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miércoles, 4 de mayo de 2011

Obra de Ernesto Sábato , algunos de sus libros, por Ingrid Odgers

OBRA DE SABATO
Por Ingrid Odgers Toloza

¡Qué horror y qué tristeza la mirada del niño que perdimos!
Ernesto Sábato, La resistencia


¿Quién no ha leído El Túnel de Sábato y no se ha sentido atrapado por la intensidad de su narrativa?
El atormentado racconto de Pablo Castel nos envuelve de una obsesión desesperada, de una búsqueda del amor,  de soledad asfixiante, de una inseguridad temible, de rabia e impotencia que crece en la memoria como un fuego consumidor que nos lleva a experimentar las  recónditas emociones que guardamos en el interior ante la posibilidad de enfrentarnos a una situación similar. Hábilmente febril es la escritura de Sábato, retrata con habilidad el laberinto interno de Castell, el alma del hombre. Tal vez su propia ansiedad y sus propios temores ante un mundo que le espanta y le hiere como confiesa más tarde en su ensayo, Antes del fin, fue un niño, joven y hombre solitario apesadumbrado por el mundo, por el  triste y caótico accionar humano en la sociedad. Con razón, entonces, afirmaría más tarde: Toda obra de ficción es catártica.
Más tarde fue su obra Sobre Héroes y Tumbas, quien nos traería a la memoria, siempre la memoria, visos de El Túnel, y es que el maestro hacía transitar su pluma en la soledad y la búsqueda imperecedera. Es así  como su segunda novela, está centrada en una etapa de la vida de las dos personas  en formación, con dudas, aprensiones, sueños. Y Martin, personaje principal es quien representa al hombre en constante exploración.
El gran pensador que fue Sábato nos muestra como esta búsqueda inagotable de las verdades del mundo está basada sobre el pasado. Es necesario mirar hacia atrás para construir el futuro, es necesaria la persistente búsqueda para crecer en el ser interior. Sin ella, sin búsqueda, sin reflexión y comprensión, parece decir el maestro, no estamos completos para enfrentar el mundo, no estamos suficientemente equipados para enfrentar el horror de una sociedad en constante desastre.
En su ensayo “La resistencia·, nos habla de lo pequeño y lo grande, del ruido, de cómo al ser humano se le están cerrando los sentidos, nos dice: “La televisión es el opio del pueblo”, “en todos los cafés hay un aparato de televisión o un equipo de música a alto volumen,” habla de antiguos valores: “ La vida de los hombres se centraba en valores espirituales, hoy casi en desuso”, de valores espirituales como la honestidad, la dignidad, el honor, el gusto por las cosas bien hechas, el respeto, valores todo que se hallaban en la mayoría de las personas. De cómo vivimos entre el mal y el bien, etc.
Y habla en primera persona, con su habitual sencillez sin grandilocuencia ni soberbia alguna. (La resistencia es un gran e invaluable ensayo, lo recomiendo). Es por ello que su grandeza, la admirable grandeza de Sábato radica en  cuidar y transmitir las primigenias verdades y en su apabullante humildad, en reconocerse en permanente búsqueda para ahondar en los suburbios del ser humano, eminentemente complejo y cambiante.

TEXTOS:
INICIO DE EL TÚNEL

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.
Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad,
siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que "todo tiempo pasado fue peor", si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. ¡Cuántas veces he quedado aplastado durante horas, en un rincón oscuro del taller, después de leer una noticia en la sección policial!. Pero la verdad es que no siempre lo más vergonzoso de la raza humana aparece allí; hasta cierto punto, los criminales son gente más limpia,
más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción. ¿Un individuo es pernicioso? Pues se lo liquida y se acabó. Eso es lo que yo llamo una buena acción. Piensen cuánto peor es para la sociedad que ese individuo siga destilando su veneno y que en vez de eliminarlo se quiera contrarrestar su acción recurriendo a anónimos, maledicencia y otras bajezas semejantes. En lo que a mí se refiere, debo confesar que ahora lamento no haber aprovechado mejor el tiempo de mi libertad, liquidando a seis o siete tipos que conozco.
Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. Bastaría un hecho
para probarlo, en todo caso: en un campo de concentración un ex pianista se quejó de hambre y entonces lo obligaron a comerse una rata, pero viva.
No es de eso, sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante, si hay
ocasión, algo más sobre este asunto de la rata.

   
   
FRAGMENTO  EL TUNEL


Como decía, me llamo Juan Pablo Castel. Podrán preguntarse qué me mueve a escribir la historia de mi crimen (no sé si ya dije que voy a relatar mi crimen) y, sobre todo, a buscar un editor. Conozco bastante bien el alma humana para prever qué pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me importa un bledo; hace rato que me importan un bledo la opinión y la justicia de los hombres. Supongan, pues, que publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería muy injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces un superhombre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pérfido. De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumentando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas? La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad. Cuando yo era chico y me desesperaba ante la idea de que mi madre debía morirse un día (con los años se llega a saber que la muerte no sólo es soportable sino hasta reconfortante), no imaginaba que mi madre pudiese tener defectos. Ahora que no existe, debo decir que fue tan buena como puede llegar a serlo un ser humano. Pero recuerdo, en sus últimos años, cuando yo era un hombre, cómo al comienzo me dolía descubrir debajo de sus mejores acciones un sutilísimo ingrediente de vanidad o de orgullo. Algo mucho más demostrativo me sucedió a mí mismo cuando la operaron de cáncer. Para llegar a tiempo tuve que viajar dos días enteros sin dormir. Cuando llegué al lado de su cama, su rostro de cadáver logró sonreírme levemente, con ternura, y murmuró unas palabras para compadecerme (¡ella se compadecía de mi cansancio!). Y yo sentí dentro de mí, oscuramente, el vanidoso orgullo de haber acudido tan pronto. Confieso este secreto para que vean hasta qué punto no me creo mejor que los demás.



FRAGMENTO DE ANTES DEL FIN

... Me acabo de levantar, pronto serán las cinco de la madrugada; trato de no hacer ruido, voy a la cocina y me hago una taza de té, mientras intento recordar fragmentos de mis semisueños, esos semisueños que, a estos ochenta y seis años, se me presentan intemporales, mezclados con recuerdos de la infancia. Nunca tuve buena memoria, siempre padecí esa desventaja; pero tal vez sea una forma de recordar únicamente lo que debe ser, quizá lo más grande que nos ha sucedido en la vida, o que tiene algún significado profundo, lo que ha sido decisivo -para bien o para mal- en este complejo, contradictorio e inexplicable viaje hacia la muerte que es la vida de cualquiera. Por eso mi cultura es tan irregular, colmada de enormes agujeros, como constituida por restos de bellísimos templos de los que quedan pedazos entre la basura y las plantas salvajes. Los libros que leí, las teorías que frecuenté, se debieron a mis propios tropiezos con la realidad.
..... Cuando me detienen por la calle, en una plaza o en el tren, para preguntarme qué libros hay que leer les digo siempre: "Lean lo que les apasione, será lo único que los ayudará a soportar la existencia".
..... Por eso descarté el título de Memorias y también el de Memorias de un desmemoriado, porque me pareció casi un juego de palabras, inadecuado para esta especie de testamento, escrito en el periodo más triste de mi vida. En este tiempo en que me siento un desvalido, al no recordar poemas inmortales sobre el tiempo y la muerte que me consolarían en estos años finales.
..... En el pueblo de campo donde nací, antes de irnos a dormir, existía la costumbre de pedir que nos despertaran diciendo: "Recuérdenme a las seis". Siempre me asombró aquella relación que se hacía entre la memoria y la continuación de la existencia.
..... La memoria fue muy valorada por las grandes culturas, como resistencia ante el devenir del tiempo. No el recuerdo de simples acontecimientos, tampoco esa memoria que sirve para almacenar información en las ahora computadoras: hablo de la necesidad de cuidar y transmitir las primigenias verdades.

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