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domingo, 29 de marzo de 2009

CUÁNDO UN TEXTO ES POESÍA, CUÁNDO NO LO ES



Algunas opiniones


Juan CALDERÓN

Mucho se ha divagado sobre qué es y qué no es poesía. A mí se me antoja el debate un hablar por hablar, un darle vueltas inútiles a la noria de la especulación, pues la definición de poesía ya está contemplada en el diccionario de la lengua española: “Poesía es la manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa”. Si los miembros de La Real Academia Española han llegado a esa conclusión, con la que estoy totalmente de acuerdo, ¿para qué seguir insistiendo sobre el tema?. Otra cuestión muy diferente es dilucidar cuándo un poema es bueno o menos bueno. Aquí sí entran en juego los gustos o motivaciones personales. ¿Qué es lo que exijo yo particularmente a un poema? Pues en primer lugar que me despierte, me sacuda los sentidos, que prenda la llama de mi interés y tenga la capacidad de conmoverme, de adentrarme en un estado de vigilia en el que todo se sublima, se idealiza y aflora en mi interior como algo mágico. Eso puede llegar por diversos caminos. Uno de ellos puede ser el fondo, otro la forma, siempre enmarcados en los criterios ya establecidos sobre poesía. El lenguaje puede ser estándar pero siempre usado de forma literaria. Tan mal puede resultar una expresión ramplona como una llena de tecnicismos, palabras rebuscadas que dan vueltas y vueltas para no llegar a ninguna parte, con el único fin de ponerle peanas al autor y demostrar cuan extensos son sus conocimientos. Los fuegos de artificio me parecen más adecuados para las fiestas populares. Si a todo lo anterior le sumamos una métrica y una rima correcta, en el caso del poema clásico, o un ritmo adecuado si se trata de verso libre, nos estaremos aproximando al buen poema, desde mi punto de vista.

En cuanto a qué me hace considerar deficiente un poema, pues en principio todo lo que no se ajuste a lo expuesto anteriormente, que carezca de sensibilidad, que sea zafio o utilice un lenguaje grosero, soez y en lugar de elevarme me transporte a las zonas más bajas del ser humano. Esto no quiere decir que no se puedan tratar de forma poética los más sórdidos temas.






Ana CASTILLO MORENO

Siempre he sentido la Poesía no sólo como el poema que sale de los dedos del poeta, o el poema que llega a las manos del lector, o los versos que, con deleite, escuchamos de los labios del rapsoda. La Poesía abarca mucho más: es todo un mundo latiendo tras el velo del poema. Existen (y existirán) circunstancias y seres en los que habita la Poesía aunque no lo manifiesten en un poema traducido al lenguaje humano. Existen (y existirán) poetas que jamás han escrito un poema. Ser Poeta, con mayúsculas, es adoptar una actitud poética ante la vida: sentir que hay una realidad mágica aguardando a ser descubierta, una realidad que permanece oculta a los ojos tras la apariencia de realidad en la que nos desenvolvemos. El Poeta mira la vida desde otro ángulo, indaga tras de cualquier destello, tras de cualquier sombra buscando ¿quién sabe qué recónditos orígenes, qué anheladas respuestas? Busca siempre lo que no se ve, aunque no sepa por qué ni cuál es el objeto de su eterna búsqueda.
A lo largo de mi vida, la experiencia y los diferentes estudios que al respecto han llegado a mis manos, no han hecho sino confirmar lo expuesto anteriormente.

Si poesía, en cuanto a ritmo, a sensibilidad extrema, a belleza, a búsqueda y expresión de una realidad oculta, puede encontrarse en cualquier manifestación artística independientemente del género al que pertenezca, ¿habría que buscar otro modo de nombrar a esa forma de discurso escrito que, hasta el día de hoy, venimos llamando poema? O, por el contrario, ¿habría que encontrar otro modo de definir ese “vuelo poético” que precede y anida en toda obra de arte?

Es decir, ya que el concepto de poesía trasciende con mucho al poema, no sería lógico pretender que es el poema quien posee a la poesía en exclusividad. Sería más acertado contemplar el poema como una forma, entre otras muchas, de manifestarse la poesía.

Se hace necesario, entonces, distinguir claramente entre poema (tal como lo venimos entendiendo hasta hoy) y poesía.

Desde luego la respuesta no puede ser dada a la ligera. Merece la pena ahondar en el tema, en el profundo significado del lenguaje poético, en su magia.

¿Sería lícito opinar que un poema es toda manifestación del lenguaje poético? Pero, ¿qué es el lenguaje poético? ¿Cómo distinguirlo de los otros lenguajes?

El lenguaje poético es el que es capaz de situarnos, en un descuido, al otro lado del velo; el que nos pone en contacto con nuestro propio ser poético; el que nos ofrece una dimensión de la realidad distinta a la cotidiana; el que nos permite mirar lo cotidiano con ojos nuevos. Es el que provoca el vértigo. Lenguaje poético es el que nunca nos deja indiferentes; el que siempre comunica aunque a menudo no entendemos su mensaje. No lo entiende nuestra parte consciente, pero sí el subconsciente, donde anida la sabiduría, de ahí la fuerza, la magia del lenguaje poético, de la poesía, del poema.






Soledad CAVERO

Cuando un texto poético de verdad interesa solemos leerlo al menos tres veces. La primera dejándonos llevar por el asombro. La segunda saboreando lentamente su contenido. La siguiente trascurrido un tiempo. Por este motivo creo que la auténtica poesía parte de su emanación: Si me siento impregnada por su onda expansiva, me estremece de emoción y abre los sentidos, vuelvo a ella porque hay algo en su contenido interior que me atrae y obliga a seguir su recorrido. Este sentimiento es el que me lleva a releer “Soy animal de fondo” de J. R. Jiménez. El hallazgo puede surgir en poemas de expresión aparentemente sencilla, siempre que creen un núcleo totalizador entre forma y fondo. Claudio Rodríguez es un maestro porque cualquier elemento, simple y cotidiano, lo hace trascendente. Su estilo personal es inconfundible. Dicho descubrimiento puedo encontrarlo también en poemas de corte surrealista, donde la subjetividad activa de sus versos me obligue a buscar el significado de las imágenes y la belleza de sus formas. La intuición propia es imprescindible para que así ocurra.

Hay poemas que consiguen deslumbrar. Eso me sucede con el poema titulado “En la plaza” de Vicente Aleixandre. La unificación universal lograda en este poema nos alcanza al leerlo. Difícil es que esto suceda, pero sucede cuando el poeta está iluminado y lo expresa de forma única.

La descripción poética del Cosmos y la Naturaleza elevan y armonizan si está manifestada con maestría. El poema de Gerardo Diego “El ciprés de Silos” tiene esa virtud y vuelvo a él como el primer día. Toda poesía verdadera es trascendente y debe conducirnos al descubrimiento del Yo integral más auténtico y, por lo tanto, universal. El ritmo, el manejo del lenguaje, la belleza expresiva y la magia poética son esenciales a la hora de valorar un texto poético, no unos versos, sino una obra de arte lo más desnuda posible. El poeta es una mago en potencia y como tal tiene el poder de la trasformación

No considero poesía a todo texto que hiere mis oídos por falta de ritmo, por el mal uso del lenguaje y el desconocimiento de los valores mínimos que deben acompañar a toda obra poética. Tampoco son poesía aquellos textos que van revestidos de falsos abalorios sin contener interiormente nada.






Alvaro FIERRO

Con respecto a mi particular y discutible criterio nunca tengo dudas acerca de si un texto es o no poético. La función poética del lenguaje es una función en la cual la finalidad del texto está en el texto en sí, es el propio texto, son las propias palabras que lo integran, cómo se combinan unas con otras de manera nueva. Los textos poéticos pueden narrar, pero no es ésa su finalidad esencial, pueden describir, pueden denunciar o insultar o elogiar, pero ante un texto poético que narre, describa, denuncie, insulte o elogie debemos tener la impresión de que la intención no poética queda rebasada por la intención poética. Gracias a este criterio, que con frecuencia se asocia a un tipo específico de hermosura verbal, son posibles los poemas que no dicen nada. Como la finalidad primordial del texto poético no es ajena al propio texto como sí lo es en el caso de la narración, la descripción, la denuncia, etc, cualquier texto que construya en nosotros esa impresión de que no necesita justificación externa para tener sentido, es poético para mí, siquiera de manera remota.

Hasta la fecha siempre esta impresión viene acompañada por otra que la complementa. Ante un texto poético para mí resulta claro que el autor se ha esmerado en elegir cada una de las palabras que lo componen. ¿Por qué hacen esto los poetas? Porque aspiran a que sus textos sean recordados literalmente, palabra por palabra. Sólo ante un poema tiene sentido la memoria literal de un texto. Incluso los actores, cuando interpretan un texto dramático, se permiten alteraciones que no traicionen el sentido. En el caso de los textos poéticos el cambio de cualquier palabra supone una traición al texto y al autor.

Por último, los poemas son la frontera de lo que puede ser dicho. Por ello no es de extrañar que muchos de ellos sean experimentos fallidos. Esto no debe confundirnos: Nos encontramos, en tal caso, ante “protopoemas”.




José MAÑOSO FLORES

Soy muy simple para estas cosas, primero considero todo lo que para mí es importante en un poema rima (no es indispensable), asonancias, acentos, métrica, vocabulario, metáforas, etc.; una vez que tengo asimiladas todas estas cosas pienso en si es necesaria la forma estrófica con la que se me presenta el texto o si, por el contrario, la forma estrófica es prescindible y podría presentarse lo que allí hay escrito, como un texto en prosa común. Si esta última posibilidad se confirma, lo que acabo de leer, para mí, no es poesía.






Marisol MARIÑO

Igual que una sinfonía no se compone de una sola nota y lo que puede hacerla más o menos bella es el conjunto de muchas notas diferentes, para mi, un texto es poesía cuando responde a lo que considero mi canon de belleza. Lógicamente existirán tantos como lectores, ya que creo que sólo los griegos hicieron uno, que se considera universal.

Me parece fundamental, la belleza en el lenguaje (una amiga, suele decir: que los hombres pueden ser feos y buenos, pero los poemas, no. Yo también lo creo) debe emocionarme, conmoverme y sorprenderme. Hacerme creer en el momento de su lectura, que estoy ante un descubrimiento, ante algo diferente. Debo sentirlo como nuevo, porque las palabras que son siempre las mismas, deben llegarme como desconocidas. Deben herirme, despertar mi imaginación y sentir la necesidad de volver a leerlo.





Alejandro MORENO ROMERO

¿Como un muestrario-monstruario?

e.g.:
"Si me llaman, seguro que me llaman" vs. "diclorodifeniltricloroetano"

Es un decir.

O como el párrafo de Nebrija sobre la versificación.

O un poco de todo.

En efecto no se trata de exponer intenciones vaporosas sino de convicciones
fundadas.

Cuando me ocupaba de organización de la información teníamos un documento para llevar a las reuniones:

Una hoja dividida en dos partes: a la izquierda "Objeciones", a la derecha "Sugerencias". No se admitía un objeción sin la correspondiente sugerencia fundada. Algo así se me ocurre a bote pronto.






Ángela REYES

Han sido muchos y muy importantes los poetas de nuestra lengua que me enseñaron los pilares o los elementos que, a mi entender, deben convenir al buen poema. Estoy hablando de algo que ya hemos comentado muchas veces: Comunicación, Magia, Pureza de lenguaje, Innovación. Pero estos pilares, o bases, o elementos, fueron cambiando para mí con el paso del tiempo, cuando me puse a trabajar en poesía, al mismo tiempo que la iba haciendo.
En plena pubertad me enrolé en la Comunicación amorosa de Gustavo Adolfo Bécquer. La poesía armoniosa, romántica, directa y breve del andaluz, junto con la rima y el ritmo, me enseñaron que estaba ante un gran poeta. Y ese era mi camino a seguir. Así era como yo quería escribir.
Poco después llegó a mi vida Pablo Neruda. Un poeta que, si bien también gozaba de un vocabulario directo y comunicativo, perdía la rima y, sobre todo, el ritmo ya que la mayor parte de su obra la escribió en verso libre. Pero no me importó, porque me enseñó qué era un poeta río, cómo un autor se desangraba y moría agotado sobre el papel. Sus poemas de amor me hicieron vibrar, luego lo supuse bueno. Y así era como yo quería escribir: vaciándome, extrayéndole a mi idioma todo el jugo posible.
En 1980 entré en Prometeo y allí descubrí a muchos poetas, pero sobre todo a Vicente Huidobro. Yo nunca había leído nada parecido a “Altazor”. Bien es verdad que no entendía lo que el chileno quería decir, porque había desaparecido la Comunicación, el ritmo y hasta la coherencia del lenguaje, pero allí había algo diferente, había Innovación. Y volví a enamorarme de la extraña estética de sus versos, de la magia de su vocabulario surrealista. Huidobro me dijo que había otra forma de utilizar el lenguaje. No hacía falta entender, bastaba con degustar la armonía, la originalidad que surgía al unir unas palabras con otras. ¡Qué bueno era! Así quería escribir yo.
El tiempo y mis lecturas me fueron desvelando nuevos nombres que casi nada tenían que ver con la Comunicación y la Innovación, pero que me enseñaron uno de los puntales más importantes de la poesía, según mi entender, y al cual persigo y no alcanzo: la Magia. Y ella estaba en el Rafael Alberti de la primera época. En el argentino Enrique Molina y en el gaditano Ángel García López. Aquellos poemas que cantaban al cuerpo de la mujer y el hombre en todo su esplendor, aquella metáforas sensuales y eróticas; aquella enumeración de muslos, ojos, pechos, pubis, junto con la luz, y color, y el sur, el mar, me enseñaron a ser libre a la hora de escribir. Ellos me quitaron los refajos ¾y cuando digo refajos no me refiero a Comunicación, Métrica, Magia, Pureza de lenguaje, etc,. sino a los de la mente¾. Ellos me dieron la libertad para usar muchas palabras que hasta entonces eran tabúes. Ellos me enseñaron que se debe escribir con pudor y respeto, pero no con miedo.
Y para acabar no puedo dejar de mencionar al poeta que hoy día me emociona, luego tiene que ser bueno: Luis Rosales. A lo largo de la obra del poeta granadino, encontraremos la Comunicación, el ritmo y la rima en sus poemarios “Abril”, “Segundo Abril” y “Rimas”. Bases o pilares que abandonará para internarse en la Magia surrealista de “La casa encendida” y “Diario de una resurrección”. Luego vendría la prosa poética de “El contenido del corazón”. Y acabaría en el hermetismo total de los últimos años de su vida, como en “La carta entera”: una prosa cerrada, escrita en clave, con invención de palabras y en la que no encontraremos ni comunicación, ni magia, ni ritmo, ni tampoco pureza del idioma... pero ¡qué hermosa obra! Así quisiera escribir yo.
Entonces, ¿qué necesita un poema para ser “bueno”? Hoy, me quedo con la Belleza y la Originalidad, manifestados mediante el lenguaje.






Juan RUIZ DE TORRES

Cuando leo un poema, suelo disculpar sus posibles imperfecciones: falta de ritmo, errores de medida, excesos verbales, aun anacolutos. No disculpo, desde luego, los lugares comunes ni la falta de originalidad. Pero todo ello lo minimizo si el poema contiene esa gema maravillosa que es un verso memorable.

No pienso que la Poesía sirva sólo para lo que la Prosa puede hacer, y muy bien por cierto: narrar, contar, enseñar, describir, divertir. Esto es, no me opongo a que un poema narre, cuente, enseñe, divierta. Pero su función no acaba ahí, y con sólo eso está tristemente incompleta.

Oigo a menudo inclusive el D.R.A.E. lo dice que el objetivo de la poesía es la “Belleza”. Aparte de que ese es un concepto demasiado cambiante, no la creo función exclusiva de la Poesía; yo encuentro bellísimo el Teorema de Pitágoras. Y las reglas del Arte... A estas alturas, ¿qué queda de ellas?

En cambio, a veces sólo contadas veces encuentro en algún poema uno o dos versos que saltan desde el papel y me transportan a un mundo distinto. Que golpean sin misericordia, que descubren otra forma de mirar la realidad. Versos por los que vale la pena hacer un viaje a las antípodas, versos que abren puertas insospechadas. Esas líneas mínimas consiguen que el poema sea poesía y lo salvan, como nos dijo Luis Rosales una tarde en Prometeo. Versos con magia. Los que hacían a Emily Dickinson sentirse “como si le hubieran dado un tiro en la cabeza”. Ellos componen el meollo de lo que hoy llamo “poesía”.

Si tratamos de recordar viejos poemas, veremos que sólo nos llegan fragmentos, versos sueltos. Así, “polvo seré, mas polvo enamorado”, “ojos claros, serenos”, “compañero del alma, compañero”, “recuerde el alma dormida”, “pero el cadáver, ay, siguió muriendo”, y mil más. Palabras felices que dan su valor al poema, que son el vehículo para que perdure y llegue hasta nosotros la Poesía.

Por eso, lo que me hace sentirme ante un verdadero poema es la aparición de ese verso, a lo sumo un par de ellos, que se quedan ahí, vibrando, siempre distintos a sí mismos. Y ese momento justifica cualquier espera.









Milagros SALVADOR

A pesar de ser conscientes de que en toda valoración o análisis de un hecho artístico, y la poesía lo es, influye la cultura o la época determinada en la que se realiza, podemos intentar conocer cuales pueden ser los rasgos o características objetivas que nos permita decir que un poema puede considerarse bueno.

La primera es el dominio del elemento con el que se trabaja, que como en la pintura son los colores, la luz , etc, en la poesía es el lenguaje.

La segunda es la construcción y unidad del poema, su estructura formal, que como en la arquitectura, la obra debe estar bien hecha para que no se derrumbe. Como ejemplo si se trata de un soneto, debe estar bien estructurado como soneto.

La tercera es la belleza.

La cuarta y para mí sustancial en poesía es la revelación o traslación de significado, por lo que nos descubre, recrea o trasciende.

La quinta es la originalidad y la innovación que supone el tratamiento del poema. Aquí, quiero hace una llamada de atención , ya que después del surrealismo se abrieron las puertas a la consideración que toda originalidad es válida, cuando en realidad no es así, y que a veces se pierde la perspectiva de lo que significa lo que es la superación.

Las dos últimas consideraciones podrían acercarse, aunque no confundirse, con lo que tradicionalmente se ha llamado inspiración. Si estas cualidades las encontramos en un poema, producirán en el lector la conmoción o emoción que acompaña al hecho artístico en general y en el caso que nos ocupa, a la poesía en particular.






Lola VICENTE

Cuando me dispongo a leer, lo primero que observo es la imagen del conjunto de palbras ordenadas dentro de una´página.

1º.- Cuando veo las frases en cortos tramos uno debajo del otro, me anticipa que pueda ser poesía.
2º.- Si lo que leo me resulta cadencioso y ritmico, pienso que pueda ser poesía.
3º.- Cuando al leer encuentro la belleza como parte esencial del tema, pienso que pueda ser poesía.
4º.- Cuando mi pensamiento queda atrapado por la razón, belleza, concisión, ritmo y verdad, casi, casi seguro, que lo que estoy leyendo es poesía.







Nieves VIESCA

Poesía es llanura vertical que nos eleva. Belleza y sentimiento. Manifestación espiritual en forma estética que deleita o conmueve. Poesía no es sólo un género literario, aun cuando sea ÉSTA la única capaz de escribir el guión del mundo que queremos vivir. Poesía universal la que alcanza Leonardo en el cuadro “Santa Ana con la Virgen y el Niño”. Poesía de estanque la música de Beethoven, y con aroma de arroyo “Los jardines de Monet”. Poesía, “La Pedrera de Gaudí”, donde la piedra envolvente y carnal se ondula hasta hacerse verso. Poesía pura la prosa de “Platero y yo”, máxime cuando fue creada en un momento en el que el medio ambiente y el respeto por los derechos de los animales, estaban tan degradados. Poesía sin fecha de caducidad los portentosos versos de “La divina comedia: El amor que en la mente me razona / comenzó él a cantar tan dulcemente / que aún, por dentro, el recuerdo me sazona”. También es Poesía cuando el poeta se torna poema; así, José Hierro, en el soneto “Vida”, expresa con verbo la demoledora existencia del Todo encarnado en la Nada, a través de las respuestas tamizadas por su propio eco.

No son versos ni poesía la métrica y el ritmo haciendo no-arte, conformismo ambiental o dogma vigente. No es poesía la métrica moderna con su nefasta manía de la novedad. No es poesía las culteranas y magistrales redondillas de mi admirada Sor Juana Inés de la Cruz: “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis” porque si tratamos de separar lo que es poesía de lo que no lo es, a mi juicio de interpretación, uno de los elementos perturbadores de la poesía es el didactismo.

En todo caso y como la duda cartesiana cada día se hace más presente en mi vida, tal vez poesía sólo exista en la cantiga del óxido que se arropa en la armónica del mendigo que, sonriendo con los ojos y llorando con los labios, nos canta la esperanza conque escribiera Enrique Valle en “La poesía según Prometeo: “Hay poesía en las tripas de un niño arrollado por la carreta, cuando un ángel las coloca en su sitio antes de que llegue la madre a llorarle”.


(Encuesta de la A.P.P, abril de 2006)

(FDP072)

[POÉTICAS] [ASOCIACIÓN PROMETEO DE POESÍA] [CALDERÓN, JUAN] [CASTILLO, ANA] [CAVERO, SOLEDAD] [FIERRO, ALVARO] [MAÑOSO FLORES, JOSÉ] [MARIÑO, MARISOL] [MORENO ROMERO, ALEJANDRO] [REYES, ÁNGELA] [RUIZ DE TORRES, JUAN] [SALVADOR, MILAGROS] [VICENTE, LOLA] [VIESCA, NIEVES]

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