Seguidores

Edita con nosotros

domingo, 25 de agosto de 2013

PARA LLEGAR A “FRAGMENTOS A SU IMÁN” Y AL FUTURO DE LEZAMA LIMA



Escrito por Antonio Marín Segovia.

Lezama Lima es el eterno apátrida habanero, amigo de los exilios interiores, era un ser que necesita viajar a todas horas dentro, muy dentro de un pedazo de papel.

Lezama intuye en el poema “EL PABELLÓN DEL VACÍO” su final fragmentario y la vuelta a la armonía, al imán, al círculo abierto que todo lo contiene…

El último libro “Fragmentos a su imán” es una colección de poemas íntimos y cercanos; una reconciliación con lo elemental, lo nutritivo, que siempre es humilde y simple, a la par que nos da intenso sabor y recuerdos imborrables. Todavía recuerdo la gran alegría que tuve al poder leer ese testamento poético y mágico de Lezama a mis 17 años. Me veo recorriendo emocionado la calle del Mar, después de abandonar la Librería Isadora, sita en una bocacalle de la modernista y parisina rue La Paz, donde compré el volumen allá por el año 1978, dos años después del viaje definitivo que el gran escritor vasco-cubano Lezama tuvo a bien emprender, a fin de reunirse con su insigne amigo Góngora y Argote, y con el dialogante y hosco Juan Ramón.

El eterno apátrida habanero, amigo de los exilios interiores, era un ser que necesita viajar a todas horas dentro, muy dentro de un pedazo de papel. Los grandes sibaritas, los buenos poetas precisan perderse dentro de un café humeante y matinal, para así poder convertirse en amigo íntimo e inseparable de todos los dioses olvidados.

Dos años antes, el poeta Juan José Romero Cortés, tuvo el gran acierto de regalarme una hermosa edición de los Poemas completos de Lezama Lima, en una singular y exquisita edición cubana de tapa dura y entelada con primor, tintada de un níveo esplendoroso, donde constaban excelsos e inquietantes dibujos vanguardistas. Esos diseños daban vigor a una obra ya de por sí interminable e irrompible y me indicaban que en España estábamos muy atrasados en todo, incluso en desear, en amar, en soñar, en huir…

Creo recordar que el poeta Juan José, Sagitario y enigmático amigo de los impulsos como el propio Lezama y un servidor, pensaba que yo escribía igual de barroco, tenso, desbocado y alambicado que el gran discípulo cubano de Góngora…

Todos tuvimos en nuestra juventud nuestros devotos pecados. Y el mío fue creerme un ser mitológico, atravesado por las palabras y las urgentes ruinas de un paisaje sin dueño, de un abrazo sin fin, de un fuego amable, capaz de edificar un país donde la luz y la música, pudieran alimentar a propios y extraños… Por eso Venus es una mujer real y que únicamente los que saben amar y reír, pueden abrazar.

Nota a destiempo:

El pobre Lezama fallece el 9 de agosto de 1976, unas horas antes de que el libro “FRAGMENTOS A SU IMAN” fuese impreso. Cuenta su mujer, que al llegar del entierro a casa, recibió un ejemplar del último y más hermoso libro de poemas del escritor cubano, de origen vasco…

“Fragmentos…” es para un servidor un libro tan elemental, que conviene leerlo lentamente, cuando uno desayuna y saborea el inicio del día.

Para ser eternidad y renacer en vuelo o suspiro, hay que huir de nuestro cuerpo, olvidar todos nuestros futuros y mirar fijamente y con rabia al sol.

Los buenos libros y el buen amor, se deben disfrutar en compañía, junto a un buen café y unas suculentas viandas.


EL PABELLÓN DEL VACÍO

Voy con el tornillo
preguntando en la pared,
un sonido sin color
un color tapado con un manto.
Pero vacilo y momentáneamente
ciego, apenas puedo sentirme.
De pronto, recuerdo,
con las uñas voy abriendo
el tokonoma en la pared.

Necesito un pequeño vacío,
allí me voy reduciendo
para reaparecer de nuevo,
palparme y poner la frente en su lugar.
Un pequeño vacío en la pared.
Estoy en un café
multiplicador del hastío,
el insistente daiquirí
vuelve como una cara inservible
para morir, para la primavera.
Recorro con las manos
la solapa que me parece fría.
No espero a nadie
e insisto en que alguien tiene que llegar.
De pronto, con la uña
trazo un pequeño hueco en la mesa.
Ya tengo el tokonoma, el vacío,
la compañía insuperable,
la conversación en una esquina de Alejandría.
Estoy con él en una ronda
de patinadores por el Prado.
Era un niño que respiraba
todo el rocío tenaz del cielo,
ya con el vacío, como un gato
que nos rodea todo el cuerpo,
con un silencio lleno de luces.

Tener cerca de lo que nos rodea
y cerca de nuestro cuerpo,
la idea fija de que nuestra alma
y su envoltura caben
en un pequeño vacío en la pared
o en un papel de seda raspado con la uña.
Me voy reduciendo,
soy un punto que desaparece y vuelve
y quepo entero en el tokonoma.
Me hago invisible
y en el reverso recobro mi cuerpo
nadando en una playa,
rodeado de bachilleres con estandartes de nieve,
de matemáticos y de jugadores de pelota
describiendo un helado de mamey.
El vacío es más pequeño que un naipe
y puede ser grande como el cielo,
pero lo podemos hacer con nuestra uña
en el borde de una taza de café
o en el cielo que cae por nuestro hombro.

El principio se une con el tokonoma,
en el vacío se puede esconder un canguro
sin perder su saltante júbilo.
La aparición de una cueva
es misteriosa y va desenrollando su terrible.
Esconderse allí es temblar,
los cuernos de los cazadores resuenan
en el bosque congelado.
Pero el vacío es calmoso,
lo podemos atraer con un hilo
e inaugurarlo en la insignificancia.
Araño en la pared con la uña,
la cal va cayendo
como si fuese un pedazo de la concha
de la tortuga celeste.
¿La aridez en el vacío
es el primer y último camino?
Me duermo, en el tokonoma
evaporo el otro que sigue caminando.

1° de abril y 1976.
(Fragmentos a su Imán, 1970-1976)


LA MUJER Y LA CASA

Hervías la leche
y seguías las aromosas costumbres del café.
Recorrías la casa
con una medida sin desperdicios.
Cada minucia un sacramento,
como una ofrenda al peso de la noche.
Todas tus horas están justificadas
al pasar del comedor a la sala,
donde están los retratos
que gustan de tus comentarios.
Fijas la ley de todos los días
y el ave dominical se entreabre
con los colores del fuego
y las espumas del puchero.
Cuando se rompe un vaso,
es tu risa la que tintinea.
El centro de la casa
vuela como el punto en la línea.
En tus pesadillas
llueve interminablemente
sobre la colección de matas
enanas y el flamboyán subterráneo.
Si te atolondraras,
el firmamento roto
en lanzas de mármol,
se echaría sobre nosotros.


(Fragmentos a su Imán, 1970-1976)






BIOGRAFÍA

José María Andrés Fernando Lezama Lima nació el 19 de diciembre de 1910 en el campamento militar de Columbia, La Habana. Era hijo de José María Lezama y Rodda, coronel de artillería, ingeniero, y de Rosa Lima y Rosado. Al año siguiente la familia se mudó la Fortaleza de la Cabaña, y en 1918 su padre se ofreció como voluntario a las tropas aliadas para combatir en la Primera Guerra Mundial, por lo que la familia viajó a Estados Unidos, al año siguiente murió y la familia se trasladó de nuevo, esta vez a casa de la abuela materna, en la Habana. 
Lezama estudió en el colegio Mimó y realizó la secudnaria en el Instituto de La Habana, donde se graduó de Bachiller en Ciencias y Letras en 1928. La situación económica de la familia se fue haciendo cada vez más difícil y la familia se mudó a la casa donde Lezama pasaría el resto de sus días, en Trocadero 162. En 1929 inició sus estudios de Derecho en la Universidad de La Habana. En 1930 participó, el 30 de septiembre, en la histórica manifestación estudiantil que dio inicio a la arreciada de la lucha contra el dictador Machado, la Universidad fue clausurada y eso le permitió dedicarse con gran vigor a la lectura. 
En 1935 publicó por primera vez en la revista Grafos, y al año siguiente pudo reiniciar sus estudios universitarios. En 1937 fundó la revista Verbum, de la que salieron tres números, por esa misma época se inició su estrecha relación con Juan Ramón Jiménez. Publicó su primera novela: Muerte de Narciso.
Empezó a trabajar como abogado sin dejar nunca de lado su vocación literaria. Fundó otra revista, Espuela de plata.
Abandonó su trabajo en el bufete para colaborar en el Consejo Superior de Defensa Social, instalado en el penal del Castillo del Príncipe. 
De nuevo en 1942 animó una nueva revista de poesía: Nadie Parecía.
Su obra se iba haciendo conocida y el el 18 de mayo de 1943 la Sociedad Pro-Arte Musical estrenó en el Auditórium el ballet Forma, basado en textos de J.L.L, con coreografía de Alberto Alonso e interpretado por Alicia y Fernando Alonso.
A partir de 1945, hasta 1959, trabajó como funcionario en la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación.
Sigió publicando, y ya en 1949 aparecieron en Orígenes los primeros capítulos de Paradiso, la que sería su obra maestra y una de la mejores novelas del siglo XX.
Viajó a México y Jamaica y se dedicó en estos años a realizar lecturas y conferencias.
En 1960 fue nombrado director del Departamento de Literatura y Publicaciones del Consejo Nacional de Cultura. En 1961 asistió como delegado, al Primer Congreso de Escritores y Artistas Cubanos, en el que fue elegido para ocupar una de las seis vicepresidencias de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y comenzó a trabajar en el Centro Cubano de Investigaciones Literarias, hasta 1965.
El 5 de diciembre de 1965 se casó con María Luisa Bautista.
En 1966 apareció publicado Paradiso, al cabo de dos años participó como delegado en el Congreso Cultural de La Habana, donde lee su ponencia "Sobre la poesía".
La Biblioteca Nacional "José Martí" le ofrece un homenaje como parte del ciclo "Vida y obra de poetas cubanos".
En 1969 comenzó a trabajar como asesor literario de la Casa de las Américas, y al año siguiente Paradiso fue publicada por la editorial mexicana Era, en una edición revisada por el autor y al cuidado de Julio Cortazar y Carlos Monsiváis. 
Recibió un homenaje de la UNEAC con motivo de su sesenta Aniversario.
En 1972 murió Rosa, su hermana mayor, en Miami.
Lezama Lima murió en La Habana 9 de agosto de 1976.

Su novela Paradiso, obra cumbre del autor, es considerada por muchos críticos como una de las obras cumbres de la narrativa del siglo XX, en ella confluye toda su trayectoria poética de carácter barroco, simbólico e iniciático. Para muchos especialistas, el conjunto de la obra lezamiana representó dentro de la literatura hispanoamericana una ruptura radical con el realismo y la psicología y aportó una alquimia expresiva que no provenía de nadie. Julio Cortázar fue sin duda el primero en advertir la singularidad de su propuesta. Muchos poetas y narradores posteriores a ese período siguen admitiendo la influencia significativa que la propuesta del maestro ha tenido en su obra: la más notoria se proyectó sobre S. Sarduy, que postuló su teoría del neobarroco a partir del barroco lezamiano.
José Lezama Lima crea un sistema para explicar el mundo a través de la metáfora y especialmente la imagen. Su famosa frase lo resume “la imagen es la realidad del mundo invisible”.



PREMIOS

Premio Maldoror de poesía, 1972




lunes, 5 de agosto de 2013

Florencia Smith, poeta chilena



Las Muertas



Tú me vas
Tú me vas a venir a decir
Tú me vas a venir a decir a mí
Que estoy prestada
Que no puedo parir
Ni por la boca
Ni por el vientre
Que no puedo hacerme la renuncia
A mi debilidad
Que no puedo asomarme a esa casa
Morbosa
Donde la muerte hizo de su cuerpo
Un hijo de ninguna vida
Donde justo en el centro de la herida infecta
Me esta creciendo una plaga que no se parece a ninguna de las mil
Y esa ruina
Me esta llenando una palabra entera por dentro
y al mismo tiempo me esta perforando
Justo ahí
Donde nada de mí se parece a nada de ti ni de nadie
Tú acaso
Alguna vez
como nula vez
me vas a venir a decir
Que tengo la voz hecha un hilo
apenas un silbido de páramo desierto
apenas un cuchillo y una tocadura accidental
y que si no fuera por esta sordina de voz que me queda
No podría reconocérseme el silencio nefasto que aguardo
Porque estoy prestada
Porque no sé decirme dejar de expeler así
Porque no sé darme de comer cuando hace frío
Porque no sé abrigarme cuando nadie me conoce
Porque no sé mentirme cuando los hechos están abiertos ante mi
Porque no sé colmarme si apenas me soporto
tampoco sé sostenerme si malamente me paro en amargo
Porque no sé cantarme la duda tal como viene
Porque no sé conducirme sin estos gestos pesados de la mente
Porque no conozco la adaptación sino a un margen
Porque no puedo soslayarme ante mis huidas
Porque no puedo ocultar la marca que castiga a mi cuerpo
y sin embargo me ato el paso
y sin embargo me cuezo la demora sin irme
Porque no convengo decir atenerme deberme obedecerme
En alguna parte del resto del miedo
Ese cadáver y ese mundo
mal se leen
Porque no doy altura ni asco suficiente
Para dejar de expelerme así
Para dejar de manifestar esta arcaica sola manera
Para dejar de estar siempre
en la parálisis
en la fractura
en el hueso desfasado
en el frío tarde y atiborrado de surcos
Y me doblo
Tan tensa como me soy me doblo
y sé guardarme
Aunque a veces me sobrevenga el riesgo de partirme
me doblo y me incomodo y pareciera que fuese a quedarme así en el desajuste
y sigo ensayando hasta hincharme y endurecerme
y quizá mutilarme sin verme
mientras tú
Tú vas
Tú me vas
Tú me fuiste a decir
Tú me quisiste
decir
que No
que esta parte mía
como ajena me es
no saca no corta no duele no aguanta
cuando se la golpea
Tú me hiciste decir
que yo lo quise
que sin mí no habría catástrofe
y yo, Catástrofe
y el crimen
y mi ancho paladar abierto
y mis costillas duras
y mi aliento suicida
y mi parte mas abierta
se borrarán de una memoria debilitada cuando amanezca
Tú me hiciste repetir
que no
Que sin mí ni mi suceso
No habría cárcel de carne
No habría ventanas selladas ni puertas descerrajadas
Que sin este porte ni este género
No habría las ganas
De más
Es por esto que ahora vienes
Te allegas sosteniéndome en las muñecas
Y así
Toda cosida como estoy
No te hablo
No sé hablar cuando tengo la lengua rota
Y nadie se acerca para abrirme
Para que salga esa espera
Esa tortura
Esa palabra que me creció hinchada
Y que dice No
Que se dice No
Que se sabe No
Que se inventa No
He de aprender a darme
A mentirme
A abrigarme
A decirme
A cantarme
A conducirme
A definirme
Esos son verbos que nunca olvidamos
Es sólo que la historia nos hizo suponerlo
Es solo que no estaba contemplado demorarse
Ni que el día de hoy nos dieran en llamar
Las Muertas


*Texto escrito para ChilePoesía 2008, martes 25 de noviembre, Día internacional de la no violencia contra la mujer, lectura en la Plaza de La Constitución, Santiago.




San Antonio, 1976. Profesora de Castellano y Licenciada en Educación de la Universidad de Playa Ancha de Valparaíso (2002). -Ha publicado El margen del cuerpo, Editorial Fuga, 2008. -Publicaciones en Antologías: *Antología 21 poetas, Universidad de Playa Ancha. (1999) *Antología Poética “Viernes, veinte horas”, Taller Veinticuatro, Centro Comunitario Padre Hurtado, Las Condes. Claudio Geisse editor. (2001) *Creación desde la palabra, UTFSM de Valparaíso. (2001) *Antología Poética Universidad de Playa Ancha (2002) *Antología de la joven poesía de Valparaíso “El mapa no es el territorio”, Editorial Fuga. Ismael Gavilán. (2007) *Antología Poética Des-aparecido, Valparaíso. Ediciones Comuna Memoria (2007). *Escritura Pública, Obras reunidas. Taller de Escrituras Buceo Táctico, San Antonio. Editorial Economías de Guerra. (2008) -Encuentros y lecturas públicas de poesía: *Carnavales Culturales de Valparaíso (2001) *Encuentro Internacional de Poetas CHILE-POESÍA, Santiago (2003) *Encuentro Internacional de Poetas Jóvenes POQUITA FÉ, Santiago (2004) *En boca de mujer (Lectura de poetas chilenas). Día mundial del libro y el derecho de autor, SECH. Biblioteca Nacional, Santiago. (2008) *Homenaje a Gabriela Mistral, Universidad Santo Tomás, Viña del Mar (2008) *Encuentro Internacional de Poetas CHILE-POESÍA, Santiago (2008) Florencia Smiths

jueves, 11 de julio de 2013

Las armas de una poeta chilota





POR : Vivian Lavín Almazán

Rosabetty Muñoz conversó con Vuelan las Plumas cuando vino a presentar su libro Polvo de Huesos, una antología preparada por Kurt Folch editado por Ediciones Tácitas y ya se va….dejándonos confundidos, dolidos y extraviados en nuestros propios dolores y desarraigos.
inShare

Claves: chiloé, educación, poeta, Rosabetty Muñoz

Rosabetty Muñoz viene a la ciudad por pocos días. Pareciera que las catedrales de cemento la espantan o que el aire contaminado la deja sin aliento. Parte rauda de regreso a su Chiloé natal. La ganadora del Premio Altazor 2013 por su libro Polvo de Huesos (Tácitas Ediciones, 2012) se sienta halagada con esta antología preparada por Kurt Folch y emprende vuelo, dejando la polvareda de versos filosos a su paso…

Para el lector inadvertido, podría extrañar que no menciones ni al Trauko ni a la Pincoya en tus versos, sin embargo, el paisaje humano y natural donde transitan sí lo está. Kurt Folch advierte en su prólogo que “los escritores chilotes siempre cargan con la mitología chilota”.

Debe ser porque durante tantos años, no solo yo, sino que muchos de los que escribimos en Chiloé, hemos tenido la precaución de ir caminando en una dirección que sea la de ir buscando aquellos elementos constitutivos esenciales y no caer en la trampa del estereotipo que quizás muchos quisieran ver en nosotros. La materialidad visible que caracteriza a  la cultura chilota sí es importante en nuestro imaginario pero no tiene valor si es que no está viva en la vivencia de lo cotidiano, por lo que yo extraigo de ahí lo que me es más significativo. Ese es el punto donde yo trabajo y no tengo necesidad de estar nombrando cierta mitología que ya está encarnada en nuestra forma de ser.

De ese paisaje donde extraes los elementos esenciales se ha producido un cambio. Lo vienes diciendo desde hace tiempo, como cuando dices en un verso del libro Hijo del año 1991: “…para contarte de esta isla/cómo era antes/ de los depredadores”.

El Chiloé de hace 20 años no tiene nada que ver con el de hoy. He tenido la experiencia, junto a mi generación, de vivir en ese tránsito, una infancia y una adolescencia muy impregnada de la cultura rural, de los parientes, de la vida comunitaria, de modo que viví la cultura chilota muy ligada a la tradición.

Y me tocó ver la transición al salir de la isla y volver a trabajar intencionadamente allá y encontrarme con una cultura donde los medios de comunicación han sido muy invasivos. Hablar de “un puente a Chiloé que lo invade todo” es un absurdo, las comunicaciones ya lo hicieron. El mall de Castro es una muestra, no solo es un adefesio sino que una agresión directa contra una forma de vivir. Se trata de un edificio que significa cambiar una estructura de vida y que se impone visiblemente ahora en una comunidad que hasta hace 20 años tenía otra manera de entender la realidad.

Polvo de huesos es una antología realizada por Kurt Folch, ¿cómo la recibes?

Es un trabajo muy minucioso de búsqueda en mis libros publicados pero también en libros inéditos. Kurt, junto al diseñador Miguel Naranjo y al editor Adán Méndez, hizo una tarea que me honra. Es un privilegio llegar a la cincuentena con una antología producto de una lectura seria de mi obra.

Tu vida y obra Rosabetty está marcada por la opción de vivir en un lugar, que es la Isla Grande de Chiloé. ¿Cómo se inserta la palabra, la literatura en un Chiloé tan maltratado?

Hay un grupo de escritores y artistas que intencionadamente quisimos quedarnos en la provincia. Es una decisión y gesto político de permanecer allá y hacer  nuestro aporte, desarrollar nuestro trabajo en el lugar donde creemos que tiene importancia y es pertinente lo que hacemos. Después de la literatura, la pedagogía es mi otro gran amor y no estoy dispuesta a hacerla si no es en la educación pública. Cuando me han ofrecido hacer mi taller en colegios particulares, respondo que los niños de esos colegios ya tienen suficientes privilegios por lo que quisiera hacerlo donde se necesita. Para la realización de este taller han confluido muchas variables: para el movimiento de 2006, los chicos, después de una prolongada toma, lograron que estos talleres fueran parte del “currículum”. De manera persistente desde hace ocho años, hemos tenido casi un tercio de la matrícula del Liceo inscrita en el taller literario, lo que es un récord. Esto tiene que ver con varias cosas. Primero, que descreo esto de que a los jóvenes no les gusta la literatura, lo que a ellos no les gusta es la forma en que se está enfrentando el territorio de la palabra. En el taller que hago, hay mucha conversación y, a veces, ni siquiera hablamos del libro pero sí de la vida, ya que es fundamental saber qué es lo que les está pasando, cómo están viendo la realidad, porqué usan ese lenguaje. Recojo muchas cosas de la calle y después las pongo en la conversación. Nada de sus vidas es ajeno al taller.

Hay una suerte de encarnación de la literatura…

Hay mucho de vida allí. Esto tiene que ver con la forma en que se enseña literatura y también lo que se espera de ellos. Me conforma con que haya un ambiente festivo en torno a la palabra…me enorgullecen el microclima que hay en su interior. Allí, hay libertad para transitar, para escribir debajo de una mesa si se quiere, eso no importa. Hay una actitud de escucha permanente del otro y no se ejerce violencia de ningún tipo, no se aceptan los garabatos, por ejemplo. Luego, quienes tienen talento, creatividad y ganas tienen la oportunidad de mostrar sus cosas y seguir creciendo más allá del taller, contactándonos por correo electrónico o juntándonos en un café…se generan espacios que trascienden la sala de clases y el Liceo. Los frutos son elocuentes: el año 2010, uno de ellos ganó el premio Roberto Bolaño como joven talento y otra chica ganó otro reconocimiento importante para participar en una instancia internacional. A nivel regional, hemos obtenido todos los premios y no es porque haya una receta, sino que es solo un espacio donde se desarrolla lo que los chicos traen. Ocurre en muchas partes que los profesores tienen demasiado trabajo como para desarrollar un taller así. Yo he podido hacerlo porque me he dedicado solo a esto. Es mi dedicación fundamental.

En 1981, decías en el poema Grito de una oveja descarriada: “Hay que salir  la calle/y zarandear a todo el mundo, traumatizarlos si es necesario./Cualquier cosa es mejor/ que verlos bailar salsa u otro similar/ al compás de los siglos”.

Este fue mi primer libro….y me cuesta un poco leerlo hoy. Estaba empezando pero no se me han quitado las ganas. Desde hace cinco años, por ejemplo, tengo una página completa en un diario regional donde escribo ad honorem y expongo los temas que son duros para Chiloé y sigo dando la pelea. También lo hago con mis estudiantes, todos los días reflexionamos para estar alerta. La educación es el vehículo que yo uso para dar la pelea.

Hoy también escribes en prosa poética… ¿cómo conviven con tu poesía?

Es algo extraño. Estoy entrando en un ámbito distinto que no había ocupado antes porque yo no suelo escribir sobre mi vida ni mis historias personales. Todos los libros anteriores tienen que ver con un papel social, una especie de interpretación de la comunidad con mucho interés sobre la invasión cultural a Chiloé y temas globales…y en estos últimos tiempos, he sido conquistada porque veo otra manera de hacer aparecer la memoria de este Chiloé en pérdida y tiene que ver con la memoria personal. Ciertas imágenes, pequeñas fotografías de lo que viví cuando niña y eso lo he tenido que decir de esta manera.

Ceremonia

El vestido de la novia cuelga de un cordel en el patio. Solo unos pasos más allá, sus compañeros de infancia carnean corderos para la celebración. La sangre brota abundante de las gargantas que aún palpitan mientras los niños la recogen en una palangana. Una de ellos ha estado llorando a escondidas pero eso no importa ahora. La casa que fue despoblándose de los suyos con los años, rebosa ahora de trajines, desfilan vestidos de fiesta en sus colgadores, trajes, corbatas, zapatos brillantes se alinean a la entrada de las habitaciones. La novia salió a recoger flores blancas y amarillas para su ramo y las ha puesto junto a los bolsos donde los padrinos tienen preparado el quinto. Lanzarán en la tarde, las monedas anunciando prosperidad aunque sean pocos los que se arrojen por ellas al suelo, aunque los espectros vean el metal escurrirse entre sus dedos de aire.

Este poema tiene un correlato bien directo. Hace dos años, una sobrina se fue a casar a una isla que se ha ido despoblando. Las casas están cerradas y si te asomas a las ventanas, ves las lavadoras, las camas montadas, el refrigerador pero la gente se ha ido siguiendo a los hijos que trabajan en Puerto Montt o en Castro… y quedan las casas con llave. Para ese matrimonio se abrieron muchas de esas casas. Volvió mucha gente a la isla para ese evento y era una imagen impresionante, volver a ver el pueblo lleno de vitalidad, fiesta como alguna vez lo fue y como le gusta a los chilotes. Los acontecimientos de la realidad se ordenan de un determinado modo como para que a mí me parezca, por ejemplo, que eso, el puro acto aquel de que abran las puertas de la casa, que empiece a salir humo de la cocina en una isla que está quedando sola, donde no hay agua casi, donde ya no queda leña ni trabajo para los jóvenes y solo queda gente muy mayor en un Chiloé que se está perdiendo, lo recoja. El trabajo de la poesía es dejar un testimonio, es el capital cultural guardado en estas páginas de los libros que uno escribe.

Rosabetty Muñoz conversó con Vuelan las Plumas cuando vino a presentar su libro Polvo de Huesos, una antología preparada por Kurt Folch editado por Ediciones Tácitas y ya se va….dejándonos confundidos, dolidos y extraviados en nuestros propios dolores y desarraigos.

CRÍTICA LITERARIA

 “EL LUNAR Y OTROS  CUENTOS”,


                       de Roxana Heise



            Por  Federico Krampack


Parte del estilo deconstructivo, romántico y realista que tienen los cuentos de Roxana Heise, derivan sin duda de un estilo pictórico que tiene profundas raíces en el feminismo más profundo de la escuela de Virginia Woolf, Gabriela Mistral y Simone De Beauvoir, entre otras grandes referentes. Los cuentos de Heise despiertan en el lector, una sorpresa mágica, necesaria, dúctil, extraña, que no deja de plantearnos muchas preguntas: ¿cuál es la vertiente que separa a la mera anécdota de un cuento repleto de ambigüedades, ironías, o qué es lo que se espera de un ‘microcuento’ que no lleva más de tres líneas? ¿Qué trasfondos, estética, superrobjetivo, tienen? ¿Cuál es el punto de su autora: desafiar la estructura literaria como tal, o sencillamente desafiar los estándares del lector medio de nuestro escuálido panorama nacional a través de los prismas sexistas, paradójicos y cotidianos de las relaciones humanas? En los cuentos de Roxana Heise, hay mucha duda y trasfondo que parece responder a un prístino y fresco aullido de género más que un fascinante aullido de literatura orgánica, sincera y sintetizada, desde los rincones del Sur de Chile. Algo que se agradece mucho.

1- EL MICROCUENTO COMO GÉNERO: CAPAS, ESTILO E IMPACTO.

Los microcuentos no son un género literario muy conocido, aunque sí muy cultivado y mucho más prolífico de lo que uno imagina, sobretodo cuando uno lee “El lunar y otros cuentos” de Roxana Heise. Es un ejercicio difícil, enriquecedor (para el escritor y el lector) y que pone a prueba muchos detalles
incisivos como la capacidad de resumir, la abreviación del relato, el superobjetivo, el pensamiento y sobretodo con estilo, porque con no más de 10 líneas hay que lograr que el lector se conmueva el mínimo con la historia contada, lograr que la pequeña narración tenga consistencia e interese desde un adyacente hook (o gancho, como también se le conoce). La poesía, por ejemplo, tiene un poder similar, aunque la prosa se puede extender, alargar como manantial, y el efecto sobre el lector se puede dilatar más; en el microcuento, el efecto es como una terapia de electricidad, como una jeringa directamente a la piel: es inmediato. Lo que hace la autora en definitiva es mermar al máximo una historia tremendamente complicada y reducirla a un estado mental, a una cápsula emotiva llena de fisuras, vaguedad y sarcasmo, que traspasa todos los cuentos, unos más extensos que otros.
El microcuento, en definitiva, funciona. En otros parece quizás ser una anécdota furtiva, de detalles jocosos destinados al álbum familiar de mala muerte, como una rematada fotocopia con garabatos fáciles y sin mucha orgía gramatical o alguna sorpresa lingüística o improvisada, una especie de ‘boom’ en la prosa (la narración en sí de todos los cuentos y microcuentos es clásicamente estructurada), pero Heise impone un jalón burlesco, sutil, desenmascarado, al relatar muchas situaciones (sobretodo desde el punto de vista de la mujer), que parecen estar invisibilizadas todo el tiempo. El drama psicológico, la represión del género femenino (aspecto muy importante que empapa todo el libro), el diario vivir agrio, todo se maquilla y se relata con mucha parodia y se logra un exorcismo fresco de rabia, represión y sordera, creando una obra precisa y punzante, que escapa de toda la literatura ‘femenina’ de masas, o capitalizada, donde podríamos meter a Allende, Serrano, entre muchas otras.
 El estadounidense Ambrose Bierce en su “Diccionario del diablo” (1911), uno de los libros clásicos de la irreverencia, define a la sátira como: (…) “Especie de composición literaria en que los vicios y locuras de los enemigos del autor son expuestos sin demasiada ternura. En los Estados Unidos, la sátira ha tenido siempre una existencia enfermiza e incierta, porque su esencia es el ingenio del que estamos penosamente desprovistos; el humor que tomamos por sátira es, como todo humor, tolerante y simpático. Además, aunque los norteamericanos han sido dotados por su Creador de abundantes vicios y locuras, suelen ignorar que se trata de cualidades reprochables. De ahí que el autor satírico sea considerado villano amargado y que los gritos de cualquiera de sus víctimas, pidiendo defensores, obtengan el apoyo nacional.”
En microcuentos como “Escarabajo”, Roxana Heise comprime en menos de cinco líneas una situación universal como la del convertirse en un mero insecto ‘social’ y ‘esquemático’ del capitalismo más brutal (algo que recuerda además el fetiche literario de “La metamorfosis” de Kafka), desde el recuerdo y la nostalgia pueril. El escarabajo, el bicho al que se refiere su autora (y quizás inherentemente en muchos de los trabajos que conforman “El lunar…”), es lisa y llanamente ese fantasma de la normalidad que viene en el envase de la comodidad del patriarcado, el matrimonio, la cultura estrictamente masculina que se hace trizas. Y aunque a lo largo de todos los relatos, la escritora desprende siempre ese ‘recuerdo’ y lo masacra a través del prisma de la ironía, en ningún momento podríamos considerarla como una ‘villana amargada’, como la que describe el otrora satírico de Bierce. Es todo lo contrario. La villana de Heise es una villana que se manifiesta de forma natural ante el desconcierto del ser humano tan demente que es parte del cotidiano: nadie en esta tierra es puramente bueno ni malo, sino que estamos condenados a ser sujetos de luces y oscuridad, de resplandor y sombras. En los microcuentos de Heise, donde rebosan objetos recurrentes y fetiches como los hijos, el alcohol (que recuerda en muchos microcuentos, la adaptación cinematográfica de “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”, con Elizabeth Taylor y Richard Burton, donde el trago, el desmán y el desgaste de la relación de pareja son tópicos hechos trizas y se explayan en abundancia), las copas, el maquillaje, el dolor, las lágrimas, la rotura, las calles, los perfumes, y un largo etcétera, está el reino de la imperfección, y es el reino de la normalidad vigente que tenemos en nuestra sociedad bipolar: Chile de karmas, de hombres tontos, de mujeres sufrientes, de hombres que no aprecian, de mujeres que son despreciadas, y así.
 Claramente estamos sintonizados en el lenguaje burlón y conciso, como en “Cenicienta”, donde la arenga del mismo título permite dar una lectura profundamente cínica y reprochable a la naturaleza misma del famoso ‘cuento de hadas’, donde se presenta la mujer como objeto y se ofrece como un pedazo de fantasía ante el sistema sexista normativo; “ella decidió ocultar la intencionalidad para no desmitificar su imagen” escribe su autora, y sin duda logra hacer trizas la imagen preconcebida de la Cenicienta que todos conocemos culturalmente por los hermanos Grimm y por Disney, y la que nos describe acá en pocas líneas. La gracia del microcuento, en este caso, y que hace a la obra de Heise algo refrescante, es que desde la primera línea nos somete a un escenario en primera instancia ‘prístino’, algo ya familiar, conocido, cómodo, para después rematarlo con una daga en el pecho y una vuelta de tuerca que quizás muchas lectoras mujeres de un mismo rango generacional alabarían. O liquidarían. Tampoco deja de ser extraño (y sumamente interesante) que en cuentos como “Por mera casualidad”, la autora hace referencia a ‘Getsemaní”, que fonética y culturamente la podemos relacionar con 3 bordes totalmente radicales: uno, es que es el título de una canción del popular rompecorazones kitsch Camilo Sesto; segundo, es el nombre mismo de Getsemaní que fue el jardín donde, según los registros del Nuevo Testamento, Jesús oró la última noche antes de ser arrestado; y tercero, es que el mismo nombre es muy similar al nombre de ‘Gelsomina’, el conmovedor personaje de Giuletta Masina en la película de Federico Fellini “La Strada”, donde hace de payaso y en donde (más coincidentemente) hace el rol de una mujer sumisa y deplorable a manos de un hombre tosco y bruto (Anthony Quinn) que finalmente pierde cuando fallece; en cuentos como ése, Heise convoca a una fantasía recurrente del ‘qué pasaría si’, poniéndose siempre en supuestos, en tesis, en hipérboles que resultan crueles, tristes, melodramáticas, con una poesía dolorosa, auténtica y patética que no ha perdido ápice en siglos. La historia es cíclica. Y al parecer todas las historias de amor y odio. Lo que realiza la autora es tomar las riendas de las experiencias diarias, y sobretodo desde el punto de vista del género femenino, para dar un interesante discurso crítico hacia los pilares básicos de las relaciones de pareja, el trabajo, el sexo masculino, la injusticia, la paradoja de la vida y substancialmente del amor, y un abanico ecuménico y atemporal de escenarios que muchos calificarían quizás de unas ‘víctimas’, cuando en realidad son contextos que son parte fundamental, y no sólo del escenario de un
país tan traumático y déspota como Chile, de nuestras sociedades fríamente calculadoras, asustadizas, pulcras, machistas, reprochables, que no dejan espacio para el desconcierto ni mucho menos para las sorpresas inherentes o los
placeres reservados para las mujeres, independiente de su edad, raza, orientación, preferencias, credos, ornamentación, etcétera.
2- EL LENGUAJE DE LA IRA,
LA BURLA MASCULINA Y LA
CATARSIS LITERARIA
En el mismo “Diccionario del diablo” de Bierce ya antes señalado, contemplamos la definición de ‘hombre’, y leemos: (…) “Animal tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree ser que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie que, a pesar de eso se multiplica con tanta rapidez que ha infestado todo el mundo habitable.”
Sin duda, Heise en sus cuentos trata al hombre de una forma dulcemente vengativa. No se trata tampoco de un ataque de género quizás con tintes alaracos o sujetos a alguna ‘cosa de señoras agitadas’ criollamente, no, lo que hace la autora es destripar al género masculino desde el cotidiano universalmente chileno (y cosmopolita) y lo aterriza, lo minimiza, lo sintetiza a lo que es, o mayormente parece: un animal sumergido en ritos, en horarios, en microgobiernos de empleos, de actividad sexual, en jerarquías de ‘lo fome’, lo predecible, lo burdo, lo bruto, lo insensible, lo hilarante, lo vital y exacerbadamente homo-sapiens. Si hay un cuento en donde todo eso parece conjugarse desde los cuatro costados es en “Espectro”; se habla de un hombre con especial afecto, consuelo, que alguna vez quizás fue el divo de los sueños eróticos y de fantasía, pero que ahora está reducido a un mentecato que ni siquiera con un beso logra esquivar el ‘espectro’ de la oscuridad y del rito, perdido entre números, series, el televisor y la economía fatal del lenguaje corporal, sin mayor afecto ni el amor de antaño, aspectos totalmente descorazonadores sobre las concepciones de relaciones de pareja que han formado parte del itinerario de la humanidad; el estiramiento de las conductas socialmente sedadas, adormecidas bajo el amparo de ‘la buena conducta’, el deseo sexual entumecido, el deseo de vida tosco, la normalidad, la rutina, la peligrosa rutina de llegar del trabajo y dar todo por sentado sin ninguna sorpresa u obstáculos que pasar, pensamientos que cuestionar o anécdotas de las cuales ilustrarse. Principios rústicos, agrios, que resignifican todo ese universo oscuro y tan predecible del macho chileno que ama la cerveza, el ruido, la querencia fácil, la flojedad mental, las mujeres como ‘crías’, y los hijos como ‘posesiones’. Roxana Heise se ríe frente a ellos, con soltura y osadía, con picardía y además con cariño por esa curiosa raza humana de genitales masculinos. En “Tirano”, por ejemplo, evoca a un hombre que ‘le ha lavado el cerebro’, pero sin embargo, sigue pensando en él. El recurso del tira y afloja sobre determinado espectro romántico es implacable y lúcido de parte de Heise. Y en otros como “Mi jefe”, es tiránicamente hilarante, porque lo somete a una misa del ridículo, infantilizándolo, poniéndolo como un soberbio tonto y además dejándolo desnudo, en el sentido empírico y metafórico, ante una sociedad que todos parecemos ver como su escenario intachable, cuando en realidad queda como el bufón de la corte: el arquetipo del hombre hetero-normativo al máximo, un sujeto regido por lo políticamente correcto, por la ilustración académica y de los ‘goles’ del currículum (un distintivo muy masculino por lo demás, sinónimo de poder, de ensanchamiento, que también directamente lo relacionamos a la jerarquía omnipresente del sexo y la segmentación histórica del hombre-mujer, activo-pasivo, dominante-dominada, arriba-abajo, éxito-fracaso, difícil-fácil, seco-húmedo, masculino-femenino, e interminables binarismos más). El mundo social funciona, según grados diferentes de acuerdo con los ámbitos y contextos en que nos desarrollamos, como un mercado de bienes simbólicos dominados por la visión estrictamente masculina. El ser ‘femenina’ equivale esencialmente a evitar todas las propiedades y las prácticas que pueden funcionar como unos signos de virilidad, fertilidad, fortaleza (algo que los cuentos de Heise tienen en demasía por su mismo léxico), y decir de una mujer poderosa que es muy ‘femenina’ sólo es una manera sutil de negarle el derecho a ese atributo esencialmente masculino y heterosexualizado que es básicamente el poder. Por cultura general, podemos entender que mujeres así han tenido un papel protagónico implacable en determinados períodos de la historia universal, como Cleopatra o la Reina Elizabeth de Inglaterra: sujetos empoderados y femeninos que muchos hombres envidiaban y siguen envidiando por lo que justamente representan, lo que ellos temen, utilizan, ultrajan, aman y desechan como con la facilidad que arrojan a la basura una lata de cerveza o un juego de cartas en el aire.
Heise, como personaje, como autora, en muchos de los relatos, toma esa misma posición de empoderamiento dándole grandes lecciones de género a través de una prosa cómica e intensamente seductora, porque no está todo explícito, sino implícito, como en el cuento (mucho más punzante y despiadado, pero no por eso menos burlesco) titulado “Poco original”, donde mezcla escenarios de identidades podridas, detalles escabrosos y de un hombre que no asume su escuálida realidad del que llamamos criollamente ‘un hijo mamón’, síndrome de una cultura que persigue aún las estructuras de la vieja arquitectura familiar y temerosa que rodea al macho ortodoxo normalizado que le teme a lo intrínsicamente femenino, pero que aún así está pendiente de esa escolarización y consentimiento desde el seno de la madre que replica su machismo, y que más encima le teme a la categorización misma de homosexualidad en muchos niveles. En otros como “Odio”, alcanza el nivel de paroxismo femenino por el que quizás muchas han sido castigadas, invisibilizadas y tildadas como burdamente se les conoce: ‘perras’ o ‘malas madres’, ‘gordas’, etcétera: otras clasificaciones más sobre el género que es de moneda común. En ese mismo microcuento, Heise escribe: “Soy la madre de tus hijos, argumenté, la que estuvo contigo durante la crisis económica, ¿recuerdas?, la que aprendió a cocinar cáscaras de tomate sólo para no verte sufrir de inanición. Me miraste con la lejanía que da el dolor cuando es dosificado con la jeringa del tiempo.” Con pasión vehemente, rabia que traspasa la barrera del silencio, la línea caliente, vomitando la arenga, la ira de la frustración de ese rol imperioso de criar hijos, es ese ‘tick’ incesable de putrefacción en el sacro altar de la relación heterosexual despectiva que Heise ama y odia al mismo tiempo, y que destroza y rememora con facilidad y elocuencia, en su papel incendiario de madre, pareja, un sujeto pensante.

3- EL ORGULLO DE GÉNERO, EL EMPODERAMIENTO COMO AUTORA Y EL DISCURSO PROPIO
Heise en sus microcuentos realiza una arenga profunda, sencilla, hacia lo que podríamos llamar como un orgullo de género, pero tampoco en plan de una guerra a sangre fría contra la representación masculina ni el despecho social que encierra un espíritu viril, de poder, dominante, injusto, sino en un asunto que roza la cotidianeidad y en cómo esa misma cotidianeidad esconde el peligro: el peligro de la invisibilización, de la denigración de parte del ente macho dominatrix, perverso, comúnmente aceptado y hasta defendido                 románticamente por el género femenino, alimentándoles el ego y que ha sido aspecto de toda la civilización en distintas etapas. Heise, en cambio, hace añicos el asunto del ego y el sexo toma parte importante de la obra, desde el punto de vista social, casero, pedagógico, de protectora, de oyente, de madre, de amante, de esposa, de sujeto con personalidad propia y alocución.
Virginia Woolf en su magnífico ensayo “Una habitación propia” (1929) escribe: “Tanto Napoleón como Mussolini insisten tan marcadamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse. Así queda en parte explicado que a menudo las mujeres sean imprescindibles a los hombres. Y también así se entiende mejor por qué a los hombres les intranquilizan tanto las críticas de las mujeres; por qué las  mujeres no les pueden decir este libro es malo, este cuadro es flojo o lo que  sin causar mucho más dolor y provocar mucha más cólera de los que causaría y provocaría un hombre que hiciera la misma crítica. Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge: la robustez del hombre ante la vida disminuye (…)”.
El mismo principio de la inferioridad, de la intranquilidad, resalta en los cuentos de Heise, ya que no es ninguna materia al azar. “Despecho”, "Ausencia”, “Amante incumplidor”, “Amor viajero”, son algunos de los
microcuentos que esconden tales umbrales. La ‘robustez’ a la que se refiere Woolf es todo ese poder de macho cabrío que, en este caso, esconde el chileno medio y que Heise se encarga de desmembrar a través de la oración perjudicial,
el parlamento más duro y lograr que se arrugue, avergonzado, devolviéndole con la misma piedra de la sentencia del léxico. Del mismo ensayo de Woolf, donde dice que encontrar en el siglo XIV a una mujer en ese estado mental (de catarsis literaria, de orgullo en la prosa) era evidentemente imposible, encontrar a esa mujer en pleno siglo XXI resulta obviamente abundante; las autoras, escritoras y poetas se han adueñado de un mar de fábulas que han desempeñado un importante y potente cambio de enfoques y la relación entre literatura, poder y sexualidad. Jane Austen, las hermanas Brontë, Gabriela Mistral, Doris Lessing, Diamela Eltit, y un largo etcétera, de distintas épocas, estilos y contemplaciones, han sabido incorporarse a la literatura a través de su propio lenguaje, con una arenga íntima, hablando desde sus roles de dueñas de casa, de dueñas de su propia vida, de dueñas de una vida que no les pertenece, y dueñas de un mundo de fantasía y detracción desbordante y dispuestas a masacrarlo todo y a todos, todas esas etiquetas de ‘mujer’, cerrada’, ‘oprimida’, ‘inculta’, ‘incomprendida’, ‘impalpable’, ‘histérica’, etcétera. Heise, en este caso, realza todos esos conceptos para transportarlos a una realidad que toda mujer chilena de clase media sentiría como el retrato perfecto de una cotidianeidad ininterrumpida, desmejorada y ávida de experiencias nuevas y perspicaces. Las fantasías, las amputaciones, los monólogos de aburrimiento, de enajenación, las ambiciones estranguladas en una cama matrimonial que parece no tener nada salvo desiertos en las sábanas o en las fotografías del comedor, las esperanzas y los éxitos flojos de una vida que nadie querría. En ese sentido, todos los cuentos de Heise que explotan ese universo resultan significativos. Jane Austen, por ejemplo, escondía todos sus manuscritos o los cubría con un paño; toda la formación literaria de las mujeres desde el siglo XIX aproximadamente era práctica en la observación del carácter y el análisis profundo de las emociones, como esponjas humanas. Además todas las mujeres estaban condenadas a compartir la misma sala de estar de toda la familia, y por ende, nunca tenían el tiempo suficiente para escribir a solas; solo disponían de su calidad de ‘esponja’ y poder grabar día a día los sentimientos de las personas, las relaciones entre ellas, que siempre estaban delante de sus ojos. Heise no tiene ningún problema, en pleno siglo XXI, de querer revolver toda esa sala de estar, con hijos, pareja, amistades, y convocar a un alarido en cadena; porque justamente lo que hace es recibir toda la energía de experiencias y relaciones anexas de personas que la rodean, pero muy por sobretodo, la relación de ella misma con su entorno, y en cómo lo percibe, lo siente, le duele, le marca y la sulfura. En la era del Internet, del alcohol socialmente aceptado como ‘droga’, en la era de las relaciones marcadas por el mensaje de texto y por los celulares, por los mutismos embarazosos, por el amor de microondas o express, por las peleas materialistas, por el silencio a la hora de once más que por el gemido de orgasmo físico, Heise canaliza sus emociones más básicas para poder enaltecerse, como creadora y como ama de sí misma. Como diría Lady Winchilsea en uno de sus poemas, a la mujer que prueba la pluma se la considera una criatura tan presuntuosa que ninguna virtud puede redimir su falta. Nos equivocamos de sexo, nos dicen, de modo de ser; la urbanidad, la moda, la danza, el buen vestir, los juegos son las realizaciones que nos deben gustar, escribir, leer, pensar o estudiar nublarían nuestra belleza, nos harían perder el tiempo o interrumpir las conquistas de nuestro apogeo, mientras que la aburrida administración de una casa con criados algunos la consideran nuestro máximo arte y uso. Los microcuentos de Heise, en ese caso, son la administración perfecta de una casa entera y plagada de criados que están con discursos propios, con ira bajo las venas y un tremendo ímpetu, una capacidad de romper y destruir y que, por supuesto, desde esa misma destrucción, ruptura, violencia (física, verbal y simbólica), separación, desligamiento, se forje el crujiente proceso de aprendizaje que nunca termina, ni a los quince, ni a los treinta ni a los sesenta años, renazca el amor propio y renazca el orgullo del ser mismo, de la persona detrás del sexo, del rostro: su alma, su persona.
Es funesto para todo aquel que escribe el pensar únicamente en su sexo; de hecho, es funesto ser un hombre o una mujer a secas; uno debe ser “mujer con algo de hombre” u “hombre con algo de mujer”. Es funesto para una mujer subrayar en lo más mínimo una queja, abogar, aun con justicia, por una causa, y no alimentarse de los polos opuestos, porque la literatura debe ser andrógina si no quiere caducar en la mente de un lector. Heise es una escritora totalmente andrógina a mi parecer, porque en su mismo lenguaje y corriente, subcorrientes, subtextos, se esconde un ser masculino valeroso, políticamente incorrecto, impresionante, que bebe, que maldice, que vocifera, que quiere destruir el hogar por un sentido de aprendizaje, que ama y despotrica con una fuerza y arenga masculina, pero que tampoco se deja amilanar por la femineidad de su ser, la flor, la delicadeza, la utopía, el romance, la gran rosa que está en su aura, el encanto de su sexo como mujer (aunque recalco que las categorizaciones sexuales nunca han sido de mi gusto). Si uno leyera los cuentos de Roxana Heise en una bóveda y sin consciencia de quien es el autor o su nombre, muchos opinarían que se trata de un ente masculino; por el mismo coraje y arrebato con el que forja su prosa que no es nada convencional y resulta sana, virulenta, suelta y cristalina en tiempos donde se hace más que necesaria la expresión propia.
Algunos podrán decir que es una lástima tremenda que una mujer capaz de escribir así, con el brío de Heise, con una mente que la naturaleza hace vibrar y dar a la reflexión y al exorcismo de las malas experiencias y el fastidio de la vida, se vea empujada en muchos pasajes a la cólera, la amargura, el ‘rugir’ por rugir y estar apaleando a ese Otro que parece un hombre de la Prehistoria (no sólo
chilena) que almacena algunas de las cualidades más nefastas de la raza humana, sobretodo en una relación de pareja. ¿Pero acaso no todos estamos sujetos a ese temperamento? ¿Acaso una mujer, propiamente tal, quizás madre, quizás arquitecta, quizás doctora, respetable, buena ciudadana, buena esposa y ejemplo social, que no ha cometido actos impropios o no ha tenido fantasías sexuales en el matrimonio, no podrá ver algo de su ira emocional en la obra de Roxana Heise, sin sentirse aludida en algún instante, tendrá algo de abominable, de reprochable, lo verá como un signo de ataque o de elocuencia, de iluminación? ¿Acaso el arte en sí, la literatura, no tiene que ver solamente con un exorcismo colectivo, un pensamiento que hable por una sociedad destripada, desencantada, desenmarañada, o un determinado segmento, sino también un exorcismo personal, desde las entrañas del autor, sin necesidad de hablar por un tercero? Heise sufre, analiza, desarticula, descompone, destruye sus propios miedos, sus enigmas, sus dudas, sus desconciertos y sus relaciones a través de oraciones precisas, ambiguas, cotidianas, llenas de fisuras, un monstruo energúmeno, sin sexo distinguible, sin pretéritos, sin restricción de locución, que escapa al segmento hermético del párrafo, y se transforma en un ente liberador de sentidos que forman parte del diario vivir de millones de hombres y mujeres. La literatura como terapia es un hecho palpable. Los microcuentos son hechos lacónicos, duros, secos: el poder de la palabra está en las cosas simples. Roxana Heise lo hace, y lo sabe hacer.


EL LUNAR

Este extraño lunar que crece y crece, piensa él cada mañana frente al espejo. No es que sea grande grande, sin embargo, a él le parece que está cada vez más puntiagudo, que adquirió de pronto el carácter de una montaña, después de haber sido sólo un punto muerto en medio de la cara. Y no es que le preocupen las marcas en el rostro y esas tonterías, es sólo que él, está consciente de la azarosa lucha por el sustento diario y de sus graves problemas económicos, protestos piensa, mientras se rasca el lunar y le mueve sutilmente la cúspide. Vendrán los acreedores y lo coge de la base, incrustando levemente la uña de su índice derecho. Aquello del jefe fue una chambonada, mire que considerarlo incompetente, bueno, son cosas que pasan. Apoya su rostro sobre el espejo, el lunar no lo percibe y parece no existir, la humedad de su respiración empaña sus facciones, lo vuelve dúctil y etéreo como la nada. Piensa que esta vez todo acabó, que hoy recibirá el sobre azul, quizás sí, quizás no. Su esposa ignora la situación, sus hijos juegan a ser grandes en la habitación contigua mientras él se aleja del vidrio, su rostro está sudoroso, el lunar sigue allí, más grande aún, en verdad piensa, esta vez ha crecido demasiado, su tamaño se ha vuelto cósmico, será mejor que lo extirpe.




ESCARABAJO

     Yo era un niño lleno de ilusiones, que subía a las buhardillas para jugar a la ronda con los escarabajos. Hoy soy un escarabajo  de cuello y corbata, que perdió a su niño en la buhardilla del olvido.








Por
Federico Krampack


Federico Krampack, o como su homónimo, Felipe Yévenes (Concepción, 1983) es comunicador audiovisual y ejerce la escritura y de DJ. Ha realizado (entre otras cosas) Diplomados en Escritura Audiovisual (PUC, 2007) y Postítulo en Periodismo Cultural y Crítica de Cine y Literatura (ICEI, 2008). Desde los 13 años escribe narrativa en general (cuento y poesía principalmente), columnas, ensayo, crítica y guiones a tiempo completo. Dichos trabajos han sido, en parte, material publicado de manera totalmente independiente como libros artesanales y antologías originales; otros forman parte de publicaciones nacionales y extranjeras; y otros que son aún inéditos.
Publica el fanzine 'PLANETA Z' (revista de bajo presupuesto hecha estrictamente a base de collages y fotocopias), desde diciembre del 2002 en la ciudad de Concepción. Sus temáticas centrales abarcan esencialmente la crítica social, filosofía, anarquismo, sociología, género y sexualidad, hasta el cine de autor, poesía y narrativa emergente, política, historia del arte, etc. Hasta la fecha (con 12 números), han colaborado en sus páginas desde reconocidos poetas jóvenes de todo el país, periodistas, estudiantes, artistas visuales, entre otros. En enero del 2011, PLANETA Z es invitado a la primera muestra masiva de fanzines, diversas publicaciones y libros independientes titulada 'New Stand', organizada por Arts & Sciences Projects, en Nueva York, EE.UU. Y en agosto del 2011, es exhibida en una nueva versión de 'New Stand', esta vez en Reykjavík, Islandia, junto a otros trabajos independientes y fanzines provenientes de diversas partes del mundo como Francia, EE.UU., Alemania y Australia.
Algunas de sus menciones, participaciones y publicaciones, de mucha y poca monta, (sin contar todo el material autogestionado entre las ediciones del fanzine y algunos de sus libros publicados de manera artesanal) se resumen en: Selección y exhibición de la obra "NACIÓN PERPETUA", en un montaje especial que presentó a 54 poetas chilenos en el marco de las celebraciones del Bicentenario titulado 'Muestra Poética Chile-Barcelona 2010' (Septiembre del 2010,
Convent de Sant Agustí en Barcelona, España); seleccionado dentro de los
'Autores Cosecha 2009' de Cuentos de la revista EÑE, por el relato erótico
"LA FRUTA Y LOS CUERPOS" (Enero del 2010. Madrid, España); ganador por unanimidad del 1er Premio (Categoría Jóvenes Menores de 33 años) en el marco del Concurso a nivel nacional 'Bicentenario de Cuento & Poesía'
por el poema "LA NACIÓN QUE NO MIENTE", organizado por la Comisión Bicentenario Chile de la Presidencia de la República, Sra. Michelle Bachelet J. (Diciembre del 2009.Santiago de Chile); entre otros.
Actualmente reside en Concepción, y también en Santiago de Chile.
 Santiago, Marzo 2012.

Literatura en TV