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jueves, 2 de septiembre de 2010

¿Qué premia el Premio Nacional de Literatura de Chile?



Fechado en Panamá Agosto 2010
Rolando Gabrielli





¿Qué premia el Premio Nacional de Literatura de Chile?

“Esto es lo que aprendí de la literatura chilena. Nada pidas que nada se te dará. No te enfermes que nadie te ayudará. No pidas entrar en ninguna antología que tu nombre siempre se ocultará. No luches, siempre serás vencido... No escatimes halagos a los imbéciles, a los dogmáticos, a los mediocres, si no quieres vivir una temporada en el infierno. La vida sigue aquí, más o menos igual”. Roberto Bolaño.

El Premio Nacional de Literatura de Chile tiene un imán corrosivo en las letras nacionales y nació hace 68 años como un fondo anual para contrarrestar la indigencia para los desvalidos escritores sin protección de ninguna naturaleza, aunque tiene el pomposo título de máximo galardón, no ha dejado de ser un lauro para el ninguneo, chaqueteo, sacar los trapitos al sol de ganadores y perdedores, de los eternos postergados y todo ese manejo debajo de la uña oficial del gobierno de turno. Los premios tienen una cierta gracia que otorgan los jurados y sellan una carrera de toda una vida, la obra de todos los años juntos, algo proustiano, como remunerar el insomnio y desvelo del tiempo perdido y acumulado. Los corrillos en torno al Premio Nacional duran semanas y van subiendo de tono a medida que se aproxima la fecha. Las fichas se van acomodando y todos saben que si no es en esta carrera, habrá que esperar otros cuatro años, porque los premios son bianuales y le corresponde a un narrador y luego a un poeta. Una cicatearía ejemplar para una economía que tiene cómo afrontar estos temas de la cultura más allá del mercado y del uso de los dineros del Estado en asuntos rentables. El premio debiera ser anual.

Una de las frases más dramáticas se la leí a Pablo de Rokha cuando recibió tardíamente el Premio Nacional, ya se había muerto su esposa y suicidado dos hijos: Ahora para qué, se preguntó el autor de Los gemidos. Él se suicidó posteriormente tras escribir su magistral poema “Canto del macho anciano” (“Estamos muy cansados de escribir universos sobre universos”) y cuando lo velaron en la Casa Central de la Universidad de Chile, me encontré con Antonio Skármeta, hoy candidato al premio y profesor mío en la Escuela de Periodismo en la Universidad de Chile. El muerto hizo un silencio grande esa noche. Pocos gestos vi alrededor del ataúd. ¿O la muerte es tan pulcra que no exige nada? Nicanor Parra no cabía en su pellejo cuando obtuvo el premio, era una canonización de su antipoesía entre la Cordillera de los Andes y el océano Pacífico enmarcada por el desierto de Atacama y los glaciares de la Patagonia. Es memorable la entrevista que le hizo, en La Reina, Mario Benedetti, y vaticinó a un poeta suicida, que este 5 de septiembre cumple 96 años. ¿Parra querrá enterrar la poesía antes de partir? Qué pocos recursos nos quedan cuando vivimos a la intemperie. Los poetas llegan a tener fama, pero no dinero. El marketing y la máquina de hacer billetes están enfocados en las páginas llenas de palabras que superan las 150, 300 carillas, entretienen, banalizan, cotidianean, hacen fiesta con el yo, manosean la carne, la psiquis, divierten, crean suspenso o simplemente cuentan historias, que podrían ser nuestras propias historias. Los escaparates tienen nombre y color. La poesía tiene que pasar dos / y tres veces / por la mano de un lector, / para hacer sombra. / Por un cedazo se escurre / Es sal y agua en ojo ciego / Radar y luz / sueño si en ti nace / la palabra trigo / Prueba palabra prueba / mi historia / en un reloj de arena / el espejismo / la sed de una palabra nueva. (Rolando Gabrielli).

Quizás no era para menos, Vicente Huidobro no recibió el famoso premio, De Rokha se había disparado con un calibre 45 un año antes de que Parra recibiera su premio y Gonzalo Rojas permanecía en la antesala del limbo nacional. Pero la lista de olvidados es más grande y avergüenza, en especial en la época de la dictadura, que ignoró a dos poetas indispensables de la literatura chilena, como lo son Enrique Lihn y Jorge Teillier. A Gabriela Mistral, como se sabe, le dieron el Premio Nacional seis años después del Nobel. Rosamel del Valle, otro poeta vital, absolutamente ignorado, y el mismo olvido con María Luisa Bombal, una narradora de excepción. Todo esto ya es historia vieja, conocida y repetida, pero son los antecedentes de una memoria que vuelve a repetir los mismos errores y pasos de Alzheimer administrado con justicia oficial.

Se dice que Teillier vivía como poeta, pero pareciera ignorarse que creó la Escuela Lárica, todo un mundo poético de resonancia que supera las fronteras chilenas. Lihn, pienso, también vivía como poeta, y ambos partieron pronto, pero dejaron una obra significativa y son puntos de referencia en la poesía chilena e iberoamericana. El Premio Nacional también se perdió a Gonzalo Millán, quien lo hubiese prestigiado doblemente con su innovadora poética.

Que Sady Zañartu y Campos Menéndez, dos premios de pacotilla, entre otros, nos guíen por un mejor derrotero en el año del Bicentenario. De los alrededor de 50 premios nacionales, sólo 15 son poetas y Chile, es sabido, es un país de poetas que supera con creces sus fronteras y su poesía renueva la lengua española.

Un Premio Nacional es para una obra que nos habla a los chilenos con un lenguaje que crea mundos nuevos, registra la vida y la muerte, la felicidad, los sueños, las pasiones, interpreta una época, da cuenta de ella, asume la voz de los sin voz, guión escrito por un loco que alquila un centro psiquiátrico para darle cuerda a la historia de la locura colectiva. Puede ser un largo monólogo como la geografía accidentada, la memoria, el presente o el futuro, lo real o la ficción. El límite lo ponen las palabras y, aun así, sigue existiendo el horizonte. No todo es confites y golosinas o serpentina. La jubilación del Premio Nacional es una canallada. Debieran haber, existir otros mecanismos de selección, sin inscripción, y que durante un año, previo al lauro, una comisión de estudiosos debatiera el premio a través de términos estrictamente literarios. Puede que un autor haya escrito tres o cuatro obras, pero sean significativas, y no tenga 40 años. Poner un corsé, una camisa de fuerza, a un lauro que debiera ser guía de textos de estudio sobre autores nacionales para colegios y universidades, es más que un absurdo, negligencia, estupidez y desidia cultural. ¿Por qué el Estado no publica una serie de clásicos del Bicentenario? Más de alguna sorpresa se encontrarían.

Ahora estamos en el 2010 y a principios de septiembre se fallará y hay más candidatos que los que recoge la fotografía grupal de esta nota, presidida por Roberto Bolaño, quien tuvo el descuido, poco antes de morir, de presentar su candidatura al Premio Nacional (obviamente no llevaba chance alguna), y preside con mucho derecho esta nueva justa y ajustes de cuentas literarias. Isabel Allende, la mayor best-seller femenina del habla española, quien en 2002, tras coger una rabieta en Santiago, dijo que jamás se volvería a postular al Premio Nacional y años después se nacionalizó norteamericana, es la favorita entre las favoritas. Caso único de una candidata apoyada por todos los ex presidentes de Chile. Volvió a Chile este año y dijo estar dispuesta a abrirse paso a codazos para alcanzar el máximo lauro, porque “se lo merece”. Roberto Bolaño fue lapidario especialmente con ella al llamarla “escribidora”. Allende replicó cuando el autor de 2666, ya no estaba en la palestra: “Me tenía un odio parido. Fue uno de los que dijo las peores cosas”, atestigua. ¿Leíste sus libros, te produce algún respeto lo que hacía?, pregunta la periodista Leila Guerrero, de La Nación de Argentina. “No, ninguno”, responde Isabel Allende. No leíste nada, insiste la reportera. “Eché una mirada a un par de libros y me aburrió espantosamente”. Agrega Isabel Allende que, tras su muerte, nadie la recordará. “Los nietos, con suerte”, dice. Y extiende el olvido a todos los escritores. Bueno, comenta la periodista, de Borges alguien se acuerda. “Unos cuantos... gatos. Cuatro gatos que se morirán y no se acordará nadie. De Cervantes se acuerdan otros cuatro gatos porque se los obliga a leer el Quijote. Nuestro destino es perecer. Los escritores que perduran son Shakespeare, Homero. Hablan de las pasiones, de la envidia, y en esos grandes temas un escritor encuentra la inmortalidad. Pero todas las demás pequeñas historias son pan para hoy y hambre para mañana. No queda nada”. En mi opinión, siguiendo a Allende, ella ha dicho que recibe muchos textos inéditos y que prácticamente no los lee. Nunca he leído o escuchado una entrevista de ella, donde hable de literatura, tendencias, lenguaje, todo lo que comprende el mundo literario.

Germán Marín, a su derecha, en la fotografía, es un viejo amigo de décadas, de los setenta, librero, autor de diversas novelas post golpe y a pesar de ser reconocido y contar con sus lectores, el oficialismo no lo tiene en la lista. Diamela Eltit, flamante ganadora del José Donoso, hace horas, renunció a su candidatura en esta oportunidad al Premio Nacional, lo que abre aun más las puertas a la Allende, que representa a las féminas, el feminismo y a su enorme aureola de winner y “antimachista doctorada”. Todas íbamos, pero no podíamos ser reinas, parodiando a la Mistral, quizás diga Isabel Allende.

A la derecha, haciendo marco con la fotografía, el inefable Enrique Lafourcade, el único candidato de derecha pura, un delfín de la dictadura de Pinochet, el más anciano de todos, con una obra voluminosa, en las postrimerías de su tiempo, el más irónico de todos los postulantes. Podría ser una salida para un gobierno de centro derecha, pero temo quedará en la estacada frente a la mujer que ha enviado Hollywood a la larga y angosta faja, donde un premio de literatura se viene a pelear como un Oscar. De barba, a la izquierda, un viejo profesor de inglés del Pedagógico de la Universidad de Chile, Poli Délano, amigo en ese entonces del círculo de Neruda por relaciones familiares, autor de una treintena de novelas y cuentos, exiliado en México y residente en Nueva York. Su amigo, mi amigo, el poeta Efraín Barquero, último Premio Nacional de Literatura, no viajará a Chile a votar porque está enfermo en Francia y ha cedido su voto al poeta Raúl Zurita, ex esposo de Diamela, quien ya no está en el sorteo, la tómbola literaria chilena. 14 millones de pesos y una pensión vitalicia de unos 600 mil pesos mensuales. (El dólar anda en los 500 pesos, pero puede bajar y subir, es una moneda ascensor que usa paracaídas, flotador, traje de buzo y de alpinista). Barquero dijo, mi voto es para Poli Délano, amigo de toda mi vida, y me consta, nos reuníamos en las largas noches de la bohemia santiaguina en distintas casas en Ñuñoa o en la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), entidad que impulsó el galardón con el apoyo del presidente Pedro Aguirre Cerda. ¿A quién transferirá el voto el poeta de Purgatorio, Raúl Zurita? ¿Todos los caminos conducen a Sausalito? ¿El premio es una cuestión de género? ¿Quién cortará el bacalao del Premio Nacional 2010? Está la autoridad del Estado —ministro de Educación—, universitaria (Universidad Católica y de Chile), el último escritor laureado y la Real Academia de la Lengua. Los cinco jinetes del jurado. Ninguna mujer es miembro. Sólo un escritor. En la puerta del horno se queman los panes más horneados. El jurado está vivo, como el mundo de Bolaño, “y nada vivo tiene remedio y esa es nuestra suerte”.

Falta en la foto, por un descuido, porque escribo a control remoto a miles de kilómetros, con la distancia del tiempo y de los metros cuadrados, millas para otros, el profesor de estética también del Pedagógico, Juan Guzmán, un terror para los alumnos de castellano que debían memorizar un capítulo del Quijote. El Pelado Guzmán, era su apodo, no dejaba volar un pensamiento fuera de su clase y dentro de ella sin su autorización, la estética se arrodillaba en silencio. Puede haber otros candidatos, pero siento que de este muestrario, con la excepción de Diamela Eltit, que no va en esta oportunidad, debe salir el ganador. (Todo acto generoso e inteligente merece un paréntesis, y creo que Diamela Eltit, a quien no conozco, se separó a tiempo de un premio con muchos bombos y platillos). Cuántos repetirán, al final de la jornada, el emblemático verso nerudiano: será de otro como antes de mis besos. Me refiero al lauro.

Un Premio Nacional no lo debiera darse después de los 50 años, porque se transforma en los pies del ataúd. Algunos candidatos frisan los 75 años, otros superan los 80, y esto termina siendo lo más parecido a una maratón en el desierto de quién aguanta más sin agua, pero al final se muere de sed. Qué penosos deben ser los cementerios de elefantes blancos. ¿Menos que los escritores transformados en empleados públicos?

Un escritor debe escribir, aunque le duelan las muelas. Los premios son necesarios cuando comienzas la carrera, no cuando te llevan en una silla de ruedas a aplicarte los santos óleos al altar dudoso del azar. Escribir es la consigna hasta con guantes de box. No olvidar el gusano de la poesía, es mi mensaje.

No voy a vaticinar lo que parece ya un hecho, pero sí diré que el próximo Premio Nacional de Poesía del 2012 —¿habrá mundo?—, será Oscar Hahn, un poeta extraordinario, clásico, chileno nacionalizado norteamericano, pero su poesía y lenguaje son chilenazos, aunque provenga de la tradición española del Siglo de Oro, y sin duda de la chilena, que contamina como el smog de Santiago hasta las pupilas de Bécquer.

¿Habrá 2012? / qué dicen los mayas / con su red de pescadores / inframundo / inframundo / atrapados o nadaremos / por las aguas / del mar y cielo juntos / ángeles de un mismo vuelo / No sabemos, no sabemos / la publicidad inunda todo / la mentira / que se repite sin ojeras / sonriente / ufanándose con su diente de oro / reluciente espejo le haces brillar / la falsa sonrisa / a la muerte. (Rolando Gabrielli).



Epílogo

Detrás del premio está la historia de la literatura chilena y una pasión de pertenecer a ella, registrarse. Me gustó el gesto del autor del magnífico y revolucionario libro de cuentos La difícil juventud (1954), Claudio Giaconi, tenía 27 años, y se perdió en la bruma de los bares de Estados Unidos y convirtió en leyenda, ausencia, mientras escribía por tres largas décadas una interminable y misteriosa novela intitulada F. Autoexiliado, recibió una L en su pasaporte a control remoto, cortesía de la dictadura por sus escritos, para variar, y no sólo vivió en NY, sino que estuvo en París, Roma, Bruselas, México, como periodista y viajero. Un mito alejado de la farándula que regresó por fin a Chile en 1990. La vida se le iría por el humo del cigarrillo el 2007. Un paréntesis con quien le puso pantalones largos a la narrativa chilena y forma parte de una historia sin el gran premio.

Tres países influyeron en Bolaño. Chile, México, España, pero sobre todo las lecturas obsesivas que hizo de sus autores favoritos, los que empujaron su vida, mundo y aventuras hacia la novela, el cuento y la poesía. Se autoproclamó latinoamericano y por patria identificó a sus dos hijos. Fue obsesivo en sus gustos y disgustos literarios, que expresó contundentemente. Irónico, mordaz, sarcástico, sin compasión por quienes no sentían simpatía ni admiración.

Desde luego no todo es literal en Roberto Bolaño, y el duro epígrafe que lleva esta nota representa un solo ángulo del tema país que despedaza como un tigre acorralado, sobre todo, del afecto o desafecto que tiene por Chile, donde nació. La influencia de Parra, Lihn, es notable, y las mismas residencias nerudianas, como las lecturas borgianas, cortazarianas, alemanas en todos los sentidos de la lengua y del gran crucigrama de la literatura. No así la narrativa chilena, no la veo por ningún lado. Cosas veredes, Sancho. (La verdad, el paréntesis vuelve a ameritarlo: no tuvimos en su oportunidad narradores como Rulfo, Onetti, Cortázar, Borges, Gabriel García Márquez, Carpentier, Vargas Llosa, Cabrera Infante y dejamos sólo al gran Pepe Donoso, hasta que llegó Roberto Bolaño). Y con este telón de fondo, RB se enfrentó al establecimiento literario azteca, chileno, español y las “vacas sagradas del boom latinoamericano”. Es una lógica de supervivencia plantar picas en Flandes, asesinar al padre y a la madre, a quien se pusiera por delante, para encabezar la nueva manada. Neruda no escapó del ojo de Bolaño, y se transformó en obsesión contra el Pope de la poesía chilena. Si le hubiesen levantado una estatua como a Pushkin, pienso que Bolaño la habría intentado derribar.

Es mi punto de vista, no tengo generación ni barranco que me ataje, por eso una lengua sin pelos no necesita ir a un peluquero. Que de los 70 fracasados, los ochenta tortuosos, los 90 con smog, o del fin de siglo sin más patria que la palabra. Quizás la memoria se transforme en la cucaracha de Kafka y publique sus propios poemas, aquellos que jamás podrán ser incinerados.

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