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sábado, 7 de febrero de 2015

Patricia Espinosa, crítica literaria: “Todos quieren ser sujetos despolitizados, tipos lúdicos, hipsters o pop”



500 palabras suyas salen publicadas en el periódico Las Últimas Noticias –LUN- todos los viernes, en ese oasis al final de las páginas de farándula, que corresponde a la sección de cultura. En ese espacio también han circulado apellidos como el de Bolaño, Villoro, Merino o Sanhueza. Además de leer y escribir, es también académica del Instituto de Comunicación e Imagen (ICEI) y de la Pontificia Universidad Católica. También colabora con varios medios nacionales e internacionales. Patricia Espinosa es ñuñoína, fumadora, le gusta la Ginger ale y, si bien no le agradan los convencionalismos, tampoco vamos a decir que es estalinista.
Por Camilo Espinoza Mendoza


Sebastián Edwards, economista chileno radicado en California, es también autor del conocido thriller de espionaje “El misterio de las Tanias”, que ocupó el tercer lugar el año 2007 en ventas en nuestro país y que trata sobre mujeres atractivas e influyentes repartidas por el planeta en labores de espionaje, todas reclutadas por el gobierno revolucionario cubano. La novela recibió la condescendencia de una serie de intelectuales de derecha alrededor del globo, como del escritor  y precandidato presidencial peruano Mario Vargas Llosa y del periodista argentino del Miami Herald, Andrés Oppenheimer, “visionario” redactor que debutó con un libro en 1992 titulado “La hora final de Castro: la historia secreta detrás del derrumbe gradual del comunismo en Cuba”.
El pasado sábado 20 de octubre, Edwards publicó en La Tercera una columna titulada “Nuestras guerras culturales”, que según Felipe Saleh, periodista de El Mostrador, iba dirigida en respuesta a la crítica que le hizo Patricia Espinosa a “Nadar desnudas” de Carla Guelfenbein, amiga personal del economista. En el artículo, repasa los beneficios que a su juicio trae consigo un debate de ideas al interior del mundo artístico y cultural. No obstante, en un momento dado, esgrime la siguiente afirmación: “Si un observador extranjero llegara a nuestro país, concluiría que con contadas excepciones -Pedro Gandolfo, José Promis y uno que otro más-, los críticos chilenos son autorreferentes, escriben bastante mal y odian a los escritores con éxito”.
Pero el tema no quedó solo en la generalidad de valorar solamente a los críticos literarios de El Mercurio. Para llevarlo al ejemplo, afirma: “La crítica Patricia Espinosa es, tal vez, el mejor ejemplo del francotirador cultural”. “Lo que Patricia Espinosa hace no es crítica literaria desinteresada o medianamente objetiva. Su visión es rígida -estalinista casi- y sus artículos no buscan iluminar a lectores ni evaluar la calidad de los libros que reseña. Lo de ella es guerra ideológica pura y sus textos están cargados de prejuicios”, sentencia.
Pero esa imagen parece no quedarle. Si bien ella acusa que “hay una intención de desbaratar los discursos críticos” y que “hoy en día nadie quiere ser advertido como sujeto de política, sino que todos quieren ser sujetos despolitizados, como lúdicos, hipsters o pop”, también le parece que para esgrimir ese tipo de críticas “hay que leer sobre lo que se escribe”. “Yo no tengo la idea de que los libros buenos son aquellos cercanos a la izquierda y que son publicados por editoriales independientes. También he escrito críticas sobre las obras de Ángel Parra, Patricio Manns o Isabel Allende”, se defiende.
Para Patricia, el gran problema de la crítica es “que tienes que emitir un juicio”, por lo que se hace natural el repudio de los autores, sobretodo de aquellos ligados a la narrativa, que hacen emerger figuras del crítico de cualquier rama artística como la de una autoridad y la de un juez. Eso, frente a un arte que en Chile está muy ligado a las élites económicas, con excepciones históricas “como Baldomero Lillo, Pablo Neruda o Gabriela Mistral”.
“La crítica es política”, repite, mientras se rasca la cabeza. “Pero lo que prima hoy es la idea de un arte separado de la política, la idea de la autonomía del arte o del arte por el arte, un arte sin contexto, sin política, sin historia, lo cual es una postura mas bien desinformada, un debate que ya debería estar resuelto”.
“Tu entras a la feria del libro, las transnacionales”
Cuesta seguirle el ritmo cuando habla y las hojas unidas por el doble espiral guardan flechas que apuntan hacia varios lados y paréntesis que guardan información relevante. Son mis apuntes de periodista “picado a vieja escuela” que guardaron una argumentación intacta: “Existe una radicalización del neoliberalismo asociado al libro, donde por un lado existe una idea de convertir el arte y la cultura en espectáculo, toda esa idea de ‘la pequeña gigante’ y la actitud de decir que eso y sólo eso es cultura. Y por otro lado, el papel de las transnacionales, que son consorcios internacionales (Random House, Alfaguara y Anagrama) que controlan el mercado y que tienen un gesto muy decidor cuando se preguntan: ¿editemos a un chileno? Ahí nos damos cuenta que son ellos los que hacen el canon, no son los académicos ni son los críticos”.
Con respecto al panorama literario nacional, asume que hay datos que en términos de sociedad son relevantes, como que sobre el 40% de la población no lee un libro en los últimos 6 meses. Pero antes que trasladarle el problema a la sociedad, antepone una visión (y revisión) al papel que juega el mundo literario, al que define como “alienado hace rato”. “Predomina el exitismo, esa idea instalada por la Concertación de estar desesperado por globalizarse”, al punto que tenemos autores nacionales que prefieren escribir “follar” o “coger” en sus obras.
El problema, asegura ella es que “vivimos en un país posmoderno que chaquetea sus mitos. Todo ha perdido el carácter serio y trascendente. Tenemos una educación orientada a la tecnocracia, que define que una película con más espectadores es la mejor película, como pasó con Kramer, o que un libro es mejor porque es el más vendido”.
Este proceso se puede graficar con “la tendencia que existe hoy, donde se ponen a escribir novelas personas que no están ligadas a la literatura, como ingenieros, economistas o abogados, que tienen un futuro asegurado, y que en sus ratos de ocio escriben”.
Patricia define a buena parte del mundillo literario santiaguino actual como “muy bacheletista”. “La mayoría vive en Providencia y se volvieron locos con la Josefa Errázuriz, pero ¿hemos visto a algún escritor en algún cargo político? No, porque les da lo mismo mostrarse a favor de este gobierno o de otro”.
La evidencia la vemos en que durante el mes de noviembre del presente año se lleva a cabo la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, el evento de este tipo más “importante” de Latinoamérica. Lo cierto es que Chile es el invitado de honor, algo que no pasaba desde 1999 y que, sin embargo, se pueden apreciar nombres que se repiten: Antonio Skármeta (ex embajador de Bachelet en Alemania), Hernán Rivera Letelier, Raúl Zurita, Marco Antonio de la Parra, entre otros. Otros se restaron, como Marcela Serrano, escritora casada con el ex embajador de Bachelet en Argentina, Luis Maira. “No deseo que mi larga y buena relación con los lectores mexicanos se vea mediada por un gobierno al cual no apoyo ni me representa”, dijo a la prensa, situación que alborotó a Felipe Saleh, periodista de El Mostrador, quien considera al magno evento como un símil de los Juegos Olímpicos.
 “El escritor comprometido ya no existe, o mejor dicho, por qué pedirles compromiso de otra índole a quienes están comprometidos con el mercado y no hacen nada para cambiar el orden actual de las cosas”, y exclama “¡tan poca dignidad!”.
Exclamación que hace ruido si leemos que entre los invitados a Guadalajara, con pasajes y estadía totalmente pagadas, están Patricio Fernández, Rafael Gumucio, Mónica González (directora de CIPER), el grupo Los Tres, Pablo Dittborn (gerente de The Clinic) y el comediante Rodrigo Salinas, quienes compartirán terreno con Roberto Ampuero, Jorge Edwards y un tremendo corral proveniente de la Universidad Diego Portales (UDP).
“Vivimos en la sociedad del pituto, de la patota, de las tribus y los amigos”
Más que la crítica encapuchada y lanzadora de molotov (en una sociedad donde esto se considera un crimen), Patricia se siente más cómoda con el personaje de “bicho raro, medio freak”, aunque hace una salvedad: “aunque es curioso, porque uno es un bicho raro en una sociedad donde es ridículo tener valores, tener ética”.
“A veces tengo la sensación de estar en un lugar que no me corresponde”, confiesa. “A diferencia del mundo de la poesía, donde uno encuentra de todo, el mundo de la novela chilena es mucho más conservador y ligado a la élite. En ese mundo pareciera no tener cabida una mujer, que además es chica y de pelo negro, que no es de derecha ni tampoco tiene relaciones sociales”.
Patricia estuvo cerca de seis años en el exilio. Siempre había trabajado, factor que la hizo autosuficiente. Hacía puzzles, crucigramas y test para revistas de distinta índole. Así llegó al diario La Época. Su primer día allí la recibió Carlos Olivares, escritor de la generación de Skármeta y editor con un marcado “estilo gringo” y  “con cierto resentimiento a los exiliados”.
El “mono” Olivares, como lo apodaban, la hizo esperar frente a él una media hora. “Bueno ¿y de qué te gustaría escribir?”, se decidió al fin a preguntarle. “De Rodrigo Lira, podría ser”, le respondió titubeante. “¿Sabes cuántos estudiantes de literatura vienen para acá queriendo escribir algo de Rodrigo Lira o de Juan Emar?”, le preguntó con desafiante expresión en la cara. “¿No se te ocurre nadie más?”, insistió. “Jack Kerouac”, volvió a responder, tímida. Olivares la pensó. “Tráeme una nota de 10 mil caracteres de Jack Kerouac tal día y ahí vemos qué hacemos”, sentenció. El día que se iba a publicar, salió en las páginas centrales, “con fotos, todo bonito”.
De ahí para adelante su relación con los editores la marca la lejanía. Sin embargo, ella hace una distinción entre aquellos que creían que la crítica tenía cierto valor social, como José Miguel Varas y Faride Zerán en revista Rocinante o Andrés Braithwaite en Las Últimas Noticias; y aquellos que creen que las críticas no las lee nadie. “Nunca es que las críticas no les importen a nadie. Las críticas les importan por lo menos a tres lectores: al autor, a las editoriales y a la familia del autor”.
“Por eso yo alucino con mis clases”
Han pasado un par de horas. Ve el celular, toma la cartera, la deja, vuelve a ver el celular y continúa: “Nunca pensé en ser académica, aunque yo lo considero como un trabajo que no es superior al de un administrador público o a cualquier otro”. Agrega que “debe ser un trabajo con sentido, que entregue una visión del arte, la literatura, la vida. Que tenga un rol incitador”.
La idea de una universidad burbuja pareciera que Patricia lo ve en gran parte por el papel que juegan la docencia y la investigación. “Hay que combatir la idea del intelectual encerrado en la oficina de la academia. Este debe tener un trabajo social, o por lo menos un ‘intento de’. Mayor intervención, aunque sean esos trabajos anónimos. No funcionar sólo cuando hay recursos de por medio”. Y emite un juicio: “Esa especie de narcisismo desaforado que tienen los académicos, por favor, yo les pediría un poquito más de humildad”.
“Definitivamente hay deudas pendientes, que es la problematización de nuestra casa (la Universidad de Chile). Este debate que mira hacia adentro suele postergarse, a lo mejor porque lisa y llanamente no importa”, advierte.
“Los académicos van a acompañar a los estudiantes a una marcha por la educación, pero ¿y si se toma la decisión de hacer una marcha adentro de la universidad, para solucionar los problemas que tenemos en casa? ¿Asistirán los académicos?”, preguntas que no pasan desapercibidas, sobretodo luego de los conflictos internos que se han vivido en esta última parte del año por la situación del hospital clínico de la Universidad de Chile, el conflicto con los funcionarios del campus Juan Gómez Millas y las tomas de las carreras de Antropología y Educación parvularia y básica inicial que se han suscitado en la FACSO.
Al respecto, aprovecha de repasar la situación del movimiento estudiantil y su desidia a la hora de trabajar con convicción estos temas: “De hecho, el CONFECH llama a no más marchas, a que tenemos que seguir leyendo y escribiendo”. Agrega que “las federaciones estudiantiles no son lo que se espera que sean. Funcionan como Rojo o Yingo, como trampolines para las ligas políticas mayores. Se trata de la plataforma de dirigente estudiantil, para luego tirarse a las elecciones y asegurar el futuro ¿te fijas?”
Entonces, luego de un repaso general, me urge preguntarle: ¿cuál es la esperanza, si es que consideras que la hay?
Hace un introspectivo ademán. No tengo idea qué me puede llegar a decir. “Me parecen tremendamente interesantes los proyectos que buscan que los intelectuales dejen de escribir en metalenguaje, que son textos dirigidos al mismo público universitario pero que no los lee nadie, y que busquen un lenguaje más periodístico y lleven el conocimiento más allá de los sectores universitarios”.
Al final, una frase lo encerró todo: “En este país, donde están todos entregados al mercado, hay gente que escribe poesía, es decir, qué cosa más inútil para el sistema”.

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