una actualidad que según dice "radica no tanto en la condición vanguardista de sus procedimientos ni en ofrecerse como insignia para la vindicación apasionada de tal o cual feminismo, sino más bien en el hecho -más sencillo e importante- de ser una excelente literatura".

Sobre La última niebla, Camilo Marks apunta que "en el retrato de una mujer que vive entre la locura, el ensueño y la muerte, Bombal logró un texto perfecto y conmovedor". Y la poetisa Delia Domínguez agrega sobre el mismo: "Es un libro clave que une prosa y lirismo en un lenguaje de ensoñación".

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