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lunes, 30 de septiembre de 2013

Libertad entre rejas


por Roxana Heise
escritora chilena

Al pensar en el encierro resulta inevitable evocar ciertas imágenes relativas a la cárcel: aparecen las rejas como declarando sentencia, los clásicos motines, el hacinamiento; condiciones infrahumanas de un país en vías de desarrollo. El ojo inquisidor se hace notar con la típica frase: “Algo habrán hecho”, en fin, no es tema por ahora. Dejemos a los motines extinguirse en su propio fuego mientras un centinela nos alumbra el pensamiento disperso y vemos que no siempre son rejas las que nos separan del mundo, a veces son barreras que ponemos para alejarnos de aquello que consideramos amenazante. Pensemos en formas menos evidentes de perder la libertad: el trabajo precario y sin expectativas del que no posee educación, la marginación social, el destierro, el aislamiento intenso de los depresivos, de los que pasan largas temporadas en el hospital, la reclusión de los ermitaños, los atrincherados en un búnker de guerra con la muerte al acecho, quienes deambulan con hambre en medio del Sahara cuando la libertad pierde valor, a merced de la incertidumbre y las necesidades humanas. También están los acostumbrados al encierro, porque no conciben otra manera de vivir y añoran los grilletes en los tobillos cuando vislumbran un mundo desconocido, amenazante, porque en el fondo el ser humano es domesticable y cómodo; suele evitar el cambio frente a esta transformista de mil caras llamada libertad, esta profesional del escapismo  que cautiva e ilusiona con su hálito divino, en medio del inhóspito paraje del sufrimiento. La devastación del dolor nos afecta a todos directa o indirectamente, cuando vemos personas acorraladas por su propio drama; las víctimas de maltrato intrafamiliar por ejemplo, que no piden ayuda y asumen con naturalidad una situación patológica. Mucho  queda por decir respecto a este complejo tema, pero estábamos hablando de la cárcel, de quienes no buscan conscientemente perder su libertad, hablamos de las rejas, de los motines, cuando la televisión sale a la palestra con la falta de recintos penitenciarios; el número de reos por metro cuadrado, el combate efectivo contra la delincuencia, el endurecimiento de las penas, los temas del día a día que constituyen el barniz de una escenografía teatral que se desploma, porque la libertad y la privación de esta son algo más que palabras de utilería, más que votos perdidos o ganados en elecciones. La libertad nos convoca a reflexionar sobre aspectos que a todos incumben, relacionados con actitudes, con convicciones, con ese espíritu colectivo que nos habita, que camina por nuestras calles convertidas en fortalezas en medio del duro combate contra la delincuencia. Miremos bien alrededor, veamos nuestro entorno y  la seguridad: rejas y murallones cercando nuestras viviendas,  ofertas para alarmas,  amenazas de robos, asaltos, vecindarios que se organizan para impedir una situación que nos vuelve vulnerables y nos enfrenta de manera concreta a la violencia. ¿Vivimos en un país libre? ¿Somos libres realmente o creemos serlo? ¿Será una solución endurecer las penas, armarnos hasta los dientes y tomar clases de defensa personal para enfrentar a los delincuentes como héroes de película infantil? Seguro nuestros honorables parlamentarios saben de sobra, que semejante tema requieren de un enfoque multidisciplinario, porque la libertad, con sus múltiples aristas, no es juego de niños. La sociedad está formada por personas que merecen respeto, respeto para vivir y por qué no decirlo; respeto para morir, conceptos que salen a la palestra si miramos el medio oriente, centro de la conciencia colectiva de gran parte de occidente, que nos hace añorar la paz más allá de las diferencias geográficas, políticas o religiosas. Deseamos paz para el mundo, paz para Sudamérica, paz para las víctimas de sus propias rejas, paz para aquellos chilenos que ante un incendio no lograron escapar de las llamas y murieron calcinados al interior de sus viviendas cercadas por rejas de protección, convirtiéndose en reclusos de su propio miedo. Esta reflexión está dedicada a ellos,  quienes fueron noticia durante uno o dos días sin que su muerte cobrara real sentido o generara algún debate a nivel nacional. Simplemente ocurrió, como suelen ocurrir algunas muertes, ante la mirada impávida de una sociedad acostumbrada a los barrotes de la inseguridad,  una sociedad que elude un tema tan sensible y trascendente, un tema que hace honor a la famosa frase de Mahatma Gandhi: La causa de la libertad se convierte en una burla si el precio a pagar es la destrucción de quienes deberían disfrutar la libertad.

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