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martes, 3 de enero de 2017

Autor y Editor Michael Kruger




"CUANDO DEJE DE PREOCUPARTE LA SALIDA,
ES QUE HAS LLEGADO A LA META"

Krüger: "Im Labyrinth", Aus der Ebene (1982)

Susana Pajares Toska
Universidad Complutense de Madrid




Michael Krüger, nacido en 1943 en Wittgendorf, vive en Munich. Es Jefe Editor de la Editorial Carl Hanser, editor de la revista literaria Akzente, y de la Edition Akzente. Ha ganado importantes premios literarios (Premio Peter Huchel, Premio Ernst Meister...), y es miembro de varias academias, como la de Mainz, la Academia Bávara y la Academia de la Lengua y la Poesía Alemanas.
Desde 1972 publica poesía, relatos y novelas. En España se han traducido las siguientes novelas: ¿Qué hacer?, ¿Por qué Pekín?, ¿Por qué precisamente yo?, El final de la novela y Cita en Corfú. 
Entre lectura y lectura nos recibió amablemente en su oficina en la Editorial Carl Hanser, donde contesto todas nuestras preguntas pacientemente y con gran sentido del humor. Vale la pena leer sus respuestas.
P: ¿Qué diferencia al autor Michael Krüger del otro Michael Krüger (jefe editor)?

R: Nada. Ambos tienen 53 años, ambos nacieron en 1943. Ambos tienen cada vez menos pelo y ambos sufren exceso de peso, sólo que uno tiene todavía menos tiempo que el otro. Cuando el otro va por la mañana a la oficina, el autor ya ha trabajado una hora y media. El oficinista se sienta entonces en su oficina hasta la noche, y cuando vuelve a casa esta tan cansado que apenas puede conversar con el otro. Así que se diferencian en que el primero tiene muy poco tiempo. 
La segunda parte de la pregunta es si uno es más infeliz que el otro. Por supuesto que sería más feliz si tuviera más tiempo, si pudiera escribir, pero por otra parte se escribe tanto que también se siente uno bastante contento cuando no todo el mundo escribe.

P: ¿Le resulta fácil encontrar siempre las palabras adecuadas?

R: No, en absoluto. !Es lo más duro! Hay una frase, creo que de Kafka, "Un escritor es escritor porque no sabe escribir". Si un escritor supiera escribir sería maravilloso. Podría ser cualquier cosa, periodista por ejemplo, podría incluso escribirle los discursos al presidente... Pero un escritor no sabe escribir en absoluto.

P: ¿Cuál es entonces su relación con el lenguaje?

R: La relación con el lenguaje merece mucho respeto, porque cuesta mucho encontrar las palabras. Uno intenta siempre bajar a las palabras de su trono y, por decirlo así, encontrar la palabra proletaria, esa otra palabra que se ha quedado sin trabajo en el lenguaje común, y ponerla en un contexto donde tenga un cierto brillo, otro aura, y pueda ser comprendida con exactitud. 
Es interesante por ejemplo la transformación del lenguaje en Alemania —no sé si sucede así en España— que ha sido tan radical que mucha gente no puede leer y entender un texto del siglo XVIII, o que sólo puede leer ciertas obras de Jean Paul con un diccionario. Al mismo tiempo tenemos lenguajes extremadamente especializados: en el Derecho, en la Economía, en la Política, en la Medicina..., de tal modo que la lengua literaria tiene una enorme función, porque al tener que ser valida para todos ha de intentar conservar el lenguaje en general, y al mismo tiempo ha de ser especial, porque es un lenguaje poético. Conseguir con una palabra cumplir estas dos funciones del lenguaje es hoy día más duro que en los siglos XVIII o XIX, porque las lenguas de cada profesión no estaban tan separadas del lenguaje común como ahora. 

P: Usted ha escrito que la Ciencia es como una mala novela. ¿Es todo ahora discurso? ¿No queda ninguna verdad con mayúsculas?

R: Es un problema que la Filosofía de los últimos 80 años haya expulsado a la verdad de la escritura, del lenguaje, de las palabras... La Filosofía ha dicho: la verdad no existe, la verdad es una construcción lingüística, un acuerdo, un convenio, una creencia..., que en ningún caso tiene detrás una construcción material. Ni en la Filosofía del lenguaje, ni en el resto de la Filosofía existe ya La Verdad. 
Lo que eso significa para la escritura es que de pronto los escritores han sido liberados de estos problemas. Por otra parte, creo que toda escritura no es otra cosa que el intento de recobrar esta verdad perdida, y aunque nunca pueda alcanzarla, intenta siempre acercarse a ella. Porque si se pudiera alcanzarla, si existiese ese lugar utópico donde la verdad y las cosas están unidas de nuevo, entonces se trataría de un lenguaje divino, y eso no puede ser.
Ahora bien, hay también teorías sobre la verdad basadas en el consenso. Es decir, que ciertas sociedades o partes de sociedades conciertan una obligación, una verdad, que es válida durante un determinado periodo de tiempo. Por ejemplo, Habermas, que intenta desarrollar una teoría de la Verdad a partir de la teoría de la Comunicación. Las sociedades se ocupan de un asunto hasta que se llega a un convenio sobre él. El convenio es válido durante un tiempo, hasta que aparece nueva información capaz de transformar esa verdad o de revolucionarla. Pero el escritor no puede confiar ya en conseguir un consenso que la sociedad acepte, y sólo puede convenir consigo mismo sobre la verdad. Y por eso hay tantos caminos en busca de la verdad como caminos hacia Dios o hacia otras cosas intangibles. 
Sin embargo, la pérdida de las cualidades metafísicas ha puesto a la literatura en una situación en la que ha de intentar arreglárselas con este vacío. Si hoy lee usted a Beckett, encuentra en él el intento de formular una verdad negativa, y ya ayudaría bastante poder decir que en un texto determinado no se puede encontrar una verdad. Esa sería una solución. Pero el problema de la verdad se ha convertido en un problema filosófico creciente, lo cual quiere decir ante todo que la literatura se ha librado de él. 
A principios de siglo llegó de pronto la Modernidad a la novela burguesa —de Balzac a Fontaine y de Dickens a Turgueniev - ofreciendo miles de verdades diferentes en todas las artes - en la pintura, en la literatura, en las artes plásticas en general...— de modo que ahora, tras ochenta años de Modernidad, cuando todas estas formas y posibilidades han sido más o menos agotadas, uno se pregunta si en todo este movimiento y desarrollo literario se puede encontrar algún rastro de verdad que nos guíe serpenteando a través del laberinto. Lo que hay es un montón de obras de entre las que no sabemos hoy cuáles servirán para el próximo milenio. Pero creo que habría una respuesta más banal a su pregunta, y al mismo tiempo más humana, porque la verdad es inhumana. La respuesta banal es que todos sabemos que cierta literatura se hace con la pretensión de ser leída también dentro de cien años. Y eso es lo que se intenta descubrir con todo el debate sobre el canon. Algunos encuentran este debate superfluo - para mi no es tan superfluo. Creo que más allá de la ciencia reina un sentido común que sabe que ciertas preguntas son importantes y que lo seguirán siendo en el próximo siglo. Cuando lee usted a Wittgenstein puede decir que en su búsqueda filosófica no ha encontrado la verdad, pero sin embargo ha planteado tantas preguntas que seguramente se le continúe leyendo en el próximo siglo. Cuando lee usted ciertos trabajos teóricos de Marx, puede saber aproximadamente que preguntas tendrán todavía un papel importante en la filosofía de la economía política del próximo siglo y que preguntas han quedado atrás.
Entre el interés por un texto y el modo en que un texto envejece hay por otra parte una gran diferencia, de manera que al final quedan los escritores que nunca tuvieron la pretensión de encontrar la verdad, pero que hicieron propuestas sobre cómo se debe tratar con ella. Y así Schopenhauer vuelve a ser de pronto interesante, mientras que Hegel languidece lentamente en la Universidad y deja casi de ser leído a no ser por filósofos profesionales. Sería muy interesante pedir a los estudiantes que nombrasen diez libros de la literatura española, alemana o francesa, que en razón de las preguntas que formulan, seguirán a su juicio leyéndose en el siglo que viene. Y así se comprobaría rápidamente, si la gente es sincera y no miente, que uno se concentra en determinados textos.

P: ¿Cree usted que hay una tendencia o una moda en la literatura alemana o europea?

R: No lo creo. Creo que hay una tendencia en la literatura mundial que reza: ¡tenemos que contar historias! Y eso es a mi parecer un reflejo del hecho de que las historias de la propia vida se han convertido en faltas de interés, o son consideradas así, y por eso se buscan en los libros historias diferentes. Uno se pregunta por qué hay todavía historias de amor. Todo esta ya contado... Abelardo y Eloisa... Hay diez grandes tragedias o comedias amorosas y uno no concibe por qué tienen que volver a contar lo mismo. Esta es una pregunta que hemos de hacernos, ¡que debemos hacernos! Porque estas viejas historias no añaden nada nuevo. Esto esta relacionado con que las relaciones sociales se han vuelto tan complicadas que la gente se alegra de que se las cuenten de nuevo en forma de libro. Esa parece ser la única tendencia visible: alejarse de los experimentos lingüísticos y volver a las historias que funcionan. Es la marcha triunfal de la literatura americana.

P: Sin embargo en su obra en prosa siempre hay un narrador sorprendido ante la vida cotidiana. ¿Qué significa para usted estar despierto?

R: Creo que este mundo en el que vivimos es el más impenetrable que uno pueda imaginarse. Todos hemos aprendido en la Universidad que las democracias modernas están ahí para hacerles a los hombres la vida más fácil y al medio ambiente transparente. Por tanto todas las instituciones sociales se orientan a liberar al individuo de sus trabajos, desde la Sanidad Publica a la Seguridad Social. 
La verdad es sin embargo según mi experiencia que el mundo es cada vez más opaco. Cuando uno se va por la noche a la cama piensa que es maravilloso estar en el mundo todavía. El mundo se ha convertido en algo tan impenetrable y complicado que no se concibe que alguien pueda entenderlo. Para mí es un enigma. Nunca he comprendido que haya hombres que van por el mundo diciendo: "Es facilísimo. Hay que hacer las cosas así o asá y todo está en orden." Para mi el mundo es cada vez más complicado, y la complicación aumenta con la edad. Cuando leo las teorías de Fukujama, de que el mundo social ha llegado a ser el mismo en las democracias ilustradas que tenemos hoy, me dan ganas de reir. El mundo no ha llegado a ser el mismo; nunca estuvo tan lejos de sí mismo como ahora.

P: Esto es una causa de soledad, como la de los personajes de sus novelas.

R: Si, esa es sin duda una consecuencia de que cada vez entendemos menos y cada vez conocemos menos personas que puedan dar una respuesta. En la filosofía ocurre lo mismo. En mi juventud me interesaban profundamente unos veinte filósofos, a los que preste atención largo tiempo. Hoy me siguen interesando quizás dos.

P: Esta gente que todo lo sabe, ¿son los académicos? En sus libros el mundo académico está descrito como algo bastante falso. ¿Es así de veras?

R: Hay una frase muy conocida del filosofo alemán Marquart, que ha invertido la tesis feuerbachiana de Marx ("Se ha interpretado siempre el mundo de forma diferente, lo que importa es cambiarlo") a: "Los filósofos siempre han querido que el mundo cambiase, pero lo que importa es dejarlo en paz". Los científicos no pueden dejar al mundo en paz, si lo hicieran no serían científicos. Pero no se dan cuenta de que en realidad desordenan el mundo. Algunas veces pienso que sería estupendo que de vez en cuando se tomaran un año sabático en el que no hicieran nada. Seguramente eso daría un poco de tranquilidad al mundo.

P: ¿Hasta qué punto están sus obras ligadas a Alemania?

R: Alemania es mi país, mi destino y mi lengua, es lo que mejor conozco. Aquí ha habido fascismo, la división de un país durante más de cincuenta años y yo me he criado en medio de este desastre. Mis maestros seguían siendo fascistas después de la guerra. Yo vengo del Este, fui en Berlín a la escuela y he sentido y participado de todo el descontento alemán. Pero también he participado en la cara grandiosa y maravillosa de este desarrollo: una democracia segura y que funciona parlamentariamente. No quiero quejarme de este país, pero no es un país que uno tenga que amar.

P: ¿Es Alemania el símbolo de una descomposición cultural de Occidente?

R: No, yo no lo diría. A Alemania se le pueden reprochar muchas cosas, pero nunca ha habido aquí verdaderos deconstruccionistas.

P: Usted habla bastante irónicamente de la prensa y la televisión...

R: Considero una tragedia que el hombre haya venido al mundo; considero una tragedia que no sea capaz de sobrevivir solo; considero una tragedia que siempre quiera estar en compañía de otros. La televisión tiene esta doble función: uno se sienta solo delante de la televisión y al mismo tiempo sabe que otros 50 millones de personas están viendo lo mismo, la misma película policiaca o la misma retransmisión deportiva. Tiene además una doble naturaleza: aísla y es al mismo tiempo el mayor comunicador. Eso es terrible, porque somos todos acuñados idénticamente, mientras que nuestra vida debería ser individual. Es espantoso pero es así. Uno puede protestar, pero no ocurre nada. La queja es un tanto gratuita.

P: ¿Qué importancia tiene Internet para usted como editor?

R: Para ser totalmente sincero, me he ocupado bastante poco de ello, ya que no tengo tiempo. Pero sé que una editorial no puede sobrevivir hoy en día sin Internet. Estamos conectados con todo el mundo y la Editorial tiene todas las facilidades técnicas - ahora bien, como ve, en mi despacho no hay una maquina de escribir o un ordenador. Soy el único que sólo tiene un teléfono. Eso es todo. Sé que es arrogante y pasado de moda, pero no he tenido tiempo para

ocuparme del asunto. Teóricamente sí he reflexionado sobre lo que el cambio pueda significar para la cultura de la comunicación, pero personalmente estoy bastante lejos del tema.

P: ¿Cree usted que cambiará la cultura del libro?

R: Estoy completamente seguro de ello. Empieza con que por ejemplo las Humanidades se comunicarán de ahora en adelante a través de bancos de datos. Eso significa, en lo que concierne a la Filología y las Humanidades, que tendrán que expresarse en inglés. Y eso es una tragedia, pero no puede cambiarse. Un islandés escribirá su tesis en inglés, se distribuirá por Internet y todos sabrán que hay un trabajo de Ingmar Gunmundson sobre los sonetos de Petrarca. Eso cambiará la literatura. Algunos libros determinados dejarán de existir, porque el flujo informativo irá a través de Internet. 
En segundo lugar, seguramente las Ciencias Naturales dejaran de imprimirse en 50 años, igual que ahora hay una revista de Matemáticas no en papel, sino en la pantalla. Con seguridad seguirá habiendo novelas mucho tiempo, porque son baratas, ligeras y bonitas para llevarlas en el bolsillo.
Me pregunto si necesitamos técnicas de comunicación como Internet, si son necesarias para mejorar nuestra condición, o si sólo son hallazgos tecnológicos que continúan simplemente porque un día alguien empezó con ellos. Esto deberían preguntárselo los propios usuarios. Se debería hacer una encuesta en condiciones sobre lo que esperan de Internet, aparte de que vaya rápido y cada uno pueda mirar lo que quiera. ¿Es de veras una mejora condicional de nuestro cerebro, de nuestro físico, de nuestra movilidad, o es sólo un medio de hacernos más lentos, más tontos? - lo tenemos todo ahí en nuestra pantallita. Esa es la pregunta fundamental para los próximos diez años. Estaría bien que no sólo se la plantearan los teóricos culturales sino también los usuarios, los "users", y así se pudiera desarrollar un concepto claro de lo que se quiere hacer en el futuro con el dichoso Internet.

P: ¿Cuál es en su opinión el papel del escritor, si es que ha de tener alguno?

R: Escribir. Sólo puede intentar escribir. Si todavía tendrán el publico o la critica un papel dentro de cincuenta años es otra cuestión interesante que no puedo sin embargo contestar. No soy profeta, pero puedo imaginarme que en algún momento dentro de treinta años todos los críticos europeos se reúnen y cometen suicidio colectivo porque se han quedado sin función. Nadie hace caso de lo que dicen. Así que se reúnen en la Plaza Mayor, comen y beben bien una vez más y luego se suicidan juntos.

P: ¿No dejarían ningún canon tras de sí?

R: El canon no viene de los críticos. Viene de los lectores. Hay una gran diferencia entre creer lo primero o lo segundo.

P: ¿Tiene usted como lector su propio canon?

R: Naturalmente que tengo mi canon. Releo siempre mis libros. Admiro a Kafka, admiro a Robert Walser, leo al joven Goethe, a Büchner, las historias de Kleist... Cuando se tiene tan poco tiempo como yo, se prefieren libros cortos. Leo mucha poesía cada día.

P: ¿Qué lee usted en este momento?

R: Puedo decirle lo que voy a leer esta noche. Hay una nueva traducción de la poesía de Konstantinos Kavafis, por primera vez todas las poesías: las póstumas, las suprimidas por el, etc. Y me he hecho con el primer ejemplar que leeré esta noche.

P: Como jefe de una Editorial lee usted todos los días libros nuevos. ¿Qué no le apetece leer en absoluto?

R: Filosofía sistemática, porque es terriblemente aburrida, y novelas aburridas. Nada es más espantoso que tener que leerse una novela de 500 páginas que no interesa nada, ni lingüísticamente, ni en cuanto al contenido, ni de ninguna manera. Es la tragedia de mi vida, que constantemente he de leer libros que no me interesan.

P: ¿En qué situación está en su opinión Occidente?

R: Hay una frase que a mi parecer viene de Valèry, pero que le ha usurpado Derrida, que dice: "Se demostrará si Europa no es más que un pequeño apéndice de Asia o si todavía puede llenarse de algún sentido". De momento no tengo la impresión de que se piense mucho acerca de la cultura europea. En las elecciones británicas, por ejemplo, no se hablo para nada de cultura, no la había. En Francia, debido al cambio tan rápido, existe todavía una cierta inseguridad sobre si se debería volver a hablar de cultura. En Alemania es difícil, porque no tenemos una administración cultural central, sino que cada estado de la federación es competente al respecto, por lo que la cultura local es bastante diferente en cada uno. Del propio Gobierno no espero nada personalmente con respecto a la cultura. En otras palabras: depende bastante de si los escritores, los intelectuales, el teatro, las instituciones culturales están en condiciones de lograr un clima en el que valga la pena reflexionar sobre cultura. Ahora tenemos en ocho semanas los tres mayores acontecimientos del arte plástico: hace cuatro semanas fue la exposición en Berlín "Retrospectiva sobre un siglo", anteayer fue Venecia, en cuatro semanas es la Documenta y luego viene la gran exposición de escultura de Münster.
Cuando se revisa lo que hasta ahora hay publicado en información y en filosofía se tiene la impresión de que están todos hartos de enfrentarse a este arte. El elemento repetitivo es tan fuerte que la gente no puede soportar ver otra vez un abeto a la vuelta de la esquina o una cabeza de ternera roída por gusanos. Es el examen ocular - todo lo que uno ve ya lo había visto antes... basta. No hace más de veinte años uno iba a las exposiciones de arte porque esperaba algo nuevo, mientras que hoy va a ver lo viejo porque lo nuevo le aburre tremendamente. Esta tendencia puede continuar, pues hay en Europa un fuerte movimiento elitista de derechas que va hacia atrás, que al ser conservador se ocupa por decirlo así de reciclar lo viejo. Para contestar a su pregunta: no veo en este momento ningún gran intento cultural relevante europeo de desarrollar algo desde Europa. Lo único que le interesa a Europa en este momento es el dinero. Eso es todo. Cuando en el periódico se habla de arte, se hace en un estilo irónico. Eso quiere decir que el critico ya lo conoce todo y está profundamente aburrido - y este hastío es peligroso.

P: Usted habla siempre en contra de la ironía, ¿qué tiene de peligroso?

R: La ironía ya no es peligrosa. Simplemente digo que cuando se habla irónicamente de la cultura se debe contar con que la cultura deje de ser tomada en serio, y me pregunto si deberíamos hacerlo.

P: ¿El arte del que habla no tiene nada que ver con el público?

R: Eso no lo sé, pero en arte da lo mismo, como dijo una vez Hans Magnus Enzensberger, si es Dante o el Pato Donald. Ya no hay ninguna diferencia cualitativa. Da igual. Tengo la impresión de que hay demasiado arte. Ya hemos visto diez veces el mismo cuadro en el que no hay nada pintado, y no queremos verlo por undécima vez.

P: Entonces no esta usted de acuerdo con la teoría que dice que cualquiera puede ser un artista...

R: No, odio eso. Esa teoría viene de la idea de que el arte es una cosa innata, y eso no es cierto. Si se piensa así, no se sabe por qué ha habido un Leonardo da Vinci, un Miguel Ángel o un Goya. Quien piensa así está a mi juicio loco o no ha entendido lo que es el arte.

P: ¿Qué le parecería que titulase esta entrevista con una frase de su obra Aus der Ebene: "Cuando deje de preocuparte la salida, es que has llegado a la meta"?

R: Sí. Eso es cierto, es una de las Verdades.

P: ¿Está usted trabajando ahora en algo nuevo?

R: Si. En los últimos dos años he escrito bastantes ensayos, y preparo también una novela, pero no sé si la acabaré, porque ya es muy gorda. Puede que vuelva a tirarla entera, y casi me alegro anticipadamente de su destrucción...

P: Muchas gracias por esta entrevista.

© Susana Pajares Toska 1997

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