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lunes, 15 de abril de 2013

Cristina Peri Rossi: mujer, lenguaje y poesía








         

Resumen: El siguiente artículo pretende servir de introducción a la poesía de Cristina Peri Rossi y a tres de sus tópicos, que aparecen interrelacionados: la mujer, el lenguaje y la poesía.
Palabras clave: Cristina Peri Rossi, poesía uruguaya, poesía erótica

1. La literatura erótica en Uruguay.

La literatura erótica no ha tenido un gran desarrollo en Uruguay. Graciela Mántaras relaciona este hecho con la “sociedad mesocrática, pequeño- burguesa, conservadora y estancada” (Mántaras 1995:31) en la que vivimos. Esto puede parecer extraño si tenemos en cuenta que la sociedad uruguaya estuvo abierta durante décadas al progreso, a partir de la presidencia de Batlle y Ordóñez hasta la década del ‘60, donde la visión de progreso sigue manifestándose, aún en contra de la realidad del momento.

El Uruguay de los años ‘60 exigía despertar y comenzar a ver la crisis que se estaba dando en el país desde tiempo atrás. Alejandro Paternain describe esta situación: “En lo interior, descomposición política y social acelerada, pérdida paulatina de la confianza, doloroso despertar del país a la realidad de su empobrecimiento y marginalidad. Sin jerarquía en sus dirigentes, envuelto en la rapacidad y la hipocresía disimuladas bajo la laxitud de las costumbres y la indiferencia del vivir, el ámbito local no podía darle a sus poetas jóvenes otra cosa sino el aire espeso de la crisis...” (Paternain 1969:610)

Los logros alcanzados por las generaciones anteriores, en lo que respecta a la sindicalización de los trabajadores, la laicización del Estado, los derechos de la mujer, el amor libre y la apertura hacia nuevas propuestas políticas como el anarquismo, el socialismo, el marxismo, caen en un proceso de estancamiento y terminan desapareciendo. Aquellos que eran sus grandes ideales quedaron reducidos a magros logros: la idea de un amor libre, con todo lo que significaba la misma en la modificación de la situación de la mujer, sólo fructificó en matrimonio y divorcios civiles. En lo que respecta al ejercicio de los derechos democráticos, la mujer tuvo la posibilidad de ejercerlos recién en el año 1938, y hasta el día de hoy su participación en el área política y de gobierno sigue siendo muy limitada.

La década del ‘70 puede resumirse en algunos sucesos: la política de represión, el ahogo económico, el ataque a las instituciones, la persecución de aquellos que se dedicaban a la cultura en todos los niveles y un creciente régimen de censura para todas las manifestaciones culturales.

La instauración del gobierno dictatorial incide en el vínculo de la producción poética con su contexto político- social del momento. Es imposible no hacerlo cuando conocemos las condiciones vitales opresivas como la constante amenaza a la libertad personal o la represión diaria; además hay que tener en cuenta el importante aislamiento intelectual con el exterior y la incapacidad para comunicar mensajes que no sean adictos al régimen o que por lo menos mantengan un grado mínimo de neutralidad. La obra literaria se transforma entonces en una manifestación de ese conflicto, a través de la cual puede hacerse pasar de forma solapada cualquier idea.

Este estancamiento se va dando progresivamente también en la literatura uruguaya: en lo que respecta a la literatura femenina, la llamada “Generación del ‘900” había conseguido importantes logros en las figuras de María Eugenia Vaz Ferreira y Delmira Agustini. En la poesía de esta última, por ejemplo, la mujer toma el papel principal en lo que respecta a la relación erótica y convirtiéndose el hombre el objeto erótico. Lógico es el escándalo que provocó y lógico también el hecho de que la generación siguiente reparara la traición con una poesía como la de Juana de Ibarbourou, en la que el “yo” vuelve a colocarse en la posición de objeto. La poesía deberá esperar hasta la aparición de Evohé (1972) de Cristina Peri Rossi y Poemas sex (1969) de Milton Schinca para que el estancamiento llegué a su fin. Podría decirse que era previsible que este cambio se diera en una época tan necesitada de algo que sacudiera la modorra, y más si pensamos como Graciela Mántaras de que “el auténtico erotismo es siempre liberador y subversivo” (Mántaras 1995: 33)

Lo erótico se convierte en una subversión que revoluciona la naturaleza, la cultura, al individuo y hasta la religión. El erotismo sólo se alcanza mediante la unión del instinto animal, lo culturalmente aprendido y la libertad que el propio individuo ejerce. El ser que alcanza reunir estas tres cosas accede a regiones propias de lo divino y es posiblemente por esto que la mayoría de las religiones lo consideran un pecado. El erotismo no puede escapar del escándalo y es por esto que quien intente desenvolverse bajo él debe estar lleno de coraje y de autonomía.

La libertad había permitido su surgimiento durante el ‘900 y era otra vez la que la hacía resurgir en los años ‘60, a raíz del enfrentamiento entre represores y subversivos,



2. La poesía de Cristina Peri Rossi.

En la obra de Cristina Peri Rossi, el amor aparece como un intento de naturalizar las fuerzas de los instintos y de descubrir el despertar sensual de los cuerpos en libertad. Lo positivo en su obra está siempre asociado a lo natural o salvaje, aquello libre de todo prejuicio, sin excluirse la transgresión de las normas morales impuestas por la sociedad.

En la poesía de Peri Rossi la expresión del deseo toma cuatro caminos distintos: la expresión directa y espontánea del mismo, el recurso irónico y sarcástico, el juego con el lenguaje y la elevación del deseo a proporciones míticas. Todo esto se limita a una única cosa: “movido por el deseo, el hablante genera posibilidades de liberación de la prisión mental, de rebelión del cuerpo y de la palabras, de comunión con lo otro.” (Verani 1995: 12) El deseo de romper con todo lo que limita la libertad humana y de despojarse de convencionalismos e hipocresías encuentra en el lenguaje y en el erotismo un placer semejante; es que el placer del lenguaje equivale al placer erótico.

En este trabajo sólo haremos referencia a dos de estas líneas temáticas: la libertad de expresión de lo erótico y el manejo lúdico del lenguaje en su poesía, dado que es casi imposible separarlos.

La poetisa tiene la necesidad de tratar el tema de lo erótico libremente, de quitar todos los frenos a la expresión de la pasión y más aún, de la pasión homosexual o incestuosa. Lo que se busca conseguir es la naturalización de las fuerzas instintivas que nos conducen a esto:

se echa desnuda en el sofá,
abre las piernas
se palpa los senos de lengua húmeda
mece las caderas
golpea con las nalgas en el asiento
ruge, en el espasmo. (En Diáspora. 2001)

Así también son tratadas las pasiones consideradas tabú por nuestra sociedad como la homosexualidad:

A los poetas que alabaron su desnudez
Les diré:
Mucho mejor es ella quitándose el vestido
Es ella desfilando por las calles de Nueva York
-Park Avenue-
con un cartel que dice:
“Je suis lesbianne. I am beautiful” (En Diáspora. 2001)

O pasiones “desviadas”, como las tratadas en los poemas dedicados a Lewis Carroll:

Lewis Carroll fotografiaba niñas vestidas
Y a veces fotografiaba niñas desnudas
Por afición a la fotografía,
Por afición a las niñas
A las cuales dedicó un libro terrible
Alicia en el país de los espejos,
Libro que desagrada a todos los niños
Y despierta la curiosidad de aquellos adultos
Que quisieran fotografiar niñas vestidas
Niñas a veces desnudas
Pero no se animan a hacerlo por carecer de espejo. (En Diáspora. 2001)



3. El lenguaje, la mujer y la libertad.

La tensión que encontramos entre los sistemas de dominación, siempre restrictivos, y la búsqueda de una expresión liberadora, afecta tanto el nivel de lengua utilizado en el discurso literario, como la concepción y modos de presentación del mensaje literario. El lenguaje se vuelve el sostén de “juegos lingüísticos”, a la vez que posibilita la creación de “lenguajes privados”. Parecería que, si bien se encuentra sujeto a normas convencionales en lo que se refiere a significados y usos, el lenguaje se movería al mismo tiempo en una órbita autónoma, paralela a lo real.

Dice Verani: “Una y otra vez el impulso lúdico asoma en sus versos; naturalizar el placer del cuerpo, transfigurado en un acto libre y alegre, en una actividad espontánea y natural que no tolera la solemnidad de las reglas que precisen nuestra cultura, en un modo de reconciliarse con el mundo y consigo mismo, en plena libertad.” (Verani 1995: 14)

Esto puede percibirse claramente en algunas de las obras poéticas de Peri Rossi, como por ejemplo en esta perteneciente a Evohé (1972)

COMPOSICIÓN

La única realidad es el lenguaje.
Ella me ha mirado.
Yo he creído temblar.
UUUUUUUúúúú             aúlla             ¿el barco?
                        Mi mujer.
La única
                        ¿realidad?
                                                            Las palabras.

La función del lenguaje no es solo la de la comunicación, sino que también puede ser objeto de placer. Es por esto que, sumado a la experimentación de la forma, se experimenta con los sonidos:

Mora y barroca
Mura y mara
Barrunta y bala
Por su boca
Yo barumbé
Un moro entero (En Diáspora. 2001)

Hay, a lo largo de sus poemas, un constante regodearse con el lenguaje, un deseo de poseerlo que la lleva a estudiarlo detenidamente, a buscar continuamente lo novedoso que este le pueda aportar:

Leyendo el diccionario
He encontrado una palabra nueva:
Con gusto, con sarcasmo la pronuncio;
La palpo, la apalabro, la manto, la calco, la pulso,
La digo, la encierro, la lamo, la toco con la yema de los
Dedos,
Le tomo el peso, la mojo, la entibio entre las manos,
La acaricio, le cuento cosas, la cerco, la acorralo,
Le clavo un alfiler, la lleno de espuma,

Después, como a una puta,
La echo de casa. (En Evohé. 1972)

Para Verani lo lúdico sirve para tirar abajo todo lo instituido por el sentido común y por la escala de valores. “El juego es, en fin, un intento de reconciliación con el mundo bajo nuevas banderas” (Verani 1995: 17)

Parte de este continuo juego con el lenguaje es la identificación mujer- palabra, común en muchos de sus poemas, principalmente en los que integran Evohé:

Mujer            Mi mujer es una palabra
                        Palabra de mujer, me oye.
   Palabra           Ella me escucha.
                        Le digo palabras amorosas,
                        Mi mujer se tiende, ancha, como una esdrújula.
                        Luego que se ha tendido bien,
                        La abro, como una palabra
                        Y ella, como una palabra,
                        Gime, llora, implora, tarda, se desviste,
                        Nombra, suena, grita, llama, cruje, relincha,
                        Vibra, amonesta, imparte órdenes.
                        Suena y se levanta
                        La nombro y contesta
                        Palabra por palabra la ciño
                        La estructuro
                        Como una frase
                        Y luego que la he hecho verso,
                        Duerme, como una lengua muerta. (En Evohé. 1972)

El acercamiento a la mujer, su conocimiento, sólo es posible por medio del lenguaje, a la vez que es la mujer la que permite sentir el lenguaje en su verdadera dimensión, en la dimensión poética. Lo inefable del lenguaje se une a lo inefable de la mujer:

Tenía un disfraz de frase bonita.
-Mujer- le dije,- quiero conocer el contenido.
Pero ninguna de las palabras con las que ella se había vestido,
Estaba en el diccionario. (En Evohé. 1972)

La palabra aún conserva el valor mágico, el poder de crear que tiene en el Génesis. Nombrar la cosa es crearla, porque antes del nombre no hubo nada: “Te nombro, luego existes” dice en Babel Bárbara (1991)

En lo que respecta a las palabras, tan importante como la pronunciación es la escritura. La disposición gráfica de las mismas también es un modo de conocer, es una manera de acercarse más a su verdadero significado; así, la persona que no ve no puede conocer. Es en este sentido que debemos entender todas las referencias a los ciegos que se hacen en Evohé: si la mujer es sinónimo de lenguaje y este es el modo de conocer, quien no tiene la capacidad de admirar a la mujer no accede al conocimiento:

Era ciego, y como la única realidad es el lenguaje,
No veía a la mujer por ningún lado. (En Evohé. 1972)

Y tampoco puede amar porque “el amor es cuestión de palabras” (En Evohé. 1972)



4. La palabra y la literatura.

Dice Mabel Moraña, refiriéndose a la poesía uruguaya entre los años 1979- 1984: “La ciudad, la cotidianeidad, los valores individuales y sociales, la vivencia personal o colectiva de la historia aludida como transcurso no particularizado y por último la reflexión e intentos de definición de la poesía y del quehacer poético son las líneas temáticas más importantes sobre las que se organiza la lírica de los últimos años (...) el problema de la comunicación aparece como una constante que se entrelaza (...) con la concepción misma del acto creativo que aparece como una instancia distorsionada o problematizada” (Moraña 1988: 73) La poesía de Peri Rossi, como exponente de esta época, también se integra a la problemática sobre qué es la literatura y cuál es su finalidad. En su libro Lingüística General [1] la poetisa trata de encontrar una finalidad al acto de escribir:

5

Escribo porque olvido
Y alguien lee porque no evoca de manera
suficiente.

6

Escribimos, porque los objetos de los que queremos hablar
No están. (Lingüística General)

Solamente a través de la palabra que podemos existir y perdurar en el tiempo. La literatura es un acto que intenta preservarnos del olvido. El escritor se hace inmortal porque su obra permitirá que futuras generaciones lo conozcan, pero a su vez, la literatura recordar por mucho tiempo detalles de nuestras vidas, como si sirviera de ayuda memoria:

7

Todo lo cual podría no volver a ser dicho si el lector
-tan desmemoriado como cualquier poeta-
recordara un poema de Joao Cabral de Melo Neto:
Flor es la palabra
Flor; inscrita
Como verso en el verso,
Que leí hace años,
Olvidé después
Y hoy he vuelto a encontrar,
Como tu, lector,
haces ahora. (Lingüística general)

Esta no es sólo una característica del poeta sino de todos los hombres. La diferencia está en que sólo el primero es el único que tiene la capacidad para trabajar con la palabra. Las personas necesitan del poeta para que las cree, les de vida, para que plasme sus vivencias, sus emociones en los poemas.

La poesía es también un modo de ver lo que se encuentra más allá de la superficie:

POÉTICA

Hay gente que espera que la palabra
Del poeta la nombre,
Deje constancia de su identidad.
No sabe que el poeta no habla de los seres,
Sino de los símbolos. (En Babel Bárbara. 1996)

Sin embargo, hasta el poeta se encuentra limitado frente al lenguaje, pues tiene la certeza de la que las palabras- herramientas que usa para elaborar su poesía, tienen otro significado que él no puede descifrar:

EL DESAFÍO

Babel, violenta,
Enfurecida,
Hojea antiguos diccionarios
Como un profanador de tumbas.
En la noche ciega de las lenguas
Exige una luz
Reclama una revelación.
            En algún lugar ha de estar
Esa palabra única
Que la nombre para siempre.
Parto de nalgas
            Último sello
Que hay que saltar,
Para empezar a ser. (En Babel Bárbara.1991)

Esto ocurre porque el hombre ha perdido su capacidad para ver más allá de lo que se le presenta a simple vista. Podemos relacionar esto con lo que explicábamos anteriormente, el hombre no puede acceder a los símbolos y, por ende, tampoco puede acceder al conocimiento de sí mismo (extendiendo la identificación palabra- mujer a símbolo- humanidad):

CIFRAS

En los monasterios medievales
Algunos animales que adornan los frisos
O decoran las columnas, en apariencia,
Constituyen, en verdad,
Las notas de un código musical
Olvidado por la frugal memoria de los hombres.
....................................
Igual que esas piedras
Somos la cifra
De una larga historia
Que algún investigador futuro
Descifrará,
Entre la admiración y el horror (En Europa después de la lluvia. 1987)



 Profesora Mª Clara Umpiérrez Nova





Nota

[1] Todos los poemas citados del libro Lingüística general fueron extraídos de Benavidez, W; Courtoisie, R; Lago, S. (1996): Antología plural de la poesía uruguaya del siglo XX. Seix Barral- Planeta. Montevideo.



Bibliografía

Benavidez, W; Courtoisie, R; Lago, S. (1996): Antología plural de la poesía uruguaya del siglo XX. Seix Barral- Planeta. Montevideo.

Cosse, R. (1995): Cristina Peri Rossi, Papeles críticos. Linardi y Risso. Montevideo.

Moraña, M. (1988): Memorias de la generación fantasma, Crítica Literaria 1973- 1988. Monte Sexto. Montevideo.

Paternain, A. (1969): Los nuevos poetas, Capítulo Oriental Nº 39. Centro Editor de América Latina. Montevideo.

Peri Rossi, C. (1991): Babel Bárbara. Editorial Lumen. Barcelona.

Peri Rossi, C. (2001): Diáspora. Editorial Lumen. Barcelona.

Peri Rossi, C. (1972): Evohé, poemas eróticos. Colección La invención. Girón editorial. Montevideo.

Verani, H. (1996): De la Vanguardia a la posmodernidad: narrativa uruguaya (1920- 1995). Trilce- Linardi y Risso, Montevideo.



© Mª Clara Umpiérrez Nova 2009

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero42/cperiro.html


jueves, 4 de abril de 2013

Entrevista a Doris Lessing



En diciembre de 1980, María Elena Walsh y Sara Facio viajaron a Londres (”peregrinaron”, dicen ellas) para entrevistar a una gran escritora poco conocida entonces en idioma castellano: Doris Lessing, una africana nacida en Irán expulsada de su Rodhesia natal (hoy Zimbabwe) por sus críticas al racismo, dueña de una obra definida como una constante búsqueda de la lucidez, autora de El cuaderno dorado, considerado durante décadas la biblia del feminismo, y militante de principios inclaudicables. Veintisiete años después, Lessing acaba de recibir el Premio Nobel de Literatura.

Por Maria Elena Walsh


Si al subir los tres pisos de la casita hubiéramos divisado sillones forrados de cretona y mucama uniformada en lugar de espacios arrasados por huracán, mudanza y gitanismo, nos habríamos equivocado de escritora.

Si un gato no hubiera esperado en un rellano y, en el cuarto superior, en lugar de paredes desnudas, libros apilados, una cama de estudiante y una tabla sobre caballetes hubiéramos admirado muebles de caoba y estampas con escenas de cacería del zorro, una fisura habría desvirtuado la imagen previa de Doris Lessing, a quien creemos conocer al dedillo a través de su “doble”, el personaje de Martha Quest.

Un blanco sol matinal es el único lujo del cuarto con balcón que da al “jardín” del fondo, donde no es pertinente buscar prolijos canteros ni rosales con apellido, sino una quinta semisalvaje, quizá llena de ocultas primicias cultivadas por la propia mano de la bruja.

– ¿El veld?

–Ah sí, cómo no, es igual –ríe Lessing con cierta nostalgia. En sus libros nos ha familiarizado tan minuciosamente con el veld, el exagerado paisaje sudafricano, que acabamos por creer que allí vivimos alguna vez y que, exceptuando hormigueros gigantes, techos de palma y otros exotismos, de algún modo lo hemos incorporado, como la desmesura de nuestras pampas.

Una muchacha de sesenta años, de pelo y ojos grises, sin maquillaje ni fórmulas de cortesía, sencillamente vestida, una “mujer de trabajo”, con algo de chacarera, mucho de madre refinada y una velada expresión de angustia: la que produce a los escritores que no hacen carrera la inminencia de un reportaje.

La visita debió ser disfrazada bajo ese rótulo, pero es más bien un peregrinaje hasta la gurú, la bruja dueña de una peculiar sabiduría, la descifrante de muchas claves del mundo contemporáneo al que ha intentado cambiar, empeñada en luchas de reformadora social.

Visitantes, admiradores, periodistas, suelen desvivirse por extraer de un autor la certificación de los datos autobiográficos incluidos en su obra. Pero esa curiosidad es reversible, y uno tiende a preguntarse, como Martha Quest frente a cierta literatura femenina llena de silencios, de secretos no develados:

– ¿Qué puedo aprender sobre mi vida en este libro?

Con el mismo espíritu caníbal y narcisista, algunos querríamos saber cómo hizo un autor para retratarnos en personajes con los que no guardamos más afinidad que la raza (la humana) y el sexo (el segundo). Cómo se las arreglaron para que yo, distante lectora, sea Adriana Mesurat, o Ana Karenina, o Martha Quest.

Aunque sus criaturas sean fruto de geografías, épocas y culturas diferentes y ajenas, Doris Lessing me ha enseñado todo sobre mi propia vida, traduciendo los enigmas de la confusa identidad de las mujeres y proponiendo un itinerario, ¿adónde? Como ella lo dice: “No hay adonde ir, sino hacia adentro”.

Visitarla, entonces, no significa sino una comprobación, una señal de alivio en medio de la orfandad en que suele sumirnos mucho papel impreso. Doris Lessing existe, está bien, vive en Londres (”porque es una ciudad que no causa demasiado estrés”), escribe sin pausa, por lo tanto no todo está perdido ni naufragamos en la obviedad.

El gato blanco y negro, que resultó gata y se llama Suzy, luego de una solemne indagación adopta a las visitas y facilita un diálogo que resultaría tedioso para personas no gateras. Es evidente que Lessing no agotó el tema en su encantador libro Particularly Cats.

Por él sabemos que entre los variados trajines de su vida tuvo tiempo de ser amiga íntima, guardiana, víctima, comadrona y además enfermera de numerosas familias gatunas.

– ¿No se ha cansado de tener gatos?

– ¡No, nunca!

Por los astutos ojos cruza una chispa de indignación ante pregunta tan estúpida, que es preciso reparar con el previsible pero sincero comentario:

–Suzy es muuuuy hermosa.

–No, no es tan hermosa como servicial. Hace poco vinieron de la TV alemana y ella posó y se colocó solita bajo los focos. Hay otros gatos en la casa, atigrados, desde aquí los veo cuando cazan en el jardín: pajaritos, lauchas… a veces me los suben hasta aquí para que admire la proeza, ¿se dan cuenta?

Su amor a los gatos representa predilección por los seres vivos, simétrica del desprecio manifestado de hecho por las cosas, por la fúnebre acumulación de objetos propia de un estilo de vida burgués. Si Lessing nunca fue como todo el mundo, tampoco se parece a la mayoría de los literatos, pero, eso sí, es coherente consigo misma, y su desdén por el orden convencional, la posesión y la apariencia no es sino síntoma de su indeclinable rebeldía.

Lessing pasaría el día hablando sólo de gatos, pero hay que abordar otros de sus temas capitales: las mujeres, los adolescentes, el racismo, el compromiso político, la doctrina sufí, las experiencias extrasensoriales, la ciencia-ficción.

–Su obra es una verdadera enciclopedia de las mujeres.

–Así es –reconoce con la sencilla satisfacción de una cocinera a quien le alaban el guiso de lenteja–, pero no, no participé de los movimientos feministas. No estoy en desacuerdo en general, pero nunca necesité integrarme a ellos para tomar conciencia. Para eso basta con indagar en los personajes femeninos de los grandes novelistas –Tolstoi, Stendhal– y, simplemente, mirar alrededor. Mi madre, por ejemplo –y conste que no la critico– fue todo un modelo de frustración, una vida desperdiciada. Sé que actualmente la situación es muy dura en muchos países donde las mujeres tienen que partir de cero, pero en Inglaterra vivimos una era posfeminista, las luchas iniciales se libraron hace mucho tiempo. Por otra parte, los problemas de la mujer se reducen a uno solo: la independencia económica, que se gane la vida con su trabajo.

Y también de eso Lessing sabe mucho. Adolescente, desertó de la modestísima chacra familiar y pidió trabajo en una oficina en Salisbury. “No tenía título ni de bachiller, pero cuando su madre le contó al jefe todos los libros que había leído Doris, la contrató inmediatamente”, cuenta un testigo. Luego fue autodidacta en diversas habilidades, como taquígrafa y mecanógrafa. En el duro Londres de posguerra, ya separada, conciliaba el trabajo literario con la crianza de sus hijos y tareas de oficina por horas.

–Fui a la escuela sólo hasta los catorce años, no seguí estudios regulares. Al fin y al cabo, a los jóvenes se los atiborra de conocimientos inútiles, cuando en realidad lo único que necesitan aprender es matemática e idiomas. Es lo que más les haría falta para desenvolverse en el mundo en que vivimos, que es malo, y en el que viviremos, que sin duda será peor. Por otra parte, a veces me pregunto si los jóvenes se dan cuenta de una característica –que quizá no dure– de nuestra época: uno tiene al alcance de la mano cualquier libro que busque. Yo desgraciadamente no sé idiomas, además viajé muy poco, pero ahora me anoté en una academia del barrio y estoy estudiando ruso. Es simpático eso de volver a sentarse entre estudiantes, con pizarrón al frente y todo.

Es un tanto extraño que lo decida ahora, cuando hace rato que emigró del Partido Comunista, noviciado burocrático que ha descripto kafkianamente, sobre todo en Cerco de tierra.

–Fui militante comunista durante bastante tiempo, creo que por entonces los jóvenes progresistas en Sudáfrica no teníamos otra opción, pero a la larga y entre otras cosas me di cuenta de que el comunismo no ofrecía soluciones ni respuestas a una serie de inquietudes sin las cuales el ser humano resulta muy recortado. No, no es que ahora crea en una religión determinada, aunque suela recomendar la lectura de los libros sagrados de distintas religiones. Claro que sé muy bien hasta dónde, con el pretexto de la devoción, se practican siniestras maniobras represivas y retrógradas… los mulás, por ejemplo… ¿saben qué es un mulá?

– ¡Por supuesto! También sospechamos lo que es un ayatollah.

–En cambio me interesó, desde hace tiempo, en las diferentes vías de espiritualidad, de contemplación. ¿Ve? Todos estos son libros de sufismo.

(Misteriosamente intercalado entre ellos hay uno de Borges.)

A lo largo de su obra, y en especial en La ciudad de cuatro puertas (último tomo de Hijos de la violencia), cuenta experiencias que podríamos denominar, a la ligera, esotéricas. Entre otras cosas, atribuye a la concentración y a la telepatía propiedades terapéuticas para aliviar esos comportamientos anómalos caratulados como enfermedades mentales.

Quizá sólo lo irracional pueda salvarnos del caos irracional en que vivimos: prácticas místicas o extrasensoriales, telepatía, locura, mensajes oníricos.

En páginas hilarantes de El cuaderno dorado, Lessing ha bordeado el enloquecido mundo de la TV y el cine. Escribió alguna vez libretos para la BBC, y ahora está en proyecto una versión cinematográfica de Memorias de una sobreviviente, en Estados Unidos.

–Con Julie Christie como protagonista, ¿se dan cuenta? – Comenta con horror por una elección que le parece desatinada–; pero en materia de cine un autor tiene que resignarse. Si trata de luchar, está perdido: cuanto más quiera intervenir para defender su obra, peor le irá. En eso sigo el consejo de un amigo: “Cobra tu dinero y sal corriendo”.

Y Lessing, que al principio no parecía dispuesta a sacrificar demasiado tiempo en una entrevista que quizás hubiera sido ardua y breve sin la mediación de Suzy, coopera de pronto, con aire de abanicarse en el patio:

–¿De qué más podríamos conversar?

Prometió en un libro que jamás tendría servidumbre, escarmentada por los abusos esclavistas cometidos en su Rhodesia. Y atiende el teléfono y el timbre, prepara café en su kitchenette, cose, hace jardinería y cuida personalmente el bolsillo ajeno: ha dado a las visitas complicadísimas instrucciones para llegar en subterráneo. Al fin no quiere despedirlas sin que conozcan a sus otros gatos, que se mantienen ausentes, pocos serviciales.

– ¿No tiene quien la ayude? –pregunto.

–No…, abajo viven unos amigos, pero no tengo empleada ni ayudante ni secretaria ni copista ni agente literario ni nada.

–Pero quizá necesitaría de alguien que…

Lessing interrumpe y, sabiendo por experiencia que tal variedad de tareas sólo puede desempeñarlas una mujer, ni hablemos de la mujer de un escritor u otra celebridad masculina, afirma con travieso humor.

–Lo que necesitaría es “una esposa”.

Esta entrevista, publicada en Buenos Aires en febrero de 1981 e incluida posteriormente en el libro Viajes y homenajes (Punto de Lectura) se reproduce por gentileza de la autora y de la editorial. Fuente: Página 12


domingo, 31 de marzo de 2013

Anne Sexton Poeta

«Yo sé, madre, yo sé». Algunos poemas de Anne Sexton



Querida Linda,

Estoy a la mitad de un vuelo a St. Louis para dar una conferencia. Estaba leyendo una historia en el New Yorker que me hizo pensar en mi madre y, sin darme cuenta, sola, en el asiento, susurré: «Yo sé, madre, yo sé» –encontré  una pluma, y pensé en ti– que algún día volarás sola a alguna parte, que quizás yo ya haya muerto, y desearás hablar conmigo.

Yo quiero hablar. (Linda, quizás no estés volando, quizás estés en la mesa de tu cocina tomando té, alguna tarde cuando tengas 40. En cualquier momento) y quiero decirte:

Primero, que te amo.

Dos, que nunca me decepcionaste.

Tres, yo sé. Yo estuve ahí alguna vez. Yo también tuve 40 con una madre muerta que todavía me hace falta.

Éste es mi mensaje para la para la Linda de cuarenta. No importa lo que pase, siempre serás mi pajarito, mi Linda Gray. La vida no es fácil. Es terriblemente solitaria. Yo lo sé. Ahora tú también lo sabes –en donde estés, Linda, hablándome. Pero yo tuve una buena vida –escribí infeliz– pero viví a capa y espada. Tú también, Linda –vive al límite. Te amo, mi Linda, a los cuarenta, y amo lo que haces, lo que encuentras, lo que eres. Sé tú misma. Pertenece a aquellos que amas. Háblale a mis poemas y a tu corazón  –estaré en los dos: si me necesitas. Mentí, Linda. Yo también amé a mi madre y ella me amó a mí, ella nunca me sostuvo pero la extraño, tanto, que tuve que negar que alguna vez la amé –o ella a mí, ¡pero qué tonta, Anne! ¡Así es![1]



Anne Sexton (1928-1974) le escribiría esta carta a su hija, Linda, unos años antes de suicidarse. Nació en Massachusetts en 1928 y a los 19 años se casó con Alfred Muller Sexton. Gran parte de su vida luchó contra  un trastorno mental  que la llevó a internarse en numerosas ocasiones en hospitales psiquiátricos; y aunque paradigmática, su incursión en la poesía fue parte de una terapia médica que la llevó a ganarse el Pulitzer en 1969.

Estudió en el taller de John Holmes, y  posteriormente con Robert Lowell, donde conoció a Silvya Plath; junto a estos dos últimos poetas fue considerada una poeta confesional. En alguna ocasión, Sexton dijo que si algo la había influenciado en la vida había sido el libro Heart’s Needle de W.D. Snodgrass, quien también fuera alumno de Lowell y fundador de esta corriente, cuyo título, adjudicado a M.L. Rosenthal por su ensayo «Poesía como confesión»,  repudió hasta morir en el año 2009.  Snodgrass escribió este libro para su hija después de divorciarse y pelear su custodia, fue un trabajo revolucionario que mostró por primera vez la intimidad del hombre frente a su medio. A diferencia de los poetas modernistas que abordaron los problemas de la modernidad como espectadores, a través de la figura del flâneur, el caminante que va aprehendiendo su entorno a través de la observación, la poesía de Snodgrass profundiza en los problemas de la masculinidad en ese contexto moderno.

Autoras como Anne Sexton y Silvya Plath representan esta trasgresión del poeta a partir de su condición de mujeres suburbanas. La poesía confesional podría entenderse como una suerte de transmutación de la condición del poeta con su poesía. Sin embargo, no se trataba de reducir la experiencia a un asunto de intimidad –nadie  puede negar que la poesía, en su construcción, lo sea–; se trataba, sin esta consciencia de su vocación confesional, de romper con los paradigmas de lo que se podía contar o no en un poema. Ambas poetas lo logran, con un trabajo mayoritariamente autobiográfico, abordando temas tabúes como el aborto, el divorcio, la masturbación, etc.

Anne Sexton construyó un personaje y se mimetizó con él. Quizás ésta sea una de las razones por las que tanto críticos como lectores vieron en su poesía una derivación de su propio desbordamiento. A ella, como a cualquier otro poeta, también hay que leerla entre líneas. Personalmente creo que su categorización como poeta confesional ha hecho que muchos detractores apuesten por la literalidad de su obra. A diferencia de  Snodgrass o del mismo Lowell, la poesía de Sexton enciende todo el trayecto y más que en la supuesta arbitrariedad de su construcción, es en el origen del incendio poético donde debemos prestar atención.

Algunos de sus poemas más conocidos y controversiales son: «La balada de la masturbadora solitaria» y «La celebración de mi útero». Sin embargo, en esta muestra decidimos presentar: «Rezando en un boing 707», «Dice el poeta al analista», «Divorcio», «Descalza» y «Vieja», porque consideramos que estos poemas nos abren la puerta de algunas de sus mayores obsesiones: la lucha con su madre, su relación con Dios, su matrimonio fallido, la imposibilidad de aprehender su entorno, el caos que esconde la cotidianidad y su cuerpo como condicionante.

En 1974, Anne Sexton se suicidó  en el garaje de su casa. Ése no fue su primer intento. La poesía la sostuvo en una lucha que libró para silenciar una voz interior que la perturbó siempre. A pesar de la fuerza de sus versos, logró esconder esa fragilidad y su escaso apego por la vida en la contundencia de su yo poético. Como recordaría al final de su vida, hasta los 28 años Anne «tenía una especie de yo enterrado que desconocía si sabía hacer algo más que salsas y cambiar pañales. Era una víctima del sueño americano».

Al leer su biografía y revisar su obra, pareciera que el lector se convierte en un espectador, una suerte de voyerista que participa en una consulta psiquiátrica donde el paciente entra en catarsis; pero a diferencia de éste, el lector sí puede entrar y salir de ese laberinto de angustias personales con solo cambiar la página. Fue en esta travesía en la que Anne dejó de distinguir el personaje creado en sus poemas para fusionarse con ellos, en donde se sumió en un naufragio personal. Ya lo anticipaba a su hija Linda: «Algún día volarás sola a alguna parte […] quizás yo ya haya muerto, y desearás hablar conmigo […] La vida no es fácil. Es terriblemente solitaria. Yo lo sé.»

Beatriz Estrada Moreno


Rezando en un boing 707



Madre,

cada vez que le hablo a Dios

tú te entrometes.

Sales con tus bla bla blas en bloque,

otra vez con el asunto de las cartas.

Si escribo un poema

tú das un reporte contable.

Si hago el amor

me das las frases más graciosas.

Señora Sarcasmo,

¿por qué no te queda ningún hijo?



Ellos se aguantan sus reverencias.

Ellos se agachan con tu estilo.

Ellos se estrechan las manos –como-estás-tú

en esa misma forma inimitable.

Ellos se saltan la sopa con perejil

como tú nunca pudiste.

Ellos llevan a sus hijos en sus brazos

como tazas de chocolate caliente

como tú nunca pudiste

y todavía, todavía

con tu sonrisa, con tu hoyuelo, te imitábamos

te imitábamos a lo lejos…

el gran pino del verano,

la playa que te bañó de aceite,

el jardín hecho de narices,

la luna atada sobre el mar,

los grandes perros de sangre caliente…

la muñeca que me diste, Mary Gray,

o que tu madre me dio

o que me dio la crida.

Quizás fue ella.

Ella tenía un alma,

y era italiana.



Madre,

cada vez que le hablo a Dios

tú te entrometes.

Arriba en el avión,

bajo las nubes tan pequeñas como cachorros,

el fuego postrado en el sol,

hablé con Dios y le pedí

platicarle mis fracasos y mis éxitos,

le pedí que me hiciera un juicio moral

como lo hace.



Él dice

no has hecho,

no has hecho.



Madre,

tú y Dios

flotan con el mismo vientre

arriba.


Dijo el poeta al analista



Mi negocio son las palabras. Las palabras son como etiquetas,

o monedas, o mejor: como un enjambre de abejas.

Yo confieso que sólo me quiebra la fuente de las cosas;

como si las palabras se contaran como abejas muertas en el ático,

desabrochadas de sus ojos amarillos y sus alas secas.

Debo siempre olvidar que la palabra de uno es capaz de escoger

a otra, y de otra forma, hasta que tengo

algo que pude haber dicho…

pero que no lo hice.

Su negocio es vigilar mis palabras. Pero

no admito nada. Hago lo mejor que puedo, por ejemplo,

cuando puedo escribirle elogios a una máquina tragamonedas,

esa noche en Nevada: diciendo cómo la mágica bolsa acumulada

fue tocando tres campanadas sobre esa pantalla con suerte.

Pero si debiera decir que esto es algo que no es,

entonces me debilito, y recuerdo cómo mis manos se sintieron graciosas

y ridículas y llenas de todo

el crédulo dinero.

 Divorcio



He matado nuestra vida juntos,

he cortado cada cabeza,

con sus tristes ojos azules atrapados en una pelota de playa,

rodando por separado afuera del garaje.

He matado todas las cosas buenas

pero son demasiado tercas.

Se cuelgan.

Las pequeñas palabras de tu compañía

se han arrastrado hasta su tumba,

el hilo de la compasión,

como una frambuesa querida,

los cuerpos entrelazados

cargando a nuestras dos hijas,

tu recuerdo vistiéndose

temprano,

toda la ropa limpia, separada y doblada,

tú sentándote en el borde de la cama

lustrando tus zapatos con un limpiabotas,

y yo te amaba entonces, eras tan sabio desde la ducha,

y te amé tantas otras veces

y he estado por meses,

tratando de ahogarlo,

presionando,

para mantener su gigantesca lengua roja

por debajo, como un pez.

Pero a donde quiera yo vaya están todos en llamas,

el róbalo, el pez dorado, sus ojos amurallados flotando

ardiendo entre plancton y algas marinas

como tantos otros soles azotando las olas,

y mi amor se queda amargamente brillando,

como un espasmo que se niega dormir,

y estoy indefensa y sedienta y necesito una sombra

pero no hay nadie para cubrirme –

ni siquiera Dios.



Descalza



Amarme sin mis zapatos

significa amar mis largas y bronceadas piernas

adoradas, buenas como cucharas;

y mis pies, esos dos niños

que salían a jugar desnudos. Intrincados nudos,

mis dedos. No están más juntos

Mejor aún, ver las uñas de mis dedos

todos los diez pasos, raíz por raíz.

Todos vivaces y salvajes, este cerdito

fue al mercado y este cerdito

se quedó. Mis largas y bronceadas piernas como

mis dedos largos y bronceados.

Más arriba, mi amor, la mujer

está invocando sus secretos, pequeñas casas,

pequeñas lenguas que te hablan.



No hay nadie más que nosotros

en este fragmento peninsular.

El mar usa una campana en su ombligo

Y yo soy tu criada descalza toda

la semana. ¿Quieres salami?

No. ¿Prefieres un wiski?

No. Tú en realidad no tomas. Mejor me tomas

a mí. Las gaviotas devoran peces,

que lloran como niños asustados.

El oleaje narcótico, reclama

Yo soy, yo soy, yo soy

toda la noche. Descalza,

subo y bajo por tu espalda.

En la mañana corro recámara a recámara

de la cabaña que juega a la persecución.

Ahora me tomas de los tobillos,

subes por mis piernas,

hasta que llegas a perforar el hambre de mis ansias.



Vieja



Le tengo miedo a las agujas.

Estoy cansada de las colchonetas y los tubos.

Estoy cansada de los rostros que no conozco

y ahora pienso que la muerte comienza.

La muerte empieza como un sueño,

lleno de objetos y de la risa de mi hermana.

Somos jóvenes y caminamos

y recogemos moras azules

durante todo el camino a Damariscotta.

Oh, Susan, ella lloraba.

manchaste tu cintura nueva.

Dulce sabor –

mi boca está llena

y el dulce azul se acaba

durante todo el camino a Damariscotta.

¿Qué haces? ¡Déjame sola!

¿no ves que estoy soñando?

En un sueño nunca tienes ochenta años.











Traducción de Beatriz Estrada Moreno









NOTA

[1] Carta de Anne Sexton a Linda Gray Sexton, en Anne Sexton: A Self-Portrait in Letters, edición de Linda Gray Sexton y Lois Ames, Estados Unidos, Mariner Books, 2004, p. 424. Traducción de la autora.

 

domingo, 24 de marzo de 2013

Fealdad Bad painting + realismo sucio


«el arte es el recto ordenamiento de la razón» (Tomás de Aquino)
«el arte es aquello que establece su propia regla» (Schiller)
«el arte es el estilo» (Max Dvořák)
«el arte es expresión de la sociedad» (John Ruskin)
«el arte es la libertad del genio» (Adolf Loos)
«el arte es la idea» (Marcel Duchamp)
«el arte es la novedad» (Jean Dubuffet)
«el arte es la acción, la vida» (Joseph Beuys)
«arte es todo aquello que los hombres llaman arte» (Dino Formaggio)

Acostumbrados a todo, cómo no íbamos a estarlo también a la idea de que el arte como condición primordial debe ser considerado “bello”, como si lo bello para nosotros efectivamente fuese algo más que la perfección simétrica que idealizamos o ese misterio inherente que otorgamos a todo lo inalcanzable: un atardecer mirado desde la ventana del micro o la flaca que nos vende lo que sea en la tele, a la que le atribuimos ser portadora de “ese no sé qué”, que nos altera psico y fisiológicamente.
Desde pequeños asumimos que la belleza es un valor agregado, un punto a favor con el que cuentan algunos al momento de enfrentarse al resto y de este modo continuamos su sobrevaloración, especialmente en el ámbito creativo, porque aunque los entendidos se esfuercen en recalcar que hace mucho hemos superado tales cuestionamientos, cualquiera que esté un poco más cerca de la cotidianidad que de la teoría, podrá siempre refutar tales planteamientos. Bastaría, tan solo, salir a la calle con la fotografía del retrato que P.P. Rubens (1577-640) hizo a su pequeño hijo y con otra de algún rostro de Guiseppe Archimboldo (1527-1592) para que la respuesta sobre cual puede ser considerada una obra "bella", sea categórica. Y es que, desde los griegos, esta idea nos ha estado sobrevolando y por más intentos que hayamos hecho a lo largo de estos miles de años -vanguardias incluidas- no hemos logrado erradicarla del todo de nuestro constructo “estético” colectivo, por lo que continuamos validándola como una de las condiciones primigenias que debe poseer una obra artística para ser considerada como tal.
Sin embargo, también es cierto que, conscientes de lo que esto significa, es posible rastrear a unos cuantos individuos que instalándose del lado opuesto de esta vereda, han logrado darle un giro al monopolio de la lindura para enseñarnos su lado anverso, tanto en términos compositivos como discursivos, transformándose en los espejeadores de nuestra intrínseca “fealdad”.
No deja de resultar interesante, por ejemplo, descubrir la extraña atracción que Leonardo da Vinci (1452-1519) sentía por los rostros poseedores de proporciones que escapaban a los cánones propios de la belleza. Porque sabemos mucho más sobre su relación con la cuadratura del Vitruvio que sobre “el hobby” que lo llevaba a seguir gente fea por la calle, y mucho menos sobre la historia que cuenta el haber llegado hasta la sala de un hospital para dibujar la cara de un hombre poco agraciado que le resultaba de interés. Algo bastante similar ocurre con Alberto Durero (1471- 1528) y su famosísimo estudio a partir de los cuatro perfiles caricaturizados o "la fealdad" trabajada en el retrato de su madre. Lo mismo con uno de sus más aventajados alumnos, el alemán Hans Bandung Grien (1484-1545) quien más que por la hermosura comúnmente entendida, decidió inclinarse por la horrorosidad, la vejez y lo grotesco.
No está de más recordar que precisamente fue en el renacimiento que la sublimación de la belleza clásica regresó para alcanzar un esplendor opacado durante los largos años de “oscurantismo medieval” (del siglo V al XV) en el que jugó un rol importantísimo el último pensador antiguo y primer medievalista Aurelius Augustinus (354-430), más conocido como “San Agustín”, para quien el arte se dividiría en aspecto formal y funcional y la belleza comenzaría a significar algo más que el orden, unidad, armonía y forma corporal, para aproximarse al terreno espiritual y por ende a otro constructo irresuelto y sobrevalorado: el archiconocido dios de los evangelios.
La subjetividad del tema, está claro, obedece a los tiempos en los que se haya pretendido categorizar "lo bello" y "lo feo" y, como tantas veces se ha repetido, a la cultura en la que se quiera analizar, sin embargo no debería reducirse sólo a la composición de las obras de arte, sino y principalmente al registro que éstas buscaban atrapar, entendiendo que un cuadro, una poesía o lo que fuere, tendría que tener relación con la experiencia vital de la época en la que fue concebida.


Si esto lo entendemos como un patrón, resulta interesantísimo el sinnúmero de pinturas anónimas encontradas en iglesias y catedrales, ligadas siempre a la ejemplificación modeladora del orden cristiano. O, más interesante aún, la lógica bajo la que éstas eran desarrolladas. Nos podemos hacer una idea a través de este breve fragmento extraído de una carta enviada por el Papa Gregorio Magno (h. 540-604) a un Obispo de Marsella en la que, validando su posición iconoclasta, afirmaba: “las pinturas están hechas para la instrucción de los iletrados”, y los cuadros en una iglesia no están “para ser venerados, sino sólo para educar las mentes de los ignorantes”.

Sin duda, podríamos catalogar de "fea" esta despreciabilidad con la que el clero se refería al vulgo, podríamos decir, también, que formar en base al abuso de poder y al amedrentamiento, igualmente, lo es. Sino, imagínese usté si era un espectáculo "bello" el ver, de vez en cuando, a mujeres "feas" ardiendo en medio del espanto de la muchedumbre debido a la ocurrencia de los santificados de eliminar "el mal". O vivir amenazados por los temibles "vampiros medievales" otro de los sinónimos de inadaptabilidad que generalmente era representado por el cadáver de algún campesino de vida poco ejemplar que como condena sufría una ralentización descompositiva de su miserable pellejo y debía vagar, como bien sabemos, en busca de la sangre de otros humanos para continuar sumido en sus ruinas.
Entre paréntesis, estos seres abominables - quienes, por cierto, resultaban ser bastantes más feos que los que han llegado hasta nuestros días personificados por los chicos guapos de la pantalla grande- con el tiempo llamarían la atención de otro reconocido personaje de nuestra historia, el escritor de controversial origen: William Shakespeare (1564-1616)
Revueltas más, revueltas menos. Una vez superado este desfase de aproximadamente mil años -que bien podríamos catalogar como bastante "Feo"- la movida se concentró, mayormente, en Italia, con la reaparición de los modelos antiguos que volvían a figurar, principalmente, a través de escritos literarios, históricos y filosóficos, latinos y griegos, que fueron hallados entre los siglos XIV y XV, muchos de ellos, como era de esperarse, apilados en las polvorientas bibliotecas de conventos y monasterios.
Sin embargo, de esos años de reflorecimiento hermosural es que, precisamente, datan los fantásticos y horrorosos cuadros de la segunda fase del Holandés Jeroen Anthoniszoon Van Aeken, españolizado como "El Bosco" (1450-1516) y todas las deformidades encontrables en su famoso "Jardín de las delicias", obra de tránsito entre el arte gótico y el renacimiento, fechado con posterioridad entre 1501 y 1503, o en "Una mujer vieja y grotesca" más conocida como “La duquesa fea” de Quentin Massys (1466-1530) en los detalles de la cotidianidad en la pintura flamenca: pescados descomponiéndose sobre la luz tenue de un mesón de madera, frutas y jarrones oscuros, etc. en Francois Rabelais (1494-1553) y “Los gigantes y Gargantúa y espantagruel”, en “El elogio de la locura” a cargo de Erasmo de Rotterdam (1466 1536) o en la reaparición de “La nave de los tontos” de Sebastian Brant (1457-1521) que si bien había sido publicada en 1494, es a lo largo del renacimiento que adquiere real dimensión.
Y es que era de suponer que entre tanta armonía y grandilocuencia humanista, algunos pudiesen reconocer que ciertas tendencias estéticas estuviesen a merced de quienes pagaban por ellas e intentaran dejar ciertos tipos de señales, aunque fuesen, mínimas, que se desprendieran del engranaje compositivo canónico.
Sin embargo, es en el siglo XVII que la fealdad comienza a estar más presente de un modo distinto en el lenguaje artístico, en obras como "Los borrachos" de Diego Velásquez (España 1599 –1660); “El buey desollado” o “La caza colgada” de Rembrandt (1606–1669), los santos martirizados, los viejos decrépitos o la monstruosa "Mujer barbada" de José Ribera (1591–1652). Y en el siglo XVIII con el romanticismo, en el que entró de lleno a lo monstruoso, con un Víctor Hugo que animaba lo grotesco, definiéndolo como "una cosa deforme, horrible, repelente, transportada con verdad y poesía al dominio del arte". Bajo esta lógica fue que Mary Shelley (1797- 1851) dio a luz a Frankstein, el mismo Victor Hugo (1802–1885) a Quasimodo y Bram Stoker (1847 -1912) a Drácula. De ahí que muchos coincidan que es en este siglo cuando la exaltación de las formas libres, el sentimiento sobre la razón, la fantasía y las pasiones con un aliento trágico, hayan generado un cuestionamiento profundo de lo entendido con anterioridad como "belleza".
Pero no es sino hasta la llegada de Charles Baudelaire (Francia 1821-1867) que las cosas tomaron un tono, realmente, distinto. Del lado de Satanás, este poeta "maldito" las emprendió a favor de gusanos, cadáveres y ciudades. Contra la condición humana en general y en particular contra el París de la época, al que consideraba "centro y resplandor de la tontería universal".
Alcohol y drogas se hacían parte de la vida y la obra de este autor que, públicamente, instó a hacer uso de estas sustancias con tal de encontrarse en un estado que superara la mediocridad de la realidad circundante.
Su libro "Las flores del mal" fue censurado en 1857, acusado de ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres y reeditado en 1861, aunque sin los poemas censurados, ya que el veto sobre esta obra permaneció hasta 1949. Baudelaire, además, llevó al máximo el concepto del transeúnte que en medio de la multitud urbana sufre un constante extrañamiento que lo fuerza a estar permanentemente en un estado de desesperada melancolía. Y rescato, de paso, al particularísimo Edgar Allan Poe (Estados Unidos 1809-1849) quien dentro de su asfixiante imaginario estaba mucho más cerca del espanto que del equilibrio armonioso y sobrecogedor.
Así, las cosas comenzaron a ponerse interesantes. Como es obvio, no lograron mantenerse en la quietud en la que permanecían y llegó el quiebre: Arthur Rimbaud (1854-1891) sienta a la belleza en sus piernas y la encuentra amarga, Johann Karl Friedrich Rosenkranz (1805–1879) publica “La estética de la fealdad”, Friedrich Nietzsche (1844-1900) mata a dios, Paul Verlaine escandaliza a Francia (1844-1896)) Oscar Wilde (1854-1900) hace público y disfruta con su amante Lord Alfred Douglas. Llegan el ajenjo, el opio, los balazos, las cárceles, los mareos, el tráfico, “el arte por el arte", África, las máscaras, las máquinas, el progreso, el bullicio, las ciudades, la suciedad, las muchedumbres, la modernidad y de pronto ¡el colapso! y al decir de Arthur Danto (1924): "la vanguardia intratable".
Es entonces que comienza más que un nuevo cuestionamiento, un rechazo a la idea de "belleza". Ya no un rescate de formas clásicas adaptadas a la época, sino un alejamiento rotundo de los conceptos que se sostuvieron durante tanto tiempo. Bastante conocida es la exposición "Fauve" en el salón d¨automne en 1905, la posición de Filippo Marinetti (1876-1944) frente a la estética de la maquinaria, Luigi Russolo (1885 1947) y "El arte de los ruidos", Marcel Duchamp (1887-1968) y su urinario, la de los expresionistas y los rostros devastados por la miseria, la de los Dadaístas y la des-configuración armónica, los ultraístas y su propuesta de poesía sin figuras retóricas, "la fealdad" en Pablo Picasso (1881-1973) y Francis Bacon (1909-1992). Los surrealistas, por cierto, y la familiaridad que encontraron en las malformaciones del Bosco, en fin. Las guerras, la reconstrucción de las ciudades, las ruinas, el hambre, el miedo, etc.
Durante medio siglo el imaginario artístico cambió una y otra vez, quedando sepultado por el movimiento de turno, por el manifiesto del momento. El arte bajaba de su pedestal y sufría una transformación que terminó en un alejamiento representativo de la realidad y un aproximamiento incluso teórico hacia la fealdad, tal como lo dejó en manifiesto Theodor Adorno (1903-1969) quien consideraba que la naturaleza de “lo feo” era superior a la de “lo bello”.
Las vanguardias habían hecho su trabajo. Provocaron hasta el cansancio las definiciones, tanto de “belleza” como del arte mismo. Renovaron e innovaron. Cuestionaron la cultura burguesa. Liberaron la creación artística de las reglas con la que ésta se sobrentendía. Otorgaron validación a la fealdad y, finalmente, sucumbieron.
Para entonces, la filosofía comenzaba a involucrarse en el modo en que los artistas de la segunda mitad del siglo comenzaban a leer la realidad. Especialmente el existencialismo, que “superadas” las vanguardias y los dos conflictos bélicos mundiales, veía con cierto desencanto el sentido del hombre, su libertad y la angustia propia del existir. Albert Camus (1913-1960) lo hacía notar al plantear que “El hombre que toma consciencia del absurdo, ya no puede liberarse de él”. O Walter Kaufmann (1921-1980) que definía esta corriente como "el rechazo a pertenecer a cualquier escuela de pensamiento, el repudiar la adecuación a cualquier cuerpo de creencias, y especialmente de sistemas, más una marcada insatisfacción hacia la filosofía tradicional, por cubrirse de superficial, académica y estar alejada de la vida".
La realidad misma ya no parecía ser tan “bella”. El sólo hecho de tener en cuenta aberraciones cometidas en los campos de exterminio, daban cuenta de una naturaleza bastante separada de una condición de bondad. Todo comenzaba, entonces, a tomar un matiz sustentado en el descreimiento, incluso de los propios dogmas impuestos por las arremetidas vanguardísticas de la primera mitad del s. XX. Momento en el que el escenario cambia y de la vieja Europa salta a América y en él aparecen dos grandes artistas y alcohólicos: Jackson Pollock (1921-1956) y Whillem de Kooning (1904-1997) y, luego, para resaltar aún más la expresión abstracta que se consolidaba comenzando una nueva mitad de siglo, hace su llegada el autodidacta Mark Rothko (1903-1970) con la idea de que fuese el propio espectador quien construyera la significación de una obra.
Por entonces, todo parecía haber tocado un punto de saturación tal que no había más salida que abrazar lo elemental. Parecía que todo había sido dicho y que la obligación ante la novedad era una carga tan pesada como detestable. Las cosas se habían mezclado demasiado. La URSS, que había sido aliada de los países que derrotaron a Alemania, rápidamente se vio transformada en el "enemigo de occidente" y el mundo entero vio formarse lo que se conoció como "Guerra fría". Estados Unidos comenzó un veloz desarrollo industrial y un animado fenómeno de consumismo. Momento en el que algunos artistas deciden dejar de lado las piruetas e intentar relacionarse con los objetos de uso diario de un modo distinto. Es el caso de Jasper Johns (1930) y Robert Rauschenberg (1925-2008) amantes en quienes termina acuñándose el término “neo-dadístas”. O de los mismos integrantes del “Pop Art” y su reduccionismo formal en pro del uso de materiales procedentes de la industrialización y de la revisión de la cultura de masas. Todo esto, mientras en la literatura hacia su aparición “la generación beat”, en busca de una experimentación en términos sexuales, alucinógenos, criminales y de incursión zen.
La idea de belleza había sufrido un fuerte y certero golpe. No había musa que fuese capaz de levantarse después de una golpiza como esa. Todo el Olimpo estaba en el piso. Dando vueltas sin rumbo entre la basura de los callejones, lejos de la idea armónica de la composición artística, lejos de los grandes cantares a la naturaleza. La fealdad del hombre, y de un último siglo cargado de muerte, intentaba cubrirse con la publicidad de una prosperidad económica que, supuestamente, tarde o temprano terminaría por consolidarse. Robo, muerte, asesinato, desempleo y migraciones parecían estar presentes en la vida de una parte importante de la población, especialmente, en la de los barrios bajos de Estados Unidos. País en el que se llevaba a cabo la gran lucha contra la discriminación racial encabezada por Martin Luther King (1929-1968) y en el que a comienzo de la década del 60, nacía Jean Michel Basquiat (1960-1988) el primero de los tres hijos de Matilde Andrades, diseñadora gráfica puertorriqueña.
Se había hablado bastante, se había escrito y pintado bastante, se había pensado una y otra vez cuál era el origen y el sentido del hombre, cual era la funcionalidad del arte, la mejor manera de relacionarse con las estructuras sociales, se había vuelto a hablar de democracia y aún así parecía que, con una reflexión medianamente crítica, se hubiese podido decir con total certeza que se continuaba en el principio. Absolutamente irresueltos y con los mismos o más conflictos, aunque la apariencia estuviese siempre remitiendo a lo contrario.
No tardó, entonces, en aparecer un movimiento que vendría a sacudir, nuevamente, los cimientos ya bastante derruidos del arte. Y en 1978 (Nueva York) nace el bad painting, que cuestionaría la pintura en sí misma, a través de la utilización de métodos basados en “lo incorrecto” y en “lo feo”, que cuestionaría la idea de progreso y bienestar, las utopías de desarrollo y las bases sobre las que se sostiene la insostenibilidad de “nuestro” sistema económico.
La subcultura y el rechazo al buen gusto que caracterizaron a este movimiento también formarían parte de la personalidad y la propuesta de J.M. Basquiat, afroamericano aficionado al “Art brut”, que prefería, ante todo, la suciedad, el descuido y las herramientas propias del arte callejero para manifestar su profundo desprecio ante lo establecido.
Con referencialidades al jazz, a la cultura vudú, a escritores, a jugadores de baloncesto, a boxeadores, al trazo infantil, a Picasso, a Pollock, y obviamente a Dubuffet; este artista -convertido en la actualidad en una iconografía de mercado debido a su prematura muerte por sobredosis- debió configurar un vocabulario propio para desplegar el inconformismo que le generaba una sociedad fatua y racista. Vocabulario en el que, sin mucho esfuerzo, puede leerse una ruptura radical con la concepción de “belleza”; del mismo modo como es posible reconocer esta ruptura en Keith Haring (1958-1990) con su “post graffiti” y su activismo social, con el cual se pasaba por alto la petulancia académica y la exclusividad galerística para hablar sin tapujos de enfermedad, sexo, preservativos, jeringuillas, muerte, etc.
Ambos artistas tuvieron una vida fugaz, pero cargada de inconformismo, escándalos y “éxito”. La misma sociedad ante la que se enfrentaban, reconocía sus talentos transformándolos en productos comercializables. Paradójicamente, el hip-hop, los metros, el sida, la drogadicción, la homosexualidad, el vandalismo, los aerosoles y las plantillas, comenzaban a figurar como los temas sobre los cuales el arte centraba su atención.
De este modo, también, se popularizaba cada uno de estos temas, generando gran interés en coleccionistas capaces de pagar millonarias sumas con tal de estar en la cima de las tendencias de moda, mientras sus creadores se consumían en la viciosa soledad de sus capacidades.
El mercado y el arte pactaban, entonces, un trato que hoy en día continúa tan vigente como en aquel momento. Pacto sostenido en nombre de lo extremadamente novedoso, de lo extraño y muchas veces del aura exótica de la marginalidad, que siempre podrá acercarnos, aunque sea desde la distancia, a su condición de fealdad.
La "belleza clásica" parecía entonces haber desaparecido por completo del escenario artístico, para ser reemplazada por el kitsch, el camp o el concepto que, al decir de Warhol, estuviese viviendo los pocos minutos de fama que hubiese logrado alcanzar. Así "Lo estético", se definía en medio del sonar de las copas en cada nueva y prestigiosa galería. El maquillaje, el polvo y las luces tras bambalinas, definían el espectáculo.
Sin embargo, en el mismo país y compartiendo décadas, un grupo de escritores ligados al anticonformismo, configuraba una corriente a la que muchos han catalogado, precisamente, de ser tan sólo un slogan publicitario más y, otros, como la representación de nuestras más bellas e íntimas imperfecciones. Corriente en la que bien podría encontrar identificación gran parte de la población de cualquier ciudad del mundo o cualquiera que por más que lo desee, jamás logrará alcanzar, ni siquiera, medio minuto de la gloria prometida desde el mundo visual. Corriente cuyo principal interés es el retrato, para nada pretencioso, del desempleo, la mediocridad, el alcoholismo, la humillación, la impotencia, la rutina familiar, la imposibilidad de futuro, la falta de deseo, el auto desprecio ante la aceptación de la autoridad, la zancadilla, la autozancadilla y la insuperable insatisfacción con la que vivimos nuestro día a día en un sistema sumido en sus propios desperdicios.
Caracterizado por narraciones breves y precisas, y la falta de adverbios y adjetivos, “El realismo sucio” se sustenta en historias con finales abiertos, en las que muchas veces pareciera que no ha sucedido absolutamente nada.
Con base en el minimalismo literario este “movimiento” ha tenido como representantes a escritores que comenzaron y, la mayor parte de las veces, terminaron llevando vidas bastante similares a las de sus propios personajes, entre los que se cuentan “el mediocre” John Fante (1909-1983) de quien durante mucho tiempo se pensó que no era más que otra
de las invenciones de Charles Bukoswki, encargado de sacarlo a flote a fuerza de repetir su nombre cada vez que se creaba la ocasión. Nos deja fragmentos como: Levanté la vista. Era de día. La niebla invadía la habitación. La estufa estaba apagada. Tenía las manos entumecidas. En el dedo que se apoya el lápiz me había salido una ampolla. Me picaban los ojos. Me dolía la espalda. Apenas podía moverme a causa del frío. Pero nunca me había sentido mejor." O "-¿Tiene trabajo? -preguntó. -Soy escritor-respondí-. Espere, puedo demostrárselo. Abrí la maleta y saqué un ejemplar. -Yo lo escribí-le dije. En aquella época yo era muy impaciente, muy soberbio-. Se lo voy a regalar. Se lo dedico. Tomé la pluma del escritorio, pero estaba seca y tuve que mojarla en el tintero; moví la lengua mientras pensaba en algo simpático que ponerle. -¿Cómo se llama usted?- le pregunté. -Soy la señora Hargraves -me dijo sin el menor entusiasmo.
El alcohólico, apostador y salvaguarda Charles Bukoswki (1920-1994) despreciado por medio mundo, sobrevalorado por el jovenzuelo que recién comienza en el mundo de las putas y la masturbación y leído con cierto dejo confabulatorio por quienes, en plena conciencia de la vejez que se les monta encima, estrellan sus codos melancólicos y sonrientes sobre un mesón cualquiera, nos confesaba: Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y los destinos rotos. También me gustan las mujeres viles, con las medias caídas y arrugadas y con maquillaje barato. Me encuentro bien entre los marginados, porque soy un marginado”. O escribía: “No has vivido hasta no haber estado en una pensión de mala muerte con nada mas que una lamparita y 56 hombres apretujados en catres. Con todo el mundo roncando a la vez y algunos de esos ronquidos tan profundos y tan bastos e increíbles, oscuros, carrasposos, infrahumanos, resollantes, del mismísimo infierno. Parece como si se te partiera la cabeza entre esos sonidos de muerte. Con los olores entremezclándose: Medias sucias y rígidas y calzoncillos con orines y excremento y por encima de todo eso un aire que circula lentamente muy parecido al que emana de los cubos de basura destapados. Y esos cuerpos en la oscuridad gordos y flacos y encorvados, unos sin piernas, sin brazos, otros sin cerebro y lo peor de todo: la total ausencia de esperanza que los envuelve, que los cubre todo completamente. No se puede soportar. Te levantas. Sales. Caminas por las calles. Subes y bajas aceras. Pasas edificios. Doblas la esquina y vuelves a subir la misma calle pensando que todos esos hombres fueron niños una vez. ¿Qué les pasó? y ¿Que me pasó a mí? Está oscuro y hace frío ahí fuera.
Y por supuesto, Raymond Carver (1938-1988) conocedor, mejor que nadie, del derrumbe de todo sueño, especialmente del americano, y considerado padre del realismo sucio, que en una de sus mejores poesías nos instala de lleno en la simpleza y la complejidad de su imaginario: Los que eran mejores que nosotros, vivían cómodamente en casas recién pintadas con inodoros a botón en todos los baños. Manejaban autos de modelo y marca reconocibles. Los que no tenían trabajo, estaban apenados, no les iba bien. Sus autos extraños estaban estacionados sobre cajones, ‘al fondo’ de casas polvorientas, donde se amontonaban infinidad de objetos inútiles. Los años pasan y todo y todos son reemplazados. Existen siempre, es lo que dicen, nuevas oportunidades. Pero, para decir la verdad, a mí nunca me gustó el trabajo. Mi objetivo era permanecer desocupado. Ése era mi mérito. Me gustaba la idea de sentarme en una silla, hora tras hora, frente a la casa, sin hacer nada con un sombrero sobre mi cabeza y tomando una gaseosa. ¿Qué hay de malo en eso? Fumar, escupir de vez en cuando. Tallar madera con mi cuchillo. ¿Hay daño o maldad en esto? En ocasiones salgo con mi perro a perseguir conejos. Tienes que hacerlo alguna vez. A veces levanto a un chico gordo y rubio como yo, diciéndole: ‘‘¿de dónde te conozco?’’. Nunca digas: ‘‘¿Que quieres ser cuando seas grande?

Sin duda, el nombre de autores que, directa o indirectamente, se encuentran ligados, ya sea al bad painting o al realismo sucio, es mucho mayor que los pocos nombres subjetivamente mencionados. Existe una lista que aún continua creciendo, como crece cada día el desencanto, el fracaso y el cuestionamiento ante la idea de progreso. O como suma manifestantes el interés de no dejarse arrastrar sin antes, al menos, dar señales de vida, aunque sea ejecutando desesperadamente algún inútil aleteo. Un aleteo completamente lejano a la idea de estar queriendo decir algo, por cierto. Lejano al entusiasmo de pretender romperlo todo (forma, fondo o lo que fuese). Lejano al engaño de pretender superar el tedio cotidiano. Pero, sin embargo, vital en su propio pesimismo, como si al ejecutarlo estuviésemos constatando al menos que al fondo de toda hermosura, habita realmente lo terrible.


Entonces, si luego de este breve, veloz e incompleto recorrido volviéramos al principio y nos preguntáramos, sin datos historiográficos, ni conceptualizaciones de algún tipo ¿qué es lo que comprendo como "feo" y como "bello"? seguramente no tendríamos cambio alguno en nuestras respuestas y continuaríamos prefiriendo la hermosura de Rubens a la experimentación de Archimboldo, porque es muy difícil desmarcarse de las estructuras sobre las que fuimos moldeamos.
Ejemplo de esto es la mencionada muerte de dios, que, según lo ocurrido hace un par de semanas con la visita a España de su "representante en la tierra", pareciera que, dentro de su misma inexistencia, se encuentra más vivo que nunca. Pues, al parecer, ocurriría algo similar con los cánones de belleza, ya que independiente de los ires y venires durante estos largos siglos de quehacer artístico y por más mercado, pirotecnia o intención de acercamiento, hacia el pueblo, de los conceptos propios del lenguaje creativo, para la mayoría de "las gentes" las descripciones sexuales de George Baitalle (1897-1962) o las orgías anales del Marqués de Sade (1740-1814) continuarán siendo despreciables, de mal gusto o simplemente “feas”. Esto, aunque agreguemos citas, fechas, referencias y un sinnúmero de pies de páginas para explicar que lo que se quiere representar en ellas es, necesariamente, lo que se quiere representar, o sea, una parte de nuestra naturaleza, una mirada a lo que en el fondo, también, somos. Porque aunque estemos acostumbrados a fingir en nombre, precisamente de las costumbres, hay en nosotros una horrorosidad propia, una fealdad evidente que buscamos muchas veces, de manera infructuosa, ocultar.
Si no me cree, salga a la calle y fíjese en cada uno de los transeúntes que pululan por su ciudad, luego reflexione un poco sobre usté mismo y, finalmente, pregúntese de qué lado de la balanza le tocaría estar.

"Preguntad a un sapo qué es la belleza, el ideal de lo bello, lo to kalòn . Os responderá que la belleza la encarna la hembra de su especie, con sus hermosos ojos redondos que resaltan de su pequeña cabeza, boca ancha y aplastada, vientre amarillo y dorso oscuro. Preguntad a un negro de Guinea: para él la belleza consiste en la piel negra y aceitosa, los ojos hundidos, la nariz chata. Preguntádselo al diablo: os dirá que la belleza consiste en un par de cuernos, cuatro garras y una cola".
Francois Marie Arouet “Voltaire” (1694-1778)


Juan Malebrán
Cochabamba-2011

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