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jueves, 25 de octubre de 2007

Artículo del poeta Jorge Teilleir- 1968

ESPEJISMOS Y REALIDADES DE LA POESÍA CHILENA ACTUAL

Como un fenómeno paralelo al de la minusvaloración de la novela chilena, –que según el sentir de la mayoría de los críticos parece estar en decadencia sin haber alcanzado edad de oro–, ha surgido la puesta en relieve de la excelencia de la poesía chilena contemporánea, en la vía de la comparación implícita las más de las veces.

La evaluación parte fundamentalmente de la repercusión internacional de prosa y poesía, en la que con toda claridad toma ventaja la segunda. Pero esta apreciación riesgosa tiende a distorsionar el papel que juegan poetas y poesía dentro de nuestro medio.

Se sabe que existen grandes poetas cuya obra influye en todo el ámbito de la lengua, como Neruda y Vicente Huidobro, y en menor escala la Mistral. Podemos agregar en este último tiempo a Nicanor Parra, cuya "antipoesía" pesa en muchos círculos de Latinoamérica, particularmente en la más nueva poesía cubana y argentina. Pero este hecho, y el constatar que existen por lo menos diez o doce poetas de primer orden en el país –lo que no es poco decir–, hace las veces de un biombo de autocomplacencia que oculta una crisis tan peligrosa en nuestra poesía –aun cuando en otro sentido– como la que experimenta nuestra novela: no tiene virtualmente lectores (salvo dos o tres excepciones), está incomunicada, no ya del grueso público, sino del público medio por la asfixia de las editoriales comerciales, y el poeta que quiera dedicarse exclusivamente a su labor creadora dentro de nuestra sociedad se verá desplazado y transformado en una especie de paria.

El poeta, ser marginal

Fuera de Pablo Neruda en sus últimos años (antes fue diplomático y parlamentario) y de Pablo de Rokha, que debía recorrer duramente todo el país vendiendo los libros que él mismo se editaba, ningún poeta chileno ha vivido o podría vivir exclusivamente de sus obras. Y esto es grave, un obstáculo a una labor creadora que necesita continuidad y dedicaci6n en grado que llamaríamos profesional, en contra de la opinión general o hasta de las boutades que se permiten los mismos poetas, como aquella de Jean Cocteau, que afirma que "poeta es un escritor que no escribe", y la de Saint-Pol Roux, que colocaba un letrero que decía "El poeta trabaja" cuando retirábase a dormir. Entre nosotros, poetas como Teófilo Cid y Carlos de Rokha, para citar casos recientes, pretendieron unir la poesía a la vida y fueron descalificados como "bohemios", pese a que Carlos dejó cerca de veinte libros inéditos y Teófilo Cid era un ejemplar hombre de letras, en constante actividad, y alcanzó a publicar media docena de obras. Su presencia en esta sociedad era una acusación y llegaba a ser "cuando no inoportuna, deprimente", como dijera el mismo Teófilo Cid a la muerte de Carlos de Rokha. Por esto, entre nosotros, los poetas por lo general suelen refugiarse en los resquicios que les dejan libres los desperfectos de las maquinarias burocráticas, según la expresión de Valery. Pero si las labores burocráticas son opacas o innecesarias producen serias frustraciones, y si el poeta decide hacerse "responsable" termina muchas veces por sepultarse bajo el polvo de los expedientes, o las "cuatrocientas horas de clases semanales", dejando de todos modos en segundo plano su obra creadora.

Por esto, creo que en nuestro medio no se ha dado el tiempo humano al poeta ciento por ciento, como lo fuera Aragon, Paul Eluard, Rilke; o Maiakovski y Essenin en el mundo socialista. Fenómeno por demás extensivo a todos los países latinoamericanos.

Problema de comunicación, problema editorial

Toda poesía es una forma de comunicación, de confraternidad. un acto de amor. Sólo los maníacos de la incomunicación y de la oscuridad pueden pretender lo contrario. Con razón ha dicho Gonzalo Rojas: "...si mi palabra no hubiese sido escuchada: ah, entonces no habría sido igual! En eso voy. Abriendo el mundo, como puedo, con mi palabra, que es sólo parte de la palabra de los poetas". Claro está que existe una poesía hermética, por profunda necesidad (accesible por el momento sólo a una minoría), como la de Humberto Díaz Casanueva, por ejemplo. Pero junto a estos calificados y necesarios poetas existen los seudopoetas que se amparan en la facilidad de expresar en renglones malamente cortados la dispersión mental, la a–lógica, o que vacían sus delicuescencias adolescentes, su trasnochado vanguardismo, los que elevan el lugar común y la parrafada de diario a la categoría del espíritu, o los que queriendo ser más Parra que Parra incurren en una antipoesía que suele no dar risa sino lástima. Todos ellos, y no son pocos, crean un confusionismo que perjudica notoriamente la difusión y el conocimiento de la poesía tal como es.

Peso a toda la gran fama de la poesía chilena, al lugar egregio que ocupa según todos dicen reconocer, la gran mayoría de los poetas se encuentra con el problema de no tener editor, no poder dan a conocer su mensaje. Los editores no son filántropos, por supuesto, y sostienen que la poesía no se vende, aún cuando muy poco hacen por difundirla. De vez en cuando les interesan las antologías que sí se venden, pero que para desgracia de los poetas no son la mayoría de las veces sino "Antojolías" o improvisaciones hechas por poetas o críticos de buena o mala voluntad (fuera de las antologías de Molina y Araya Selva Lírica, de la de Anguita y Teitelboim y, con todas sus distorsiones, la de Jorge Elliott, sería difícil contar otras criteriosas). El año pasado sólo un libro de un poeta de las últimas generaciones fue publicado por una editorial comercial: El Viento de los Reinos, de Efraín Barquero. La fuga de Sebastián, de Jaime Gómez Rogers, apareció gracias a haber obtenido el Premio Alerce de la Sociedad de Escritores, que está bajo la amenaza de ser suprimido. Incluso Gonzalo Rojas debió financiar gran parte de su Contra la muerte, que sin embargo apareció en Cuba, y la viuda de Rosamel del Valle, Therése Dulac, financió la edición póstuma de Adiós enigma tornasol. Así el poeta, sobre todo el poeta joven, debe publicar riesgosamente, por cuenta propia, y al fin, su libro sin contar con distribución está condenado a ser regalado a los amigos, a no ser que se le deje durmiendo en un desván. Situaciones todas deprimentes que contribuyen a la separación entre poeta y público. Y sólo un tonto pedante o un pedante tonto puede consolarse actualmente de la poca difusión de sus libros diciendo que a Baudelaire le ocurría lo mismo. Ya no es posible conformarse con considerar la poesía como un patrimonio de unos pocos y sabios iniciados. Si esto fuera así, ella sería un lujo, y no una necesidad, y el poeta, un ser antidiluviano a punto de extinguirse, cosas ambas fuera de toda realidad. Todo verdadero creador sabe –y lo ha experimentado– que la poesía es un lenguaje de confraternidad, un medio de cambiar la vida individual y colectiva, un sistema de correlación y conocimiento entre hombre y naturaleza.

Las revistas literarias y de poesía podrían ser un excelente medio de difusión, además de laboratorios en donde se van afinando las experiencias poéticas. Pero en nuestro medio son escasas y de existencia esporádica (en Argentina, por contraste, existen por lo menos una treintena). Aquí aparecen una o dos veces al año Trilce y Arúspice, órganos de los grupos homónimos, dirigidos por Omar Lara y Jaime Quezada respectivamente, excelentes ambas, y ambas financiadas por las universidades Austral y de Concepción.

Cada cierto tiempo los heroicos esfuerzos de Andrés Sabella y de Floridor Pérez hacen aparecer Hacia y Carta de Poesía, ambas en provincia. Portal y Litoral llevan una vida muy irregular. Orfeo, que en un momento cumplió una importante labor de divulgación y aparecía con regularidad, so fue transformando sólo en una empresa comercial que lanza un tomo anual, a precio inaccesible, pese a las generosas subvenciones obtenidas del Gobierno y embajadas. El último número es una ofensa a la memoria de la Mistral. De allí el unánime repudio hacia esa publicación de la casi totalidad de quienes fuimos sus fundadores y colaboradores.

Crítica y críticos

La crítica suele ser la bête noire de los poetas, sobrellevando toda clase de acusaciones. En eso soy un tanto escéptico. El crítico suele cumplir un efectivo papel de intermediario entre poeta y público, aun cuando sea atacando al poeta. Por lo demás, el público avisado no hace demasiado caso a la opinión del crítico, que, por lo demás, no tiene por que ser un vidente. Entre nosotros la crítica oficial casi siempre ha condenado la poesía buena, desde los tiempos en que Omer Emeth, el jesuita mercurial de entonces descalificaba a Vicente Huidobro. Se sabe, además, que la mayoría de los críticos, pese a los esfuerzos por aparecer objetivos, están condicionados por compromisos extraliterarios.

Faltan sí los estudiosos de poesía que no sean meros acarreadores de datos o se limiten a tratar a los poetas ya archiconsagrados, sino que con audacia traten valores como Rosamel del Valle, Omar Cáceres, Díaz Casanueva, Gustavo Ossorio, Braulio Arenas, en cuya trascendencia aún no se ha profundizado.

Poesía y estado

En numerosas ocasiones nos ha tocado oír o leer cómo sociedades de escritores o instituciones piensan en la ayuda estatal para solucionar los problemas editoriales y de divulgación. En esto confieso también mi escepticismo. De una u otra manera en esta sociedad el poeta es un rebelde, entregado a una actividad antiburguesa, puesto que es antiutilitaria, y precisamente su aislamiento de la masa viene de los tiempos del ascenso de la burguesía al poder político. Conviene al orden establecido que el mensaje de la poesía, con su carga de liberación de lenguaje, de imaginación, permanezca restringido a círculos limitados. En el mundo socialista la situación es distinta, aun cuando la protección estatal tiene sus peligros, pues muchas veces ha resultado (como lo afirmaba Benjamín Péret) que para los políticos la poesía debe ser el equivalente de la publicidad, así como los católicos el equivalente laico de la oración. En este sentido, me parece que Cuba está dando un buen ejemplo, al eludir todo esquematismo, al dar aliento a todo tipo de experiencia poética. Allí, por el momento, y ojalá que para siempre, se están "abriendo cien flores, compitiendo cien escuelas".

El aislacionismo y el "ombliguismo"

Ser poeta en nuestro país es un acto heroico, que trae también sus peligros. La poesía verdadera ha llegado a ser –quiérase o no, el privilegio de unos pocos, y los pocos que además son poetas, tienden a su vez a aislarse, a formar sociedades, grupos y grupúsculos, con el consiguiente peligro de la autocomplacencia que trae el aislarse del flujo de la vida, hacer poesía sobre poesía, transformarse en una especie de secta de intercambio filatélico o numismático, con la diferencia que aquí se trata de versos, proclives al mutuo elogio, la mutua propaganda, la exclusión meramente epidérmica de quienes no pertenecen al grupo. Es necesaria una apertura que airee un poco nuestro encerrado ambiente. Asimismo es un peligro el que hemos alguna vez llamado "ombliguismo", el creer –como muchas veces lo hemos oído sostener– que la poesía chilena no sólo es la mejor de Latinoamérica, sino del mundo entero. Dudoso parece que exista "poesía chilena", pienso más bien que hay poetas chilenos, ya que ninguna poesía es nacional, sino fruto de interrelaciones. Me atrevo a afirmar que la mayor parte de los poetas en esto país no sólo desconocen que en Brasil o Nicaragua o México existen movimientos poéticos tan importantes como el chileno, sino que aun ignoran la propia tradición poética chilena.

Final

Estos apuntes que apuntan a una crisis de la poesía chilena no son, sin embargo, pesimistas en cuanto a la mantenida calidad de nuestra poesía. Para referirme sólo a mi generación, aquella de quienes entregan sus primeros libros entre 1950 y 1960 y que ya han sobrepasado los treinta años de su edad, pienso que algún día, con la debida perspectiva, se verá la trascendencia que cobró al liberarse del peso avasallador de los "Grandes" de nuestra poesía, tornarse a la vez más universal y más arraigada en la tierra, y ser capaz ya de influir en las generaciones inmediatamente posteriores. Es motivo de optimismo sentir la presencia de poetas como Efraín Barquero, Miguel Arteche, Alberto Rubio (que quedará con su sola Greda Vasija) y la de otros que aún no pronuncian su última palabra, como Rolando Cárdenas, Armando Uribe, Pablo Guíñez, Sergio Hernández, Alfonso Calderón u Oscar Hahn, cuyo inusitado dominio del verbo le ha conferido últimamente una especial jerarquía.

Al terminar estas un tanto improvisadas notas sobre el estado actual de nuestras poesía, debo indicar que las críticas que suelo hacer también se deben tomar como una autocrítica, como corresponde a todo trabajador de la poesía. Pero el signo final bajo el cual veo nuestro desarrollo poético no es, pese a todo –lo reitero–, el del pesimismo. Por algo ha escrito René Char que "a cada derrumbe de las pruebas el poeta responde con una salva de realidad".



En Plan, Santiago, Nº27 (31.07.1968), p. 23.
SISIB y Facultad de Filosofía y Humanidades Universidad de Chile





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