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martes, 6 de diciembre de 2011

El Gran Masturbador, Salvador Dalí


Óleo sobre lienzo, 1929. Dimensiones: 110x115 cms. Colección particular.
   
   

“Paisaje mental”:

Estamos ante un “paisaje mental” altamente sofisticado y cuidadosamente estructurado en el que Dalí nos muestra con increíble impudicia sus temores y obsesiones.

Ante nosotros un rostro. Una gran cabeza, amarilla y blanda; con mejillas sonrosadas, larguísimas pestañas y una enorme nariz que le sirve de apoyo en la arena.

En lugar de boca tiene un saltamontes o una langosta, insecto que aterrorizaba a Dalí. Su vientre en descomposición está repleto de hormigas que trepan desde él hasta la gran cabeza. De la cabeza surge una arquitectura modernista sobre la que se apoya “el gran masturbador”, un personaje masculino, del que sólo vemos la parte inferior del tronco, los genitales y los muslos dañados. A sus genitales se aproxima con delicadeza el rostro de una lánguida muchacha y pegado a él un lirio blanco, que parece definir a la masturbación como la relación sexual más pura.

Otro símbolo sexual es la cabeza del león bajo el hombro de la figura femenina, que representa la libido, con su grotesca lengua retorciéndose.

Atmósfera onírica:

Bajo el rostro, en otro plano, hay unos extraños personajes: amantes androides que se besan intentando atrapar lo que pueda quedar de vida en un cuerpo semipétreo, o que se alejan caminando hacia lo que parece una infinita soledad.

El dibujo tiene una gran importancia. Dalí formaba parte del grupo de pintores surrealistas que empleaban una figuración de corte tradicional, con mucho detalle, aunque las dimensiones de los objetos, ni sus proporciones, sean reales.

Colores y Composición:

La luz es clara, mediterránea, casi plana. Un colorido brillante, tonos cálidos, de tierra, arena y roca. Amarillos y ocres en transición a gris verdoso en la parte inferior del cuadro.

Destacan las “plumas” de colores vivos en el rostro: rojas, verdes y amarillas, y el rojo de la lengua lasciva del león. Finalmente, el suave azul del cielo lo enmarca todo.

Desde el punto de vista de la composición vemos una gran línea recta que define el horizonte, muy bajo, razón por la cual sitúa al espectador en una posición elevada. Así el cuadro queda dividido en dos mitades desiguales aunque armoniosas. La horizontal se ve reforzada por el cuerpo del saltamontes. El resto de las líneas predominantes son curvas, que transmiten sensualidad, abandono y goce erótico.

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