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viernes, 23 de septiembre de 2011

José Miguel Varas (1928-2011) - Premio Nacional de Literatura 2006

    MAL


    por José Miguel Varas
    de Cuentos Completos Editorial Alfaguara,
    Santiago 2001, 675 páginas




    La Rosa Colmillo era grande y cuadrada, dura para el trabajo y seca para el trago. Se sujetaba el pelo en un moño siempre mal hecho y a punto de caer. Era una de las mujeres que encontraba doña Herminda cuando llegaba el tiempo de las nueces, mujeres prefería porque rendían parejo y reclamaban menos.

    La Rosa había pasado la noche en buena compañía, parece. No está claro si tan buena. En todo caso, en compañía. Cuando salió a trabajar serían las diez, las otras ya llevaban más de tres horas recogiendo. Venía con el cuerpo malo, agria y un poco verde, con la boca torcida. Doña Herminda la recibió en los cachos, le dijo de una a cien. Se anduvo sobrepasando, pensaron las otras, pero no dijeron nada. La Rosa no le hizo juicio y se dejó caer debajo de un carretón viejo que daba sombra. Durmió de un tirón hasta pasadas las doce.

    Las mujeres estaban terminando los porotos, algunas estaban haciendo su atadito con media galleta o galleta entera para comer después o para llevarle a las crías, cuando llegó la Rosa Colmillo con los ojos y la cara hinchados a sentarse en la mesa. Doña Herminda ya no se sobrepasó, ahora se propasó. Le dedicó versos escogidos: la perla llegaba a trabajar tarde por el mal vivir, dormía toda la mañana y encima quería almorzar la muy fresca. Todo esto, bien condimentado.

    La Rosa Colmillo la miró como si no le creyera: “No me va a dar de comer”, le preguntó.
    “¡Miren qué prosa!”, dijo doña Herminda, “los porotos hay que ganárselos”.

    La Rosa Colmillo se ofendió: “Esto le va a pesar, señora”, fue lo único que dijo. Dio media vuelta y partió. Todas se quedaron paralizadas, como con susto. Se sentía zumbar un coliguacho en el jardín.

    “Mejor, no quiero verla más. Ya me tenía colmada la Colmillo con sus modos”, dijo doña Herminda.

    Pero en la tarde, mientras podaba los rosales, se enterró una espina en el dedo del corazón. Se la sacó con cuidado y no le dio importancia. En la noche despertó varias veces porque el dedo le dolía con latidos. Al otro día le amaneció hinchado y negro, de muy feo aspecto. Lo puso en agüita de libur, pero la hinchazón no bajó.

    Mandó un niño al pueblo, como a cuatro leguas, a llamar al practicante para que viniera y le zajara, pero la señora mandó a decir que andaba varios días en las tomas y no había para cuando.

    Consiguió con don Este que la llevara al consultorio nuevo, que estaba como a diez kilómetros en las casas del fundo el Columpio. Por el camino le venían mareos, no sabía si por infección del dedo o por el traqueteo del tractor. Tuvo que esperar como tres horas al doctorcito, éste metió una cuchillita y saltó el chorro de sangre mala. Le hizo una curación completa y doña Herminda se ponía pálida cuando apretaba. Le puso tintura de yodo y una venda muy firme.

    Estuvo mejor un día, pero al otro volvió a empeorar. Entonces doña Herminda se acordó de lo que dijo la Rosa Colmillo y pensó que era un mal. Mandó preguntar por ella, pero nadie la había visto hacía tiempo. Fue y la acusó en el retén de carabineros, pero el cabo se rascaba mucho la cabeza y no hallaba cómo, le dijo que iban a tratar de ubicarla. Parece que no pudieron.

    En esto apareció providencial don Beña, un ciego de virtud, y doña Herminda lo consultó: “Este es mal y del más fuerte”, dijo él con la cabeza inclinada, como si escuchara, mientras la palpaba muy suave el dedo, que ya parecía un sapo, “la falangeta la tiene perdida”.

    Doña Herminda fumaba y fumaba para aguantar el dolor y dijo: “Qué importa. Perdida o no perdida, haga algo para sanarme, don Beña”.

    Don Beña se fue con la niñita que lo guía y volvió en la tarde con una pastita verde. Se la puso en el dedo entre rezos, conjuros y sahumerio. Cuatro días, por la mañana y por la tarde, le repitió el tratamiento. Al quinto día, cuando se sacó la venda, se desprendió también la primera falange del dedo, con uña y todo.

    Doña Herminda se quedó con un dedito corto, medio torcido y puntiagudo, como una garrita, hasta el día de hoy. Lo lamentó, pero fue agradecido con don Beña y le regaló una pavita.

    A veces se acuerda de la Rosa Colmillo, dura para el trabajo y seca para el trago, qué será de ella, ¿no?, pero el caso es que no se ha vuelto a ver por este lado, señor.

    

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