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miércoles, 25 de abril de 2012

Nicanor Parra: La amnesia en el Olimpo

   

por El Periodista

Un amigo un día preguntó a su profesor de literatura, por qué no le otorgaban el Nobel a Nicanor Parra. Este le respondió: “porque Parra es en realidad un solo libro original, a saber, ‘Poemas y antipoemas’; y porque el Nobel de Literatura tácitamente, es un Nobel de izquierda”. ¿Quería decir esto que Parra no era de izquierdas? El comentario dio para una larga y extensa discusión de invernal domingo. ¿Cuál era la posición política de Nicanor, poeta del cual crecí escuchando su nombre? Sus últimos dichos en “Retrato de un antipoeta” de Víctor Jiménez Atkin, despejan un tanto la calígine de su escurridiza opinión.

Escribe David Rojas Lizama*

Por cautela, no deberíamos caer en el facilismo de despachar el asunto diciendo “Parra es facho”. El reduccionismo típico del animal de izquierdas es capaz de crucificar hasta a su madre, y ante su juicio de Ilustración trasnochada cualquier Robespierre se queda corto. Digamos en cambio, que nos equivocamos en atribuirle, sin más, una posición contestataria o popular mareados por la obra de su familia o por la estética de su escritura, la cual, en tanto forma de ruptura con la tradición, no corresponde -no tiene porqué-, a lo que tradicionalmente comprendemos por ruptura política. Las vanguardias estéticas incluyen a todos los disconformes, y la disconformidad, por cierto no es patrimonio exclusivo de la izquierda. La revolución no pasa por los buenos libros y las revoluciones estéticas, que pueden ser parte de un proceso de transformaciones revolucionarias o contribuir a éste, en su especificidad, son más que revoluciones estéticas.

Lo que sí podríamos decir, liberándonos de cualquier ortodoxia sectaria, es que Parra es menos novedoso y claro que otros escritores contemporáneos. Una personalidad irreverente, sin duda, aunque no demasiado original, autogestionada y crecida como enredadera al alero de su genio y vanidad, acrecentada en la adulación constante de sus incondicionales y acríticos seguidores. Un embutido de ángel y bestia profundamente disociados.

De su originalidad no diré nada nuevo. Lo dice un kilo de gente; lo dice Naín Nomez (lo escuché en sus clases) y lo dijo hace medio siglo Fernando Alegría en “Literatura y Revolución”. La antipoesía no es ningún invento de Parra, esto es un mito publicitario. Baste pensar en la antipoesía de César Vallejo, o en el hecho de que el mismo Parra ya había sido antologado por uno de los más novedosos y originales antipoetas que conoce América. El hermano de la Viola fue uno de los “Cuarenta y un poeta joven de Chile” que reunió Pablo De Rokha, escritor cuya figura renace ante la bipolaridad político-psicológica de nuestro tiempo.

Respecto de su claridad diré que Borges, un aristócrata asumido, universal, menos provocador y más asertivo, me parece mucho más sincero que Parra. No fue Borges quien ambivalentemente tomó el té con la esposa de Nixon, el último gran patrocinador de dictaduras militares latinoamericanas y a quien Neruda, “el más gallo” según lo califica el mismo Parra en su famosa “Cueca de los poetas”, describiera como nuestro principal enemigo internacional por esos días, en un panfletario pero útil libro intitulado “Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena”. ¡No! Borges dedicó su traducción de Walt Whitman a Nixon, y en su mismo acto no dejó cancha para la especulación. Nunca dijo a posteriori que Pinochet fuera un salvador (quizás porque intuyó que la palabra ‘salvador’ le quedaba larga por kilómetros) sino que recibió de su mano y en nuestra Universidad de Santiago un doctor honoris causa, luego de ser ácidamente criticado en Argentina. Pero, todavía se dio el tiempo en una de sus últimas entrevistas para explicar sus motivaciones. En ella explica Borges que nunca apoyó a los militares argentinos y que menos iba a apoyar a los militares chilenos; que jamás entendió aquel premio en la USACH, otorgado como compensación a un Nobel esquivo para un visitante ilustre, y que consideró la función militar como un resabio de tiempos cada día más antiguos, convencido de que, de aquí a un centenar de años, decir chileno o argentino no significaría nada.

Parra, menos solitario que el argentino, conversó -antes de asistir a la invitación desde la Casa Blanca- con un par de escritores chilenos, quienes no siendo militantes, ni cercanos a la Unidad Popular, le aconsejaron no asistir, teniendo en cuenta el contexto político y las dificultades que en lo personal esto pudiera acarrearle. Pero el hecho es que Parra asistió, y ante la avalancha de críticas, respondió como una mofa a una voceada y popular consigna de la época, con uno de sus más famosos artefactos: “la izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas”. La realidad chilena parece parida por este artefacto… o el espíritu servil de su acto originario.

La comparación entre el conservador Borges y nuestro rupturista antipoeta puede ser incómoda o tediosa. Ya nos dijo alguna vez Parra: “Quédate con tu Borges”. Pero deja claro que a diferencia de nuestro espectacular poeta popular, el academicista trasandino no apoyó a los milicos; los golpistas -militares y civiles- fueron quienes intentaron apoyarse en él, y aquello todavía le importó un pepino. Esto nos debería llamar a la reflexión sobre qué tanta relevancia tiene la forma estética en el pensamiento del autor, porque una veta popular no siempre implica un pensamiento popular.

“En materia de ojos, a tres metros/ no reconozco ni a mi propia madre”, dice Parra. Yo agregaría más. A nivel de concepto, es un absurdo inventar un artefacto en el que se lee el apellido de una presidenta, que en los hechos fue tan profundamente antidemocrática como Michelle Bachelet, enfatizando en la sílaba “che” para hacer referencia a Ernesto Guevara. Aun comprendiendo la ironía del símbolo, no deja de ser un contrasentido irritante para un estudiante de la generación de la movilización estudiantil del 2006 y del estallido del año 2008: es como no reconocer un buque a metro y medio.

Parra, además, se ha consumido en su propuesta de mera negación. La antipoesía termina en sí misma, mientras el Olimpo de los poetas se ha transfigurado y hecho otro del que fue antes. Los poetas han vuelto a subir a otro Olimpo. Un Olimpo en el que decir “Los poetas bajaron del Olimpo” no es mal visto ni rompe con nada. Personalmente, desde que comencé a leer poesía, leí a Parra robando versos de sus libros en caras librerías llenas de viejas snob del barrio alto, que compraban manuales de cocina hindú. La situación no ha cambiado mucho en un puñado de años. Sigo encontrando a Nicanor en las librerías y sigo sin poder traerme de su poesía sino la fotocopia del ejemplar de la Biblioteca Municipal. Los poetas subieron al Olimpo: se pusieron traje de ‘etiqueta’, se metieron cuadrados en las estanterías, y se vendieron a precio de mercado. El Olimpo, amigo Parra, hoy no es otra cosa que tu Mall Center.

Claramente, los años no han pasado en vano para el viejo antipoeta. Decir que Pinochet es un salvador, pero que uno querría un salvador sin atrocidades, es negar todo un caudal de sufrimientos, tirarlos al doble olvido de la amnesia y la ausencia.

En el litoral central, Las Cruces es el nombre de un poblado playero donde la mayor atracción turística es bañarse cerca de donde vive Nicanor, a escasos kilómetros de donde duerme Vicente como su mentor indirecto. “El Litoral de los poetas” fue como lo bautizó el Servicio Nacional de Turismo. Pero en el Patio 29 del Cementerio General, en cambio, las cruces son signos de otra remembranza más profunda y cruda. Los olvidados, los sin identidad, los nunca vistos, los desaparecidos. Esto nos recuerda que hay artefactos y artefactos. Hay cruces y cruces, bacheletes y guevaras, salvadores y Salvadores.

Espero no aparecer como verdugo o juez de nadie; no ser mal entendido. Todo esto no nos invita si no a seguir leyendo a Parra. Un par de reproches y comparaciones no le quitarán la sal a una época entera marcada por su mito encarnado. Pero nos invita a tomar distancia de un par de tonteras que el poeta dijo hace no mucho. Nos invita a la sospecha reflexiva, sencilla disipadora de nuestros nebulosos días de ambigüevada.

*Estudiante de Filosofía, Usach/ Agradezco sus claras correcciones al profesor José Miguel Neira del liceo Confederación Suiza.

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