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sábado, 29 de septiembre de 2012

Los personajes de mis libros me persiguen: Nicole Krauss


Por: El Universal
29/09/2012

México, D.F.-
Con sólo 38 años y tres novelas, “Llega un hombre y dice, La historia del amor y La gran casa”, Nicole Krauss (Nueva York, 1974) se ha convertido en una de las escritoras más elogiadas en Estados Unidos. Sus obras han sido traducidas a 35 idiomas, ha ganado numerosos premios, y autores tan consagrados como Susan Sontag y el Nobel J.M. Coetzee la han alabado. Por eso lo que más llama la atención de ella cuando uno la conoce, además de su belleza y juventud, es su timidez y humildad.
Dice que escribe para sí misma, que no piensa en los lectores hasta que termina el libro, y que en entonces siente una gran inquietud sobre si lo que ha escrito gustará o no. Su éxito en tantos países lo justifica al asegurar que la literatura estadounidense se ha puesto de moda, así que eso, y el hecho de escribir en inglés, hacen que lo tenga más fácil que el resto para triunfar.
Hace unos días, Nicole Krauss, en el festival literario “Hay Festival” de Segovia, España, presentó su último libro:” La gran casa” (Salamanca), nominada en EU al National Book Award. Una historia sobre la memoria, las relaciones entre padres e hijos, la vida interior del ser humano, el holocausto judío, las guerras de Israel o el golpe de Estado en Chile, que escribió en el 2010 pero que se acaba de publicar en España y que en diciembre llegará a México.
El libro gira en torno a un escritorio robado que podría haber sido del poeta Federico García Lorca y que le presta a una de las protagonistas Daniel Varsky, un joven poeta chileno que desaparecerá durante la dictadura militar de Augusto Pinochet. Y a través de ese mueble se entrelazan historias de varios personajes que se replantean sus vidas, luchan consigo mismos, muestran sin pudor sus dudas y sus debilidades, sufren y se confiesan.
“Después de escribir ‘La historia del amor’ me di cuenta de que los personajes eran encantadores, estaban llenos de humor y antes de cualquier otra cosa te hacían reír aunque también sufrían”, relata a EL UNIVERSAL.
“En esta ocasión me interesaba escribir algo diferente. Sobre gente que está en mitad de un conflicto y que a través del libro se confiesa, lo que provoca una catarsis en el propio personaje, en mi y también en el lector”, dice.
Krauss reconoce que cuando lees un libro que trata sobre el sufrimiento “sientes un enorme alivio de poder hablar sobre un tema como ese”. Y cuando escribes sobre personajes que sufren “es como si ellos se mostraran desnudos y existiera una redención al confesar”. En este sentido explica que no escribe sobre asuntos dolorosos “para obligar al lector a enfrentarse con ellos. Hay muchas cosas a las que nos da pánico enfrentarnos o que nos resultan demasiado dolorosas, pero cuando las vemos a través del arte o de la literatura sentimos un enorme alivio”, asegura.
Dice que no llora cuando escribe, pero si confiesa que sufre y también que sus personajes le persiguen.
“Cuando escribo un libro, vivo el libro constantemente, cuando estoy en el Metro, cuando me voy de compras, cuando cocino”, explica. “Los únicos personajes que puedo escribir son aquellos que siento que están vivos, que tienen su propia vida, y por supuesto no sé cual será su destino cuando empiezo a escribir.
Por eso siento una gran ansiedad por saber quienes son y que les ocurrirá y también preocupación. Sufro”.
En este sentido dice que le sorprende el que mientras todos los lectores reconocen el sentido del humor en determinadas páginas “no todos se conmueven en los mismos capítulos. Y donde tu esperabas que lo hicieran muchas veces no lo hacen”.
- Amante de la literatura
Desde niña, Nicole Krauss supo que se dedicaría a la literatura. Empezó a escribir poesía a los 15 años, y luego dio el salto a la novela. Dice que empezó a escribir porque le da la oportunidad de convertirse en otra gente. “Yo ya sé como es mi vida. Lo que me interesa saber es como es la vida de un anciano en Israel, o de una novelista mayor que yo, que toma decisiones distintas a las mías”.
Explica que a partir de esa imaginación y para que sus personajes cobren realidad pone parte de si misma en sus novelas. “Es un equilibrio muy sutil entre lo que imagino y lo que pongo de mi misma en ella”, asegura. Pone de ejemplo la primera conversación que tuvo con su hijo sobre la muerte, cuando él tenía tres años y medio. “Está completamente transcrita en la novela”.
- Sobre la historia
La gran casa cuenta la historia de varios personajes que se entrelazan, y dos de ellas son escritoras que en un momento de su vida sienten un bloqueo y no son capaces de escribir. “Yo también he tenido esa sensación entre una novela y otra”, reconoce. “Son periodos difíciles en los que escribo muchas historias distintas pero que no tienen ninguna relevancia para mi. Historias que no me creo. Entonces me pregunto por qué escribir si ya hay tantos libros. Para qué añadir uno más”.
Es entonces cuando día tras días Krauss se sienta en su escritorio, con 19 cajones igual que el de la novela, y no siente esa urgencia por escribir. “Cuando pasas mucho tiempo escribiendo y desde tan joven como yo, esa sensación es muy incómoda porque pierdes tu convicción y te planteas si de verdad eres escritora.
Hasta que de repente algo cambia y el sentido de la urgencia y una fluidez vuelven, y ya ni me acuerdo de como era no poder escribir”.
Niega que sea inspiración. “Creo que tiene algo más que ver con que cuando escribo una novela puedo incluir en ella algo que realmente me interese y me preocupe a mí. Por eso al acabarla acabo exhausta”. En La gran casa, dice, quería escribir sobre la herencia, pero no sobre la material, sino sobre la herencia emocional que se le deja a los hijos.
“Cuando la escribí acababa de ser madre por primera vez, así que me pregunté no sólo qué había recibido de mis padres, sino qué herencia emocional le iba a dejar a mi hijo”, concluye la escritora.

NICOLE KRAUSS

Madrid. (EFE/Carmen Sigüenza).- Neoyorquina, "cool", muy inteligente y una de las escritoras literarias con más éxito entre críticos y lectores. Así se podría intentar definir a Nicole Krauss, que trae a España su última novela, La gran casa, una reflexión sobre la memoria, la necesidad de reinventarse y el poder de la literatura.
"Un libro no puede detener una guerra, alimentar a un niño hambriento o evitar el dolor -explica Krauss a Efe-, pero si nos pudieran hacer una operación y ver en lo más profundo cómo nos han ido cambiando los libros que hemos leído, sería como una revolución nuclear; así es que, sí, la literatura cambia nuestra forma de ser", dice esta escritora, a la que persigue la fama, pero de la que se defiende muy bien.
Así, Nicole Krauss, elegida entre los veinte mejores escritores estadounidenses menores de 40 años, traducida a 35 idiomas, fue elogiada por escritores como Susan Sontag o J.M. Coetzee desde su primera novela, y ya su segundo libro, La historia del amor, fue todo un éxito.
Ahora, recién llegada a España -el miércoles participará en el Hay Festival de Segovia-, Krauss, casada con otro escritor, Jonathan Safran Foer, habla con Efe de La gran casa, publicada por Salamandra y finalista del premio National Book Award, una novela que comienza con un protagonista y leitmotiv: un escritorio robado que podría haber sido de Federico García Lorca y que le presta a una de las protagonistas un joven poeta chileno que desaparecerá en el régimen de Pinochet.
Un hilo conductor para una historia sobre la memoria, las múltiples pérdidas, la vida interior, el Holocausto o la dictadura chilena. Un viaje por el interior del ser humano, las relaciones, y un vuelo exterior por Nueva York, Jerusalén, Londres o Budapest.
El libro comienza con una reivindicación de la poesía y la escritura. "Me gusta escribir sobre los escritores porque ellos se esfuerzan por que se les entienda y por ser comprendidos. Siempre me he preguntado si el libro es útil al lector y si es algo que vale la pena hacer; y creo que sí, y esa es la preocupación de mi vida", precisa esta autora formada en Stanford y Oxford.
Con la cita de Walter Benjamin "la narrativa es el lenguaje del perdón", Krauss añade que "la literatura nos da un consuelo que no nos da otra cosa. En nuestra vida ocurren cosas caóticas y sin sentido y, cuando las reconstruimos con la lectura de las novelas, creamos un mundo paralelo lleno de sentido. Y ese mundo paralelo es igual de real y tiene el mismo efecto en nosotros", recalca.
La gran casa comenzó solo con un primer capítulo sobre este gran escritorio. Krauss lo publicó como un cuento, de enorme éxito, en una revista literaria; luego se convirtió en una gran narración, con historias trenzadas con cuatro protagonistas sobre el peso de la memoria y la herencia.
Para eso, Krauss abre la narración con una escritora solitaria en Nueva York que, tras varios fracasos amorosos porque no puede conciliar su vida creativa y solitaria con los otros, recibe de manera circunstancial este viejo escritorio, con el que pasará años conviviendo y en el que escribirá sus mejores libros.
Pero un día recibe la llanada de una hija de Daniel Varski, el poeta chileno desaparecido bajo la dictadura de Pinochet, reclamando el escritorio. Mientras, en Londres un hombre descubre el secreto que durante más de cincuenta años le ha escondido su mujer, una escritora judía.
Un puzzle que se cierra con un anticuario israelí especializado en recuperar muebles expoliados por los nazis, cuya relación con sus hijos, y en especial con uno que es escritor, es muy difícil y compleja.
Todo ello con el nexo común del escritorio de diecinueve cajones, con uno de ellos cerrado permanentemente y muy parecido al que posee la propia escritora en su casa. Un mueble símbolo y metafórico, "un monstruo grotesco y amenazador", en palabras de uno de los protagonistas, de esta novela escrita por esta admiradora de Bolaño, Vila Matas o Antonio Muñoz Molina.

Crítica chilena actual: El castellano: idioma de la fe

4. El castellano: idioma de la fe 48
48 José Miguel Ibañez Langlois, “Hispanoamérica: sangre, letra y espíritu.” Veinticinco años de crítica, 58. La cita dice: “Todos los ejemplos mencionados [el Quijote, la Vida de Santa Teresa, San Juan de la Cruz] apuntan a una dimensión muy precisa del castellano: es un idioma de la fe.” Los destacados son del original.

49 La centralidad de este tema, desde fines de los sesenta hasta los ochenta, se puede apreciar en el proyecto
de investigación general bajo el título América Latina en su cultura, impulsado por la Unesco a partir de 1967
con el objetivo de comprender América Latina como una totalidad, atendiendo a sus rasgos particulares y a
las relaciones que establece con otras culturas. En 1972, se publica entonces el primer volumen
correspondiente a esta serie bajo el título América Latina en su literatura, coordinado por César Fernández
Moreno y publicado por Siglo XXI y la Unesco. En los aportes de los diversos críticos y escritores que
colaboraron en el volumen y que no son exclusivamente hispanohablantes (se incluyen aportes de brasileros
como Haroldo de Campos y Antonio Candido, entre otros) se aprecia con intensidad el problema de la
literatura y sus relaciones con la sociedad. Para 1986, la serie había aumentado sus publicaciones a seis: luego
de América Latina en su literatura, siguieron América Latina en sus artes (1974, coordinado por Damián Bayon),
América Latina en su arquitectura (1975, coordinado por Damián Bayon y Paolo Gasparini), América Latina en su
música (1977, coordinado por Isabel Aretz), América Latina en sus lenguas indígenas (1983, coordinado por
Bernard Pottier) y América Latina en sus ideas (1986, coordinado por Leopoldo Zea). También es cosa de
repasar algunos de los títulos de las monografías principales sobre el tema literario, como los siguientes: Ángel
Rama, Los gauchipolíticos rioplatenses: Literatura y sociedad. Buenos Aires; Calicanto Editorial, 1976; Françoise
Perus, Literatura y sociedad en América Latina: el modernismo. México: Siglo XXI, 1976; Ernesto Mejía Sánchez,
Literatura y sociedad puertorriqueñas, México: Facultad de Filosofía y Letras, Centro de Lingüística Hispánica,
1977; Roberto Fernández Retamar, Calibán y otros ensayos: Nuestra América y el mundo. La Habana: Ed. Arte y
Literatura, 1979; Antonio Cornejo Polar, Literatura y sociedad en el Perú: la novela indigentura. Lima: Lasontay,
1980; Valentín Tascón, Literatura y sociedad en América Latina. Salamanca: San Esteban, 1981; así, muchos otros
más.

Pero aun considerando la inevitable convergencia de pasiones humanas en un
proceso espiritual de esa naturaleza, debe decirse que la evangelización ibérica de
nuestro continente es una de las mayores hazañas históricas de la Iglesia en sus
veinte siglos de existencia, y un fenómeno constitutivo de nuestro ser cultural y de
nuestra creatividad literaria y artística hasta su médula más intrínseca.

José Miguel Ibañez Langlois - Hispanoamérica: sangre, letra y espíritu



En el contexto hispano-latinoamericano de la crítica, ese que se estaba forjando en los
diversos encuentros internacionales de escritores e intelectuales celebrados en Chile como en otras
partes del continente, a través del lugar central que ocupo Casa de las Américas como institución de
promoción cultural y muchos otros proyectos de revistas y de editoriales, se compartía claramente el
principio emancipatorio que debía permear todo el pensamiento cultural. Sin embargo, se percibía
también una compleja tensión en lo que respecta la formación particular de la cultura hispano o
latinoamericana.49


De hecho, en 1972, el cubano Roberto Fernández Retamar, revisando los distintos esfuerzos
de la crítica literaria del continente por construir una teoría de nuestra literatura bajo las influencias
de la filosofía y de las nuevas ciencias del lenguaje, advertía que todo esfuerzo al respecto debía tener
en mente la simple verdad que “una teoría de la literatura es la teoría de una literatura”.50

50 Roberto Fernández Retamar, “Para una teoría de la literatura hispanoamericana.” Para una teoría de la
literatura hispanoamericana. 1ª Edición completa. Santa Fé de Bogotá: Publicaciones del Instituto Caro y Cuervo,
1995. 82.

51 Baste como ejemplo del método de Félix Martínez Bonati el reconocimiento que él mismo hace de este al
iniciar su indagación fenomenológica-estructural: “determinación apriorística de la estructura esencial y
necesaria de estos objetos de pura intencionalidad que son las obras poéticas. Una determinación de validez
irrestringidamente general para la cual basta, idealmente, una sola experiencia poética.” Félix Martínez Bonati,
La estructura de la obra literaria (Una investigación de filosofía del lenguaje y estética). Santiago de Chile: Ediciones de la
Universidad de Chile, 1960. 14.

52 Ibíd.

Criticando así los intentos de distintos escritores y académicos por escribir textos de teoría
literaria en el continente –aunque sobre todo el libro de Félix Martínez Bonati La estructura de la obra
literaria (1960), que él concebía como el único intento que podía llamarse realmente teoría literaria,
pero de una teoría fenomenológica y esencialista que se desprendía de ejemplos provenientes de la
literatura o filosofía europeas51– el crítico cubano sentencia:

Las teorías de la literatura hispanoamericana, pues, no podrían forjarse trasladándose
e imponiéndole en bloque criterios que fueron forjados en relación con otras
literaturas, las literaturas metropolitanas. Tales criterios, como sabemos, han sido
propuestos –e introyectados por nosotros– como de validez universal. Pero también
sabemos que ello, en conjunto, es falso, y no representa sino otra manifestación del
colonialismo cultural que hemos sufrido, y no hemos dejado enteramente de sufrir,
como secuela del colonialismo político y económico.52



Así, en otro ensayo dedicado a la lingüística y al estructuralismo, dirá Fernández Retamar que
si bien no es posible desestimar de buenas a primeras aportes teóricos que ayudan a comprender
procesos propios de la literatura y su historia, la remisión de las “series literarias” a las “series
históricas” a través de la descripción estructural de las obras estéticas verbales, a la crítica


latinoamericana tiene que pesarle siempre el problema de la valoración: “concretamente, [la] de
nuestra serie literaria y de nuestras obras”.53

53 Roberto Fernández Retamar, “A propósito del círculo de Praga y del estudio de nuestra literatura.” Para una
teoría de la literatura hispanoamericana, 68.

54 Ibíd., 71.

Los modelos de análisis desarrollados a partir de las tendencias estructuralistas han sido
elaborados en relación estrecha con una determinada praxis literaria y, por lo tanto, es necesario
asumir que no hay método ni teoría transparente ni universal. Cada práctica crítica es heredera de su
propio momento histórico y de sus circunstancias sociales, porque de fondo, justamente, sobrevive
implícito el problema de la valoración de los diversos fenómenos literarios.

De tal forma, Fernández Retamar alude al texto “Aristarco o anatomía de la crítica” de
Alfonso Reyes y su propuesta de aplicar, entre el mero impresionismo y el juicio, los métodos de la
exégesis o ciencia de la literatura: históricos, sicológicos y estilísticos (donde Fernández Retamar
advierte que para entonces, ya quedaba claro que la estilística no era más que un caso particular de
los métodos formales). Claro que para poder iniciar esta tarea, en la confluencia de impresionismo,
juicio y método, “era menester replantearse el sentido, la ubicación no ya de nuestra literatura, sino
de nuestra cultura toda”.54

 El problema de esta reevaluación cultural desde la tradición humanista que proponía Félix
Martínez Bonati en 1960 como misión social y educativa de la universidad, es que abogar por un
estudio de la cultura particular del continente significa caer en la peligrosa relativización de las
virtudes universales de la humanidad, de la ciencia y la cultura. Según el profesor y teórico literario,
esta relativización es una ficción compensativa de nuestra incapacidad para alcanzar el nivel
internacional de investigación y el de la tradición espiritual de occidente. Así, se quiere hablar de una
cultura deliberadamente nacional o “americana” y “se desciende en la regresión hasta un nativismo
anémico que finge extraer de los cacharros de greda o de la cueca una substancia espiritual salvadora.


En la impotencia para conquistar el nivel de los patrones objetivos de la cultura, se extrapolan como
pretendida cultura propia las casualidades subjetivas de nuestro proceso histórico”.55

55 Félix Martínez Bonati, “La misión humanística y social de nuestra Universidad,” 19.

56 Para la discussion sobre nacionalismo y comunidad imaginaria, véase Benedict Anderson, Imagined
communities: reflections on the origin and spread of nationalism. Revised Edition. London: Verso, 2006.

57 Félix Martínez Bonati, “La misión humanística y social de nuestra Universidad,” 19.

Uno de los argumentos que sustentan esta posición de Martínez Bonati y que es uno
importante a considerar, es el que alude a los peligros de los nacionalismos populistas y del
patriotismo; ese criollismo burdo del huaso, de la cueca y del roto que tantas discusiones generó
durante los cincuenta. La pérdida de la capacidad crítica que conlleva la sublimación de esencias y
orgullos singulares que en el fondo no poseen ningún sentido más allá de la naturalización irreflexiva
de una comunidad imaginaria.56 Lo que redunda entonces en una marginación y una clara reducción
de las posibilidades expresivas y creativas del pensamiento al conservar una condición parasitaria
frente a los logros que ha producido y produce la cultura de occidente.

No obstante, su propuesta no hace concesiones y alude a una aceptación total del espíritu
europeo. Acusándonos de malversadores de dicha cultura, Martínez Bonati declara que
“usufructuamos de la cultura europea –lengua y religiones, máquinas y medicinas, arte e ideas–, pero
no la asumimos con hondura. No nos hacemos cabalmente cargo de la cultura heredada. Realizamos
solo a medias esta forma de vida. Esto es: nos realizamos solo a medias, y pretendemos justificar y
hasta exaltar esta mediocridad como invención de formas originarias”.57 Lo que en otras palabras
quiere decir, que si no aceptamos ese destino, si no nos sometemos a su potente verdad, no
saldremos jamás de la irrealidad histórica, de la mera receptividad y dependencia, libre o forzada.

Renunciar entonces al relativismo de la particularidad, privilegiando la generalidad histórica o
metafísica de la cultura de Occidente, disfrazada bajo el prurito de la “universalidad”. Sin embargo,
el problema destacado aquí por el contraste entre Martínez Bonati y Fernández Retamar no es la
simple afirmación de una identidad absolutamente europea, una mezcla o una propia y diferente –


como es el caso de muchas investigaciones que buscan describir la identidad mestiza o híbrida de
Latinoamérica–, sino el conflicto de reconocer la cultura en su dinámica, en su formación claramente
heterogénea en la que se imbrican conflictivamente diversos factores de todos los discursos
participantes. Una dinámica en la que los purismos y las esencias culturales no tienen cabida.

Precisamente, en estos debates latinoamericanos surgen un número considerable de
propuestas distintas para estudiar la compleja articulación entre literatura y sociedad en la
conformación de la cultura. Tomando aspectos diversos de metodologías estructurales, marxistas,
antropológicas o sociológicas, entre otras, se intenta dar un giro en lo que a la crítica literaria se
refiere para ensayar una respuesta a este problema, partiendo del análisis de obras literarias
producidas al interior de esta cultura conflictiva.

El colombiano Carlos Rincón, por ejemplo, en 1978 publicará su compilación de ensayos El
cambio actual de la noción de literatura, en la que, reconociendo el aporte de Fernández Retamar en
señalar la necesidad de tomar como base objetos pertenecientes a nuestra tradición y no los de otras,
invita a notar precisamente el carácter particular de la noción de literatura y, por lo tanto, también el
carácter particular de la crítica latinoamericana. Frente a la tensa situación que despierta el contraste
entre proyectos sociales y las dictaduras que para entonces sometían a gran parte del continente, se
aprecia el surgimiento de una literatura de características particulares, con una dimensión estética
muy diferente a la del placer estético desinteresado en Kant. Una dimensión estética volcada sobre la
tarea de transformar la conciencia político-social y con ello configurar un nuevo tipo de placer.
Elementos que implican al mismo tiempo una estrategia político-estética, al nivel de la escritura,
rompiendo con la praxis literaria tradicional.58

58 Carlos Rincón, El cambio actual de la noción de literatura y otros estudios de teoría y crítica Latinoamericana. Bogotá:
Instituto Colombiano de Cultura, 1978. 34.

En consecuencia, es la misma obra literaria la que exige una nueva disposición del crítico,
quien tiene que asumir una actitud anticolonialista y democrática para lograr comprender los textos


literarios latinoamericanos de la actualidad. Sólo así es posible articular “un discurso crítico capaz de
descifrarlos en cuanto objetivaciones de prácticas significantes específicas, dotadas de un carácter de
clase, e incluidas activamente dentro de la dinámica de las contradicciones de un proceso histórico
particular”.59

59 Ibíd., 72.

60 Antonio Cornejo Polar, Sobre literatura y crítica latinoamericanas. Caracas: Ediciones de la Facultad de
Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela, 1982. 11.

61 Ibíd., 34.

Lo mismo sucede con los aportes del peruano Antonio Cornejo Polar y el uruguayo Ángel
Rama, quienes en 1982 publican Sobre literatura y crítica latinoamericanas y Transculturación narrativa en
América Latina, respectivamente. El primero, planteará una agenda problemática para la crítica,
estableciendo como su problema central la comprensión de la literatura junto al proceso social del
que emerge y sobre el cual se revierte. Para el peruano, el sujeto primario de la literatura es el mundo
y, por lo tanto, propone siempre a sus lectores una imagen hermenéutica de él, una interpretación
determinada, que no necesariamente responde a los intereses del autor. Pensando entonces que “la
literatura latinoamericana está sustantivamente ligada desde sus orígenes a una reflexión sobre una
realidad que unánimemente se considera deficitaria” y además, porque “hay en [ella], en efecto, una
suerte de modulación propiciatoria que parece ensayar desiderativamente un mundo todavía no
realizado”60, queda en evidencia que la tarea de la crítica es principalmente “revelar qué imagen del
universo propone a sus lectores, qué conciencia social e individual la estructura y anima”.61 Cosa que
es imposible sin comprender los procesos históricos y culturales propios a la región.

El segundo, partiendo de la misma premisa, la determinación íntima de la literatura con la
sociedad, insiste en que las obras literarias “no están fuera de las culturas sino que las coronan y en la
medida en que estas culturas son invenciones seculares y multitudinarias hacen del escritor un
productor que trabaja con las obras de innumerables hombres. Un compilador, hubiera dicho Roa


Bastos. El genial tejedor, en el vasto taller histórico de la sociedad americana”.62 De modo que
revisando los diversos intentos históricos de la crítica por hacerse cargo de la “expresión americana”
–como lo diría Pedro Henríquez Ureña– y sus propios conflictos entre el cosmopolitismo y el
regionalismo, queda claro que de todas formas la piedra fundacional de su labor, en la medida en que
requiere marcar también la singularidad de la obra literaria, está en buscar la particularidad cultural
de la región: “La única manera que el nombre de América Latina no sea invocado en vano, declara
Rama, es cuando la acumulación cultural interna es capaz de proveer no sólo de „materia prima., sino
de una cosmovisión, una lengua, una técnica para producir las obras literarias”.63

62 Ángel Rama, Transculturación narrativa en América Latina. México D.F.: Siglo XXI, 1982. 19.

63 Ibíd., 20.

Humanismo autoritario:

Crítica literaria chilena actual.

Breve historia de debates y polémicas: de la querella del criollismo hasta el
presente.


Vicente Bernaschina Schürmann – Paulina Soto Riveros
© 2011

Todos los derechos reservados.

  
1. Una pregunta

¿De qué forma puede ser que un método de análisis literario sea parte central de la memoria
histórica de Chile?

La pregunta me viene rondando hace tiempo. Para ser más exacto, desde el momento
preciso en que me plantee la posibilidad de este capítulo.

Tanta tribuna se le ha dado al sacerdote José Miguel Ibañez Langlois (Ignacio Valente) en la
crítica literaria chilena, en su exaltación de la palabra poética y en sus diatribas en contra del
estructuralismo que me molestaba desde un principio volver sobre él. Es que hoy en día ni yo
mismo creo en las capacidades del estructuralismo así sin más de funcionar como un método
absoluto para la teoría y la crítica literaria; sobre todo, después de la experiencia universitaria, de la
revisión de un sinnúmero de artículos críticos estructuralistas que se desvivían en páginas y páginas
de esquemas, fórmulas y clasificaciones para llegar a conclusiones minúsculas. En el fondo, un
método con serias dificultades para afrontar la encrucijada valorativa que la literatura nos exige.

En lo referente al resto de sus opiniones, me hubiera gustado zanjar el asunto como lo hizo
Enrique Lihn respecto de Alone hacia fines de los sesentas en el diario El Siglo:

Hace ya demasiado tiempo que don Hernán Díaz Arrieta pertenece al pasado. […]
Diferir de Alone, rebatirlo, impugnarlo, atacarlo, se ha convertido en un juego sin
atractivo por las facilidades que ofrece y si alguien cree que su condición personalista
de discrepancia universal […] prueba su actualidad como cronista; si alguien cree
esto es un perfecto tontorrón. […] Todos están conscientes de las limitaciones de su
temperamento, de la falacia de su método como historiador de la literatura y de su
caprichoso infantilismo crítico.1

1 Enrique Lihn, “Alone, no.” El circo en llamas: una crítica de la vida. Edición de Germán Marín. Santiago de Chile: Lom, 1997. 418-419.



Pero, en fin, Alone existe, termina diciendo Lihn, lo que lo obliga una vez más a rebatir sus
argumentos y aclarar por qué precisamente “Alone, no”. En mi caso, no fue sólo que Valente
existiera, sino que su perversión era aún mayor.


Con el lento aprendizaje de la lectura y de la historia, me fue quedando cada vez más claro
que ya para la década de los setenta los críticos literarios chilenos y latinoamericanos tampoco creían
en el estructuralismo así sin más. Evidentemente, hay presupuestos teóricos invaluables y un giro
lingüístico en las ciencias que rompe con una tradición clásica de estudio de las humanidades,
aunque eso no bastaba para iniciar el trabajo que de verdad se necesitaba en nuestro continente. El
estructuralismo había sido el empujón inicial, pero ya varios habían tomado sus rumbos e iniciado
una discusión muchísimo más viva e interesante a partir de las diferencias sociales, étnicas y
culturales en cada una de nuestras regiones.

Entonces, ¿por qué insistir tanto en la eliminación de aquella metodología? ¿En su control y
supresión?

Razones y motivaciones pueden haber muchas. Permítaseme anticipar algunas que espero se
hagan más evidentes en el desarrollo de este capítulo:

Desde el golpe y la intervención militar en las universidades, los estudios literarios apenas
lograron sobrevivir. El refugio en la estilística y en el estructuralismo más inmanentes fue la salida
posible para conservar la enseñanza de la disciplina y no compartir el destino de otras carreras como
sociología, cuyo perfil era, a juicio de la junta militar, decididamente peligroso. Había que extirpar de
raíz las células desde las cuales se diseminaba el cáncer marxista. En este sentido, negar al
estructuralismo en la apreciación literaria y en la educación poética servía de vigilancia constante para
que las disciplinas se mantuvieran en ese inmanentismo aséptico o se replegaran hacia dimensiones
más tradicionales de los estudios literarios.

Claro que también, y esto es lo fundamental a mi parecer, se cumplía un programa de
exterminio de las diversas vertientes que podían surgir a partir de los presupuestos teóricos sentados
por el estructuralismo. Principalmente, una conciencia fuerte sobre el poder de las ideologías y una
perspectiva racional y claramente argumentada que lograba romper de una buena vez con la


naturalizada cadena que amarraba a sujetos, lenguas, identidades nacionales, tradición cultural y
destino espiritual. No olvidemos que para la política cultural de la dictadura, la guerra que combatían
en ese momento no era sólo en contra de una posición política o administrativa, sino en contra de
aquella concepción total de la vida, “que pretende imponerse y avasallar la cultura occidental a la que
adherimos”.2

2 Política cultural del Gobierno de Chile. Santiago de Chile: Editora Nacional Gabriela Mistral, 1975. 40.

3 Por ejemplo, Camilo Marks, “Criticar al crítico.” La crítica: el género de los géneros. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2007. 87.


4 Bernardo Subercaseaux, Transformaciones de la crítica literaria: 1960 – 1982. Santiago de Chile: CENECA, 1982.
24. Véase también el texto de Enrique Lihn, Sobre el antiestructuralismo de José Miguel Ibañez Langlois. Santiago de Chile: Ediciones del Camaleón, 1983; y su balance “Artes y Letras mercuriales, un suplemento del anacronismo.” escrito en 1984 y publicado en El circo en llamas, 490-94.
Es decidor que ambos autores denuncien el rol de Ibañez Langlois como único individuo autorizado para dar clases de marxismo en Chile durante la dictadura, incluso haciendo de tutor de la junta militar misma.

El necesario “Valente, no”, entonces, no tiene nada que ver con limitaciones temperamentales, falacias metodológicas o infantilismo crítico. No tiene que ver con la comprensión burda que tiene el crítico del estructuralismo –y qué decir del marxismo– o con las intuiciones acertadas que tuvo, como dicen algunos, sobre la poesía chilena.3 José Miguel Ibañez Langlois sabía perfectamente lo que hacía: su racionalidad escolástica es macabra y sus argumentos filosóficos coherentemente asentados en el humanismo tradicional. Tan enraizados en el sentido común de una gran parte de la población pretendidamente culta de nuestro país, que no sólo entonces sino que aún hoy sus argumentos se dejan escuchar en distintos debates sobre la cultura actual.

Las bien fundamentadas acusaciones sobre su carácter de crítico oficial de la dictadura que
hicieron en su momento Enrique Lihn o Bernardo Subercaseaux, entre otros, signándolo como
“agente cultural y comunicador validado” de la junta militar son importantísimas. Comprenderlo en
esa función significa entender que, en cuanto administrador de esa cultura, a él no sólo le estaban
permitidos temas vedados a otros, sino también que sus prácticas críticas participaban de las
acciones para hacer invisible el control sobre los ciudadanos.4
Es comprensible, así, que para muchos


este argumento baste para negar su legitimidad en cuanto interlocutor válido en el plano de la crítica
literaria y la cultura en Chile, pudiendo pasar a otros temas.

El problema que yo veo de quedarnos sólo con ese argumento es que éste suspende hasta
cierto punto la intencionalidad clara que subyace a todo su plan de pensamiento y permite,
peligrosamente, que sus opiniones sobre el rol de la literatura en la sociedad se interpreten como
simple epifenómeno del autoritarismo militar: un mero títere de las condiciones represivas y
desaparición del pensamiento crítico en la década de los setenta. Sin embargo, cómo él mismo lo
reconoce intentando desestimar esas acusaciones y aclarar que los crímenes de la dictadura nada
tienen que ver con sus responsabilidades políticas y éticas, su pensamiento y juicios conservan una
coherencia irreprochable. Al regresar la democracia y hacer un balance de sus “veinticinco años de
crítica”, Ibañez Langlois se defiende:

Todo empezó con el gobierno militar, durante el cual –por vejez, muerte, exilio,
censura o, en fin, desaparición de los demás críticos– quedé como casi el único en
estas columnas. El hecho –bien ajeno a mi voluntad– me ha valido de ser calificado a
veces de crítico oficial de ese régimen. Para mí, el asunto es sencillamente ridículo. No
percibo diferencia alguna entre mi crítica anterior, concomitante y posterior a ese
gobierno.5

5 José Miguel Ibañez Langlois, “Veinticinco años de crítica.” Veinticinco años de crítica. Santiago de Chile: Zig-Zag, 1992. 18. Nótese la semejanza de estas declaraciones con la respuesta dada en 1977 por el Rector Militar de la Universidad de Concepción, Heinrich Rochma Viola, ante la pregunta por los antiguos profesores de la universidad, citada como epígrafe por Rubí Carreño en su artículo sobre los críticos literarios chilenos en el exilio: “-¿Y qué pasó con los profesores del 73?- Eran todos miristas y desaparecieron después del once.
Nadie sabe dónde están. Se arrancaron, salieron fuera, qué sé yo…” Rubí Carreño. “El exilio de la crítica chilena: aportes para una nueva agenda literaria.” Anales de Literatura Chilena 10.12 (2009): 130.


Considerando esa afirmación de coherencia, la obscena y fría enumeración de las causas de la
desaparición de los críticos, el desplazamiento de la responsabilidad a decisiones ajenas a su voluntad
y el fuerte trasfondo católico conservador de su pensamiento –los vínculos de Ibañez Langlois con
el Opus Dei son conocidos por todos en Chile–, a mi no me queda otra que tratar de desenmascarar
el aparato filosófico que sostiene sus argumentos literarios y que en su negación no hace más que
pervivir en nuestra actualidad, libre de su macabro e intencional empleo. Y a él, desde la aparente
banalidad de su mal, no me queda más que recomendarle que se pegue con una piedra en el pecho –
aunque no lo sé, acaso encuentre placer en ello– y recuerde los versos del “yo confieso”: “Yo
confieso ante Dios todo poderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho, de
pensamiento, palabra, obra y omisión, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…”

Quizás Dios se lo perdone.




2. Interludio literario

Soy crítico; por tanto, juez. Y la virtud del juez es la justicia. Y
ser justo implica a ratos, ay, ser justiciero.

José Miguel Ibañez Langlois – Sacerdocio y crítica


Es un sacerdote el que habla y el que dice:

El estructuralismo; ¡pero qué cosa más fea y más obtusa!

En el lenguaje, un desquiciado afán por transformarlo todo en una matemática, en una
ciencia exacta para describir partículas, casos, relaciones de un sistema: fonemas y grafemas,
significantes y significados, estructuras que se dicen profundas, que se reiteran y repiten bajo
apariencias diferentes, pero que ni siquiera rozan el sentido último de la palabra en el hombre.

En la literatura, una compulsión sistemática por ordenar y clasificar formas, tipos,
narradores, actantes y estructuras. A lo sumo, un fracasado intento seudocientífico por establecer la
“literaturidad”; es decir, esa propiedad abstracta que constituye la singularidad del hecho literario,
pero que no es capaz de decirnos nada sobre la calidad específica de una obra en una determinada
situación.6

6 José Miguel Ibañez Langlois, Las corrientes estructuralistas. Piura; Madrid: Universidad de Piura; Asociación de la Rábida, 1986. 81. Este libro tuvo una primera versión con el título Sobre el estructuralismo en Ediciones Universidad Católica de Chile en 1983.

7 José Miguel Ibañez Langlois, Sentido y forma de la educación poética. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1973. 12.


Una moda teórica, reciclada y adoptada desde teóricos rusos, checos y franceses, entre otros,
que al parecer no tenían nada mejor que hacer que destruir con sus formalismos la belleza y el
misterio de la poesía. En definitiva, reducirlo todo a una botánica o una zoología poética, una
disecación literaria, “enciclopédica en sus pretensiones y microscópica en su vitalidad”.7

Pero eso no sería tan terrible, ¿no es cierto? Si fuera una mera cuestión de método, el solo
cultivo de la palabra poética terminaría por demostrar sus falacias. El problema es que esta forma de
pensar estructuralista ha invadido la médula de nuestro sistema educacional; peor aún, nuestra
concepción de la vida y del hombre.

Si pudiésemos tender un puente entre la poesía natural que habita en cada niño, en cada
joven, en cada adulto y las grandes obras de la historia, ya verían ustedes cómo surge la sabiduría
humana de manera espontánea y natural. Ese momento en que el joven es capaz de imaginar versos
de Gabriela Mistral o San Juan de la Cruz a partir de sí mismo, reconociendo allí experiencias y
expresiones que son virtualmente suyas…8 Allí veríamos el nacimiento de una verdadera educación
poética, de la que todos sabemos, sólo puede seguir un crecimiento espiritual, una superior
conciencia, una comprensión privilegiada de la condición humana, el rejuvenecimiento de nuestra
fuerza creadora.9

8 Ibíd., 11.

9 Ibíd., 4.

10 José Miguel Ibañez Langlois, Las corrientes estructuralistas. 82.


“Todo está en extraer al poeta natural que hay en el fondo de cada hablante, en vez de
introducirle desde fuera unas categorías poéticas de prestigio oficial y de mortecino acento”; y sin
embargo, nos dejamos engañar por esa aparente objetividad de una pseudociencia que dice buscar la
universalidad de la literatura y engañosamente se niega a aceptar que lo único universal en la
literatura es aquel juicio de valor que los antiguos llamaron belleza. ¿No les parece sospechoso? El
estructuralismo rechaza por subjetiva la facultad extra y pre-científica del gusto literario “y sin
embargo depende de ella para formar su categoría abstracta de la literaturidad, pues sólo tales juicios
seleccionan y definen qué es literatura en el indefinido espacio de los textos y del lenguaje en
general”.10

Un carraspeo interrumpió la enérgica sacudida del dedo índice derecho del sacerdote que en
ese momento apuntaba hacia el cielo.

Disculpe la interrupción, declara un profesor universitario. Soy un estructuralista llegado
hace poco de Francia donde tuve la oportunidad de doctorarme bajo la tutela del Señor Roland
Barthes y me parece que sus acusaciones exigen una aclaración. Si mal no lo entiendo, para usted la
obra literaria, en tanto expresión del lenguaje poético del hombre, constituye una realidad “natural”,
directa e inmediatamente legible. La obra literaria, para decirlo en jerga filosófica, sería para usted un
“objeto en sí”, eterno, que expresa su realidad –y déjeme citar aquí una nota escrita por usted– “„de
un modo directo, fresco, espontáneo y virginal’ (sic). Es decir, que la realidad de la obra literaria se
transforma en la realidad del objeto que dice representar”.11

11 Roberto Hozven, “Carta dirigida al Sr. Arturo Fontaine, director del diario “El Mercurio”, no publicada
hasta el 15 de octubre de 1979.” CAL 4 (1979): 13.

12 Ibíd.


¿No cree usted que entre hombre y mundo, entre lector y obra, existe un sistema conceptual
de naturaleza lingüística? ¿Un sistema que media entonces entre aquello que percibimos y aquello
que comprendemos como realidad?

Si usted no está dispuesto a aceptar este hecho, lamento tener que decir que usted subordina
la literatura a su propia coartada ideológica y que su supuesta idea de la crítica literaria no deja de ser
un juego de espejos con los que, a través de esa naturalización universal y eterna, esas tremendas
ideas de la verdad, el gusto, la belleza o el sentimiento, no hace más que imponer sus propios mitos e
ilusiones sobre la obra.12

¿No le parece que así elimina de la literatura justamente aquella característica que la hace tan
rica: su capacidad de producir sentidos diversos de lo que se nos da como evidente? ¿O usted de
verdad cree que un griego de la antigüedad clásica sentía lo mismo, tenía las mismas emociones que
los seres humanos del siglo XX? A mi parecer, la idea de tomar distancia de estos fenómenos y tratar
de verlos estructuralmente tiene como objetivo ayudarnos a comprender mejor al hombre y su
sociedad a través de estas creaciones de lenguaje que llamamos literatura. Preguntarnos, por ejemplo,
cómo es que un objeto estético hecho de lenguaje es capaz de generar ciertas emociones o
sentimientos en un lector. Quizás lograr una idea del desarrollo histórico de dichos sentimientos.13

13 Ibíd.

14 José Miguel Ibañez Langlois, “Sacerdocio y crítica.” Veinticinco años de crítica literaria, 30.

15 Ibíd., 31.


Ya se puso pesado, ¿no ve?, responde el sacerdote negando sutilmente con la cabeza.
Además, yo aquí no he acusado a nadie y usted así de la nada viene y me acusa de ideólogo. A mí me
parece que usted es aquí el interesado. Notemos una simple diferencia. ¿Qué es usted?
Estructuralista. ¿Qué pretende? Defender el estructuralismo. ¿No le parece que hay aquí un conflicto
de intereses?

Yo, por mi parte, soy sacerdote y crítico. El crítico es juez y la virtud del juez es la justicia.
¿Cuál es mi tarea? “Ordenar, subir, bajar, poner las cosas en su lugar. A la vista de jerarquías
falseadas, de valores trastocados, de falsos prestigios convencionales, alguna vez hay que ejercitar
esta misión con dureza”.14 Sus acusaciones interesadas no me dejan otra opción que responder con
pasión. Y si de pasiones se trata, le advierto desde ya que la del crítico es la pasión por la justicia y la
verdad. “¿Acaso no son hondamente sacerdotales estas pasiones? ¿No es también sacerdotal la
pasión de defender lo sagrado del hombre, impedir que se lo manipule como mercancía vendible y
comprable…? […] Sacerdotal es también la independencia de criterio del que, religado
absolutamente a Dios, se libera de las ataduras relativas y cambiantes de partidos, intereses creados o
camarillas: nadie puede señalarme discriminación ideológica o política alguna. Sacerdotal es la
equidad de quien aplica siempre la misma vara o metro crítico, sin rigores ni benevolencias
antojadizas. Sacerdotal es el silencio ante la réplica mañosa…15

El sacerdote guarda silencio unos momentos y luego, inclinándose sobre el púlpito, continúa:

Ya que usted se puso filosófico, además de insolente, nos pondremos filosóficos. La
lingüística estructural tiende a absolutizar una substancia de la lengua que asimila todo y que
pareciera no tener origen: el sujeto es lingüístico, el universo es lingüístico. Todo es signos cuyos
significados están hechos de significantes que remiten interminablemente a otros significantes. El
universo se comprende como una Estructura lingüística absoluta: no es materia, ni espíritu, sino pura
forma y relación.


Si lo vemos así queda expuesto su primer engaño. Sabemos que “la lengua no es tal Forma
incausada; su causa eficiente es la potencia del pensamiento humano en expansión, pensamiento a su vez moldeado por el mundo; y su causa final debe inscribirse teleológicamente en los fines del hombre. Por eso el hombre es siempre más que toda lengua, y el pensamiento humano es siempre más que su expresión material. El hombre vive acosado por lo inefable, y esto lo saben bien los profesionales de la lengua –los poetas– y los profesionales del pensamiento –los filósofos–”.16


16 José Miguel Ibañez Langlois, Las corrientes estructuralistas. 70.

17 Ibíd., 14.

18 Ibíd., 106.

Pero así mismo es como el estructuralismo se aprovecha de la filosofía, la tergiversa y la
vuelve contra sí misma. Si bien, en un principio, los aportes de Ferdinand de Saussure y de los
formalistas rusos permitieron un estudio más objetivo del lenguaje, esos aportes fueron apropiados
luego por la escuela de la sospecha, por todos los desencantados y resentidos seguidores de Marx y Freud, quienes no sólo desean negar la existencia del espíritu, sino que ahora además la del hombre mismo, del yo, del sujeto humano.17

Para estos estructuralistas, seguidores de Lévi-Strauss, Lacan, Barthes, y Foucault, “lo que
llamamos hombre es sólo una máquina permutadora de signos a través de los cuales el mundo
efectúa un intercambio consigo mismo. No hay nadie en el mundo; pero el mundo, extrañamente,
necesita de nosotros, siendo este nosotros un mero espacio vacío a través del cual las cosas se hacen
extrañas entre sí”.18

¿Paradojal, no?


Claro que no son capaces de verlo, porque nace de un resentimiento puro y mal intencionado; lo veo en los ojos de ese estructuralista. Mire lo enfadado que está ahora que vemos claramente quién es el ideólogo en este asunto. Del idealismo hegeliano más tremendo, se pasa al cosismo absoluto. Si la Naturaleza había sido reducida al Espíritu, ahora es el modesto espíritu humano quien es reducido a naturaleza pura. A un materialismo agobiante y un racionalismo desencantado que no es capaz de aceptar el misterio de la realidad. El estructuralismo dice hacerse cargo de los problemas fundamentales del ser humano, pero desde una matriz inhumanista. Aquí está clarito, entonces, su segundo engaño, ¿y saben a qué me huele eso? A marxismo puro.

La misma estrategia seductora y perversa de manifestar en un principio una intención
humanista: rescatar al sujeto humano que se ha perdido o alienado en la exterioridad de la mercancía,
del dinero, incluso en sus productos culturales. Con eso quieren encantar y engatusar a todo el
mundo, pero en virtud de su propia dialéctica materialista y atea, “terminan perdiendo total e
irremisiblemente al hombre en la desnuda objetividad y exterioridad de la naturaleza infrahumana, en
las fuerzas fatales de la materia, en la mecánica exacta de las infraestructuras económicas y, por
último, en la tristeza más irremediable de la finitud histórica y el ateísmo”.19

19 José Miguel Ibañez Langlois, El Marxismo: Visión crítica. Colección Ciencias Sociales. Santiago de Chile: Ediciones Nueva Universidad, 1973. 17.

20 Ibíd., 18.

Y puede ser que muchos de ustedes no lo vean así, pero para mí está más claro que el agua.
Les reitero: soy crítico y sacerdote. No sólo me interesa la justicia y la verdad, sino también estoy
preparado para ver cuándo una doctrina quiere invertir burdamente nuestra fe católica. Pero a mí no
me engañan, porque “sólo la Iglesia Católica posee los ojos teologales para comprender el verdadero
origen y sentido del marxismo, mucho mejor de cuanto los ojos marxistas puedan hacerlo; solo la
Iglesia posee el modelo original y la verdad de cuanto el marxismo traspone el mito y a la utopía”.20

Por eso les insisto: “La filosofía perenne, a lo largo de toda la aventura idealista, afirmó
invariablemente los derechos de la realidad, la primacía del ser, como una evidencia que no necesita
demostrarse. Esa misma filosofía, ante el acoso objetivista y naturalista, afirma con idéntica
seguridad los derechos del sujeto, la conciencia de la persona, el ser del yo mismo, como una
evidencia que tampoco necesita demostración. Y mira, con serenidad aristotélica y con sabiduría
tomista, este remolino vertiginoso del Yo y de la Cosa que se devoran mutuamente como ilusorias
Substancias que, uno y otra a su penosa manera, pretenden usurpar los atributos del Ser Subsistente,
la aseidad del Dios vivo”.21

21 José Miguel Ibañez Langlois, Las corrientes estructuralistas, 108.

22 Enrique Lihn, Sobre el antiestructuralismo de José Miguel Ibañez Langlois. Santiago de Chile: Ediciones del Camaleón, 1983. 22.


Yo simplemente se los advierto. Mis queridos incautos, cuidado con las mistificaciones y las
pretensiones seudocientíficas del estructuralismo. Y a los que perseveran en su error, bueno, que con
su sal se la coman y que Dios se los tenga en cuenta…

¡Ahora lo entiendo! Exclama de pronto un poeta, ¡claro, clarísimo; ese es el engaño! El
estructuralismo se aplica a todo sin distinción valorativa alguna y esa es su falencia; porque si yo
siguiera el modelo de análisis estructural narrativo de Vladimir Propp o de Algirdas Greimas, no
podría dejar de ver en su discurso el modelo actancial mítico funcionando a la perfección. En su
discurso habría “un sujeto-héroe cuyo deseo se expresaría como la búsqueda de glorificación de su
adyuvante –la filosofía perenne– y la liquidación de su oponente: el materialismo („que pretende ser
el telón de fondo de toda actividad estructuralista.). El destinador sería Dios y el destinatario el
homo chilensis amenazado (como si todo fuera poco) por el inhumanismo estructuralista”.22

Pero eso no puede ser, sería un desatino comprender su discurso bajo el esquema de una
aventura ética o una cruzada religiosa contra el estructuralismo. ¿No es verdad?

Acertada reducción, mi querido bromista, responde el sacerdote risueño, y de la cual no
tengo nada que temer. Ya sabemos que en esta nueva sociedad que construimos “el arte no podrá
estar más comprometido con ideologías políticas, sino que con la verdad del que lo creó, y esa
verdad tendrá que ser reflejo del ambiente de decencia, de honestidad, del concepto de destino
trascendente que anima a un pueblo que sabe que su meta futura es hacer de Chile una sociedad
integrada y justa, participativa y próspera”.23

23 Política cultural del Gobierno de Chile. Santiago de Chile: Editora Nacional Gabriela Mistral, 1975. 40.
Aquí hay espacio para discrepar, por supuesto, pero no vayamos a caer de nuevo en
pluralismos mal comprendidos. Yo estoy dispuesto a asumir la honestidad de mi discurso. Usted,
escudado en su ironía, ¿lo estará también?

Por mi parte, yo acepto la broma, pero no sé qué pensarán mis queridos oficiales sentados
aquí en primera fila…







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