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viernes, 2 de noviembre de 2007

Cómo escribir sin Bolaño

Gonzalo León
La Tercera Cultura, Sábado 3 de marzo de 2007


En los albores del año 2000, Roberto Bolaño afirmó en el extinto programa televisivo Off the Record que "escritores jóvenes y buenos debe haber, pero están tapados por esta mierda". Se refería al ambiente literario que no dejaba -tampoco lo permite ahora- que un muchacho se yerga diciendo aquí estoy y merezco ser publicado. Transcurrido el tiempo, los hijos de Bolaño, aquellos que lo consideran -con justa razón-como el mejor escritor chileno en mucho tiempo, pasaron a ser sus viudos. Y como ya sabemos, los viudos actúan con veneración.

Dejemos en claro algo: la propuesta literaria de Bolaño abría mundos y posibilidades, mientras que sus viudos los cierran cuando imponen una manera de escribir, un gusto literario y cuando se dedican a interpretarlo. Así pasa con Alejandro Zambra, quien en una entrevista para difundir su próxima novela dijo muy suelto de cuerpo: "Creo que Bolaño escribía para descubrir lo que quería escribir. Escribía para ver, no para convencer. Y por eso convencía". No sé si Bolaño sabía para qué escribía, pero aunque lo hubiera sabido, suena presuntuosa la afirmación de otro que no sea el propio Bolaño.

Pero lo escandaloso es que hoy, quien desee escribir un cuento, una crónica o una novela, debe hacerlo desde lo literario, es decir, a lo Bolaño. Otras posibilidades, como la experiencia propia, tienden a quedar descartadas. Y la experiencia propia ha sido el alimento de narrativa de excelente calidad. ¿Quién, por ejemplo, podría dudar que todas las novelas de Ernest Hemingway, desde Fiesta en adelante, son autobiográficas? En este punto, el escritor Hanif Kureishi da algunas luces: "A los escritores les preguntan con frecuencia si su obra es autobiográfica. A mí me parece una pregunta rara, un tanto redundante: ¿de dónde puede proceder la obra sino del propio ser?". Pero Kureishi no se queda ahí, agregando que la lectura se vive como una experiencia personal, autobiográfica. En otras palabras, la lectura de un libro no significa lo mismo para dos personas.

Hasta aquí uno podría pensar que existen dos maneras de escribir narrativa: desde lo literario -que Bolaño, obviamente, no inventó- y desde la experiencia propia, igualmente antigua. Sin embargo, surge una postura intermedia, explicitada por el escritor Javier Marías en su "falsa novela" titulada Negra Espalda del Tiempo. La anécdota es de hace casi diez años, cuando Marías escribe Todas las Almas, novela ambientada en su lugar de trabajo, la Universidad de Oxford. En el flemático mundo académico este libro causó gran revuelo, ya que muchos creyeron que lo que ahí estaba escrito pertenecía más a la realidad que a la inventiva del escritor. Por eso Marías se vio en la obligación de precisar en Negra Espalda... lo siguiente: "Siempre se dice que detrás de toda novela hay una secuencia de vida o realidad del autor, por pálida o tenue o intermitente que sea, o aunque esté transfigurada". Pero enseguida aclara que tal vez preferimos asignarle esa secuencia de vida o realidad al autor por el horror que nos puede producir lo escrito.

Seleccionar y organizar

Uno podría observar que Gonzalo Garcés (El Futuro) escribiría a lo Marías; Pedro Lemebel (La Esquina es mí Corazón) y Francisco Casas (Yo, Yegua); desde la experiencia propia, y Alejandro Zambra (Bonsái), Alvaro Bisama (Caja Negra) y Claudia Apablaza (Autoformato), a lo Bolaño. Pero ni Bolaño ni Marías ni nadie -dejémoslo claro- son el problema. Porque detrás de todas estas consideraciones se encuentra la calidad del artificio o del narrador o de quien cuenta la historia.

Porque aunque se escriba desde la experiencia propia o desde lo literario, aunque el narrador se llame igual que uno o sea una réplica de Balzac, siempre estaremos presentes ante un artificio y nunca ante una persona de carne y hueso. Es imposible contar lo vivido como realmente aconteció, sencillamente porque el acto de escribir implica seleccionar y organizar una montaña de hechos. No obstante, como bien señala Kureíshí, "una montaña de hechos no equivale a una pizca de arte". Y ahí arranca todo el problema.

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