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lunes, 29 de marzo de 2010

Elias Khoury - escritor libanés


"La buena literatura es un tributo a la fragilidad humana, a la muerte"
El novelista y dramaturgo libanés será una de las estrellas del Festival Hay de Granada, que comienza mañana
Entrevistas por: Eduardo Lago - Fuente: El País

Autor de 11 novelas, entre las cuales destacan Bab El Shams (Puerta del Sol, 1998) y Yalo (2002), ambas de próxima aparición en catalán y castellano, Elias Khoury (Beirut, 1948), reciente ganador del Premio Oueis 2008 de literatura en lengua árabe, es una de las voces más interesantes e innovadoras de la escena internacional desde hace varias décadas. Cristiano maronita de origen, secular, en los términos que definió el término Edward Said, cada primavera, desde hace ocho años, Elias Khoury imparte dos cursos de literatura en la Universidad de Nueva York. Además de su labor como dramaturgo, novelista, crítico y escritor, dirige el suplemento literario del diario libanés An-Nahar, uno de los más importantes del mundo árabe. La conversación tiene lugar en un café cerca de Washington Square, unos días antes de su viaje a Granada, donde los próximos viernes y sábado tomará parte en el Hay Festival.
El autor de 'Puerta del Sol' defendió la causa palestina desde Al-Fatah

Pregunta. ¿Cómo se hizo escritor?

Respuesta. De niño me ocurría algo muy curioso: cuando un libro me gustaba mucho, le contaba a todo el mundo que lo había escrito yo, pero no para engañar a nadie, sino porque lo creía de verdad.

En cierto modo, aún me sigue pasando. Creo que todo lector es un escritor en potencia. No me decidí a publicar nada hasta los 22 años. Estaba en París, estudiando sociología e historia y escribí una novela corta, titulada El círculo.

Se la entregué a un amigo editor y no le entusiasmó, le pareció demasiado experimental, pero aun así la publicó.

P. ¿Por qué se hizo miembro de Al Fatah?

R. Después de la Guerra de los Seis Días acudí al campo de refugiados de Al-Baká, en Jordania, en compañía de un sacerdote maronita. No sabíamos qué hacer por aquella gente.
"Lorca es una de las mayores influencias en la poesía árabe contemporánea"

Decidimos quedarnos un tiempo ayudándoles, pero no me pareció suficiente, así que un día me presenté en Ammán, y pedí a un taxista que me llevara hasta el campamento de Alt Salt, con los fedayin.
Algunas de sus novelas han tenido una muy buena acogida en Israel

Abrió mucho los ojos y me preguntó si estaba loco. Muchos taxistas trabajaban para los servicios de inteligencia jordanos.

El caso es que me llevó y conocí a Abou Jihad, el número dos de Arafat, que trató de disuadirme, diciéndome que volviera a mis estudios, pero yo insistí en quedarme. Lo terrible de la catástrofe palestina es que nadie creía en ella porque la ensombrecía la tragedia del Holocausto judío. Nadie creía en el sufrimiento de aquel pueblo, y me parecía que mi deber como escritor, como intelectual y como ser humano, era hacer saber a todo el mundo lo que estaba ocurriendo.

P. ¿De qué manera ha influido la guerra en su escritura?

R. La guerra es lo más terrible que puede acaecer al ser humano, y dentro de ello, lo peor es una guerra civil, porque en ella uno trata de matar su propia imagen, reflejada en un espejo. Una guerra civil es un suicidio colectivo. En una situación así sólo pueden ocurrir dos cosas: o se despoja uno de toda huella de humanidad, insensibilizándose ante lo que vemos, o el horror circundante exacerba nuestra sensibilidad haciéndonos creer que la existencia es un completo sinsentido. Yo presencié la muerte de mi mejor amigo en un atentado perpetrado con un coche bomba. La bomba estaba debajo de su asiento, y le destrozó el cuerpo, pero, desde donde yo estaba, veía su torso y su cabeza intactos y creí que estaba vivo. No hay mayor sinsentido que acabar así con la vida de un ser humano. Mi reto, como escritor, es tratar de encontrar una explicación a la conducta humana a través de la literatura.

P. ¿Qué escritores influyeron en usted?

R. Para mí, Dostoievski está muy por encima de todos. En cuanto a técnica, el maestro de todo novelista que se precie es Flaubert. Kafka me parece fundamental. También me gustan mucho Faulkner y Whitman. Y me interesa mucho Lorca.

P. En sus libros lleva a cabo una indagación implacable sobre la naturaleza de la escritura.

R. La literatura no versa sobre la realidad, sino sobre el lenguaje. Todas las palabras son metáforas. Escribir es construir nuevas metáforas sobre metáforas que ya existen, lo cual no es obvio ni evidente. Es algo que tenemos que descubrir cada vez. La literatura es el lugar donde se innova y recrea el lenguaje, un espacio en el que se inventa el lenguaje a partir del lenguaje mismo. El escritor que no indaga en la naturaleza del lenguaje no crea, sino que se limita a repetir lugares comunes. Escribir es limpiar el lenguaje de prejuicios y clichés.

P. En sus libros escribe desde múltiples perspectivas, dando numerosas versiones de un mismo hecho.

R. La gran lección de Las 1001 noches es que la realidad no es una, sino que se manifiesta de muchas maneras, cada una de las cuales es una versión que a su vez está abierta a nuevas versiones. Cuando tratamos de atrapar la realidad, o lo que pensamos que es la realidad, tenemos que contar con la existencia de una multiplicidad de versiones que tratan de dar cuenta de los hechos. Como escritor, no trato de llegar al nivel mismo de los hechos, sino que doy cuenta de las distintas maneras de ver una misma cosa. Escribir acerca de algo es ya una manera de verlo, y siempre hay muchas maneras distintas de ver lo mismo.

P. ¿Por qué deja sus libros sin terminar?

R. En Puerta del Sol, al llegar a la última página, no hay ningún punto final. Es lo que ocurre con la vida y la muerte. ¿La muerte es el final de la vida o el principio de otra cosa? No hay nada de metafísico en esta observación. La distinción que hacemos racionalmente entre fin y principio no refleja la realidad. Cuando se llega a la última frase de un libro mío, el lector tiene que decidir qué hacer con él, reinventar lo que ha leído.

P. Entonces, ¿qué es la literatura?

R. La buena literatura es un tributo a la fragilidad humana y por lo tanto a la muerte. Creo que la literatura, como todo el arte en general, es un diálogo que los muertos mantienen con los vivos. Hablando de Giacometti, Genet decía que sus estatuillas eran representaciones de diálogos con los muertos. En la literatura, la vida se perpetúa a través de la palabra.

P. ¿Siente que la tradición literaria árabe está alejada de la occidental?

R. No creo en ese tipo de distinciones. Fíjese en el Quijote, por ejemplo. Todo el mundo coincide en que es el punto de partida de la tradición novelística europea. Cervantes, por su parte, dice que el origen de la historia es un manuscrito escrito por un árabe. Tomemos ahora el caso de Lorca. Su poesía entronca con la tradición arábigo-andaluza y él, a su vez, es uno de los poetas que más han influido en la poesía árabe actual. ¿Dónde están las barreras? En la tradición árabe ha pervivido la historia del último rey moro de Granada, Al Andalus ha pervivido en nuestra tradición. Me interesan esas pervivencias e interrelaciones históricas.

P. ¿Qué recepción han tenido sus libros en Israel? ¿Le interesa la literatura de aquel país?

R. Conozco muy bien la literatura israelí y enseño las obras más relevantes en los cursos que imparto en la Universidad de Nueva York sobre la literatura contemporánea del Próximo Oriente. Me interesan mucho David Grossman y Amos Oz. En cuanto a mi obra, hay dos novelas mías que se han traducido al hebreo, Puerta del Sol y Yalo. Las dos han tenido una recepción sumamente positiva en Israel.

P. ¿Alberga la esperanza de que llegue un día en que los hombres y mujeres de buena voluntad de Israel y los países árabes consigan la paz, o es sencillamente imposible?

R. Lucho por ello. La situación invita al más absoluto pesimismo, pero como enseñó Gramsci, hay que contrarrestar el pesimismo de la razón con el optimismo de la voluntad. Seguir luchando por la paz.

P. Gramsci ejerció una influencia considerable en Edward Said, con quien usted mantuvo una estrecha amistad. ¿Qué supuso su muerte para usted?

R. Edward Said no ha muerto. Cuando lo echo de menos, abro un libro suyo, me sirvo un vaso de vino y continúo mi conversación con él, igual que antes. Como le dije antes, la literatura se inventó para que los muertos pudieran seguir hablando con nosotros.
Eduardo Lago es escritor y director del Instituto Cervantes de Nueva York.

lunes, 22 de marzo de 2010

Hernán Rivera Letelier obtiene el prestigioso Premio Alfaguara


El escritor chileno consiguió el galardón gracias a su novela "El arte de la resurrección". El único otro autor nacional que había ganado el premio era Carlos Droguett en 1970.
Agencias / Emol
Lunes 22 de Marzo de 2010 12:51

Hernán Rivera Letelier es el segundo chileno que obtiene el codiciado premio literario.
Foto: El Mercurio

MADRID.- El escritor Hernán Rivera Letelier se convirtió en el segundo autor chileno en obtener el codiciado Premio Alfaguara de novela en España, gracias a su obra "El arte de la resurrección".

Rivera Letelier siguió la senda que había iniciado en 1970 Carlos Droguett, quien se llevó el prestigioso premio literario en 1970 por su novela "Todas esas muertes".

"La primera impresión fue un poco de incredulidad", dijo Rivera Letelier vía telefónica desde Chile. "Estoy muy contento", agregó. El autor chileno expresó que "El arte de la resurrección" narra la historia de un iluminado. Un hombre que recorría el desierto de Chile en 1930 predicando y haciendo milagros. "Es una historia de un tipo real, pero esta escrita como una novela", explicó.

Nacido en Talca en 1950, Rivera Letelier, quien se presentó al premio bajo el seudónimo de Manuel Madero, es uno de los autores con más éxito del país. Destaca entre sus obras "La reina Isabel cantaba rancheras", premiada por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura en 1994.

El presidente del jurado, el autor español Manuel Vicent, dijo que el panel valoró el "aliento y la fuerza narrativa" de la novela, así como la creación de una geografía personal a través del "humor, el surrealismo y la tragedia". Además de novelista, Rivera Letelier cultiva la poesía y el cuento.

El libro, según Vicent, cuenta las andanzas de un iluminado en el desierto de Chile durante los primeros años del siglo XX. El Alfagura de novela está dotado con 175.000 dólares.

El jurado que le concedió el galardón frente a otros 538 manuscritos inéditos procendentes principalmente de España y América Latina, estuvo integrado por Soledad Puértolas, Gerardo Herrero, Juan Miguel Salvador, Juan Gabriel Vásquez y Juan González, todos bajo la presidencia de Vicent.

El año pasado, el ganador fue el argentino Andrés Neuman con "El viajero del siglo".

jueves, 14 de enero de 2010

Comentario a Novela del escritor chileno Cesar Valdebenito

A LA PUTA QUE LLEVÓ MIS POEMAS
BUKOWSKI
“Siempre habrá dinero y putas y borrachos
hasta que caiga la última bomba..”

Adentrarse en la novela de Valdebenito es a lo menos una experiencia inquietante. La prosa en que se funde esta obra narrativa resalta por la llaneza, el efecto duro y sin adornos, la tendencia a los recursos antipoéticos y también por la síntesis con que se expresan los diversos estados anímicos de los personajes y su entorno. El diálogo literario no se ajusta a las gastadas convenciones y los castrante preceptos. La insolencia proscribe esos pomposos encuentros cargados de solemnidad y condimenta los coloquios de impudicia y libertad. La insolencia provoca e induce, cumple su rol de efervescente químico en “Correcciones elementales”.

El autor, dueño del  latido y  desarrollo de los hechos que narra, ve la realidad, también la quebradura y atrapa con su mirada todo lo que vomita su cauce.
Transitan Paula, Carlota, Francisca, Romina, Leonardo, Rodrigo, Preiss, Ernesto junto a temas como el sexo, la masturbación, los fellatios, las películas ignotas, los bares míseros, vino, cinzano, relaciones prohibidas o el padre metido en una bolsa, etc. Todos perdidos en la ciudad, sin destino.

Nos enfrentamos a un ejercicio literario que es una ininterrumpida cadena de sucesos, cuestionamientos y una febril obstrucción de las certezas.

Se trata de una propuesta sin reservas, las cosas como las viven y como son sus personajes: simples. El ser humano  desnudo en algún momento de su existencia.

Valdebenito, es un creador de una literatura provocadora y sórdida,  cargada de indolencia, pero no encontramos a Henry Hank Chinaski, alter ego del propio Bukowski (1), aquí el alter ego es Claudio, escritor que se niega a trabajar, el trabajo es una cadena que coarta la libertad para escribir, para vivir, observar y analizar la realidad de las calles de su ciudad, esos márgenes que se ocultan por no corresponder a los estándares aceptados socialmente y que le son propicios, indispensables para su creación literaria. Claudio es el  irreverente amigo de sus amigos y amigas, con una gran fijación sexual, soez, fuerte, provoca rechazos, es como un “renacuajo revolcado en el barro”, según su propio decir, que encuentra su tranquilidad en una biblioteca acompañado siempre de uno de sus eternos y peculiares amigos.

En la prosa de Bukowski el alcohol, el sexo, la soledad y los aspectos más absurdos y sórdidos de nuestra civilización (5) ocupan un lugar de honor en su obra, autobiográfica en un 90%, y es aquí donde se produce la intersección con la narrativa de Valdebenito. A su vez,  en “Correcciones elementales”, trabaja una línea narrativa que raya en el desenfado, potencia la idiosincrasia, lugares y espacios públicos penquistas, el sentido de la vida llana, de gente común, expresándose hábil y singularmente. Más bien dicho es un lenguaraz que osado, firme y  poseso marcha por la creación literaria.

Valdebenito arrastra atisbos del Miller (2) de Trópico de Cáncer. Y es que esta novela es una autobiografía contada de una manera ágil,  honesta, donde se narran las pesadumbres y desventuras de un autor que reside en Concepción, (tal como Miller y su vida  en París con la segunda guerra mundial encima).  Esta es  una novela reflexiva y a la vez es una obra escrita a borbotones, un verdadero exorcismo  de sus múltiples y heterogéneas vivencias. Autor libre de  tabúes, normas, prejuicios,  que forja una narrativa no apta para cualquier lector, menos para quien se rige por los parámetros de la literatura clásica apegada a los añejos cánones tan conocidos y re-conocidos por los adictos a la academia.

El aspecto más sobresaliente es que es capaz de relatar, con un lenguaje claro, preciso, descarnado, una vida desenfrenada donde todo son experiencias nuevas, desilusiones posteriores y continuos peligros.

César Valdebenito no incluye las sensaciones e impresiones de su personaje reiterativamente, el corre por la vida y nosotros corremos a la vertiginosa  velocidad por la que nos lleva la vorágine de su escritura.

Atisbos del Baily (3), ganador del premio Herralde de Novela, con  “La noche es virgen”. Bayly, a pesar de ser considerado un escritor "light" por abordar, aparentemente, temáticas irrelevantes, es un escritor que se destaca por su estilo directo, sencillo y convincente, y por un manejo de diálogos muy sugestivos y persuasivos, siguiendo las influencias del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique y del argentino Manuel Puig.

Algo de Salinger (4), con su Holden Caulfield de “El guardián entre el centeno”.  Holden es un niño mimado por sus padres, consentido hasta la saciedad, al que nada le gusta y todo  aborrece. Holden Caulfield cínico, sarcástico, arisco, resignado e irascible, el que sorprende en su conversación con Phoebe, en la que su hermana le pregunta: “¿Qué te gustaría ser?” “¿Te acuerdas del poema de Robert Burns ‘Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno’? [...] Yo sería el guardián entre el centeno. Evitaría que los niños cayeran a un precipicio”.  El antihéroe, lo único que busca es proteger ese mundo infantil donde la felicidad es plena y absoluta, y quiere protegerlo de encontrarse con un mundo hipócrita, malvado y feo.

Al revés de César Valdebenito, que a ratos nos parece un niño mimado, hay que decirlo, no quiere protegernos, más bien revelarnos, develarnos las bajas y oscuras pasiones que mueven  al ser, arrastrarnos al vacío, la soledad y la angustia que azotan a cientos y cientos de Claudios y Rominas, en la incomprensible Concepción, ciudad apática y fría que enclaustra.

En efecto, es una obra  que no es para todo el mundo, y la impresión que el lector  se lleve de este libro depende mucho de la actitud con la que  acoja su lectura. De todas maneras, representa una realidad muy actual, querámoslo o no los personajes que se pasean por su “pluma” son en cierta forma los arquetipos que arrojamos al rincón más oscuro de “nuestra casa” y no nos atrevemos a dejarlos salir. Valdebenito sí se atrevió con una historia que registra violentamente el vacío de una sociedad en el ocaso.

Fragmento:

“Nos sentábamos en la plaza durante horas y eso tampoco importaba. Nos daba lo mismo estar parasitando en la noche de la nación que tenía la puta bandera o segur caminando. En ocasiones nos encontrábamos con Romina, cada vez más inteligentísima, mística. Romina, que venía de un sótano o de una casa abandonada después de regar, con un cuentagotas, las minúsculas plantas de marihuana. Cuando estaba borracha le daba por colocarse mi camisa a cuadros, una corbata y gafas a lo John Lennon y así entrar cantando abiertamente y a todo pulmón en la comisaría o meterse al monasterio de monjas de la calle Trinitarias, gritando que iba a violar a la madre superiora y, a renglón seguido, juraba que pretendía examinarle el clítoris a una novicia. O entraba con una camiseta hasta las rodillas  y se ponía a dar vueltas por los pasillos, silbando y gritando: ¡Miren lo que tengo aquí abajo, miren lo que tengo! Sabíamos que Romina, alguna vez, había andado con un viejo vegetariano, tísico, gonorreíco, auditor empedernido del noticiero del Canal Católico. El señor gorroneíco (como le decíamos nosotros), le pagaba los cachureos y las hamburguesas. Ella me divertía, porque siempre partía con un discursito sin pies ni cabeza. Subiéndonos el cuello de la chaqueta empezábamos a caminar sin rumbo. Metiendo la nariz en el viento. Escuchando las estupideces de Romina como si cada día constituyera la ruptura con la vida que nos mentía.


Ingrid Odgers



Notas:



martes, 5 de enero de 2010

Encuentro con un clásico


LETRAS LIBRES

por Adolfo Castañón

Sus más recientes libros, América sintaxis, de crítica literaria, Recuerdos de Coyoacán, de poemas y Una pizca de sal, de cultura y cocina, demuestran que la temprana afición de Castañón por Montaigne, padre del ensayo moderno, determinó su voraz apetito cultural.

I
Oí la palabra "clásico" por primera vez en los pasillos de una librería de viejo ante una estantería atiborrada de libros. Mi padre hizo un vago gesto imperativo diciendo: "En realidad sólo vale la pena leer a los clásicos." ¿Qué quería decir?
Ante mi memoria infantil aparecían los bustos en yeso de algunos autores griegos,latinos, alemanes, franceses e ingleses que se encontraban en la nave de una iglesia —el antiguo templo de San Agustín— que había sido transformada en Biblioteca de la Universidad, en la esquina de las calles de Isabel la Católica y República de Uruguay, en el centro de la Ciudad de México; ahí me dejaban mis padres para estudiar durante las vacaciones escolares a partir de los seis o siete años, pues en casa no había quien me cuidara. Los clásicos eran, según infería mi imaginación infantil, los muertos a quienes se recordaba por haber escrito algo excepcional. Los ficheros de la biblioteca, llenos de tarjetas manoseadas y ajadas por el tiempo pero en perfecto orden, recogían no sólo sus obras sino aquellas otras que se habían escrito sobre ellos. En la mayoría de los casos los clásicos, por cierto, tenían el pelo largo y ensortijado; también el entrecejo fruncido y —dato esencial— la nariz aguileña. Yo me miraba al espejo y veía que tenía la nariz respingada. Me daba cuenta de que por esa razón yo nunca sería un clásico, por más que frunciera el entrecejo y me quemara las pestañas.
Otra característica del clásico, según la advertía el niño que fui, era su ubicuidad. Había libros de Platón, Aristóteles, Aristófanes, Goethe, Montaigne, Cervantes y Molière en todas las bibliotecas y sus nombres estaban en todos los libros de texto. Los adultos conocían sus nombres —ah, sí, Shakespeare—, aunque nunca los hubieran leído. "Y ¿por qué sólo hay que leer a los clásicos?", le pregunté a mi padre. "En ellos —me respondió— está todo. Los argumentos de las películas y las teorías de los científicos y de los políticos". Esta respuesta de mi padre se me hizo todavía más convincente cuando me di cuenta de que algunos clásicos tenían, al igual que ciertos países, ríos, héroes, santos, presidentes, reyes y reinas, una calle con su nombre. De todos modos no entendía yo muy bien por qué era necesario que alguien sacrificara su vida para que le pusieran su nombre a una calle, sobre todo cuando pensaba en que había muchas calles —otros tantos sacrificios inútiles— con nombres de personas que casi nadie sabía identificar. II.
Cuando estuve en edad de empezar a leer, me di cuenta de por qué la gente decía "Ah, sí, Shakespeare" con voz indiferente y mirada de mesero que no quiere dar la cuenta. Mi padre, por ejemplo, me había contado la Odisea abreviándola, adaptándola y aun desfigurándola para hacérmela digerible. Me había gustado que él me la contara a mí, pero me daba yo cuenta de que para un lector incipiente los clásicos eran difíciles y aburridos. No era sencillo leerlos; había que vencer o pasar por alto muchas dificultades. Por ejemplo, el idioma, la gran mayoría no había escrito en nuestra lengua y había que leerlos en traducción. Esto realmente me angustiaba: ¿cómo sabíamos entonces que estábamos leyendo al autor y no al traductor? ¿Y qué podía llegar realmente hasta nosotros de un autor que había escrito hacía cientos o miles de años en un idioma que no era el propio y que además —como se dice— era una lengua muerta? Esta pregunta me ha dado vueltas en la cabeza durante mucho tiempo; me ha llevado a interesarme por las cuestiones de la traducción y a aprender idiomas, a tratar de conocer algo de algunas de esas "lenguas muertas" y de su cultura y civilización.
Cuando dejaba de ser niño y empezaba a ser adolescente —es decir cuando la sexualidad afloraba en mí—, leí la biografía de Arthur Schleimann, el arqueólogo aficionado que descubrió Troya. Schleimann encontró la ciudad mítica leyendo la Ilíada bajo el cielo de Grecia y midiendo sus pasos según las descripciones que hacía Homero, como quien busca en el desierto un pozo de agua. Después de intentos innumerables, dio con las ruinas de Troya, la Antigua Ilión. Había ganado y perdido varias fortunas millonarias en ese intento hasta que dio con el lugar exacto y pudo traer a la luz el tesoro enterrado de Helena. Lo primero que hizo en cuanto las joyas estuvieron en sus manos fue ponérselas sobre la cabeza y el pecho a su esposa y hacerla fotografiar. La imagen aterrada de la joven esposa de Schleimann tocada con las joyas milenarias es asombrosa. Quizá la impresión viene de concebir lo inconcebible: comprobar empíricamente que el mito tiene realidad histórica. Esa es una de las características de los clásicos —en particular de los antiguos: invitarnos a tomar conciencia de que la edad de oro efectivamente existió y de que alguna vez tuvo existencia histórica una infancia de la humanidad. Se puede decir lo que se quiera a propósito de la existencia histórica de Homero: ¿existió efectivamente el rapsoda? ¿Es el seudónimo de un equipo, de una colectividad o, como quiere Robert Graves, Homero fue una mujer? En cualquier caso, ahí están la Ilíada y la Odisea. No sólo eso: Arthur Schleimann desenterró Troya. Alguna vez Salomón habitó el templo que lleva su nombre.
Otra cosa que me parecía enigmática en aquellos años era que tres personajes —clásicos entre los clásicos: Pitágoras, Sócrates y Jesucristo— nunca hubieran escrito nada. ¿Podían ser clásicos los ágrafos? En todo caso, Los versos de oro, Platón y los Evangelios estaban ahí. Otra cuestión era la de si la Biblia —con los libros del Antiguo y el Nuevo Testamento— podía ser considerada clásica. ¿En qué sentido podía ser clásico lo que entre los cristianos y los judíos era considerado palabra de Dios? La clave está en la palabra testamento: testimonio de una herencia. Si las obras de Homero y Platón son clásicos es precisamente porque representan el testamento de una civilización, pero —recordémoslo— no hay testamento sin herencia y heredero. Hay que entender entonces que el autor-clásico, el autor-testamento no lo es verdaderamente mientras no sea actualizado, revivido por los herederos.
De la misma manera en que no siempre sabemos ver las iglesias como una obra de arquitectura, en esa misma forma no siempre apreciamos a Isaías como poeta; ver en el Génesis un poema, en el Éxodo una narración y en el Cantar de los Cantares, precisamente eso. Habría que detenerse a pensar —creyentes y no creyentes, pero sobre todo los primeros— por qué la Biblia sólo podía haber sido escrita como poesía, por qué —para decirlo con Borges— en esa vasta antología de la literatura producida por un pueblo a lo largo de los siglos y que el genio de sus sacerdotes supo atribuir a un autor único: el Espíritu Santo, predominan las formas poéticas.
Cuando mi hermana y yo éramos niños, íbamos todos los domingos a la iglesia; guiados por nuestro padre visitábamos las iglesias de Acolman, Tepozotlán, Xochimilco, Chimalhuacán, Amecameca y otras en los alrededores de la Ciudad de México, para no hablar de la Catedral, de San Hipólito, de San Francisco, que estaban en el Centro. Mi padre nos explicaba qué era un atrio y qué era un estípete, qué un coro, un sagrario, un ábside; la diferencia entre los contrafuertes del estilo románico y los del gótico. Él era un liberal de pura cepa, pero estaba vivamente interesado en que asistiéramos al catecismo y supiéramos qué significaban palabras como bautismo, sacramento, resurrección, transfiguración, juicio final. Cuando, años más tarde, en 1986 fui a la agonizante Unión Soviética y visité en compañía de Selma Ancira y del escritor Yuri Greidin un museo donde se encuentran las obras del gran pintor Anatoli Riubliov —el personaje histórico en que se inspiró una célebre película— me di cuenta de cuánta razón había tenido mi padre. Al preguntarle a mi guía-escolta algo sobre uno de los cuadros que representaba a un San Juan Bautista, me di cuenta de que ella había sido mentalmente amputada de todo lo que tuviese que ver con la religión, y que las palabras que acabo de mencionar y otras —sacramento, ascensión y así por el estilo— no tenían para ella ningún sentido, pues su educación había practicado en ella una especie de lobotomía cultural. Un escalofrío recorrió mi espalda, agradecí que el liberal radical y de pura cepa jacobina que era mi padre se hubiese preocupado por integrar en mi educación los relatos clásicos de la Biblia tanto como la conciencia de que la historia de la cultura y la de la Iglesia están entrañablemente relacionadas.
Los autores de la Antigüedad Clásica son como el cordón umbilical que vincula la historia actual y profana con la edad mítica y la infancia de la humanidad; gracias a ese cordón nos es posible estar en contacto no sólo con nuestros orígenes sino con las formas más altas del pensamiento y de la expresión. ¿No es cierto que en Homero y Sófocles está toda la literatura y en Platón y Aristóteles toda la filosofía?
Antes de preguntar ¿qué es un autor clásico?, habrá que responder ¿qué es un autor? Hugo de Saint-Victor en el Didascalión, quizá el primer libro de teoría y arte de la lectura escrito en Occidente (fue compuesto en el siglo XII), establece una clasificación que ha sido recordada no hace mucho por Ivan Illich en su libro En la viña del texto, que explora los paralelos entre nuestra cultura y la de la Edad Media. Hay diversas clases de "autores", dice Saint-Victor. En primer lugar, los verdaderos autores, es decir las Autoridades de la Iglesia: San Agustín, San Jerónimo, San Anselmo, aquellas figuras que son realmente semillas. Siguen los intérpretes o exégetas que, sin llegar a ser autoridades, pueden interpretar los textos. Entre el intérprete y la autoridad las fronteras son sutiles: Agustín y Jerónimo empezaron siendo exégetas, pero la calidad y penetración de su labor escrita, leída y actuada los elevó al rango de autoridades. Luego de los exégetas, siguen los comentaristas. A diferencia del intérprete, que establece o debate el sentido, el comentarista parafrasea, desdobla, explaya y, cuando más, compulsa y coteja, compara el texto. Finalmente, viene el copista o amanuense que lo transcribe. El copista es el autor más humilde pero resulta clave en la cadena de la lectura. Si los clásicos griegos y latinos no hubiesen sido copiados y traducidos al árabe, nos quedaría muy poco de esa herencia que en realidad llegó a nosotros, como sabemos, hasta bien entrado el Renacimiento. La clasificación monástico-eclesiástica de Saint-Victor resulta útil para establecer una jerarquía de la lectura: Platón es un autor-autoridad, pero quizá Quintiliano e Isócrates están más próximos al intérprete y al comentarista que a la autoridad. Autor es el que sabe sembrar una semilla y producir un fruto; intérprete el que sabe recogerlo y apreciarlo; comentarista el que es capaz de clasificarlo; amanuense o copista el que sabe cómo almacenarlo. En el mundo moderno, los editores, los verdaderos editores ocupan el lugar de los copistas. ¿Qué es un autor clásico?
Clásico viene del latín classicus, de primera clase. El tesoro de la lengua castellana o española (1611) de Covarrubias indica que "Clase. Vale en lengua latina la flota o armada de muchas galeras o navíos; y la división de las colaciones o vecindades en la ciudad. Y assi escribe Tito Livio, que Servio Tulio dividió la ciudad de Roma en cinco clases. De aquí tomaron los profesores de la lengua latina, en las universidades y estudios, dividir los oyentes en tres clases: de menores, medianos y mayores". Lo primero que llama la atención de esta definición es que clásico se refiere, ya sea en el orden naval o en el urbano, a un conjunto: el clásico nunca está solo. El Corán, por ejemplo, no podría, no sabría ser un texto clásico pues es una obra que se autocalifica como solitaria, excluyente y excepcional. La otra cosa que llama la atención en la definición es que clásicos son los autores que se enseñan en las clases, es decir, que entre los clásicos, hay clases: autores de mayor o menor dificultad o —si se quiere atender la metáfora urbana de Tito Livio— que la ciudad de la cultura está dividida en clases: y así como hay clásicos de la filosofía, de la poesía, del teatro, del pensamiento científico, los hay de la literatura universal, de la europea, de la española y aun de la hispanoamericana. Ahora mismo estamos dudando de si la noción de clásico es viable para las comunidades imaginadas a partir del orden nacional, y si es posible hablar de clásicos de la literatura costarricense, boliviana o mexicana. La noción de clásico remite a un orden urbano, a una ciudad. ¿No es plausible que en la república de los libros cada república, cada comunidad imaginada tenga derecho a conservar un conjunto de autores que definen y sostienen su memoria? ¿Se pueden identificar los penates de una tribu, los ídolos de un foro (idola fori) con los habitantes de un panteón, los elementos de un canon —es decir con un orden clásico? Todo diccionario es un cementerio, pero ¿cualquier cementerio es un diccionario?
Entre los siglos XVI y XVIII se asienta la noción de que el autor clásico es un autor modelo; representa en cierto modo una especie de metro-patrón (como el que existe en París hecho de platino) contra el cual periódicamente debemos ajustar nuestras medidas o, si se quiere, una hora de Greenwich que nos permite poner a la hora exacta nuestros relojes culturales. Esta es la acepción que lleva a identificar la voz "clásico" con la de perfección: el modelo que representa la perfección de un género. En ese sentido, podemos concebir que se hable de clásicos del romanticismo. Por cierto, la oposición que enfrenta a clásicos y románticos se remonta al siglo XIX. Calca una oposición interior: la que hablaba de la batalla de los antiguos y de los modernos. Para Victor Hugo es romántica toda la gran literatura que se escribe en el siglo XIX, para Madame de Staël sólo es romántica la literatura "moderna" (del XIX) que se escribe inspirándose en motivos caballerescos y medievales. Pero clásicos son por definición los autores que pertenecen a la Antigüedad greco-latina, los autores que se estudiaban en las clases de aquella universidad nacida en la Edad Media y donde se dio una fecunda secularización del orden intelectual monacal aplicado a la cultura laica. Cabe señalar que clásico tiene además otras dos connotaciones en la lengua corriente: Que el corte de ese traje es clásico, significa que es sobrio y también tradicional, y cuando se dice el clásico menú de Navidad, uno se refiere a esta condición inveterada. (Otro sinónimo de obra clásica es el de obra maestra, expresión que se refiere a aquella construcción o composición que ha llevado a su grado más alto de perfección los atributos de su propio género.) III.
Montaigne participa de estas dos connotaciones: es un apóstol de la sobriedad y un hombre tradicional en el sentido más vigoroso de la palabra, a tal punto que se ha dicho de él que es el más moderno de los antiguos y el más antiguo de los modernos en virtud de esta sobriedad radical que lo hace disolver las ebriedades de la guerra y del amor, del narcisismo cultural y del fanatismo religioso, disipar los vértigos y borracheras que nos ayudan a esconder nuestra soledad radical y a soslayar la solidaridad de nuestro microcosmos humano con el cosmos.
Montaigne, autor clásico, nos invita a preguntarnos qué es un autor; qué es un autor clásico.
Me di cuenta de que algo podía haber en Montaigne para mi placer e interés leyendo un libro de otro clásico, el Tren de ondas de Alfonso Reyes. Se trata de un libro de ensayos breves, muchas veces humorísticos, sobre cuestiones contemporáneas que rematan con un epígrafe final proveniente de los Ensayos de Montaigne. Por ejemplo, el ensayo "Máquinas" concluye así: "Algún día, en vez de leer un libro, proyectaremos por la noche sobre el muro de la alcoba, la imagen del escritor en persona, que se mueve y habla para nosotros y nos cuenta todo lo que tiene que decirnos. Entonces, sí que podrá afirmarse que el estilo es el hombre mismo".
Y el epígrafe de Montaigne decía: "Los bárbaros no son para nosotros nada tan maravilloso como lo que nosotros mismos somos para ellos..."
La forma en que Reyes traía a cuento a Montaigne me llamó la atención y me puse a leerlo, primero poco a poco y distraídamente y luego con el método y la asiduidad con que visitamos a un amigo. Lo que descubrí en Montaigne fue algo difícil de explicar pero que se puede decir sencillamente así: descubrí que yo no era un bicho tan raro, que existía un personaje muy parecido al que yo adivinaba en mí, híbrido y contradictorio, y enamorado no sólo de la realidad sino de la razón. El amor por la razón, la pasión de lo razonable llevó al autor de los Ensayos a transformarse en uno de los coleccionistas más ambiciosos de la excentricidad y de la estupidez humana.
Esta tendencia a coleccionar extravagancias lo hace, claro, un crítico de la civilización y de la cultura, pero sobre todo un observador agudo de la condición inhumana y muchas veces bestial del llamado ser humano. Pero Montaigne no es —o al menos intenta ocultarlo— un observador sistemático. Él anda siempre de paseo. Su método es la divagación. Escribe siguiendo una conversación, pero por eso mismo se diría que escribe a varias voces y que en el teatro de sus ensayos van sucesivamente tomando la palabra varios interlocutores. Con Montaigne sabemos dónde empiezan las cosas pero ignoramos dónde van a parar.
Siempre me pareció curioso que este abogado de la razón y de lo razonable no fuese en modo alguno un espíritu rectangular y que su prosa avanzara como la enredadera o el caduceo, siempre en espiral, en parábolas, en un incesante ir y venir de paréntesis que se van abriendo y cerrando sobre sí mismos como las celdas de un panal. Otro motivo de simpatía hacia Montaigne es precisamente su simpatía, su alegría, su curiosidad, la vivacidad con que hace la autopsia de melancolías y aburrimientos, como un niño que corretea espantando a los pavos reales del hastío en los jardines de la tarde. Es cierto que Montaigne se retiró a su torre a los 43 años, pero también es verdad que antes y después de su retiro no dejó de participar en la vida política de su país, como consejero de príncipes, embajadores y sobre todo como conciliador en medio de los católicos y protestantes que sostuvieron a principios del s. XVI unas guerras de religión que fueron tan largas como crueles. Montaigne guardó la calma y no mandó a nadie a la hoguera; no quemó herejes y su casa-castillo fue una de las pocas residencias respetadas por ambos bandos. Tuvo, claro, amigos, y aun hizo de la amistad una verdadera religión. Los años más felices de su vida los pasó en amistosa conferencia con el joven Étienne de la Boëtie, el inventor de la teoría de la servidumbre voluntaria. Montaigne como Plutarco sabía que la amistad es una pasión superior al amor y que esta comunicación viva, intensa y profunda es una de las grandes alegrías de la vida.
Montaigne sólo leía de día y nunca demasiado. Leía un poco y se ponía a dar vueltas en su torre y a girar sobre su propio eje. Su lengua materna no fue el francés sino el latín pues, como se sabe, su padre le puso desde niño preceptores y nodrizas que hablaran latín. Aprendió griego siendo adolescente. En poco casos como en el suyo la relación con los clásicos fue más viva. Se los sabía de memoria y los traía en la punta de la lengua. Sus grandes maestros fueron Ovidio y Plutarco. De hecho la forma de los ensayos sigue muy de cerca —como apunta Guy Davenport— la de los Tratados de Plutarco. En los Ensayos menciona más veces a Sócrates que a Cristo, pero era católico y pensaba que al hombre de letras le convenía serlo si quería tener presentes los límites de la razón. Sin embargo, su actitud intelectual, su amor por la libertad intelectual lo acercan algo a la actitud gnóstica del protestante. Montaigne era escéptico: ni negaba la religión ni la aceptaba, se acomodaba a ella cuando había que hacerlo. Sin embargo estaba demasiado preocupado por el orden y la alegría en este mundo como para dedicarle demasiado tiempo a las fantasías de la trascendencia. No le interesaba tanto saber si las cosas eran buenas o malas sino cómo funcionaban, cómo habían llegado a serlo, cuál es la economía, la fisiología de las apariencias. Y este interés era gozoso, gratuito, desinteresado. No es extraño que Montaigne haya sido leído con fruición por Quevedo, Nietzsche y Shakespeare. Tampoco nos puede extrañar que Pascal y Descartes hayan dialogado con él, que en cierto modo se hayan inventado a sí mismos —en particular Pascal— contradiciéndolo y poniéndolo de cabeza. Su filosofía no es, según él mismo, otra cosa que un entrenamiento para la muerte, una gimnasia del morir de instante en instante. Pero sólo gracias a esa gimnasia, nos dice con una sonrisa, es posible practicar el arte de vivir. En ese gimnasio, los clásicos son buenos maestros: Platón, Cicerón, Ovidio, Horacio, Lucrecio, Plutarco, que enseñan, entre otras muchas cosas, a vivir sin vender ni comprar miedo. Montaigne enseña a vivir sin tener miedo y dándonos cuenta de que no hay, entre los hombres, nada que no sea humano, por más monstruoso que nos parezca —por ejemplo la crueldad, tan característica, como él muestra, de la humanidad civilizada. No es poca cosa en estas épocas donde el terror es una industria tan próspera.
Montaigne menciona a Sócrates más que a Cristo; a Platón más que a cualquier apóstol. Es un hijo de Sócrates, según hace pensar su divisa: ¿qué sé yo? Su guerra de guerrillas contra la excentricidad y la necedad humanas está inspirada en el combate cuerpo a cuerpo con que el ateniense penosamente hace alumbrar la verdad en los otros. Penosamente: nada ruboriza tanto como la revelación de la propia estupidez. Si "A cada uno le gusta el olor de su estiércol" —como dice Erasmo citado por Montaigne—, la exposición a la luz pública de las raíces turbias de la autocomplacencia sólo puede suscitar bochorno y vergüenza. Por eso mataron a Sócrates, según recuerda Alfonso Reyes.
La corriente de aire fresco socrático que recorre los Ensayos de Montaigne y que es una de las causas de su popularidad entre los espíritus vigorosos, fue uno de los motivos que los hicieron permanecer varios siglos entre los libros cuya lectura prohibía la Iglesia a pesar de que Montaigne había logrado la aprobación personal del Papa. La teatralidad que define a los diálogos socráticos reproducidos o inventados por Platón no se pierde en Montaigne, pero los personajes del drama se funden en uno solo. La prosa espiral y parabólica de Montaigne no es unánime; la enredadera prosística de su conversación es polifónica; es un cuchicheo donde el abogado pasa a ser reo, el juez es puesto en el banquillo de los acusados y cada testigo se ve tan pronto desnudado como investido de autoridad para juzgar. Montaigne sabe que incluso la guerra contra la estupidez es estúpida cuando ella misma "es otra suerte de enfermedad que nada tiene que envidiar a la necedad en inconveniencia, y quiero condenar ahora esto de mi natural" (III-VIII.169).
Enfermedad: Médico de sí mismo, Montaigne sigue el pulso de la patología moral e intelectual. ¿No es el conócete a ti mismo una variante del cuídate, cúrate a ti mismo? Los Ensayos caben ser leídos como la crónica de un viaje en busca de la salud, y desde este ángulo se impone un paralelo entre el Diario de viaje y los 107 Ensayos que componen los tres libros: no una peregrinación sino una búsqueda, una encuesta o una investigación, una aventura en pos de un tesoro llamado salud intelectual y donde se van salvando sucesivamente los diversos peligros que acechan al despertar de la mente: la crueldad, la soberbia intelectual, la pereza, la vanidad, el desprecio. La única diferencia con las aventuras convencionales de los héroes mitológicos estriba en que el tesoro no se encuentra al final de los escollos sino entre ellos. La salud o la felicidad que es capaz de producir la autoobservación se da en cada paso, de instante en instante. Por eso los Ensayos funcionan también —tan bien— ya no sólo como un Cortesano de la vida contemplativa que enseña al lector los secretos de las buenas maneras intelectuales, sino como un oráculo manual de prudencia y templanza en una forma muy parecida a los diálogos platónicos, donde las enseñanzas de la gimnasia intelectual y moral se abren a cada página. Montaigne tiene siempre las puertas abiertas. Cada quien sabrá cuándo franquearlas. -

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