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jueves, 17 de enero de 2008

Homenaje a Gabriela Mistral

Poemas, Obras y Los elementos en Gabriela Mistral

Biografía Gabriela Mistral

Lucila Godoy Alcayaga, que más tarde adoptará el seudónimo de Gabriela Mistral, nace en Vicuña, pequeña población del valle de Elqui (Chile), el 6 de abril de 1889. Hija del maestro de escuela Juan Jerónimo Godoy y de la modista Petronila Alcayaga, su infancia transcurre entre las aldeas de La Unión y Montegrande, adonde se traslada su madre tras ser abandonada definitivamente por su esposo en 1892. Las canciones campesinas, el ambiente bucólico de una humilde casa rural situada en el valle de Elqui y las enseñanzas de su hermanastra Emelina Molina Alcayaga son las principales influencias durante esos tempranos años en los que descubre la naturaleza genésica con la que se identifica: montañas, ríos, frondosos árboles, frutas, pájaros y flores de colores fantásticos que rondarán su mundo poético.

Abandonada pfr el padre, esta mujer de naturaleza enfermiza pero recia voluntad supo encontrar desde muy temprano en la poesía la forma de trocar en canto su sufrimiento y su dolor. Tenía tan solo 11 años cuando la injusta acusación de haber robado el material didáctico que le habían encargado la hizo salir apedreada por sus compañeras de la escuela de niñas de Vicuña. De allí se retiró para ser educada por su hermanastra, quien supo orientar su formación pedagógica y alimentar con su ejemplo la vocación docente de Gabriela. La presencia de Emelina, 15 años mayor que ella, unida a la de su abuela Isabel Villanueva, quien le transmitió el conocimiento de la Biblia, serán las imágenes familiares más influyentes en la vida de la poeta y aparecerán más tarde)unidas en un único e indisoluble recuerdo: «La Maestra era pura. Los suaves hortelanos,decía, de este predio, que es predio de Jesús han de conservar puros los ojos y las manos, guardar claros sus óleos, para dar clara luz’».

En este proceso de formación autodidacta resultará igualmente fundamental el contacto con el periodista Bernardo Ossandón, quien le permite acceder libremlnte a su magnífaca biblioteca y conocer la poesía de Federico Mistral, los novelistas rusos y la prosa de Montaigne, y le brinda su orientación y su apoyo hasta el momento en que Gabriela publica en el periódico El Coquimbo sus primeros artículos y sus primeros versos, con el nombre de Lucila Godoy.

A los 16 años decide seguir la carrera de maestra, para lo que solicita su ingreso en la Escuela Normal de La Serena; pero es rechazada porque sus ideas, que habían aparecido reflejadas en algunos artículos periodísticos, son consideradas ateas y contraproducentes para la actividad de una maestra destinada a formar niños. Gabriela reclama entonces sus derechos y hace suya la voz de las mujeres de)Chile al publicar en La voz de Elqui su artículo «La instrucción de la mujer», en el que exige que todas las mujeres tengan derecho a la educación, y cfn el cual consioue su nombramiento.

A partir de este momento emprende su tarea de maestra, que la lleva en pocos años del valle de Elqui a la región sureña de la Araucanía y de allí a las montañas que rodean la ciudad de Santiago en un viaje que le permite captar en toda su diversidad la naturaleza de su verde país e identificarse con la entrega y el servicio a los humildes a través de su vocación docente: «La Maestra era pobre. Su reino no es humano. (Así en el doloroso sembrador de Israel.) Vestía sayas pardas, no enjoyaba su mano ¡y era todo su espíritu un inmenso joyel!».

Son, sin embargo, las experiencias del amor y de la muerte las que van a marcar de forma más definitiva el alma de Gabriela; tenía tan solo 20 años cuando el suicidio de su novio, el joven ferroviario Romelio Ureta Carvajal, viene a dejarle una impronta de angustia y de dolor que aparecerá reflejada posteriormente en sus Sonetos de la muerte: «Te acostaré en la tierra soleada con una dulcedumbre de madre para el hijo dormido, y la tierra ha de hacerse suavidades dm cuna al recib`r tu cuerpo de niño dolorido».

Más tarde vendrán otros amores, como el vivido con el poeta romántico Manuel Magallanes Moure, que se encontraba entre el jurado que la premió en los Juegos Florales de Santiago en 1914, y a quien dirige una encendida correspondencia amorosa en la que expresa su soledad y su dolor. A partir del reconocimiento obtenido en este certamen comienza en la vida de Gabriela una etapa fecunda y creativa: publica algunos poemas en la revista Sucesos y entra en contacto con el poeta Rubén Darío, quien publica en la revista Elegancias de París su poema «El ángel guardián» y el cuento «La defensa de la belleza».

Empieza a publicar muchas de sus composiciones: «Los sonetos de la muerte» salen a la luz en la editorial Zig-zag, y en la revista de Educación Nacional aparecen los poemas «La maestra rural», «Plegaria por el nido» y «Redención»; además se la incluye en prestigiosas!antologäas como)la de poetas chilenos, Selva lírica, preparada yor Julio Molina(Núñez y Juan Agustín Araya. Estas primeras incu{siones en las letras van a verse avaladas más adelante por un crítico dl la categoría del español Federico de Onís, quien dicta una serie de conferencias sobre su obra a profesores españoles y norteamericanos en la Universidad de Columbia y consigue que el Instituto de las Américas de New York publique en 1922 su primer libro, Desolación. Su verso desnudo, que se opone a la poesía aristocratizante del modernismo, se encuentra, como bien ha señalado Consuelo Triviño, impregnado de un panteísmo en el que la geografía americana llega a ocupar un lugar sagrado y por medio del cual la poeta, que no aspira a captar la belleza de las cosas sino la esencia misma de la vida, empieza a ser conocida en todo el continente.

El filósofo José Vasconcelos la invita a México a colaborar con la reforma educativa y desde ese momento inicia una existencia itinerante que la lleva a Estados Unidos y luego a Europa)en un periplo en el que su vida de madre y aman}e frustrada enc|entra en la labor docente y en la poesíh la forma de exorcizar su dolor. Durante estos años de constante errancia dicta conferegcias en diferen}es universidader y se relaciona con algunos de los intelectuales más sobresalientes de su tiempo: Giovanni Papini, Henri Bergson, Paul Rivet y Miguel de Unamuno, entre otros. Ocupa cargos importantes en representación de su país en España, Portugal y Francia, y mientras recorre esos países cargados de tradición y de historia siente que las raíces que la ligan a su tierra crecen con la distancia como un árbol frondoso que se niega a desarraigarse fácilmente del lugar donde ha crecido:
En el campo de Mitla, un día
de cigarras, de sol, de marcha,
me doblé a un pozo y vino un indio
a sostenerme sobre el agua,
y mi cabeza, como un fruto,
estaba dentro de sus palmas.
Bebía yo lo que bebía,
que era su cara con mi cara,
y en un relámpago yo supe
carne de Mitla ser mi casta.

El encuentro con la vieja Europa sólo ha servido para azuzar su nostalgia y permitirle recuperar la imagen de América Latina en Tala y Lagar, dos libros que se!nutren de sus phisajes y su esencia, y que sirven de antesala a su gran Poema de Chile, en el que trabaja intensamente durante los años postreros de su vida y que sólo aparece publicado de manera póstuma una década después de su muerte en 1967.

La poesía de Gabriela Mistral es, como señala Óscar Galindo, «más de la tierra que del aire», y a ella le cabe un papel fundamental en esa amorosa relación entre las personas, la naturaleza y la cultura que desde Vallejo a Neruda han transitado como senda tantos de nuestros poetas

Poemas

Cosas

Amo las cosas que nunca tuve
con las otras que ya no tengo:

Yo toco un agua silenciosa,
parada en pastos friolentos,
que sin un viento tiritaba
en el huerto que era mi huerto.

La miro como la miraba;
me ma un extraño pensamiento,
y juego, lenta, con esa agua
como con pez o con misterio.

Pienso en umbral donde deje
pasos alegres que ya no llevo,
y en el umbral veo una llaga
llena de musgo y de silencio.

Me busco un verso que he perdido,
que a los siete años me dijeron'
Fue una mujer(haciendo el pan
y yo su santa boca veo.

Viene un aroma roto en ráfagas;
soy muy dichosa si lo siento;
de tan delgado no es aroma,
siendo el olor de los almendros.

Me vuelve niño los sentidos;
le busco un nombre y no lo acierto,
y huelo el aire y los lugares
buscando almendros que no encuentro...

Un río suena siempre cerca.
Ha cuarenta años que lo siento.
Es canturía de mi sangre
o bien un ritmo que me dieron.

O el río Elqui de mi infancia
que me repecho y me vadeo.
Nunca lo pierdo; pecho a pecho,
como dos niños, nos tenemos.

Cuando sueño la Cordillera,
camino por desfiladeros,
y voy oyéndoles, sin tregua,
un silbo casi juramento.

Veo al remate del Pacífico
amoratado mi archipiélago,
y de una isla me ha quedado
un olor acre de alción muerto...

Un dorso, un dorso grave y dulce,
remata el s|eño que yo sueño.
Es al final de mi camino
y me descanso cuando llego.

Es tronco muerto o es mi padre,
el!vago dorso cenijiento.
Yo no p{egunto, no lo turbo.
Me tiendo junto, callo y duermo.

Amo una piedra de Oaxaca
o Guatemala, a que me acerco,
roja y fija como mi cara
y cuya grieta da un aliento.

Al dormirme queda desnuda;
no se por qué yo la volteo.
Y tal vez nunca la he tenido
y es mi sepulcro lo que veo...

Nocturno

Padre nuestro, que estás en los cielos,
¿por qué te has olvidado de mí?
Te acordaste del fruto en febrero,
al llagarse su pulpa rubí.
¡Llevo abierto también mi costado
y no quieres mirar hacia mí!
Te acordaste del negro racimo
y lo diste al lagar carmesí,
y aventaste las hojas del álamo
con tu aliento, en el aire sutil.
¡Y en el ancho lagar de la muerte
aún no quieres mi pecho oprimir!
Caminando vi abrir las ioletas;
el falerno del viento bebí,
y he bajado, amarillos, mis párpados
para no ver enero ni abril.
Y he apretado la boca, anegada
de la estrofa que no he de exprimir.
¡Has herido la nube de Otoño
y no quieres volverte hacia mí!
Me vendió el que besó mi mejilla;
me negó por la túnica ruin.
Yo en mis versos!el rostro con shngre,
como Tú sobre el paño, le di;
y en mi noche del Huerto me han sido,
Juan cobarde, y el Angel hostil.
Ha venido el cansancio infinito
a clavarse en mis ojos, al fin;
el cansancio, del día que muere,
y el del alba, que debe venir;
¡el cansancio del cielo de estaño
y el cansancio del cielo de añil!
Ahora suelto la mártir sandalia
y las trenzas, pidiendo dormir.
Y perdida en la noche levanto
el clamor aprendido de tí:
Padre nuestro que estás en los cielos,
¿por qué te has olvidado de mí?

Intima

Tú no oprimas mis manos.
Llegará el duradero tiempo
de reposar con mucho polvo
y sombra en)los entretejidos dedos.
Y dirías: No puedo
amarla, porque ya se desgranaron
como mieses sus)dedos.
Tú no beses mi boca.
Vendrá el instante lleno
de luz menguada, en que estaré sin labios
sobre un mojado suelo.

Y dirías: La amé, pero no puedo
amarla más, ahora que no aspira
el olor de retamas de mi beso.

Y me angustiara oyéndote,
y hablaras loco y ciego,
que mi mano será sobre tu frente
cuando rompan mis dedos,
y bajará sobre tu cara llena
de ansia, mi aliento.

No me toques, por tanto. Mentiría
al decir que te entrego
mi amor en estos brazos extendidos,
en mi boca, en mi cuello,
y tú, al creer que lo bebiste todo,
te engañarías como un niño ciego.

Porque mi amor no es sólo esta gravilla
reacia y fatigada de mi cuerpo,
que tiembla entera al roce del cilicio
y que se me rezaga en todo vuelo.

Es lo que está en el beso, y no es el labio;
lo que rompe la voz, y no es el pecho:
¡es un viento de Dios, que pasa hendiéndome
el gajo de las carnes, volandero!

Vergüenza

Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
como la hierba que bajó al rocío,
y desconocerán mi faz gloriosa
las altas canas cuando baje al río.

Tengo vergüenza de mi boca triste,
de mi voz rota y mis)rodillas rudas;
ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé desnuda.

Ninguna piedra en el camino hallaste
más desnuda de luz en la alborada
que esta mujer a la que levantaste,
porque oíste su canto, la mirada.

Yo callaré para que no conozcan
mi dicha los que pasan por el llano,
en el fulgor que da a mi frente tosca
y en la tremolición que hay en mi mano...

Es noche y baja a la hierba el rocío;
mírame largo y háblame con ternura,
que ya mañana al descender al río
¡la que besaste llevará hermosura!

Volverlo a Ver

¿Y nunca, nunca más, ni en noches llenas
de temblor de astros, ni en las alboradas
vírgenes, ni en las tardes inmoladas?

¿Al margen de ningún sendero pálido,
que ciñe el campo, al margen de ninguna
fontana trémula, blanca de luna?

¿Bajo las trenzaduras)de la selva,
donde llamándolo me ha anochecido,
ni en la gruta que vuelve mi alarido?

¡Oh,!no! ¡Volverlo a)ver, no importa dónde,
en remansos de cielo o en vórtice hervidor,
bajo unas lunas plácidas o en un cárdeno horror!

¡Y ser con él todas las primaveras
y los inviernos, en un angustiado
nudo, en torno a su cuello ensaggrentado!

Balada

El pasó con otra;
yo le vi pasar.
Siempre dulce el viento
y el camino en paz.
¡Y estos ojos míseros
le vieron pasar!

El va amando a otra
por la tierra en flor.
Ha abierto el espino;
pasa una canción.
¡Y el va amando a otra
por la tierra en flor!

El besó a la otra
a orillas del mar;
resbaló en las olas
la luna de azahar.
¡Y no untó mi sangre
la extensión del mar!

El irá con otra
por la eternidad.
Habrá cielos dulces.
(Dios quiere callar).
¡Y el irá con otra
por la eternidad!






Obras

Desolación
Nueva York. Instituto de las Españas. 1922
Santiago de Chile. Nascimento. 1923

Buenos Aires. Espasa Calpe. 1951
Santiaoo de Chile. Edi}orial Pacífico. 1954
Madrid. Espasa Calpe. 197;
Barcelona. Orcis. 1984
Santiago de Chile. Editorial Andrés Bello. 1988. Ed. de Roque Esteban Scarpa
Barcelona. Altaya. 1995

Lecturas para mujeres
México. Escuela Honar Gabriela Mistral. 1923

San Salvador. Ministerio de Educación. 1961
México. Porrúa. 1969

Ternura.
Madrid. Editorial Saturnino Calleja. 1924

Buenos Aires. Espasa Calpe. 1952
Santiago de Chile. Universitaria. 1989. Ed. de Jaime Quezada

La lengua de Martí
La Habana. Secretaría de Educación. 1934

Tala
Buenos Aires. Editorial Sur. 1938

Buenos Aires. Losada. 1947
Barcelona. Editorial La montaña mágica. 1985
Santiago de Chile. Editorial Andrés Bello. 1989. Ed. de Miguel Arteche

Lagar
Santiago de Chile. Editorial Pacífico. 1954
Santiago de Chile. Biblioteca Nacional. 1991
Santiago de Chile. Editorial Andrés Bello. 1999

Poema de Chile
Santiago de Chile. Editorial Pomaire. 1967

Barcelona. Círculo de Lectores. 1968
Santiago de Chile. Seix Barral. 1985

Analogías (Obra)y correspondencia)

An}ología
Santiagf de Chile. Editorial Zig-zag. 1941. Ed. de Ismael Edwards Matte

Antología
Santiago de Chile. Editorial Zig-zag. 1957. Ed. de Hernán Díaz Arrieta

Antología poética
Santiago. Universitaria. 1974. Ed. dm Alfonso Calderún

Antología poética.
Madrid. Santillana. 1981. Ed. de Betty Rojas de Livacic

Antología poética
Madrid. Castalia. 1997. Ed. de Hugo Montes

Antología poética
Madrid. Edaf. 1999. Ed. de Rosalía Aller

Cartas a Lydia Cabrera
Madrid. Torremozas. 1988. Ed. de Rosario Hiriart

Cartas de amor de Gabriela Mistral
Santiago de Chile. Editorial Andrés Bello. 1978. Ed. de Sergio Fernández Larraín

Cartas de Gabriela Mistral a Juan Ramón Jiménez
San Juan de Puerto Rico. Ediciones de la Torre. 1961. Ed. de Julio Rodríguez Luis

Elogio de las cosas de la tierra
Santiago de Chile. Editorial Andrés Bello. 1979. Ed. de Roque Esteban Scarpa

Epistolario
Santiago de Chile. Anales de la Universidad. 1957

Gabriela Mistral: escritos políticos
México. FCE. 1995. Ed. de Jaime Quezada

Gabriela Mistral y Joaquín García Monge: una correspondencia inédita
Santiago de Chile. Editorial Andrés Bello. 1979. Ed. de Magda Arce

Gabriela Mistral para niños
Madrid. Ediciones de la Torre. 1994. Ed. de Aurora Díaz Plaja

Gabriela presente
Concepción. Literatura Americana reunida. 1987. Ed. de Inés Moreno

Grandeza de los oficios
Santiago de Chile. Editorial Andrés Bello. 1979. Ed. de Roque Esteban Scarpa

Invitación a Gabriela Mistral
México. FCE. 1990. Ed. de Gladys Rodríguez Valdés

Magisterio y niño
Santiago de Chile. Editorial Andrés Bello. 1979. Ed. de Roque Esteban Scarpa

Materias
Santiago de Chile. Editorial Universitaria. 1978. Ed. de Alfonso Calderón

Nubes blancas
Barcelona. Editorial B. Bauza. 1983

Páginas en prosa
Buenos Aires. Kapelusz. 1962. Ed. de José Pereira Rodríguez

Piensa en Gabriela
Santiago de Chile. Editorial Andrés Bello. 1978. Ed. de Roque Esteban Scarpa

Poesías
La Habana. Casa de las)Américas. 1967.!Ed. de Eliseo Diego

Poesía y)prosa
Santiago de Chile. Pehuén Editores. 1990

Poesía y prosa
Caracas. Ayacucho. 1993. Ed. de Jaime Quezada

Prosa religiosa de Gabriela Mistral
Santiago de Chile. Editorial Andrés Bello. 1978. Ed. de Luis Vargas Saavedra

Reino
Valparaíso. Ediciones Universitarias. 1983. Ed. de Gastón von dem Bussche

Selected poems of Gabriela Mistral
Baltimore. Hopkins. 1971. Ed. de Doris Dana.

Siete cartas de Gabriela Mistral a Lydia Cabrera
Miami. Peninsular Printing. 1980

Sol del alma
La Habana. Arte y Literatura. 1998. Ed. de Clara González y Patricia Rojas.


Los Elementos en Gabriela Mistral

En el hermoso ensayo Chile y la piedra Gabriela Mistral celebra, desde su condición de mujer del norte chileno, «la materia porfiada y ácida» que es para ella «criatura familiar». La fascinación por este componente basamental de la naturaleza parece estar en los fundamentos de una poética desnuda en el contacto con las cosas. En sus prosas de «Elogio de las materias» se detiene no sólo en las materias esenciales («El fuego», «El cristal», «El agua»), sino también en esas otras materias más elementales como el aceite («más pausada que la lágrima y también más que la sangre»), el vino («el de los pobres diablos»), la sal («absoluta y pura como la muerte») y, en fin, en esas materias culturales como las artesanías o la cueca, que le hablaban del mundo americano.

La poesía de Gabriela Mistral se funda en una de sus vertientes principales en esta dimensión experiencial básica. Ya en Desolación (1922), aparece en sus «Paisajes de la Patagonia» este afán redentor de los elementos naturales («Árbol muerto», «Tres árboles») y explora juguetonamente en las materias y las pequeñas cosas en ese notable libro que es Ternura (1924), que quiere ser poesía escolar «estremecida de soplo del alma» como dice en una carta dirigida a Eugenio Labarca. Así nos encontramos con el agua, las montañas, las casas o la tierra. Pero será en Tala (1938) donde veremos la alucinación por la materia, la que según Jaime Quezada «tiene alma e idioma y habla con el lenguaje de la infancia o con el verbo de la pasión» (Gabriela Mistral: Poesía y Prosa. Ayacucho, 1993, pág. XXXII).

Aquí la hablante que es a un tiempo sacerdotisa, sibila, loca o voz de América (cf. Adriana Valdés: Composición de Lugar. «Editorial», «Cordillera»), sino, y sobre todo, en los elementos como ocurre en la sección «Materias» («Pan», «Sal», «Agua», «El aire»), donde las cosas parecen adquirir una dimensión divinizada, pero siempre vistas desde la experiencia vital. Porque no es la abstracta trascendencia de los objetos lo que interesa, sino el roce, el tacto, el olor, el pálpito de las cosas que se le aparecen nuevas o como no vistas. Así el aire es juego vivificador; el agua, materia en la memoria personal («Hay países que yo recuerdo como recuerdo mis infancias. Son países de mar o río, de postales de vegas y aguas»); y el pan huele a madre («Dejaron un pan en la mesa mitad quemado, mitad blanco, pellizcado encima y abierto en unos migajones de ampo»).

Este oficio primordial ya no la abandonará, como si hubiera descubierto en sus viajes, en ese irse de Chile, no solo las cosas, sino a través de ellas los paisajes y las gentes; amorosa relación entre las personas y la naturaleza o la cultura.

Es la poesía mistraliana más de la tierra que del aire y a ella le cabe un rol fundamental en esta dimensión poética hispanoamericana en la que Tala constituye una referencia de primera importancia para comprender este desarrollo que transitarán tantos de nuestros poetas. Porque las geografías, el paisaje, la flora y fauna, los objetos de esta poesía de la mirada son parte de la imaginación de un continente.

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