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jueves, 23 de agosto de 2007

Concepción psicoanalítica de la escritura poética

Dedicado a los ‘blogs amigos’ cuyo tema principal es la expresión poética…
“Merde pour la poésie. Por Pablo Fuentes *
“Los poemas tienen siempre grandes márgenes blancos, grandes márgenes de silencio en que la memoria ardiente se consume para recrear un delirio sin pasado.” Paul Eluard
La escritura poética es la escritura de la imposibilidad de la palabra. Por supuesto, hay muchas escrituras. Hay una escritura ligada más a la representación, hendida de imaginario, saturada de metáforas cristalizadas. Es una escritura yoica, referencial, una escritura –como afirmaba Roland Barthes– más ligada a la transcripción del pensamiento y tributaria del lenguaje. Es la escritura estabilizada, tranquilizadora. Su función es establecer una pedagogía del yo. Es la escritura de los discursos sociales, emblema de ideales compartidos, esclava del mundo, que postula un lugar de lector pasivo, busca un receptor que no tiene sino que confirmar sus certezas allí.
La otra escritura es aquella que llamamos poética. Una escritura que va de lo confesional a lo confusional, como planteaba Néstor Perlongher. Una escritura que se pone en situación de desencuentro con la identidad, que evoca en su decir una pérdida irremediable, un enigma que no puede ser nombrado.
Recordemos el mito de Orfeo, ¿qué vio Orfeo cuando violó la prohibición de los dioses y se volvió para ver si su amada Eurídice lo seguía cuando ambos salían del infierno adonde había ido a buscarla? Seguramente, no otra cosa que la imagen borrosa de su pérdida, Eurídice diluyéndose para siempre entre las sombras, los brazos extendidos en un llamado mudo al amado. Hasta ese momento, Orfeo creía que su canto lo habilitaba a la ilusión de recuperar aquel objeto perdido de amor. ¿Orfeo dudó? No lo sabemos. No pudo evitar la transgresión al mandato y tuvo que encontrarse con lo real de la muerte. Podemos pensar que a partir de ese momento, el de la asunción de la pérdida irreparable, ante la plena evidencia de que el objeto es irrecuperable, confrontado al vacío, Orfeo empezó verdaderamente a cantar. Como postulaban los místicos, la escritura es la respuesta imposible a un llamado de amor, un llamado hecho por un enamorado sin forma ni figura, no imaginable, como Eurídice en el Hades o como el Dios de los escritores místicos.
La voz escrita del canto, la voz que llamamos poema, es la voz inefable de un sujeto que no está allí donde se erige su enunciación, es una voz que se postula como dicha en otra parte, porque habla de otra cosa. El poema delata la ausencia del sujeto que lo enuncia, que debe colocarse fuera del mundo, con un cuerpo tomado por una palabra que no se entiende, como decía Teresa de Avila. Aquí está el poema, que no es otra cosa que una cosa, un texto, una textura, un tejido hecho de desechos, de lo que cae de la dinámica de los discursos. Arthur Rimbaud, ya en el desierto de Adén, lejos de la poesía, hablaba de ella, que lo había constituido: merde pour la poésie. Sabía, claro, por su praxis, que no de otra cosa está hecho el poema sino de desperdicios, de retazos de la gramática.

Toda la praxis de la poesía moderna nos remite al intento de “invención de lo desconocido” rimbaudiano. Esto es, la idea de una escritura específicamente poética, que se deslice del sentido unívoco del discurso para estallar en una polisemia de significados, al borde siempre del sinsentido, que relanza nuevamente la pregunta, bajo la forma de una nueva escritura. Esa es la lección de Rimbaud, de Mallarmé, de Proust, de Joyce, de Celan: si quieren leernos, escriban.
Estas escrituras, que pasan de la comunicabilidad, que perforan la trama simbólica y que traen a ella algo imposible, se oponen al lenguaje en tanto lugar de los sentidos establecidos. El poema no es expresión de una supuesta subjetividad, no comunica, es más bien fulguración de una masa de lenguaje en movimiento, llena de claroscuros, de la que se desprenden fragmentos residuales que el mismo texto poético pone a trabajar para constituirse como tal.
La escritura poética responde por lo real a través de una invención siempre al borde de la abolición subjetiva. Esta escritura siempre confronta con esa zona indecible de blancura, plenitud horrorosa de la página vacía que tiene que ser hendida.
La poética es una escritura, no un discurso. Hablar de discurso poético es cuestión de las gramáticas y de los profesores. El poema se opone al lenguaje mostrando su fracaso, derrotándolo desde la polisemia, desde la virtualidad de los significados y desde su carácter de objeto material. El poema supone una escritura llena de fricciones, en los límites de la imposibilidad sintáctica y semántica que tensa el idioma para hacerle decir lo que está más allá del orden significante. El gesto del poeta es un acto de brutalidad contra la gramática. En definitiva, contra la palabra.
El diccionario, las gramáticas, las tiene siempre el Otro, el dueño de las palabras, el que decide lo que podemos decir. A esta arbitrariedad del Otro, a este imperialismo del significante, el poema responde con propia arbitrariedad, poniendo un nuevo cuerpo hecho de palabras y de sus restos en el mundo. Es, de esta forma, una injuria contra el mundo. Es un cuerpo extraño en estado de enfermedad, demasiado cerca de lo real y que se bordea con el silencio. El sujeto-poeta es aquel que es dicho por su escrito, refundado como sujeto, que queda suspendido en un estado transitorio del ser, un estado insoportable que está en los umbrales de lo real. La escritura poética toca los límites de lo decible. Ser poeta no como un don sino como un ejercicio de horror. Una suerte de horror místico.
Y este sujeto escritor busca el encuentro con el silencio, bordeándolo. Este silencio que el poema propone no es un silencio para escuchar, sino el silencio del vacío, que el orden significante se empeña en velar. Ese silencio del vacío es necesario y nuclear para que la escritura tenga lugar en sus contornos, para que todo pueda ser nombrado otra vez, desde y hacia los extremos del silencio. La escritura poética lleva al reencuentro con el enigma a través de su trabajo, pero postula el enigma como secreto. El secreto, que siempre está ligado a la escritura de un nombre propio más allá de la metáfora paterna, reintroduce la pregunta por el lugar del sujeto y por el deseo del Otro, que el poema siempre va a encontrar en otra parte, en los límites borrosos del saber.
Esto nos lleva a esos estados ligados a la experiencia de la escritura, que la predisponen y se anudan a ella. Algo que Teresa de Avila o Juan de Yepes conocían ya: esos estados de gracia, o de trance o de éxtasis, que producían necesariamente en ellos una escritura. Es la misma experiencia de la videncia postulada por los poetas modernos, superadora de la idea romántica de la inspiración. Aquí se trata de algo que supera al individuo civil que escribe: el “autor”, para la experiencia de la escritura poética, es solamente una instancia imaginaria. La poesía habla una lengua hermética y secreta, los que ingresan en ella entran a un mundo paralelo que implica otra experiencia de vida y un cambio de nombre, como Lacan pudo percibir en una de sus lecturas de Joyce.
La escritura poética también trabaja con el tiempo. En ella, el pasado no está atrás, ni el futuro adelante. El poema es producto de hablar en una lengua que todavía no existe o que no se conoce, como el hablar en lenguas de los apóstoles. Una memoria que pueda convocar todos los tiempos, memoria de lo que aún no sucedió: la propia biografía determinada por el escrito, como lo demuestran las historias de vida de tantos escritores, Rimbaud el primero. Lo poético arma los acontecimientos de la vida del que escribe en el punto mismo de la emergencia del escrito, il punto a cui tutti il tempi son presenti, como decía Dante. El poeta es aquel que ya renunció al habla, o sea, a sí mismo y, por lo tanto, es capaz de liberarse de lo idéntico, de lo identitario y llamar al porvenir, a la otra vida. La presencia del yo es violentada por el lenguaje poético: el sujeto del poema se refiere a sí mismo como otro. “Yo es otro”, como quería Rimbaud. Escribir me transforma en otro. Para vérselas con lo real hay que ser otro.
* Psicoanalista. Integrante de “Reanudando con Joyce”. Lo publicado es un fragmento del trabajo “Hablar en lenguas”.
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