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domingo, 10 de abril de 2011

Petronila, hija de Bernardo O`Higgins

La documentalista Pamela Pequeño investigó los orígenes de la hija de Bernardo O’Higgins, Petronila, no reconocida ni por su padre ni por los historiadores, para el documental La hija de O’Higgins (2001). Si así fuera, Pamela sería tataratataranieta del prócer.

Por Pamela Pequeño

Paula.cl

Saco del cajón la carpeta con los antecedentes que recopilamos sobre Patronila hace diez años. No la abro hace tiempo. La investigación es para un documental sobre la búsqueda de la memoria de Petronila Riquelme O’Higgins. Releo sus cartas escritas con letra rabiosa. Encuentro fotocopias, fax desteñidos. Vuelvo sobre la historia de mi tatarabuela. Hace tiempo que su fotografía está en mi billetera. Ya no es una mujer anónima ni ajena. Su vida me mostró pistas de mi historia familiar. Me obligó a mirarme en ella. Petronila es conocida por algunos historiadores y por sus descendientes como la hija de O’Higgins.

Inicios del otoño de 1870. La navegación es plácida a bordo del vapor Perú, mientras se acerca a la bahía de Valparaíso. Pero el barco se detiene antes de llegar. Una viajera ha muerto de un ataque. Es Petronila, quien vuelve a Chile después de 47 años. Su corazón no resiste y deja de latir poco antes de reencontrarse con su marido e hijos, a quienes no ve desde hace diez años. Fallece mientras huye de la soledad en que la dejó Bernardo O’Higgins y Demetrio, su hermano, muertos en el exilio en Lima. Qué decir de su marido, José Toribio Pequeño. La abandonó y se fue a vivir al campo, en la Zona Central de Chile, llevándose a sus cinco hijos.

Sin fecha de nacimiento

Petronila tuvo la desgracia de nacer huacha y la muerte le impidió cumplir la misión que se había propuesto al embarcarse hacia Chile. Iba decidida a luchar para legitimar su filiación y tomar el apellido del prócer que por 60 años no pudo llevar. Irónicamente, el diario La Patria del 30 de marzo de 1870 la nombra como nadie la llamó en vida: “En el vapor Perú que fondeó la tardedel lunes llegó el cadáver de doña Petronila Riquelme O’Higgins de Pequeño, hija, según se nos dice, del ilustre general Bernardo O’Higgins”, se lee.

Petronila no tiene fecha ni lugar de nacimiento determinados. No existen documentos que acrediten año ni identidad de los padres. Recuerdo las palabras de la escritora e investigadora Juanita Gallardo, en los inicios de mi investigación.
–En esa época los documentos mentían. No prueban ni desmienten– dice.
Me explica que algunas actas de nacimiento se emitían con datos falsos para ocultar el verdadero origen de los hijos ilegítimos. Ella sostiene que Petronila nació alrededor de 1808 y fue hija de Patricia Rodríguez, la nana pehuenche de la familia O’Higgins.
–No me cabe duda que fue hija de O’Higgins y que, por lo tanto, tú eres descendiente directa– me asegura. –Pero no tenemos cómo comprobarlo.

A mi tatarabuela le decían Petita, cariñosamente. Vivió desde su nacimiento junto a Bernardo y su familia: Rosa, su hermana, e Isabel Riquelme, su madre, mientras el prócer era director supremo. Jugaba feliz en la casa de gobierno, inconsciente del dolor que la ambigüedad de su origen le acarrearía en el futuro. A ojos de todo el mundo era otra de las “indiecitas huérfanas” o de las “muchachas de aspecto salvaje” que vivían en la casa. La viajera inglesa María Graham describe en su diario cómo las pequeñas se arrojan a las rodillas de O’Higgins y éste les habla en araucano.

A Petronila y a las demás niñas mapuches no las trataban como sirvientas. “Las indiecitas comen en una mesa baja, presidida por la hija del cacique y tratadas con tanto respeto como las señoras de la casa”, observa la inglesa en su visita a Conventillo, la chacra de Bernardo, cerca de Santiago. No pasa mucho tiempo cuando, a los 12 años, el 19 de julio de 1823, Petronila se embarca en la corbeta Fly con los O’Higgins rumbo al exilio a Perú. Es un día invernal. Triste y silencioso. Sin pompa ni homenajes. Quizás presienten que no vivirán nuevamente en Chile. Petronila juega con un niño rubio de unos cinco años. Es su hermano Demetrio. Viaja con ellos Patricia Rodríguez, quien se supone que fue la madre de Petita. Siguió siendo la nana de la familia en el exilio, pero Petronila jamás fue sirvienta.

Un siglo y medio después, yo tengo 12 años. La misma edad de Petronila cuando viaja a Lima. Ahora pienso que si mi tatarabuela no hubiera hecho ese viaje, yo no existiría. Recorro el Templo Votivo de Maipú con mi curso del colegio. Nos lleva la miss Adriana, profesora de Historia. Entramos al Museo del Carmen, ubicado a un costado. De improviso la profesoramellama. Está delante de una vitrina que tiene muchos retratos viejos. Alcanzo a leer mi apellido junto al de O’Higgins.
–Mira, acá está tu familia– me dice con orgullo.

Años después no me acuerdo de esa foto. Menos de la cara de mi antepasada. La imagen de mi tatarabuela viaja de Valdivia a mis manos. Me la envía Germán Pequeño, primo lejano y buen conocedor de la historia familiar. Ya me han comenzado a llamar muchos parientes para comentarme nuestra relación con O’Higgins. Llevamos el mismo apellido, pero no nos conocemos.

Vida de casada

La fotografía. Estamos en la oficina donde se produce el documental. Carla, la periodista, me la pasa. Es una foto pequeña, como de pasaporte. Al fin veo su cara. Quedo muda, soy incapaz de expresar nada. Es su rictus. La expresión fuerte, iracunda. No es bonita. Me da miedo comprobar que sufrió. Me cuesta reconocerme. Me hacen bromas. “Querías que fuera la Cecilia Bolocco”, me preguntan. No me causa risa. ¿Cómo lidiaré con lo que ahora sé? Petita tiene 26 años cuando se compromete con José Toribio Pequeño, un hombre importante, de buena familia. Mi tatarabuelo administraba las haciendas de Bernardo O’Higgins en Perú.

¿Estaría enamorada? ¿Cuánta ilusión depositaría en su nueva vida de casada? ¿Era un matrimonio de conveniencia, como se usaba en la época? Se casan en noviembre de 1837. Rosa O’Higgins es la madrina
y Bernardo felicita a la pareja. Por primera vez, Petronila aparece con apellidos. En el acta de matrimonio figuran como legítimos padres Nicolás Riquelme y Juana Letelier. Algunos historiadores o’higginistas reivindican con fuerza esta filiación. En el documental trabajamos con la hipótesis de que Petronila no ha usado apellidos hasta ese día. Ha sido la “indiecita” Petita, la Peta o Petronila. Sin embargo, cuando se casa necesita ser hija de alguien. Y, en consecuencia, exhibir un par de apellidos. Desde esemomentose convierte en Petronila Riquelme y Letelier. Puedo imaginarla esperanzada por su cambio de condición.

Es octubre de 2000. El Instituto O’Higginiano quedaba en la calle Londres 38. Después de una primera entrevista sin cámara, han sido inútiles los esfuerzos por obtener una opinión grabada de los miembros de la institución. Se niegan a participar en el documental. Rechazan todo lazo sanguíneo de mi tatarabuela con Bernardo. Descubro que, en el pasado, algunos historiadores como Luis Valencia Avaria, Rafael Reyes o Guillermo Feliú Cruz polemizaron sobre este tema, sin ponerse de acuerdo. Yo sólo quiero una entrevista. Creen que mi objetivo es comprobar mi parentesco con O’Higgins. Amíme interesa Petronila.

Luego de mucho insistir, el Instituto O’Higginiano manda una carta. Es una especie de declaración de principios. “El retrato aceptado de Petronila la representa con genuinos rasgos de indígena araucana, sin ningún asomo de sangre europea que debiesen haber aportado los apellidos Riquelme (español) y Letelier (francés) con los que formalizó su matrimonio”, dice. La imagen de nuestra antepasada no sólo me afecta a mí y a ellos. También incomoda a algunos de los familiares que voy conociendo durante el rodaje. Llevo la foto a cada grabación. Quiero registrar las primeras impresiones que causa. Nadie quiere reconocerse en ella, menos parecérsele. “Es india, es bien fea”, dice una tía. “No se parece en nada a nosotros”, afirma un primo. “Parece que tenía un carácter endemoniado”, agrega su hermano.

¿Por qué todos hablan de José Toribio Pequeño como si nuestro tatarabuelo fuera el descendiente de O’Higgins? ¿Por qué la ignoran y la ningunean? Me pregunto si Petronila habrá sentido el rechazo. No era atractiva. Hija de nadie. Descendía de mapuches y se le notaba. Concluyo que no fue feliz. Y eso se adivina en las furiosas cartas que le escribió a su marido. Las encontré por casualidad en el Archivo Nacional. Me mareo revisando microfilms. La correspondencia de Petronila con su esposo evoca un infierno. Me cuesta descifrar lo que leo. La letra de Petronila es feroz. Carga la pluma como si fuera una pistola. Subraya frases. Junta palabras. Se aprecia la influencia del mapudungun en la construcción del texto. En contraste, la escritura de mi tatarabuelo es pulcra y ornamentada. “Pequeño voi a darte un movimiento de biles siento mucho las cosas que dicen de ti de tu conducta principalmente te han molido tus huesos i tu honor que esta vez se a desparramado por todo Lima”, escribe en Lima el 13 de mayo de 1848.

Nace el primogénito Bernardo, cuyo padrino es O’Higgins y la madrina, Isabel Riquelme. Ahora son todos compadres. Es bautizado con pompa en la catedral de Lima. Le siguen cinco hijos más, de los cuales una fallecerá y otro será mi bisabuelo. La vida de la pareja transcurre entre la ciudad y la hacienda Montalbán. A diez años del casamiento, la crisis se lee con claridad. El escándalo estalla por Carmencita, una sobrina de José Toribio. “Me dicen que te has sacado a Carmen de su casa del lado de su marido, dicen que tú has hecho el papel. Ahora esta vergüenza es paramí porque me dirán que yo soy una cornuda”, escribe Petronila.

Intenta llegar a una reconciliación, sin éxito. Mientras, los O’Higgins comienzan a morir y ella a quedar sola. José Toribio se enferma y la culpa de sus males. Niega la relación con Carmencita. Se va a Chile con sus hijos. Demetrio y Petronila siguen viviendo en Montalbán. Los hermanos son los únicos que quedan en Perú. Han vivido juntos toda la vida. Demetrio es atractivo y mujeriego. No se casa, igual que su padre y que su abuelo Ambrosio. Tiene hijas, pero no las reconoce. La historia da círculos. Después de más de un año de investigación, estamos a punto de cerrar la búsqueda. No encontramos a nadie que aporte nuevos antecedentes. Decido confiar en la información que tenemos y en la historia oral que mi familia ha transmitido por más de un siglo. El fin se acerca. Alguien me sugiere hacer la prueba de ADN.

En el Instituto Médico Legal me dicen que es imposible por la fecha de muerte. Me habría enfrentado a la dificultad de abrir el ataúd de O’Higgins. En ese entonces, la idea parecía loca. Sin embargo, años después, me llamaría por teléfono un miembro del Instituto O’Higginiano, supongo que renovado. Quiere saber si yo me haría la prueba de ADN. Sonrío, mientras le explico con amabilidad que la película está terminada. Demetrio toma veneno en Montalbán por una pena de amor. Petronila queda sola y decide regresar a Chile. Extraña a sus hijos. Quizás pueda llegar a entenderse con su marido. Viene a recuperar
todo lo que es suyo y que le ha sido arrebatado: su familia, su identidad, la herencia que le corresponde. Se embarca en el puerto del Callao en el otoño de 1870. Sin embargo, se siente enferma. Es el corazón. El vapor avista Valparaíso. En tierra firme la esperan sus hijos y quizás sus nietos. Muere siete millas antes.

Creo que O’Higgins tenía conciencia de que Petronila era su hija, aunque no la reconoció. Tampoco lo hizo con Demetrio, pese a que nació de su gran amor, Rosario Puga, quien era de una buena familia criolla. Bernardo era un padre cercano, pero inalcanzable, ya que nunca Petronila pudo decir que era su hija. En la época, se estilaba no reconocer a los huachos, pero se los acogía en la casa, en la familia y se les daba educación. La tumba de mi tatarabuela está en el cementerio más lindo de Chile, el número 1 de Valparaíso, arriba del cerro Panteón, mirando el mar. En la lápida apenas se lee su nombre. Fui a visitarla este verano. No le llevé flores, pero le di las gracias.

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