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viernes, 5 de diciembre de 2008

El brillo de nuestros ojos para que la noche no se sienta tan sola.

sábado 22 de noviembre de 2008


Por Diego Ramírez Gajardo


Hablar de Héctor Hernández Montecinos es situarse en una lectura biografía, de mis casi diecisiete años cuando nos encontramos en ese edificio siamés de la estación Mapocho. Ese centro cultural con número donde emergían las poéticas rabiosas de eso años, gratuitos los talleres, rebeldes las primeras letras. La Piojera, el sexto piso, las amigas poetas en común: Paula Ilabaca y Gladys González. Después, quizás la primera vez que hablamos una noche salvaje donde un cronista muy famoso lanzaba su primera novela, una fiesta, la lectura de su manicomia, la divina y el amor. Casi 10 años después Héctor Hernández, es el autor de la novísima más prolífico, una seria de publicaciones en los últimos años han plasmado de manera aguda, sincera y brillante una poética cruzada con el desencanto y la fuerza de la memoria.

La interpretación de mis sueños, se gesto a partir de la generosidad y complicidad de Héctor en volver tránsfuga y clandestina esta edición ilegalmente fotocopiada. Este gesto nombrado como Editorial Moda y pueblo, como un proyecto fragmentado por la necesidad irrecuperable de una obra, ejemplares enumerados, únicos, impresos, y desatados; arman una escena que habla mas allá de la propia poética, porque este libro, esta interpretación de los sueños de Hernández montecinos son una ironía, una sátira hermosa a las grandes editoriales, a la búsqueda desesperada por los nuevos poetas (y otros muchos no tan nuevos) que confunden irreparablemente el acto del escribir con el acto de publicar.

Un poeta, escribe porque el país ya no lo quiere, un poeta arma un libro que compila las noches en las que el autor dejó de vivir y escribir, un poeta como Héctor Hernández escribe porque ve a los amigos como poemas y porque como él mismo lo dice: ha llorado, odiado, bailado, amado. A veces desde un país lejano, puede ser un epistolario a la distancia desde Sao Paulo o Bs. aires, pueden ser también todos los pequeños bares de Chile donde hemos visto bailar a Héctor, puede ser el abandono, la brutalidad, la ausencia. La poética de Héctor y estos sueños que hablan como manifiesto, como consigna y como grito generacional. Digo y hablo de generación, porque en estos tiempos de maltrato, de libros tan lindos y plastificados, de solapas hermosas, de ediciones de lujo, de transnacionales hablando de amigos y literatura: nenes neoliberales y arbolitos japoneses, me resulta hermosa la posibilidad de llamarnos: Novísima, de creernos lo que sabemos no somos, de simplemente querernos, basilar juntos o separados, de cruzarnos muchas noches, hablando pero quizás no hablando de poesía, y por sobre todo haciendo de las subjetividad generacional una pequeña y furiosa historia de amor.

La novísima existe, porque un autor joven publico hace unos años un texto generoso que llamo “Panorama subjetivísimo de la novísima poesía chilenísima”, en este texto, casi todos los autores éramos inéditos, éramos leídos por él y quizás solo por él. Éramos entendido, desde el baile, y hablo personalmente, de mi baile o de mi país en llamas, porque fue Héctor el primero que me invito a leer en esos recitales poéticos ausentes, donde como siempre nos escuchamos entre los amigos, y nos hacemos una pequeña sonrisa por entender que estamos tan solos y que estamos siendo tan felices.

Este libro, es la justificación y el reclamo de todo eso, este libro es un libro generacional, un manifiesto rabioso donde el autor irradia una lengua aniquiladora contra un sistema salvaje, que nos quita los sueños y la oportunidad de sonreír simplemente porque como Héctor dice somos “hermosamente insurrectos y mayoritariamente minoritarios.”

Cito: “Recuerdo perfectamente el día que comencé a escribir / tenía 19 años y la vida hecha mierda/ ahí fue cuando imaginé hacer un libro”, ese libro, es todos los otros libros de Héctor, la unida poética, el proyecto único, la necesidad de la letra. Desde el exceso, las miles de hojas, la boca suelta que no calla nunca, aunque a la agredan, aunque la maltraten, aunque sea tan cariño malo el afecto. Héctor en vez de enmudecer y morir de miedo, muere de amor y surge este libro como respuesta a una multitud que utiliza el diario mural, la sordidez, la poética de la burla, y porque no hablar también de misoginia, de homofobia o incluso del fascismo cultural de esas estrategias siniestras del mercado que convoca permanente estos pequeños y atroces sistemas de la poesía chilena tan patéticamente legalizada, correcta, incorruptible. Sin embargo existe el riesgo, existen cosas que usted quizás no ve debajo de un puente o la vuelta de mi casa. Hay cosas debajo de un cerro. Hay muertos que no aparecieron nunca más. Hay gente que llora porque el mundo no les aviso tanta desgracia. Hay gente que guarda rencor e ira a los ojos pavoroso de dios. Todo eso, esos riesgos, esas calles, esa imperfección es la poética salvaje que me hace admirar y reconocer la obra de Héctor Hernández Montecinos.
Él nos habla de sus sueños, y en esa subjetividad, hace colectivo ese manifiesto de la desgracia a nosotros, a los otros poetas cada vez menos jóvenes, que como adolescentes sin fiesta, insistimos en decir lo mismo porque sabemos que nadie más lo esta contando en este país. Esa responsabilidad, esa denuncia, ese hartazgo, ese abismo, es lo que nos hace escribir. Héctor lo describe desde la ternura, la misma que nos convoca esta noche, y los más probable es que un par noches después, quizás sin libros, sin lanzamientos, sin inventos editoriales, sin buenos amigos, pero sólo concientes que veremos a esos otros “nuevos muchachos y muchachas (que) convierten sus vidas en poemas llenos de delirio y ternura”, porque cito a Héctor: “la poesía vuelve a ser un arma, sí, un arma, desde este lado simbólico de la violencia.”

Héctor Hernández en este tratado y proclamación evidencia todo un gesto generacional de esta novísima, o quizás generación 1215 donde nos encontramos casi todos. Mis amigos lo sabían de antemano- dice Héctor, pero lo que no nos habíamos dado cuento, ni Gladys, ni Paula, ni Pablo Paredes, ni Felipe Ruiz, es que nuestras poéticas eran una nueva sensibilidad; cito: proletarias y bailables, / edipicas y callejeras, / atiborradas de delirio y ternura; /, y finalmente sentencia: “mis amigos lo han vivido porque yo lo he vivido con ellos”.

Quizás es verdad, esta interpretación puede ser también, ese nosotros, pero también la biografía como única manera de contarlo, quizás cuando un accidente salvo su vida del infierno, quizás porque ya no hay poetas jóvenes, quizás las postsdictadura, quizás las posmodernas balas. Quizás porque como dice hermosamente el autor desde el inicio, ya nos ha entregado lo mejor en estos años, quizás porque pienso en la portada del libro con Duchamp y su urinario inaugural como sátira a las convenciones del arte; entonces vea esta poema como una risa maleducada y perversa contra los contratos editoriales y las filiaciones poéticas de esos cánones masculinos que nos aburrieron la década pasada. Porque mal entendimos la letra, y aprendimos a cocer descalzos los vestidos de las poetas mayores que nos enseñaron a hablar. Quizás porque la primera vez que Héctor Hernández vio un libro estaba en una colina y unos muchachos hermosos dormían debajo de él, imperturbables. O quizás porque cada vez que termines de leer esta interpretación de los sueños de Hernández Montecinos, podemos juntar el brillo de nuestros ojos para que la noche no se sienta tan sola.

Noviembre, 2008.

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