Seguidores

Edita con nosotros

sábado, 5 de febrero de 2011

Hebe Uhart, escritora argentina

La escritora oculta

Hebe Uhart fue profesora, bibliotecaria y, durante décadas, el secreto mejor guardado de la literatura argentina. Después de ser vapuleada por la industria editorial, a sus 73 años todos dicen que es la gran cuentista al otro lado de la cordillera. Esta es la historia de una mujer que fue escritora de culto y que hoy es, simplemente, la mejor.

Por Leila Guerriero, desde Buenos Aires

Hay una cámara que muestra esta imagen: una habitación oscura, una luz cenital y, debajo de la luz, una mujer sentada en una silla de madera. Lleva el pelo corto, pantalones de tela, una camiseta blanca, las manos sobre las rodillas. Con voz modulada y monótona, la mujer dice: "Tengo muy pocos principios o convicciones firmes. Pero sí creo en que debemos tratar bien a los que tenemos cerca y en que todas las personas tienen derecho a momentos de placer, alegría o cómo se llame".

La cámara no se mueve.

La mujer no parpadea.

La escena no existe.

Existen la mujer, la voz, el texto escrito por ella y, en el hipotético comienzo de un hipotético documental sobre su vida, la escena podría ser una declaración de principios de ese estado de discreción benévola en el que vive y bajo el que crujen las capas tectónicas de la tragedia humana. Porque -si observan con cuidado- la palabra "placer" y la palabra "alegría" están deliberadamente desamparadas bajo la lluvia ácida del "como se llame", de forma tal que queda claro que la mujer sabe que el placer o la alegría son escurridizos, fugitivos o escasos; y porque -si lo piensan bien- elegir, de entre todos los principios o convicciones posibles, ese derecho humilde a un poco de placer, a un poco de alegría, es como decir señores, esto es cruel, y habrá dolor, así que intentemos ser un poco más buenos.

El departamento está en un noveno piso de un edificio del barrio de Almagro, en Buenos Aires. La sala es luminosa. Hay una mesa cubierta por manteles individuales, seis estantes con libros dispuestos en orden arbitrario, un televisor viejo. La mujer habla mirando el lápiz que sostiene en las manos, o el vaso de gaseosa, o el mantel individual, o el lápiz, o el vaso de gaseosa, o el mantel individual, o el lápiz, o.

-Soy una mujer suburbana. No soy ni campesina ni urbana. Soy suburbana. Nací en un suburbio de Buenos Aires, Moreno, cuando Moreno era un pueblo. Moreno hace cincuenta años era un pueblo. Había siete cuadras y estaba el campo con las vacas. Ahora tiene quinientos mil habitantes, cien bancos. Ahora tiene de todo.

Habla reconcentrada, eligiendo palabras de la frase anterior y colocándolas, como si fueran piezas de un puzzle, en la siguiente.

-Mis abuelos paternos eran vascos franceses y los maternos italianos. Conocí a las dos abuelas. La abuela Chica y la abuela Grande. La abuela Chica era la italiana, que era flaca. Y la abuela Grande era la francesa, que era grandota. Nunca fui a visitar a los parientes a Europa. Porque tenés que presentarte y es un trabajo. "Hola, yo soy hija de mengano". Después, te cuentan una historia y les entendés la mitad. Además te tenés que quedar un rato, si no queda mal. Y yo soy muy sociable, pero cuando me dan ganas de rajar, me quiero ir.

Dirá, después, que es ansiosa. Que por eso fuma, que por eso siempre está haciendo algo. Cuando viaja en ascensor, se acerca a la puerta en cada piso y hace ademán de abrir antes de que se detenga. Mientras habla, traslada el peso del cuerpo de un lado a otro y mira hacia todas partes, como si esperara ser sorprendida por alguna cosa. Hebe Uhart tiene 73 años y se dijo, de ella, mucho. Que era una escritora de culto, costumbrista, sencilla, naïf. Desde hace algunos años se dice una sola cosa: que es la mejor.

"No me gustan los escritores demasiado satisfechos. La mejor tradición de la literatura argentina está construida en esas vacilaciones: es el narrador incierto de Borges o de Hebe Uhart", dijo el escritor argentino Ricardo Piglia, autor de Blanco nocturno.

"Hebe Uhart se ubica entre aquellos escritores donde un "modo de mirar" produce un "modo de decir", un estilo: Eudora Welty, Felisberto Hernández, Mario Levrero, Juan José Millás, Rodolfo Fogwill o Clarice Lispector", dijo el escritor y crítico argentino Elvio E. Gandolfo.

"Hebe Uhart es la mayor cuentista argentina contemporánea. Dije "la", pero debí decir que sus cuentos, como los de Silvina Ocampo y Sara Gallardo, están entre los mejores de la literatura argentina", dijo Rodolfo Fogwill, escritor argentino que murió en 2010.

Hebe Uhart nació en 1936, hermana de un hermano tres años mayor que, de adulto, sería cura. Su madre se llamaba Emilia y era maestra, y su padre Pedro y era empleado del Banco Nación.

-Yo tenía muchos amigos. Había uno, Rogelio. Me habían regalado un jueguito de muebles color verde nilo. Y ese chico me dijo "Vamos a hacer una construcción". Me pidió el juego de muebles y yo se lo di pero lo rompió todo. No me importó mucho. Porque no era apegada a las cosas. Eso me viene por parte de mi mamá. No le gustaba comprar electrodomésticos porque para ella todo era una molestia, más cosas para cuidar. En la casa hacía lo fundamental. Siempre decía: "Lo primero que hay que hacer en una casa es no ensuciar".

No fue una lectora precoz ni tuvo tíos artistas o vocación de escritora. En su casa había sólo libros sobre la vida de Jesús y ella escribía únicamente si no tenía algo mejor que hacer: jugar, o ir a visitar a su tía loca.

-Tenía un diagnóstico de esquizofrenia paranoide. Vivía en una casa espléndida, que destrozó tirando baldazos de agua a las paredes. Pero fue una fuente de inspiración.

"(...) ella había rezado tanto para que Dios se la llevara, para tener ella la felicidad de verla morir cerca, no en manos extrañas. Pero se ve que Dios no quería llevársela y la voluntad de Dios era que viviera. Entonces iban a intentar primero hacer alguna cosa y si no daba resultado, la internarían, aunque no estaba muy segura la abuela de que eso correspondiera a la voluntad de Dios", escribiría, muchos años después, en un relato llamado Paso del rey produciendo ese efecto que es su marca, ese borde que se mueve entre el pánico y la euforia, que se parece a la risa y que a veces son simples ganas -ovilladas- de llorar.

Irene Gruss es poeta, vive en un departamento repleto de libros, con algún gato. Conoce a Hebe Uhart desde 1980, y es una de sus mejores amigas.

-Esa tía loca le daba miedo pero le permitía huir de su casa. Imaginate mandar a esta piba a la casa de esa loca. Imaginate la crueldad. Y después esa madre. Tan dominante, tan rígida. Sólo veía por el niño de sus ojos, su hijito cura.

"Pasé por casa de las tías y toqué timbre; les gustó el peinado. Cuando mi mamá me vio, dijo: "Está pasable", escribiría Hebe Uhart en Mudanzas.

-En la adolescencia me transformé en tímida. Dejé de ir a fiestas. Mandaba telegramas, ponía "Feliz cumpleaños" y me echaba en la cama a llorar.

Se vestía de negro, se lavaba con jabón de la ropa en un ejercicio de ascetismo que se inventó después de escuchar que "a los tibios los vomita el Espíritu Santo".

-En la escuela no le hablaba a mi compañera de banco. La despreciaba porque era burra. En quinto año preguntaron: "¿Qué quieren ser?". Y yo dije "Nada. Nada quiero. Nadie". Y me llevaron al gabinete de psicología.

Hacía dieta, leía ensayos sobre la fe y la razón. Un día del año en que tuvo 16 acompañó a una amiga a dar vueltas en bicicleta y la amiga propuso: "Vamos a saludar a un amigo que vive allá". "Ella tocó timbre -escribiría en Él- como una persona acostumbrada a ir a esa casa y salió, somnoliento, el hombre más hermoso que yo había visto en mi vida; era un hombre, no era un muchacho como los que bailaban conmigo; tendría veintisiete años. Tenía la barba un poco crecida, como de dos días (...) Su cuerpo y su cabeza eran perfectos; los labios muy grandes y sensuales y la mirada burlona".

-Yo lo veía y me tiraba al piso de timidez. Era muy lindo, muy buen mozo. Me encantaba.

Durante semanas merodeó la casa de ese animal suave y peligroso sin atreverse a hacer nada. Con los años, todo lo que pudo hacer fue escribir aquel cuento en el que una adolescente comprende, con furia, que hombres como ése no son, nunca serán, para alguien como ella. Y no fueron.

-No es una tipa con la que tenés un diálogo normal. ¿No viste cómo mira, la forma de fumar, de moverse? Te puede dar una clase sobre Simon Weil, pero si te quedás con la primera impresión puede parecer una mujer muy extraña -dice Irene Gruss.

-A los 17 dije que iba a estudiar Filosofía, porque me había gustado esa materia en el colegio. Me dijeron: "Vas a trabajar para tus gastos". Así que me puse a trabajar de maestra.

La primera vez que se plantó ante un grupo de chicos, en una escuela de campo, usaba el mismo delantal con el que había asistido al colegio como alumna hasta el año anterior: falda tableada y moño a la espalda.

-Mi mamá me mandó así. A ella no le importaba. Una alumna gordita de 9 años me dijo "Vos no sos maestra, sos alumna como nosotros". "No, yo soy maestra", le decía yo. Le conté a mi mamá. Ella ni levantó la vista del diario, me dio la plata y me dijo "Comprate uno de maestra". Yo tenía mucha fe docente. Les enseñaba vocabulario. "Hagamos frases con la palabra "antepasado". Y escribían "Yo tenía un juguete antepasado".

Entonces les hablaba de la deuda con los antepasados, y escribían: "Mi papá se peleó con mi tío por una deuda y le encajó una piña".

Esa inmersión en escuelas pobres dejó rastro en relatos como Una se va quedando, o Impresiones de una directora de escuela, en el que la protagonista -la mentada directora- entra en el aula mientras los alumnos preparan el regalo para el día de la madre, y se descorazona: "(...) hicieron la fosforera. La fosforera son cuatro cajas de fósforos vacías (los fósforos son caros) pegadas con goma. Cada cajita tiene una chinche en el medio, simulando ser un cajoncito que tiene una manijita. Trato de pensar que es un cajoncito en miniatura, me digo "qué bonito". Pero es una chinche. "Muy bien"- le digo. Me entró un gran desánimo y tristeza. Ellos estaban contentos fabricando esos regalos y las maestras también (...) Yo tenía la sensación de que la vida era triste, pero no tenía derecho a entristecer a nadie".

Durante el día su mundo era un mundo de chicos sin zapatos y, por las noches, el círculo áulico de la facultad de Filosofía y Letras, con amigos que bebían bidones de whisky mientras hablaban de Nietzsche y la revolución.

-Empecé a tener unos novios desastrosos. A los 23 me fui a vivir a Rosario porque tuve un amor con un hombre casado. Me fui para olvidarme. Estuve un año entero fantaseando con este tipo. Había estado cuatro veces con él, de las cuales me habría acostado una o dos, me parece. Pero viste cómo son las cosas de la cabeza.

-¿Y el tipo qué era?

-Casado.

-Pero qué hacía.

-Era un funcionario de las Naciones Unidas. Y yo me vi como el obstáculo que debía retirarse así que me fui a Rosario.

Animada por un amigo publicó, en 1962 y en una editorial pequeña de esa ciudad, Dios, San Pedro y las almas, una serie de relatos que había comenzado a escribir a los 18 y que no había mostrado a casi nadie.

-Cuando volví a Buenos Aires vino una etapa de disipación. Tuve un novio borracho. Lo que pasa es que mi casa era un lugar muy triste. Mi papá se había muerto de enfisema, mi hermano se había muerto, mi tía loca estaba viviendo ahí.

-Tu hermano...

-Murió. Joven. Nunca pude escribir de él, porque cuando una persona te queda trunca no sabés como es. Igual peleábamos mucho, no le gustaban mis amigas. Mi mamá quería que él fuera cura, pero de los buenos. Y una vez la escuché decir "Mejor muerto que mal cura". Eso es duro también, ¿no?

-Y tu hermano...

-Sí, murió joven. En un accidente de auto. Así que en medio de todo esto, estar con el borracho era como un carnaval. Andábamos por ahí, vivíamos en casa de amigos. Yo volvía a mi casa un par de días, dormía, y otra vez a correrla por el centro. Entonces mi mamá me dio sus ahorros para que me comprara un departamento. Compré uno y la cama la pusimos en el hall de entrada. Como yo barría con una escoba y levantaba polvo, mi pensamiento era "Si barro, levanto polvo, entonces no tengo que barrer". El decía que no podía trabajar porque ese departamento lo deprimía. Estaba mal alimentado, entonces yo le compré unas vitaminas y lo llevé al psiquiatra. Bueno, cuatro años, duró. Bastante, ¿no?

-Estarías muy enamorada.

-No, no. Yo quería que él se mejorara. Al final lo dejé. Mi mamá llegaba y decía "Qué olor a patas que hay acá". Y sí, no se bañaba él.

-La madre debió enseñarle las cosas comme il faut, pero, por diferenciarse, ella se fue al cuerno y no sabía barrer un piso. Sus amigos eran intelectuales marginales, gente sin ningún sentido práctico. Había mucho alcohol y se enganchó con eso y empezó a tomar. Aparecía borracha en las editoriales y se ganó una fama horrible. El mundo literario la rechazaba, pero, qué curioso, no rechazaba a escritores varones alcoholiquísimos. Hubo mucha discriminación por el hecho de ser una mujer. Cuando la conocí ya no tomaba. Zafó por ese ascetismo que ella tiene, y porque no es autocompasiva ni melancólica -dice Irene Gruss-. A mí lo que me llama la atención es que en su obra no hay figuras masculinas, ni el padre ni el hermano.

-Después del borracho tuve algunas parejas. Un ingeniero, Armando, que vivía en Tandil, al sur de la provincia. Yo iba a verlo y mi mamá me decía "¿Y en calidad de qué vas, si no estás casada?".

-¿Lo dejaste?

-No, me dejó él. Y después Roberto. Era abogado. Desaparecía diez días y volvía a aparecer. Era difícil, muy mujeriego.

-¿Lo dejaste?

-No, él me dejó. Yo no soy de dejar. Como toda esa gente se me murió yo tiendo a retener a las personas. Y después ya no tuve a nadie. Tal vez no he trabajado el vínculo de pareja. Los he visto un poco desde afuera, como personajes. Pero eso quizás fue por mi incapacidad de pelear. Debe haber un costado un poco desvalido en mí, porque no me gusta enfrentar la lucha.

Su último puesto docente fue el de directora en una escuela en la que no había ni secretaria.

-Me hinché las pelotas y renuncié. Formé mi Departamento de Mendicidad y Propaganda. Hacía unos cartoncitos donde ponía "Clases de latín y castellano", y los repartía en los comercios de mi barrio. Siempre agarraba algún alumno. Después empecé a enseñar filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y en la de Lomas de Zamora, pero ya me jubilé.

Ahora dirige, desde hace tiempo, uno de los talleres literarios más prestigiosos de Buenos Aires que debe ser, también, el más barato de Latinoamérica: dicen que el año pasado cobraba poco más de diez dólares por mes.

-No quiero tener más de lo que tengo. Tengo este departamento, otro que alquilo, una jubilación y los talleres. Me gusta estar así, en el medio. Por ejemplo el hotel: a mí me gusta tres estrellas, no más. El otro día la editorial me mandó a uno de Córdoba, que era de cuatro, y había un tipo abriéndote la puerta. No me gusta eso. Ya le dije a la editorial que la próxima vez me manden a uno de tres.

La editorial. Su obra, entonces.

Desde 1962 y hasta 1999 publicó, a ritmo sostenido, en editoriales independientes que, en su mayoría, ya no existen: Eli, Eli, lamma sabachtani (Goyanarte, 1963), La gente de la casa rosa (Fabril, 1970), La elevación de Maruja (Cuarto mundo, 1973), El budín esponjoso (Cuarto mundo, 1976), La luz de un nuevo día (Centro Editor de América Latina, 1983), Leonor (Per Abbat, 1986), Camilo asciende (Torres Agüero, 1987), Memorias de un pigmeo (Alta pluma, 1992), Mudanzas (1995, Bajo la luna nueva/Lectores de la Banda Oriental, 1997/Mondadori, 1999), Guiando la hiedra (Simurg, 1997), Señorita (Simurg, 1999). En todos esos años el nombre de esta maestra de escuela que no frecuentaba círculos literarios ni publicaba en editoriales grandes (una sola vez dejó sus relatos en Sudamericana, donde le dijeron que tendría que esperar uno o dos años, y los retiró) circuló secretamente entre lectores entendidos que admiraban esos relatos que hablaban de familias de clase media, de inmigrantes, de personajes que estaban siempre un milímetro por debajo de la línea de flotación de eso que llaman "normalidad". Después, en el siglo nuevo, llegó a una editorial independiente muy sólida y de gran prestigio: Adriana Hidalgo. Allí publicó Del cielo a casa (2003) y Turistas (2008). El aterrizaje, de todos modos, no fue tranquilo: propuso diez cuentos y le rechazaron cinco: "Vas a hacer cinco nuevos -le dijeron en la editorial-, uno de Buenos Aires vista por un extranjero, otro de una reunión de consorcio". Y ella aceptó.

-Yo me indigné, pero ella se puso a escribir como una hormiguita y te decía "Estoy haciendo los deberes: ya escribí tres". Ella no puede ir a una editorial porque se violenta. No sabe defenderse. Cuando Fogwill empezó a decir que era la mejor escritora argentina yo le dije: "Fogwill, vos sos un ángel". Él no era amigo, pero quería ayudar a levantarla, porque con Hebe hubo mucha discriminación, mucho maltrato. Las editoriales le han hecho de todo. No pagarle adelantos, quedarse con derechos. Ahora muchos la leen porque hay que leerla. Pero incluso hoy hay gente que te dice "Sí, es buena. Pero no me digas que no es una loca de atar". Quedó muy estigmatizada -dice Irene Gruss.

Llevaba treinta y ocho años de escritura, dieciséis libros publicados y era el secreto a voces de la literatura nacional cuando un sello grande mostró interés en su obra. Así, en la misma colección en la que aparecieron antes los cuentos completos de Faulkner, Nabokov, Yourcenar, Cortázar, Fogwill, apareció, en 2010, Relatos Reunidos, de Hebe Uhart. "Reunidos" y no "completos". Dizque porque una editorial negó los derechos de sus trabajos anteriores.

-Creo que el nombre se empezó a hacer más conocido después de lo de Adriana Hidalgo. Yo antes era una escritora para escritores.

-¿Y eso te gustaba?

-No. Tampoco tengo mucha idea de quién me lee. Pero ya es suficiente reconocimiento, basta. A mí me gusta lo moderado. El éxito inmoderado me haría mal. Esta nunca fue la profesión con la que me gané la vida, ni nunca va a ser. Yo creo que uno hace lo que le sale más fácil y lo que está acostumbrado a hacer. Pero uno tiene muchas vocaciones, lo que pasa es que no te da el tiempo para tantas cosas. Mis otras vocaciones serían la observación de animales, de monos. Y si hubiera sido hábil con las manos, me hubiera gustado hacer artesanías. Pero en la infancia agarraba un alambrecito y un papelito y unía todo eso y salía un sorete.

-Escritores como Fogwill y Ricardo Piglia han hablado muy bien de vos.

-Sí, pero yo no los conozco casi.

-Se dice desde hace rato que sos la mejor escritora argentina.

-No, no. Es demasiado peso. Es un peso demasiado grande. Es un peso que no quiero admitir. No quiero ser la mejor escritora argentina. Es un lugar en el que te quedás sola y yo no me quiero quedar sola.

-Es muy amiga de sus amigos -dice Enriqueta Chiari, amiga y alumna desde 2004-. A mí me operaron hace unos años y cuando le dije que me tenía que intervenir Hebe se consternó. Pero dijo "Va a salir todo bien". Me estuvo llamando todo el tiempo para ver cómo estaba. Hace poco operaron a una amiga y se turnaban varios para cuidarla, Hebe entre ellos. Incluso, como yo soy psicóloga, me preguntó: "¿Vos irías a verla? Te pago la consulta". Siempre en su tono. Ella no es víctima y entonces los demás tampoco lo son.

-Le gusta recibir gente, hacer cenas. Nosotras vivimos a cinco cuadras, así que nos vemos todas las semanas. Si yo le digo "Venite a casa así conocés a los gatos" o "Vení que te muestro cómo quedó el plastificado del piso", te trae comida para gatos, o una plantita para celebrar que plastificaste. -dice Irene Gruss.

"Cerca estaba la Panadería benemérita del buen gusto, con su decoración de ángeles sosteniendo pasteles y con pastoras del siglo XVIII entre los bombones. Eso sí, qué bien saben poner a volar a los ángeles, tanto en los cuadros de los pintores famosos como en las decoraciones de la panadería: parecen suspendidos en el aire con una ingravidez que sobrevuela todo, el bien, el mal y los pasteles", escribe Hebe Uhart en Del cielo a casa, un relato sobre un viaje por Italia incluido en el libro del mismo nombre. Porque escribe cosas como ésa se ha dicho que es hilarante, graciosa, cómica, inocente, ingenua, sencilla, candorosa, llana.

-Me he hecho una fama: naïf, dicen, como si una fuera medio tarada. Yo no soy inocente. Pero es como una fama. Es más fácil repetir eso que pensar otras cosas, pero lo que sí tengo es esa veta medio optimista.

"En Uhart esa aparente 'mirada ingenua' tiene un calado impresionante -escribió el escritor y critico argentino Claudio Zeiger en Página/12-. Llega al hueso pero no a fuerza de crudeza ni de violencia"

"Tengo la alegría del sobreviviente. Se murieron todos en mi familia. Yo trabajo para la alegría. La alegría es un trabajo como cualquier otro", dijo Hebe Uhart en entrevista con el diario Clarín.

Gastón Gallo dirige la editorial Simurg, publicó dos de los libros de Uhart y dice que la relación empezó bien, pero que, después de un malentendido, se perdió.

-Siempre la vi como una mujer muy apurada y desconcentrada. Estaba hablando con vos y de pronto se levantaba y se iba. Pero eso no deja de ser una curiosidad, y además hay escritores como Alberto Laiseca que son mucho más raros y nadie dice nada. Yo creo que, hablando en términos de valor, es mucho mejor cuentista que Fogwill. Por lo demás, es una mujer correcta, reservada, amable, y una señora de barrio que escribe maravillosamente bien. Una escritora en serio, con un mundo propio, con un tono reconocible, y una de las grandes escritoras argentinas. No hay muchas, eh. Silvina Ocampo, Hebe, y dos o tres más.

Desde hace algunos años, Hebe Uhart escribe crónicas de viajes. Para eso ha recorrido Uruguay, Argentina, Paraguay, Italia. A veces llega a esos sitios con contactos previos pero otras no, y entonces desenfunda un estilo que podría definirse como el de "cronista arbitraria": entra a un café o se sube a un taxi y pregunta por un "referente cultural", o por "cosas para ver", y le dicen: "hable con el profesor tal", o "vaya al museo". Y ella va.

-Una vez fui a Santa Rosa, en Uruguay. Pasa una señora y le digo "Señora, ¿me invita a tomar mate a su casa?". "Sí, cómo no". Y me dice: "Usted tiene que ir al asilo de ancianos". Y la verdad, diez puntos. Tenían jardín huerta, unas camitas preciosas. Después, el comisario. Hacía diez años que no había habido un crimen. Suicidios sí. Modalidad, tirarse adentro de un aljibe. Ahora hice una crónica del zoológico. Hace unos ocho años me empezaron a interesar los monos. Fui cinco veces a la jaula de los chimpancés. No fui más porque el elefante está al lado, y se bañaba en barro y me enchastraba la cabeza.

Un relato incluído en Del cielo a casa, Congreso, transcurre durante un encuentro de escritores en Alemania. La protagonista, tumbada en la cama del hotel, escucha la conversación y las risas de las escritoras que se han reunido en la habitación contigua. Sólo ella no está allí: "¿Cómo era que no me venían a buscar? ¿Sabrían que yo estaba ahí? (...) Y entonces tuve una triste impresión de mí misma, como si yo fuese un producto de mala calidad, una vaca cansada (...) A la noche soñé que hablaba con vivacidad con alguien; yo desde fuera me miraba hablar y pensaba que toda mi vida había querido eso. Pero toda mi vida estaba alejada de esa hermosa conversación. En eso consistía la vida y yo me había equivocado".

Un relato incluido en Turistas, La excursión larga, transcurre durante un viaje a Mendoza en el que la protagonista se topa con la hostilidad de sus compañeros: "Cuando bajamos del micro y entramos al hotel, Alejandra y Noemí caminaban delante de mí, ostensiblemente separadas de mi persona. Quise acercarme con cualquier excusa, pero no hubo caso, miraban hacia delante y se adelantaron ex profeso. Y yo, que caminaba sola detrás, me puse a pensar en algún destino posible, perdido ya para mí, donde fuera parte de un todo. Mejor que a esa idea no se le ocurra tomar cuerpo, no sea cosa de sufrir".

El mundo de Hebe Uhart está repleto de seres así: aislados, inadvertidos, dolorosamente lúcidos. Sobre el telón de fondo de su mutismo tierno, de su tragedia enfurruñada, ella despliega la crueldad de la jauría. Y cuenta lo que hace esa jauría con los débiles.

-¿Y tu madre?

-Falleció hace veinte años. Fue un golpe. Tal vez el golpe más duro. La quería mucho. Le hice mucha guerra de joven, pero la quería mucho y me amigué al final. Lo que pude cuidarla, la cuidé.

-¿Leía lo que escribías?

-Sí. Mi mamá estaba contenta. Pero una vez leyó una crítica que decía que yo tenía sentido del humor y me dijo: "Pts. ¿Vos, sentido del humor?".

"Tampoco tengo mucha idea de quién me lee. Pero ya es suficiente reconocimiento, basta".

"Me he hecho una fama: naïf, dicen, como si una fuera medio tarada. Yo no soy inocente".

Por Leila Guerriero, desde Buenos Aires.

viernes, 4 de febrero de 2011

Cronipoemas, libro de Jorge Etcheverry (Chile-Canadá)


Por

Fernando Veas Mercado

La adquisición de una obra literaria no es como la de otro producto, como se dice, es un encuentro con el texto, una relación que el texto nos ofrece y que accedemos a compartir, en la que abrimos a una palabra que nos habla nada más que a nosotros que tenemos nuestra carga de vida, de experiencias de todo tipo e incluso, de lecturas. Borges decía que no intentaba leer un libro por segunda vez cuando en la primera se le había caído de las manos. Leemos con atención, con entusiasmo o con desgano, tal vez con desconfianza, con recelo. Si leemos negativamente o con prejuicios, nos autolimitados, cortamos la posibilidad de integrarnos en la aventura que inició el autor que está muy presente o que, en el mejor de los casos, desaparece para dejar su lugar a esa voz que nos habla; que habla a quien quiera escucharla.

Cronipoemas de Jorge Etcheverry es un libro que nos lleva por variadas tensiones y senderos con un lenguaje dinámico, sugerente, rico y flexible que vuelve sobre sí mismo en espirales abarcadoras (1).

El libro trae una cubierta del mismo Etcheverry: me recordó otra, la de la edición en español del Libro del desasosiego de F. Pessoa. Pessoa iba a un café en Lisboa, y allí escribía. Hoy hay una estatua del poeta a la entrada de ese café. Y creo que eso me permite visualizar mejor esa imagen que tengo desde siempre, del poeta, solo, escribiendo, en cualquier lugar, pero solo y sin embargo, tan rodeado de mundo que quiere meter en sus palabras. La contracubierta es una fotografía de Luciano Díaz.

En el prólogo a sus Cronipoemas, Etcheverry nos informa sobre las características de su poesía: ausencia de sobredeterminaciones y de un programa. Dice: creo que un lenguaje demasiado unitario a veces falsea o miente (…) este libro da por implícita la relación poesía-vida, era que no, y algo que es comprensible de suyo, sin drama, cliché ni cebolla, aunque no se excluyen a priori (p.9). Nos mete en su cocina, en su determinación de no dejarse atrapar por condicionantes y, sobre todo, evitar de traducirlos en textos prescindibles aunque algunos los pudieran estimar así. Y está muy consciente que no es novedoso. Termina diciendo: “No quise molestar a ningún crítico o poeta conocido o amigo para que me hiciera un prólogo, ya que están muy ocupados en el invierno en Chile que se estira húmedo en su chaleco de smog o el calor tropical húmedo en este otro país de las antípodas casi nos derrite las neuronas. Espero que estas líneas no prejuicien la lectura” (p. 10). Estaremos alertas ante esta poesía no recomendada por nadie porque el autor no quiere molestar, lo que quiere es que lo leamos sin esas alabanzas casi editoriales que se dan a veces. Porque de molestar, va a hacerlo, pero en otros sentidos. Desprejuiciados, debemos tomarlo como viene porque en sus poemas hay elementos irreductibles, como los que J.C- Sánchez Lara llamaría poesía residual…pero no sólo él. Julio Ortega , al referirse a otro poeta cubano dice: “la palabra de Juan Sánchez Peláez viene cargada de su propio origen, como un monólogo casual que la experiencia sedimenta; su poesía es residual: formaciones parciales después de lo vivido y perdido, y ese carácter le confiere su calidad salmódica, casi elegíaca” (2). Hay cronipoemas en la literatura brasileña también. Para algunos son mini crónica autobiográfica e, incluso, contracultura. Pero esas denominaciones aluden a textos que si no son nuevos en poesía, Prévert es un buen ejemplo, son una expresión vigorosa y sencilla, como adagios o sentencias y que a veces recuerdan las greguerías.
De todo eso hay y eso es lo bueno. Si hay cosas claras, no tienen aspecto monolítico ni definitivo, todo sigue en movimiento, como la vida. Las evocaciones, si son nostalgiosas, son suaves melancolías, no hay angustia ni echar de menos otros tiempos u otros periodos de la vida: la mirada retrospectiva, es amable, irónica, comprensiva.

Por eso, me atengo a mis impresiones sobre los primeros poemas de Etcheverry que leí y que comenté alguna vez. Etcheverry recicla con buena voz, ¿bricolage, compostage, potluck, patchwork, residual? ¿Planta procesadora de basura como cita a alguien? (De poetas, gatos y carnicerías, p. 89). Sabemos además que el poeta es amante de los limericks. Pero creo que nada de eso le importa mucho , lo que sí le interesa, es coincidir no sólo en las formas, tan diluidas las más de las veces sino sobre todo, una concomitancia en profundidad: con ése voy, o, éste viene conmigo. Por supuesto que no todo es exterioridad o desinterés y vitalidad extravertida, no todos son lugares de paraje como decía Ceferino Piriz, están las zonas más íntimas, como algunos poemas como Samuel Beckett blues (p.72) y aquellos, o pasajes de otros, donde esa zona irrumpe, donde entran los pájaros aludidos como ese albatros, o expuestos: deseos, pulsiones hasta imposibilidades, pero nunca un pájaro a tierra o que no levanta vuelo. Ya hablé de eso una vez en mi artículo sobre la imaginación y el vuelo en la poesía de Etcheverry (3). Creo también que la poesía de Etcheverry vuelve y vuelve, haciéndose, siempre y que es difícil hablar de programación, sus poemas son todos y en su conjunto, un dejarse llevar por la palabra, una aceptación de no ponerle puertas al campo (4). Deja fluir la realidad en la palabra que renuncia a atrapar y de ahí que muchos textos de esta selección tengan, cada uno, su propia melodía.

Esta poesía tiene la lozanía de lo no premeditado ni estatuido. Esos temples de ánimo, esa aceptación del estado de yecto, como dice por ahí, hace de sus textos, que no quiero comparar con otros ni con principios, antimetáforas por desnudez del lenguaje, no pobreza; sobriedad.

Ante la infinita variedad de la realidad, la palabra parece incompetente, pesadilla de todo escritor que se lea críticamente; el hablante se resigna a ser una correa de transmisión, no medium ni vate, ni un otro, actitudes rechazadas por su habla. Por eso, sus textos son ajenos de solemnidad, lo que no significa superficial ni simple, porque la realidad inasible, en su invisible multiplicidad, se resiste a ser aprisionada, vestida por la palabra.

A veces, construye poemas con lugares comunes y frases hechas en las que, en el comercio habitual, la verdad se banaliza pero que en sus poemas surge como un punto de vista nuevo de esa realidad disminuida. Aquí no hay alquimia: el plomo es plomo y la palabra no es piedra filosofal ni nos llevará a ningún éxtasis sino a un centro que siempre se nos había escapado y, tal vez, a tratar de recuperar la luz primera de lo aludido en la frescura de la expresión.

¿Cómo, sin falsearla, podemos estructurar, domesticar y hacer asequible una realidad que ha quedado sepultada por el desgaste y que ya no se abre a ninguna contemplación y que se desliza? Etcheverry lo expresa sin que se le mueva ni una eñe pero con la debida cautela con la que el hombre maduro debe cuidar sus energías, si quiere hacerle bien el amor a una mujer más joven, que, lo busque o no, está ahí: la poesía está ahí.

Le interesa hablar de sí, sin empacho, sin falsos pudores ni grandilocuencias porque el hablante está más cerca de allá que de acá, no se va a mirar en el espejo para ver si está bien peinado ni sacarse la suerte con el otro gitano que lo mira, tal vez febril, pero tranquilo.

Muchos críticos han dicho que los peores comentaristas e intérpretes de sus propias obras, son los autores…no comparto esa opinión porque desconoce la lucidez del trabajo intelectual: es creer que los artistas son unos iluminados o estimar que no saben lo que escriben.

En los textos de Etcheverry siempre hay esa reflexión sobre la marcha en torno al propio quehacer poético y no me sorprende que, una vez más denuncie y no tan entre líneas, sino con ironía, algunos tipos todavía en uso.

Tal vez se puedan agrupar estos poemas de Etcheverry, en algunas modalidades, para no utilizar la palabra temática, que poseen rasgos discernibles en otras obras, incluso, con nuevas dimensiones y profundidades.

La obra está constituida por 64 poemas. Hay diez con títulos que aluden al poeta, al poema o a la poesía; hay otros humorísticos, cuatro. La mayoría de los títulos son curiosos, frases corrientes, sólo tres ofrecen una alusión literaria y otros tres podrían sonar grandilocuentes; cinco con un motivo político. Pero todo eso es engañoso ya que más de cinco poemas tienen trasfondo político social. Toda clasificación o intento es vano, ya lo dijo Borges. Quería mencionar eso porque el título de un libro o de un poema nos lanza en una dirección, antes de comenzar a leer. Pero hay que tener cuidado, ya lo dijo Eco, hay títulos claros y muchos engañosos.

El libro se abre con: come pane e pesto/ pasta e provolone/ io sono prosciutto/ e tu sei melone (p.11). Lo que el pan es al queso, el pesto es a los spaghetti, de esa manera, yo soy jamón y tú eres melón; o sea, el perfecto acuerdo se sabor para maducarse. Los sabores: salado y picante; salado y dulce.
De ahí que el poema siguiente, de manera delicada, nos habla de la pulsión del deseo pero también de la amorosa; iluminaciones súbitas, relampagueantes sentidas en medio de la vida. Saciado el sentimiento, el poeta viene a su sueño y a la consagración de su quehacer; mezcla y sigue: al poeta/pájaro sigue el poeta diablo- cojuelo: Como aparece en el sueño/ colectivo el poeta/ Gigante dando pasos sobre la tierra/ de un color que es todos los colores/ con una voz que es todas las voces y termina…el poeta gigante/ velando sobre los techos dormidos/ sobre la tierra/ sembrando pájaros” (p. 13). Entre ese principio y final, todas las urbes, los demás en todas sus expresiones. Quiero destacar esta autovaloración del poeta que nos trae ecos, claro, de ese hermoso poema de Baudelaire, El albatros ave sobre el cual Neruda escribió también un gran poema; el de Etcheverry lo asocio al diablillo que levanta los techos. Hay poemas en los que en otro tono, el hablante proclama que “todo cabe en la poesía” (De poetas, gatos y carnicería, p.89) y que ponerse a deslindar tópicos, méritos y otras yerbas, le hace decir: “Es por eso/ (que se me fue la onda)” (ibid, p.90). Los poetas, como los pájaros, viven espontáneamente porque es la poesía la que hará todo el trabajo y los hará volar si responden, a las incitaciones y asume su calidad de tal como en el lecho con una mujer; si tienen la capacidad de volar y no se quedan ahí, varados. Si el poeta, con todas sus limitaciones puede incorporarse (Voz rota, p. 96), habrá remecido a los demás. Pero para eso, aparte de la manera, el poeta debe ser honrado y es por eso que la poesía de Etcheverry está ligada a su vida: sin adornos ni escapes, sin trampas porque es la verdad que lo hará legible (La honestidad y el poeta). Así, con pudor y autoironía pensando hondo, a menudo, Etcheverry borra con una palabra una construcción que le parece con mucho stimmung, muy cabezona, un caldito de cabeza, casi vergonzante por pensar en lo que los demás miran al desgaire o desdeñan. Por ejemplo, dice: Pero el lenguaje/ (una Weltanschauung)/ una actitud hacia la vida/y la cacha de la espada/la perinola chica /y así por el estilo” (Inglés y francés en Canadá, p.75 ).
La melancolía puede ser su asesina; debe rendirse a ella, por eso: en ese día lluvioso no hay grandes batallas que ganar ni empresas importantes/ nada más que seguir caminando/ por la calle. Que evidencia ese hacer cara a una realidad inhóspita, que debe asumir. En otro poema, reafirma con franqueza lo que es o quiere que sea su poesía: “es comida ni lujosa ni miserable / que la gente deja al pasar cuando anda detrás de platos gastronómicos / Pero a que recurren cuando aprieta el zapato/ Me gustaría ser/ como el arroz humilde en continentes hambreados/ o las alas de pollo después de un poco de cerveza/ el viernes por la noche en Ontario” (La honestidad y el poeta, p.97).
Pero volar fatiga, y, como la banda, el pájaro sigue su vuelo tras las nubes. Y la fatiga, para decirlo con un verso de M. Hernández, presente a veces: “Cansado acaso, pero no vencido”, no es fatiga por la poesía, sino por todo lo demás pero sin aflojarle a la lengua, al contrario, aferrado a ella, a la j, a la eñe, con un golpe de teclado: “elegante y escueto”.

En un poema, como otros, con variadas alusiones: literarias, de letras de tango, con expresiones coloquiales, ironizando las melancolías asoma la nostalgia como alguien que lo hiere a traición y más parco pero menos banal dice: “aquí en el Norte echamos a volar codornices hacia el Sur para que nos traigan de vuelta algo, además de esa nostalgia” (Tango Por radio, p.82). Neruda en su Quiero volver al sur, pide al Océano: “tráeme un día del Sur, un día agarrado a tus olas,/ un día de árbol mojado, trae un viento/ polar azul a mi bandera fría”. Es una de las pocas veces en las que el hablante queda inerme. Frente a eso, la edad, con un poco de desesperanza, :“echemos a volar bandadas de buitres débiles, casi/ transparentes/ que vuelvan a nosotros con tesoros cazados en las suaves/ praderas desvanecientes de los recuerdos” (Su postura, p.87).. Pero queda un recurso: la descendencia: los nuevos pájaros.

No menos sensible es la visión de la realidad más cotidiana: la luz que rompe las tinieblas del ser que la contempla. Y otra vez nos damos cuenta que este poeta se maravilla ante el mundo pero sin olvidarse de sí mismo. A veces, la relación con los demás será accidental o sólo difuminados ecos de sonidos vitales. Por eso, tampoco el hablante es alguien premeditado, vive más que planifica su vida. Se deja vivir aunque ocasionalmente se analice y deba abandonar esos exámenes porque sus exterioridades no interesan realmente. Y, tal vez, muchas veces, se podría decir como Talleyrand: “Cuando me analizo, me inquieto pero cuando me comparo, me tranquilizo”. Pero esa realidad que se desliza, le reconcilia con un quehacer con el cual no pretende eternizar nada, menos que nada, su gesto, su escritura que terminaría matando esa vida.

Ese vivir no es pura armonía ni alegría, no puro deslumbre; los momentos sombríos lo aletargan pero aun así, no desea que ellos lo vayan a aniquilar. Por eso salta a otra cosa, de las negatividades retrospectivas, a la actualidad que no las eliminan pero que le permiten respirar.
Y viene otro momento de frescura, un poema escrito solamente con lugares comunes que son revitalizados en diálogos imaginarios, simples pero cuyo encadenamiento nos llevan a una reflexión que reconstituimos y que no es nada más ni nada menos que un pensamiento sobre la existencia. Y casi naturalmente cae ese poema Pelando a los grandes hombres (p.23) que al reactualizar a Cristo y al ché Guevara, nos ponen en el centro de la actualidad con humor y penetración. En esto hay una “fidelidad programática” ya que en un poema Etcheverry ha dicho: “no le tememos a los lugares comunes “ ( Poema con cita para Pedro Henríquez Ureña, p. 46). No se reflexiona sólo con grandes palabras. Hay tanta poesía rimbombante, como esos oradores que no dicen nada porque han manoseado el lenguaje hasta el hipo, porque no hay en ellos esa verdad que contiene la poesía. En ese amanecer en Alba (p.14), hay más realidad y verdad que en los versos retóricos que fueron novedad y estilo hace cientos de años. Esta manera de escribir, desenfadada hemos dicho, hasta juguetona, poco seria para muchos, es poesía. La poesía, toda la literatura es un juego, pero un alto juego. Y las proyecciones en expresiones populares, nunca vulgares pero, ¿por qué no? Nos dan, con fuerza, una visión de un hablante que transita por el mundo con sus cargas de las que no reniega sino que más bien quiere darlas a conocer aunque no sean nada más que una sensación, un sentimiento de simplemente estar viviendo (El vecino, p. 15). Lucidez no significa falta de ilusiones sino asunción de su humanidad en sus circunstancias, ya que el hablante ha sobrepasado esas angustias heideggerianas que lo visitaron pero que no hicieron carne ni habitación absoluta en él. Para algo ha de servir, vivir exiliado y escribir, ¿no
Y hay también sinceramientos (No te creas p.27) que ahondan, si es posible de manera más explícita en la vida cotidiana, en la vida que se asume sin poses ni autoengaños. Así, la palabra sirve para lo que existe, para referir, para desligarse de una interioridad que puede ser asfixiante pero que, en resumidas cuentas, lo mantiene vivo.

He dicho que podíamos hablar de poemas políticos o de compromiso histórico económico social; una vez más, el nombre es lo de menos ya que el poeta no está inclinado sobre la realidad, sino que habla desde ella y por eso, su discurso sale teñido de todo y se refiere a lo que repudia porque todo entra en la poesía y esquivarlo sería deshonesto. Desde su Minipoema invitatorio (p.20) podemos sospechar lo que sus palabras nos confirmarán más adelante. Además, incorpora elementos que expanden el texto al referirse al Internet en varios otros poemas. El Internet me parece mucho más interesante que citar o escribir como Parra como han hecho algunos poetas. Se sale del texto, nos lanza afuera, nos desafía, a hacer otra cosa que leer.

Lo bueno es que no se establecen límites ya que una opinión política es también incursión en Internet como aval a sus afirmaciones. Pero no pierde de vista lo esencial y por eso reclama ahora en otro tono: “Entonces aquí no estamos picando cebolla/a lo mejor ni siquiera estamos haciendo poesía/Falta un género que lo combine todo/El panfleto político, la expresión del alma (en que no creo)/ Los datos fidedignos y el llamado a la acción/Para saludar a la revolución Cubana”(Saludo a Cuba por los 50 años, p.59): desea, no dictamina. Otros poemas, a pesar o gracias a los prosaísmos, van más allá de la simple alusión política o de una toma de posición crítica ya que se revisa también la mitología patriotera que incluso Internet nos explicará con lujo de detalles. Pero no creamos que Internet debe reemplazar nada, no se trata del reader´s digest y por eso hay lo que no está en Internet o no está dicho de esa manera. O sea, Internet…según y conforme y, en resumidas cuentas, el hablante reconoce que su opinión vale lo que vale.
Este hablante está en batalla contra ciertas modas, costumbres y también contra las vacas sagradas o que se creen tales. Su escritura no pide ni da cuartel ni tampoco solicita ayudas ni participa en contubernios. Por eso, el retrato de esos escritores que se asumen como tales, más preocupados de ser considerados tales que de serlo…ya se lo dijo Sherwood Anderson a Faulkner. Y en esto hay algo nada desdeñable que se llama dignidad, sí. Valor de la actitud para decirlo a lo Onetti. El examen del poeta cachorro, como su querido Kerouac y Joyce también, ¿no? Aunque eso lo lleve a un autoanálisis de su orgullo e individualisnmo y a lamentar algún desencuentro con los demás, no modifica esencialmente su autovaloración, su autoestima, vamos, que es lo que nos va quedando. Por eso, las fantasmagóricas rivalidades son vistas también con humor, un tanto melancólico, es cierto; tal vez porque está en el rubro juventud, divino tesoro.

Pero de esa autoevaluación individualista, se alza a otro nivel, su pasar, su vida, es poco, pero la palabra es su arma. Su poder y, aunque poco se pueda hacer ante la realidad, ese poco siempre comienza por la palabra: “Pero nuestro único poder por el momento/ A lo mejor es éste/ (…) Y quizás sea lo único nuestro en este tiempo/En que la Humanidad parece que ella misma espera/sobrevolando una y otra crisis uno y otro sistema fratricida un genocidio y otro y un poco y otro poco de contaminación/Como una bandada de pájaros de poca altura/sobre terrenos turbios/entonces , nosotros/parece que sólo tenemos/Las palabras/Y ahí salen volando” (Lo único-Las voces, p. 55 ) .

Todo eso me lleva a considerar que uno de los rasgos de la poesía de Etcheverry es el repudio de pontificar, de escribir una poesía con soluciones que ya no convencen a nadie pero eso sí, sin perder ciertas convicciones sin las cuales todo daría lo mismo como predican los postmodernos a la violeta, que los hay, los hay .Y, tal vez, deba conformarse con constatar lo que sucede: “Perdularia, perdulario Unos solitos otros gregarios (p. 66).

Si Etcheverry reflexiona sobre su quehacer, ese pensamiento es una estimación de lo dicho; una fidelidad que va más allá del uso del lenguaje. Si no le teme a los lugares comunes, tampoco a los temas recurrentes, piensa estar constituyendo o reactivando maneras de hacer poesía que dejaron de frecuentar otros; en todo caso, más le inquieta escribir banalidades o que: “hay gente que dice/que nunca hicimos poesía”, eso, le lleva a sus comienzos…cuando queríamos mezclar/ revolución social y vanguardia literaria/Hubiera sido lindo/haber llegado a casa de don Pedro/ con nuestros poemas/para que les diera un vistazo (Poema con cita para Pedro Henríquez Ureña, p.47). Y sí, no niega su pasado, lo asume, como Borges puede decir a un imaginario Lugones que, en esos años de juventud, a don Pedro (Poema con cita para Pedro Henríquez Ureña, p. 46) le habría parecido bien la tal porque le habría importado menos la práctica deficiente que la sana teoría de un principiante como le “dijo” Borges a Lugones.

Hay varios poemas que algunos denominarán, tal vez sin más, ecológicos. Un poema como Palabras de la gran mujer (p. 40), encierra varios colores, olores y sabores en lenguajes también variados con un reclamo de compromiso total porque la mujer es total y el hablante hace más liviano todo con la torsión final: Con este cuerpo con este talle no tengo envidia ni ruego a nadie (Palabras de la gran mujer, p.40),) que adquiere un sentido de absoluta seriedad porque es el hombre que debe cambiar su actitud ante ella. Otros poemas con o sin nosotros, implican un llamado que el hablante casi teme, será desoído y queda en un voto de futura nueva actitud antes que lo fatídico se produzca y nadie mueva un dedo para impedirlo.

No temamos a las palabras; considero que la poesía de Jorge Etcheverry aparte de sus varios ritmos, alusiones, tonalidades y velocidades, es una ecología espiritual; mucho de catarsis hay en todo esto y se siente la ligereza después de sacudirse los hombros, de espaldarazos, premios, apoyos dados o solicitados, distinciones, todo lo que “no confieren talento de por sí/ ni valor agregado a la persona. Eso/si es que no se miran desde el suelo…” (De poetas, gatos y carnicería, p. 89). Y ahí pierde el hilo porque confuso de referirse a eso, no, eso no vale. De ahí que vuelva a la poesía en el único poema del libro donde hablará de ella: “esa mujer siempre mojada, siempre solícita/Y fiel y joven/ Pero que, epa, también nos pide nuestra potencia/joven e inacabable/O sabia, anciana y económica/ En la cama del idioma…vamos, levantemos el vuelo” (La poesía, p.94). Y repite, apela al poeta, a su honestidad hasta terminar en una profesión de fe poética que es una reafirmación identitaria; análisis y perspectiva, es una invocación: No dejes que la vida se vuelva/la cadena del poeta (Anticlaudicatorio, p.98 ) porque quiere continuar su actividad, por eso, necesita ser fiel a sí mismo. De paso, menciono que poeta y poesía son como amantes y que en Etcheverry encontramos un erotismo que ha estado siempre si no ausente, muy contenido en la literatura chilena, como el humor, como dice un amigo, somos excesivamente solemnes. Claro, después de Parra, se dirá…pero antes, que? Sí, ahora hay más pero no siempre fino ni muy imaginativo el poeta siente la necesidad de jorgearse, de etcheverrysearse, sólo la poesía puede impedir que :“mi perfil se vea de frente” o no saber qué escribe; no quiere ser: pájaro incierto (…) Jorgéame (…) Etcheverréame: Arcayéame bien arcayeado para no olvidarme de dónde vengo/Para seguirme estirando/ como gato al sol” (Anticlaudicatorio, p. 98). Sí, deseamos también que este pájaro pertinaz siga jorgeándonos etcheverryesca y arcayescamente.


Notas

(1) Etcheverry, J.: Cronipoemas, Split Quotation, Ottawa, 2010.
(2) Ortega, J.: Antología de la poesía hispanoamericana, México: Siglo XXI editores, 1987, p.6.
(3) Lenguaje, realidad y memoria en la poesía de Jorge Etcheverry, Qantati. E Books, 1, 2009, pp.59-86
(4) Poeta y poesía: cinco escritores de Ottawa, en: Antología de prosistas y Poetas de habla hispana, por aparecer en Toronto.

L. Fernando Veas Mercado, Profesor de Estado por la Universidad de Chile, Ph. D., Université Laval, Québec. Ha ejercido la docencia en la Universidad de Chile, Valparaíso, desde 1966 a 1973; en la Universidad Laval entre 1974 y 1981; en la Universidad de Ottawa entre 1982 y 1987 y en la Universidad de Carleton entre 1981 y 2000. Ha publicado artículos en Revistas de Chile, USA, Canadá, México y Perú sobre teoría, poesía , teatro poesía y novela hispanoamericanas. En Eseca Unam, la sede en Gatineau de la Universidad Autónoma de México ha dado cursos sobre cuento hispanoamericano, escritura creativa, sobre el cuento hispanoamericano, la poesía de Pablo Neruda, Don Quijote y La narrativa de G. García Márquez. Ha dado numerosas charlas y conferencias sobre autores hispanoamericanos y ha presentado varios libros y autores en Ottawa y Gatineau.
.



Literatura en TV