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lunes, 8 de junio de 2015

Canto VII - Altazor - Vicente Huidobro

Altazor agoniza en este canto y lanza sonidos: “tralalí”,“lalilá”, “mandotriná”, “ululáyu”, etc.

Estos  últimos versos transmiten  dolor, oscuridad y lamento.

CANTO VII


Al aia aia
ia ia ia aia ui
Tralalí
Lali lalá        5
Aruaru
         urulario
Lalilá
Rimbibolam lam lam
Uiaya zollonario
                         lalilá    10
Monlutrella monluztrella
                                       lalolú
Montresol y mandotrina
Ai ai
          Montesur en lasurido               15
          Montesol
Lusponsedo solinario
Aururaro ulisamento lalilá
Ylarca murllonía
Hormajauma marijauda     20
Mitradente
Mitrapausa
Mitralonga
Matrisola
                   matriola  25
Olamina olasica lalilá
Isonauta
Olandera uruaro
Ia ia campanuso compasedo            30
Tralalá
Aí ai mareciente y eternauta
Redontella tallerendo lucenario
Ia ia
Laribamba
Larimbambamplanerella    35
Laribambamositerella
Leiramombaririlanla
                                lirilam
Ai i a
Temporía  40
Ai ai aia
Ululayu
            lulayu
                      layu yu
Ululayu      45
            ulayu
                     ayu yu
Lunatando
Sensorida e infimento
Ululayo ululamento             50
Plegasuena
Cantasorio ululaciente
Oraneva yu yu yo
Tempovío
Infilero e infinauta zurrosía              55
Jaurinario ururayú
Montañendo oraranía
Arorasía ululacente
Semperiva
                    ivarisa tarirá         60
Campanudio lalalí
                             Auriciento auronida
Lalalí
          Io ia
iiio                65
Ai a i a a i i i i o ia

sábado, 6 de junio de 2015

El péndulo de Focault de Umberto Ecco -Novela

La superstición trae mala suerte”, Raymond Smullyan, 5000 B.C.

Me suele dar vergüenza confesar que El Péndulo de Foucault, de Umberto Eco, es uno de mis libros favoritos. Cuando surge el tema en una conversación, la reacción de mis interlocutores suele oscilar entre la incredulidad, el tedio o esa inconfundible mirada esquinada que, si pudieran subtitularse las miradas, se traduciría en “vaya, he ido a topar con un snob/pedante/gafapasta”. Pero a veces la reacción es otra: un brillo fugaz de reconocimiento y la leve sonrisa del que comprueba que no está loco, o al menos que hay método en su locura. Y en ese momento me siento tentado de ofrecer a esa persona el apretón de manos secreto que me acredita como fan de El Péndulo de Foucault, sólo para recordar segundos más tarde que ese saludo masónico concreto tendría que inventármelo.

Leí por primera vez El Péndulo con 15 ó 16 años, y por supuesto no me enteré de la mitad ni pillé la mitad de referencias, guiños y menciones. Sin embargo, quedé inmediatamente fascinado, no sé si como quien contempla un cuadro de Rothko sin acabar de entenderlo o como el proverbial cervatillo deslumbrado por los faros de un coche. Lo he releído unas cuantas veces a lo largo de los años (la última, hará unas semanas para escribir este artículo) y me he ido dando cuenta de que esta novela escrita por un pedante semiólogo fácil de caricaturizar había influido en mi mente adolescente de muchas e insospechadas maneras.

El argumento en sí se explica en un breve párrafo: tres intelectuales snobs llamados Belbo, Casaubon y Diotallevi inventan para divertirse un supuesto Plan de los templarios (con la intervención posterior de jesuitas, rosacruces y demás sociedades secretas) para dominar el mundo gracias a un uso creativo de las corrientes telúricas subterráneas. Desgraciadamente el Plan se les va de las manos cuando un erudito hermetista llamado Agliè, presunta encarnación del legendario conde de Saint-Germain, se toma su juego en serio.

Apuesto a que al leer este resumen algún lector habrá levantado las cejas, exasperado, pensando: “¿otra vez las puñeteras conspiraciones templarias?”. Ay, cuánto daño han hecho Dan Brown y los mil imitadores baratos que siguieron su estela. Mi reacción inicial al leer El código Da Vinci (ese libro radiactivo) fue pensar algo como “¿pero esta mierda no es una versión de uno de los capítulos de El Péndulo?” Con razón me sonaba: toda la teoría sobre María Magdalena, el Santo Grial y el secreto de Rennes-le-Chateau aparece en el capítulo 65 de El Péndulo junto a la fuente de la historia, The Holy Blood and the Holy Grail. La reacción de Eco fue graciosa: “¡Dan Brown es un personaje de El Péndulo de Foucault! Yo lo inventé. Comparte las obsesiones de mis personajes —la conspiración mundial de rosacruces, masones y jesuitas. El papel de los templarios. El secreto hermético. El principio de que todo está conectado. ¡Sospecho que Dan Brown ni siquiera existe!”.

La novela es en su origen una deconstrucción, una burla y una crítica feroz de las teorías de la conspiración, las supercherías ocultistas y el espiritualismo New Age mal entendido, pero lo que el autor consigue (conscientemente o no) es mucho más que eso. Trata a los blancos de sus burlas con ternura y un cierto cariño, presentándolas como víctimas desvalidas de algún enorme error universal. O, como dice Casaubon hablando de su estudio sobre los templarios: “hasta el que hace una tesis sobre la sífilis acaba enamorándose de la espiroqueta pálida”.

Vale, muy bien, pero ¿por qué me enamoré yo de la espiroqueta pálida sin haber escrito ninguna tesis sobre Eco?

Todo lo que realmente necesito saber ya lo sabía antes de saberlo

“Pero sabed que estamos todos de acuerdo, digamos lo que digamos”, Turba Philosophorum

Leyendo El Péndulo aprendí a distinguir dos extremos tanto de la femineidad como de la vida en pareja, representados por los personajes de Lorenza Pellegrini y Lia. La primera es el epítome de la mujer fatal, volcánica, apasionada y tan volátil e impredecible como un cóctel de dinitrotolueno. Una mujer a la que es fácil amar y aborrecer, generalmente al mismo tiempo, como en mi verso preferido de Catulo: “Odio y amo. Por qué, quizá te preguntes. Lo ignoro, pero así me siento y me torturo”. Con Lorenza aprendí uno de los mejores y más desconcertantes piropos que he leído, una cita de los manuscritos gnósticos del Nag Hammadi: “Porque yo soy la primera y la última. Yo soy la honrada y la odiada. Yo soy la prostituta y la santa”. Por su parte, Lia es el amor profundo y nutricio, procedente de las afinidades electivas, intereses comunes y un respeto mutuo tanto intelectual como sexual. También representa la victoria de la sensatez constructiva sobre la superchería y las gilipolleces, como demuestra en su lapidario análisis del Plan templario hacia el final del libro. Desde que leí El Péndulo no he podido evitar clasificar a las mujeres con las que he tenido relación como Lorenzas, Lias o una fusión de ambas.

Leyendo El Péndulo descubrí la Cábala y su Árbol de la Vida, un mapa místico de del alma humana y del Universo que resume elegantemente cómo funciona el mundo. Se representa distribuido en diez esferas (o sefirah) que simbolizan los diferentes aspectos de la creación (sentimiento, lógica, imaginación…), y veintidós caminos, uno por cada carta del Tarot, que las unen y relacionan. Las esferas más elevadas son las más espirituales (“más cercanas a Dios”), mientras que las inferiores son mundanas y materiales. Tendría que escribir un artículo entero para hablar de cómo la Cábala aparece en las enseñanzas del Tarot de Jodoroswky o en Promethea, el cómic más alucinado de Alan Moore. Ahora sólo comentaré que mi interés por la Cábala no es tanto espiritual o mágico-folklórico (Madonna con su brazalete rojo de cabalista) sino psicológico-mental, lo que Alan Moore llamaría mágico: la comprensión de cómo la mente humana está formada por arquetipos que luchan entre sí como dioses griegos en miniatura.

Leyendo El Péndulo empecé a incubar un potente virus: la pasión por la extraña dialéctica entre conspiranoia y anticonspiranoia, sobre la que ya escribí hace tiempo en Jot Down. Para cada suceso mínimamente complejo existe una explicación errónea y fácil de entender, pero no siempre resulta fácil justificar dónde reside el error… y es un buen pasatiempo tratar de localizarlo. No me basta saber que la Tierra es vagamente esférica: es mucha mejor gimnasia mental convencer de ello a un miembro de la Flat Earth Society.

Además, la vida se vuelve mucho más interesante si se mantiene la mente abierta a lo imposible. O, por citar al siempre sarcástico Nicanor Parra: “EL MUNDO ES LO QUE ES / y no lo que un hijo de puta llamado Einstein / dice que es”. Al caer un rayo sobre el avión de Hollande cuando se dirigía a su primera reunión con Angela Merkel, mi primera reacción fue pasarme por los foros conspiranoicos que acostumbro a visitar para ver cuánto tardaban en afirmar que había sido un aviso de las élites económicas. Las explicaciones conspiranoicas suelen ser más hermosas que la prosaica realidad; imaginar a Merkel como una Zeus teutona, apretando un botón del HAARP para lanzar un rayo sobre Hollande, es bastante más visual que repasar el parte meteorológico de París.

Citando un fragmento del libro: “Los desastres bursátiles se producen porque cada uno adopta una decisión equivocada, y la suma de todas ellas crea el pánico. Después el que no tiene nervios de acero se pregunta: ‘¿Quién ha urdido esta conspiración? ¿A quién beneficia?’ Y pobre del que no logre descubrir un enemigo que haya conspirado, porque se siente culpable”. Y, sin embargo, por absurda que parezca cualquier conspiranoia al primer vistazo, puede encontrarse en ella un núcleo de verdad, aunque sea en forma de metáfora o arquetipo. El perturbado David Icke sostiene que el mundo está regido por un grupo de poderosos extraterrestres reptilianos camuflados como humanos, un poco como en la serie V. Entre ellos estarían Obama, Bush, la Reina de Inglaterra y (¡cuidadín!) Juan Carlos I de Borbón y Ganímedes. Sin embargo, la sonrisa se te hiela en la cara al leer sobre la abundancia de psicópatas en altos cargos de las grandes corporaciones y organismos económicos. O, dicho de otro modo, no hace falta que la Cámara de los Lores española esté compuesta por reptilianos para preocuparse de qué hilos mueven y cómo.

El Plan templario inventado por los protagonistas de El Péndulo funciona como suelen hacerlo las conspiranoias: relacionando hechos independientes mediante cortocircuitos lógicos, saltando irracionalmente (algunos dirían intuitivamente) de un suceso histórico a otro, introduciendo titiriteros en la sombra que controlan la evolución de cada país. Una resbaladiza pendiente que arrastra a los protagonistas hasta la locura. Según cuenta Eco en Confesiones de un joven novelista, el nombre de Casaubon está tomado del erudito del siglo XVII Isaac Casaubon, que demostró en 1614 que el Corpus Hermeticum, un conjunto de tratados esotéricos supuestamente aparecidos en la época de Moisés, eran más bien una impostura escrita en el siglo II a.C. Pues bien: tras su trip conspiranoico Casaubon aprende algo en los últimos capítulos del libro, una enseñanza crucial y cargada de melancolía por la que pagará un altísimo precio. No la revelaré aquí en detalle, pero tiene que ver con la auténtica y resignada comprensión del mundo material en que vivimos. O, en otras palabras: “Hay que joderse”.

Todo lo que realmente necesito saber es inmoral, ilegal o engorda

“El diablo está en los detalles”. Refrán popular

Hará unos seis o siete años conocí a una chica llamada Baudolina (o más bien apodada Baudolina, aclaro por si fuera necesario) que utilizaba El Péndulo de Foucault de forma casi oracular. Es decir, abría el libro por una página al azar y leía lo que ahí apareciera, aplicándolo en una especie de bibliomancia a lo que fuera que la tuviera ocupada en ese momento. No sé si llegaré a tanto, pero sí comentaré aquí qué puede aprenderse de algunos capítulos de El Péndulo, o al menos qué poso dejaron en mi impresionable mente adolescente.

Leyendo el capítulo 1 de El Péndulo aprendí que a veces el autor de un libro dificulta la entrada de los lectores a su novela como un juego, un reto, una declaración de intenciones. Eco declaró en una entrevista que las primeras cincuenta páginas de El Nombre de la Rosa eran voluntariamente espesas y difíciles, para enseñar al lector a respirar antes de llevárselo de escalada. En el primer capítulo de El Péndulo consigue un efecto similar con la magnífica cita que abre el libro; magnífica por ser ininteligible al estar escrita en alfabeto hebreo. Apliqué de forma algo oblicua lo aprendido al presentar a los quince años un trabajo de Religión en mi colegio. Al encontrar en el Word Perfect un tipo de letra hebreo, puse de inmediato en la portada del trabajo una presunta cita hebrea cuyo contenido era, en realidad, algo como “vaya gilipollez estoy escribiendo para la recua de subnormales que tengo por profesores”.

Leyendo el capítulo 3 de El Péndulo aprendí, a través de los files de Belbo (protegidos por cierto con la mejor contraseña de la historia) a dejar vagar la mente ante la página en blanco, asociando ideas y escribiendo textos que nunca verán la luz y que por ello mismo son más libres que los pensados para su publicación. Durante la novela contemplé fascinado la renuncia aparente de Belbo a la escritura en favor de la lectura: “ya que no puedo ser protagonista, seré al menos un espectador inteligente”. Imposible no ver aquí un eco del Bolaño que dijo: “Mejor sería que dejaran de escribir y se pusieran a leer. Mucho mejor leer”.

Leyendo el capítulo 10 de El Péndulo aprendí a diferenciar los cretinos de los imbéciles, los estúpidos y los locos. No repetiré aquí los detalles: baste decir que los cretinos son inofensivos, los imbéciles abundantes, los estúpidos insidiosos y los locos muy divertidos.

Leyendo el capítulo 20 de El Péndulo oí hablar por primera vez de Fulcanelli, el alquimista francés que analizó la simbología oculta de las catedrales y los significados místicos de sus medidas. Supongo que este capítulo impactó más a mi amigo Luis G. F., que leyó cuando teníamos diecisiete años El Péndulo, impulsado por mi entusiasmo. Nuestro profesor de dibujo técnico nos había encargado como proyecto de final de curso las proyecciones diédricas e isométricas de cualquier objeto elegido libremente. Una silla, una taza, un reloj… Mi alucinado amigo dibujó una puñetera catedral. Un trabajo soberbio, de matrícula de honor, con un diseño de planta y fachada siguiendo las medidas místico-alquímicas de Fulcanelli. En aquella época yo era muy competitivo y un poco imbécil (ahora soy imbécil a secas), así que tratando de superarle en espectacularidad diseñé una especie de montaña rusa, aprovechando que se acababa de inaugurar el Dragon Khan de Port Aventura. Mi Josep Khan fue apodado “la montaña rusa del no retorno”: debido a una serie de estúpidos errores de cálculo y escala, el diseño garantizaba la muerte de todos y cada uno de los pasajeros, convertidos en una sanguinolenta papilla al padecer nosecuántos ges de aceleración ya en la primera bajada. Y ni siquiera le di a mi montaña asesina proporciones místicas fulcanellianas. “Iba a ponerte un cuatro, pero al final te he puntuado con un seis porque me he reído mucho”, resumió mi profesor, de lo que saqué otra enseñanza: si no puedes vencer a tus enemigos, confúndelos y al menos nos echamos todos unas risas.

Leyendo el capítulo 33 de El Péndulo me fascinó el mundo del candomblé afrobrasileño, sus bailes rituales desenfrenados y posesiones ultraterrenas. A mucha gente le parecen prescindibles los capítulos brasileños de El Péndulo, pero a mí me apasionaron, y me hizo gracia encontrarme años después con el ensayo ¿De parte de quién están los orixá? en el recopilatorio de Eco La estrategia de la ilusión.

Leyendo el capítulo 34 de El Péndulo aprendí que el secreto de los flipper (o “máquinas del millón”) reside en su naturaleza profundamente sexual. En realidad a un flipper no se juega con las manos sino con el pubis: sutiles movimientos de cadera que excitan e hipnotizan a la bola de acero para que permanezca en la parte superior de la máquina, donde se hacen más puntos. Empujones púbicos lo suficientemente potentes como para afectar al movimiento de la bola pero no tan bruscos como para que la máquina haga tilt… Qué forma tan fantástica de presentar la arrolladora sensualidad de Lorenza Pellegrini: a través de los ojos alucinados de un Belbo que se enamora al verla triunfar sobre la máquina. “La amazona debe enloquecer al flipper y gozar de antemano de que después lo abandonará”.

Leyendo el capítulo 39 de El Péndulo aprendí qué implica ser un AAF, un Autor Autofinanciado que se deja engañar por los cantos de sirena de una editorial poco escrupulosa que le vende sueños de gloria. Poco a poco, le arrancará cheques y más cheques en concepto de gastos de edición cada vez más metafísicos, violando así la ley de Yog, que dicta que el dinero debe siempre fluir hacia el escritor. El editor Garamond, jefe de los tres protagonistas y una especie de vendedor de crecepelos literario, regenta una de estas vanity press en paralelo a su editorial seria. La descripción de sus trucos para sacar dinero a los autores resulta divertidísima y a la vez estremecedora, un buen aviso para cualquiera que desee ver publicado un libro propio.

Leyendo el capítulo 46 de El Péndulo me divertí con las peleas pueriles entre satanistas, luciferinos y ocultistas de diversa laya. Eco parodia sin piedad y de forma muy graciosa estas sociedades satánicas a lo Aleister Crowley, pero lo hace con ese cariño del que hablaba al principio del artículo y que me despertó un gran interés por Thelema, TOPY y similares. Hace poco cayó en mis manos Allá abajo (Là-Bas), novela de Huysmans homenajeada de modo algo oblicuo en el Nocturno de Chile de mi amado Bolaño. Y para mi sorpresa me encontré con que El Péndulo compartía con Là-Bas muchas similitudes, tanto argumentales (un intelectual que se adentra en el submundo de las misas negras) como en el estilo adoptado en el clímax de ambas novelas.

Leyendo el capítulo 48 de El Péndulo aprendí que a partir de las medidas de cualquier edificación, sea una pirámide o un quiosco de periódicos, pueden extraerse proporciones y datos en el fondo irrelevantes, pero que pronunciados con aplomo pueden sonar profundos y significativos. Algo como: “¿sabías que multiplicando la altura de la pirámide de Micerinos por diez elevando a cinco se obtiene exactamente el radio de la Tierra?”, con el añadido opcional de “con una precisión imposible para las herramientas de la época” si se siente uno aventurado. Por supuesto este tipo de cálculos y el tratamiento místico-esotérico que le dan a las cifras son tonterías, pero permiten jugar con los números y despertar una cierta pasión por las matemáticas como argamasa oculta del mundo. O eso me ocurrió a mí, al menos, cortocircuitos esotéricos aparte. Quien quiera un ejemplo recién salido del horno de este tipo de juegos absurdos con los números, puede encontrarlo aquí: todo un señor arquitecto haciendo malabares con las medidas para concluir, por ejemplo, que la suma en codos reales de la superficie, el volumen y el perímetro de la Gran Pirámide da un múltiplo de 888. ¿Y por qué es significativo el 888? Y por qué no, viene a concluir, es un número bonito.

Leyendo el capítulo 49 de El Péndulo aprendí el concepto de caballería espiritual: lazos procedentes de experiencias o profundos intereses compartidos que se extienen de forma más profunda y significativa que los políticos, laborales o ideológicos. Un cierto respeto o reconocimiento gracias al que me puedo sentir cercano a un apasionado por el shibari o un fan de Nobuyoshi Araki, aunque estuviéramos en extremos opuestos del espectro político.

Leyendo el capítulo 51 de El Péndulo aprendí la magnífica expresión piamontesa ma gavte la nata (“quítate el tapón”), utilizada para referirse a quien está tan hinchado y pagado de sí mismo que parece que lleve un tapón en el culo… Sería necesario que se quitase ese objeto del esfínter para desinflarse y que se le pase la tontería.

Leyendo el capítulo 61 de El Péndulo quedé fascinado por la actitud de antropólogo que adopta Agliè ante las mitologías ocultistas y las expresiones populares de la fe: “un escepcicismo hermético, un cinismo litúrgico, ese descreimiento superior que le permitía reconocer la dignidad de cada superstición que despreciase”. De esa visión he heredado la afición a entresacar algo constructivo incluso de los libros o películas más infames o de las creencias más manifiestamente absurdas, y que sin embargo pueden leerse como el anhelo o la materialización torpe de una idea más profunda. Una actitud ante la religión y la superstición más cercana a la curiosidad educadamente escéptica que al ataque frontal desmitificador.

Leyendo los muchos capítulos correspondientes al Plan en El Péndulo me fascinó el enorme número de miguitas de pan que deja dispersas para que el lector curioso investigue lo que le haga tilín, sean los Protocolos de los Sabios de Sión, la temible Okrana (la policía secreta zarista), la criptografía de Tritemio o la historia de los subterráneos de París.

Leyendo el terrorífico capítulo 116 de El Péndulo aprendí a mirar la Torre Eiffel no con los ojos del turista sino con los del paranoico alucinado que ve en su estructura metálica un siniestro clavijero acumulador de corrientes telúricas, un Stonhenge Industrial cargado de energía siniestra… Y evidentemente no es que crea de verdad que la Torre Eiffel alberga malas vibraciones místicas, sino que me divierte el ejercicio de mirar de forma diferente objetos, lugares o incluso personas que tenemos demasiado presentes, domesticados, convertidos en clichés. Lo mismo ocurre con el propio péndulo de Foucault: ya no puedo verlo en el Cosmocaixa o en el parisino Conservatoire des Arts et Metiers (donde transcurre parte de la novela) sin quedarme sobrecogido e intimidado por “su isócrona majestad”.

Y para concluir: leyendo el hermosísimo capítulo 119 de El Péndulo comprendí que en toda vida existe al menos un momento único e irrepetible, una Ocasión, un instante de iluminación personal que le da significado. O, como decía Wilde, “podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”. Un minuto de perfección amorosa, intelectual o mística, un momento de eternidad prometido por el vaivén del péndulo, un satori que deberíamos saber aprovechar.


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domingo, 24 de mayo de 2015

Agota Kristof


ENTREVISTA: UNA ESCRITURA DESCARNADA

"No me interesa la literatura"
Estas obras completas caben en un bolsillo

por JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS


En 1986, treinta años después de huir a Suiza con su marido y su hija recién nacida, la narradora húngara escribió en francés El gran cuaderno, primera entrega de una trilogía que la consagró como novelista. En una entrevista en su casa, en Neuchâtel, afirma que ha dejado de escribir y habla de su vida: la infancia en la guerra, el exilio, el trabajo en una fábrica y el éxito.

"Más habría valido que mi marido hubiera estado dos años en la cárcel que yo cinco en una fábrica"
"Peor que la guerra fue la posguerra. Hungría se convirtió en una colonia de la URSS"
"Mi forma de escribir viene del teatro. Diálogo puro. Lo justo, sin relleno, sin grasa"


Con este tiempo, pensé que no vendría". Cuando abre la puerta de su casa, Agota Kristof se sorprende de que alguien haya atravesado media Europa para hablar con ella. "Pensé que vivía usted en Ginebra, no que vendría desde España", dice mientras se dirige lentamente hacia el sofá. La escritora húngara, que no aparenta los 71 años que tiene, vive sola en el centro histórico de Neuchâtel, en la Suiza francófona, en un escueto apartamento que uno asociaría más con una estudiante que con una escritora que es un mito en Francia, que ha sido traducida a más de 30 lenguas y cuyo nombre ha estado algún año en las quinielas del Premio Nobel. "Puedo vivir en un tercero por el ascensor", comenta. "No me dan las piernas. He tenido dos hernias discales y de la segunda no me pueden operar. Sólo salgo un rato por la mañana para hacer la compra. Ya no viajo. No puedo arrastrar una maleta".

La huida y el éxito

Kristof llegó a Neuchâtel arrastrada por la política. Era 1956 y su marido había participado en Hungría en la revolución contra el régimen prosoviético. Cuando la revuelta fue sofocada, el matrimonio atravesó a pie la frontera con su hija recién nacida. Primero Austria, luego Suiza. "Mi marido se empeñó en que nos fuéramos", recuerda ahora la escritora. "Muchas veces he pensado que más habría valido que él hubiera estado dos años en la cárcel que yo cinco en una fábrica. Suiza me parecía el desierto. Lo pasé mal". Lo dice sin énfasis. En el fondo, habla como escribe: yendo al grano, sin circunloquios, sin subrayados.

Cumpliendo con el tópico, la fábrica era de relojes. Ella se levantaba de madrugada y se pasaba las horas repitiendo el mismo gesto en una máquina. Mecánicamente. No sabía francés -"fue mi marido el que estudió. Yo no pude", aclara-, y en una factoría en la que nadie hablaba era difícil aprender una lengua: "Tenía sus ventajas. La monotonía me permitía escribir poemas mentalmente. Los transcribía al llegar a casa después de acostar a la niña. En húngaro". Con los años, quiso traducir aquellos poemas al francés que había ido aprendiendo con su hija, precisamente. Siempre había querido ser escritora. Desde los doce años. Su padre era maestro y en su casa no era raro que alguien escribiera. De hecho, su hermano pequeño ha publicado varios libros en Budapest: "Él escribe más que yo", afirma Kristof con una sonrisa. "Y lo han traducido. Al checo".

En 1986, treinta años después de salir de Hungría, su suerte cambió completamente. Tras haber escrito en francés una serie de obritas de teatro que pasaron de estrenarse en cafés a retransmitirse por la radio, Agota Kristof pasó dos años redactando El gran cuaderno, la historia de dos hermanos gemelos a los que su madre deja durante la guerra en casa de una abuela que no los quiere y a la que no quieren. Inocentemente despiadados, la crueldad de los muchachos no tiene más límite que su propia supervivencia. La escritora hizo tres copias de aquella infancia descarnada y las envió a París: "Yo pensaba intentarlo en una editorial de por aquí, pero un amigo me convenció y envié la novela a Gallimard, a Grasset y a Seuil". A las dos primeras editoriales les pareció que una novela tan dura no encontraría lectores. La tercera la publicó. El éxito fue fulminante. Las ediciones y los premios se sucedieron, el libro fue traducido a 33 idiomas y Agota Kristof se convirtió en una referencia para miles de lectores en Francia. A El gran cuaderno le siguieron La prueba y La tercera mentira, las otras dos entregas de una trilogía en la que cada título es una vuelta de tuerca al anterior, dando versiones distintas, y hasta enfrentadas, de los mismos hechos.

En España cada título se publicó por separado y con suerte dispar. Ahora El Aleph ha titulado el conjunto con el nombre de sus protagonistas: Claus y Lucas. "Nunca pensé en hacer una trilogía", matiza la escritora, "pero durante mucho tiempo no podía pensar en otra cosa. Tenía que continuar". Y así continuó aquel drama de guerra y aislamiento que la escritora sacó de su propia memoria. Aunque sus recuerdos de la guerra mundial no son malos -"no había colegio"- comparados con los de la posguerra: "Hacía un frío terrible y no había comida. Además, llegaron los rusos y se llevaron lo poco que había. Hungría se convirtió en una colonia de la URSS. Tuvimos que aprender ruso, geografía rusa, historia rusa. ¿Que si hablo ruso? Qué va. Nadie aprendía nada. Si ni los profesores sabían. ¿Cómo va a aprender alguien que no quiere aprender de alguien que no quiere enseñar?".

Cine contra literatura

El gran cuaderno ha conocido multitud de versiones teatrales en Alemania y Japón, desde donde reclaman continuamente a la escritora. Por supuesto, en Suiza. Y en España. En el Festival de Otoño de Madrid en 1999 pudo verse la versión que la compañía chilena La Troppa puso en escena bajo el título de Gemelos. Además, sigue pendiente su adaptación cinematográfica: "Un productor estadounidense compró los derechos y contrató a Thomas Vintenberg, el director danés, pero al final pensó que no era el más adecuado. Es curioso, yo pensaba que sí lo era. Posiblemente el más adecuado", comenta Kristof del director de Celebración, aquella salvaje historia familiar en clave Dogma. Con todo, no sería la primera vez que una novela suya pasa a la pantalla grande. En 2002 el italiano Silvio Soldini -autor de Pan y tulipanes- adaptó Ayer (publicada en España por Edhasa), la cuarta y hasta el momento última novela de la escritora húngara. "Se la cargó", dice ella. "Le cambió el final porque decía que la gente no podía salir desanimada del cine". Agota Kristof reconoce que aquella suicida historia de amor entre extranjeros en una fábrica es su novela más autobiográfica.

Con todo, Un relato autobiográfico es el subtítulo de La analfabeta, el libro que hace dos años apareció en Suiza y que la editorial Obelisco acaba de publicar en España. Allí la escritora cuenta sin adornos su propia historia en ochenta páginas, pero el resultado no le convence. "Me equivoqué al publicar esos textos. Es una recopilación de narraciones que, hace años, mandaba a una revista en alemán de Zúrich. No tienen ningún valor. Son redacciones escolares. ¿Por qué las publiqué? Entonces porque necesitaba el dinero. Ahora porque se empeñó el editor suizo. Estaban en el archivo del Estado, en Berna. Allí mandé todos mis papeles. A mí me daba igual. De todos modos, no hay quien entienda nada. Mi editor francés no lo quiso y en Alemania le dieron el premio de los críticos. Diez mil euros. No fui a recogerlos".

Desde que se le atragantó la historia de una muchacha enamorada de un hombre mayor, "un amigo de mi padre", Agota Kristof ya no escribe: "No lo necesito. Para mí la escritura es demasiado importante como para hacer algo que no me guste. Y no creo que me salga ya nada mejor de lo que escribí. ¿Para qué empeñarse? Tuve tres hijos y estuve casada dos veces. Nada de eso me impidió escribir. Quizás la fábrica... Ahora tengo todo el tiempo del mundo y no lo hago". ¿Y qué hace? "Como no puedo salir, veo la tele y me levanto tarde. Me encanta dormir, en parte porque sé que voy a soñar. ¿Pesadillas? También: que estoy en la escuela, que estoy casada otra vez...". ¿Y leer? "Leer sí leo, aunque menos que antes. Sobre todo, novelas policiacas, aunque luego no me acuerdo del nombre de sus autores. Últimamente también he leído a Pessoa". Además, en La analfabeta habla de Thomas Bernhard. "El problema es que ya he leído todo lo suyo. Me hacía reír mucho. Ya sé que es despiadado, pero por eso me hace reír, porque cuenta las cosas como son. Ahora estoy leyendo a otro escritor que no adorna las cosas, un húngaro, Imre Kertész. Cuando le dieron el Premio Nobel, los titulares de la prensa húngara fueron: 'Un judío gana el Nobel'. Pesaba más eso que el hecho de que fuera húngaro. Lo conocí una vez. Tuvo muchas dificultades para publicar en Hungría. Por suerte, lo tradujeron al alemán. Si no hubiera sido por eso no creo que le hubieran dado el Nobel".

Aunque sostiene que Suiza no acaba de gustarle, Agota Kristof nunca pensó en regresar a Hungría: "Volví en 1968. Durante el viaje nos cruzamos con los soldados que los rusos mandaban a invadir Checoslovaquia. Habían pasado doce años. En la estación no reconocí a mi hermano pequeño. Nunca he pensado en volver definitivamente. Mis hijos crecieron aquí y yo allí ahora sería una extranjera". El gran cuaderno, que contiene una visión nada complaciente de los totalitarismos, no se tradujo al húngaro hasta la caída del muro de Berlín: "Antes no había allí tantas diferencias entre ricos y pobres. Todo está muy dividido. Uno de mis hermanos, que es conservador, está encantado. El otro, que es de izquierdas, está horrorizado. ¿Yo? El problema del comunismo es que estaba lleno de mentiras: que éramos libres, que Stalin era nuestro padre. Era de risa".

En La analfabeta, la propia Kristof se pregunta cómo habría sido su vida si hubiera vuelto a Hungría: "A menudo pienso en eso. Creo que allí habría sido más feliz. La gente es más cordial. Tal vez habría escrito más. Aquí pasé doce años sin poder escribir. En francés no podía y el húngaro se me iba perdiendo. Y la fábrica... Aunque peor que la fábrica fue luego trabajar en la consulta de un dentista. En un sitio no se podía hablar. En el otro, la gente no paraba".

Sin poesía

Un editor italiano se ha propuesto publicar toda la obra de Agota Kristof, empezando por los poemas en húngaro. Ella se niega. ¿Cuando escribía en húngaro también era tan cruda, o la crudeza de su estilo viene del hecho de que el francés no sea su lengua materna? "No, no. En húngaro era muy poética. Demasiado. Por eso no me gustan aquellos poemas. Creo que si hubiera seguido escribiendo en húngaro habría ido quitando y quitando, diciendo sólo lo estrictamente necesario. Seguramente mi forma de escribir viene del teatro. Diálogo puro. Lo justo, sin relleno, sin grasa. ¿Para qué dar vueltas? ¿Para hacer literatura? No me interesa la literatura".

Al final, es imposible pasar por la crueldad de los protagonistas de sus libros sin pensar si sus hijos los han leído: "Sí. Y les gustan. A mis nietos les hace gracia que a su abuela la lean en las escuelas. ¿Qué es duro? También lo es la vida". En las novelas de Kristof no hay mucho espacio para la esperanza. Sus personajes no creen en los sentimientos. ¿Y ella? ¿Cree en los sentimientos? Cuando escucha la pregunta levanta las cejas, guarda un largo silencio y, con la misma cordialidad con que abrió la puerta, responde: "No".

  
Estas obras completas caben en un bolsillo

DE CONRAD a Beckett pasando por Nabokov, Ionesco o Cioran, el cambio de idioma ha sido una constante para los escritores del siglo XX. "Hubiera escrito lo que fuera en cualquier lengua", afirma Agota Kristof, que cambió el húngaro por el francés. A falta de un volumen de teatro y otro de relatos, el resto de su obra (a eso de cien páginas por título) está disponible en español.
Claus y Lucas (El Aleph). Agota Kristof llama a este libro "la trilogía", sencillamente. No sabía que la editorial española le había puesto ese título. Le pareció bien. O le dio igual. Contiene El gran cuaderno (1987), La prueba (1990) y La tercera mentira (1991). Una guerra y dos niños empeñados en sobrevivir. Cada volumen completa, y contradice, al anterior. El primero es un clásico.
Ayer (Edhasa). Un hombre huye de su país y encuentra trabajo en una fábrica. Allí llegará, casada y con un hijo, la mujer de la que estaba enamorado. Publicada originalmente en 1995, es la novela más autobiográfica de Agota Kristof, a quien no le gusta la versión cinematográfica que Silvio Soldini hizo en 2002. El director italiano la tituló Brucio nel vento y le puso un final feliz.

La analfabeta (Obelisco). "Leo. Es como una enfermedad", así empieza el primero de los once textos autobiográficos que contiene este librito. Relata la historia de un desafío -escribir en francés- al que se enfrenta alguien que ha tenido que abandonar su país y su lengua. Entre cómico y absurdo, un capítulo se titula "La muerte de Stalin". Puro siglo XX.

viernes, 22 de mayo de 2015

CLARICE LISPECTOR - EMPIEZA A PUBLICARSE LA BIBLIOTECA LISPECTOR COMPUESTA POR 19 TÍTULOS



Dentro de la literatura iberoamericana contemporánea, Clarice Lispector es sin duda uno de los casos más singulares. No sólo por su formación y por las distintas influencias culturales que en ella se reúnen, sino porque su escritura rompe con muchos de los esquemas no sólo de la tradición literaria brasileña, sino de los grandes escritores modernos en lengua castellana y portuguesa. Clarice Lispector nace en Tchetchelnick, Ucrania, en 1926 pero pasó sus años de infancia y adolescencia entre Recife y Río de Janeiro. 
... Alrededor de 1944, ingresa en la Facultad de Derecho de la Universidad de Río de Janeiro, donde concluye su primera novela, Cerca del corazón salvaje (Perto do coracao selvagem), inicio de una carrera meteórica. Aún cuando la editorial José Olympio rechazó publicar esta peculiar historia, la novela recibe al año siguiente el Premio Graca Aranha, lo que convierte a su autora en un fenómeno literario por su juventud, y por la calidad de la obra en la que se aúna a un talento narrativo natural la huella de narradores como Graciliano Ramos, Herman Hesse y Julien Green.
... Es en 1961, con la publicación de La manzana en la obscuridad (A Maca no Escuro), que Clarice Lispector realmente atrae la atención de la crítica literaria brasileña e internacional. De esta época, marcan el curso de su evolución creadora, La ciudad sitiada (A Cidade Sitiada) (1949), Lazos de familia (Lacos de Familia) (1960) y La legión extranjera (A legiao Estrangeira) (1964). 
... La narrativa de Lispector sobresale por crear estructuras narrativas muy complejas a partir de anécdotas muy simples. En sus novelas y cuentos los personajes hablan consigo mismos, y analizan el mundo que los rodea. Más que las historias personales de sus personajes, lo que Clarice Lispector nos cuenta es la historia de las almas, el descubrimiento de su propia dimensión espiritual. En las novelas como La pasión según G. H. (A Paixao Segundo G. H.) (1964), o Aprendizaje: el libro de los placeres (Uma aprendizagem: o livro dos prazeres) (1969), el lector siempre encontrará a una escritora preocupada por reflexionar con profundidad sobre la condición humana, y sobre las grandes preguntas en torno a Dios, el mundo, el individuo, la libertad, el amor, la santidad, el espíritu, reflexiones que, sin dejar de ser profundas, son claras, accesibles, de una belleza e intensidad poco comunes. 
... A partir de 1971, con la publicación de Agua viva (Água viva) y Felicidades clandestinas (Felicidades Clandestinas), Clarice Lispector continúa presente en el ámbito literario latinoamericano, aún cuando sus estadías en Europa se hicieron cada vez más largas y frecuentes. En 1977, año de su muerte en Río de Janeiro, había publicado 10 novelas, dos libros de cuentos, y numerosos volúmenes de crónicas y artículos periodísticos.

EL HIJO DE LA SEGUNDA ESCRITORA BRASILEÑA MÁS ESTUDIADA DA LAS CLAVES DE LA OBRA DE SU MADRE. EMPIEZA A PUBLICARSE LA BIBLIOTECA LISPECTOR COMPUESTA POR 19 TÍTULOS

Clarice Lispector (Chechelnik, 1920–Río de Janerio, 1977) no sabía freír un huevo ni se manejaba con soltura en los quehaceres domésticos, pero publicó a lo largo de la década de los sesenta la columna de consejos femeninos Sólo para Mujeres en la que aleccionaba sobre recetas, belleza, moda y comportamiento. “La recuerdo con una máquina de escribir en su regazo, tecleando absorta en medio del salón principal de la casa entre los ruidos de los niños, el teléfono o la empleada. Por tanto, no tenía nada de escritora maldita que necesitaba aislarse del mundo para encontrar la inspiración”, revela su hijo, Paulo Gurgel, hoy curador de todo cuanto se publica en el mundo de la célebre escritora brasileña (aunque nació en Ucrania, vivió en Brasil desde los dos años y ella misma se declaraba brasileña). La nueva Biblioteca Lispector está compuesta por 19 títulos en rústica y traducidos al español que la editorial Siruela pone en las librerías este mes. La colección abarca ampliamente la obra del segundo autor más estudiado de Brasil (8.000 tesis en Brasil y 3.000 en otros países), después de Machado de Assis, con especial énfasis en las novelas, los cuentos y las columnas de prensa.

“España está jugando un papel muy importante con la publicación de la obra casi completa de Clarice. Estoy muy contento porque en la colección han incluido un volumen con 160 cartas de mi madre a su hermana, que hemos titulado Queridas. Es un asunto delicado, ya que son cartas que nunca deberían haber visto la luz, pero hemos decidido publicarlas porque en ellas se aprecia la poesía y las sutilezas de su obra. Además, este libro ha ganado en España un premio de traducción”, explica Paulo en su despacho de Río de Janeiro, ante una imponente vista de la laguna Rodrigo de Freitas y el Cristo Redentor.

En la colección han incluido un volumen con 160 cartas de mi madre a su hermana, que hemos titulado 'Queridas'

Durante los mismos años de las columnas femeninas, que Lispector firmaba bajo un seudónimo con el único objetivo de ganarse la vida, la autora caería en una inexorable espiral de introspección obsesiva que acabó germinando en su obra más laureada, La Pasión según G.H., un libro “hermético y duro de leer”, en palabras de su hijo (“para personas con el alma bien formada”, en palabras de la propia Lispector). La obra narra la experiencia epifánica de una mujer que deglute una cucaracha. Pese a la complejidad del volumen, comparado con La Metamorfosis de Kafka, la crítica lo alzó hace años al Olimpo de los cien libros fundamentales de Siglo XX. En la nueva colección de Siruela la portada de La pasión según G.H. incluye una imagen de un nenúfar capturada por la cámara de Paulo.

De la misma manera que Jorge Amado situaba la trama de sus libros en el Estado de Bahía, o Rubem Fonseca tiene una especial predilección por el lumpen de Río de Janeiro como escenario de las correrías de Mandrake, Lispector siempre se inclinó por escudriñar en lo más indescifrable del ser humano: el alma. Esto hizo que su literatura nunca fuese encasillada en las corrientes brasileñas de la época, sino que trascendió a un lenguaje mucho más universal. “La hora de la Estrella se desarrolla en la periferia de Río de Janeiro, pero todos sus otros libros podrían situarse en cualquier capital europea. Por ejemplo, La Pasión según G.H. podría desarrollarse perfectamente en Madrid o París”, explica Paulo.

“La gran novedad de esta colección es que, aparte de ser muy completa, se está lanzando en rústica para que sea más accesible al lector. Clarice tenía una gran preocupación con que todo el mundo tuviese acceso a los libros y a la cultura en general. Además, el diseño de las cubiertas incluye fotos mías de diferentes aspectos de la naturaleza brasileña, como flores o pájaros, la mayoría fotografiados en el Jardín Botánico de Río, el escenario de Amor, el cuento más exitoso de Clarice”, avanza.

Lispector, que murió a los 56 años de cáncer de ovario, siempre fue una mujer de rompe y rasga. De físico imponente y belleza caucásica, hablaba varios idiomas y durante años estuvo casada con el diplomático brasileño Maury Gurgel Valente, con quien vivió 16 años en Italia, Suiza, Estados Unidos e Inglaterra. No obstante, Río de Janeiro fue la ciudad que caló más hondo en su personalidad. Allí disfrutó de su querida playa de Leme y de los encuentros con los amigos de la época, como Ferreira Gullar o Rubem Braga.

martes, 19 de mayo de 2015

La poesía pura e íntima de Ida Vitale, Premio Reina Sofía de Poesía


Ida Vitale (Montevideo, 1923) ha cruzado casi un siglo de poesía, lecturas, traducciones y ensayos

 Ida Vitale, Premio Reina Sofía de Poesía

La poeta uruguaya Ida Vitale se convirtió hoy en la quinta mujer en obtener el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en su edición número XXIV, considerado el Cervantes de la poesía


El Premio Reina Sofía de Poesía, que convoca Patrimonio Nacional del España y la Universidad de Salamanca, reconoce "el conjunto de un autor vivo que por su valor literario constituye una aportación relevante al patrimonio cultural común de Iberoamérica y España".



El galardón está dotado con 42.100 euros (47.958 dólares) y la edición de un poemario antológico con el estudio y notas a cargo de un destacado profesor de la Universidad de Salamanca.



Perteneciente a la generación del 45, la misma a la que pertenecía Benedetti o Aldea Vilariño y quienes tenían como faro a Juan Carlos Onetti, Vitale forma parte de una familia culta y cosmopolita y es la cuarta generación de emigrantes italianos.



Elegante, lúcida y culta, Vitale, que se exilió en México, huyendo de la dictadura de su país, en 1974, donde conoció a Octavio Paz, con quien trabajó en la revista Vuelta, y a José Bergamín, ha tenido siempre como referente y padre poético a Juan Ramón Jiménez, como ha recordado hoy Luis Antonio de Villena, miembro del jurado que falló hoy el galardón.



"El jurado lo ha tenido fácil este año y, aunque han quedado tres grandísimos poetas finalistas, dos mujeres y un hombre, la decisión ha sido clara, porque Vitale, a punto de cumplir 94 años, tiene una trayectoria literaria muy completa", señaló Villena.



"Su poesía es pura -continuó-, con Juan Ramón Jiménez como punto de partida, pero no es una discípula del premio nobel. Su poesía es la de alguien que ha leído a Juan Ramón, sobre todo el de la última etapa más metafísica, y lo ha interiorizado, porque la poesía de Vitale es la de alguien que interioriza todas sus visiones sobre la realidad de la vida".



Villena también recordó que la vitalidad es una de las características de la poeta. "Es una mujer que hace honor a su apellido, Vitale; está llena de vitalidad y hoy sigue escribiendo y trabajando", subrayó.



Creadora de una poesía pura, íntima y honesta, Vitale reside en Texas (EE.UU.) y en los últimos años ha visitado en varias ocasiones España, donde ha sido jurado del Premio Loewe de Poesía e invitada al festival de poesía Poemad.



Premio Octavio Paz y Alfonso Reyes en su edición 2014, Vitale es autora de poemarios tan simbólicos como "Palabra dada", "Mella y criba", "La luz de esta memoria", "Paso a paso", "Jardín de sílice", "Un invierno equivocado" ,"La luz de esta memoria" o "Reducción del infinito".



Y entre sus ensayos destacan "El ejemplo de Antonio Machado", "Cervantes en nuestro tiempo", "La poesía de Jorge de Lima", "Léxico de afinidades" o "Donde da la vuelta el camaleón".



La clave "está en ser honesto con uno mismo y con el lector. Hay una parte de juego cuando uno escribe, que es necesario, pero eso no debe ser simultáneo con lo que le nace primero. Primero tiene que salir algo de verdad y después tiene que reposar para añadirle ese posible juego", confesó la poeta en una entrevista con Efe dentro del Poemad 2013.



Vitale siempre ha sentido rechazo por la llamada poesía social o comprometida, porque con ella "ningún poeta ha conseguido el momento más decoroso de la poesía", ni siquiera Pablo Neruda, "cuyos mejores libros -afirmó- no son los políticos".





Estar solo

Un desventurado estar solo,
un venturoso al borde de uno mismo.
¿Qué menos? ¿Qué más sufres?
¿Qué rosa pides, sólo olor y rosa,
sólo tacto sutil, color y rosa,
sin ardua espina?
De "Palabra dada" 1953


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Exilios

                                 ...tras tanto acá y allá yendo y viniendo.
                                                                          Francisco de Aldana

Están aquí y allá: de paso,
en ningún lado.
Cada horizonte: donde un ascua atrae.
Podrían ir hacia cualquier fisura.
No hay brújula ni voces.

Cruzan desiertos que el bravo sol
o que la helada queman
y campos infinitos sin el límite
que los Vuelve reales,
que los haría de solidez y pasto.

La mirada se acuesta como un perro,
sin siquiera el recurso de mover una cola.
La mirada se acuesta o retrocede,
se pulveriza por el aire
si nadie la devuelve.
No regresa a la sangre ni alcanza
a quien debiera.

Se disuelve, tan solo.

De "De procura de lo imposible" 1998

 
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Gatos

Como tras los mullidos ves tres gatos
a su trisagio erótico ceñidos,
saltar por los tejados, aguerridos
como otros d ' Artagnan, Porthos y Athos,

pasas a depender, no de insensatos
pensamientos ajenos repetidos
ni de tu larga deuda de descuidos
sino del paso de estos gatos gratos.

El primero te quita de lo humano
sin llevarte por eso a lo divino;
el segundo te anima la sonrisa;

con el tercero, piensas, de la mano,
más cabal, de la cola del felino:
¿a qué, no siendo humanos, tanta prisa?
De "Reducción del infinito" 2002


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Gotas

¿Se hieren y se funden?
Acaban de dejar de ser la lluvia.
Traviesas en recreo,
gatitos de un reino transparente,
corren libres por vidrios y barandas,
umbrales de su limbo,
se siguen, se persiguen,
quizá van, de soledad a bodas,
a fundirse y amarse.
Trasueñan otra muerte.

De "Reducción del infinito" 2002

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Justicia

Duerme el aldeano en un colchón de heno.
El pescador de esponjas descansa
sobre su mullidísima cosecha.
¿dormirás tú, en lenta flotación,
sobre pael escrito?
De "Parvo Reino" 1984


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La palabra infinito

La palabra infinito es infinita,
la palabra misterio es misteriosa.
Ambas son infinitas, misteriosas.
Sílaba a sílaba intentas convocarlas
sin que una luz anuncie su dominio,
una sombra señale a qué distancia de ellas
está la opacidad en que te mueves.
Van a algún punto del resplandor y anidan,
cuando las dejas libres en el aire,
esperando que un ala inexplicable
te lleve hasta su vuelo.

¿Es más que su sabor el gusto de la vida ?
De "De procura de lo imposible" 1998

martes, 5 de mayo de 2015

El olvidado origen del “Día de la Madre”



En 1870 la escritora estadounidense Julia Ward convocó a todas las madres del mundo a rebelarse contra la guerra, en una desgarradora proclama pacifista que mantiene su vigencia.

La proclama convocaba a un Congreso Internacional de Madres para promover alianzas entre diferentes nacionalidades y el arreglo amistoso de cuestiones internacionales.

Las reacciones conservadoras lograron traducir aquella propuesta en la celebración comercial del Día de la Madre que se ha generalizado en buena parte del mundo.

¡Levántense, mujeres de hoy! ¡Levántense todas las que tienen corazones, sin importar que su bautismo haya sido de agua o lágrimas! Digan con firmeza: ‘No permitiremos que los asuntos sean decididos por agencias irrelevantes. Nuestros maridos no regresarán a nosotras en busca de caricias y aplausos, apestando a matanzas. No se llevarán a nuestros hijos para que desaprendan todo lo que hemos podido enseñarles acerca de la caridad, la compasión y la paciencia’. Nosotras, mujeres de un país, tendremos demasiada compasión hacia aquellas de otro país, como para permitir que nuestros hijos sean entrenados para herir a los suyos. Desde el seno de una tierra devastada, una voz se alza con la nuestra y dice ‘¡Desarma! ¡Desarma!’ La espada del asesinato no es la balanza de la justicia. La sangre no limpia el deshonor, ni la violencia es señal de posesión.
El embrutecimiento de una sociedad (el deterioro forzado de la empatía natural) es un requisito para la guerra como lo denunciaba Julia Ward en su olvidada proclama. La Novela Itahisa de Atlantis describe una sociedad matriarcal que impone límites a los actos de agresión y de violencia, mostrando cómo sería una civilización no embrutecida.

RESEÑA
Julia Ward (27 de mayo de 1819 – 17 de octubre de 1910) fue una célebre abolicionista y activista, defensora de los derechos de las mujeres en el contexto sociopolítico propio de la sociedad norteamericana de mediados del siglo XIX. Su pensamiento evolucionó hacia las filas del sufragismo que inicialmente no consideraba prioritario. El apellido Howe es el que le correspondía desde que contrajo matrimonio con Samuel Gridley Howe el 23 de abril de 1843. Conocida por haber escrito la letra de la canción The Battle Hymn of the Republic y por su Proclama para el día de las madres (1870), Julia Ward es autora de ensayos, libros de viajes y poemas, que le valieron llegar a ser la primera mujer elegida para la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, en 1908.

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