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miércoles, 22 de diciembre de 2010

María Victoria Atencia -Premio Garcia Lorca 2010 de Poesía

María Victoria Atencia

Poeta española

PALABRAS PRELIMINARES

por María Dolores Gutiérrez Navas

María Victoria Atencia nace en Málaga, el 28 de noviembre de 1931, en el nº 1 de la Calle del Ángel ("Mujeres de la casa"), y ha vivido siempre en su centro urbano o en sus próximas afueras, pero dentro de su término municipal: en los Montes (años de la guerra y la inmediata posguerra), en Churriana y en Torremolinos. (Churriana sigue siendo Málaga y el propio Torremolinos era aún una barriada suya.) Desde su casa de los Montes, donde la ciudad comenzaba a adentrarse en el campo, bajará ella diariamente al Colegio de la Asunción ("Santa Clara"), para comenzar unos estudios que luego prosigue en el Colegio de la Sagrada Familia ("El Monte"). "Ya de niña tenía un dejo de azucena que piensa", ha recordado Manuel Alcántara.

Sin embargo, en aquellos años de la larga y difícil posguerra y en aquella Málaga sin universidad, no se llevaba que las mujeres pretendiesen cualquier titulación superior a una "cultura general". Y cuando finalmente deja su colegio, cursa cuatro años de piano y armonía en el Conservatorio Superior de Música. Del Colegio del Monte le quedará su gusto por la pintura, con su acción detenida, como en un flash, que caracterizará a su poesía, y su sentido del color y de la composición. De ambos colegios, una serena y reflexionada formación religiosa a la que se ha acogido siempre: bastaría recordar un Pregón suyo de la Semana Santa malagueña (la única mujer , hasta ahora, que ha dado ese Pregón, y hay que ser andaluz para saber lo que eso representa aquí). El obispo de Málaga le escribió entonces: "Si de mi dependiese, la nombraría 'Teóloga Oficial' de la Diócesis". Del Conservatorio alcanzará la admirable musicalidad de su verso: cada uno de sus alejandrinos -el metro que la ha caracterizado durante tanto tiempo y que aún no abandona- suena como único y distinto a todos los demás.

A los diecinueve años conoce a Rafael León, su marido más tarde y siempre su perseverante y cuidadoso editor, y por sugerencia del mismo se entrega de lleno a la poesía. Un primer balbuciente cuaderno suyo de poemas en prosa (un cuaderno de ejercicios que ella jamás revisó ni pensó publicar y que sólo a veces admite en su bibliografía por un criterio de fidelidad documental) se abre con una cita clásica de San Juan de la Cruz: "amado con amada, / amada en el amado transformada", lo que equivale a un proyecto de vida, pero que es también un "definirse en otro" y un primer paso en la múltiple lectura que su obra generalmente admite; una primera cautela en su persistido propósito de "decirse sin decir de sí mismo", como mucho más tarde aconsejaría Guillermo Carnero. Aunque Guillermo ahora renuncie a esas prevenciones.

María Victoria se casa cinco años después, y de su matrimonio le nacen cuatro hijos, Rafael, Victoria, Álvaro y Eugenia. En 1971 obtiene el título de piloto de aviación (ejercicio al que renunciará tras el sucesivo fallecimiento de sus padres por diversas causas pero en un corto espacio de tiempo), aunque sin abandonar su pasión por la alturas. De las "cinco orientaciones cardinales", escribe ella, "elijo con pasión la del vuelo" ("Estrofa 24"). Repetidos viajes, por invitaciones a la lectura de su poesía, la llevarán, ya como mera pasajera, a Miami o a Praga, a El Cairo o a Estocolmo, a Washington o a Varsovia. Los diversos lugares son una constante de su obra: "De nuevo, balbuciente, regreso a mi ciudad, Florencia, / París, Granada, Amsterdam, por las que soy quien soy...", dice ("La ciudad"). Y es significativo que el nombre de Málaga no aparezca en sus versos, aunque insistentemente se ha referido a su espacio y su entorno. Es que nombrarla sería un modo de decirse a sí misma, cosa que ella ha evitado siempre: sólo una vez, y en un libro tardío, se advertirá a sí misma: "No queda sino tiempo, Victoria Atencia; tiempo" ("El viento"), aunque su propio nombre (en minúscula, como una mera "victoria" que se logra o se desgarra) se repita en sus poemas. De su ciudad natal, ha dicho María Victoria con palabras de Muñoz Rojas, que "las nombro a ellas pero a ti te digo".

Comienza por entonces a publicarse en Málaga la revista de poesía Caracola y María Victoria, de la mano de Rafael, conoce a Alfonso Canales (Alfonso y Rafael alcanzarían luego su doctorado en Derecho con pocos días de diferencia), quien durante años orientará sus lecturas y leerá sus borradores, y a Bernabé Fernández-Canivell, quien le abre su biblioteca, la acoge en las páginas de Caracola y la va poniendo en contacto con la persona o la obra de quienes podían constituir un estímulo para ella y la inicia en la formación de su propio juicio crítico. Una especie de relación paternofilial se establece muy pronto entre ambos: María Victoria tiene la edad del mayor de los hijos de Bernabé. "Por Bernabé -dice María Victoria- conocí la obra de Hopkins y la de Eliot. Por él tuve correo de Cernuda y de Juan Ramón. [...] Le debo mi personal conocimiento de Dámaso Alonso, de Vicente [Aleixandre], de don Jorge [Guillén]. Pero también el de Muñoz Rojas y el de Spiteri y el de todo el grupo de la revista cordobesa Cántico con Pablo García Baena a su cabeza". Una revista, ésa, Cántico, a la que María Victoria, no obstante, será siempre ajena. Y con Bernabé, con Rafael, con Vicente Núñez, con Enrique Molina Campos (que cuidan de Caracola a pie de máquina) se adentra también en el mundo de las publicaciones, porque Caracola, a diferencia de Cántico, no constituye un "grupo poético" con ética y estética -en general- uniformes, sino un "grupo impresor" que continúa una irreprochable tradición tipográfica que procede de Juan Ramón Jiménez y que pasa por los malagueños Prados, Altolaguirre e Hinojosa con su revista Litoral.

Muchos años después, Bernabé dirá: "Conocí a María Victoria Atencia en Málaga, claro, allá por el 53, a sus veintidós años. Comenzaba ella a escribir y había publicado ya un breve cuaderno de poemas en prosa. Una tarde, en el intermedio de un concierto en la Sociedad Filarmónica, me dio a leer un soneto suyo, el primero que escribía, y que despertó mi interés por su intensidad y perfección formal. Era María Victoria una muchacha guapísima, y aún recuerdo aquel momento y el comienzo del soneto aquel". Y Aleixandre: "Siempre recuerdo aquellas espumas blancas de las que parecía ella surgir en el primer día de nuestro conocimiento. Una adolescente delicada pero irradiante que parecía sonreír desde un futuro prometido. [...] Es que algo se le anunciaba: el nacimiento de un resplandor y de una oscuridad, al mismo tiempo, entre los que ella encerraría y revelaría la significación de la vida, con una palabra inconfundible". Y Dámaso: "Me produce una intensísima emoción". Y Guillén: "¡Ah, María Victoria Serenísima!". Y María Zambrano: "La perfección, sin historia, sin angustia, sin sombra de duda, es el ámbito -no ya el signo sino el ámbito- de toda la poesía que yo conozco de María Victoria Atencia".

Inicialmente María Victoria se da, como por juego, a unos borradores que repiten el aire de lo popular (hoy sólo conservados a retazos en la memoria: "Cómprame el ajuarito / que yo quería...", porque María Victoria posee las claves de lo andaluz) y más tarde -quizás por influencia de la poesía arabigoandaluza en las traducciones en prosa de Emilio García Gómez, o del Rabindranath Tagore traducido por Zenobia Camprubí- va escribiendo unos apuntes para ulterior desarrollo pero que un día de 1953 Rafael se lleva a la imprenta y le devuelve en el cuaderno Tierra mojada. Con esa sorpresa había querido él comprometerla en su nueva ocupación. (Dos muestras de la escritura de María Victoria en Tierra mojada se recogen, sin embargo, en la Introducción a su Antología poética editada por "Castalia" al cuidado admirable de José Luis García Martín.)

La poesía de María Victoria comienza propiamente con un soneto, "Sazón" (el que Fernández-Canivell recordaba haber leído), al que siguieron los que constituyen Cuatro sonetos (1955, reimpreso en 1956 y en 1993, con sucesivas correcciones -excepcionales siempre en ella- pero que no alcanzan a "Sazón"), y no volverá más a ese esquema poético salvo para mantener la estructura original de algunos de los poemas que tradujo. Por el mismo tiempo va escribiendo otros poemas, libres ya de ese rigor de metro y rima y en los que el endecasílabo se alterna con el alejandrino y el verso libre. Con esos poemas, y con los cuatro sonetos, se configura Arte y parte, que ve la luz en "Adonais" (1961) y que puede tenerse como su primer libro: un libro que era "una contemplación de su adolescencia o de otras adolescencias hechas suyas: el mundo revivido de su colegio, de su espiritualidad, de su afectividad ya hacia un concreto destino", según escribe Rafael.

El último poema de ese conjunto, el "Epitafio para una muchacha", se diferenciaba manifiestamente de los que lo acompañan en Arte y parte, y la autora lo acaba segregando para escribir en torno a él su siguiente entrega, Cañada de los Ingleses ("Cuadernos de María Cristina", 1961, y "Halcón que se atreve", 1973), sin perjuicio de que ese "Epitafio" alcance cierta vida independiente como objeto de publicación e incluso -al cuidado gráfico de Bernabé y Rafael- se grabe en una losa llevada por este al Cementerio Inglés. Cañada, que aparece en ocasiones dispuesto en alejandrinos y en otras dividido por su cesura heptasilábica, es un breve cuaderno que su autora ha mantenido sin incorporar luego a cualquier otro libro mayor. Sus seis poemas, opuestos de dos en dos, son una declaración del gozo por la vida y, como contraste, un reconocimiento del hecho de la muerte y el reposo en el Cementerio Inglés o de los Ingleses, que se extiende por una de las dos laderas de esa cañada y que es hoy un jardín "romántico" en su mejor sentido. Félix Ros dijo entonces que "ningún poeta joven, a mi entender, ha manejado con esta emoción lapidaria -doblemente-, clásica de punta a rabo, los versos cortos". (En ese cementerio, que Guillén conoció por el libro de María Victoria, yace ahora el poeta, muy cerca de la losa con el "Epitafio".)

Tras ese libro entrará María Victoria en un periodo de silencio que ni la crítica ni ella han justificado suficientemente: se ha dicho que el desconcierto por la pérdida de sus padres, con lo que la muerte deja de verse como un asunto remoto, pero probablemente ello se limitó a apartarla del ejercicio de volar; el rechazo (general entre los poetas andaluces) a la "poesía social" que entonces cunde; un mayor quehacer doméstico; el impacto ante la poesía de Rilke (y no sólo de Rilke), o el apartamiento de Caracola (revista a la que se sentía tan fuertemente unida hasta que Bernabé, y Rafael con él, decide abandonarla), son las razones que se han pretendido para ese silencio, apenas interrumpido por alguna corta traducción o algún breve poema de Navidad.

El silencio cesa al fin cuando la autora temió una rotura en su orden doméstico cotidiano. Tenía algo que decir, y ya por entonces había intentado expresar su dolor por la muerte en accidente de un piloto de su escuela de vuelo. Tenía, pues, también, un modo de decirlo: el formato de aquel poema, con sus doce versos alejandrinos y su estructura interior dividida en dos tiempos; en dos sucesivas aproximaciones a su asunto. Surge así Marta & María, el primer libro de esa María Victoria renovada, y cuyos poemas determinó y ordenó -razonándole privadamente sus porqués y proponiéndole diversas opciones- Guillermo Carnero, a quien tanto debe María Victoria.

Marta & María (1978, 2ª ed. "Pentesilea", 1984) constituye, como Cañada de los Ingleses y luego como Los sueños, un conjunto temático. Su último poema, "Marta y María" (en el poema, sin la cifra "&" entre los dos nombres), nos deja oír la voz de María, que amaba, como su hermana Marta, al mismo Señor. Y ese poema último nos permite saber que en todos los demás habíamos estado oyendo la voz de Marta, del "aspecto Marta" de quien escribe el libro ("estuvo a punto el té, como todos los días"), frente al "aspecto María" de la autora, el aspecto de la hermana que eligió "la mejor parte" ("de poco o nada sirven, fuera de tus razones, / la casa y sus quehaceres, la cocina y el huerto"). La dolorida voz de Marta expone su postergación en todos los anteriores poemas. Pero en ese poema final la autora transfiere su identificación a María, negándose así a reconocerse como sólo una -la que fuese- de las dos. María Victoria ha vuelto a desarrollar, pues, la técnica de los "opósitos"de Cañada, su libro inmediatamente anterior.

Probablemente la Cenicienta entre los libros de María Victoria sea Los sueños (1978), un conjunto de poemas que son, precisamente, eso: sueños, sin la menor alteración, sin otra manipulación que escribirlos en las sílabas contadas de ese verso alejandrino tan natural a María Victoria que pudiera pensarse que los había soñado en él. Los sueños pone de relieve la asociación de lo subconsciente con la poesía a través de una imaginería que comparten y que les sirve de mutuo apoyo. Empezado antes de que su autora concluyese Marta & María, salió a la luz en el mismo día que éste. Todos sus poemas van fechados, como un historial clínico, y el último ("El Conde D.") -donde es manifiesto un abandono de la espontaneidad ingenua en beneficio de su reelaboración literaria- se distancia tanto del tono y la fecha de los demás que, manifiestamente, había de dar a aquella serie por concluida.

Formalmente muy semejante en su estructura estrófica a esos dos libros anteriores, El mundo de M.V. ("Ínsula", 1978) se ordena en pequeñas series cuyos títulos respectivos hacen referencia al tiempo propio para cada cosa, de acuerdo con cierto pasaje de la Escritura que da título a uno de sus poemas ("Eclesiastés 3, 5"). Otro de ellos, "Sueño de Churriana", se ha llevado allí desde Los sueños (donde figura como "Casa de Churriana") con la particularidad de que la autora sigue considerándolo como propio de uno y otro libro. En su título, María Victoria ofrece unas iniciales coincidentes con las suyas pero sigue tenazmente ocultando su nombre: lo que se muestra allí es el mundo de "M.V.", un mundo que sólo parcialmente coincidirá con el suyo; un mundo que no es enteramente el de "María Victoria". La insistente identificación con el nombre que siempre ha hecho la autora no le consiente revelar el suyo: "nombrarte es poseerte" ("Ahora que amanece").

El coleccionista ("Calle del Aire", 1979, y hay un libro con igual título, de John Fowles), con idéntico criterio de agrupación por secciones, recoge algunas publicaciones previas, extraordinariamente restringidas y de una admirable belleza tipográfica, obra de su marido: Venezia Serenissima (1978, con un poema, a modo de prologo, de Jorge Guillén), Carta de amor en Belvedere (1979) y Capillas Mediceas (1979), con otras secciones de nueva creación: "Suite italiana", "En el joyero Tiffany's", "Champs Élysées", "Homenaje a Turner" y "Aroma caudal". Posteriormente María Victoria considerará incluido en ese libro los cuadernos Paseo de la Farola e Himnario (ambos de 1978). Hay en el libro un poema que lleva el título de "El coleccionista", pero se trata de una "colección" muy concreta aunque expuesta con doble lectura, como es usual en la poesía que nos ocupa. No es de ese poema, sino del título de ese poema, de donde toma María Victoria el que da a este libro, que es una colección de instantes y contemplaciones, aunque "contemplaciones" en un sentido muy distinto al que dará nombre a uno de sus libros más recientes. La poesía ecfrástica de María Victoria tiene aquí su mayor exponente. Un año después de aparecido el libro, la colección "Calle del Aire" publicó un breve volumen, A 'El coleccionista', con las presentaciones que se habían hecho de él por Bernabé Fernández-Canivell, Aquilino Duque, Pablo García Baena y Guillermo Carnero, junto al poema de Jorge Guillén.

Ex libris ("Visor", 1984), aunque decisivo para generalizar el conocimiento que empieza a tenerse de la autora (conocimiento que ese mismo año reforzarán Compás binario y Paulina o el libro de las aguas), es sólo una transitoria colección de sus libros centrales junto a una breve muestra de sus entregas iniciales y un corto avance de las que preparaba por entonces, constituyendo así una primera publicación de su "obra casi completa", como es frecuente en ella aunque, por lo general, debido a razones exclusivamente editoriales. Vicente Aleixandre abría sus páginas con "Unas palabras" reveladoras, y escribió su prólogo Guillermo Carnero.

Reanudando el hilo de sus publicaciones, Compás binario ("Hiperión", 1984) sigue el criterio de El coleccionista y puede considerarse una prolongación de aquel o, al menos, no se han establecido aún sus diferencias. Sus secciones ya habían visto la luz, igualmente, de una manera diferenciada y cuidadísima, a cargo de Rafael: Compás binario (1979) -de donde toma el título-, Debida proporción" (1981), Adviento (1981) y -con la agregación de nuevos poemas- Porcia (1983). Más tarde María Victoria considerará incluido aquí también su Epitafio por John Moore (1985) y Caprichos ("Adelfos", Sevilla, 1983, pero que tuvo una nueva y preciosa edición, ya malagueña, en "Papeles del alabrén", 1985).

Su siguiente entrega viene constituida por Paulina o el libro de las aguas ("Trieste", 1984) enteramente formada por momentos vividos o recordados en Italia. Al contrario que en Marta & María, donde la justificación del libro se encontraba en el poema último, en Paulina esa clave se da en el primer poema. De ese modo, todas las situaciones del libro son situaciones de Paulina (Paolina, princesa Borghese, hermana de Napoleón Bonaparte), a quien María Victoria propondrá: "Salta del lecho, caiga tu diadema, huye al prado", pero añadiendo: "Gesualdo di Venosa / suena en su clavicémbalo". Y lo que parece la indicación de una música de fondo es, sobre todo, una advertencia de discreción: el celoso príncipe Gesualdo di Venosa, autor de preciosas composiciones para el clavicémbalo, fue aún más famoso por haber mandado asesinar a su mujer. Una ética social de signo masculino o "patriarcal" -que María Victoria parece acatar pero que de hecho subvierte- imponía ese consejo. (En cuanto al título, en 1883 Robert Browning había publicado Pauline, a fragment of a confession, y Fernando Quiñones, en la propia Málaga, 1957, Ascanio o el libro de las flores, tan al gusto del XVIII.)

Una nueva publicación al margen de sus entregas sucesivas es la que viene representada por Glorieta de Guillén ("Puerta del Mar", Diputación de Málaga, 1986) en la que se recogen los poemas de la autora que afectan "a su casa, su calle, su ciudad, su provincia". Es, pues, una antología de carácter "territorial". En esa glorieta, ensanche del Paseo de la Farola (del paseo que va a dar al faro o Farola del puerto malagueño) se alza la casa de María Victoria, y está el busto de Guillén, descubierto en un acto inolvidable al que el poeta asistió desde la terraza de la casa de María Victoria. (A petición de ella como primer firmante, el Ayuntamiento de Málaga acogió a Guillén como Hijo Adoptivo de la Ciudad.)

Un breve poemario, Trances de Nuestra Señora ("Hiperión", 1986, con prólogo de María Zambrano), no debiera citarse aquí, donde sólo de soslayo se hace la referencia a pequeñas entregas que luego se recogerán en libros más extensos. Pero se reseña como primer testimonio de una labor que sólo mucho más tarde la autora dará por acabada y que edita en Valladolid (1997) la Fundación Jorge Guillén. La reflexión poética sobre un tema navideño que ella incorporaba cada año a sus christmas (y tan ajena al habitual "villancico" que la propia María Victoria había venido escribiendo conforme a la tradición española) constituye una serie cuya progresiva ampliación se irá recogiendo en sus sucesivas traducciones al lituano (1989), al sueco (1992), al italiano (1996) o con los poemas aparecidos en la revista Zurgai, de Bilbao (1993). Quizás fuese más propio trasladar la referencia de este libro al 96, dado que aquella edición italiana fue bilingüe y completa. O a la primera edición española completa, la de Valladolid. Pero eso no nos dejaría conocer el momento de la primera aunque aún parcial publicación de estos poemas. El término "trances" está dicho aquí (contradiciendo el uso anterior de esa voz por María Victoria) en el sentido de "raptos" o de "gozos" o de "arrobos", por emplear una voz propia de nuestra tradición mística. No es un libro religioso (como tampoco lo fue Marta & María, a pesar de su título) sino una memoria donde la autora revela sus experiencias de doncella, de prometida, de esposa, de gestante, de madre, con el pretexto y la ocasión de esas situaciones en María. Es una transpersonalización más, una nueva "cautela" (como San Juan de la Cruz titulaba uno de sus escritos). Y es un libro de desconcertante lectura, porque en él oímos, sin más advertencia que el propio texto, la voz de la autora cuando habla por Nuestra Señora y cuando lo hace por sí misma, llegando a ese modo de desdoblamiento que en ella es un uso antiguo: cabe pensar que son realmente suyas las respuestas que en 1980 da, bajo el nombre de Rafael, a cierta antigua encuesta de la revista Jugar con fuego.

De la llama en que arde ("Visor", 1988) toma su título de una cita de Dante: "ciascun si fascia di quel ch'elli è inceso" ("cada uno se reviste de la llama en que arde", como traduce González Ruiz para la BAC). No hay asunto alguno que enlace entre sí a estos poemas salvo el resplandor de ese fuego del que cada uno se alimenta. Pero se advierte en ellos el comienzo de cierto tono desolado que a veces -reconociéndolo- se atenúa con una leve sonrisa. En su primer poema, el Padre (frente al hijo, Adán) aparecerá vestido con "una tenue camisa de dormir". Y el título de ese poema, "Rompimiento", aunque justificado por un término de arte (el italiano "rompimento", representación de una abertura por la que en un cuadro, un decorado, etc., se alcanza a contemplar un fondo más distante) permite pensar quela autora, en un proceso de sucesiva liberación, prosigue desasiéndose de viejas ataduras. La referencia al Padre, sin embargo, no parece pasar de un trato de familiar confianza: en los Trances ya había dicho: "pero Él es Dios y no sabe de estas cosas".

La pared contigua ("Hiperión", 1989) muestra una apertura hacia el mundo de "los otros", una contemplación del ámbito de los demás. La pared contigua (no una de las cuatro paredes sucesivas de su cuarto, sino la que de esas cuatro venía separándola de una habitación inmediata, contigua), permite ahora que puedan oírse los ruidos, las señales de vida de esa habitación de al lado. La poesía de María Victoria gira siempre sobre su propio centro y habitación: sus temas y sus modos parecen ser siempre los mismos, pero en una espiral de progresiva abertura que va abarcando y apropiándose de su entorno, y al propio tiempo su entrega a ese entorno mismo.

Dos amplias antologías, dos diferentes entregas de su "obra casi completa", van a ocuparnos seguidamente. Una de ellas es La señal ("Ciudad del Paraíso", Ayuntamiento de Málaga, 1990); la otra, Antología poética ("Castalia" e Instituto de la Mujer, 1990).

De ellas, La señal se acoge a un título que ya había dado María Victoria a dos poemas suyos, uno en La pared contigua y otro en Paulina, y la palabra "señal" se lee en otros muchos de sus poemas: "El monte", "Mirando hacia arriba", "Cuanto escondió el olvido","Anita", "La marcha", "Herida"..., lo cual prueba la fidelidad de la autora para consigo misma y la intertextualidad por la que una misma voz, cuando vuelve a aparecer en esta obra, viene ya enriquecida por su continuo y diverso empleo. (Y es también el título de una novela del escritor ruso Vsevolod Michajlovic Garsin, publicada en 1887.) Clara Janés, su prologuista y admirable conocedora de la obra de María Victoria, ha indicado la apoyatura fundamental de toda esta poesía: el salto hacia arriba, que mantendrá su voz "en el alto punto de la comba": un sentir religioso que aúna la valoración de lo cotidiano con la entrega contemplativa. Por su parte, Rafael se ocupó de describir la formación y el sentido de cada uno de los libros en un trabajo tan minucioso como objetivo.

En cuanto a la Antología poética aparecida en "Castalia" es una esclarecedora selección hecha por José Luis García Martín, quien la enriquece con una sabia introducción y abundantes notas. Recuerda ese crítico que el nombre de la autora aparecía ya en una de los primeros "catálogos" de la Generación del 50 (el que Carlos Bousoño había dado en un número monográfico de Cuadernos de Ágora, en 1959), y reconoce que muy pronto -salvo raras excepciones- sería omitido en los siguientes inventarios de esa generación, hasta su reaparición en los años 80. García Martín atribuye con razón ese olvido a dos circunstancias diversas: los quince años de silencio de la autora mientras se constituye la nómina de esa generación (quince años, precisamente, configuran una generación distinta) y la aparición de sus poemas en muy cuidadas ediciones no venales pero enteramente carentes de difusión lo que, al parecer, nunca importó demasiado a la autora. La recuperación del nombre de María Victoria fue obra del culturalismo novísimo. García Martín, entusiasta de esa recuperación, escribirá en la introducción que nos ocupa: "Quien entre en este libro -en este laberinto de sílabas, de sueños, de silencios- no volverá a salir sin sentirse transformado, enriquecido, consciente de la precariedad del vivir humano, pero también de que la vida sigue siendo 'hermosamente cierta'", como María Victoria había proclamado en "Cuarenta años más tarde".

No sabemos quién o qué sea La intrusa ("Renacimiento", 1992) que a veces recorre a María Victoria en sueños. Fue un título de Maeterlinck y un título de Borges. En el primero, la intrusa es la muerte; en el segundo, contrariamente, alguien a quien será preciso acabar matando. En María Victoria sólo sabemos que es algo que "se aloja en tus palacios con el peso de un humo" y está siempre al aguardo del desfallecimiento. Puede ser la muerte, pero también algo que la acompañará -"presencia porfiada"- hasta ese momento: una premonición, una vocación, un temor, un deseo que sólo se deja entrever en los sueños: ese mundo que tan bien conoce la autora.

Uno de los últimos poemarios publicados por María Victoria Atencia es El puente ("Pre-textos", 1992), referencia, en Praga, al puente del rey Carlos sobre el río Vltava, al que bárbaramente y por secuela francesa llamamos Moldava. (El puente da también título a un poema del norteamericano Hart Crane, en 1930.) Ya en Paulina o el libro de las aguas se había interesado por el "Ponte Sant'Angelo" sobre el Tíber: "No volveré a asomarme desde el pretil al río", decía allí. Y aquí, "no volver a mirar las orillas del río". El puente es, como Paulina, un libro "de viajes". Italia, con su propuesta de liberación a Paulina;Praga, con sus "piedras negras" y el "pretil que la niebla edifica o construye": la capital de Bohemia, con toda su desolación. Ambas, con una exigencia de retorno al país visitado: en Paulina, "a viva tumba abierta me daría a sus alas / para volver de nuevo hasta el pretil del río"; en El puente, "he de volver, he de volver". Y la presencia siempre del agua. Y la nostalgia de la casa lejana: "Al sur de algún país está mi casa", en Paulina; "Os volveré a evocar desde un país sin niebla", en El puente. Sólo hay un instante de amor, un instante erótico, en este libro checo: cuando, en el último poema, la autora siente su cuerpo fluvial poseído por el demonio de la ciudad que alza sus alas como torres.

Posteriormente María Victoria ha dado a conocer A orillas del Ems, que aparece incorporado al doble número monográfico que la revista Litoral ha dedicado a la autora (El vuelo, 1997). Se trata de un corto libro redactado por el 1985 y casi enteramente recogido entre dos diversas revistas (en el nº 1 de Ciudad del Paraíso, de Málaga, en 1990, y en el nº 0 de El signo del gorrión, de Valladolid, en 1993) y constituido por el conjunto de poemas que hacen referencia -casi como pie de sus ilustraciones- a una colección de viejas postales alemanas aparecidas en la obra Telgte in Erinnerung ("Telgte en el recuerdo"), de Renate Kruchen, 1984. La colección de estudios sobre la persona y la obra de María Victoria que se recogen en ese número de Litoral puede complementarse con los que más tarde ha reunido y editado Sharon Keefe Ugalde en La poesía de María Victoria Atencia. Un acercamiento crítico (Huerga & Fierro, Madrid, 1998), que abarca trabajos de Biruté Ciplijauskaité, Andrew P. Debicki, Santiago Daydí-Tolson, Jill Kruger-Robbins, Candelas Newton, Margaret Persin, Catherine Jaffe, Tina Escaja, Linda Metzler, Michael Mudrovic y la propia Ugalde.

Y Las contemplaciones, editado por "Tusquets" (1997) en su colección "Nuevos textos sagrados". Es un libro cuyo propósito -tan ajeno a la "contemplación" de paisajes, ciudades y obras de arte, usual en cierto momento de María Victoria- queda explícita en el último de sus poemas, donde la autora confiesa su intención: "Se prohíbe la nostalgia. No hay más contemplaciones", no hay más condescendencias, con un título que coincide con otro de Victor Hugo: Les contemplations (1856). Por ese libro recibe en 1998 el Premio Andalucía de la Crítica y seguidamente (por primera vez con idéntico criterio en ambos tribunales) el Premio Nacional de la Crítica. El jurado del primero de esos dos premios destaca la capacidad de María Victoria para ofrecer "una perspectiva inédita, abierta a la contemplación espacio-temporal, así como la incorporación de diversos lenguajes -científico, coloquial, cotidiano, etc.- y el empleo de técnicas como la elusión en la trasposición de planos y la sabia utilización de los silencios que preceden y suceden al poema. Se reconoce en este poemario la inequívoca voz de una mujer que expresa otra visión del mundo, de la muerte y del tiempo, incardinándolos en la tradición poética andaluza y universal". Por su parte, el jurado del Premio Nacional reconoció que ese libro es "una reflexión sobre el paso del tiempo en la que la serenidad de la autora no oculta la tensión de la palabra"; que "María Victoria Atencia se ha caracterizado por ser una autora de una profunda honestidad consigo misma, ya que nunca se ha sometido a la moda ni a la coyuntura", en un libro que "introduce la reflexión del tiempo, la madurez para poder filtrar el mundo", subrayando "la entrega de su propia vivencia a lo que es la vida, en general".

Dos años mas tarde, en septiembre de 2000, recibe el Premio "Luis de Góngora" de las Letras Andaluzas, que de manera bienal convoca la Junta de Andalucía como máxima distinción por toda su obra a un escritor de esta Comunidad. El jurado, que le otorgó el premio por una mayoría de ocho contra dos, destacó con especial entusiasmo su ruta coherente como poetisa, su depurada elegancia verbal y su capacidad de síntesis.

Se han reseñado aquí diversas publicaciones antológicas de la obra de María Victoria: Ex libris, La señal, Antología poética. Debiera haberse citado también La poesía de María Victoria Atencia, tesis doctoral cum laude por unanimidad de Eugenia León (Universidad de Málaga, 1994), que abarca seis libros completos de la autora acompañados de su estudio métrico y retórico. Y se ha citado alguna selección temática: Glorieta de Guillén. Podrían traerse otras: Capelle Medicée / Capillas Mediceas, por Margherita Guidacci ("Europa", 1964); Saudade (1978), por Ernesto Guerra da Cal; L'occhio di mercurio / El ojo de mercurio ("I quaderni di Abanico", 1987); Daralhorra ("Pliegos de vez en cuando", 1990), con sus poemas sobre Granada, o Los poemas de Tulia (1993), que recoge los que se refieren a esa gata, hermana de Inés y Pelusa, las dos últimas que acompañaron a María Zambrano; o La parola precisa / La palabra precisa ("I quaderni di Abanico", 1993), por Emilio Coco; o I gaudi di Maria / Trances de Nuestra Señora ("I quaderni di Abanico", 1996), por Mons. Donato Coco; o Poesía ("Sociedad Libre de Poesía", 1996), por Rada Panchovska. Y, de un modo especial, una publicación anterior: La obra poética de María Victoria Atencia. Ensayo de aproximación y traducción inglesa, tesis doctoral cum laude por unanimidad de Victoria León (Universidad de Málaga, 1993), que abarcó por primera vez la totalidad de su obra como edición y traducción y que ha servido de propuesta a tantas otras traducciones.

No todas las traducciones que se han hecho de María Victoria van acompañadas por su texto español, aun constituyendo unidad bibliográfica independiente (como ocurre en las de Louis Bourne, José Bento, Biruté Ciplijauskaité, Lasse Söderberg, Domnitsa Dumitrescu, Josef Forbelsky, Rada Panchovska) o sin constituir esa unidad, por haber aparecido en antologías colectivas u otros libros y revistas (como las traducciones de Francisco Aparicio S.J., Frances Aparicio, John Knowlton, Claude de Frayssinet, Barbara Paschke, Mary S. Vazques, Gérard de Cortance, Joanna Courteau, Claude Esteban, Vincent Gimeno, Monique Caminade y Emilio Álvarez, Joaquina González Marina, Juan Antonio González Iglesias, Marcel Hennart, Cecilia Lee, Laura Higgins, Issa Maklouf, Maria Romano Colangeli, Angiola Sacripante, Francesco Tentori Montalto, Raymond Farina, Yolanta Bartoszewska, Rami Saari). De un modo u otro, traducciones de la obra de María Victoria aparecen publicadas -no sólo hechas sino publicadas- en francés, portugués, gallego-portugués, inglés, italiano, lituano, checo, búlgaro, rumano, polaco, sueco, árabe, hebreo, latín y, sin duda, alguna lengua más: los traductores, como los antólogos y los críticos, rara vez tienen la ocurrencia de comunicar a los autores sus respectivos trabajos.

Y ella misma ha traducido -frecuentemente como testimonio de amistosa reciprocidad- a Josep Janès y, de modo más breve, a Margherita Guidacci, Rainer Maria Rilke, Marco Valerio Marcial, Rosalía de Castro, Francisco de Quevedo (un soneto escrito en portugués), Luis de Góngora (un soneto escrito en español, portugués, italiano y latín), Federico García Lorca (sus Seis poemas galegos), Evgueni Evtuchenko (del francés), Jean Cocteau, Pablo García Baena (al gallego), Milada Forbelská, Claude Esteban, Rada Panchovska, Charles Wolfe, Claude Esteban, T.S. Eliot, Eugenio Montale, Marcel Hennart o Juan de Vilches. Algunas de esas versiones se recogieron en un libro que ya nos ha ocupado: La señal. Otras, como las de Rosalía, Esteban, Janès, Evtuchenko (su relato El dios de las gallinas) o las de Lorca (con un breve prólogo de Jorge Guillén), aparecieron como libro. En plaquette, las de Guidacci, Marcial y Rilke. La de Juan de Vilches está grabada en un losa de piedra junto al Arco de los Gigantes, en Antequera. Pero cuando le preguntan qué lenguas "domina", su respuesta es invariable: Ni siquiera el español, y enmendar eso me ocupa cada día. Lo importante es conocer la lengua a la que se traduce. Para el resto están los diccionarios, los amigos y la perseverancia

Una dedicación marginal de María Victoria es la del grabado o, para ser más precisos, de las improntas de dibujos lineales suyos, pasados a planchas de linóleo y estampados siempre sobre un blanco papel de hilo hecho a mano en su propia casa. Tal vez la autora parece haber tenido muy en cuenta la observación de Bracquemond: "El elemento fundamental del grabado no es el negro de la tinta, sino el blanco del papel. Es él quien representa la luz", y puede bastarle -en estas improntas- la sombra natural de su relieve. Los originales suelen reducirse a muy pocos trazos que generalmente delimitan fondos a dos diferentes niveles, sin que importe cuáles sean. Rara y tardía vez -con líneas curvas- ofrecen o sugieren la idea de un fragmento de desnudo. José Manuel Cabra de Luna y "Pepe Bornoy" se ocuparon críticamente de esas improntas -en su mayor parte inéditas- con motivo de su exposición en la Sala de la Diputación Provincial de Málaga en octubre de 1983.

María Victoria es académica numeraria de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, de Málaga, y correspondiente de las de Cádiz, Córdoba, Sevilla y San Fernando; consejera del Centro Andaluz de las Letras, de la Junta de Andalucía, de la Fundación María Zambrano, y Honorary Associated de The Hispanic Society of America (Nueva York). En enero de 2000 se da el nombre de María Victoria Atencia a un Instituto de Enseñanza Secundaria de su ciudad.

He leído insistentemente, fervorosamente, la poesía de María Victoria, con quien sólo he llegado a hablar en un par de ocasiones en mi vida. Le he mostrado estas páginas, que ella me auxilia -por correo- en mantener al día. Le he preguntado si ella desea alguna corrección o precisión. No, no las quiere. Sé que le duele, en lo más hondo de su alma, la torpe interpretación que se ha hecho, por quienes no tienen el alma tan limpia como ella, de algunos de sus poemas, de algunas de sus dedicatorias. Se que ocurrió igual cuando Jorge Guillén escribió que el mundo "está bien hecho". Son gajes del oficio.

DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS

Málaga, 1931. Sus primeras publicaciones aparecieron en un medio (característicamente malagueño) apasionado por las ediciones restringidas, cuidadísimas y, en general, no venales (ella misma ha estado vinculada al mundo de la imprenta). Unido ello, a los quince años de silencio que median entre Arte y parte (1961) y Marta & María (1976) hace que su nombre suela omitirse en las nóminas —configuradas por entonces— de la generación que cronológicamente le corresponde (la 2ª de posguerra) y que reaparezca en los índices de la generación poética siguiente (la de los "Novísimos") a la que realmente pertenecen sus nuevos y ya asentados modos de expresión. Ocasionalmente se ha dedicado a algunos modos de grabado. Es piloto de aviación, miembro de las Reales Academias de Málaga, Cádiz, Sevilla, Córdoba y San Fernando, y Honorary Associated de "The Hispanic Society of America" de Nueva York. Premio Andalucía de la Crítica, 1998. Premio Nacional de la Crítica, 1998. Está casada y es madre de cuatro hijos.

Libros publicados

* Arte y parte, Adonais, Madrid, 1961
* Cañada de los Ingleses, Cuadernos de María Cristina, Málaga, 1961. 2ª edición "Halcón que se atreve", Curso Superior de Filología Española, CSIC, Málaga, 1973
* Marta & María, R. León ed., Málaga, 1976, no venal. / 2ª ed "Pentesilea", Madrid, 1984
* Los sueños, R. León ed., Málaga, 1976, no venal
* El mundo de M.V., Ínsula, Madrid, 1978
* El coleccionista, Calle del Aire 4º, Sevilla, 1979
* Compás binario, Hiperión, Madrid, 1984
* Ex libris, Visor, Madrid, 1984
* Paulina o el libro de las aguas, Trieste, Madrid, 1984
* De la llama en que arde, Visor, Madrid, 1988
* La pared contigua, Hiperión, Madrid, 1989
* Antología poética, Biblioteca de escritoras, Castalia, Madrid, 1990
* La señal, Ciudad del Paraíso 3, Ayuntamiento, Málaga, 1990
* La intrusa, Renacimiento, Sevilla, 1992
* El puente, Pre-textos, Valencia-Madrid, 1992
* Las contemplaciones, Marginales, Nuevos textos sagrados, Tusquets, Barcelona, 1997
* A orillas del Ems, anexo a El vuelo, Litoral", Málaga-Torremolinos, 1997
* Trances de Nuestra Señora. Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 1997
* Cómplice y enemigo, Ediciones artesanales, Cuenca, 1997. (Breve selección impresa sobre papel hecho a mano)
* Los niños, "Poesía circulante" 22, con nota de Rafael Inglada, Málaga, 2000
* El hueco, "Marginales. Nuevos textos sagrados". Tusquets, Barcelona, 2003

Ediciones

Ha cuidado las ediciones en:

* Rueda de diversa fortuna, Salvador Rueda (prologuista y editora)
* Antología Poética, Vicente Aleixandre. (antologuista y editora)
* El agua ensimismada, María Zambrano. (prologuista y editora). Aquí aparece, además, un poema de María Zambrano dedicado a María Victoria Atencia

Antologías

* Poesía constante, antología poética, Ateneo de Málaga, Málaga, 2000
* Figura en antologías de distintos países y diferentes idiomas

Premios y distinciones

Entre otros:

Premio Andalucía de la Crítica, 1998
Premio Nacional de la Crítica, 1998

Traducciones a la autora

Le han traducido su poesía al italiano (por Margherita Guidacci, Emilio Coco, Donato Coco), inglés (Louis Bourne, Victoria León), lituano (Birutè Ciplijauskaitè), rumano (Domnitsa Dumitrescu), checo (Josef Forbelsky), portugués (Josè Bento), gallego (Ernesto Guerra da Cal), sueco (Lasse Sderberg) y búlgaro (Rada Panchovska), así como también al francés, polaco, árabe y latín.

Traducciones de la autora

Constituyendo libros o cuadernos independientes, Atencia ha traducido, entre otros, a Margherita Guidacci, Rainer Maria Rilke, Evgueni Evtushenko, Marco Valerio Marcial, Josep Janès, Rosalía de Castro, Federico García Lorca, Claude Esteban y Ernesto Guerra da Cal, aunque su labor de traductora incluye también a Charles Wolfe, Angiola Sacripante, Pablo García Baena, Juan de Vilches, Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, T.S. Eliot, Jean Cocteau, Eugenio Montale.

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María Victoria Atencia http://www.mvatencia.com/

POEMAS
SAZÓN


Ya está todo en sazón. Me siento hecha,
me conozco mujer y clavo al suelo
profunda la raíz, y tiendo en vuelo
la rama, cierta en ti, de su cosecha.

¡Cómo crece la rama y qué derecha!
Todo es hoy en mi tronco un solo anhelo
de vivir y vivir: tender al cielo,
erguida en vertical, como la flecha

que se lanza a la nube. Tan erguida
que tu voz se ha aprendido la destreza
de abrirla sonriente y florecida.

Me remueve tu voz. Por ella siento
que la rama combada se endereza
y el fruto de mi voz se crece al viento.

De Cuatro sonetos (1955) y Arte y parte (1961)


EPITAFIO PARA UNA MUCHACHA


Porque te fue negado el tiempo de la dicha
tu corazón descansa tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y carne fueron tu vestido más rico
y la tierra no supo lo firme de tu paso.

Aquí empieza tu siembra y acaba juntamente
-tal se entierra a un vencido al final del combate-,
donde el agua en noviembre calará tu ternura
y el ladrido de un perro tenga voz de presagio.

Quieta tu vida toda al tacto de la muerte,
que a las semillas puede y cercena los brotes,
te quedaste en capullo sin abrir, y ya nunca
sabrás el estallido floral de primavera.

De Arte y parte (1961) y Cañada de los Ingleses (1961)


MAR


Bajo mi cama estáis, conchas, algas, arenas:
comienza vuestro frío donde acaban mis sábanas.
Rozaría una jábega con descolgar los brazos
y su red tendería del palo de mesana
de este lecho flotante entre ataúd y tina.
Cuando cierro los ojos se me cubren de escamas.

Cuando cierro los ojos, el viento del Estrecho
pone olor de Guinea en la ropa mojada,
pone sal en un cesto de flores y racimos
de uvas verdes y negras encima de mi almohada,
pone henchido el insomnio, y en un larguero entonces
me siento con mi sueño a ver pasar el agua.

De Marta & María (1966)


MARTA Y MARÍA


Una cosa, amor mío, me será imprescindible
para estar reclinada a tu vera en el suelo:
que mis ojos te miren y tu gracia me llene;
que tu mirada colme mi pecho de ternura
y enajenada toda no encuentre otro motivo
de muerte que tu ausencia.

Mas qué será de mí cuando tú te me vayas.
De poco o nada sirven, fuera de tus razones,
la casa y sus quehaceres, la cocina y el huerto.
Eres todo mi ocio:
qué importa que mi hermana o los demás murmuren,
si en mi defensa sales, ya que sólo amor cuenta.

De Marta & María (1966)


CASA DE BLANCA


No llamaré a tus puertas, aldaba de noviembre:
el árbol de las venas bajo mi piel se pudre
y una astilla de palo el corazón me horada.
Porque tú no estás, Blanca, tu costurero antiguo
se olvida de los tules, y el Niño de Pasión
va llenando de llanto el cristal de La Granja.

Tiene el regazo frío tu silla de caoba,
tiene el mármol tu quieta dulzura persistida
y bajo tu mirada una paloma tiembla.
Perdidamente humana pude sentirme un día,
pero un mundo de sombras desvaídas me llama
y a un sueño interminable tu cama me convoca.

De Marta & María (1966)


CASA DE LOS BAÑOS

En dañados espejos un azogue de muerte
revoca el esplendor morado de los lirios.
¿Podréis reconoceros bajo el palio sin techo
de las aguas hediondas? Ocho columnas cercan
la majestad del baño, mientras corroe el óxido
el metal de los grifos, deja su mancha roja
sobre la porcelana o se aquieta en el mármol
de una tina sarcófago a ras de las baldosas.

El reloj ha perdido sus agujas, y un tiempo
de Luchino Visconti impone su vigencia
a los sucios colchones que en el desván se apilan
y a la vida que vuelve a cruzar estas puertas.

De El mundo de M.V. (1978)

GHETTO



Denso es el aire aquí. Y tibio. Lo respiro
entre casas que quiebran su fachada en el agua.
Un gato mansamente se me enreda en las piernas
y me retiene inmóvil delante de Yahveh.

De El coleccionista (1979)

ROSA

En el joyero Tiffany's se marchita una joven A
rosa de Jericó.
Sólo al costado mismo de la muerte comienzan
su plenitud las rosas
tras la ruptura última del quicio de la sed.

De El coleccionista (1979)

LAGUNA DE FUENTEPIEDRA


Llegué cuando una luz muriente declinaba.
Emprendieron el vuelo los flamencos dejando
el lugar en su roja belleza insostenible.
Luego expuse mi cuerpo al aire. Descendía
hasta la orilla un suelo de dragones dormidos
entre plantas que crecen por mi recuerdo sólo.

Levanté con los dedos el cristal de las aguas,
contemplé su silencio y me adentré en mí misma.

De Compás binario (1979 y 1984)


LAVADERO VIEJO

Cóncavas piedras vienen a recibir mi hato
con un frescor que acepta mi mano en su recinto.
Guardo turno en el húmedo corredor subterráneo:
doy paso a las rameras y al ajuar de los muertos.
Públicamente expongo al agua mis razones.
Su corriente no sabe más pasión que el olvido.

De Paulina o el libro de las aguas (1984)

VICTORIA


Estaba abierto el cielo y mi hijo en mis brazos,
tan indefenso y tibio y aterido y fragante
que lo sentí una obra sólo mía, victoria
de un cuerpo paso a paso ofrecido a su cuerpo.
Lo envolví con mi aliento y él tuvo el soplo tibio
en el que una paloma se sostenía en vuelo.

De Trances

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