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jueves, 7 de abril de 2011

¿QUE ES LA METALITERATURA?

          La pregunta que encabeza este post aparece en numerosas ocasiones como elemento de búsqueda a través del cual los internautas llegan al post nº 10 de este blog, en el que no encuentran respuesta directa a la misma, “asín que” para paliar este déficit, aunque no es lo mío la teoría literaria, voy a tratar de dar respuesta a la misma en pocas líneas.

           Según Darío Villanueva, la metaliteratura se puede definir como “el discurso narrativo que trata de si mismo, que narra como se está narrando”. Dicho en términos aun más escuetos, en sentido estricto, la metaliteratura es la literatura que trata de literatura. Según esta definición, en las obras que se adscriben a esta tendencia se reflexiona sobre el proceso mismo de la narración, se citan a otros autores u obras y se recrean cuestiones estrictamente literarias.

           Y de manera más genérica, se consideran metaliterarias todas aquellas obras en las que el argumento, la trama, la descripción de la realidad exterior, o bien no existe o es un mero pretexto en el contexto del libro. Vila-Matas reflexiona sobre el hecho literario y dice que la literatura no tiene relación con la realidad como tal, es una realidad en si misma, con sus propias relaciones, su sentido, su coherencia. Asimismo, atribuye a Kurt Vonnegut ( a saber la certeza de la cita conociendo la afición de Vm de inventarse las citas) la opinión de que las tramas tienen escasa importancia. Según este autor, bastaba incorporar, casi al azar, una cualquiera de ellas al libro que se estuviera escribiendo y de esa manera disponer de más tiempo para la forja de lo que realmente habría de importarnos: el estilo.

           En un sentido todavía más amplio, Ricardo Piglia, en entrevista con Ana Nuño, rechaza el concepto de metaliteratura y explica que, en su opinión, lo que existe en la literatura moderna es una dualidad de escritores: aquellos que elaboran unas obras de construcción compleja, intelectual, cuya lectura -esto lo añado yo-  exige una participación activa del lector y en mayor o menor medida, un cierto nivel cultural previo; y aquellos otros que se insertan en una tradición narrativa “normal” que todo el mundo entiende. Y detrás o juntamente con todo ello hay, evidentemente, un problema de mercado -esto lo apunta Vila-Matas-. Vivimos en una sociedad que fomenta la cultura de masas, fácilmente digerible, por lo que, a medida que baja el nivel cultural, baja la calidad de la literatura, promoviendo las editoriales obras facilonas aptas para un público dispuesto a hacer pocos esfuerzos intelectuales.

           Tanto Piglia, como Vila-Matas y otros, citan dentro de la tradición intelectual, minoritaria y metaliteraria a autores como Robert Musil, Walter Benjamin, Claudio Magris, John Berger, Italo Calvino, Borges, George Perec, ….

           Por último, para la comprensión total del concepto, no quiero dejar de citar un párrafo que encontré en internet y que reseñando un libro sobre metaliteratura decía sobre el contenido del mismo lo siguiente: “Se incide, asimismo, en una reflexión que cambia el paradigma actual de la teoría, esto es, se produce una síntesis semio-hermenéutica como punto de referencia con el fin de resolver el proceso de interrelación del texto, pero impulsando su esfuerzo epistemológico en la dirección de poder desear una nueva modernidad”

          Más claro el agua!
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lunes, 4 de abril de 2011

NOTAS ACERCA DEL CANON DE RAUL ZURITA



Por

Xavier de la Jara

El tema del canon ha sido muy discutido y manoseado en el ámbito literario. Recojamos a modo de ejemplo, un texto de José María Merino: Perseguido por el canon, el corpus llegó a un callejón sin salida ¿Por qué me acosas? Preguntó el corpus al canon, “no me gustas”, añadió. “El gusto es mío”, replicó el canon amenazante.


Y es que la construcción de un canon tiene que ver con un proceso que incluye escoger criterios, casi siempre dudosos, de selección. No debemos olvidar que dichos criterios son los pilares indestructibles a partir de los cuales se determinará cuales obras serán incluidas y cuáles no. Claro, se intentará encontrar los textos de mayor calidad literaria, pero ¿cómo y quién determinará esa calidad? Porque no es fácil separar el juicio crítico del gusto personal y para dificultar aún más la tarea, debemos recordar que “los valores literarios son cambiantes, movedizos y fluctúan en función del período histórico en el que nos encontramos”.

En este contexto, el poeta Raúl Zurita planteó hace ya algún tiempo, el canon de los últimos años de la poesía chilena. Por supuesto, tiene todo el derecho de proponer nombres y títulos, pero los demás poetas o críticos, también tenemos la facultad y por qué no, la obligación de hacernos cargo y responder. En dicho planteamiento, surgieron unos cuantos nombres: Javier Bello, Edmundo Condon, Carlos Baier, Pablo Wirimilla, Germán Carrasco, Rafael Rubio, Andrés Anwandter, Alejandra del Río, Rodrigo Rojas, Lila Díaz, Damsi Figueroa, Rosario Concha, Marcelo Guajardo, Gustavo barrera, Julio Espinoza Guerra, Jaime Bustos, Benjamín Aguayo, Héctor Hernández y otros tantos.

Pero muchos de ellos, así como son recogidos por Zurita, podrían ser descalificados por otro. Una de las críticas negativas que saltan “a boca de jarro” es que varios practican un barroco con gusto a nada, como aquellas comidas que tienen tantos ingredientes que pierden hasta el sentido del sabor. Detrás de este tipo de poesía, suelen esconderse los que no tienen nada que decir. Pero revisemos algunos versos de Marcelo Guajardo: Anclado al espacio, cuelga de la raíz / un inmaterial sofoco, luz que escurre / desde el hueco y horada el estrépito / del silencio inmóvil del junco y del oso. Alguno dirá que los versos están bien cortados, que son rítmicos, pero a mí me parece que ocupó cuatro versos para decir nada y encima con una sofisticación digna de la corte francesa anterior a la revolución. Así mismo, Javier Bello es incuestionable en su barroco lúcido, aunque el tipo de poesía que practica, tal como la de Alejandra del Río y otros, me parece demasiado cercana a lo académico, sus poemas los leerán los iniciados, los estudiosos de la literatura. No veo a un poblador o a un estudiante de liceo municipal leyendo lo siguiente: Es que toda la noche le dicta la noche su noche / es que toda la noche le dicta la noche otra noche / proscrita entre las rosas / que se desangra herida / por el vendaval de las poleas del tren. A primera vista, esto podría parecer beneficioso para la poesía, el que no sea leída por el vulgo, pero nunca debemos olvidar que uno de los atributos fundamenta de todo gran arte debe ser y es la universalidad.

Poetas como Andrés Anwandter y Rosario Concha, según mi parecer, no debieran ir en la selección, muestran un trabajo disparejo, con poco vuelo y de temáticas cerradas en lo amoroso y erótico. Al contrario, me parecen muy pertinentes los textos de Gustavo Barrera, en la búsqueda de su “claridad trocada del mito”, atravesada por un sentido del humor extrañísimo: El artista decide guardar silencio / y dice luz / y la luz se apaga / (el artista oprime el interruptor). El poeta, con las palabras de todos los días, es capaz de descolocar al lector, hacer magia. Y por otra parte, llama la atención el trabajo de Héctor Hernández, poeta que tiene muy asumido lo que tiene que decir, casi como una postura política: Hemos desvestido a las muñecas con fuego y voz propia / Hemos desasistido por ellos nuestra lógica y nuestro pudor / Porque cuando los dioses se quedan en silencio los desiertos de atacamas del mundo florecen hacia adentro de los ojos / Ya no queremos ser más ciegos / Buscamos luchar contra la desesperación del tiempo y los demonios del poder…

Además, estoy seguro que un buen número de poetas, sobre todo de provincia, han quedado fuera de la selección. Pienso en Mario Meléndez y en el ya famoso poema La portadora: Ella sacó a pasear las palabras / y las palabras mordieran a los niños / y los niños le contaron a sus padres / y los padres cargaron sus pistolas / y abrieron fuego sobre las palabras…, Pienso también en Omar Cid y su apuesta por la poesía política. Costó un poco, agregó / sin mover un músculo / y repitiendo su letanía: / Miguel Henríquez está muerto ./ El obrero Juan Alegría Mondaca / -sin tener arte ni parte- recibió lo suyo. / Ricardo Valenzuela, cayó por la espalda. / Juan Waldemar Henríquez, murió en combate. / Y usted, que tanto vociferó con la lucha de clases, / lo tienen de gerente, asesor y lobbista. Y qué decir de Kato Ramone y su modo de hacer poesía con lo cotidiano y lo terrible dentro de lo cotidiano: Le llevaré una bolsa de caramelos a mi madre, / le explicaré piadosamente que su alzheimer es cosa temporal, / que ninguno de sus hijos ha muerto todavía, / y que el dulce de mora no se ha descompuesto, / que está en el mismo frasco en que lo dejara años atrás, / mientras los misiles disparados por aviones invisibles / destruían los barrios de la ciudad de concepción… Recuerdo a Oscar Petrel y un libro que recibí de regalo en un recital: y si esos hombre dignos / se emborrachan / y tú crees que por ello pierden su dignidad / y tú crees que no son un buen partido / y tú crees que malgastan su felicidad / y tú crees que están perdidos / jodidamente perdidos en el humo / en aquellas risas, ebrios en un bar… También tengo memoria para la poesía de Rodrigo Jara y su compromiso con el barrio en una ciudad de provincia: En los muros de cal / levantó los árboles sin gracia del barrio / las veredas con sus asientos y sus vecinos / a la espera del milagro multiplicador de los panes / dibujó borrachos adivinando esquinas borrosas / soplones que apagaron las velas del régimen / y ladrones pobres robándole a los pobres…

Seguramente hay otros grandes poetas que no hemos descubierto, que como KafKa no han publicado, que escriben en un cuartucho de hotel, en bares de mala muerte o en la calle misma. Allí radica la injusticia de plantear el canon de los mejores, los que sí valen, en detrimento de los otros, los que no aparecen, los que no se ven. Incluso podríamos aceptar el intento de un canon si este se planteara como la fotografía de un momento, una fotografía propuesta por un ojo singular, subjetivo e impreciso, un ojo cuya mirada es susceptible de ser mejorada, ampliada y complementada, un ojo muy distinto a la todo poderosa mirada del poeta Raúl Zurita.


Fuente: Blog SECH
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