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martes, 4 de septiembre de 2012

DELIA DOMÍNGUEZ POETA DE CHILE



Al referirse a la poesía de Delia Domínguez, Gonzalo Rojas la describe como “una ruralidad siempre trascendida, con mucha agua honda en el seso de la alumbrada, sin que deje de hablar el aire ahí, la tierra, el fuego” (1995:7-9). En efecto, si hay una poetisa chilena actual cuya poética, en su referencialidad de base, se construye a partir de una relación profundamente vital con los elementos de la tierra y de la naturaleza y con la memoria que guarda y suscita lo rural, ésa es Delia Domínguez Mohr. Descendiente de colonos alemanes llegados a Chile en la segunda parte del siglo XIX, nacida y criada (“crecida”, dirían en el sur rural de Chile) en los campos cercanos a la ciudad de Osorno, concretamente en el sector de Santa Amelia de Tacamó, Delia ha hecho de su experiencia campesina el soporte esencial de su mundo poético, algo que se evidencia –a nivel de estilo– en el uso reiterado del léxico popular campesino y –a nivel de mundo representado– en recurrentes referencias a una naturaleza reconocible como propia de las praderas, bosques y cordilleras de la provincia de Osorno1. Naturaleza que es concebida como “morada vital” de la hablante, no como simple paisaje disponible para el usufructo de un cierto “turismo ecopoético” de mirada descomprometida para con lo estrictamente humano. De ahí que las referencias a la naturaleza se combinen con alusiones a costumbres y objetos domésticos que nos retrotraen a una época –digamos, años 30 al 50 del siglo XX– en que los descendientes de inmigrantes alemanes de la zona de Osorno, al menos, mantenían un estilo de vida a medio camino entre la lealtad a las raíces europeas, en particular a la ética protestante del trabajo y al recuerdo –idealizado desde la distancia– de una Alemania ambivalentemente decimonónica y moderna, recuerdo sentido como fundamento de su diferencia identitaria (y, en algunos sectores germanófilos radicales, fundamento de una presunta superioridad identitaria sobre los chileno-hispánicos y, en especial, sobre los indígenas)2 . Digo, estilo de vida a medio camino entre la lealtad a las raíces europeas de sus abuelos inmigrantes y la lealtad al compromiso de integración a la nación chilena asumido por estos mismos inmigrantes de primera generación, quienes, en su momento, llegaron al país dispuestos a formar parte, en plenitud, de una nación mestiza que los trajo, precisamente, para que, como nuevos chilenos, sean agentes de “progreso” (cf.. al respecto Recuerdos del pasado, en particular, el capítulo vigésimo tercero).
Pero estas referencias a lo rural alemán del Sur no son sino la punta del iceberg de algo mucho mayor y completamente ajeno a efectismos criollistas o naturalistas de ciertas literaturas que privilegian el cultivo de exotismos agrarios. Ajeno, también, a la representación idílica de los campos, a menudo, imaginados en la tradición poética occidental como el “lugar feliz” en oposición a las deshumanizadas ciudades siempre hostiles. La ruralidad de Delia, en cambio, está construida como el “lugar” en el que ocurren la vida y la muerte en un voluptuoso revoltijo (léase “revoltura” en el idiolecto de Delia) de nacimientos y de “desnacimientos” (Gonzalo Rojas dixit), ante lo cual la palabra poética se vuelve testimonio “alumbrado” por el revoltijo y, a la vez, alumbrador de ese mismo revoltijo. Se escribe para comprender y sobrellevar, aunque sea de manera precaria y parcial, el misterio de estar vivo en este mundo, igualmente vivo, a sabiendas de que vivir, de algún modo misterioso, es también morir –nacer y “desnacer” a un mismo coro– y que ese misterio es legible/ descifrable sólo a retazos, a través de algunas cosas-signos que la poetisa está llamada a descifrar, digamos, a poner en valor de poesía. Leer, por ejemplo, el pasado y el futuro, el tiempo del vivir y del soñar, sea en el comportamiento de las yeguas, en los frascos azules que llegaron, tal vez, de Hamburgo con los primeros colonos; en el olor de la murta silvestre, en los ciervos en celo, en el piano que tocaba la abuela, en los cuentos de la infancia, en la música en días de escarcha invernal (sobre todo la música de Malher, Strauss y Beethoven), en la vieja casa señorial de madera de Tacamó (construida en los años 20 del siglo pasado y a la que Neruda solía acudir cada vez que visitaba a su amiga Delia en el sur). En fin, cada nombramiento de cosas y materias equivale, en verdad, a una tentativa por registrar la otra realidad, profunda y primaria, de aquella realidad percibida y/o percibible con los sentidos; la otra cara de lo que se nos presenta como simple externalidad disponible para la percepción común y corriente. La tesis de Pessoa de que “el mundo externo es como un actor en escena; lo vemos, pero lo que vemos no es lo que vemos” (1984: 344, fragmento 447) bien podría ser aplicable a la poética de Delia Domínguez: poesía que hace ver lo que no vemos en lo que vemos.
Me parece que ésta es la manera en que deberíamos entender la afirmación de Gonzalo Rojas citada al inicio de estas reflexiones: “ruralidad trascendida”, o sea, ejercicio de hacer sentido sobre las más genuinas experiencias de ser mujer campesina en los campos de Osorno, creyente no sólo en Dios sino en todos los seres cuyos destinos y naturaleza hablan del misterio del ser y del no ser. La fe de Delia poco o nada tiene que ver con ortodoxias de iglesia pechoña ni con sesudas teologías que buscan, con argumentos, se supone, desentrañar, si no la deidad misma, sí nuestra relación con ella. Inútil trabajo, desde la perspectiva poética de Delia, si los argumentos lógico-filosóficos, que pueden ser muy impecables y asépticos por añadidura, no están contaminados con la materia “sucia” de la vida. A Delia le gusta sentir el olor de la hierbabuena, el ruido de la lluvia sobre las calaminas del techo de la casa de Tacamó, pero, sobre todo, el golpeteo de la lluvia sureña sobre el techo de la memoria que inevitablemente la conduce a evocaciones de la infancia. Ésta tan suya sensualidad de animal-humano rumiante, pensante y sintiente para con la naturaleza, es lo que da paso a una poesía rigurosamente leal con lo que aquí llamaremos la misa del universo, es decir, con esa ceremonia de consagración metafísica de las cosas en la que la palabra cotidiana se hace carne y sangre en el registro mayor de la poesía. Y esto, precisamente, porque Delia concibe la poesía como un intento superlativo de hacer sentido en el revoltijo de huevos distintos y distantes, reunidos todos en el mismo nido de la vida, o en la misma paila de la muerte, reconociendo, por ejemplo, al tacto o a trasluz los huevos hueros de los que no lo son, o descifrando los mensajes de futuro y del pasado contenidos en el relincho de las yeguas.
Ana María Cuneo distingue cinco tópicos (“ejes”, los denomina) que, a su entender, permean toda la poesía de Delia Domínguez:

1. La poesía surge de experiencias ancestrales, reminiscencias de la infancia, de la etapa fetal de sus ascendientes próximos y de toda la historia del hombre sobre la tierra.
2. La palabra poética tiene como misión decir lo esencial, la identidad única de los seres: carbón, río, llanto, niño, etc. Para ello es condición previa la experiencia vivencial del objeto cantado.
3. Salvar del olvido las voces perdidas. El poeta dará voz a los que no la tienen.
4. Para salvar del olvido, la poesía puede tomar un hecho simple y destemporalizarlo, instalándolo en lo eterno.
5. El origen del canto es algo dado por la naturaleza y por situaciones humanas (...) Sobre este material primario el poeta producirá las transformaciones que lo convertirán en poesía (texto en línea)3.


Estando, en general, de acuerdo con la descripción esquemática que propone Cuneo de la poética de Delia Domínguez, estimo, sin embargo, que la descripción debería afinarse por lo menos en algunos puntos. La “ruralidad trascendida” de la que habla Rojas ocurre como consecuencia del hecho de que el yo poético de Delia se construye unificando en la identidad “yo” una serie de características que lo dibujan como un sujeto hablante coral, en la medida en que su “canto” se despliega como el canto (y contracanto) de muchos, incluyendo el de las materias y elementos de la naturaleza. Pero no es la voz profética de perfil nerudiano, aquélla que era interpelada por los elementos para que el yo poético ponga en movimiento su dimensión profética y se convierta en el vate, en el guía iluminado de la historia (una historia, en el caso de Neruda, informada por la utopía comunista). Delia Domínguez, en cambio, está lejos de imaginarse como un yo monolítico en condiciones de abarcar de una mirada y “con tan buena acústica” lo que Lihn describía como “el pastel entero de la historia” (1995:239). En realidad, la voz lírica de Delia es un coro de múltiples voces aglutinadas en torno a una imagen rectora del yo: la de mujer-madre, católica, mestiza sobre todo, movida por la necesidad de atestiguar –no de presidir– la misa del universo, teniendo como referencias de base las experiencias vitales de la autora en su condición de habitante/ viviente de los campos de Osorno.
Yo católica         mestiza
minimalista y campesina.             
yo perrera y caballera  
de ombligo amarrado a
la telúrica           madrecita tierna de
nunca acabar.    
Yo de sesenta para arriba y para bajo
me sé de corrido los Diez Mandamientos,
el Ojo (o-j-o)     
y la Pastoral de L. van Beethoven
              (“Papel de antecedentes”. La gallina castellana y otros huevos, 19)



Antecedentes que hablan de las varias leches que han alimentado su poesía: la religión católica y las raíces judaicas de ésta, su origen y naturaleza campesinos, sus ancestros alemanes, su hispanidad castellana materializada en su español democrático, su amor por la música sinfónica (la de Beethoven, Mahler, Strauss y la de las esferas celestes, también). Delia, como casi todos los poetas modernos desde Rimbaud para acá, se autorrefiere como vidente: ve la visión iluminada e iluminadora de los laberintos de la vida y de la muerte. De hecho, la alusión a “Ojo (o-j-o)” habla doblemente de la videncia de lo presente y de la memoria de lo ausente, que en Delia son una misma cosa, objetivada, esta última, en el recuerdo infantil del silabario de Claudio Matte que sirvió para que decenas de generaciones de chilenos en el siglo XX aprendieran a leer la lengua de Cervantes4. Sólo que esta visión se construye a partir de la observación directa del entorno campestre y del recuerdo de situaciones humanas vividas en la infancia o en la juventud: las yeguas, por ejemplo, o la vez que conversó con Hilda May, “alumbrada de rojo-negro / cual paloma Picasso”; o el viento huracanado de los largos inviernos sureños o la escarcha que congela el arroyo, o aquella misa de cierto domingo cuando una feligresa loca pregunta a gritos en mitad del templo: “¿Quién es humilde aquííí?”, y todos, incluyendo a la propia Delia, se quedan mudos sin saber qué responder a la pregunta esencial. En suma, cualquier detalle que de pronto traiga a presencia el misterio del ser y del no ser de este mundo, y en este mundo, en el contexto de una cotidianidad fulgurante de naturaleza.
Ya en 1968, en el poema "Canto y contracanto", Delia formula una poética a la que ha sido fiel hasta ahora:

               
De vez en cuando            
              hay que ponerle el hombro
a los grandes silencios.  
Uno no puede ser siempre el ombligo del canto.              
DESDOBLATE –dice una voz.        
NO ERES EL OMBLIGO DE NADA               –agrega la voz.
CUANDO MENOS PIENSAS           
TU VIDITA CUELGA DE UN HILO               –termina la voz.
Pero si quieres,                
le hago empeño para sacar un Do de pecho        
y afinamos. Después de todo,    
estos papeles sobreviven entintados en mi corazón.       
               

O si tienes ganas,             
              canta tú,
yo contrapunteo en la sombra  
y guardo mis cuatro versos para mañana             
o para el Día del Juicio.  
(de “Canto y contracanto”. La gallina castellana y otros huevos 41)5        


“Contracanto –nos dice Cuneo– no es la rebeldía de la antipoesía contra la poesía tradicional, sino que es la lucha de la conciencia estructurante en crisis, porque no es el ‘ombligo’ del canto” (texto en línea). Delia, en efecto, es muy consciente de que la poesía es, a la vez, canto y contracanto: un proferimiento sublime de belleza y solemne en su ritualidad; pero, al mismo tiempo, prosaico y que, como tal, rinde tributo a los prosaísmos de la vida corriente, los cuales, precisamente por ser de la vida corriente, son poéticos porque constituyen, al fin, la genuina voz del pueblo en su vivir diario. De ahí que la poesía de Delia sea, por un lado, fiel y leal a la magnificencia sublime de Gustav Mahler o de Beethoven, o a la palabra metafísica de Rilke y de Hermann Hesse (leídos en su momento en alemán). Por otro lado, fiel y leal al habla popular campesina y a las bellas obras que la naturaleza pone ante sus ojos contemplativos, a las tradiciones de los inmigrantes alemanes y a las tradiciones indígenas (porque de ambas participa en su calidad de sujeto mestizo). Fiel y leal, sobre todo, a las voces femeninas de la memoria:

Usted, que es afuerino, debe aprender                 
              el decálogo de las abuelas huilliches
orilleras durante 300 años,          
              de las vegas pastosas
que no se salvaron del diluvio.
               
Usted, que es afuerino,               ¿tendría pulmones

para remontar el mismo río en que su madre     
abrió las piernas para darle vida?            
              (de “Salmón de río”. Huevos revueltos, 25)

Por momentos, la poesía de Delia Domínguez nos pone en sintonía con la poética de los lares (con la de Jorge Teillier y Rolando Cárdenas especialmente), por la evocación de escenas de la infancia y las remembranzas de cosas y objetos que le acompañaron en su juventud y/o que todavía le acompañan después de “sus sesenta para arriba y para abajo”, en su casa en Santa Amelia de Tacamó (el piano, por ejemplo; los frascos azules para guardar conservas caseras, las viejas cerraduras hechas de fierro martillado de las puertas interiores de la casa), así como la evocación de paisajes sureños lluviosos y verdes y volcánicos cada vez que se mira hacia el este. Pero en realidad, la conexión con la poesía lárica no pasa de ser una coincidencia en aspectos puntuales. Lo que podríamos llamar el “efecto lárico” de la poesía de Delia Domínguez es, en rigor, la consecuencia de la concreción textual de la poética de la “ruralidad trascendida” que se manifiesta a través de una escritura concebida como registro-testimonio de cosas efectivamente vividas y recordadas con el fin de sacarle, a través de la observación y contemplación de tales vivencias, la suerte a la realidad misma, cual nigromante buscador de palabras y lector de destinos. Pero, ya se sabe que lo que se predica de una cosa en particular no es necesariamente aplicable al conjunto al que esa particularidad pertenece. Delia sabe, muy bien, que ningún poeta accede a la verdad última de las cosas: sólo vislumbra retazos, fragmentos de una “esencialidad” inaprehensible. La poetisa, entonces, tiene que aprender a escuchar las voces todas y ser, de un modo u otro, fiel a ellas, y no dejarse arrastrar por la soberbia de creer que la escritura poética, por más perfecta que parezca, traduce la gran escritura del mundo. Se comprende, pues, que Delia se autoproclame una “cristiana expuesta vulnerable a toda arremetida”. “La vida entera –nos dice– es una estimulación permanente. Por ejemplo, el silencio de los grandes espacios, las movidas de los niños, la fuerza aplastante de la naturaleza, el dolor, los ojos despedidos de los viejos” (Domínguez, entrevistada por Sonia Quintana 2002:).


Aunque lea y escriba
el animal que hay en mi guarda
me enseña a interpretar la maldición del búho
más allá de todas las palabras.  
Me enseña        
a tener visiones que no son
visiones sino anunciamientos     

tocados en la sombra     
para ordenar los huesos de su alma        
me enseña.         
               
Aunque lea y escriba      
veo en las nubes del poniente    
              un teatro fantasma

en el escenario mítico de Wuenteyao,    
el que ordena quién parece y desaparece            
entre los alerzales de San Juan de la Costa.
               
               
Aunque lea y escriba      
y pase por letrada, no puedo denegar la ubre     
que espesa las natas de los presentimientos       
               
              sin más agarradura que
las señas secretas, palpadas en la muda matriz                 
del universo.      
              “Aunque lea y escriba”. Huevos revueltos, 23)
               

Poesía atenta al mundo, en diálogo ininterrumpido con otras escrituras, empezando por la bíblica, siguiendo con las de muchos poetas y prosistas (Santa Teresa de Ávila, Sor Juana Inés de la Cruz, Walt Whitman, Alain Fournier, entre otras y otros)6 y terminando (o empezando, según se mire) con la escritura de las cosas mismas que se materializa en los hablares ágrafos de aquéllos que están vivos por un rato en este mundo y que no escriben ni escribirán nada que no sea el respiro diario de sus propios cuerpos y almas sometidos al imperio natural de la vida y de la muerte. Poesía atenta al mundo, sí, pero no simplemente en el sentido de registrar con la objetividad aséptica de una cámara, que no tiene sentimientos, las superficies de lo real. Delia apuesta a develar los recovecos de la “marcha del regreso”, que es como ella imagina el tiempo que nos es dado desde la cuna a la sepultura. Y en este develamiento, “la mudez necesaria en su rigor interno / es lo que más importa, solas / caen las máscaras” (“Se pasa llave a la chapa de 1931”. Huevos revueltos, 65).
La imaginación poética de Delia concibe el nacer como un “desnacer”, en el sentido de que al nacer se clausura la puerta del existir total: “se pasa llave a la chapa de 1931”, precisamente el año de nacimiento de la autora. Es como si al nacer, por el hecho mismo de comenzar a ser cuerpo mortal, se clausurara una posibilidad de ser en plenitud, por sobre las limitaciones de la materia, de la temporalidad y de la muerte. Así, vivir será una travesía hacia una búsqueda de la llave con que se cerró la chapa en 1931 para abrir con ella –con la llave de la poesía– una cierta otredad del existir y del ser que nos es vedada por nuestra condición de humanos vivientes. Pero, para esa otredad no hay conciencia ni lenguaje que lo pueda comprender y comunicar en plenitud. Sólo se tiene la poesía para transitar, a retazos, por las profundidades esenciales del ser y del no ser; esto porque la poesía es lenguaje hecho de memorias, sueños y vivencias en un amasijo (“revoltura”, diría Delia) inextricable, hecho que lo torna registro verdadero aunque, como siempre, incompleto del vivir nuestro entre este mundo y el otro.

Todo flota
nadie puede pararse sobre sus propios pies,
nadie cierra los ojos porque están llenos de agua
y hasta los más juiciosos
amanecen con la pupila rebalsada en este pueblo
donde la lluvia se quedó a cuajar las yemas
para siempre

donde los vivos y los muertos
son una mancha sin mucha diferencia

( “Unos arriba y otros abajo”. La gallina castellana y otros huevos 31)

Y en otro texto, de un claro sesgo autobiográfico, Delia reflexiona sobre la vida (su vida) imaginándola como una marcha hacia los orígenes, hacia la esencialidad atemporal del ser:

Y comienza la marcha del regreso.                         
La mudez necesaria en su rigor interno                
es lo que más importa   , solas    
                            caen las máscaras.
                             
La dimensión de origen no se altera:                     
Dios quiso que respires tu metro cúbico                             
de aire                
y que un día...   no fuera.             
                             
Por eso hay una hora en que llega la hora de                    
pasar cerrojo a la chapa de infancia                      
(un fierro martillado de los mil novecientos).                    
                             
Decir adiós con las luces encendidas                     
podría ser una oración valiente.                             
                             

(de “Se pasa la llave a la chapa de 1931”. Huevos revueltos, 65)
                             


Consignemos que en la década del 60, Ricardo Latcham aventuró un visionario juicio sobre la poesía que Delia Domínguez había publicado hasta entonces, pero que bien podría extenderse a toda su obra posterior:

Delia Domínguez refleja en su poesía una justa combinación entre lo popular y refinado a la vez, que no rehúye la presencia de lo conflictivo en el hombre (y en la mujer habría, sin duda, que agregar) en su desesperada búsqueda de verdad (solapa 1 de La gallina castellana y otros huevos).


Neruda, por su lado, en el prólogo con que originalmente se publicó El sol mira para atrás, de 1977 (el prólogo fue escrito en 1973), emite juicios que van en la misma dirección expresada por Latcham:

Su comunicación es aguda como herramienta recta y sonora. (...) Es grande (...) su delicado canto humano, sobreviviente victorioso de los grandes espacios que ordenan aquel silencio. Sus composiciones como “Tos de perro”, “Los cómplices” y muchísimas otras de sus líneas nos imponen una alegría silvestre, la salud de una estirpe campesina y su desacomodo arterial hacia las indignas ciudades (reproducido en la contraportada de Huevos revueltos).

lunes, 3 de septiembre de 2012

Efraín Barquero - Premio Nacional de Literatura 2008

    

EFRAÍN BARQUERO (Piedra Blanca/ Curicó, 1931): Ha publicado entre otros libros: La Piedra del Pueblo (1954); La Compañera ( Edición definitiva en 1969); Enjambre (1959); El Pan del Hombre (1960); El Regreso (1961); Maula (1962); Poemas Infantiles (1965); El Viento de los Reinos (1967); Epifanías (1970); El poema negro de Chile (1974-1976); Bandos marciales (1974); La mesa de la tierra (1998); Antología (2000) y El poema en el poema (2004). Es uno de los poetas chileno más destacados. Actualmente vive en Francia.




LA COMPAÑERA

Así es mi compañera.
La he tomado de entre los rostros pobres
con su pureza de madera sin pintar,
y sin preguntar por sus padres
porque es joven, y la juventud es eterna,
sin averiguar donde vive
porquees sana, y la salud es infinita como el agua,
y sin saber cuál es su nombre
porque es bella, y la belleza no ha sido bautizada.
Es como las demás muchachas
que se miran con apuro en el espejo trizado de la aurora
antes de ir a sus faenas. Así es,
y yo no sé si más bella o más fea que las otras,
si el vestido de fiesta le queda mal,
o la ternura equivoca a menudo sus palabras,
yo no sé,
pero sé que es laboriosa.
Como los árboles, teje ella misma sus vestidos,
y se los pone la naturalidad del azahar
como si los hiciera de su propia sustancia,
sin preguntarle a nadie, como si la tierra,
sin probárselos antes, como el sol,
sin demorarse mucho, como el agua.
Es una niña del pueblo,
y se parece a su calle en un día de trabajo
con sus caderas grandes como las artesas o las cunas,
así es, y es más dulce todavía,
como agregar más pan a su estatura,
más carbón a sus ojos ardientes,
más uva a su ruidosa alegría.



LA MESA SERVIDA

Si arrancas el cuchillo del centro de la mesa
y lo entierras en el muro a la altura del hombre,
estás maldiciendo el pan con su semilla,
estás profanando el cuchillo que usa tu padre
para rebanarse la mano, para que la sangre sea más pura.
Y los hijos se reconozcan. Y no se oculten de sus hermanos.
Sólo el padre la recibe en su cabeza desnuda
ensordecido por el trueno, encandilado por el relámpago.
La recibe como el anuncio de un hijo tardío
o como el signo de una pronta desgracia.
No es una mesa, es una piedra. Tócala en la noche.
Es helada como el espejo de la sangre
donde nadie está solo sino juzgado por su rostro.
Tócala y pídele que vuelva a ser ella misma
porque si no existiera, no podríamos tocar
el sol con una mano y la luna con la otra.
Y comeríamos a oscuras como los ratones el grano.
Es la vieja mesa que nadie pudo mover.
Sólo la luz de la estación la cambia de sitio.
O los nuevos convidados con su voz nunca oída.
Y el ausente la encuentra siempre donde mismo,
siempre dándole su rostro, nunca a sus espaldas.
Porque el hombre tiene la edad de su primer recuerdo.
Y el ausente crece al caminar hacia ella.
Si la mesa está puesta es que alguien va a venir.
¿No la ha visto servida en la casa más sola?
¿No la ha visto surgir de la oscuridad
iluminada sólo por el brillo de las copas
y el color de sal fresca de todas las mesas?
Y es más bella que en el día más esperado
porque la ves con los ojos de un niño que ha crecido
o de la vieja mujer que dispone las flores.
Huelen las casas amadas a la limpieza de su mesa
y está servida en esa espera agrupada del árbol
que nadie puede recordar ni tampoco olvidar
porque todo lo que existe nació a la misma hora.
Y en el punto invisible que guía a las abejas
han puesto el pan y el vino a nuestro alcance.
Para que siempre te acuerdes al extender la mano
que estás tocando la mano de todos los hombres.
El trabajador

No estaba el hombre, estaba el trabajador
y su casa era de piedra, de piedra que sangra,
porque nunca se terminaba de hacer.
El tendría los años que tenía su padre
cuando se convirtió en esta misma herramienta
más dura que el acero, como el acero que suda,
que los hombres hacen más fuerte al gastarla
y hacen más suya que un abrazo quebrado.
Y él se parecía a ella cuando estaba en reposo
y a un sueño profundo cuando estaba trabajando,
alumbrado por la anochecida luz del carburo
con que se alumbran las tinieblas de la tierra.
Y esa débil luz enterrada, umbilical, entrañable,
me recordó el primer amanecer que vi en el mundo
como un solo hombre levantado entre las sombras.
Porque él no quería morir de otra manera
sino porfiando con el metal, diciendo no,
hasta el momento de arquearse y pedir agua.
Curvado la esperaría como se hacen los hombres
y se hacen los nudos, amarrados en ellos mismos,
de principio a fin al mismo trabajo.
Y ante esa mesa descansaba en cada anochecer
como descansa el trabajo de sus propios obreros.
Y el hombre olía a su materia originaria,
aquella que va tomando la forma de su cuerpo,
con quien hablaba durante jornadas enteras
como si fueran dos en su recóndito trabajo
y dos cuando guardaba silencio en la mesa.
Y algo les pedía a los alimentos cada noche.
Algo que también le daban los ásperos metales,
los metales amargos, los metales que duran.
Porque en la mesa de un buen trabajador
la tierra come en lo propio, en su plato de greda.
El lobo del hombre

Soy el lobo del hombre, soy el perro del hombre.
Soy el frío del amanecer, la raíz del frío.
Soplo el fuego, soplo la hoja del cuchillo,
pero ninguno de los dos sabe mi nombre.
El perro me lame los pies, el lobo me lame las manos,
pero ninguno de los dos sabe mi nombre.
Sólo lo conoce la madre de todas las sentencias.
Odio mi cara con hocico de lobo, con ojos de perro.
Odio la mano con que me la cubro.
Odio y amo la maldición escrita en mi frente
porque me liberó de todo amor, de toda culpa.
Amé primero el ruego mudo en los ojos de las bestias
y después la mueca ciega en la boca de los hombres.
Escuché aullidos, rugidos, mugidos, balidos.
Y alabé al dios de los animales con un rostro como el mío.
Con una mancha morada como una herida abierta.
Amé ese dios de rostro desnudo y odié el de los hombres,
el del rostro cubierto con una mano.
Con mi propia mano manchada para siempre.
Nací con esta deuda y moriré sin pagarla.




MIMBRE Y POESÍA

Mimbrero, sentémonos aquí en la calle,
y armemos con tus hilos blancos y con mis hilos azules
los esenciales artefactos de uso diario:
La paz, la mesa, la poesía, la cuna,
el canasto para el pan, la voz para el amor.
Armemos juntos las cosas más esenciales y más simples,
más hermosas y útiles, más verdaderas y económicas,
para cualquiera que pase nos comprenda y nos lleve.
Nos ame, y se pueda servir de nosotros. Nos necesite,
y podamos alegrarlo sin ninguna condición.
Tú armaras el canasto que la lavandera
necesita para sembrar la camisa más blanca,
y yo armaré una canción con olor a jabón y a pureza
para que ella junto al río halle más dulce su trabajo.
Tú tejerás la maleta para que el minero regrese,
para que los novios se casen, para que el hijo pobre
vaya a la ciudad a conquistar un oficio.
Y yo tejeré con los hilos más férreos de mi poesía
el descanso más digno, el amor más profundo, la esperanza más grande,
para que el obrero mire confiado su casa
y no parta el pan con recelo y a oscuras,
para que los recién casados puedan anidar todos los pájaros
y no tengan que apartarse por una gota de agua,
para que el hijo menor halle la herramienta en su sitio
y no tenga que volverse porque otros la escondieron.
Mimbrero, hermano mío, que es bello nuestro oficio
cuando a ti te encargan una cuna y a mí una esperanza,
cuando a ti te piden una mesa, un velador, un canasto,
y a mí un arma que defienda ese amoblado tan simple.
Que es bella la jornada cuando tocamos con el mimbre o las canciones
la forma desnuda de la vida: su cintura de trigo,
sus senos llenos de luna, su vientre cubierto de musgo,
sus muslos como ríos, sus brazos como ramas,
sus ojos como un camino en paz bajo la noche.
Que es bello nuestro oficio cuando tentamos ese cuerpo
y yo le pongo el nombre más dulce del amor,
y con mi verbo le digo: levántate, eres libre,
labora en paz, procrea primaveras y veranos,
y lega a toda la tierra tu apellido.
Y tú, oh mimbrero hermano, le vas tejiendo
todos los artefactos que ella necesita
para repartir el pan entre sus hijos:
canastos para almacenar la nieve y la salud,
pequeños cestos para guardar el polen y semillas
de una primavera a otra, cunas para continuar
el sol fecundo, maletas para traer la lluvia,
mesas para que las hojas caigan y vuelvan a ser verdes,
y sillas para descansar delante de la paz ganada.



DÍAS TRISTES / DÍAS FELICES


Viven tan poco los animales
y en cada uno de ellos
hay algo de mi vida que se niega a morir
y en cada uno hay un llamado mío
un oscuro deseo que ellos sólo conocen
porque son como el juego inventado por los días tristes
con los días felices.
Ellos aprendieron a ladrar y a maullar nombrándome
pero vivieron muy poco para seguirme desde lejos
hasta verme desaparecer en los caminos
y cada vez que me alejo de un lugar
yo los siento venir a mi garganta como un sordo
y dulce gemido.
Cuando los niños o los animales me olvidan
yo también me olvido por qué la lluvia y la nieve
me hacían tan feliz
yo también me olvido por qué he vivido hasta ahora.



EL POEMA EN EL POEMA

Si amé la poesía fue porque creí en ustedes
porque quise hacer de lo disperso una sola unidad.
Cuántas veces fui de la puerta al pozo con los ojos cerrados
y jamás me equivoqué porque tenía sed.
Y yo creí en los hombres cuando el animal abrevan
cuando duermen sentados la última parte de su vida.
Creí en la mujer con su eterno niño en brazos
cuya leche perdona a la madre, al padre y a su hijo.
Creí en el cavador de pozos cuya vida transcurrió sin dejar huellas
andando por debajo de la tierra, buscando elcauce originario de un río
y cuya mirada orienta aún a los caballos
porque conoce la máscara de polvo y de sudor de la sed.
Creí en el eterno captador de venas ocultas
en el nudo apretado de tinieblas que es el árbol.

Pienso en el poder de mis pocos objetos
que adquieren otro orden al comenzar un poema.
Madera dispersa de un viejo y olvidado naufragio
o vaso desenterrado donde el agua es más fresca.

Ellos son hechos con el polvo de todos los objetos
donde han desaparecido los días anteriores
menos este amanecido y enceguecido resplandor
preso en la telaraña resinosa de un pino.

Cuántas veces se cruzaron en mí dos o tres objetos
haciéndome unir la primera con la última línea
en una imagen indescifrable del lenguaje de las cosas.

Que otros se dejen arrebatar por las cosas hechizas.
Yo pienso en el trabajo hecho por el buen utensilio
de mango suavizado por el amor más durable.

Los verdaderos poemas son los póstumos
que se escriben a oscuras con la luz del relámpago.

Busquemos la llave que el mismo poeta escondió
en lo más visible del árbol
...................... su desnudez de invierno
o en lo más oculto de la raíz
....................... su sombra cuando florece.

Es bella una página como una mano abierta bajo la lámpara
con que se alumbran las tinieblas del origen
la tierra que un niño al nacer
...................... hace nacer
que un hombre al morir
............ hace morir

Oigamos su acento más puro
......... el de su propio silencio
parecido al silencio del animal mirando el mundo
y sabremos por qué se vive y se muere.
El poeta no alcanzó a decirlo y ése es su mérito mayor.
Abolir el tiempo es escribir un poema verdadero.

Si un niño entra sin ruido en mi cuarto es porque me vio
cortar una rama florida
como si fuera un ladrón en mi propio jardín.
Y es porque he pensado en él al encender la lámpara.
Siempre pienso en alguien al sentarme a la mesa vacía
y más ahora que han florecido los árboles.

Si un niño entra sin ruido es porque es igual a todos los poetas
quienes recuerdan un solo momento
y hacen de todos los lugares uno solo.

Cuánto se alegra de ver la rama florida en mi mesa
porque toda flor se convierte en su mente en una fruta madura.
Y el niño la olorosa como huele también mi mano.
Así lo he visto hacer con el pan, con el paño que lo cubre, con las cartas.
Y cuánto se alegra de ver todo el jardín en esta sola flor abierta.

Busco la compañía del agua y de la tierra
y como ya no puedo confundirme con ellas
............. las uno
si desposarlas es coger el barro de que fuimos hechos
amasándolo en mis manos hasta olvidar quién soy.

Yo mezclé la tierra con el agua sin ser alfarero
con una especie de goce doloroso
como si debiera destruir todo lo que hacía con esa pasta sagrada.

Si el poema no es más que el silencio de todos los poemas
la balanza donde se pesan la luz y el aire con el alma
.......... de las piedras
la única mirada que se recobra.
Si el poema es eso
quisiera ser escrito de nuevo por la mano que me creó
en esta misma página, en esta misma mesa y con mi lámpara de barro.



RECETA PARA EL AMOR

Para males de amores
dormir tres días,
dormir con ropa puesta
y luz prendida.
¿Y luz prendida?
Dormir tres días,
sus manos y sus ojos
que desvivían,
desprender su fragancia
con agua fría,
en la mañana
de los tres días.
¿De los tres días?
¡De tres mujeres
con que dormiste estos tres días!

 

Oscar Hahn - Premio Nacional de Literatura 2012

ÓSCAR HAHN (Iquique, 1938): Estudió Pedagogía en Castellano en la Universidad de Chile. Fue profesor de Literatura en la sede universitaria de Arica, en la Universidad de Maryland y actualmente en la la Universidad de Iowa, Estados Unidos. Ha publicado: Esta rosa negra (1961); Agua final (1967); Arte de morir (1977); Mal de amor (1981); Imágenes nucleares (1983); Flor de enamorados (1987); Poemas selectos (1989); Estrellas fijas en un cielo blanco (1989); Tratado de Sortilegios (1992); Versos robados (1996) Antología Virtual (1996); Apariciones profanas (2002).

EL DOLIENTE
Pasarán estos días como pasan
todos los días malos de la vida
Amainarán los vientos que te arrasan
Se estancará la sangre de tu herida

El alma errante volverá a su nido
Lo que ayer se perdió será encontrado
El sol será sin mancha concebido
y saldrá nuevamente en tu costado

Y dirás frente al mar: ¿Cómo he podido
anegado sin brújula y perdido
llegar a puerto con las velas rotas?

Y una voz te dirá: ¿Que no lo sabes?
El mismo viento que rompió tus naves
es el que hace volar a las gaviotas



HUESO

Curiosa es la persistencia del hueso
su obstinación en luchar contra el polvo
su resistencia a convertirse en ceniza

La carne es pusilánime
Recurre al bisturí a enguentos y a otras máscaras
que tan sólo maquillan el rostro de la muerte

Tarde o temprano será polvo la carne
castillo de cenizas barridas por el viento

Un día la picota que excava la tierra
choca con algo duro: no es roca ni diamante

es una tibia un fémur unas cuantas costillas
una mandíbula que alguna vez habló
y ahora vuelve a hablar

Todos los huesos hablan penan acusan
alzan torres contra el olvido
trincheras de blancura que brillan en la noche

El hueso es un héroe de la resistencia

VISIÓN DE HIROSHIMA
Arrojó sobre la triple ciudad un proyectil
único, cargado con la potencia del universo.
Mamsala Purva
(Texto sánscrito milenario)

Ojo con el ojo numeroso de la bomba
que se desata bajo el hongo vivo.
Con el fulgor del hombre no vidente, ojo y ojo.

Los ancianos huían decapitados por el fuego,
encallaban los ángeles en cuernos sulfúricos
decapitados por el fuego,
se varaban las vírgenes de aureola radioactiva
decapitadas por el fuego.
Todos los niños emigraban decapitados por el cielo.
No el ojo manco, no la piel tullida, no sangre
sobre la calle derretida vimos:
los amantes sorprendidos en la cópula,
petrificados por el magnesium del infierno,
los amantes inmóviles en la vía pública,
y la mujer de Lot
convertida en columna de uranio.
El hospital caliente se va por los desagües,
se va por las letrinas tu corazón helado,
se van a gatas por debajo de las camas,
se van a gatas verdes e incendiadas
que maúllan cenizas.
La vibración de las aguas hace blanquear al cuervo
y ya que no puedes olvidar esa piel adherida a los muros
porque derrumbamiento beberás, leche en escombros.
Vimos cúpulas fosforecer, los ríos
anaranjados pastar, los puentes preñados
parir en medio del silencio.
El color estridente desgarraba
el corazón de sus propios objetos:
el rojo sangre, el rosado leucemia,
el lacre llaga, enloquecidos por la fisión.
El aceite nos arrancaba los dedos de los pies,
las sillas golpeaban las ventanas
flotando en marejadas de ojos,
los edificios licuados se veían chorrear
por troncos de árboles sin cabeza,
y entre las vías lácteas y las cáscaras,
soles o cerdos luminosos
chapotear en las charcas celestes.
Por los peldaños radioactivos suben los pasos,
suben los peces quebrados por el aire fúnebre.
¿Y qué haremos con tanta ceniza?


CIUDAD EN LLAMAS

Entrando en la ciudad por alta mar
la grande bestia vi: su rojo ser
Entré por alta luz por alto amor
entréme y encontréme padecer
Un sol al rojo blanco en mi interior
crecía y no crecía sin cesar
yel alma con las hordas del calor
templóse y contemplóse crepitar
Ardiendo el más secreto alrededor
mi cuerpo en llamas vivas vi flotar
y en medio del silencio y del dolor
hundióse y confundióse con la sal:
entrando en la ciudad por alto amor
entrando en la ciudad por alta mar.



¿POR QUÉ ESCRIBE USTED?

Porque el fantasma porque ayer porque hoy:
porque mañana porque sí porque no
Porque el principio porque la bestia porque el fin:
porque la bomba porque el medio porque el jardín
Porque góngora porque la tierra porque el sol:
porque san juan porque la luna porque rimbaud
Porque el claro porque la sangre porque el papel:
porque la carne porque la tinta porque la piel
Porque la noche porque me odio porque la luz:
porque el infierno porque el cielo porque tú
Porque casi porque nada porque la sed
porque el amor porque el grito porque no sé
Porque la muerte porque apenas porque más
porque algún día porque todos porque quizás


SOY UNA PIEDRA LANZADA DE CANTO
Muerte escondida en los arrabales del silencio
en los sutiles pliegues de las sombras
¿soy el lanzado como una piedra por la mano de Dios
en el agua de la existencia?
¿soy el que en ondas circulares irá creciendo
hasta desbordarse en el vacío sin fin?
Porque ahora
como una tangente en agonía
toqué el acuoso círculo de las ondas despeñables
y lleno de pavor
como quien ve resucitar a sus muertos olvidados
sentí hambre de espacio y sed de cielo
Se romperá el espejo de mi vigilia
y no reflejará mis carnes en la florida tierra
Pero hay que morirse con las uñas largas
para poder cogerse del recuerdo.


TELEVIDENTE
Aquí estoy otra vez de vuelta
en mi cuarto de Iowa City

Tomo a sorbos mi plato de sopa Campbell
frente al televisor apagado

La pantalla refleja la imagen
de la cuchara entrando en mi boca

Y soy el aviso comercial de mi mismo
que anuncia nada a nadie.


ESO SERÍA TODO
Te estoy haciendo un destino aquí mismo.
Lo estoy dibujando en las alas de un pájaro.
Lo estoy pintando en la pared de mi cuarto.
Ahora el pájaro vuela con furia,
ahora lanza su grito de guerra
y se dispara contra la pared.
Sus plumas están flotando en el espacio.
Sus plumas mojándose en su sangre.
Coge una y te escribe este poema.


PAISAJE OCULAR
Si tus miradas
salen a vagar por las noches
las mariposas negras huyen despavoridas
tales son los terrores
que tu belleza disemina en sus alas.


Y AHORA QUE?
Y ahora
que haremos tu y yo
tomados de esa mano
que termina en un cuerpo
que no es el nuestro?



LUGAR COMUN

Vuelves a mí
Porque el asesino
Siempre vuelve al lugar del crimen



NINGUN LUGAR ESTA AQUI O ESTA AHI

Ningún lugar esta aquí o esta ahí
Todo lugar es proyectado desde adentro
Todo lugar es superpuesto en el espacio

Ahora estoy echando un lugar para afuera
estoy tratando de ponerlo encima de ahí
encima del espacio donde no estas
a ver si de tanto hacer fuerza si de tanto hacer fuerza
te apareces ahí sonriente otra vez

Aparécete ahí aparécete sin miedo
y desde afuera avanza hacia aquí
ya haz harta fuerza harta fuerza
a ver si yo me aparezco otra vez si aparezco otra vez
si reaparecemos los dos tomados de la mano
en el espacio
donde coinciden
todos nuestros lugares


AEROLITO
La velocidad del amor rompe la barrera de lo real
Y el mundo estalla en astillas de fuego
Sin la menor consideración para los despiertos


FRAGMENTOS DE HERÁCLITO
AL ESTRELLARSE CONTRA EL CIELO

Heráclito vivía en un río de Éfeso
encerrado en la placenta del sueño
lejos de los dormidos de la ribera
Heráclito tenía la barba luenga
y la lengua larga para lamerte mejor
No nos bañamos dos veces en el mismo río
No entramos dos veces en el mismo cuerpo
No nos mojamos dos veces en la misma muerte
A bordo de un tonel sube el Oscuro
en dirección a los rápidos rápidos
a contracorriente de Parménides
y desemboca en la Biblioteca de Londres
con la barba más negra y ancestros de aire
Heráclito vivía en un río de Éfeso
pero no se bañaba dos veces en el mismo río
Se bañaba en la catarata de un ojo
Se bañaba en su acuoso cuerpo
y rielaba fluía y ondulaba
Parménides vivía en un bloque de hielo
y se bañaba siempre en el mismo bloque
El que se purifica manchándose con sangre
el que se limpia el barro con barro
en este punto trata de retornar contradiciéndose
y reingresa en las llamas acuáticas
en las aguas flamígeras que flamean
A grupas de la luz monta el Oscuro
en dirección al gran Fuego celeste
a la velocidad del sentimiento
de los que se aman a primera vista
y se destroza en astillas de hielo
contra los muros del espacio finito
embarrado de estiércol y fango estelar
Si Heráclito no tuviera hidropesía
las clínicas se llenarían de agua
las camas blancas de arroyos enfermos
si Heráclito no tuviera hidropesía
Y en el Corral de las Constelaciones
los animales luminosos disputan
los desperdicios de su cuerpo encallado
La Osa chupa la miel de sus vértebras
el Pez desgarra sus carnes con algas
y el Can entierra en el cielo sus huesos
Heráclito vivía en el éter del cosmos
y era una tempestad de aerolitos
en dirección a los Mares terrestres
Heráclito tenía el alma seca
y el vino triste y un aire soñoliento

La civilización del espectáculo



por Manuel Hidalgo
El pesimismo de Vargas Llosa

 


El recién publicado libro de Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo (Alfaguara), tiene una réplica casi frontal, pero esta réplica, curiosamente, es un libro publicado meses atrás, El intelectual melancólico (Anagrama), de Jordi Gracia.

Vargas Llosa no pierde tiempo (ni espacio) en formular su tesis. En el primer párrafo de su libro, afirma -y ésta es mi cita principal de hoy respecto a una obra repleta de ideas considerables, estimulantes y subrayables- que la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está a punto de desaparecer.

El veredicto es alarmante y categórico, y, sea cual sea su argumentación -plausiblemente razonada en varios aspectos-, rezuma un pesimismo desolador, el pesimismo que Gracia combatía -¿con optimismo exagerado?- en su ensayo precedente. ¿Es Vargas Llosa un “intelectual melancólico”?

Recomiendo vivísimamente la lectura de los dos libros, quizás en el orden inverso en el que han sido publicados: primero, el de Vargas Llosa; después, el de Gracia. El lector que me haga caso obtendrá un extraordinario y ameno material para su reflexión.

En el capítulo introductorio y programático o sumarial de su ensayo, Vargas Llosa repasa -con gran utilidad para la mejor información del lector- los ensayos que, con anterioridad al suyo y desde distintas perspectivas ideológicas, ya se dedicaron a certificar la muerte o la agonía de la cultura por autores como T.S. Eliot, George Steiner, Guy Debord, Gilles Lipovetsky y Jean Serroy o Frédéric Martel. Es un “digest” obviamente incompleto, pero que sitúa muy bien las coordenadas del asunto a tratar, luego desarrolladas con miniensayos completados con artículos ya publicados que operan como ejemplos o síntomas -a pie de obra- en favor de los razonamientos desplegados.

La cultura, entendida inevitablemente como la alta -y honda, y transcendental- cultura, la cultura que representan las manifestaciones de la literatura y de las otras artes en su máximo nivel de calidad y de exigencia formal y de fondo, estaría en fase de demolición y extinción, sustituida por la banalidad, la trivialidad, el todo vale, la ausencia de jerarquía, la impostura, la comercialización y, sobre todo, los estragos de su propia democratización -la accesibilidad a todos-, que ha tenido como consecuencia su rebaja y su identificación con una mercancía del entretenimiento y del ocio que reduce hasta la náusea su excelencia originaria y mantenida en el tiempo, hasta situarla -lejos de las minorías que la conservaban y patrimonializaban- en una fruslería para consumidores de productos de distracción, de aspirantes a cierto estatuto epidérmico de personas cultas.

El tema es inabarcable en estas pocas líneas, y el mérito de Vargas Llosa -como de su previo oponente Jordi Gracia- consiste en ofrecernos argumentos variados para que decidamos -si podemos- en qué situación estamos. Insisto: recomiendo efusivamente leer los dos libros.

Me llevaría, con todo derecho y deber, otro libro hacer la síntesis de ambas argumentaciones y, no digamos, superar tal síntesis con la concurrencia de otros matices diagnósticos.

La postura de Mario Vargas Llosa, a la que estamos ahora, tiene algo -bastante- de apocalíptica, y sólo diré que, en parte, es fruto de un factor que el escritor trata en el libro con rapidez: la influencia de los medios de comunicación.

Los medios, en los últimos veinte años, han contribuido -como la educación escolar- a la erosión de la cultura. Vargas lo explica. Sólo diré: los medios crean realidad y, por tanto, influyen en la realidad, pero uno de los debates más enjundiosos a mantener ahora consiste en dilucidar hasta qué punto -y precisamente en lo referente a la cultura-, los medios, a la vez, no recogen la auténtica realidad y dejan fuera una realidad ajena a ellos y a sus intereses, paralela, distinta a la que como espejo dicen contener. En esa otra realidad, y por más minoritaria que sea -como siempre ha sido la cultura verdadera, aunque Vargas parezca dar a entender lo contrario-, hay más motivos para un contenido optimismo (Gracia) que para un desbordado pesimismo (Vargas).

No hay duda de que la cultura pasa por problemas. Pero uno de sus problemas son los medios de comunicación -que han renunciado a ser prescriptores de lo bueno, a jerarquizar, a discernir-, lo que, a su vez, afecta al veredicto ecuánime que pueda hacerse hoy sobre la realidad y, por supuesto, sobre la cultura. Hay otra realidad, hay otra cultura que sigue siendo la cultura de siempre, que, desde luego, jamás ha sido la cultura de las masas, hoy, por otra parte, se quiera o no, más cercanas que nunca al menos a sus efluvios.

Nadie dice -no digo yo- que haya que dar saltos por ello, ni, sobre todo, que no haya que reponer el peso de las humanidades y de las ciencias -también de las artes- en la escuela para retomar la posibilidad -perdida en España desde hace treinta años- de efectuar la definitiva remontada -la ampliación de la minoría-, que también haría pensarse a los medios en papel de qué hablar, a quién dirigirse y cómo, lo que de paso garantizaría -y ésa es otra historia- su supervivencia frente a Internet.

Literatura en TV