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domingo, 31 de octubre de 2010

Carlos Tromben: los escritores y el juego mercantil


By Roberto Lind www.librosdementira.com

Providencia. Tromben divisa el precio del dólar: $476: “qué es esa mierda”, dice.

Lind le comenta a Tromben que el capitalismo se está cayendo. Tromben dice que lo que pasa con la bolsa es una crisis, que el capitalismo se va a caer cuando los chinos se desarrollen, en unos 40 años más, augura; cuando el petróleo se termine. Tromben camina rápido con una mochila azul pequeña. Ambos bajan escaleras y se despiden en la boletería del metro Los Leones. Ése fue el final.

Lo que ocurrió en el Tavelli de Providencia está un poco más abajo, a continuación.
Carlos Tromben (42) pide un cortado chico. Lind una Coca-Cola. En ese mismo lugar, Amparo Noguera y Tamara Acosta conversan muy distendidas. La gente las observa, se les acerca, las abrazan. Tromben ni siquiera se da cuenta. No está apurado, piensa Lind, pero es un tipo un poco acelerado, con muchas cosas que decir, que salen muy rápido, pero muy bien pensadas. Tromben cuida mucho las palabras, la inflexión y no mira a los ojos. Trae puesta una camisa clara y un pantalón Dockers ancho; el pelo largo y una barba que cerca sólo la boca y deja descubierta las mejillas. La chica trae el pedido.
El tema de la conversación será la publicación. ¿Es difícil publicar en Chile? ¿Tu caso personal? ¿Tu visión personal? Eso.
Y el escritor e ingeniero comercial lo entiende a la perfección.

Para Tromben, la publicación tiene un antes y un después. Porque luego de ganar el concurso Revista de Libros de El Mercurio en el año 2003 con Poderes Fácticos, todo se hizo más fácil: “fue como la virginidad, a partir de que la perdí, todo cambió”, asegura. Sin embargo, previo a eso, Tromben intentó con una docena de concursos sin mayor éxito.
En dos ocasiones estuvo en proceso editorial -con Grijalbo y Dolmen- donde pasó un par de etapas con sus manuscritos, en la época de la Nueva Narrativa, y como no tenía un prestigio previo ni una personalidad mediática, esos proyectos se truncaron en el camino.
Pese a que tiene la edad, Tromben nunca perteneció a la Nueva Narrativa. Comenzó a publicar cuando dicho fenómeno no existía. Es un “bastardo”. Publicó su primera novela a los 37 años, mientras que los Nuevos Narradores estaban a los 30 años todos instalados.

Tromben no viene de “un mundo literario”. Es ingeniero comercial de la Universidad Católica de Valparaíso, y trabajaba como tal cuando publicó su primera novela. Sin embargo, pese a su afición y facilidad con los números, siempre le gustó leer: Hemingway, Faulkner, Balzac, Tolstoi y Vargas Llosa. Tromben es porteño, pero cuando niño se fue a California y vivió allí hasta los cinco años. Sus primeros libros eran en inglés, y en esa estadía quedó en la biblioteca familiar mucha literatura norteamericana. Había muchos libros de Ray Bradbury, mucha poesía norteamericana, Whitman, mucha antología norteamericana, Beat.

El escritor se saltó algunos pasos: “leí a Salinger y a Hesse cuando ya no me impresionaba. Hay una época en que esas lecturas te desestructuran mucho cuando eres adolescente. Leía los clásicos porque estaban a la mano, era lo que había”, dice. Escribía cuentos desde adolescente, desde los 14 años. Pensaba que tenía talento o por lo menos ideas buenas: “en eso no hay duda, sino no vale la pena jugársela”, dice. Pese a que jamás se aferró a figuras en la literatura, piensa que “en la adolescencia es importante, porque te abren mundos, te muestran que no hay temas que no se puedan tocar, que no hay realidad que no sea literealizable”.


Tromben escribía y leía porque le gustaba (gusta) hacerlo. Viene de una familia burguesa ilustrada chilena, en la cual casi todos sus miembros tenían libros a caudales. De esas bibliotecas, de sus abuelos, de sus padres, sacaba libros y los leía a escondidas, y otros no. Sin embargo, en ese momento no se puede hablar de un oficio. Tromben empezó a sentir que podía tener un oficio cuando comenzó a trabajar como ingeniero comercial y después en el oficio del periodismo económico. Eso lo introdujo lentamente en el mundo de los escritores.
Su infancia se enmarcó en los 70.

Cuando llegó a Viña del Mar todo era muy sucio. Chile entero era un chiquero. La brecha de desarrollo social y humano con los países desarrollos era enorme. El golpe lo vivió como tragedia familiar, en torno problemático de paranoia, de miedo, de discursos ambivalentes. Como toda familia, tenía parientes en pro y en contra de la dictadura. El encuentro familiar estaba marcado por esa tensión. Y sólo la lectura y el descubrimiento de libros hicieron que Tromben se abanderara en contra de Pinochet. La adolescencia en los 80 la vivió como un páramo, y se refugió en los libros que lo llevó a la germinación de la semilla de una conciencia crítica y disidente. En la universidad estuvo muy metido en las jornadas del plebiscito, de la primera elección presidencial en la red de conteo paralelo.


La vocación Para Tromben, la vocación es un asunto complejo. Hay vocaciones que son plenamente similables a un sistema económico o a un mercado laboral: ser médico, ser psiquiatra, incluso ser músico. Pero la literatura es un asunto jodido, “porque el producto que haces tiene un valor de mercado muy vago, sobre todo en Chile que es un país pequeño del punto de vista de un mercado lector”, dice Tromben, poniéndose ya en su papel de economista. No puede negar que es uno, que es ingeniero y que tiene una forma de escribir que es muy ingenieril, muy purificada: mapas, planillas, power point, hipervínculos que se remiten unos a otros y generan una matriz tanto de información como de atmósfera.

Para Tromben, su experiencia universitaria fue el cambio del gusto al oficio. Cuando niño sólo escribía, no había ningún plan. Entonces le salían unos mamotretos ilegibles, caóticos, sin argumento claro, con muchas divagaciones, sin foco. Jamás puso un pie en un taller literario, pero tuvo una relación semitallerística con Jorge Edwards con la que surgió una amistad muy duradera. Y el único taller literario o de oficio escritural fue el periodismo económico: “hice mis primeras armas en la edición, en saber qué es relevante, en cómo estructurar un texto, cómo jerarquizar la información, cómo reconocer un protagonista de un secundario, cómo titular”. En este momento se clasifica como un escritor de género.

Para Tromben, el género es su vehículo literario. No escribe de su experiencia personal, ni de su memoria. No hace novelas introspectivas, subjetivistas, modernistas. Por lo tanto, va explorando y tiene programado seguir explorando géneros: detectivescos, espionaje, thrillers, crimen políticos. Porque además le interesa mucho la historia, entonces, mezclar novelas históricas con género para él es la diversión total. No da por clausurado el género policial, pero no quería encasillarse como un autor policial. Y por eso, sin estar clausurada el ciclo del detective Palma (Poderes Fácticas, Prácticas Rituales, tercera saga de la mafia croata) esto en un hiato con lo policial, pero lo policial canónico: policía, crímenes, sospechosos, está en pausa. Está explorando el crimen político, el espionaje, el thriller económico.


La literatura chilena y las editoriales


En la literatura chilena hay poca investigación. El mercado chileno es muy pequeño y está poco vinculado a los demás mercados. Hay un tema de rating con la narrativa chilena que es muy complicada de exportar. Es muy localista. La jerga chilena genera poca empatía en un lector mexicano, argentino o colombiano. Que son las grandes plazas editoriales. Todas las grandes narrativas hispanoamericanas están en países de más de 30 millones de habitantes, con ciudades de núcleos urbanos consolidados, como Colombia, Argentina y México. “La posibilidad de vivir de la literatura ahí, si bien no cierta, es mayor”, dice Tromben. Chile está en pañales.
“Yo creo que ninguna discusión seria sobre la narrativa chilena puede obviar el tema del mercado, el tema de la problemática de la novela como producto de mercado y como producto de la industria simbólica.

La industria simbólica es todo aquel sector de la economía que produce bienes de consumo cultural: películas, obras de teatro, libros, etc. Y eso está sometido a un sistema de oferta y demanda mediado por empresas. Empresas que tienen un carácter cada vez más transnacional. Y que aplican políticas de segmentación territorial.


Una multinacional de la edición territorializa, llámese Planeta, Alfaguara, Random House Mondadori, tienen sus distintos mercados y en la medida cuando se juntan los editores, van montando sus logros: ‘este autor vendió tanto miles de ejemplares’, que para el mercado es fantástico. Entonces ese autor está en condiciones de ser exportado. No hay una lectura global del mercado en este instante. No va haber una junta que diga: ‘este autor tiene futuro, ha publicado.
Creo que su narrativa podría cuajar en México: hagamos un lanzamiento experimental ahí’. Eso no existe. Yo no soy un autor que raje vestiduras contra eso. Es el estado de las cosas”, explica Tromben.


Tromben no entendía este sistema en un principio. Pero con los años lo ha ido develando.

También lo ha beneficiado su formación económica y de gestión y de mirada industrial, de cómo se asignan recursos, de cómo se toman decisiones.

La mirada ética de Tromben con respecto a este tema es que el sistema de decisiones es ciego y es poco astuto, porque también desaprovecha oportunidades de mercado: “El vino es relativamente parecido a la literatura, porque tiene aspectos industriales y aspectos artesanales. Toda la elaboración de un vino, de un varietal, de un ensamblaje, tiene mucho que ver con el arte. Un enólogo es en cierto modo un artista. Hay un lenguaje que subyace y un sistema de estímulos y respuestas. Ahí estamos en el terreno del arte. Y una vez que el producto final ha sido validado ahí entra la industrialización.

Cuando yo presento un manuscrito, lo he elaborado en completa soledad, con prueba y error, con ensayos técnicos, y una vez que llega el editor llega un proceso de ping-pong en que el editor te cuestiona, te rebate, en qué acertaste y eliminar otras, negocias aquello. Y una vez que se va el manuscrito final se industrializa. Ya no tienes el control, se replica. Y viene una etapa de automatización y ahí se va al mercado. Se distribuye. ¿Es culpa del enólogo si el vino no tiene éxito? ¿O es culpa del gerente comercial que no ha hecho su pega y que no la ha puesto el vino donde hay que ponerlo? Si la etiqueta no fue bien diseñada, si los tipos no detectaron adecuadamente cuál era el target de ese vino. En el sentido de los viñateros, son meramente empresarios así que de inmediato miran el mercado exterior. Claro, el mercado doméstico del vino chileno sí va validando, pero de inmediato miran el mercado como un todo. En cambio la narrativa no. Está cagada, circunscrita.

¿Cuánta gente compra libros de narrativa chilena?:

3 mil, 4 mil: diría que me estoy yendo muy generoso. Entonces, en vez de crear una función de distribución ágil, ingeniosa, innovadora, audaz, los tipos son cero riesgo. Y no es culpa de ellos: el viñatero chileno es un empresario chileno con socios en el extranjero que le abre mercado exteriores. En cambio el editor chileno, el 70% del mercado, está dominado por empresas multinacionales que están supeditadas a esta estructura. No es un mercado doméstico que está mirando hacia el exterior”.
No siente bronca. Una de las enseñanzas de la economía es que hay que mirar este tema de manera dinámica, que hay una evolución en el tiempo, que hay una curva de aprendizaje y que editoriales independientes deben tomar el tema de la globalización como una oportunidad.

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