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martes, 3 de julio de 2012

Nanas de la cebolla de Miguel Hernández

Nanas de la cebolla, de Miguel Hernández, una estremecedora canción de cuna.

Reseña biográfica
Miguel Hernández.
Poeta español nacido en Orihuela, Alicante, en 1910.
Hijo de campesinos, desempeñó entre otros oficios, el de pastor de cabras. Guiado por su amigo Ramón Sijé,
se inició en la poesía desde los veinte años; publicó su primer libro «Perito en lunas» en 1933 y posteriormente,
los sonetos agrupados en «El rayo que no cesa», marcaron la experiencia amorosa del poeta.
Durante la guerra civil militó muy activamente en el bando republicano como Comisario de Cultura, siendo encarcelado
y condenado a muerte al terminar el conflicto. Antes de morir, enfermo y detenido, publicó su última obra, «Cancionero
y romancero de ausencias».
Falleció en 1942. ©




El poeta canta a su hijo desde la cárcel
Luís Martínez González



La crítica literaria, tan amiga de encasillar a todo escritor, encuentra un serio problema con algunos de ellos, ya que su originalidad y el hecho de vivir a caballo entre dos épocas los hacen inclasificables. Y, si además, su muerte es prematura, resulta aún más difícil.
Foto de un retrato de Hernández



Esta circunstancia se hace muy patente en el caso de Miguel Hernández (Orihuela, 1910-1942). En efecto, si sus contemporáneos se sitúan con facilidad en la poesía de posguerra, debido a que la gran mayoría de sus composiciones aparecen tras la Guerra Civil –es el caso de la obra de Gabriel Celaya o de la de Blas de Otero, por ejemplo-, el poeta de Orihuela es casi inclasificable.

No puede incluírsele dentro de la Generación del 27, a pesar de que fue amigo de muchos de sus integrantes y recibió su influencia, pues es más joven y no participó en ninguno de sus actos comunes. Tampoco cabe situarlo dentro de la Generación del 36, ya que murió en 1942 y casi toda la obra de este grupo aparece después.

En consecuencia, nos quedaremos con que fue un lírico de talla extraordinaria y de absoluta originalidad y prescindiremos de clasificaciones simplificadoras que, en muchos casos, empobrecen la caracterización del escritor.


Poeta autodidacta, Hernández se inicia –tras los lógicos tanteos de principiante- con un libro extraordinario: Perito en lunas (1934), que se incluye dentro de la moda gongorina despertada por los integrantes de la Generación del 27. Pero en esta misma obra se hallan composiciones que permiten adivinar su poética de madurez.

Ésta se caracteriza –como sucede con Lorca- por una combinación armónica de lo culto y lo popular. Al igual que éste, sabe conjugar las técnicas más rigurosas con los contenidos más humanos, a veces envueltos en audaces y hermosas metáforas. Y, a medida que va alcanzando su madurez poética, sus creaciones van ganando en sencillez y hondura.

Buena muestra de ello es el libro Cancionero y romancero de ausencias, en el que se incluyen las estremecedoras Nanas de la cebolla. Compuestas desde la cárcel, el poeta canta a su hijo –nacido en 1939- tratando de sobreponerse a su adversidad, a su impotencia por no poder llevarle alimento, y de llevar la calma y la alegría al muchacho, pues su risa le hace libre.

Se trata de una composición verdaderamente conmovedora que sintetiza a la perfección la madurez poética de Miguel Hernández por su sencillez, precisión formal y enorme belleza. Cabe preguntarse hasta dónde habría llegado la altura lírica del poeta de Orihuela de no haber muerto tan pronto.

Podéis leer el poema aquí.
Nanas de la cebolla

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre su cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma, al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pones alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
y el niño como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño;
nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.




Fuente: Web de la Fundación Miguel Hernández.

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