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martes, 26 de enero de 2016

Virginia Woolf: “El sonido de la tinta al hervir”




Fotografía de Virginia Woolf por George Charles Beresford

Escuchamos “el sonido de la tinta al hervir” (qué bellísima metáfora) en la habitación propia de Virginia Woolf. Vemos a la escritora escribiendo cartas, leyendo y escuchando el sonido de la naturaleza que rompe el silencio y la inspira. La imaginamos en absoluta soledad buscando el ritmo adecuado para plasmar sus emociones, sintiendo la euforia del trabajo que avanza o el tedio de los días improductivos, esos días en los que no es capaz de penetrar en sus propios latidos, de arrancar capas a la corteza que oculta los misterios de la existencia.

“… Dios, Dios  mío, qué de cosas le faltan a una, qué torpes e inexpertos somos, todavía no hemos aprendido el truco de la vida, no hemos conseguido pelar esa naranja en concreto. Ya te he dicho que no estoy de humor para escribir […] De momento he escrito una página entera y aún no he dicho nada…”, le confiesa la escritora a su amigo Gerald Brenan. Está sentada junto a la chimenea de su casa de Monks House, como tantas otras veces, y sigue reflexionando: “Todo parece bastante incierto e infinitamente engañoso: hay tantas afirmaciones vacías, tantas trampas del lenguaje. Y sin embargo es el arte al que consagramos nuestras vidas”.

Es un absoluto placer acceder a las atmósferas, a los anhelos y derrotas de una escritora esencial en el recorrido de la literatura contemporánea. Es una experiencia ante la que todo lector o lectora que haya amado sus libros no puede sentir más que agradecimiento. Su legado, sus diarios y cartas, nos permiten conocerla a fondo, pero la autora de Orlando no deja de ser un enigma, del mismo modo que el enigma late al fondo de sus narraciones. Sobre la escritura, que acaba de publicar la editorial Alba, es una interesante guía en la que Federico Sabatini, profesor de literatura inglesa en la Universidad de Turín, recopila una amplia muestra de esas misivas en las que Woolf reflexiona sobre la escritura y se muestra como una mujer convencida de que su destino está en el juego con las palabras, en la búsqueda de sus ritmos interiores, en el registro de las emociones más escondidas.

“Virginia Woolf, al contrario que otros escritores de su tiempo, se ha convertido con los años en un verdadero icono (…) Su prestigio siguió creciendo con el tiempo tanto en el medio académico como en el sentir popular. Junto con su sorprendente y conmovedor suicidio, hay múltiples factores que han contribuido a que se la haya considerado un icono: fue una mujer que, a pesar de sufrir episodios de una enfermedad mental grave, consiguió escribir un corpus asombrosamente amplio de ficción y de crítica literaria; alguien que, a pesar de su frágil sensibilidad, tuvo la fortaleza de expresar abiertamente sus propias opiniones y de oponerse con firmeza a la cultura de su tiempo y a la tradición literaria que la precedió. Y, por último, una escritora valiente que, con su marido, fue capaz de fundar su propia editorial para poder disfrutar de una completa libertad de expresión”. Así la retrata Sabatini.

Todos esos rasgos de su carácter se perciben mientras vamos repasando los mensajes que envió a sus interlocutores, a sus amigos y amigas, a sus cómplices en el oficio de la ficción. El antólogo nos anima a observar una vez más la famosa fotografía que le hizo a la escritora George Charles Beresford, una fotografía en la que aparece como una persona “etérea, refinada y vulnerable”, en palabras de su biógrafa Hermione Lee. Sin embargo, esa vulnerabilidad contrasta con su fina ironía, con su exigencia y fuerte sentido crítico respecto a su propia obra y la de los demás.

Pudorosa y atormentada por momentos, irreverente y original, Virginia Woolf aparece ante nuestros ojos como un ser contradictorio, siempre luchando entre dos lados de su personalidad: el deseo de soledad y la necesidad de los otros; el ansia de mostrarse frente al deseo de replegarse en sí misma. Virginia Woolf no oculta en ningún momento su batalla por alcanzar creativamente algo que siempre se le escapaba. Ese era su reto, nadar hasta la otra orilla, la inaccesible.

“Creo que cuando uno empieza a escribir una novela lo más importante no consiste tanto en sentir que puedes escribirla como que existe al otro lado de un abismo que las palabras no consiguen cruzar. Algo que solo se conseguirá con una angustia sin aliento (…) Para que una novela sea buena, antes de escribirla tiene que parecer algo imposible de escribir, meramente algo visible”, le dice a la también escritora Vita Sackville-West. Y en otra de sus cartas se pregunta: “¿cómo va a ser bello lo que escribo?”.

 Pudorosa y atormentada por momentos, irreverente y original, Virginia Woolf aparece ante nuestros ojos como un ser contradictorio, siempre luchando entre dos lados de su personalidad: el deseo de soledad y la necesidad de los otros; el ansia de mostrarse frente al deseo de replegarse en sí misma.
Ese interrogante da lugar a una pieza esencial en la que Woolf  responde a otra de sus confidentes habituales, Ethel Smyth, y le dice: “Abordaré el tema de la belleza y estallaré en éxtasis ante la defensa que haces de mí como escritora fea –que es lo que soy–, pero también honesta, impulsada como una ballena jadeante que llega a la superficie para tomar aire. Tales son el esfuerzo y la angustia que me suponen encontrar una frase (que diga exactamente lo que yo quiero decir). ¡Y luego dicen que lo que escribo es bello! Cómo va a serlo cuando siempre estoy intentando decir algo que nunca haya sido dicho, y que esa primera vez debe decirse con toda exactitud. Así que renuncio a la belleza y se la dejo como legado a la próxima generación”.

Las alusiones a la angustia, al tormento que supone explorar, buscar, así como a la disciplina necesaria, férrea, en el proceso de la creación, son constantes en Virginia Woolf, consciente de que los mundos que salían de su pluma, con sus geografías, con sus personajes, no la aliviaban de la miseria de la vida ni la hacían más feliz, pero también de que, a lo largo de su trayecto, todo la había inclinado sin remedio hacia la literatura. De sus aflicciones, de sus vaivenes emocionales, hace partícipe a Gerald Brenan en una dramática epístola fechada en 1922 en la que le dice que, pese a los “recurrentes cataclismos de horror” que acompañan la existencia, hay que optar por transformarla, afrontarla, repudiarla, “y luego volver a aceptarla en sus justos términos y con pasión”.

Llenas de matices, reflejo siempre de sus estados anímicos, las cartas de Woolf están llenas de melancolía, pero también de momentos de alegría, de plenitud. “¿No te ocurre que cuando escribes el mundo desaparece, salvo esa parte concreta que te sirve para escribir que, de hecho, se vuelve indecentemente nítida?”, le pregunta en otro momento a Ethel Smyth. Son muchos los hallazgos que encontramos en este libro, una sugerente puerta de entrada que conducirá, sin duda, a los más interesados, a otros volúmenes más extensos (de sus cartas, de sus diarios, editados en España por distintas editoriales). Nos encontramos, ya lo hemos visto, con la escritora obsesiva y perfeccionista, con la incansable cazadora de sensaciones, y también con la lectora exigente que no duda en criticar a Stevenson o a Joyce, cuyo Ulises tacha de “aburrido”.

 Las alusiones a la angustia, al tormento que supone explorar, buscar, así como a la disciplina necesaria, férrea, en el proceso de la creación, son constantes en Virginia Woolf, consciente de que los mundos que salían de su pluma, con sus geografías, con sus personajes, no la aliviaban de la miseria de la vida ni la hacían más feliz, pero también de que, a lo largo de su trayecto, todo la había inclinado sin remedio hacia la literatura.
Tampoco le importa a Virginia Woolf reconocer su vanidad, manifestar los celos que siente ante los cuentos de Katherine Mansfield o su admiración por Colette. Respecto al mítico grupo de Bloomsbury dice que es, en gran medida, “una creación de los periodistas” y en lo que se refiere a los libros que lee, que son muchos y variados, valora lo que éstos la impulsan a pensar. “He estado tumbada en mi sillón con tu libro abierto, y de tus palabras sale tanto resplandor que no puedo acercarme a ellas (…) Es la magia la que me aleja de la comprensión”, le dice a T. S. Eliot de una colección de sus poemas.

La Virginia Woolf lectora y crítica puede ser malévola, discordante y también generosa. Sus fobias y sus filias (admiraba a Shakespeare, Milton, George Eliot, Proust, los clásicos griegos…) quedan al descubierto en sus cartas, entre las que también abundan las destinadas a ofrecer consejos a otros autores y autoras que le envían sus escritos, sus publicaciones. Federico Sabatini destaca que “nunca se mostró condescendiente o poseedora de verdades absolutas”, que lo que sugería y compartía siempre “era simplemente su lucha literaria, lo que pensaba que merecía la pena explorar”. Esa lucha lo llena todo. Recuperamos a la escritora a través de sus cartas, la traemos al presente, la dejamos disfrutando de la lectura. “Estoy profundamente inmersa en los libros (…) Me apasiona tanto la lectura que a veces pienso que es como la otra pasión, la escritura, nada más que el reverso de la alfombra”, le decía a su amiga Ethel Smyth.

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