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sábado, 7 de febrero de 2015

Un comentario sobre la crítica literaria chilena, sus virtudes y detractores.



Criticar la crítica hoy en día parece un lugar común. Lo hace el público lector, los medios en Internet, los periodistas cuando formulan sus preguntas en busca de cuñas y especialmente los escritores, cuando defienden sus creaciones. ¿Hay un problema de fondo respecto a la calidad de la crítica literaria chilena o es que de pronto todos caímos en el simplismo de criticar al crítico para así evitar instalarnos a discutir sobre la literatura misma, sobre sus virtudes y defectos?

Hace algo así como un año, la crítica literaria Patricia Espinosa publicaba en una columna sus impresiones sobre una primera novela de un autor chileno. Destruía la publicación y remataba diciendo, quizás con harto menos tino del que pudiera esperarse, que el autor “ha perpetrado uno de los grandes desaciertos editoriales del año”. La reacción de algunos no se hizo esperar. Fue así como el escritor Rafael Gumucio salió en defensa del vapuleado escritor.


Patricia Espinosa, hasta donde sé, jamás respondió a estas interpelaciones.

En el mismo sentido, el escritor Gonzalo Contreras, en una entrevista del día 10 de septiembre de 2013 realizada por La Tercera a propósito de la publicación de su novela Mecánica celeste, lanzó la siguiente frase:

La crítica actual es flojísima y están todos alineados y piensan igual, Pedro Gandolfo, Juan Manuel Vial, Patricia Espinosa y Rodrigo Pinto. Ellos no hacen crítica, hacen solapas para los libros
La aseveración es durísima. Sostener que los críticos están alineados es quitarles todo el piso a cualquier opinión que puedan manifestar, es afirmar que no tienen un criterio propio sino que el resultado de sus valoraciones responde a factores ajenos a la obra y no a su calidad. Contreras apuntaba directamente, según entiendo, a amiguismos, conveniencias o compromisos laborales de ciertos círculos de poder en el mundo literario chileno.

Nuevamente, tal como en el caso anterior (al menos hasta donde sé), ninguno de los críticos citados respondió a las palabras del autor.

Pero esta controversia entre escritores y críticos tampoco es nueva. En el libro autobiográfico Cuando era muchacho, de José Santos González Vera, el autor comenta sobre una época en que ejerció el oficio de crítico. Ahí escribe:

Vera(Cuando era muchacho, José Santos González Vera, Ed. Universitaria, pág. 167)

González Vera dirime así el asunto: “Debería uno eludir el papel de juez, y no pronunciarse sino sobre lo que le gusta.” Pero, y sin ánimo de controvertir con uno de los más grandes narradores chilenos que ha existido, ¿eso de hablar solo sobre lo que a uno le gusta no sería hacerse parte del aparato publicitario editorial? Es decir, si decimos solo lo bueno, ¿no terminaremos acaso haciendo apenas propaganda, poniéndonos de parte de las editoriales —como negocio— y no de los lectores?

¿Qué está pasando con la crítica? ¿Qué pasa que todos nos sentimos con derecho a golpearla? Adelanto desde ya: no tengo respuestas concluyentes. Sí creo que es necesaria, trascendental incluso, la existencia de una crítica seria, responsable, sesuda y que dé razón de sus dichos, que la existencia de tal tipo de crítica es muestra de un estado de desarrollo cultural importante. Que, bajo estas mismas consideraciones, podemos intentar un análisis sobre si tal o cual crítico cumple o no con ciertos estándares deseados. Todo lo anterior es muy cierto (e incluso amerita profundizar en ello), pero no es menos cierto que no nos podemos someter a una visión complaciente con nuestra propia literatura, una que mire a esta forma de arte como al “hermano pobre” de la cultura, poniéndola en una esfera de protección que en el fondo la atrofie. ¿Qué pasa si rebajamos el pensamiento crítico, si por amiguismos o conveniencias se soslayan defectos, si se evita apuntar a los yerros? Muy simple, si la vara es muy baja cualquiera puede superar el escollo, no por su calidad, sino porque el estándar es pobre. ¿No es acaso, así mismo, un lugar común vapulear a autores que venden grandes tiradas, por ejemplo a Serrano, a Pablo Simonetti, a Allende? ¿Cómo se condice lo anterior con este menoscabo a la crítica?

Las preguntas quedan abiertas, no pretendo arrogarme ninguna verdad. En lo que sí creo es en la necesidad de abrir espacios de discusión literaria, en que esto no puede tratarse únicamente acerca de cuántos libros se venden, ni cuántos se leen. Esto no es simple estadística. No podemos conformarnos en poner un número sobre los libros y de ahí dar el aprobado o rechazado. Sí, ciertamente los críticos también deben ser valorados por sus actuaciones, pero no creo que sea razonable lanzarnos contra ellos, con nombre y apellido, así como no es sensato que ellos, cualquiera de ellos, al criticar un libro lo haga en atención a quien lo firma y no a la calidad de este, ni que la crítica se refiera al autor y no a la obra.




G. Soto A.
Cofundador y administrador de Loqueleímos.com. Abogado de profesión. Lector como gesto vital. Soy de los que cree que Tolstói y Nabokov fueron genios. Pero que Manuel Rojas y Eduardo Barrios también lo fueron, y eso es demasiado importante como para olvidarlo.
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AGOSTO 6, 2014
JOSÉ IGNACIO SILVA
Buen texto.

Sólo para precisar que Patricia Espinosa sí respondió la defensa del “vapuleado escritor”, hermanastro de Gumucio (ojo con ese dato); lo hizo hace casi exactamente un año en el podcast de Ojo en Tinta:

http://www.ojoentinta.com/2013/patricia-espinosa-lo-que-yo-planteo-es-una-critica-teoricamente-hibrida/

Saludos.

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