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lunes, 26 de septiembre de 2016

CÓMO LEER UN LIBRO, CONSEJOS DE VIRGINIA WOOLF


En un maravilloso ensayo, Woolf nos convida las herramientas para llegar a los placeres más hondos y amplios de leer.

Antes de abrir paso a las encantadoras recomendaciones de Virginia Woolf sobre cómo leer un libro, habría que pensar en por qué leer un libro, lo cual está directamente vinculado a saber estar solos. La aversión cultural por la soledad termina por privarnos de sus bondades, y la lectura es una de ellas; un acto nutritivo si bien esencialmente solitario. Uno lee, dice Harold Bloom, porque “la proximidad que podemos llegar a sentir con los autores de nuestros libros es proximidad con nosotros mismos”. Leer sirve, entre otras cosas, para aprender a disfrutar nuestra compañía, y esto no es idealismo, sino pragmatismo; “la lectura sirve para prepararnos para el cambio, y lamentablemente el cambio último es universal”, sostiene Bloom.

Woolf comienza su ensayo de 1925 “¿Cómo debería leerse un libro?” con esta maravillosa advertencia: “Por cierto, el único consejo que una persona puede darle a otra sobre la lectura es que no acepte consejos, que siga su propio instinto, que utilice su sentido común, que llegue a sus propias conclusiones”. Ya habiendo aclarado esto, Woolf nos convida sus sugerencias para llegar a los placeres más hondos y amplios de leer.

La mayoría de las veces llegamos a los libros con la mente confusa y dividida, exigiendo a la ficción que sea verdad, a la poesía que sea falsa, a la biografía que sea aduladora, a la historia que refuerce nuestros propios prejuicios. Si pudiéramos desterrar todas esas ideas preconcebidas cuando leemos, sería un comienzo admirable.

Quizás la forma más rápida de comprender los principios de lo que un novelista está haciendo no es leer, sino escribir; hacer uno mismo el experimento con los peligros y dificultades de las palabras. Evoquemos, pues, algún suceso que nos haya dejado una nítida impresión: cómo a la vuelta de la esquina, quizá, pasamos junto a dos personas que conversaban; un árbol se agitaba; una luz eléctrica brincaba…” Así seremos más capaces de apreciar su maestría.

Woolf nos recuerda que siempre hay en nosotros un demonio que susurra ‘amo esto’, ‘odio aquello’ y callarlo es casi imposible. Por ello debemos intentar, en la medida de lo posible, convertirnos en el autor. “Pensar con un cerebro ajeno” diría Schopenhauer; no dictarle al autor mientras leemos. Después de todo, el verdadero “entendimiento” de un libro, si es que se le puede llamar así, no es inmediato sino paulatino; leer solo es la mitad de un proceso que se rige por las leyes de gravedad.

El primer proceso, el de recibir impresiones con el máximo entendimiento, es solo la mitad del proceso de leer; otro debe completarlo si queremos obtener el mayor placer de un libro. Debemos juzgar estas impresiones múltiples; debemos hacer de estas formas efímeras una que sea recia y duradera. Pero no de inmediato. Esperemos a que el polvo de la lectura se asiente; a que el conflicto y los interrogantes amainen; paseemos, conversemos, arranquemos los pétalos marchitos de una rosa o quedémonos dormidos. Entonces, de repente, sin que lo queramos, porque es así como la naturaleza efectúa estas transiciones, el libro volverá, pero de modo diferente. Irá flotando por el aire hasta la mente como un todo. Y el libro como un todo es diferente del libro recibido comúnmente en frases separadas. Los detalles ahora encajan en su sitio.

En este estupendo ensayo, contenido en el libro El lector común, la escritora nos conmina a no olvidar nunca que leer es sobre todo un placer, pero un placer que va desenvolviéndose como el rizoma de un helecho, con el tiempo, aún después de haber terminado el libro. La lectura es un acto solitario pero nunca estamos solos, nos aproximamos a nosotros mismos en la medida que somos otros y pensamos con un cerebro ajeno que dilapida lo que creíamos por sentado. Un buen libro no termina nunca. Regresa como lo hace el pasado y el fantasma, y nos prepara para el cambio.

Y para terminar, esta encantadora sugerencia: “El mejor momento de leer poesía es cuando somos casi capaces de escribirla.”



sábado, 24 de septiembre de 2016

El Neruda de Huidobro


 por: René De Costa

Comienzo con una declaración: me considero nerudiano..., y huidobriano. Por eso algunos me acusarán de bigamia, pero el hecho es que me gustan los dos. Neruda y Huidobro me tienen fascinado; me atraen tanto por sus pequeñeces como por su grandeza: por las consabidas debilidades de vaca sagrada y de pequeño dios, y por la desmesurada grandeza de su singularidad poética. Quizá por eso me interesa tanto lo que les aproximó (la poesía) como lo que les separó (su carácter).

Lo que me propongo es mostrar algunas facetas poco conocidas y otras totalmente ignoradas de la relación Neruda-Huidobro[1]. Y para realizarlo, he de referirme a una serie de documentos: portadas y colofones, textos impresos y manuscritos, recortes y borradores que testimonian el itinerario de esta relación así como la odisea de mi largo y lento descubrimiento de la auténtica naturaleza de esta relación -llena de simpatías y diferencias, aproximaciones y distanciamientos- entre ambos. Y fueron las pugnas entre Huidobro y Neruda las que mantuvieron divididos a sus lectores, las que los ubicaron en campos opuestos: nerudianos y huidobristas, huidobrianos y nerudistas -imposibilitando, o al menos orillando a la clandestinidad bigamias como la mía.

El año 1938 fue acaso el momento más agitado de la contienda. En junio, la revista Ercilla (con su acostumbrada malicia) dio cuenta de un encuentro en el Salón de Honor de la Universidad de Chile: "Una batalla en la universidad-liridas huidobristas y nerudianos discutieron". Dos años antes, en el 36, Arturo Aldunate Phillips había dado una charla en el mismo salón sobre "El nuevo arte poético de Neruda". En esta ocasión eludió, muy discretamente por cierto, a la enemistad de los poetas (cuyos nombres omitió) y dio a conocer unos fragmentos de un inédito de Neruda -que por el contexto no cabe dudar que se trata de una réplica bélica, altiva y agresivamente titulada "Aquí estoy". Aldunate se explica: "Desgraciadamente se trata de una composición que, por su índole personal, no puede ser dada a conocer totalmente y que, por el lenguaje crudo que en ella se emplea, debe quedar al margen de lo que puede publicarse. Sin embargo...”

Sin embargo, al publicar la charla, Aldunate interpela los fragmentos leídos en ella. Comienzan así:

Aquí estoy con mis labios de hierro
y un ojo en cada mano,
y con mi corazón completamente,
y viene el alba y viene
el alba, y viene el alba
y estoy aquí a pesar
de perros, a pesar
de lobos, a pesar
de pesadillas,
a pesar de pesares
estoy lleno de lágrimas y amapolas cortadas
y pálidas palomas de energías,
y con todos los dientes y los dedos escribo
y con todas las materias del mar,
con todas las materias del corazón escribo...

Y es aquí donde el crítico interrumpe el discurso de Neruda, esto es, suprime un buen número de versos aunque indicando siempre con una línea de puntos suspensivos que se omitía algo.

¡Qué y cuánto omitía sólo supe en el año 68!  En ese entonces trabajaba sobre mi tesis doctoral (sobre Pedro Prado) en el ex-Instituto de literatura Chilena en Macul.  Revisando el archivo que Armando Donoso había donado al Instituto, tropecé con unas páginas escritas a máquina que contenían una versión no expurgada de "Aquí estoy".  Aldunate había publicado 63 versos.  La versión mecanoescrita consta de cinco folios y de unos 250 versos.  Pero mi historia -disculpen- es más larga aún.  Diez años después, en 1978, cuando disponía para la publicación mi libro sobre The Poetry of Pablo Neruda (Harvard, 1978), decidí consultar la colección nerudiana en la biblioteca de la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook y allí encontré otra copia de "Aquí estoy".

Esta versión, también de unos 250 versos, es igual a la del archivo Donoso.  Para dar una idea de lo que suprimió Aldunate reproduzco -y sólo de la primera página- la continuación del poema:

…con todas las materias del corazón escribo.

¡Cabrones!
¡Hijos de putas!
Hoy ni mañana
ni jamás
acabaréis conmigo!
Tengo llenos de pétalos los testículos,
tengo lleno de pájaros el pelo,
tengo poesía y vapores,
cementerios y casas,
gente que se ahoga,
incendios,
en mis "Veinte poemas",
en mis semanas, en mis caballerías,
y me cago en la puta que os malparió,
Derokas, patíbulos,
Vidobras,
y aunque escribáis en francés con el retrato

de Picasso en las verijas…

La alusión a Vicente Huidobro es evidente (tanto como la que atañe a Pablo de Rokha).

El poema es crudo, pero bueno.  Es difamatorio, lo que explica que no fuese publicado y que sólo circulase de mano en mano.  La copia de Stony Brook es de 1954, según reza una suerte de colofón:

La presente copia, efectuada por Fernando Rivera Zavala, fue transcrita de otra, facilitada por José María Souvirón, a quien un amigo del poeta se la remitió.  Neruda aprobó su texto y autenticidad, empleándose para reproducirla papel del siglo xvii que perteneciera a don José Toribio Medina y Zavala.

Así sobrevivió Aquí estoy, pasando de mano en mano, circulando entre bibliófilos y eruditos ya que no se publicó por ser impublicable. O al menos así lo creía yo.  Pero la historia es otra.  Porque sí se publicó.  La bibliografía de Becco (1975), registra el título bajo "obra dispersa" dando como serías de publicación, París, 1938.  Fue mi primera noticia de que el poema había sido publicado.  La segunda me sorprende más recientemente, cuando revisando un catálogo de librero, de libros viejos, hallo un libro con las señas consignadas por Becco que está en venta.  Lo pido y me lo mandan.

El texto impreso, de gran formato (25 cm x 36 cm) y sin encuadernar, no difiere de las versiones escritas a máquina.  En la última pagina hay esta nota informativa:

Este poema de Pablo Neruda, titulado Aquí estoy, con viñetas dibujadas por Ramón Gaya, fue impreso por amigos del poeta en la ciudad de París,.durante el año 1938.

Después de ver el libro, de examinarlo y de compararlo con otros impresos de la época, y después de consultar con eruditos y testigos de la contienda, después de todo eso, todavía no puedo llegar a ninguna conclusión respecto de la autenticidad del impreso.  No he podido determinar si efectivamente se publicó en el 38 o si se trata de una edición pirata posterior.  Me parecía más valedera esta última posibilidad ya que no había aparecido ningún otro ejemplar.  Pero ahora, con el paso del tiempo, he constatado que tampoco han ido apareciendo otros como éste, lo cual aminora la- -posibilidad de una falsa edición reciente.

Lo que me mueve a referir con tantos pelos y señales esta historia bibliográfica es la ocasión de estar reunidos aquí en Cerdeña los nerudianos más autorizados, así como la existencia de otro documento, recién descubierto entre los papeles de Huidobro en Santiago de Chile.  Se trata del borrador de una carta del 38, año en, que se afirma fue publicado el Aquí estoy parisino.  En este documento Huidobro se muestra indignado por lo que considera las nuevas intrigas de Neruda.  La carta es de octubre de 1938 y en ella Huidobro se dirige a un amigo de confianza, identificado sólo con el chilenísimo apodo de "Poroto".  Veamos el comienzo:

Querido Poroto: Veo por tu carta que las intrigas de la Banda Negra y de su jefe el pobre Bacalao siguen su curso normal.  Sabía que había mandado verdaderas circulares llenas de calumnias sobre mí no sólo a la Argentina sino también a Europa.  La envidia de ese hombrecito amarillo y aceitoso es algo que llega a lo patético...



PABLO NERUDA




AQUI ESTOY




PARIS
1938



Y saltando un párrafo[2], vemos lo que subyace en el fondo del asunto: la política.  Neruda no era entonces comunista, y Huidobro sí:

Soy comunista y ellos no lo son.  Lo soy a pesar de los virajes y contra virajes del partido, a pesar de sus marchas y contra marchas.  A pesar de los pesares.  Y por eso no caigo en éxtasis ante los Frentes Populares ni ante las demagogias nacionalistas, aunque las cante Dimitrof, su madre y su abuela...

Para Neruda, "antifascista de corazón", Huidobro fue comunista, eso sí, pero como dijera en alguna parte del poema Aquí estoy, "un comunista de culo dorado".

Pero la relación de ellos no siempre fue así, tan combativo y tan acriminadora.  Hubo un tiempo de tranquilidad, e incluso de generosidad, una auténtica plataforma de amistad.  Un momento en que Huidobro, joven y triunfante, regresa a Chile; un momento en que Neruda, como escritor de gran talento, se está dando a conocer en Santiago.  Es el año de 1925, después de la publicación de Veinte poemas de amor y cuando Neruda está armando su Tentativa del hombre infinito.

En este momento Neruda ha sido nombrado director de la revista oficial de la Asociación Profesores de Chile, Andamios, armazón cultural tan práctico y tan encauzador como su nombre lo indica.  Neruda cambió el título y la orientación de la revista a algo más aleatorio, más de avanzada: Caballo de Bastos.  Y es entonces cuando se dirige a Huidobro, recién llegado de París, solicitándole colaboración:

Compañero Huidobro: Ya Ud. sabe que pronto aparecerá Caballo de Bastos, revista de avanzada.  Como queremos publicar lecturas novedosas le rogamos nos facilite algún fragmento de Cagliostro que traduciremos apresuradamente.  También quisiéramos poemas o prosa de otros autores que Ud. puede señalarnos.  Haga el favor de buscarnos.  Nosotros pasaremos en la tarde.  Con afecto. Díaz Casanueva y Neruda[3].

Generoso y respetuoso el sentimiento de Neruda.  Y también lo fue cuando publicó Tentativa del hombre infinito (1926), ya que el ejemplar destinado a Huidobro trae una dedicatoria: "A Vicente Huidobro, con entusiasmo y alegría.  Pablo Neruda." Y Huidobro también fue generoso con Neruda en-ese entonces ya que le incluyó en el Indice de la nueva poesía americana (1926), importante antología de vanguardia con prólogos de Borges, Huidobro y Alberto Hidalgo.

Larrea, que andando el tiempo, sería blanco de otro poema difamatorio de Neruda, la hiriente "Oda a Juan Tarrea", le incluyó en Favorables-París-Poema, discreta revista de vanguardia que dirigía con Vallejo.  Apareció allí un fragmento de Tentativa, y es otra vez Huidobro el punto de enlace.  Resulta que Larrea encontró el libro en casa de Huidobro, en París.  Me enteré de esto en el 78, cuando pasé unos días en Córdoba (la argentina), revisando papeles de Larrea y conversando con él de su experiencia literaria.  Cuando tocamos el tema de Tentativa Larrea me contó que fue por medio de Huidobro que primero supo de Neruda.  Dijo que Huidobro venía llegando de Chile en el año 1926, después de separarse de su mujer.  Cenando ellos solos en la casa en París, Larrea comienza a mirar libros y revistas traídos de Chile por Huidobro.  Se encuentra con Tentativa; le interesa por su novedad formal, y pregunta sobre el autor.  Huidobro le dice que el autor, Neruda, es un joven, un "romántico de mala muerte".  Esto no disuade a Larrea, quien le pide prestado el libro para luego incluir un fragmento de él en Favorables-París-Poema.  Por supuesto Neruda ignoraba qué parte había tenido Huidobro en todo eso y que todo provenía, que todo se deshilaba, de aquel ejemplar que le había enviado "con entusiasmo y alegría".

Pero, ¿qué es lo que realmente pensaba Huidobro de Neruda en ese momento? ¿Qué opinión le merecía la poesía de quien había descartado como "romántico"? -basándose seguramente en los Veinte poemas de amor.  Cuando finalmente leyó Tentativa, en el mismísimo ejemplar que Neruda le dedicara, dejó nota de su lectura, subrayando los versos que más le impresionaban.  Versos como:

estrellas crucificadas detrás de la montaña...
atada al cielo con estrellas de lluvia...
estrella retardada entre la noche gruesa…
descienden las estrellas a beber al océano…

Al lado de todos puso "mío".  Obviamente, lo que le llamó la atención fueron las imágenes con "estrellas" y aunque Huidobro no las creó, mucho le hubiera gustado el hacerlo para poder considerarlas también "suyas"'.  Pero no son sólo éstas las imágenes destacadas.  Hay otros versos como:

después colgado en la horca del crepúsculo...
los planetas dan vuelta como husos entusiastas giran...
yo soy el que deshoja nombres y altas constelaciones de rocío...

Lo que señala Huidobro en su lectura de Neruda resulta ser una de las características fundamentales del libro así como de su propia escritura vanguardista.  Las imágenes de Neruda en general son concretas y terrenales, mientras que las de Huidobro tienden a ser abstractas y cósmicas.  De modo que esta imaginaría sideral, aunque no es de Huidobro, sí es de corte huidobriano.

O sea, que para Huidobro, con su característica actitud olímpica, de creador supremo, de "pequeño dios", Neruda sólo podía ser o un "romántico de mala muerte" o un imitador.  Huidobro no podía admitir, reconocer la originalidad de nadie, salvo la suya propia.  Y cuando se enfrentó con algo original, como es el caso de Tentativa, tenía que presumirlo suyo.  Así es como encontró sus imágenes, su propia imagen en esa poesía vanguardista del joven Neruda.  Y estos versos suyos, así subrayados, tenían que haberle gustado. ,

Todo eso pasó en los años de militancia vanguardista.  En esos años, ni Chile, ni el mundo, eran lo suficientemente grandes para contener a ambos, a estos dos gigantes de la poesía.  Sólo en su madurez fue posible una reconciliación, una última tentativa de hombres infinitos.  Fue Huidobro quien tomó la iniciativa; y fue Neruda, quien vivió más, el que la recordó.  En sus Memorias dice:

Huidobro murió en el año 1948, en -Cartagena, cerca, de Isla Negra […]. Poco antes de morir visitó mi casa, acompañando a Gonzalo Losada, mi buen amigo y editor.  Huidobro y yo hablamos como poetas, como chilenos, y como amigos.

Y fue así –“como poetas, como chilenos, y como amigos”- como se aproximaron estos dos grandes, al comienzo; y al final.


De costa, René. “XVIII. El Neruda de Huidobro”. En: Nuevas aproximaciones a Pablo Neruda, Ángel Flores (comp.) pp. 273-279.


[1] Abordé el tema desde otra perspectiva y con menos información cuando el Simposio sobre Vicente Huidobro y la vanguardia, realizado en la Universidad de Chicago en abril de 1978. Véase mi "Posdata: Neruda sobre Huidobro” en las Actas publicadas por la Rev. Ib. núms. 106-107 (ene-jun, 1979), pp. 379-386.

[2] El texto completo de este borrador está reproducido en mi Vicente Huidobro: The Careers of a Poet (Oxford, 1984), p. 171 y también en la versión castellana del mismo libro: Huidobro, los oficios de un poeta, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, pp. 108-109.

[3] Carta inédita en el archivo de la familia Huidobro en Santiago de Chile.




Sitio desarrollado por SISIB - UNIVERSIDAD DE CHILE

jueves, 22 de septiembre de 2016

Gonzalo Rojas chileno y venezolano

Pablo Neruda era un “saca cuentas” y mala persona.

Una entrevista al poeta chileno (y venezolano por 7 años y medio) GONZALO ROJAS










POETA, 93 AÑOS



Gonzalo Rojas Pizarro (Lebu, 20 de diciembre de 19161 – Santiago, 25 de abril de 2011) fue un docente y poeta chileno perteneciente a la llamada Generación de 1938.



A unas muchachas que hacen eso en lo oscuro

Bésense en la boca, lésbicas
baudelerianas, árdanse, aliméntense
o no por el tacto rubio de los pelos, largo
a largo el hueso gozoso, vívanse
la una a la otra en la sábana
perversa,
                y
áureas y serpientes ríanse
del vicio en el
encantamiento flexible, total
está lloviendo peste por todas partes de una costa
a otra de la Especie, torrencial
el semen ciego en su granizo mortuorio
del Este lúgubre
al Oeste, a juzgar
por el sonido y la furia del
espectáculo.
                   Así,
equívocas doncellas, húndanse, acéitense
locas de alto a bajo, jueguen
a eso, ábranse al abismo, ciérrense
como dos grandes orquídeas, diástole y sístole
de un mismo espejo.
                                De ustedes
se dirá que amaron la trizadura.
Nadie va a hablar de belleza.

                                                           







Esta entrevista fue realizada por Marcelo Mendoza y pertenece al libro “Todos confesos”. Este libro iba a ser presentado por poeta Gonzalo Rojas en enero de 2011 pero su delicado estado de salud hizo que se excusara de realizar esa tarea y el 18 de mayo muere en la ciudad de Chillan.
  



“En Chile no me conocían ni los perros”
  
Según Rojas, es a los 60 años cuando el hombre empieza a “enderezarse”. En ese plazo —le gusta esa palabra— comenzó a conocer la plenitud de su vida. Dice que se le armó otro esqueleto, un pensamiento más fresco, más vivaz y dinámico. “Es como si todo se hubiera concentrado —resume—. Antes disparaba para todos lados, pero a los 60 comencé a enderezarme.
  
Mi plenitud fue a los 60 años”. Por entonces Gonzalo Rojas vivía en Caracas. Era ciudadano venezolano, porque como el Golpe lo encontró en La Habana le habían anulado su pasaporte chileno. A sus hijos también.
  
Como ex jefe de la misión diplomática en Cuba, fue proscrito. Y como no era de ningún partido, ni los comunistas ni los socialistas del exilio lo apoyaban. Llegó exiliado a Alemania del Este, al puerto de Rodstok. Le pagaban bien, pero no le daban la posibilidad de hacer clases.

—Era un mendigo de elegante mierda –exclama.
  
Consiguió que el poeta español Rafael Alberti lo invitara a un homenaje a Neruda en Italia. Viajó, pero se arrancó de esa ciudad hacia París. Allá, desesperado, le preguntó a un médico amigo, Hernán San Martín, que había sido embajador en Zambia:


—¿Cómo resuelvo mi vida, hombre? Los alemanes me protegen porque fui jefe de misión en Cuba, porque soy izquierdón, pero no tengo la defensa de los hermanos comunistas ni socialistas chilenos que viven en Berlín. Estoy fregado.


—Ándate de ahí —le dijo—, tengo la solución.


El diálogo ocurrió con Rojas sentado en un baúl, con todo su equipaje, en una habitación de un piso parisino. El poeta se paró yvio cientos de pasaportes de color rojo. El médico sacó dos de ellos y los falsificó con validez de dos meses, como si hubiera estado en Zambia. Volvió a Rodstok y la vida siguió igual. Recurrió entonces a dos amigos: el venezolano Guillermo Sucre y el mexicano Octavio Paz. Les pidió que lo invitaran a Venezuela con el ofrecimiento de un puesto de trabajo, porque era la única forma que los alemanes lo dejaran salir. Y ese trabajo fue una media jornada en el Instituto Rómulo Gallegos de ese país. Gracias a ello pudopor fin huir de Alemania Oriental Al llegar a Venezuela, todo fue cordial. Le ofrecieron clases en la Universidad Simón Bolívar, la misma que muchos años después le otorgaría un doctorado Honoris Causa. Un día, el rector se le acercó. Le dijo que esperaba que estuviera tranquilo, con trabajo y lejos del frío alemán. Pero Gonzalo le contó su problema:
  
—No duermo bien porque a las 4 ó 5 de la mañana la policía me toca a la puerta de mi departamento y me recuerda que soy un indocumentado. Que no tengo país.


Entonces el rector le sugirió:
  
—Mire, yo no le puedo resolver eso, pero vaya al Barrio del Silencio, que es donde está la Cancillería de este país, y ahí hable con tal persona. Yo creo que le van a entender su situación.


Habló con ese señor y tuvo la fortuna de que el burócrata, después de oírle decir que de un momento a otro la policía política lo iba a echar con su familia, sacara desde debajo de su mesa un pasaporte verde venezolano y le dijera:
   
—Sabemos que usted es un escritor, una persona a quien se le respeta. Me dicen que en la universidad está trabajando bien. Tome su pasaporte venezolano con el compromiso de que lo devuelva cuando pueda volver a Chile.

  Le entregaron, además, pasaportes para su mujer e hijos, y por ello Gonzalo Rojas fue siete años y medio venezolano. Tiempo de felicidad.

 Venezuela lo trató bien. Allí cumplió los 60 y fue, como dice, su plenitud. Le publicaron los libros que su patria natal casi nunca hizo.
   
En Chile no me conocían ni los perros. Nadie.
   
—Usted dijo una vez que es un “protodisidente”. ¿Me puede explicar eso?

 —Claro. Disidente quiere decir no estar de acuerdo. Yo quise a Octavio Paz aunque muchas cosas nos separaban, pero lo que yo adoraba en Octavio era esa disidencia: no estar de acuerdo. Vicente Huidobro fue un disidente. La lata de Neruda en parte grande está en
que no era disidente: era obsecuente el huevón. Obsecuente quiere decir un hombre que no es de una fe limpia y sana. Lo opuesto a una disidencia es una fe, una voluntad. Neruda fue un obsecuente. Él era un arribista: lo fue desde niño y lo fue de hombre. Mostró ese arribismo con el Pablo Ramírez, por ejemplo, en el pequeño gobierno del año 27, esa amistad que lo mandó de cónsul a Oriente. Pablito Ramírez era el hombre fuerte del dictador Carlos Ibáñez. Esas cosas son muy sospechosas. No porque fuera maricón, Neruda no lo era, el otro parece que lo era, pero Neruda era un tipo que sacaba cuentas. Neruda era un “saca cuentas” y mala persona, rencoroso. ¿Por qué fue tan desdeñoso con la gente de su mismísima promoción? ¿Por qué no apoyó a Romeo Murga? Muchachones que tenían tanto talento como el suyo. Al único que salvó fue a Alberto Rojas Jiménez, pero cuando ya estaba muerto(3). Eso me pasa con Neruda a mí. Hay un cuento cortito que te lo doy, porque es real. Estábamos un día en una comida acá en Chillán, en el Hotel Riquelme, Neruda y muchos escritores de distinto pelaje. Estábamos todos en torno a él, en distintas mesas. Un amigo de Pablo y amigo mío se le acerca y le pregunta: “Oye Pablo, ahora que estamos aquí, ¿qué te parece ese joven que está por allá, dicen que él es poeta?”. Se refería a mí. Entonces, Neruda le contesta: “Gonzalo no es malo, pero escribe poquito”. Ese fue su juicio. El intrigante de mierda y simpático que era mi amigo fue volando hacia la otra punta de la mesa y me dijo: “Mira lo que está diciendo Pablo, que tú no eres malo, pero que escribes poquito”. Y a mí me nació del alma esta frase: “Dile a Pablo que él es un genio, pero que escribe demasiadito”.

    —¿Pablo de Rokha era un disidente?
   
—Él nació disidente. Era delirante, disidente, inconcluso, equivocado. Yo también soy equivocado, lo que se dice equivocado. De Rokha no quería reconocer la equivocidad. Me gusta en De Rokha lo de fundador que hay en él. Él es el primero que vio las “materias”; el agua, al aire, el fuego... antes que la Mistral escribiera sobre ellas. Es inconcluso y con una debilidad mayor: no tuvo conciencia del límite. ¿Qué quiero decir con ello? Que se desbarrancó. No supo medir: no ganó un lenguaje; ganó un impulso. Pero De Rokha es muy grande. Tanto lo quiero, lo quise siempre, que cuando iba a parir María, mi primera mujer, la bonitísima escocesa, y estábamos en El Orito, en la cumbre andina, le dije: “Mira, mujer, le vamos a poner como segundo nombre Tomás, porque acaba de morir Tomasito, hijo de Pablo de Rokha”. Yo lo conocí mucho. Comimos y tomamos como zafados allá en Concepción.

    —¿Pablo de Rokha participó en los congresos de escritores que usted organizó?
   
—No, por errata mía. Errata mortal. Como todo estaba sembrado de nerudismo, si yo invitaba a De Rokha, Neruda no venía y si no venía Neruda no venía nadie. Qué terrible...
   
—O sea, fue vetado Pablo de Rokha.
   
—Vetado, pero no entero, porque yo lo llevaba a otras cosas, pero no a esas. La reconozco como una errata mía grande, una majadería.
  
Pablo de Rokha
    
—¿Y Nicanor Parra? ¿Usted peleó con Parra?

 —Fuimos buenos compañeros en el Internado Nacional Barros Arana. Mi trabajo consistía en encender y apagar las luces en eseinternado, cuando los chicos se iban a acostar. Yo dormía ahí porque allí ganábamos la comida y el pan. Nicanor era profesor de matemáticas. Se había graduado hacía poco, pero concurría al internado porque había sido estudiante de ahí. Un día discutimos, Domingo Silva en una conversación de sobremesa, y hasta ahí llegó la conversación.4 Después nos vimos con cariño, saludos. Yo con mucho respeto a la Viola (Violeta Parra, su hermana), a la Viola la quise con el corazón. Pasa el tiempo y el año 47 él se está viniendo de Estados Unidos o de Inglaterra y nos encontramos en la Alameda con un gran abrazo. Entonces vivía con la Anita Troncoso. Nicanor venía con injerto de Inglaterra en el hocico, en la jeta y enla cabeza, era un cabro renovado, ya no era tan joven tampoco, y yo lo visité en su casa de calle Mac Iver. Después se mudó a la calle Larraín, a unos metros de donde vivía Neruda. La amistad se profundizó.



Él iba a Valparaíso a mi casa. A él le nacía la idea de que estaba bueno ya de huidobrismo y de nerudismo. Nos sentíamos en la idea de que había que hacer una cosa distinta. Me mostróunos papeles que se llamaban “Ejercicios retóricos”, y yo se los encontré bonitos. Los había hecho en Inglaterra o Estados Unidos, y a él le encantó lo mío. Así seguimos la amistad con el Parra y cada vez que yo empecé con los encuentros de escritores en Concepción Nicanor era el primero en venir invitado: yo invitaba con honor a mi hermano querido y él lo sabía. Era una amistad no sobajeada, no como las amistades chilenas: el sobajeo chileno es asqueroso, qué asco, el asco chileno.
      
—¿Y qué pasó?
   
—Un día, mucho después, compro un diario, el año 60 y tantos, y había un artículo duro de Nicanor contra mí: decía que yo me había rokheizado, por De Rokha. En vista de eso, yo vine a micasa, desanduve los pasos desde el centro de la pequeña ciudad de Concepción hasta donde teníamos un bonito piso con mi mujery les dije a ella e hijos: “Ustedes almuercen, yo le voy a contestar a este huevón, pero no le voy a contestar en su humorismo barato; le voy a contestar en un humorismo de la tradición española”. Me acordé de un texto de Quevedo que se llama “Gracias y desgracias del ojo del culo”, que es muy lindo, lleno de humor. Entonces, a mi texto le llamé “Gracias y desgracias de un antipoeta”, y lo rajé con unos versos muy bien construidos, terribles, se podría decir que le dejé a la mamá y al papá colgando. Lo llevé a Santiago y se lo mostré a Hernán Lavín Cerda y éste se lo entregó a Manuel Cabieses, que dirigía la revista Punto Final. Se publicó y lo tomó larevista uruguaya Marcha y se fue por América. Quedó abierta una brecha feroz entre el uno y el otro. El poema era bueno, el mismo Parra lo reconoció.
    
—¿Nunca lo publicó en un libro?
   
—Tarde en mi vida. Sólo hace cuatro años apareció en un libro mío en Madrid (Metamorfosis de lo mismo, Visor, 2000). De ahí salió lo que diríamos distancia, más que enemistad. Pero cuando vino el gobierno de (Ricardo) Lagos nos juntamos un día con Parra y estuvimos en la misma brecha de siempre. Él no tiene confianza en mí, pero yo no tengo querella. Lo que sí tengo es diferencia con él en esa cosa que él llama los artefactos, que no me interesan nada. Pero sí me interesa el bello libro de 1954 Poemas y antipoemas, porque lo encuentro bueno. “El soliloquio del individuo” es un poema bueno que publicó después.
     
Carbón

Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir
mi Lebú en dos mitades de fragancia, lo escucho,
lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces,
cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento
como una arteria más entre mis sienes y mi almohada.

Es él. Está lloviendo.
Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor
a caballo mojado. Es Juan Antonio
Rojas sobre un caballo atravesando un río.
No hay novedad. La noche torrencial se derrumba
como mina inundada, y un rayo la estremece.

Madre, ya va a llegar: abramos el portón,
dame esa luz, yo quiero recibirlo
antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino
para que se reponga, y me estreche en un beso,
y me clave las púas de su barba.

Ahí viene el hombre, ahí viene
embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso
contra la explotación, muerto de hambre, allí viene
debajo de su poncho de Castilla.

Ah, minero inmortal, ésta es tu casa
de roble, que tú mismo construiste. Adelante:
te he venido a esperar, yo soy el séptimo
de tus hijos. No importa
que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,
que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,
porque tú y ella estáis multiplicados. No
importa que la noche nos haya sido negra
por igual a los dos.
-Pasa, no estés ahí
mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.


 3 Romeo Murga (1904-1925) y Alberto Rojas Jiménez (1900-1934) eran poetas amigos del joven Neruda. Murga murió a los 21, de tuberculosis. Rojas Jiménez murió nueve años después de neumonía. Tras su muerte, Neruda escribió el poema “Alberto Rojas Jiménez viene volando

 4 Víctor Domingo Silva (1882-1960) fue escritor y diputado. Escribió alabanzas a la chilenidad, como el poema “Al pie de la bandera”. Le otorgaron el Premio Nacional de Literatura en 1954.



Publicado por Dimitri LiPo en 0:00

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