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sábado, 5 de febrero de 2011

Hebe Uhart, escritora argentina

La escritora oculta

Hebe Uhart fue profesora, bibliotecaria y, durante décadas, el secreto mejor guardado de la literatura argentina. Después de ser vapuleada por la industria editorial, a sus 73 años todos dicen que es la gran cuentista al otro lado de la cordillera. Esta es la historia de una mujer que fue escritora de culto y que hoy es, simplemente, la mejor.

Por Leila Guerriero, desde Buenos Aires

Hay una cámara que muestra esta imagen: una habitación oscura, una luz cenital y, debajo de la luz, una mujer sentada en una silla de madera. Lleva el pelo corto, pantalones de tela, una camiseta blanca, las manos sobre las rodillas. Con voz modulada y monótona, la mujer dice: "Tengo muy pocos principios o convicciones firmes. Pero sí creo en que debemos tratar bien a los que tenemos cerca y en que todas las personas tienen derecho a momentos de placer, alegría o cómo se llame".

La cámara no se mueve.

La mujer no parpadea.

La escena no existe.

Existen la mujer, la voz, el texto escrito por ella y, en el hipotético comienzo de un hipotético documental sobre su vida, la escena podría ser una declaración de principios de ese estado de discreción benévola en el que vive y bajo el que crujen las capas tectónicas de la tragedia humana. Porque -si observan con cuidado- la palabra "placer" y la palabra "alegría" están deliberadamente desamparadas bajo la lluvia ácida del "como se llame", de forma tal que queda claro que la mujer sabe que el placer o la alegría son escurridizos, fugitivos o escasos; y porque -si lo piensan bien- elegir, de entre todos los principios o convicciones posibles, ese derecho humilde a un poco de placer, a un poco de alegría, es como decir señores, esto es cruel, y habrá dolor, así que intentemos ser un poco más buenos.

El departamento está en un noveno piso de un edificio del barrio de Almagro, en Buenos Aires. La sala es luminosa. Hay una mesa cubierta por manteles individuales, seis estantes con libros dispuestos en orden arbitrario, un televisor viejo. La mujer habla mirando el lápiz que sostiene en las manos, o el vaso de gaseosa, o el mantel individual, o el lápiz, o el vaso de gaseosa, o el mantel individual, o el lápiz, o.

-Soy una mujer suburbana. No soy ni campesina ni urbana. Soy suburbana. Nací en un suburbio de Buenos Aires, Moreno, cuando Moreno era un pueblo. Moreno hace cincuenta años era un pueblo. Había siete cuadras y estaba el campo con las vacas. Ahora tiene quinientos mil habitantes, cien bancos. Ahora tiene de todo.

Habla reconcentrada, eligiendo palabras de la frase anterior y colocándolas, como si fueran piezas de un puzzle, en la siguiente.

-Mis abuelos paternos eran vascos franceses y los maternos italianos. Conocí a las dos abuelas. La abuela Chica y la abuela Grande. La abuela Chica era la italiana, que era flaca. Y la abuela Grande era la francesa, que era grandota. Nunca fui a visitar a los parientes a Europa. Porque tenés que presentarte y es un trabajo. "Hola, yo soy hija de mengano". Después, te cuentan una historia y les entendés la mitad. Además te tenés que quedar un rato, si no queda mal. Y yo soy muy sociable, pero cuando me dan ganas de rajar, me quiero ir.

Dirá, después, que es ansiosa. Que por eso fuma, que por eso siempre está haciendo algo. Cuando viaja en ascensor, se acerca a la puerta en cada piso y hace ademán de abrir antes de que se detenga. Mientras habla, traslada el peso del cuerpo de un lado a otro y mira hacia todas partes, como si esperara ser sorprendida por alguna cosa. Hebe Uhart tiene 73 años y se dijo, de ella, mucho. Que era una escritora de culto, costumbrista, sencilla, naïf. Desde hace algunos años se dice una sola cosa: que es la mejor.

"No me gustan los escritores demasiado satisfechos. La mejor tradición de la literatura argentina está construida en esas vacilaciones: es el narrador incierto de Borges o de Hebe Uhart", dijo el escritor argentino Ricardo Piglia, autor de Blanco nocturno.

"Hebe Uhart se ubica entre aquellos escritores donde un "modo de mirar" produce un "modo de decir", un estilo: Eudora Welty, Felisberto Hernández, Mario Levrero, Juan José Millás, Rodolfo Fogwill o Clarice Lispector", dijo el escritor y crítico argentino Elvio E. Gandolfo.

"Hebe Uhart es la mayor cuentista argentina contemporánea. Dije "la", pero debí decir que sus cuentos, como los de Silvina Ocampo y Sara Gallardo, están entre los mejores de la literatura argentina", dijo Rodolfo Fogwill, escritor argentino que murió en 2010.

Hebe Uhart nació en 1936, hermana de un hermano tres años mayor que, de adulto, sería cura. Su madre se llamaba Emilia y era maestra, y su padre Pedro y era empleado del Banco Nación.

-Yo tenía muchos amigos. Había uno, Rogelio. Me habían regalado un jueguito de muebles color verde nilo. Y ese chico me dijo "Vamos a hacer una construcción". Me pidió el juego de muebles y yo se lo di pero lo rompió todo. No me importó mucho. Porque no era apegada a las cosas. Eso me viene por parte de mi mamá. No le gustaba comprar electrodomésticos porque para ella todo era una molestia, más cosas para cuidar. En la casa hacía lo fundamental. Siempre decía: "Lo primero que hay que hacer en una casa es no ensuciar".

No fue una lectora precoz ni tuvo tíos artistas o vocación de escritora. En su casa había sólo libros sobre la vida de Jesús y ella escribía únicamente si no tenía algo mejor que hacer: jugar, o ir a visitar a su tía loca.

-Tenía un diagnóstico de esquizofrenia paranoide. Vivía en una casa espléndida, que destrozó tirando baldazos de agua a las paredes. Pero fue una fuente de inspiración.

"(...) ella había rezado tanto para que Dios se la llevara, para tener ella la felicidad de verla morir cerca, no en manos extrañas. Pero se ve que Dios no quería llevársela y la voluntad de Dios era que viviera. Entonces iban a intentar primero hacer alguna cosa y si no daba resultado, la internarían, aunque no estaba muy segura la abuela de que eso correspondiera a la voluntad de Dios", escribiría, muchos años después, en un relato llamado Paso del rey produciendo ese efecto que es su marca, ese borde que se mueve entre el pánico y la euforia, que se parece a la risa y que a veces son simples ganas -ovilladas- de llorar.

Irene Gruss es poeta, vive en un departamento repleto de libros, con algún gato. Conoce a Hebe Uhart desde 1980, y es una de sus mejores amigas.

-Esa tía loca le daba miedo pero le permitía huir de su casa. Imaginate mandar a esta piba a la casa de esa loca. Imaginate la crueldad. Y después esa madre. Tan dominante, tan rígida. Sólo veía por el niño de sus ojos, su hijito cura.

"Pasé por casa de las tías y toqué timbre; les gustó el peinado. Cuando mi mamá me vio, dijo: "Está pasable", escribiría Hebe Uhart en Mudanzas.

-En la adolescencia me transformé en tímida. Dejé de ir a fiestas. Mandaba telegramas, ponía "Feliz cumpleaños" y me echaba en la cama a llorar.

Se vestía de negro, se lavaba con jabón de la ropa en un ejercicio de ascetismo que se inventó después de escuchar que "a los tibios los vomita el Espíritu Santo".

-En la escuela no le hablaba a mi compañera de banco. La despreciaba porque era burra. En quinto año preguntaron: "¿Qué quieren ser?". Y yo dije "Nada. Nada quiero. Nadie". Y me llevaron al gabinete de psicología.

Hacía dieta, leía ensayos sobre la fe y la razón. Un día del año en que tuvo 16 acompañó a una amiga a dar vueltas en bicicleta y la amiga propuso: "Vamos a saludar a un amigo que vive allá". "Ella tocó timbre -escribiría en Él- como una persona acostumbrada a ir a esa casa y salió, somnoliento, el hombre más hermoso que yo había visto en mi vida; era un hombre, no era un muchacho como los que bailaban conmigo; tendría veintisiete años. Tenía la barba un poco crecida, como de dos días (...) Su cuerpo y su cabeza eran perfectos; los labios muy grandes y sensuales y la mirada burlona".

-Yo lo veía y me tiraba al piso de timidez. Era muy lindo, muy buen mozo. Me encantaba.

Durante semanas merodeó la casa de ese animal suave y peligroso sin atreverse a hacer nada. Con los años, todo lo que pudo hacer fue escribir aquel cuento en el que una adolescente comprende, con furia, que hombres como ése no son, nunca serán, para alguien como ella. Y no fueron.

-No es una tipa con la que tenés un diálogo normal. ¿No viste cómo mira, la forma de fumar, de moverse? Te puede dar una clase sobre Simon Weil, pero si te quedás con la primera impresión puede parecer una mujer muy extraña -dice Irene Gruss.

-A los 17 dije que iba a estudiar Filosofía, porque me había gustado esa materia en el colegio. Me dijeron: "Vas a trabajar para tus gastos". Así que me puse a trabajar de maestra.

La primera vez que se plantó ante un grupo de chicos, en una escuela de campo, usaba el mismo delantal con el que había asistido al colegio como alumna hasta el año anterior: falda tableada y moño a la espalda.

-Mi mamá me mandó así. A ella no le importaba. Una alumna gordita de 9 años me dijo "Vos no sos maestra, sos alumna como nosotros". "No, yo soy maestra", le decía yo. Le conté a mi mamá. Ella ni levantó la vista del diario, me dio la plata y me dijo "Comprate uno de maestra". Yo tenía mucha fe docente. Les enseñaba vocabulario. "Hagamos frases con la palabra "antepasado". Y escribían "Yo tenía un juguete antepasado".

Entonces les hablaba de la deuda con los antepasados, y escribían: "Mi papá se peleó con mi tío por una deuda y le encajó una piña".

Esa inmersión en escuelas pobres dejó rastro en relatos como Una se va quedando, o Impresiones de una directora de escuela, en el que la protagonista -la mentada directora- entra en el aula mientras los alumnos preparan el regalo para el día de la madre, y se descorazona: "(...) hicieron la fosforera. La fosforera son cuatro cajas de fósforos vacías (los fósforos son caros) pegadas con goma. Cada cajita tiene una chinche en el medio, simulando ser un cajoncito que tiene una manijita. Trato de pensar que es un cajoncito en miniatura, me digo "qué bonito". Pero es una chinche. "Muy bien"- le digo. Me entró un gran desánimo y tristeza. Ellos estaban contentos fabricando esos regalos y las maestras también (...) Yo tenía la sensación de que la vida era triste, pero no tenía derecho a entristecer a nadie".

Durante el día su mundo era un mundo de chicos sin zapatos y, por las noches, el círculo áulico de la facultad de Filosofía y Letras, con amigos que bebían bidones de whisky mientras hablaban de Nietzsche y la revolución.

-Empecé a tener unos novios desastrosos. A los 23 me fui a vivir a Rosario porque tuve un amor con un hombre casado. Me fui para olvidarme. Estuve un año entero fantaseando con este tipo. Había estado cuatro veces con él, de las cuales me habría acostado una o dos, me parece. Pero viste cómo son las cosas de la cabeza.

-¿Y el tipo qué era?

-Casado.

-Pero qué hacía.

-Era un funcionario de las Naciones Unidas. Y yo me vi como el obstáculo que debía retirarse así que me fui a Rosario.

Animada por un amigo publicó, en 1962 y en una editorial pequeña de esa ciudad, Dios, San Pedro y las almas, una serie de relatos que había comenzado a escribir a los 18 y que no había mostrado a casi nadie.

-Cuando volví a Buenos Aires vino una etapa de disipación. Tuve un novio borracho. Lo que pasa es que mi casa era un lugar muy triste. Mi papá se había muerto de enfisema, mi hermano se había muerto, mi tía loca estaba viviendo ahí.

-Tu hermano...

-Murió. Joven. Nunca pude escribir de él, porque cuando una persona te queda trunca no sabés como es. Igual peleábamos mucho, no le gustaban mis amigas. Mi mamá quería que él fuera cura, pero de los buenos. Y una vez la escuché decir "Mejor muerto que mal cura". Eso es duro también, ¿no?

-Y tu hermano...

-Sí, murió joven. En un accidente de auto. Así que en medio de todo esto, estar con el borracho era como un carnaval. Andábamos por ahí, vivíamos en casa de amigos. Yo volvía a mi casa un par de días, dormía, y otra vez a correrla por el centro. Entonces mi mamá me dio sus ahorros para que me comprara un departamento. Compré uno y la cama la pusimos en el hall de entrada. Como yo barría con una escoba y levantaba polvo, mi pensamiento era "Si barro, levanto polvo, entonces no tengo que barrer". El decía que no podía trabajar porque ese departamento lo deprimía. Estaba mal alimentado, entonces yo le compré unas vitaminas y lo llevé al psiquiatra. Bueno, cuatro años, duró. Bastante, ¿no?

-Estarías muy enamorada.

-No, no. Yo quería que él se mejorara. Al final lo dejé. Mi mamá llegaba y decía "Qué olor a patas que hay acá". Y sí, no se bañaba él.

-La madre debió enseñarle las cosas comme il faut, pero, por diferenciarse, ella se fue al cuerno y no sabía barrer un piso. Sus amigos eran intelectuales marginales, gente sin ningún sentido práctico. Había mucho alcohol y se enganchó con eso y empezó a tomar. Aparecía borracha en las editoriales y se ganó una fama horrible. El mundo literario la rechazaba, pero, qué curioso, no rechazaba a escritores varones alcoholiquísimos. Hubo mucha discriminación por el hecho de ser una mujer. Cuando la conocí ya no tomaba. Zafó por ese ascetismo que ella tiene, y porque no es autocompasiva ni melancólica -dice Irene Gruss-. A mí lo que me llama la atención es que en su obra no hay figuras masculinas, ni el padre ni el hermano.

-Después del borracho tuve algunas parejas. Un ingeniero, Armando, que vivía en Tandil, al sur de la provincia. Yo iba a verlo y mi mamá me decía "¿Y en calidad de qué vas, si no estás casada?".

-¿Lo dejaste?

-No, me dejó él. Y después Roberto. Era abogado. Desaparecía diez días y volvía a aparecer. Era difícil, muy mujeriego.

-¿Lo dejaste?

-No, él me dejó. Yo no soy de dejar. Como toda esa gente se me murió yo tiendo a retener a las personas. Y después ya no tuve a nadie. Tal vez no he trabajado el vínculo de pareja. Los he visto un poco desde afuera, como personajes. Pero eso quizás fue por mi incapacidad de pelear. Debe haber un costado un poco desvalido en mí, porque no me gusta enfrentar la lucha.

Su último puesto docente fue el de directora en una escuela en la que no había ni secretaria.

-Me hinché las pelotas y renuncié. Formé mi Departamento de Mendicidad y Propaganda. Hacía unos cartoncitos donde ponía "Clases de latín y castellano", y los repartía en los comercios de mi barrio. Siempre agarraba algún alumno. Después empecé a enseñar filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y en la de Lomas de Zamora, pero ya me jubilé.

Ahora dirige, desde hace tiempo, uno de los talleres literarios más prestigiosos de Buenos Aires que debe ser, también, el más barato de Latinoamérica: dicen que el año pasado cobraba poco más de diez dólares por mes.

-No quiero tener más de lo que tengo. Tengo este departamento, otro que alquilo, una jubilación y los talleres. Me gusta estar así, en el medio. Por ejemplo el hotel: a mí me gusta tres estrellas, no más. El otro día la editorial me mandó a uno de Córdoba, que era de cuatro, y había un tipo abriéndote la puerta. No me gusta eso. Ya le dije a la editorial que la próxima vez me manden a uno de tres.

La editorial. Su obra, entonces.

Desde 1962 y hasta 1999 publicó, a ritmo sostenido, en editoriales independientes que, en su mayoría, ya no existen: Eli, Eli, lamma sabachtani (Goyanarte, 1963), La gente de la casa rosa (Fabril, 1970), La elevación de Maruja (Cuarto mundo, 1973), El budín esponjoso (Cuarto mundo, 1976), La luz de un nuevo día (Centro Editor de América Latina, 1983), Leonor (Per Abbat, 1986), Camilo asciende (Torres Agüero, 1987), Memorias de un pigmeo (Alta pluma, 1992), Mudanzas (1995, Bajo la luna nueva/Lectores de la Banda Oriental, 1997/Mondadori, 1999), Guiando la hiedra (Simurg, 1997), Señorita (Simurg, 1999). En todos esos años el nombre de esta maestra de escuela que no frecuentaba círculos literarios ni publicaba en editoriales grandes (una sola vez dejó sus relatos en Sudamericana, donde le dijeron que tendría que esperar uno o dos años, y los retiró) circuló secretamente entre lectores entendidos que admiraban esos relatos que hablaban de familias de clase media, de inmigrantes, de personajes que estaban siempre un milímetro por debajo de la línea de flotación de eso que llaman "normalidad". Después, en el siglo nuevo, llegó a una editorial independiente muy sólida y de gran prestigio: Adriana Hidalgo. Allí publicó Del cielo a casa (2003) y Turistas (2008). El aterrizaje, de todos modos, no fue tranquilo: propuso diez cuentos y le rechazaron cinco: "Vas a hacer cinco nuevos -le dijeron en la editorial-, uno de Buenos Aires vista por un extranjero, otro de una reunión de consorcio". Y ella aceptó.

-Yo me indigné, pero ella se puso a escribir como una hormiguita y te decía "Estoy haciendo los deberes: ya escribí tres". Ella no puede ir a una editorial porque se violenta. No sabe defenderse. Cuando Fogwill empezó a decir que era la mejor escritora argentina yo le dije: "Fogwill, vos sos un ángel". Él no era amigo, pero quería ayudar a levantarla, porque con Hebe hubo mucha discriminación, mucho maltrato. Las editoriales le han hecho de todo. No pagarle adelantos, quedarse con derechos. Ahora muchos la leen porque hay que leerla. Pero incluso hoy hay gente que te dice "Sí, es buena. Pero no me digas que no es una loca de atar". Quedó muy estigmatizada -dice Irene Gruss.

Llevaba treinta y ocho años de escritura, dieciséis libros publicados y era el secreto a voces de la literatura nacional cuando un sello grande mostró interés en su obra. Así, en la misma colección en la que aparecieron antes los cuentos completos de Faulkner, Nabokov, Yourcenar, Cortázar, Fogwill, apareció, en 2010, Relatos Reunidos, de Hebe Uhart. "Reunidos" y no "completos". Dizque porque una editorial negó los derechos de sus trabajos anteriores.

-Creo que el nombre se empezó a hacer más conocido después de lo de Adriana Hidalgo. Yo antes era una escritora para escritores.

-¿Y eso te gustaba?

-No. Tampoco tengo mucha idea de quién me lee. Pero ya es suficiente reconocimiento, basta. A mí me gusta lo moderado. El éxito inmoderado me haría mal. Esta nunca fue la profesión con la que me gané la vida, ni nunca va a ser. Yo creo que uno hace lo que le sale más fácil y lo que está acostumbrado a hacer. Pero uno tiene muchas vocaciones, lo que pasa es que no te da el tiempo para tantas cosas. Mis otras vocaciones serían la observación de animales, de monos. Y si hubiera sido hábil con las manos, me hubiera gustado hacer artesanías. Pero en la infancia agarraba un alambrecito y un papelito y unía todo eso y salía un sorete.

-Escritores como Fogwill y Ricardo Piglia han hablado muy bien de vos.

-Sí, pero yo no los conozco casi.

-Se dice desde hace rato que sos la mejor escritora argentina.

-No, no. Es demasiado peso. Es un peso demasiado grande. Es un peso que no quiero admitir. No quiero ser la mejor escritora argentina. Es un lugar en el que te quedás sola y yo no me quiero quedar sola.

-Es muy amiga de sus amigos -dice Enriqueta Chiari, amiga y alumna desde 2004-. A mí me operaron hace unos años y cuando le dije que me tenía que intervenir Hebe se consternó. Pero dijo "Va a salir todo bien". Me estuvo llamando todo el tiempo para ver cómo estaba. Hace poco operaron a una amiga y se turnaban varios para cuidarla, Hebe entre ellos. Incluso, como yo soy psicóloga, me preguntó: "¿Vos irías a verla? Te pago la consulta". Siempre en su tono. Ella no es víctima y entonces los demás tampoco lo son.

-Le gusta recibir gente, hacer cenas. Nosotras vivimos a cinco cuadras, así que nos vemos todas las semanas. Si yo le digo "Venite a casa así conocés a los gatos" o "Vení que te muestro cómo quedó el plastificado del piso", te trae comida para gatos, o una plantita para celebrar que plastificaste. -dice Irene Gruss.

"Cerca estaba la Panadería benemérita del buen gusto, con su decoración de ángeles sosteniendo pasteles y con pastoras del siglo XVIII entre los bombones. Eso sí, qué bien saben poner a volar a los ángeles, tanto en los cuadros de los pintores famosos como en las decoraciones de la panadería: parecen suspendidos en el aire con una ingravidez que sobrevuela todo, el bien, el mal y los pasteles", escribe Hebe Uhart en Del cielo a casa, un relato sobre un viaje por Italia incluido en el libro del mismo nombre. Porque escribe cosas como ésa se ha dicho que es hilarante, graciosa, cómica, inocente, ingenua, sencilla, candorosa, llana.

-Me he hecho una fama: naïf, dicen, como si una fuera medio tarada. Yo no soy inocente. Pero es como una fama. Es más fácil repetir eso que pensar otras cosas, pero lo que sí tengo es esa veta medio optimista.

"En Uhart esa aparente 'mirada ingenua' tiene un calado impresionante -escribió el escritor y critico argentino Claudio Zeiger en Página/12-. Llega al hueso pero no a fuerza de crudeza ni de violencia"

"Tengo la alegría del sobreviviente. Se murieron todos en mi familia. Yo trabajo para la alegría. La alegría es un trabajo como cualquier otro", dijo Hebe Uhart en entrevista con el diario Clarín.

Gastón Gallo dirige la editorial Simurg, publicó dos de los libros de Uhart y dice que la relación empezó bien, pero que, después de un malentendido, se perdió.

-Siempre la vi como una mujer muy apurada y desconcentrada. Estaba hablando con vos y de pronto se levantaba y se iba. Pero eso no deja de ser una curiosidad, y además hay escritores como Alberto Laiseca que son mucho más raros y nadie dice nada. Yo creo que, hablando en términos de valor, es mucho mejor cuentista que Fogwill. Por lo demás, es una mujer correcta, reservada, amable, y una señora de barrio que escribe maravillosamente bien. Una escritora en serio, con un mundo propio, con un tono reconocible, y una de las grandes escritoras argentinas. No hay muchas, eh. Silvina Ocampo, Hebe, y dos o tres más.

Desde hace algunos años, Hebe Uhart escribe crónicas de viajes. Para eso ha recorrido Uruguay, Argentina, Paraguay, Italia. A veces llega a esos sitios con contactos previos pero otras no, y entonces desenfunda un estilo que podría definirse como el de "cronista arbitraria": entra a un café o se sube a un taxi y pregunta por un "referente cultural", o por "cosas para ver", y le dicen: "hable con el profesor tal", o "vaya al museo". Y ella va.

-Una vez fui a Santa Rosa, en Uruguay. Pasa una señora y le digo "Señora, ¿me invita a tomar mate a su casa?". "Sí, cómo no". Y me dice: "Usted tiene que ir al asilo de ancianos". Y la verdad, diez puntos. Tenían jardín huerta, unas camitas preciosas. Después, el comisario. Hacía diez años que no había habido un crimen. Suicidios sí. Modalidad, tirarse adentro de un aljibe. Ahora hice una crónica del zoológico. Hace unos ocho años me empezaron a interesar los monos. Fui cinco veces a la jaula de los chimpancés. No fui más porque el elefante está al lado, y se bañaba en barro y me enchastraba la cabeza.

Un relato incluído en Del cielo a casa, Congreso, transcurre durante un encuentro de escritores en Alemania. La protagonista, tumbada en la cama del hotel, escucha la conversación y las risas de las escritoras que se han reunido en la habitación contigua. Sólo ella no está allí: "¿Cómo era que no me venían a buscar? ¿Sabrían que yo estaba ahí? (...) Y entonces tuve una triste impresión de mí misma, como si yo fuese un producto de mala calidad, una vaca cansada (...) A la noche soñé que hablaba con vivacidad con alguien; yo desde fuera me miraba hablar y pensaba que toda mi vida había querido eso. Pero toda mi vida estaba alejada de esa hermosa conversación. En eso consistía la vida y yo me había equivocado".

Un relato incluido en Turistas, La excursión larga, transcurre durante un viaje a Mendoza en el que la protagonista se topa con la hostilidad de sus compañeros: "Cuando bajamos del micro y entramos al hotel, Alejandra y Noemí caminaban delante de mí, ostensiblemente separadas de mi persona. Quise acercarme con cualquier excusa, pero no hubo caso, miraban hacia delante y se adelantaron ex profeso. Y yo, que caminaba sola detrás, me puse a pensar en algún destino posible, perdido ya para mí, donde fuera parte de un todo. Mejor que a esa idea no se le ocurra tomar cuerpo, no sea cosa de sufrir".

El mundo de Hebe Uhart está repleto de seres así: aislados, inadvertidos, dolorosamente lúcidos. Sobre el telón de fondo de su mutismo tierno, de su tragedia enfurruñada, ella despliega la crueldad de la jauría. Y cuenta lo que hace esa jauría con los débiles.

-¿Y tu madre?

-Falleció hace veinte años. Fue un golpe. Tal vez el golpe más duro. La quería mucho. Le hice mucha guerra de joven, pero la quería mucho y me amigué al final. Lo que pude cuidarla, la cuidé.

-¿Leía lo que escribías?

-Sí. Mi mamá estaba contenta. Pero una vez leyó una crítica que decía que yo tenía sentido del humor y me dijo: "Pts. ¿Vos, sentido del humor?".

"Tampoco tengo mucha idea de quién me lee. Pero ya es suficiente reconocimiento, basta".

"Me he hecho una fama: naïf, dicen, como si una fuera medio tarada. Yo no soy inocente".

Por Leila Guerriero, desde Buenos Aires.

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