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lunes, 11 de abril de 2011

POEMAS DE WALT WHITMAN

Walt Whitman
(1819-1892)


Surgirá un nuevo orden
y sus hombres serán
los sacerdotes del hombre,
y cada hombre será
su propio sacerdote.




NO TE DETENGAS

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas ...

Versión de: Leandro Wolfson



LO QUE SOY DESPUÉS DE TODO

¿Qué soy, después de todo, más que un
niño complacido con el sonido
de mi propio nombre? Lo repito una y otra
vez,
Me aparto para oírlo -y jamás me canso de
escucharlo.

También para ti tu nombre:
¿Pensaste que en tu nombre no había otra
cosa que más de dos o tres inflexiones?

Con el reflujo del océano de la vida

" (...) Mientras recorro las playas que no conozco
mientras escucho la endecha
las voces de los hombres y mujeres náufragos
mientras aspiro las brisas impalpables que me asedian
mientras el océano, tan misterioso
se aproxima a mi cada vez más
yo no soy sino un insignificante madero abandonado por la resaca
un puñado de arena y hojas muertas
y me confundo con las arenas y con los restos del naufragio.
Oh! desconcertado, frustrado, humillado hasta el polvo
oprimido por el peso de mi mismo
pues me he atrevido a abrir la boca
sabiendo ya que en medio de esa verbosidad cuyos ecos oigo
jamás he sospechado qué o quién soy
a no ser que, ante todos mis arrogantes poemas
mi yo real esté de pie, impasible, ileso, no revelado
señero, apartado, escarneciéndome con señas y reverencias burlonamente amables
con carcajadas irónicas a cada una de las palabras que he escrito
indicando en silencio estos cantos y, luego, la arena en que asiento mis pies.
Ahora sé que nada he comprendido, ni el objeto más pequeño
y qué ningún hombre puede comprenderlo.
La naturaleza está aquí a la vista del mar
aprovechándose de mí para golpearme y para herirme
porqué me he atrevido a abrir la boca para cantar.

He oído lo que decían los charlatanes sobre el principio y el fin,
Pero yo no hablo del principio y del fin.
Jamás hubo otro principio que el de ahora, ni más juventud o vejez que las de ahora,
Y nunca habrá otra perfección que la de ahora,
Ni más cielo o infierno que éstos de ahora.
Instinto, instinto, instinto.
Siempre el instinto procreando el mundo.
Surgen de la sombra los iguales, opuestos y complementarios, siempre sustancia y crecimiento, siempre sexo,
Siempre una red de identidades, siempre distinciones, siempre la vida fecundada.
De nada vale trabajar con primor; cultos e ignorantes lo saben.
Seguro como lo más seguro, enclavado con plomo en las columnas, abrazado al poste firme,
Fuerte como un caballo, afectuoso, soberbio, ecléctico,
Yo y este misterio aquí estamos frente a frente.
Limpia y tierna es mi alma, y limpio y tierno es todo lo que no es mi alma,
Si falta uno de los dos, ambos faltan, y lo visible es prueba de lo invisible,
Hasta que se vuelva invisible y haya de ser probado a su vez.
Cada época ha humillado a las otras enseñando lo mejor y desechando lo peor,
Y yo, como conozco la perfecta justeza y la eterna constancia de las cosas,
No discuto, me callo, y me voy a bañarme para admirar mi cuerpo.
Hermoso es cada uno de mis órganos y de mis atributos, y los de todo hombre bello y sano,
Ni una pulgada de mi cuerpo es despreciable, y ni una debe ser menos conocida que las otras.
Me siento satisfecho: miro, bailo, río, canto;
Cuando mi amante compañero de lecho, que ha dormido abrazado a mí toda la noche, se va con paso quedo al despuntar el alba,
Dejándome cestas cubiertas con lienzos blancos que llenan con su abundancia mi casa,
Yo las acepto con naturalidad, ¿pues habría de tasarlas hasta el último céntimo para conocer exactamente el valor de su regalo?

¿Quién anda por ahí anhelante, místico desnudo?
¿Cómo es que saco fuerzas de la carne que tomo?
¿Qué es un hombre, realmente? ¿Qué soy yo? ¿Qué vosotros?
Cuanto diga que es mío deberás apropiártelo.
De otra forma, escucharme sería perder tu tiempo.
No voy gimoteando a través de la tierra:
Que los meses se pasan, que la tierra es fangosa, miserable y muy sucia.
Gemidos y plegarias serviles son remedios para enfermos e inválidos; quede el conformarse muy lejos de mi vida,
Yo me pongo el sombrero dentro y fuera de casa.
¿Por qué tengo que orar? ¿Y adorar y andar con ceremonias?
Después de escudriñar en los estratos, de analizarlo todo, de hablar con los expertos y calcular minucias,
He llegado a saber que el sebo más sabroso va adherido a mis huesos.
Me veo en todos, ninguno es más que yo, ni es menos un grano de cebada.
Sé que soy fuerte y sano,
Todo marcha hacia mí, constantemente,
Todo me escribe y debo descifrar lo que me dice.
Sé que soy inmortal.
Sé que mi órbita no podrá ser descrita con compás de artesano,
Que no me perderé como se apaga la espiral que en la sombra traza un niño con fuego de un carbón encendido.
Sé que soy venerable,
Y no fuerzo a mi espíritu a que explique o defienda,
Pues las leyes más fijas nunca piden disculpas
(Después de todo no soy más orgulloso que el cimiento que sustenta mi casa),

Existo como soy, con eso basta,
Y si nadie lo sabe me doy por satisfecho,
Lo mismo que si todos y uno a uno lo saben,
Hay un mundo al que tengo por el mayor de todos, que soy yo y que lo sabe,
Si llego a mi destino, ya sea hoy ya sea dentro de millones de años,
Puedo aceptarlo ahora o seguir aguardando, con igual alegría.
La base donde apoyo mis pies es de granito,
Me río cuando dicen que puede disolverse,
Porque conozco lo que dura el tiempo.


Cosmos


" Quién contiene a la diversidad y es la Naturaleza
quién es la amplitud de la tierra y la rudeza y sexualidad de la tierra
y la gran caridad de la tierra, y también el equilibrio
quién no ha dirigido en vano su mirada por las ventanas de los ojos
o cuyo cerebro no ha dado en vano audiencia a sus mensajeros
quién contiene a los creyentes y a los incrédulos
quién es el amante más majestuoso
quién, hombre o mujer, posee debidamente su trinidad de realismo
de espiritualidad y de lo estético o intelectual
quién después de haber considerado su cuerpo
encuentra que todos sus órganos y sus partes son buenos
quién, hombre o mujer, con la teoría de la tierra y de su cuerpo
comprende por sutiles analogías todas las otras teorías
la teoría de una ciudad, de un poema
y de la vasta política de los Estados
quién cree no sólo en nuestro globo con su sol y su luna
sino en los otros globos con sus soles y sus lunas
quién hombre o mujer, al construir su casa
no para un día sino para la eternidad
ve a las razas, épocas, efemérides, generaciones.
El pasado, el futuro, morar allí, como el espacio
indisolublemente juntos. "




RESEÑA

WALT WHITMAN
 West Hills, EE UU, 1819 - Camden, id., 1892) Poeta estadounidense. Hijo de madre holandesa y padre británico, fue el segundo de los nueve vástagos de una familia con escasos recursos económicos. Pasó sólo ocasionalmente por la escuela y pronto tuvo que empezar a trabajar, primero, y a pesar de su escasa formación académica, como maestro itinerante, y más tarde en una imprenta.


Walt Whitman (Retrato de Eakins, 1887)


Allí se despertó su afición por el periodismo, interés que le llevó a trabajar en varios diarios y revistas neoyorquinos. Nombrado director del Brooklyn Eagle en 1846, permaneció en el cargo sólo dos años debido a su disconformidad con la línea abiertamente proesclavista defendida por el periódico. Su afición por la ópera (género que influyó enormemente en su obra poética) le permitió coincidir en una noche de estreno con un dirigente del periódico de Nueva Orleans Crescent, quien lo convenció para que dejara Nueva York y aceptase una oferta para trabajar en el diario.

Durante el viaje hacia al Sur, que emprendió en 1848, tuvo la oportunidad de contemplar una realidad, la de provincias, para él totalmente desconocida y que, en definitiva, sería decisiva para su carrera futura. Por todo este conjunto de experiencias, cuando regresó a Nueva York, unos meses después, abandonó el periodismo y se entregó por completo a la escritura.

La primera edición de su gran obra, sin embargo, no vio la luz hasta 1855. Esta primera edición de Hojas de hierba (Leaves of grass) (habría otras ocho en vida del poeta) constaba de doce poemas, todos ellos sin título, y fue el propio Whitman quien se encargó de editarla y de llevarla a la imprenta. De los mil ejemplares de la tirada, Whitman vendió pocos y regaló la mayoría, uno de ellos a Ralph Waldo Emerson, importante figura de la escena literaria estadounidense y su primer admirador. Su crítica, muy positiva, motivó a Whitman para seguir escribiendo, a pesar de su ruinosa situación económica y de la nula repercusión que, en general, habían tenido sus poemas.

Al año siguiente apareció la segunda edición y, cuatro años más tarde, la tercera, que amplió con un poema de presentación y otro de despedida. La noticia de que su hermano George había sido herido, al comienzo de la Guerra Civil, le impulsó a abandonar Nueva York para ir a verle a Fredericksburg. Más tarde se trasladó a Washington D.C. donde, apesadumbrado por el sufrimiento de los soldados heridos, trabajó voluntariamente como ayudante de enfermería. Tras el fin de la contienda, se estableció en Washington, donde trabajó para la Administración. Allí publicó varios ensayos de contenido político, en los cuales defendía los ideales democráticos, pero rechazaba el materialismo que, a su juicio, impregnaba la vida y las aspiraciones de la sociedad estadounidense.

Aquejado de varias enfermedades, en 1873 se vio obligado a abandonar Washington y trasladarse a Camden, en Nueva Jersey, donde permaneció hasta su muerte. Dedicó los últimos años de su vida a revisar su obra poética, y a escribir nuevos poemas que fue incluyendo en las sucesivas ediciones de Hojas de hierba.

Whitman fue el primer poeta que experimentó las posibilidades del verso libre, sirviéndose para ello de un lenguaje sencillo y cercano a la prosa, a la vez que creaba una nueva mitología para la joven nación estadounidense, según los postulados del americanismo emergente. El individualismo, los relatos de sus propias experiencias, un tratamiento revolucionario del impulso erótico y la creencia en los valores universales de la democracia son los rasgos novedosos de su poética; en línea con el romanticismo del momento, propuso en su poesía una comunión entre los hombres y la naturaleza de signo cercano al panteísmo. Tanto por sus temas como por la forma, la poesía de Whitman se alejaba de todo cuanto se entendía habitualmente por poético, aunque supo crear con los nuevos materiales momentos de hondo lirismo.

domingo, 10 de abril de 2011

Petronila, hija de Bernardo O`Higgins

La documentalista Pamela Pequeño investigó los orígenes de la hija de Bernardo O’Higgins, Petronila, no reconocida ni por su padre ni por los historiadores, para el documental La hija de O’Higgins (2001). Si así fuera, Pamela sería tataratataranieta del prócer.

Por Pamela Pequeño

Paula.cl

Saco del cajón la carpeta con los antecedentes que recopilamos sobre Patronila hace diez años. No la abro hace tiempo. La investigación es para un documental sobre la búsqueda de la memoria de Petronila Riquelme O’Higgins. Releo sus cartas escritas con letra rabiosa. Encuentro fotocopias, fax desteñidos. Vuelvo sobre la historia de mi tatarabuela. Hace tiempo que su fotografía está en mi billetera. Ya no es una mujer anónima ni ajena. Su vida me mostró pistas de mi historia familiar. Me obligó a mirarme en ella. Petronila es conocida por algunos historiadores y por sus descendientes como la hija de O’Higgins.

Inicios del otoño de 1870. La navegación es plácida a bordo del vapor Perú, mientras se acerca a la bahía de Valparaíso. Pero el barco se detiene antes de llegar. Una viajera ha muerto de un ataque. Es Petronila, quien vuelve a Chile después de 47 años. Su corazón no resiste y deja de latir poco antes de reencontrarse con su marido e hijos, a quienes no ve desde hace diez años. Fallece mientras huye de la soledad en que la dejó Bernardo O’Higgins y Demetrio, su hermano, muertos en el exilio en Lima. Qué decir de su marido, José Toribio Pequeño. La abandonó y se fue a vivir al campo, en la Zona Central de Chile, llevándose a sus cinco hijos.

Sin fecha de nacimiento

Petronila tuvo la desgracia de nacer huacha y la muerte le impidió cumplir la misión que se había propuesto al embarcarse hacia Chile. Iba decidida a luchar para legitimar su filiación y tomar el apellido del prócer que por 60 años no pudo llevar. Irónicamente, el diario La Patria del 30 de marzo de 1870 la nombra como nadie la llamó en vida: “En el vapor Perú que fondeó la tardedel lunes llegó el cadáver de doña Petronila Riquelme O’Higgins de Pequeño, hija, según se nos dice, del ilustre general Bernardo O’Higgins”, se lee.

Petronila no tiene fecha ni lugar de nacimiento determinados. No existen documentos que acrediten año ni identidad de los padres. Recuerdo las palabras de la escritora e investigadora Juanita Gallardo, en los inicios de mi investigación.
–En esa época los documentos mentían. No prueban ni desmienten– dice.
Me explica que algunas actas de nacimiento se emitían con datos falsos para ocultar el verdadero origen de los hijos ilegítimos. Ella sostiene que Petronila nació alrededor de 1808 y fue hija de Patricia Rodríguez, la nana pehuenche de la familia O’Higgins.
–No me cabe duda que fue hija de O’Higgins y que, por lo tanto, tú eres descendiente directa– me asegura. –Pero no tenemos cómo comprobarlo.

A mi tatarabuela le decían Petita, cariñosamente. Vivió desde su nacimiento junto a Bernardo y su familia: Rosa, su hermana, e Isabel Riquelme, su madre, mientras el prócer era director supremo. Jugaba feliz en la casa de gobierno, inconsciente del dolor que la ambigüedad de su origen le acarrearía en el futuro. A ojos de todo el mundo era otra de las “indiecitas huérfanas” o de las “muchachas de aspecto salvaje” que vivían en la casa. La viajera inglesa María Graham describe en su diario cómo las pequeñas se arrojan a las rodillas de O’Higgins y éste les habla en araucano.

A Petronila y a las demás niñas mapuches no las trataban como sirvientas. “Las indiecitas comen en una mesa baja, presidida por la hija del cacique y tratadas con tanto respeto como las señoras de la casa”, observa la inglesa en su visita a Conventillo, la chacra de Bernardo, cerca de Santiago. No pasa mucho tiempo cuando, a los 12 años, el 19 de julio de 1823, Petronila se embarca en la corbeta Fly con los O’Higgins rumbo al exilio a Perú. Es un día invernal. Triste y silencioso. Sin pompa ni homenajes. Quizás presienten que no vivirán nuevamente en Chile. Petronila juega con un niño rubio de unos cinco años. Es su hermano Demetrio. Viaja con ellos Patricia Rodríguez, quien se supone que fue la madre de Petita. Siguió siendo la nana de la familia en el exilio, pero Petronila jamás fue sirvienta.

Un siglo y medio después, yo tengo 12 años. La misma edad de Petronila cuando viaja a Lima. Ahora pienso que si mi tatarabuela no hubiera hecho ese viaje, yo no existiría. Recorro el Templo Votivo de Maipú con mi curso del colegio. Nos lleva la miss Adriana, profesora de Historia. Entramos al Museo del Carmen, ubicado a un costado. De improviso la profesoramellama. Está delante de una vitrina que tiene muchos retratos viejos. Alcanzo a leer mi apellido junto al de O’Higgins.
–Mira, acá está tu familia– me dice con orgullo.

Años después no me acuerdo de esa foto. Menos de la cara de mi antepasada. La imagen de mi tatarabuela viaja de Valdivia a mis manos. Me la envía Germán Pequeño, primo lejano y buen conocedor de la historia familiar. Ya me han comenzado a llamar muchos parientes para comentarme nuestra relación con O’Higgins. Llevamos el mismo apellido, pero no nos conocemos.

Vida de casada

La fotografía. Estamos en la oficina donde se produce el documental. Carla, la periodista, me la pasa. Es una foto pequeña, como de pasaporte. Al fin veo su cara. Quedo muda, soy incapaz de expresar nada. Es su rictus. La expresión fuerte, iracunda. No es bonita. Me da miedo comprobar que sufrió. Me cuesta reconocerme. Me hacen bromas. “Querías que fuera la Cecilia Bolocco”, me preguntan. No me causa risa. ¿Cómo lidiaré con lo que ahora sé? Petita tiene 26 años cuando se compromete con José Toribio Pequeño, un hombre importante, de buena familia. Mi tatarabuelo administraba las haciendas de Bernardo O’Higgins en Perú.

¿Estaría enamorada? ¿Cuánta ilusión depositaría en su nueva vida de casada? ¿Era un matrimonio de conveniencia, como se usaba en la época? Se casan en noviembre de 1837. Rosa O’Higgins es la madrina
y Bernardo felicita a la pareja. Por primera vez, Petronila aparece con apellidos. En el acta de matrimonio figuran como legítimos padres Nicolás Riquelme y Juana Letelier. Algunos historiadores o’higginistas reivindican con fuerza esta filiación. En el documental trabajamos con la hipótesis de que Petronila no ha usado apellidos hasta ese día. Ha sido la “indiecita” Petita, la Peta o Petronila. Sin embargo, cuando se casa necesita ser hija de alguien. Y, en consecuencia, exhibir un par de apellidos. Desde esemomentose convierte en Petronila Riquelme y Letelier. Puedo imaginarla esperanzada por su cambio de condición.

Es octubre de 2000. El Instituto O’Higginiano quedaba en la calle Londres 38. Después de una primera entrevista sin cámara, han sido inútiles los esfuerzos por obtener una opinión grabada de los miembros de la institución. Se niegan a participar en el documental. Rechazan todo lazo sanguíneo de mi tatarabuela con Bernardo. Descubro que, en el pasado, algunos historiadores como Luis Valencia Avaria, Rafael Reyes o Guillermo Feliú Cruz polemizaron sobre este tema, sin ponerse de acuerdo. Yo sólo quiero una entrevista. Creen que mi objetivo es comprobar mi parentesco con O’Higgins. Amíme interesa Petronila.

Luego de mucho insistir, el Instituto O’Higginiano manda una carta. Es una especie de declaración de principios. “El retrato aceptado de Petronila la representa con genuinos rasgos de indígena araucana, sin ningún asomo de sangre europea que debiesen haber aportado los apellidos Riquelme (español) y Letelier (francés) con los que formalizó su matrimonio”, dice. La imagen de nuestra antepasada no sólo me afecta a mí y a ellos. También incomoda a algunos de los familiares que voy conociendo durante el rodaje. Llevo la foto a cada grabación. Quiero registrar las primeras impresiones que causa. Nadie quiere reconocerse en ella, menos parecérsele. “Es india, es bien fea”, dice una tía. “No se parece en nada a nosotros”, afirma un primo. “Parece que tenía un carácter endemoniado”, agrega su hermano.

¿Por qué todos hablan de José Toribio Pequeño como si nuestro tatarabuelo fuera el descendiente de O’Higgins? ¿Por qué la ignoran y la ningunean? Me pregunto si Petronila habrá sentido el rechazo. No era atractiva. Hija de nadie. Descendía de mapuches y se le notaba. Concluyo que no fue feliz. Y eso se adivina en las furiosas cartas que le escribió a su marido. Las encontré por casualidad en el Archivo Nacional. Me mareo revisando microfilms. La correspondencia de Petronila con su esposo evoca un infierno. Me cuesta descifrar lo que leo. La letra de Petronila es feroz. Carga la pluma como si fuera una pistola. Subraya frases. Junta palabras. Se aprecia la influencia del mapudungun en la construcción del texto. En contraste, la escritura de mi tatarabuelo es pulcra y ornamentada. “Pequeño voi a darte un movimiento de biles siento mucho las cosas que dicen de ti de tu conducta principalmente te han molido tus huesos i tu honor que esta vez se a desparramado por todo Lima”, escribe en Lima el 13 de mayo de 1848.

Nace el primogénito Bernardo, cuyo padrino es O’Higgins y la madrina, Isabel Riquelme. Ahora son todos compadres. Es bautizado con pompa en la catedral de Lima. Le siguen cinco hijos más, de los cuales una fallecerá y otro será mi bisabuelo. La vida de la pareja transcurre entre la ciudad y la hacienda Montalbán. A diez años del casamiento, la crisis se lee con claridad. El escándalo estalla por Carmencita, una sobrina de José Toribio. “Me dicen que te has sacado a Carmen de su casa del lado de su marido, dicen que tú has hecho el papel. Ahora esta vergüenza es paramí porque me dirán que yo soy una cornuda”, escribe Petronila.

Intenta llegar a una reconciliación, sin éxito. Mientras, los O’Higgins comienzan a morir y ella a quedar sola. José Toribio se enferma y la culpa de sus males. Niega la relación con Carmencita. Se va a Chile con sus hijos. Demetrio y Petronila siguen viviendo en Montalbán. Los hermanos son los únicos que quedan en Perú. Han vivido juntos toda la vida. Demetrio es atractivo y mujeriego. No se casa, igual que su padre y que su abuelo Ambrosio. Tiene hijas, pero no las reconoce. La historia da círculos. Después de más de un año de investigación, estamos a punto de cerrar la búsqueda. No encontramos a nadie que aporte nuevos antecedentes. Decido confiar en la información que tenemos y en la historia oral que mi familia ha transmitido por más de un siglo. El fin se acerca. Alguien me sugiere hacer la prueba de ADN.

En el Instituto Médico Legal me dicen que es imposible por la fecha de muerte. Me habría enfrentado a la dificultad de abrir el ataúd de O’Higgins. En ese entonces, la idea parecía loca. Sin embargo, años después, me llamaría por teléfono un miembro del Instituto O’Higginiano, supongo que renovado. Quiere saber si yo me haría la prueba de ADN. Sonrío, mientras le explico con amabilidad que la película está terminada. Demetrio toma veneno en Montalbán por una pena de amor. Petronila queda sola y decide regresar a Chile. Extraña a sus hijos. Quizás pueda llegar a entenderse con su marido. Viene a recuperar
todo lo que es suyo y que le ha sido arrebatado: su familia, su identidad, la herencia que le corresponde. Se embarca en el puerto del Callao en el otoño de 1870. Sin embargo, se siente enferma. Es el corazón. El vapor avista Valparaíso. En tierra firme la esperan sus hijos y quizás sus nietos. Muere siete millas antes.

Creo que O’Higgins tenía conciencia de que Petronila era su hija, aunque no la reconoció. Tampoco lo hizo con Demetrio, pese a que nació de su gran amor, Rosario Puga, quien era de una buena familia criolla. Bernardo era un padre cercano, pero inalcanzable, ya que nunca Petronila pudo decir que era su hija. En la época, se estilaba no reconocer a los huachos, pero se los acogía en la casa, en la familia y se les daba educación. La tumba de mi tatarabuela está en el cementerio más lindo de Chile, el número 1 de Valparaíso, arriba del cerro Panteón, mirando el mar. En la lápida apenas se lee su nombre. Fui a visitarla este verano. No le llevé flores, pero le di las gracias.

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