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lunes, 12 de marzo de 2012

Cuento ganador Concurso Gonzalo Rojas Pizarro - Lebu

EL PRESTIDIGITADOR

Nathalie Moreno Arqueros (Karaba) por “El prestidigitador”,La Reina, Chile.

El prestidigitador necesita dos pares de manos porque no puede con el mundo con un solo par. Sus manos, las que nacieron con él, no tocan las cosas ni se dejan tocar. Ni por el sol. En su habitación se da permiso para sacarse los guantes – esas manos que no son sus manos y que usa cada vez que puede - y los deja tirado sobre la cama. En las manos que no puede sacarse, los nudillos apenas se distinguen, ausentes y eternamente niños, como si durmieran el sueño uterino, acunados por el envoltorio de una carne mullida. Las yemas de los dedos parecen globitos muy inflados que, al no haber conocido el roce del mundo, han crecido a su antojo. Me inquietan esos dedos expertos en huir de la aspereza y que se han perdido la fiesta de la lengua de un gato. Si pudiera, entraría en silencio a su habitación y, mientras duerme, buscaría la mano que cuelga al borde de la cama y se la untaría en mermelada. Luego, dejaría un gatito que se deleitara con el dulce alimento en el original pocillo. Sé que al instante despertaría aterrado él y feliz su mano. Pero como a mí sólo me importa ella y su gemela, me deja indiferente el escándalo que pudiera hacer el propietario. Más temprano que tarde lo haré, porque yo me debo a sus manos.

Manos de piel traslúcida como papel de arroz. Da la impresión que no corriera sangre por ellas, como si el temor fuera un torniquete en cada muñeca destinado a estrangular el paso lujurioso de aquella; centinelas que sólo permiten la existencia de un brevísimo riachuelo, apenas el mínimo necesario para que a su dueño no se le mueran las ventosas que lo unen al mundo. Esas fuertes amarras sólo puede deshacerlas una lengua dedicada y laboriosa. La mía.

Conozco de memoria su acto de tanto que lo he visto. Diecisiete veces en total contando el de hoy. La tercera vez que fui a ese magnífico teatro, cometí la torpeza de sentarme en la misma butaca de las dos veces anteriores y me descubrió. Me miró fijo y tan fuerte, que me dejó ensartada en la silla sin poder moverme durante dos horas que dura el espectáculo. Cada cierto tiempo volvía a mirarme para presionar a distancia el alfiler que me había atravesado, como si quisiera asegurarse de que no me pudiera zafar. Y el ilusionista lo habría conseguido si no hubiera cedido por un segundo a los aplausos, esos que con el tiempo descubriría eran su punto débil; la fracción de segundo en que bajaba la guardia y se entregaba a la ovación final como un drogadicto. Aquella vez aproveché ese instante para escaparme, el único y brevísimo momento en que las cosas y las personas dejaban de ser los títeres de su capricho.

Luego de ese tremendo susto, lejos de inhibirme, volví. Sabía que mi presencia lo había molestado, como si presintiera que yo estaba ahí para develar sus trucos. Y eso era cierto y falso a la vez. Como era cierto que él hacia magia y no. Yo andaba detrás de otro sortilegio que él dominaba, quizás más cercano a la brujería: aquel que había logrado trasmutar sus manos, doblegándoles la vocación por acariciar. Si algo sé de magia es que, para que resulte, requiere de la participación de la víctima. O sea, no bastaba con que él quisiera mutilarles el sentido a sus manos, para que éste se deshiciera. Era necesario que hubiera comprendido –y utilizado a su favor- la historia de aquellas; lo que anhelaban, lo que temían, lo que soñaban, lo que les dolía y, sobretodo, en lo que creían. Con esa poderosa información, debió dedicarse sistemáticamente a confundirlas y torturarlas hasta que ellas, vencidas hasta el último tendón, le hubieran dicho en un susurro agónico, tienes razón. Quebrada la voluntad, el resto viene por añadidura. Así estaban sus no-manos, dos apéndices que le colgaban por los brazos, movidas como zombies por su dueño, quien parecía deleitarse con la crueldad. Confirmaba mi sospecha, la arrogante sonrisa que lucía en todas partes, esa mueca de dientes a la vista que suelen llevar como corbata quienes tienen todo bajo control.

Frente a eso, y como en tantas otras ocasiones, decidí apostar por el caballo más flaco. ¿Por qué? No sé. Será una tara mía que traigo desde niña y que me hacía elegir, frente a la incredulidad de mis padres, a la muñeca coja o tuerta de entre las que ponían a mi alcance. Yo sabía que ésa tendría una razón para vivir y yo la ayudaría. Las otras, muñecas más bellas, vivían en un limbo entre el ensueño y la inconsciencia, donde yo para ellas, no existía ni resultaba necesaria. Pero con la fea, nos entenderíamos. Sabía que juntas, llegaríamos lejos. Y así fue.

Por eso le aposté a esos muñones; a esos pedazos de carne blanquecina horrorosamente obedientes que en cada movimiento perfectamente ejecutado, me gritaban su padecimiento. En realidad, no lo aposté a esas manos o a lo que quedaba de ellas. Más bien me jugué todo, al afán de sobrevivir que suponía escondido en algún discreto pliegue de aquellas; creía –y quería creer- que la fe aún viviría en un trozo de de esa piel. Imaginaba que en medio de indecibles dolores, a alguna de esas manos prisioneras se le hubiera ocurrido pensar que algún día el sufrimiento terminaría y que ello dependía de que lograran estirar el tiempo hasta que llegara ese momento. Si esa improbable ocurrencia hubiera tenido lugar, habría anidado en ellas una esperanza lo suficientemente poderosa como para hacerles llevadero el dolor de la mentira confesada a su torturador. En eso creía. En eso, necesitaba creer.

Así fue como, armada con mi precaria certeza y mi característico entusiasmo por defender las causas perdidas, me propuse desbaratarlo. Él me importaba un bledo. Yo me había enamorado de sus manos y estaba decidida a liberarlas. Mi enemigo no era un enemigo pequeño –nunca lo son-, así es que debía actuar con cautela. Él es muy rápido y yo muy lenta. Él posee una inteligencia aguda de la que yo carezco. Pero sabía que los toros se matan de a uno y de a uno los abordaría. Lo primero que hice fue, para las siguientes veces que asistí a ver su número, preocuparme de conseguir butacas en distintos lugares. De ese modo escaparía a las águilas de sus ojos y podría apreciar su espectáculo, desde distintos ángulos.

Hoy me ha tocado el lugar D 37, a un costado del escenario. Me acurruco en mi sillón, abrazando mis rodillas. Mi vecino, un señor enorme y enormemente serio, frunce el ceño reprobando que mis zapatos se apoyen en el borde de la butaca. “Lo que es usted, aunque quisiera, no podría hacerlo” le respondo con el latigazo de una de mis cejas dando por terminada la desagradable intromisión en el refugio de chinchilla que pacientemente me he construido. De vuelta en mi madriguera, me río a mis anchas de lo que, de enterarse, a nadie causaría gracia.

Esta vez, el prestidigitador parece inquieto. Ha perdido el aplomo de sus pasos. Tampoco cuenta con la sonrisa sarcástica, ésa a la que se subía como a zancos, para desde aquella altura burlarse de los demás. Cruza el escenario a todo lo largo, mirando de un lado a otro como si buscara el sitio exacto por donde se cuela una desagradable corriente de aire frío. Parece una serpiente sacada de su hábitat, retorciéndose furiosa. Los focos lo alumbran sólo a él y, sin embargo, se empeña en tantear la oscuridad; en identificar en medio de ese bosque de cabezas la causa de su incomodidad.

Me tapo la boca con la bufanda para esconder la risa que se me sale a borbotones. El señor enorme sólo puede ver mis ojos, que lagrimean de tanta risa y de tan emocionados que están al descubrir que las manos del mago están enrojecidas como si las llevara encendidas. Las rebeldes manos palpitan y sudan felices, celebrando su liberación, mientras su dueño sigue moviéndose por el escenario de un modo errático. Por si fuera poco, el prestidigitador luce unas ojeras descomunales; dos bolsas fofas que le cuelgan de los ojos y que guardan el enorme cansancio de una noche en vela. Y claro, es más que comprensible: ¿Quién podría haber pegado los ojos luego de despertar de un salto en la mitad de la noche, con una mujer arrodillada al borde de su cama lamiéndole las manos?

Poema ganador Concurso Gonzalo Rojas Pizarro -Lebu


MUDA ESTRELLA SOBRE EL AGUA

Milton Rava

“Decidme

cuántos ángeles pueden nadar en una gota de agua.”

(Carlos de Rokha)

No alumbra

muda estrella sobre el agua.

Un corcho el corazón,

una balsa sin norte los huesos

contra las rocas,

no alumbra.

*

ENTRE LOS DÍAS QUE MUEREN NACE EL SOL

lejos

y aquí otro imposible sol cae a plomo sobre los

hombros.

Un sol que se pierde con mis pasos junto a un río,

sagrado como el Ganges

o triste como el Mississippi que imagino.

Un río como el Mapocho

tragándose nuestros sueños

y nuestras pesadillas.

Aquí he visto unos niños correr

algunos perros dormir

ciertas noches llorar a mi lado

y el viejo puente que lo sabe todo,

menos rezar.

Aquí en la superficie veo brillar los días de mi vida

entre unas angustias y unos árboles. Aquí

espero el día que vengo postergando siempre.

Y he tocado unos rostros y unos pies

que no termina nunca de aflorar

ni de hundirse. Aquí el deseo constante

y la vileza, las horas de euforia

y la pena que no llega a sumar

un día nuevo.

Entre los días que nacen cae un sol muerto

sobre los hombros

y mis ojos crecen como manos

anhelantes al horizonte.

Entre los días que brillan

cruza un río que ahoga mi tiempo.

*

EN VANO CÍRCULO ME CIERRO

-trazo y temblor-,

para que no entre el grito del mundo

ni unos ojos que duelen.

Para dejar afuera lo perdido en las ventanas;

un niño que nunca llegó al mar

un hombre partiendo siempre a él.

No es el círculo de Cristo en la arena

el canto que esperaba mi madre

ni la llama del sueño,

pero hay que seguirlo;

soltarse de unas piernas que asfixiaban

en la noche

bajar las teas

y recoger el ancla de la memoria.

No es un vislumbre para otros,

Sino el trazo que cierra el vacío a mis pies.

*

DE DÓNDE EL PRÓXIMO GOLPE SI ES DE NOCHE

y qué beso en el viento,

si no alcanzo a conocer al que me antecede

ni al que sigue.

Si la noche aceza sobre los hombros

como una plaga de langostas

y el cielo estrangula la luz de otro día

entre los árboles.

Dónde el próximo puerto para apoyar la frente

y curar los pies,

besar del equipaje una foto amada

y volver a partir con los muertos al mar.

No somos niños viendo los barquitos

que avanzan,

somos los mismos barcos hundiéndose lentamente

retrocediendo en el suelo

zarpando a un puerto de origen y olvido.

*

ESTACIONARSE ES EL RIESGO.

Encoger la mano que iba a tocar un rostro en la lluvia;

La ilusión de no caer.

Quién espera ahí y tiende su dolor desde un pueblo dormido,

Qué día empapado se abre en los ojos de un niño

Qué frío muerde sus pies

Después de correr conmigo un trecho largo y extraño

como un sueño.

Me pregunta antes de llegar

Si fue cierta la niebla y la mujer que amé

entre la niebla,

(una ventana sobre ruinas.)

Estacionarse es no tocar ése rostro,

Decir niño, no me llames allá

Hace frío

Enciende una fogata con tu caballo de palo

Siente

-mientras te duermes-

Cómo se consume esta canción.

TAMBIÉN PUEDE LLOVER CUANDO ES FEBRERO.

También puedo llorar y extender una mano a la

luz rota de las nubes.

También puedo huir en círculos cada vez más

amplios de esa luz,

como las ondas de una piedra en un lago

y expandir mis latidos,

o contraerme en un círculo que se estrecha

con todo lo que duele

hasta ser un ojo triste en mi palma.

Puedo ser esa piedra que va hacia el fondo

o esa onda creciente

a las orillas más lejanas del amor.

*

CÓMO UNIR MI VOZ A ESA VOZ,

antes de que salga

antes de ser grito que me nombra

en la espesura,

y caer mi tiempo a la noche que viene.

Después de correr todas las hojas al frío

y las bestias de sangre tibia al matadero.

Después de abrir una zanja profunda

en el camino,

y cubrir unos ojos con barro

la lividez con un beso

una herida con nada.

Después de amar lo que se hunde

y enmudece para siempre.

jueves, 1 de marzo de 2012

POEMAS DE ISSA -POETA JAPONÉS (1763-1827)

VOCES
Para el corazón
que no duda,
las blancas flores del ciruelo.
* * *
Las flores han caído:
ahora nuestras mentes
están tranquilas.
* * *
Mientras dormía profundamente,
muy fatigado,
la primavera tocaba a su fin.
* * *
El mendigo
tiene el cielo y la tierra
como ropa de verano.
* * *
Silencio:
una hoja se hunde
en el agua clara.
* * *
La noche es larga;
el sonido del agua
dice lo que pienso.
* * *
Escuchamos los insectos
y las voces humanas
con distintos oídos.
* * *
El año se va:
oculto mis canas
a mi padre.
Primavera
En cada puerta,
La primavera ha empezado
Con el barro en los zuecos.
* * *
La primavera ha llegado
Con toda sencillez:
Un ligero cielo amarillo.
* * *
Cuando envejecemos,
Incluso la duración del día
Es causa de lágrimas.
* * *
Click, clack,
El hombre se acerca en la niebla. -
¿Quién es?
* * *

También hoy, también hoy,
Viviendo en la niebla,
Una pequeña casa.
* * *

Un día de niebla y bruma:
Sin duda los Habitantes del Paraíso
Están aburridos y lánguidos.
* * *
¡Flores de cerezo en la noche!
Cómo ángeles
Descendiendo del cielo.
* * *
Después de que oscureciera
Quise cambiar
La manera cómo lo injerté.
* * *
Una hermosa cometa
Se alza desde
La barraca del mendigo.
* * *
La urraca
Se limpia sus patas lodosas
En las flores del ciruelo.
* * *

Pequeño gorrión,
Apártate, apártate del camino,
El señor Caballo se acerca.
* * *

Un exhausto gorrión
En medio
De un montón de niños.
* * *

Echar arroz también
Es un pecado:
Las gallinas se pelean entre ellas.
* * *

El cervato
Se quita de encima a la mariposa,
Y sigue durmiendo.
* * *

La mariposa revoloteaba
Como desesperada
De este mundo.
* * *
La mariposa voladora:
Yo me siento
Una criatura del polvo.
* * *

No parece
Muy ansioso por florecer,
Este ciruelo en la puerta.
* * *

Nosotros, seres humanos,
Retorciéndonos entre
Las flores que se abren.
* * *
¡Qué extraño,
Estar tan vivo
Bajo las flores del cerezo!
* * *

Flores esparciéndose :
El agua que queremos beber,
En la niebla, lejos.

En la caída de las flores,
No ven ningún Buda,
Ninguna Ley.
* * *
Bajo la luna y las flores
Cuarenta y nueve años
De infructuoso vagabundeo.
* * *
Simplemente confía:
¿No revolotean así
También los pétalos?
Verano
Pobre, pobre, sí, pobre,
La más pobre de las provincias,
Siente este frescor!
* * *

No tengo nada, -
¡Más que esta tranquilidad!
¡Este frescor!
* * *

Ha puesto al niño a dormir,
Y ahora lava la ropa;
La luna de verano.
* * *
Sólo su sonido, -
Pero era una noche
Con un chaparrón de verano.
* * *

Desnudo,
Sobre un caballo desnudo
Bajo la lluvia torrencial.
* * *

Mi pueblo natal,
Estrujado por los bambúes,
Bajo las lluvias de verano.
* * *

Sólo una pequeña cascada,
Pero su sonido
Refresca la noche.
* * *

El cambio de ropa;
Cuidado con la cabeza
En esa puerta!
* * *

El cambio de sirvientes;
Allí donde esté,
Las mismas flores del ciruelo.
* * *
El frescor de la noche,
Consciente de que la campana
¡Toca a muerte nuestras vidas.
* * *

El camino a Shinano;
Más alto y aún más alto
El canto de los plantadores de arroz.
* * *

A la sombra de un matorral,
Una mujer sola
Canta la canción de los plantadores.
* * *
Amamantando al niño en la cama,
La madre cuenta
Las mordeduras de las pulgas.
* * *

Mi cabaña es tan pequeña,
Pero, por favor, practicad vuestros saltos,
Pulgas mías!
* * *

Golpeando a la mosca,
Golpeo también
Una planta, en flor.
* * *
Todo está bien en el mundo;
Deja que otra mosca
Se pose en el arroz.
* * *

Un ser humano,
Una mosca,
En una espaciosa habitación.
* * *

"Hago Mi Aparición,
Yo, el Sapo,
Emerjo de Mi Matorral."
* * *
Esta mañana, un cielo rojo
Para ti, caracol :
¿Estás contento?
* * *

¿Cuándo llegó aquí,
Junto a mí,
Este caracol?
* * *

"La peonía era así de grande,"
Dice la niña,
Abriendo sus brazos.
* * *
Abriéndose paso entre la multitud,
Una amapola
En su mano.
Otoño
¿De quién es pues,
Hijos míos,
Esta roja, roja luna?
* * *

La brisa del otoño;
Se abren las flores escarlatas
Que la niña muerta quiso coger.
* * *

"No tendré nada más que ver
Con este sórdido mundo",
Y el rocío desaparece.
* * *
De las blancas gotas de rocío,
Aprende el camino
Hacia la Tierra Pura.
* * *

Visitando las tumbas:
El viejo perro
Va delante.
* * *

¡La gente, ya se sabe!
Pero ni siquiera los espantapájaros
Están rectos.
* * *
Saltamontes,
No hagas pedazos
Las perlas del brillante rocío.
* * *

El anciano perro
Parece impresionado por el canto
De las lombrices bajo tierra.
* * *

Los dondiegos;
En los rostros de los hombres
Hay defectos.
* * *
La débil planta,
Al fin,
Tiene una vacilante flor.
* * *

Una simple hoja de la paulonia
Ha caído lentamente,
Esta mañana.
* * *

Nísperos silvestres,
La madre come
La parte amarga.
* * *
¡Qué grande, qué hermosa,
la castaña
A la que no pude llegar!
* * *
El ciruelo de mi cabaña;
No pudo evitarlo,
Floreció.
Invierno
El anterior morador:
Sé muy bien
Todo el frío que pasó.
* * *

Al llegar a la puerta,
La campana del Templo Mii
Se queda helada.
* * *

Aún así, aún así,
Sumiso ante el Más Allá,
El fin de año.
* * *
La luna creciente
Está torcida y encorvada
Penetrante es el frío.
* * *

En la tempestad del invierno,
Alguien llama al masajista
En vano.
* * *

Sencillo y sincero,
El criado también
Barre la nieve de la puerta vecina.
* * *
Bajo la fría lluvia,
Por amor a los demás,
¡Ten Piedad Buda!
* * *

Este fuego de carbón;
Nuestros años decaen
Igual.
* * *

Música sagrada en la noche;
Hasta las hogueras
Caen revoloteando las hojas teñidas.
* * *
La gente es poca;
Una hoja cae aquí,
Cae allí.

POESÍA JAPONESA




CHIYO (1701 - 1775)

Al que la corta
le otorga su perfume:
flor del ciruelo.


YOSA BUSON(1716 - 1783)

Frescor matinal
De la campana se aleja
El tañido de la campana

*****

Lluvia de verano:
Miles de palabras
Sin sacar mi pluma


ISSA (1763-1826)

Con gran sosiego
camino solo, y solo
me regocijo.

****

Voy a salir;
disfrutad del amor
moscas de casa.

****

Canta el cuco.
Moscas y otros insectos,
escuchad bien.

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