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jueves, 3 de septiembre de 2009

Gabriela Mistral y Doris Dana: amor desclasificado



Doris Dana y Gabriela Mistral

No es nuevo pero es noticia. Después de medio siglo, la oficialidad mistraliana tuvo que aceptar lo que hasta ahora había negado porfiadamente. Gabriela Mistral y su secretaria y heredera treinta años menor, Doris Dana, fueron pareja. A los que osaron contar la verdad, apoyados en investigaciones y estudios de la vida y los escritos de la premio Nobel, los trataron casi como herejes, y desacreditaron cada una de sus tesis.


Gabriela y Doris vivieron una historia de amor intensa, donde hubo lugar para la amistad, la pasión, los celos, la separación, el reencuentro, el dolor, el goce. Las 250 cartas que se acaban de publicar en el libro Niña Errante, dan cuenta de esto y en ellas Gabriela Mistral eleva el género epistolar a la gran literatura.

21 de Abril de 1949: Mi amor: (…) Y tengo celos de estos nubes que pueden verte más pronto que yo. Y el viento –el viento me abraza- y yo ruego al viento “abraza a ella para mí, haga que ella que es mi abrazo, tierno, y pasionado”. Yo me pongo en el viento y en la lluvia tierna, para que estos, viento y lluvia, puedan abrazarte y besarte para mí. Doris Dana

24 de Noviembre 1949: Doris mía: (…) Procuro cuidarme para ti. Yo no tengo razón de vivir. Cuando llegaste, yo no tenía nada, parecía desnuda, y saqueada, paupérrima, anodina como las materias más plebeyas. La pobreza pura y el tedio y una viva repugnancia de vivir. Todo lo has mudado tú y espero que lo hayas visto. (…) Un abrazo tierno, Gabriela

31 Noviembre 1949: Doris. (…) Tal vez el caso tuyo actual sea el de que el amor que me diste ha pasado a otro y es a estas horas la dicha de otro. (…)Pero, así y todo, te pido no escribirme. Déjame curarme, déjame reaprender mi pobre vida de antes. (…) Te lo repito por última vez: yo no soy la bestia de mera calentura física que tú has visto en mí. (…) Pero eso no fue hecho por otra cosa, fue un amor violento de alma y cuerpo. Gabriela

La prueba del amor prohibido entre la poeta y la joven estadounidense estaban guardadas en las 168 cajas junto a los poemas inéditos, manuscritos, fotos y otros documentos que fueron entregados al estado chileno por la sobrina de Doris Dana, cuando ésta murió en 2006.

Sus versos, los misteriosos y los simples, los tiernos y los amargos, suenan desde hoy diferentes, nuevos, con la certeza de que fueron escritos por una mujer compleja, forzosamente atormentada, osada y pasional. Sus poemas no serán mejores ni peores después de esto, pero releer su obra sabiéndola enamorada de una mujer, enredada entre la culpa y el amor, lo prohibido y la libertad, el erotismo y los celos, la vida pública y el secreto, los hará distintos.

A ella no hay nada que reprocharle, cabe solo el respeto. Las explicaciones tienen que darla los que quisieron acallarla, tapar su vida y sus versos con el barniz de la hipocresía, los que le negaron esta dimensión solo por prejuicio, por miedo a que se le desmorone un icono, porque esa Gabriela Mistral homosexual no entraba en el molde de los ‘grandes chilenos’.

Mistral: “Tengo para ti en mí muchas cosas subterráneas que tú no ves aún”.

Dana: “Quiero conocer estas cosas subterráneas y tú sabes bien que tengo confianza, muchísima confianza. He dado a tí (sic) la prueba de mi confianza”.

Mistral: “Lo subterráneo es lo que no digo. Pero te lo doy cuando te miro y te toco sin mirarte”.

Dana: “¿Y piensas tú que en mi mirada a ti y mi manera de tocar a ti no hay cosas que yo pueda decir o mostrar? He vivido siglos buscando a ti (sic)”.

La verdad siempre sale a la superficie, a veces demasiado tarde. Otras, como en este caso, a tiempo para mover las piezas del puzle y hacer que todo calce. Los herejes tenían razón, la biografía oficial de la poeta era una mentira.

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