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viernes, 15 de enero de 2016

Violette Leduc, un desierto que monologa



Una película retrata a la mujer que hizo de su vida el cristal de su literatura

LUIS MARTÍNEZ


"Cuando tenía cinco, seis, a los siete años, solía arrancar a llorar sin más, por el mero hecho de llorar, mis ojos bien abiertos al sol, a las flores... Quería sentir un inmenso dolor dentro de mí...". La escritura de Violette Leduc (1907-1972) irrita. Exalta y agota. Ni una sola de las líneas de 'La bastarda', su obra más célebre (ganó el Goncourt) dentro de una bibliografía vocacionalmente oculta, figura sobre el papel con la desgana triste de los pasajes descriptivos. Quiso que cada uno de sus libros, cada uno de sus párrafos, fuera autobiográfico no porque necesitara explicar nada y mucho menos recomponer a su favor los pedazos de una vida destrozada. Para nada. Ella escribía para salvarse, para ahuyentar los fantasmas, para siquiera consolarse. Era, para entendernos, una cuestión de supervivencia.

Martin Provost, director francés obsesionado con descubrir al cine el gesto escondido de las mujeres, recuerda el día que el coguionista de su película anterior, Marc Abdelnour, le habló de Violette Leduc. Entonces se encontraba en pleno rodaje de 'Séraphine', una cinta a vueltas con la vida de la pintora peculiar, visceral y feísta Séraphine de Senlis. "La de Violette es una vida paralela. Las dos sufrieron la incomprensión de su tiempo y, de alguna manera, tuvieron que reinventarse... Lo que me decidió a insistir en casi el mismo tema es la fuerza arrolladora de esta última. Fue una adelantada a su tiempo que, queriendo simplemente explicarse su vida, aireó todos los tabúes de su tiempo y, no sólo eso, replanteó el mismo concepto de identidad. De alguna manera, convirtió su vida en una revolución", dice sin respirar. Sin duda, aún bajo el efecto de la escritura de Leduc.


Situémonos. Corrían principios de siglo y en un pueblo quizá perdido en el norte de Francia nacía la hija 'ilegítima' (es decir, fuera de la ley) de Berthe. "Mi madre no me dio nunca la mano... Me ayudaba a subir y a bajar las aceras pellizcando mi vestido a la altura del hombro". Recuerda la autora en 'L'asphyxie'. Lo que sigue es una biografía atravesada por el desprecio, el hambre, dos guerras mundiales y, sobre todo, la soledad. Y así, y resumiendo mucho, hasta que en 1942 conoció a Maurice Sachs. Su primer libro, preciamente 'L'asphyxie', fue publicado por Albert Camus en la editorial Gallimard. Simone de Beauvoir se convertiría en su aliada, quizá amante lejana, y pronto su figura rota se antojaría demasiado irresistible. Desde Jean-Paul Sartre a Jean Cocteau pasando por su alma gemela Jean Genet no pudieron por menos que rendirse al tacto delicado y amargo de su piel.

"Ella convirtió su existencia en una revolución", afirma el director de la cinta
"Si se mira de una manera superficial", reflexiona Provost, "hay elementos en su vida para una película muy morbosa. Pero eso no es lo relevante. Lo que cuenta es la sinceridad con la que desveló toda su vida. El escándalo no fue más que una consecuencia de la necesidad de su literatura". Repasar cualquier apunte biográfico de Leduc, en efecto, se detiene en la crudeza de la relación lésbica descrita en 'Ravages' (1955) y que le valió la censura. Eso y su amor prohibido con un profesor cuando apenas era una niña; eso y sus abortos clandestinos; eso y el incesto entre hermanos; eso y su aireada bisexualidad... Todo es literatura porque todo es verdad. Es su vida. Y lo es con una violencia y sinceridad inédita. La sensación física de su escritura es evidente en los cuerpos desnudos que chocan, como lo es en la percepción perfectamente táctil de la pobreza, del frío de la nieve, de la angustia del vacío. "Lo personal es político", decía Beauvoir y así es la vida entera de Leduc: un manifiesto por la revolución de los cuerpos y las almas.

Provost advierte contra la tentación del sensacionalismo. Y por eso su película está construida alrededor de lo más futil, quizá imperceptible. No se trata de reproducir el gesto cansado del género biográfico (Biopic) como de todo lo contrario. De la mano de una increíble Emmanuelle Devos transfigurada en figura doliente y fracturada, se trata de detener la mirada en el ruido de la pluma contra el papel, en la piel erizada ante el frío o en el gesto de desolación por la falta de amor. Importa, por así decirlo, el detalle de lo cotidiano. Pues fue desde ahí desde donde Leduc condujo su personal revuelta contra el mundo. Fue la desolación de lo más común lo que colocó a la autora en el límite de lo más agrio, vulgar, salvaje y duro. Y, por todo ello, extraordinario; extraordinario en su más ruda ordinariez.

"Lo que llama la atención es que, pese a todo, no hemos avanzado tanto", reflexiona Provost. "Es más, hemos retrocedido. Violette demostró un valor enorme al mostrarse como lo hizo, en reivindicar para sí los espacios de libertad que la sociedad le negaba. Ahora, aunque podemos hablar con naturalidad de lo que ella habló, la mujer sigue cobrando menos que el hombre...".


Sea como sea, queda la constancia de la escritura aún oculta de Leduc, una mujer que se definió ante Beauvoir como "un desierto que monologa"; una mujer entregada al oficio de llorar; llorar sin más.

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