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jueves, 1 de marzo de 2018

LA ÉTICA DE SPINOZA






Para Bergson todo filósofo tiene dos filosofías: la suya y la de Spinoza. Hegel fue un poco más radical (o entusiasta) al decir “Spinoza o la ausencia de filosofía”. Polémico y clásico, Spinoza es un autor ineludible para cualquier estudiante o interesado en la historia del pensamiento en occidente. La Ética demostrada según el orden geométrico de las cosas es la pieza clave que resume las teorías fundamentales de un pensador enigmático y original que, como todo buen filósofo, con sus respuestas a cuestiones inmanentes al quehacer filosófico formó escuela y fundó interesantes dudas. A continuación un somero resumen de la citada obra.

LA ÉTICA SEGÚN SPINOZA

La Ética de Spinoza se inspira en el modelo metodológico de las matemáticas y la geometría, eso significa que, para la exposición de sus ideas y la deducción de sus conceptos más importantes, utiliza el método sintético.

Partiendo de postulados, axiomas y definiciones cuya evidencia (por intuición inmediata) considera irrefutables, deduce conceptos y conclusiones más complejos. La preferencia por tal sistema de deducción sintética suele atribuirse a la influencia que Spinoza tuvo del racionalismo cartesiano, el cual inauguró la filosofía moderna planteando el problema del método a seguir para obtener un conocimiento verdadero antes de preocuparse por la verdad a conocer; primero definir las capacidades, los alcances y el procedimiento de la razón humana y después el descubrimiento del mundo.

Si el modelo del método geométrico es la herramienta intelectual de la Ética, el tema que la impulsa es la pregunta por el hombre: su naturaleza, su lugar y relación con el mundo que lo rodea, sus problemas morales, los alcances y límites de su razón y su libertad. Ya que el método geométrico consiste en una deducción a partir de principios elementales irrefutables (como el procedimiento matemático de Euclídes), Spinoza parte de dos bases: 1) la idea del universo real como un cuerpo organizado donde todas y cada una de sus partes están íntimamente conectadas según leyes que “son siempre y dondequiera las mismas, como la propia naturaleza es siempre, una y la misma, y la misma en todas partes su fuerza eficiente” 2) Definiciones precisas de los términos con los que el autor alude a tales leyes, lógicamente incuestionables y evidentes.


PRIMERA PARTE DE LA ÉTICA DE SPINOZA
1. La primera sección de esta obra fundamenta dicha visión del universo del cual, una de sus partes es el ser humano. La naturaleza, fuerza o Dios (“el nombre poco importa para el tema” -comenta el filósofo) que contiene las leyes de armonía universal es la sustancia infinita, necesaria y causa de sí a la que pertenecen incontables atributos y modos (seres particulares) en los que se manifiesta. Para Spinoza, el Dios o ser sustancial al que pertenecen y del cual parten todas las cosas está presente en todas ellas por lo que cada una es, al mismo tiempo, estados diversos de la misma sustancia. Dios no es para Spinoza solo “espíritu” ya que si uno de sus modos principales de manifestarse es la extensión -la corporeidad- también participa de ella en forma activa. Con ello Spinoza desaparece la oposición clásica entre espíritu y cuerpo: la materia es una constante de la existencia, es la realización concreta de los principios metafísicos. Ambas realidades no se excluyen, se complementan.

Como sustancia trascendente, Dios no es el creador del mundo. El mundo es una realidad inmanente en él. Dios es por tanto parte de todos los seres de este universo y a la inversa, o dicho de otra forma, Dios está y ES todas las cosas. Desde esta perspectiva Spinoza establece una unidad radical entre elementos que la tradición filosófica separaba pues su consecuencia inmediata es la negación de un Dios personal y creador. Cada ser humano es una manifestación de lo divino. Para establecer contacto con su origen debe establecer contacto consigo mismo. Panteísmo místico donde ser y pensar, episteme y ontos se igualan e implican necesariamente. El único conocimiento posible en tal mundo consiste entonces en reconocer la dependencia de lo particular hacia una esencia eterna e invariable. Conocer es pues, deducir por medio de la causa última el armazón armónico que rige las cosas en que es capaz de manifestarse: Todas.

Ahora bien, la ligazón de orden geométrico que envuelve todos los seres coloca a Dios a la cabeza de la ascendencia causal, sin embargo, Spinoza no lo comprende como un “primer motor” (Aristóteles). La naturaleza producto (natura naturata) de la fuerza inmanente a todo lo que existe (natura naturans) no tiene finalidad, meta ni voluntad.

Las causas finales son fantasía para Spinoza. Dios como ser libre que crea el mundo por propia voluntad, no existe. La causa del movimiento y el reposo al estilo clásico de Aristóteles, desaparece.

El resultado: Dios no puede prevenir ni conocer las cosas futuras. Las comprende al momento de crearlas, obedeciendo su propio impulso y necesidad pues “su esencia no es otra cosa que la existencia”.


SEGUNDA PARTE DE LA ÉTICA DE SPINOZA
2. Dilucidada la naturaleza primera o divina, Spinoza investiga la composición de la naturaleza humana, sus límites y posibilidades de conocimiento y el valor de las ideas. Dicho de otra forma, la segunda sección se ocupa de comprender el alma, exponer la teoría spinoziana del conocimiento y la relación mente y cuerpo.

Spinoza no pretende comprender el “ser” desde un cierto criterio de verdad, ni -como Heidegger- partir de él para fijar las leyes del conocimiento. Le interesa descubrir los elementos sustanciales del mismo que se revelan en los particulares. Como la sustancia de toda realidad es invariable y eterna, el análisis deductivo es la opción a seguir y si a cada modo o atributo corresponde una fuerza o idea fundamental, la noción de causalidad cósmica es la idea que sustenta a las demás: Neo-platonismo que comprende la enorme variedad de seres a partir de su origen intemporal ideal del que se derivan, esto es, conocimiento de sub specie aeternis, el más superior de los saberes posibles en el ser humano que consta de tres niveles básicos. El más elemental es el conocimiento imaginativo. El segundo en la escala es el conocimiento por la razón (descubre la sustancia primera por medio de los particulares). El último y más complejo es el que simboliza su Ética, por intuición y “según el orden geométrico de las cosas”.

A resguardo del principio elemental de “todo es uno y lo mismo” el alma humana, si bien no igual al cuerpo es una manifestación coincidente del mismo orden geométrico universal o sustancia. La primera no es posible sin el segundo. El hombre no es un cuerpo al que se le haya “inyectado” un alma o impulso vital, es un compuesto de dos atributos divinos, a saber, extensión y pensamiento. Juntos fomentan un evento (ser humano) que lleva la huella de la fuerza que los crea, pero sin llegar a ser idéntico. Alma y cuerpo nacieron juntos y se reintegran de igual forma a la sustancia. La eternidad personal por tanto no existe.

3 y 4. Compuesto de alma y cuerpo, el hombre accede a pasiones o afectos. Las secciones tercera y cuarta de la Ética estudian su origen de la misma forma que en las secciones anteriores, es decir, atendiendo al orden que las rige tomando en cuenta que el ser humano -parte de la naturaleza o sustancia- está inscrito a su vez dentro de un orden preestablecido que en cierta forma lo determina.

La “Geometría de las pasiones” analiza la influencia de las pasiones sobre la razón y el poder de la razón sobre las pasiones. Inicia aceptando como base el instinto de preservación de todos los seres (cupiditas) a partir del cual se derivan los dos afectos principales: la alegría (afecto que promueve la preservación y perfeccionamiento de la propia existencia) y la tristeza (afecto que promueve su destrucción). El hombre libre no es aquél que domina sus pasiones, es el que las comprende en toda su integridad, las acepta y, considerándolas útiles, se sobrepone a ellas. El hombre siervo es el incapaz de entenderlas y por tanto, de moderarlas y de sobrevivir con ellas.


“La naturaleza no hace más que seguir su orden necesario. Si el hombre quiere dominar las pasiones debe considerarlas como parte de la naturaleza humana y, por consiguiente, del orden universal en que figura ésta. Solo así podrá pasar de la servidumbre a la libertad, del mal al bien”. Bien y mal no son categorías morales, son ontológicas. El hombre bueno es el que lucha por preservar su ser -en eso consiste la mayor virtud para Spinoza- mientras el malo, lucha por lo contrario.

5. Por último, la quinta sección de la Ética se enfrenta al problema de la libertad humana. Ella existe en un radio mucho más amplio que la concepción geométrica y naturalista del universo parecieran dejar en un principio. La libertad radica en la adecuada influencia que el pensamiento pueda ejercer sobre las pasiones.

A mayor conocimiento que de ellas obtenga, mayores posibilidades de acción sobre las mismas. Las pasiones que se padecen (pasivo) se transforman en afectos (activos) más efectivos en contra de la servidumbre humana. Amor es alegría por el conocimiento de las causas. Conocerse a sí mismo clara y distintamente es conocer a Dios. Y eso es la más amplia libertad que un hombre puede experimentar: el amor intelectual de la sustancia, de la naturaleza y de sí. Comprensión integral que lo aleja de temores superfluos y lo acerca al verdadero conocimiento, a la vida, al eterno universal y a un libre albedrío total desde donde puede decidir qué tipo de armazón aporta a la larga cadena causal que lo sustenta y lo limita, mas nunca lo determinará absolutamente.

Octavio
Blogger desde 2006. Experto en Marketing Online, Redes Sociales y Posicionamiento SEO. Psicólogo aficionado a la tecnología, el diseño y el periodismo.

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