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miércoles, 4 de enero de 2012

Entrevista a Raymond Queneau por Margarite Duras



Marguerite Duras: Raymond Queneau, ¿con qué criterio juzga usted que un manuscrito es bueno o malo?

Raymond Queneau: No creo que se pueda juzgar la calidad absoluta de un original. Se valora desde un punto de vista particular, el del editor.

¿Publicable o no?

Así es. Se plantean unas preguntas respecto al autor: ¿Se trata de un escritor? ¿De un futuro escritor? ¿O de alguien que está fuera de órbita? No se juzga mucho si un manuscrito es bueno o malo, siempre es muy subjetivo. Pero se puede ver si el autor de una obra pertenece a la categoría de los escritores, de los futuros escritores o si es sencillamente un aficionado. Creo que se distingue en seguida si es profesional, futuro profesional o aficionado. El profesional, cuando manda un manuscrito, no es todavía un profesional, por supuesto. Pero se intuye al leerlo que ya tiene conciencia de lo que es la escritura, el oficio, el trabajo del escritor, y de que lo que escribe tiene el destino de ser publicado. Mientras que el aficionado, cuyo manuscrito puede ser tan bueno o tan malo, no se da cuenta en absoluto de lo que son la literatura y la escritura, es alguien que sólo piensa en sí mismo, que escribe por propio placer, que escribe para aliviarse. No está muy lejos, por ejemplo, del diario de la muchacha que lo redacta para contarse a sí misma sus propios sentimientos. Y desde el primer manuscrito de un autor, se puede adivinar si se trata irremediablemente de un aficionado o de alguien que puede llegar a ser un escritor, incluso si ha de ser un mal escritor.

El acróbata, el carpintero, ¿es el buen escritor?

Sí. Hay gente que son carpinteros o acróbatas. Son quizá malos acróbatas y mediocres carpinteros; pero, a pesar de todo, saben su oficio. No son los que con una varita mágica se imaginan que son carpinteros. Para darle un ejemplo, el escritor aficionado, es el que toma la escritura, como si hiciera bricolaje. Un escritor es quien se da cuenta de que no se escribe sólo por gusto propio, que tiene consciencia de no estar solo. El hombre, o la mujer, que está verdaderamente interesado por la escritura sabe que pertenece a la comunidad de los demás escritores, que tiene contemporáneos que le juzgarán, que le criticarán, que escribirán paralelamente a él. El aficionado es alguien que se queda en sí mismo, que puede escribir cosas agradables, pero que no tiene la potencia suficiente para comunicar con los demás, con el público, ni siquiera con un público restringido. Lo que más me llamó la atención a lo largo de esos años de lectura de manuscritos, es que se ve con suma rapidez si un autor, incluso totalmente desconocido, pertenece ya, por vocación, para decirlo de alguna manera, al gremio de los escritores.

¿Ocurre muy poco?

Sí, muy poco. A veces, eso plantea problemas. Puede suceder que un manuscrito no sea bueno aunque el autor esté plenamente enterado de lo que es la escritura. Entonces da pena rechazarlo.

¿Hay algo que puede sustituir esta magia de la publicación, de la obra publicada?

No, nada. Entonces, a pesar de que su original no sea bueno, a veces nos da pena rechazarlo. Muchas veces podemos preguntarnos si no hubiese sido preferible publicar esa primera obra, transformarla en un libro impreso, incluso no muy bueno, incluso bastante malo, porque la vista de lo impreso, la vista de lo que uno escribe, impreso, transforma por completo al autor. Hay seguramente una reciprocidad que establece la impresión, la primera comunicación con... con los demás, en fin, con los lectores.

Por una parte, es una fascinación, pero también una objetivación de la cosa. ¿Un libro impreso se ve mejor?

Sí. Pensemos: “He aquí un autor... lo que escribió no es muy bueno; pero, si lo ve editado, se dará cuenta de que no es muy bueno, sentirá las reacciones del público, de los lectores, aun en el caso de que estos lectores sean poco numerosos, incluso si nadie le escribe, si no tiene crítica.” El mero hecho de saber que hay aquí y allá, en el mundo, gente que podrá leer su obra, tendrá una influencia en él, lo transformará, le ayudará a comprender lo que es la escritura.

¿Las vocaciones literarias pueden ser tardías? ¿Qué piensa usted del notario que, en el último pueblo del departamento de la Dordoña, un buen día, con más de cincuenta años, empieza a escribir una novela?

Esto ocurre, efectivamente. Hay ejemplos de escritores tardíos. Pero la mayoría de las veces es un signo patológico. Casi siempre, un escritor escribe temprano, escribe joven.

¿A qué edad?

A los siete años... Muy joven, en fin... Que yo sepa, la mayoría de los escritores escriben desde la infancia. Empezaron a los siete, ocho, diez años, casi todos.

¿Cuándo empezó a escribir usted?

Nunca he dejado de escribir.

RESEÑA

Escritor francés, poseedor de un conocimiento enciclopédico. Nació en Le Havre. En 1920 se trasladó a París para estudiar Filosofía y Ciencias. Sus primeras obras están influidas por los surrealistas, y aunque su primera novela, La dificultad, se publicó en 1933 y fue seguida por otras doce novelas y varias colecciones de poesía, Queneau no obtuvo un reconocimiento amplio hasta la publicación de sus Ejercicios de estilo (1949), donde repite una y otra vez la misma anécdota valiéndose de las posibilidades casi ilimitadas de la lengua hablada, y de la novela Zazie en el metro (1959). En 1954 dirigió la Enciclopedia La Pléyade y en 1960 fue cofundador del OULIPO (Ouvroir de Littérature Potentielle: Taller de Literatura Potencial), cuyos miembros se propusieron estudiar científicamente las limitaciones de la creación literaria. Tres son sus principales innovaciones literarias: la prioridad de la estructura sobre la forma y el contenido, que denuncia las convenciones de la novela; el uso de un neofrancés para reproducir en ortografía fonética el verdadero sonido de las palabras; y el concepto de verso-novela, reflejado en Roble y perro (1937). La ironía de Queneau, uno de los principales exponentes franceses de la crisis y la experimentación con el lenguaje durante el siglo XX, se pone de manifiesto en las novelas Un duro invierno (1939), Mi amigo Pierrot (1942), Las flores azules (1965), San Ginglin (1948); la colección de poesía Si tu t'imagines (1952), Pequeña cosmogonía portátil (1950) y los ensayos Bâtons, chiffres, et lettres (1950). © eMe.-

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