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miércoles, 28 de octubre de 2009

MIEDO AL MIEDO

(Texto presentado en el XIV Congreso de escritores de Monterrey, esta vez, de Literatura y Monstruosidad

Por la escritora chilena
Cecilia Palma

Nuestra Latinoamérica posee una tradición de la literatura del terror diferente a la vieja Europa; más bien, las historias de nuestros pueblos son aquellas que adornan los aspectos misteriosos representados en leyendas y relatos que la han nutrido. El sabor que ha sazonado nuestros escritos tiene más que ver con lo que Lovecraft -escritor estadounidense y autor de narraciones de terror y ciencia ficción- dijo en alguna oportunidad: «La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido». A este escritor se le considera un gran innovador del cuento de terror, ya que aportó una mitología propia, yendo más allá del satanismo y los fantasmas, incorporando elementos de ciencia ficción en sus relatos, donde campean voces desconocidas, seres innominados, fenómenos indescriptibles, generándose un ambiente donde predomina lo irracional y los pavores ancestrales a fluidos, materias orgánicas, manchas sin color preciso (El color que cayó del cielo, uno de sus título más famosos, ilustra muy bien esos sentimientos).

Sin embargo, deseo quedarme con esa frase que mencioné debido a que, efectivamente en el relato popular de nuestros pueblos, se encuentra prendido en el imaginario, la emoción del miedo y es este miedo el que se transforma poco a poco; como en una sinfonía clásica de Tchaikovsky , donde la expresión del terror ingresa primero al cerebro y luego al cuerpo.

Con estas narraciones, los protagonistas, campesinos o urbanos, explican generalmente algún fenómeno físico o químico que no puede ser comprendido. La tarea que, por lo tanto, se da el escritor, es tomar algunos de estos relatos y convertirlos en historias en las que los seres nocturnos toman protagonismo y de esta manera aparecen, las novias tras los árboles, los niños cantando en un bosque, los vampiros sedientos que pese a lo bárbaro de su existencia, filosofan, a veces, enterneciendo al lector; los espectros, que por alguna razón se paran a la orilla de la carretera para solicitar ser llevados algunos kilómetros más adelante, los barcos fantasmas que se llevan a los muertos y los engendros del bosque que entran en las habitaciones de las doncellas para robarles la virginidad.

Cuando era niña y anochecía, no podía bajar de mi cama una vez que ya me encontraba en ella. Debajo, estaban esperando seres malévolos que estiraban sus manos como garras para tomar mis tobillos si yo osaba bajar hasta el suelo. Este recuerdo lo encontré entre otros tantos, cuando pensé en elegir el tema para este Encuentro. Una sonrisa se dibujó ese día en mi rostro, pensé en cómo la inocencia me poseía y me hacía pasar noches enteras esperando el alba para ir al baño; sin embargo, más adelante, aún adolescente, mi imaginación me regaló una serie de experiencias que estaban todas ligadas con estos seres que el cerebro fabrica cuando tenemos miedo y, tal como señalaba Lovecraft, ese miedo alimentaba a mi miedo. Así, conocí fantasmas, de los buenos y de los malos y padecí de sudores fríos a causa del terror. Estos elementos son exquisitos ingredientes para la literatura. Horacio Quiroga narró muchas historias, donde los seres que se presentan al caer la noche, tenían un rol protagónico.

Recuerdo en este instante, por ejemplo, ese relato que está basado en una leyenda urbana muy particular, y que en su época causó una conmoción casi histérica. Al parecer, muchas mujeres comenzaban a debilitarse durante las primeras semanas de matrimonio. Lentamente perdían el color de la piel y también mostraban signos de rigidez muscular, lo cual daba una impresión de profunda fragilidad, como si se tratase de delicadas muñecas de porcelana. Luego de algunos días, o semanas, las jóvenes finalmente se consumían. Me refiero a El almohadón de plumas. En esos años, el imaginario urbano hablaba de vampirismo; sin embargo, Quiroga encontró una combinación de ese temor inconsciente con el raciocinio; porque recordemos que finalmente el culpable de estas muertes por debilitamiento se encontraba entre las plumas del almohadón que estas mujeres usaban. Aún tengo en mi mente la sensación que logró traspasar a mi joven cuerpo, cuando leí por primera vez este cuento. Esa noche golpeé fuertemente mi almohada, aún cuando no era precisamente de plumas.

Otros escritores latinos que han dedicado a lo menos un trabajo a los seres de la noche o a la literatura del terror son Julio Cortázar con su cuento Continuidad de los parques, Rubén Darío, que escribió, en su paso por Argentina, un texto llamado Thanatopía y Ernesto Sábato, que incursionó en la paranoia del terror en su novela El túnel, tema que llevaría a su máximo desarrollo en la tercera parte de su ficción Sobre héroes y tumbas, el famoso Informe sobre ciegos, tal vez el texto más aterrador y demencial escrito en América Latina.

En Chile, la literatura del terror no llegó a nuestros registros, pero sí se urdieron magníficos relatos que llegaron a convertirse en leyendas; en ellas, los seres noctámbulos deambulan por carreteras, bosques y mares; entre ellos se encuentra incluido el mismo Satanás quien, en lo general, es el comprador de algún alma ambiciosa. Chiloé, una isla muy al sur de mi país, es escenario de exquisitos relatos donde los personajes principales son seres fantásticos que viven en el imaginario colectivo de la zona como si fuesen reales.

Llega la noche en la isla y sus habitantes cuidan de guardarse en casa con las ventanas cerradas porque afuera, la oscuridad custodia y protege al Trauco, un ser elemental que apoya a Lucifer en su lucha contra los ángeles y que fue castigado a vagar por la tierra con su cuerpo deforme, cuyo entretenimiento es quitar la virginidad a las doncellas, a quienes deja irremediablemente embarazadas. Circula también la Condena (por condenada); ella fue transformada en un espectro que persigue a los hombres, quienes, pese a su horrible aspecto, no pueden resistirse y caen en sus brazos; y es preciso agregar a la Fiora, hija y amante contra natura del Trauco, de horrible aspecto, tal como lo son sus progenitores. Fiora posee un apetito sexual como el de su madre y luego que caza a los hombres, los enloquece. Se dice que de sus relaciones con su padre nacerán más traucos (varones) o fioras (hembras) para seguir sus pasos. Con su aliento hediondo (igual al de su padre) es capaz de doblegar completamente a sus víctimas. También se la culpa de raptar y hacer desaparecer a niños, a los que transforma en seres similares a sus hijos.

Es obvio mencionar que si una jovencita de la zona perdió la compostura y quedó embarazada, llega a casa inventando que el Trauco la violó; así, existen miles de hijos del ser abominable justificando el desliz de sus madres; aún en nuestros días, quedan alejados parajes, donde se mantiene el mito como cierto.

En Chiloé, aparte de esta familia, también existe dentro de sus mitos el espectro llamado la Viuda, una mujer que murió ahogada al zozobrar su pequeña embarcación en el mar. Se la representa como una mujer vestida de negro que sigue a los jóvenes y los atrapa, abrazándolos por la espalda y dominándolos con su pestilente aliento (repitiéndose en ella los rasgos de la Fiora) los amenaza para satisfacer sus deseos carnales: aquel que se le niegue, le espera un abrazo de muerte. Están además, los Imbunches, llamados, asimismo, Machucos: se trata de niños entregados a brujos, quienes deforman a los inocentes con sus artes, volteando su cabeza y girando su pierna derecha hasta quedar sobre su espinazo, de tal modo que este engendro camina con sus dos manos y la pierna izquierda. Su función es vigilar la cueva del brujo, asustando con gritos guturales al que ose acercarse y, a quien lo contemple, es asesinado. Anda completamente desnudo y es alimentado por sus amos con carne humana. Los brujos vuelan usando un chaleco hecho de piel de cadáver conocido como Macuñ y las brujas logran elevarse por los aires al beber el jugo de una planta que les hace vomitar sus entrañas, luego de lo cual, las guardan dentro de una olla de cobre y ocultan entre la vegetación; entonces se transforman en aves y pasan a llamarse voladoras. Si sucede que esta bruja regresa y le han robado la olla que contiene sus entrañas, queda convertida en un ave rapaz, hasta su próxima muerte.

Estos seres convierten a los relatos, regularmente orales, en apasionantes y fantásticas veladas en la zona sureña de Chile. Tales leyendas, han ido recopilándose, fundamentalmente por investigadores y escritores de la propia región y, gracias a esas compilaciones escritas, se han masificado, adquiriendo popularidad en el resto de Chile.

Cuando me enfrenté a este tema y mientras pensaba en los motivos que serían partícipes de estas palabras, pregunté a varios amigos, entre ellos algunos escritores, acerca de cuáles eran sus terrores y qué seres son los que, alguna vez, les habrían quitado el sueño. Las respuestas fueron tan variadas, como las personas que consulté. Descubrí que el tema, aunque no se maneje a niveles cotidianos y confesables, no es un mero comentario para algunas personas y he aquí algunas de sus respuestas: imágenes religiosas, especialmente de ángeles, duendes que habitan bajo la cama, fantasmas y ruidos nocturnos, sobre todo en pasajes o calles oscuras. Pero hubo un comentario que modificó mi posible investigación y la línea que pensaba iba a tomar este trabajo. Se trata de los represores: personas de carne y hueso que hace más de treinta años echan la puerta abajo, en las casas de miles de personas, amparados por la oscuridad, a quienes torturan una y otra vez antes de hacerlos desaparecer y convertirlos en un nuevo rostro en el pecho de la madre. (No porque literalmente aún tengan estas prácticas sino porque se quedaron en el imaginario de las víctimas)

Son los espectros modernos de mi patria, esos que viven en el subconsciente de las generaciones heridas por el golpe militar de 1973. Estos hombres que se transformaron en demonios cazadores, que salían a diario por 17 años en busca de su presa, son inspiradores de una variada literatura del terror en mi país. Ellos definitivamente desplazaron a los seres mitológicos. De esta manera, caigo en la cuenta que estaba equivocada: hay mucha literatura en mi país acerca de estos seres de la noche que se convirtieron en temidos entes vespertinos para miles de personas. Este es un tema recurrente tanto en narradores como en poetas y que sigue vigente en los nudos literarios. Concluyo, por tanto, que el imaginario en este sentido se nutre desde la experiencia y el testimonio, pero por sobre todo del miedo.

El miedo, según la psicología y psiquiatría modernas, se encuentra dentro de la mente del individuo y, rara vez, se corresponde con alguna realidad concreta, puesto que es más bien una reacción primaria, que se sostiene frente a lo desconocido o a una experiencia (propia o cercana) asida por el cerebro, convirtiéndose en eco de los espantos, mucho más personales, que nos persiguen y agobian a través de las pesadillas; llegamos, por consiguiente, a pensar que el cuento de terror y los seres que lo habitan, son un intento catártico, el escape de ese mundo que emerge desde lo onírico, aunque el resultado sea morboso o siniestro. El escritor toma estos ingredientes y los traslada a un escenario al considerar la verosimilitud de la historia, porque la credibilidad del lector es un elemento fundamental para que suceda el compromiso necesario de su parte, y el miedo actúe igual que un contagio de la peor pandemia; cuando ello ocurre, él mismo es un portador del terror.

Así, la literatura fantástica del miedo, con una rica tradición en las letras latinoamericanas, se liga, en mi país, con los mitos y leyendas ancestrales del campo y el mar, que conocemos gracias al trabajo de antropólogos e investigadores que las han puesto por escrito.

Sin embargo, como mencioné, hay otra fuente en la pandemia del miedo y ella se encuentra en la historia política reciente de Chile. Muchos miles de personas continúan recordando los golpes en la puerta, casi siempre en la noche y la pesadilla alucinante que siguió a esa fatal interrupción del sueño. Los hijos y nietos de esas personas siguen escuchando el ruido nocturno de la represión, que se tradujo en fantasmas de carne y hueso que nunca más se fueron a sus cuarteles. Los escritores y escritoras chilenos, unos más, otros menos, también continuamos viviendo con ese miedo. Y la literatura de nuestro país, por mucho tiempo más, se alimentará de ese temor innominado, de ese terror nocturno –y a veces diurno-, que aún no nos deja dormir en paz ni vivir con tranquilidad.

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