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domingo, 6 de marzo de 2011

Los ritos y manías ocultas de 9 escritores chilenos


Por
Antonio Sotomayor B.

Que Gabriel García Márquez deba tener una flor amarilla sobre su escritorio para sentarse a escribir. Que Vargas Llosa trabaja rodeado de figurillas de hipopótamos que le han ido regalando a lo largo de su vida debido a una de sus primeras obras de teatro, “Katy y el hipopótamo”. Que sumergido en la tina era que Borges convertía una idea matutina en un relato propiamente borgiano. Que Carlos Fuentes incendia por la tarde todo aquello en lo que ha trabajado durante la mañana. Que Cheever escribía en calzoncillos en la cocina, que Hemingway reescribía, y reescribía y reescribía, casi fuera de control. Que Bolaño lo hacía de noche con audífonos escuchando heavy metal, o que, como cuenta la leyenda, el frío era para él, al igual que para José Donoso, condición de la creatividad. “Yo vivo a menos de cincuenta metros del Mediterráneo, en una casa sin calefacción, húmeda”, contaba Bolaño de su vida en Blanes, ciudad de la Costa Brava catalana, “voy a entibiarme las manos en la estufa, cuando el frío es demasiado, pero en general soy un tipo resistente. Afuera hay cero grados y yo sigo escribiendo, sin calefacción de ningún tipo”. Donoso, recordando su tiempo en Sitges, otra ciudad costera en Cataluña, decía: “Me moría de frío sin calefacción, un frío espantoso que me penetraba los huesos y me obligaba a dar vueltas por el living mientras pensaba en el próximo diálogo: si me quedaba inmóvil, me congelaba. No hablaba con nadie durante meses, la temperatura bajaba tanto que no había modo de concentrarme, tuve que aprender, apelar a mi fuerza de voluntad. Y a todas las fuerzas”.

No es secreto que los rituales son una forma de lidiar con la angustia, y aunque no para todos, encerrarse a escribir es normalmente un momento crítico. “La escritura es una de las experiencias más intensas que conozco”, dice el escritor argentino Ricardo Piglia en su ensayo “Crítica y ficción”, “la disciplina, ciertos horarios de trabajo son formas, creo, de resolver la contradicción con todas las cosas que uno podría estar haciendo en el momento de sentarse a escribir, que siempre es un momento difícil, que se trata de postergar”.

Ya sean un intento por calmar la angustia, por darle una salida a cierto grado de neurosis obsesiva (que junto a un toque de paranoia, no son despreciables a la hora de escribir) o un intento por estructurar un oficio que vive en tensión con ser entendido como trabajo, las manías y excentricidades de los escritores atraen, terriblemente. Anécdotas como estas seducen la imaginación del público casi con más fruición y gozo que los propios textos de los autores. Como si aquellas intimidades fueran una manera más segura y directa de acercarnos a ellos. Y tal vez lo sean.
Al preguntarles a los narradores chilenos Germán Marín, Diamela Eltit, José Miguel Varas, Jaime Collyer, Gonzalo Contreras, Marcelo Mellado, Andrea Jeftanovic, Alejandro Zambra y María José Viera-Gallo por los secretos de cuando escriben, la mayoría reconoció no tener grandes rituales, como la vela de Isabel Allende que al apagarse da por finalizada la escritura, esté en lo que esté. Pero dicen que las manías son invisibles para sus dueños.

ALEJANDRO ZAMBRA: “ESCUCHO MÚSICA, MUCHA MÚSICA”

Normalmente me encierro en las mañanas. Pero distingo entre jornadas diarias y maratones, en las que escribo todo el día y no me fijo mucho en el entorno. Trabajo en una pieza con una ventana que da a la calle por donde pasan muchos autos. Me cuesta mucho escribir fuera de mi casa. A veces voy a la playa buscando trabajar y no hago nada, me quedo mirando el mar. Creo en el encerrarse en una pieza a escribir a diario, independiente de si es una línea o diez páginas. Escribo todos los días un diario. A veces sale algo de literatura, a veces es una pura enumeración de hechos. Si yo fuera presidente obligaría a todos a escribir un diario, y prohibiría que lo publicaran. Fumo mucho, pero estoy tratando de dejarlo, por lo que me cuesta mucho escribir. Escucho música, escucho mucha música. Yo escribo siempre improvisando, así que cualquier estímulo externo, más que distraerme, me atrae. Siempre tengo un cuaderno de notas, una mesa atiborrada de cosas, donde cuesta encontrar el espacio para escribir. Recuerdos, fotos, como se dice: “evidencias”. Siempre tengo un perforador, lo que es absolutamente absurdo, porque nunca lo he usado. Tengo un tintero que nunca he ocupado.

Cuando estoy metido en un texto, cuando ya existe, rompo las costumbres, lo puedo corregir en cualquier parte. Suelo grabar los textos y ver cómo suenan. Me interesa mucho el ritmo. Me gusta pasear leyéndolos, o los leo en una bicicleta estacionaria. Lo cual es un gran motivo para usar una, porque en una real es muy peligroso.

JAIME COLLYER: “500 PALABRAS DIARIAS”

En lo que hace a la dedicación al asunto, me ciño a un método que tomé prestado de Hemingway, consistente en mantener un promedio de rendimiento diario, que en mi caso —y era el de Hemingway— es de 500 palabras diarias. A veces escribo 3.000, 5.000, otros días no escribo nada, pero cuido de mantener ese promedio estable de 500 palabras diarias de lunes a viernes. Al principio evidencié una tendencia a la burocratización del procedimiento y me empezó a ocurrir que los adjetivos se me multiplicaban: que un “sujeto retraído” se me volvía “tímido, hosco, introvertido, parco, sigiloso, inhibido, lacónico”. De ese modo, subía el promedio de palabras diarias, pero la mitad de esos adjetivos había que eliminarlos luego. Ahora, al cabo de casi treinta años de ceñirme al procedimiento y nunca —salvo cuando viajo— haber faltado a mis 500 palabras diarias, he aprendido a mi vez a domesticar esas propensiones, me cuido de rellenar los originales con palabras de más.

GONZALO CONTRERAS: “ALGO INCONCLUSO PARA MAÑANA”

No es una cábala, es más bien un truco; dejar algo inconcluso, una idea, una imagen, para tener algo con qué continuar al día siguiente. Esto tiene más que ver con el método de la escritura. Como no trabajo con un bosquejo previo y todo ocurre durante el acto mismo de la escritura, es bueno dejar ese saldo para no encontrarme al otro día sin punto de partida. No tengo fetiches ni amuletos ni mañas atávicas; mis requerimientos son pocos. Una silla y una mesa donde dejar el computador. La vista debe ser neutra e inmóvil; a excepción del mar. No escribo con música, pero sí puedo hacerlo con alguien a un par de metros mío si ese alguien, por ejemplo, lee. No se le ocurra ordenar el clóset. El silencio absoluto es indispensable. La hora puede ser cualquiera, mientras tenga la sensación de que “dispongo” de un tiempo que va más allá del que marca el reloj. Por lo mismo, la escritura ocurre más a menudo en las noches. Aunque a veces me gustaría y el computador portátil lo permite, no puedo escribir en cama. Necesito sentir que estoy en disposición de algo muy semejante a la ejecución. A veces me interrumpo y le comento y le hablo a ese alguien que está cerca mío. Puede leer lo que acabo de escribir, y yo luego continuar.

MARÍA JOSÉ VIERA-GALLO: “MI ÚLTIMA NOVELA RESULTÓ SER UN MIX DE RITOS”

Por suerte nunca he necesitado silencio absoluto para escribir. Con tal de no tener a mis hijos colgándome del cuello, me siento bendecida. Tengo un escritorio, pero nunca cierro la puerta porque me da claustrofobia y me gusta estar conectada al movimiento de la casa. En general, lo primero que hago al sentarme es abrir mi biblioteca de música y pinchar una y otra vez canciones que me ponen en el mood de mis personajes o de algún capítulo que dejé a medias. La música es el camino más seguro y placentero que tengo para desdoblarme. Prefiero escribir en la mañana, vestida o en pijama, casi siempre descalza, el pelo tomado. Para chapotear libremente en el caos de la novela necesito que mi cama esté hecha y mi ropa ordenada, de lo contrario me voy a un café ojala sin wi fi.

La luz del día me molesta y casi siempre tengo las cortinas cerradas. Antes fumaba, pero lo dejé por cucharadas de Nutella y luego por potes de almendras. Ahora sólo bebo mucha agua, quizás para tener la excusa de pararme e ir al baño. En la tarde corrijo con una copa de vino. Cuando me bloqueo o aburro, estiro el brazo hacia algún libro y me reanimo leyendo un pasaje al azar. Si me pongo inquieta, salgo a caminar. Mi última novela (Memory Motel, aún sin publicar) resultó de un mix de ritos: caminatas por Brooklyn con mi hijo mayor en coche, lectura de Proust, reply del disco “Sesiones Nocturnas” de Shogun, y un sinnúmero de tiempos muertos “pensando en el libro”, mientras hacia cualquier cosa, menos escribir.

DIAMELA ELTIT: “EN MEDIO DE LAS TURBULENCIAS DOMÉSTICAS”

No tengo rituales en ningún sentido. Puedo escribir en cualquier parte y a cualquier hora. Yo prefiero la mañana. He trabajado siempre en instituciones, me he tenido que acostumbrar. Renuncié a los rituales por eso. Lo único que necesito es tener material sobre el cual escribir. A mí no me gusta esa escritura como con horario de oficina. Me propuse una escritura no burocrática, sin horarios y sin cercos. Escribir para mí es un ejercicio de libertad. Si suena el teléfono lo contesto. Si tengo el material puedo escribir muchas horas, si no lo tengo no escribo nada. Es que mi espíritu tiende más al ocio, aunque soy bien productiva.

Rehúyo de esos rituales, porque mi pelea ha sido no hacer de la literatura otro espacio burocrático. No he hecho de la escritura una cuestión sagrada. Yo soy mujer, yo no tengo liberado el espacio doméstico, no es que “el papá está escribiendo”, es que “la mamá está escribiendo”. Yo no tengo espacio aparte y eso anula las normativas de no interrupción. Yo estoy acostumbrada a escribir en medio de las turbulencias domésticas o laborales. Nunca dejó de entrar alguien a donde fuera que yo estuviera porque yo estuviera escribiendo.

ANDREA JEFTANOVIC:

“LA FOTO DE MI ENCUENTRO CASUAL CON WOODY ALLEN”

Soy una persona irremediablemente insomne. Ficciono mientras los míos duermen, en el estudio de mi casa ubicado en el tercer piso buscando otra ventana iluminada. Sobre la mesa roja de trabajo está a la izquierda el equipo de música (todo libro tiene su banda sonora) y la libreta de apuntes en la que he tomado notas de mis lecturas y viajes. A la derecha el diccionario de ideas afines. En la pared, las fotos de mis musas y musos que ya no están, los afiches de las obras teatrales que me han gustado últimamente, un poema de Vallejo, el mapa del metro de Madrid, una imagen porno, una postal de Bacon, la foto de mi encuentro callejero con Woody Allen como símbolo del azar (escribir tiene algo de talento, de perseverancia y de suerte; la foto es gentileza de Soon Yi). Antes de rozar el teclado del computador le “saco punta a mis diez dedos”: rabia, memoria, violencia, poesía, obscenidad, belleza, dolor, sarcasmo, política, erotismo.

JOSÉ MIGUEL VARAS:
“ESCRIBO TODOS LOS DÍAS”

Nunca he necesitado rituales ni objetos fetiches. Tengo formación de periodista, así que a cierta hora me pongo frente a la máquina, y vamos nomás. Lo que sí, siempre hago es una especie de apunte de alguna frase, del tema, de algún elemento. Ese papelito es muy importante. Tener un objeto que ayude es superstición. Nunca he tenido el problema de la hoja en blanco.

Sigo la recomendación de Hemingway: cuando uno escribe algo largo, al dejar de escribir debe dejar claro donde lo deja, para partir después. Prefiero escribir en la mañana. Y, en general, escribo todos los días. Ahora uso un computador, pero en mi tiempo reventé algunas máquinas de escribir.

MARCELO MELLADO: “SIEMPRE ESTÁ CONMIGO UNA LINTERNA”

Tengo un escritorio, y todavía escribo en una especie de comedor de diario. Una mesita destartalada. Primero tomo un café muy duro y luego mucho té. Siempre tengo una pluma Parker y una libretita. No puedo escribir sin lápiz. Siempre tengo en la mesa —siempre está conmigo— una linterna (una de esas chinas que se recargan). Desde antes del terremoto. Además, siempre tengo sobre el escritorio un cuchillo, una cortapluma Victorinox, un Opinel francés. Trato de fumar lo menos posible. Cuando me aburro prendo la radio, la tele, cosas que no me interesen, que hagan ruido. Ojala fútbol, o noticias en general. Me desconcentro con facilidad. No tengo horario, pero en general trabajo tarde en la noche, después de las diez.

GERMÁN MARÍN: “NO ME CUESTA NADA ESCRIBIR CON RUIDO”

Escribo todas las mañanas desde las 8:30 hasta la hora de almuerzo, en un escritorio que tengo en mi dormitorio. Y en las tardes trabajo una hora o dos revisando lo hecho en la mañana. A veces, en las tardes, salgo a un café, sobre todo ahora en verano, y ahí llevó mi cuaderno y mis papeles. Esa es mi jornada diaria de lunes a sábado. Y en las mañanas de domingo algo hago con respecto a la escritura.
A mí no me cuesta nada escribir con ruido. En Barcelona me acostumbré a escribir en bares. Escribo todo a mano, no uso computador ni máquina. Me encantan los bolígrafos, todos, y no tengo uno favorito. Uso desde dos Montblanc, que me han regalado en la vida, hasta de esos que costarán cien pesos. Cuando ya veo que el texto está casi listo entrego mis papeles, mis cuadernos, a alguien de buena voluntad que me lo tipea, mi nuera, mi mujer.

martes, 1 de marzo de 2011

Un cuento de la escritora chilena Pía Barros

Los Inti siempre


A Inti Illimani, la mejor
vacuna contra el olvido.


Cuando íbamos silenciosas hacia la UTE, supe que esto iba a salir mal, por eso es que me puse a tararear a Tevito y mamá apretó fuerte mi mano antes de entrar al campus. Allí los habíamos visto por primera vez y nos habíamos enamorado cada cual de uno distinto: ella amó a Horacio, que bailaba su charango, yo amé a Max, tan grande y tan padre, con esos brazos que me cobijarían y sacudirían mi cabeza que hacía cuatro días había cumplido catorce años.

Éramos felices en nuestra vida de mujeres solas, aunque creo que ella se preocupó por mi ausencia de padre cuando le dije que mi amor era ese ecuatoriano de voz cálida.

Sentíamos allá lejos las bombas sobre La Moneda y yo sólo quería que ella no me soltara, que no se fuera tras los otros, cada uno diciendo algo distinto, desconcertados, trémulos. Yo le pregunté si ellos estarían ahí, pero me dijo que andaban de viaje, por Europa, y por entonces Europa era un continente tan lejano y misterioso al que jamás accederíamos. Los primeros disparos vinieron desde arriba y corrimos y todos corrían y la mano de mamá se perdió entre muchas y la locura comenzó entonces. No lo recuerdo todo sino como una sucesión de imágenes, miedos, temblores. Otra mano me dio un empujón y me arrojó en una zanja, otra me tironeó de allí y nos fuimos por las calles, con la mirada perdida y el terror congelando las pisadas. Creo que llovió un poco ese día, pero yo recuerdo como en una película llena de gritos, todo oscuro, todo azul. En el centro, me acurruqué junto a otros en un portal. Una mujer abrió la reja y luego la cerró para dejarnos dentro. No nos hizo pasar a la casa, sólo nos dejó ante la puerta, pero de pronto, todos los gestos los agradecíamos y comprendíamos el miedo ajeno, que era el nuestro. De cuando en cuando, en esa noche, carreras, y un disparo y el caer seco de un cuerpo a tierra.

La mañana siguiente fue una mañana quieta, con tanto silencio, que hería. Empezamos a caminar como si realmente fuéramos a alguna parte. Una mano tomó la mía y comencé a sentir el horror del vacío de la mano de mamá. Recordé que debía partir a Curicó, donde el tío Damián, a quien había visto solo una vez, porque ella repetía “Si algo sale mal, vas donde el tío Damián y punto”. Y todo estaba saliendo tan mal ahora. Miré la mano que me llevaba y el brazo y el rostro y también era un muchacho de ojos asustados. En Avenida Matta nos detuvo una patrulla militar y saltaron los uniformes a tierra. “Se acabaron los maricones aquí” gritó una voz y aferraron al muchacho y con unas tijeras empezaron a cortarle el pelo. Él ni se quejó cuando le cortaron un par de veces trozos de piel. Yo traté de escabullirme, pero los otros dos solados me tomaron y dijeron “Ahora las mujeres de esta patria parecerán mujeres” y a continuación me cortaron los pantalones a la altura de la rodilla y los rasgaron en un intento patético de que parecieran faldas. Mutilados, humillados, nos dejaron seguir. Entonces le pregunté Cómo te llamas, José, dijo y pensé en José Seves, y todo estuvo un poco mejor. Tratamos de escondernos en un portal, pero una manaza grande nos cogió por el cuello y nos arrojó al interior de una puerta. Creímos que sería el final. Allá dentro, unas caras de maquillaje corrido hablaban en susurros rodeando un brasero. Estábamos en un prostíbulo. Una de las mujeres nos alcanzó un té caliente “Pobres cabritos”, dijo. Nos dieron una frazada y nos acurrucamos juntos a dormir.

Me fui, una semana más tarde, a Curicó. No volví a ver a mamá, pero el tío Damián dijo que ella vivía ahora del oro de Moscú, que se daba la gran vida en Europa y yo recé para que estuviera cerca de Horacio y cantara con él a voz en cuello, mientras yo cosechaba manzanas, aguardando una carta que me llevaría junto a ella.

Jamás volví a entonar elpueblounido y ciertas palabras las borré del vocabulario. Así fue como me tuve que enterar que mi padre no había sido el compañero de mamá, sino el amante, y que ella no era mi mamá, sino una perra comunista.

El tío Damián me mandó tres años más tarde, a estudiar a Santiago y, antes de seis meses, me encontré vagando por Roma, buscando una dirección que alguien de la Vicaría me dio, junto con un pasaje, “Antes de que a ti también se te ponga peor, mijita”, junto con el nombre completo de mi madre, que ahora se llamaba “detenida desaparecida”.

No entendía el idioma, pero sí los abrazos y la solidaritá de ese pueblo que trataba inútilmente de que me sintiera como en casa. Yo nunca tuve casa, no una sola, y no podía sentirme como ellos deseaban. Pero allá, mientras limpiaba pisos en el hospital, atesoraba el trofeo de la entrada para verlos a ellos.

Entre gritos de y va a caer, y consignas, me senté en las gradas a esperarlos, como se aguarda la lluvia, tensa, como una cuerda, y anhelante, sí, anhelante de esas voces que me darían todo lo perdido, que me harían una casa en el corazón, como querían los italianos. Lloré y canté cada canción. Al amanecer, dejé la virginidad entre las sábanas de un napolitano de ojos melancólicos, del que sólo supe que se llamaba Luca, y que me dejó por esa noche, susurrarle una y mil veces, Max, Max, hasta que fue otro día.

Y aunque fui cambiando, como los destierros, mi cuerpo estuvo con cada uno; el alemán en Niza, perdido como yo, fue el gentil Horacio que bailó conmigo muchas noches , hasta que en alguna, mi morenidad le cruzó la espalda alba y los cuerpos se enrevesaron para perder sus contornos.

Y vinieron los ochentas, con la rabia en la voz de José Seves apiadándose de mi cuerpo que soñaba con el Chile que inventé desde lejos, una caricatura holliwoodense de sus habitantes y sus aromos, sus afiches de un Chiloé que jamás conocí y tú me preguntas como fue el acoso aquel que obtuve, la voz de Manns en medio de los míos, mis hombres y su música en cada horror y cada ausencia, y los países fríos en los que habitaba, cada canción, una frase, irme quedando sola y envejecer tanto en tan poco, no ser como las otras ni los otros, no estar, no ser sino la espera de un regreso, mis hombres con M, Max, Marcelo, mis Josés, mis Horacios, incluyendo a Oliveira, y los otros tangibles de carne y hueso que iban y venían, sin quedarse acunando a esta mujer de ojos gastados que ponía nombres de cantantes al desarraigo y susurraba bajito para no espantar la ternura.

El rostro de mamá borroneándose de la fotografía prendida al pecho, pesadillas nocturnas de olvido, sentirme traidora porque ya no recordaba el sonido de su voz y tantos huesos que buscar para entierros tardíos, la tristeza de gritos, y va a caer, sabiendo que tal vez nunca, llegó volando el cuervo sobre mi pueblo, la primera amenaza de arruga en el filo de los ojos, leve, incontrolable ya, líneas de expresión dijo esa rumana de cutis planchado por nieves y fríos, y por fin, el regreso. Vuelvo con mi espera dura, y la calle, las risas y el plebiscito y todo por delante en una tierra que ya no podía reconocer como propia, porque sólo tenía pedacitos de país en el puzzle de la memoria, retazos que jamás compondrían un todo, vacíos y desencuentros y no pertenecer.

La larga espera de la alegría que ya viene, pero ustedes ahí, haciendo que las distancias se acortaran, un 8 de marzo y verlos entre otras, desde lejos, devorándome el amor inventado, esta vez Jorge Coulón y mi fidelidad sin límites a su voz de verso y cómo acercarme y decirle estoy aquí, siempre he estado, si tantas jovencitas los rodeaban y yo me hacía tan vieja por dentro, que creí que de un instante a otro me convertiría en polvo. Un hombre canoso y joven, con mi desgarro en sus ojos, prestó su piel a mis manos, y aunque no se llamaba Jorge, no importó.

Ahora, en este Junio frío, sé con certeza que me iré antes que ustedes, ahora que me habita la enfermedad de los devastados y me morirá el cangrejo que aguarda agazapado en las mujeres de fotografías prendidas al pecho, he venido a verles, por última vez. Se ha ido la centuria y es un invierno de este siglo comenzado. Lloro al ver a muchachitos levantando el puño para cantar ese imposible elpueblounidojamásserávencido, pero cómo hubiese sido de lindo que ocurriese, y el llanto por dentro y por fuera, pero él me rescata y canta sólo para mí, escondida en el último asiento de la galería que entona cada canción, arriesgaré la piel, y me encojo, porque no quiero que vea mi cabeza calva de quimioterapias, mi piel cenicienta, porque si alguna vez, de reojo, me descubrieron en alguna presentación, deseo que me recuerden como era entonces, y no como ahora.

Esta noche la morfina seguirá el curso de las venas, más allá de las dosis indicadas.

Dejaré un espacio en la cama para amarrar mi piel al verso de Jorge y me apagaré abrazada a su piel ausente, besándolo, la cabeza apoyada en su hombro, haciendo el amor de los amantes viejos, tranquilo, profundo, reposado, fidelidad de pieles que se aguardaron tanto, tantos años.

Habrá un dolor antiguo al amanecer en las calles de este Santiago herido de memoria.

Tal vez alguien silbe el mercado de Testachio y todo esté bien, una vez más, los Inti siempre, y mamá de mi mano, sin soltarla.

Fuente: La Siega

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