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sábado, 18 de agosto de 2012

María José Navia - Cuento PROBLEMAS DE ENTREGA


Era perfecto. Luego de innumerables viajes y artimañas para coordinarlos, Sofía y yo íbamos a Nueva York. Yo, en la cabina del piloto, y ella en primera clase. Ella, con ganas de pasar nuestros dos días recorriendo museos, y yo con un anillo de compromiso en mi bolso que, luego de meses de intentos fallidos, estaba decidido a entregar. Ya sé, deben creer que soy el típico macho - que - sale - corriendo - ante - la - sola - mención - de - la - palabra - compromiso, o un hijito de mamá que aún no le encuentra el atractivo a la idea de una pareja hasta que la muerte nos separe... Pero no es el caso.

El problema era Sofía, quien en dos años me había adiestrado en todas las formas de entregar el bendito anillo. Así, tuvo la amabilidad de comunicarme, que, si bien es muy usado por la industria cinematográfica, le parecía de mal gusto eso de dejarlo escondido en la comida durante una lujosa cena, momentos antes de que un exclusivo chef insertara el suyo en un roll de sushi; misma situación con la llamada 'entrega musical' (qué horror, todos los vecinos se enteran... me muero); otra vez, pagarles a unos desconcertados mariachis que llamaban a mi celular ya colocado en silencio...

Ésta era mi oportunidad. Las calles estaban radiantes, y yo tarareaba "if I make it there I'll make it anywhere", con énfasis en "It's up to you, New York". Pero estaba equivocado: Sofía, con su política de 'nunca quedes mal con nadie', se dedicó a comprar regalos furiosamente. En la noche llegaba rendida, mientras a mí el insomnio me tenía viendo películas, donde, para variar, el novio ocupaba la música o la comida. Tampoco pudimos salir la noche de San Valentín. Nos sorprendió la nieve y, con ella, Sofía que corrió a disfrutarla ante las sonrisas del personal del hotel.

* Miro la cajita que, burlona, espera ser guardada en mi bolso, una vez más. Sofía duerme.
Es cuestión de segundos…
Colocó el anillo en su dedo. La beso con suavidad mientras una voz en mi cabeza canta "Start spreading the news...".

María José Navia es Licenciada en Letras de UC y Magíster en Humanidades por la Universidad de Nueva York (NYU). Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y acaba de publicar su primera novela SANT (Incubarte Editores, 2010). Actualmente cursa un doctorado en Literatura y Estudios Culturales en la Universidad de Georgetown.

 

Ella le había dicho que no Cuentos Por María Paz Rodríguez

María Paz Rodríguez estudió literatura e hizo un magíster en letras hispanoamericanas en la Universidad Católica. Ha trabajado como editora y encargada de prensa en LOM Ediciones y en varias editoriales. También como productora de ciclos de música, lanzamientos de libros. Ha hecho clases de escritura académica en institutos y universidades. El 2009 obtuvo el Fondo de la Beca de Creación Literaria por su novela Hotel, obra que está en producción.



Ella le había dicho que no porque no sentían lo mismo. Ella no quería nada serio y prefería que lo de ellos se quedara así como estaba. Que se sentía ‘cómoda’, tranquila con su situación. Verse de vez en cuando, salir, bailar, conversar. Que ella sería su amiga y ya. Que ése era el único puente que podía haber entre ellos, porque el amor, el riesgo del amor, era muy grande y ella no estaba dispuesta. Que ya había sufrido mucho y que él era un buen chico. Que no quería perderlo. Que sería bueno que vieran a otra gente. ¿Qué es lo que te da tanto miedo?, le había preguntado él. O tal vez lo había pensado en voz alta y ella no había querido contestar. Caminaron un poco sin hablar. Ella miraba al suelo, él no recuerda bien qué miraba. No la abrazó como otras veces, ni le contó un chiste tonto antes de subirse al auto, ni le dijo “buena noches”. Se despidieron fríamente y ella pensó que él no volvería a llamarla. Que no querría saber nada, que seguiría con su vida como lo hace toda la gente. Como lo habían hecho otros antes que él. Cuando ella llegó a su casa, revisó su correo y vio que él le había mandado algo. Asunto: El pudor de decir las cosas.

Imaginé decirte éstas y otras cosas antes de dejarte en ese auto.
Te las digo porque sé que corro el riesgo de no verte de nuevo y que eso sería mi mayor alivio en el caso de que no quisieras volver a verme, después de estas palabras.
 Y ahora siento pudor.
 Pudor de que leas lo que escribí para ti, porque aunque haya intentado pensar en argumentos para persuadirte, cada vez que aparecías en esta carta, mirándome. Yo te sonreía porque no podía hacer otra cosa. Porque una parte mía que estaba ahí, pensando en ti, se convertía en la vergüenza de saberme descubierto.

Pudor de que me veas, mirándote.
Pudor de que veas lo que hay dentro de mí cuando estoy y cuando no estoy contigo.
Cuando estamos y cuando no.
Cuando te adoro, porque mi corazón es como un perro grande, torpe e inconsciente de su tamaño, que ama sin límites y que mueve la cola cada vez que tú llegas.

Ten fe.
Tennos fe.
Tenme fe.

Ella leyó. Y ella volvió a leer. Se sonrió y luego sintió algo parecido a la emoción. Porque no estaba preparada para que él le dijera que sí de nuevo. Que alguien le dijera que se atreviera, que saltara con él, que lo dejara estar ahí, con ella. Apretó el botón de respuesta y sólo escribió dos letras en aquel correo. Luego apagó el computador y la luz y sintió como alguien la abrazaba desde el otro lado de la pantalla.

Juan José Richards Echeverría (Santiago, 1981)

FUENTE: Hago como que no


Currently attending New York University’s Graduate School of Arts & Science.
MFA's Candidate in Creative Writing in Spanish.

Volví a la piscina por última vez antes de que la cerraran por lo que queda del verano. Dejé mis cosas en el B80, el mismo locker que he ocupado durante estos dos años. Lo primero que noté es que están agregándole alógenos al techo, así que nadé 20 minutos bajo una luz distinta. Afuera estaba despejado, algo de día se colaba por las ventanas sumándose a la luz artificial del Natatorium.
En el sauna me encontré con Robert, había vuelto de su viaje a China y preparaba otro viaje para Agosto. Sabía que sería la última vez que nos veríamos. Al despedirse me dio la mano (mojada) y salió de ahí envuelto en su toalla blanca. A medio camino se devolvió y volvió a entrar al sauna.
––”The sleepless map”, right? ––preguntó.
Era la interpretación que había hecho del título de mi novela, le había contado el nombre hace dos meses.

    “On Water” @ The Natatorium, NYU.

∞  08/05/12 at 11:49am
1 note
La otra noche, comiendo en la terraza de Alia, en Carlton Avenue, vimos a Paula desesperada desde la ventana del baño en el segundo piso. Había inundado el excusado. Cuando volvió a bajar, estaba frustrada, dijo que siempre le pasaba lo mismo: baños que se rebalsaban, vasos que se caían. Toda una serie de desgracias acuáticas que le venían ocurriendo desde años atrás, cuando un verano trató de salvar a una amiga que se ahogaba en Pinamar y terminaron las dos hundiéndose en el mar. “Hay un agua que te está buscando”, le dije.

    “On Water”, @ 350 Carlton Ave. Brooklyn, NY 11238.

∞  06/06/12 at 11:31am
2 notes
En las duchas, Norman quiso saber cuánto había nadado. Aunque él mide su práctica en vueltas (laps), le contesté en minutos.
––Twenty minutes today.
––That’s not going to take you to the Olympics.
––I get bored of thinking.
––C’mon.
––What do you think about while you are swimming? ––quise saber.
Puso la mirada fija en un punto fijo y, haciendo la mímica de un braceo, se puso a contar.
––One, two, three, four, five…

    “On Water” @ The Natatorium, NYU.

Le corté los bigotes a mi gato por Florencia Edwards



Le corté los bigotes a mi gato,
estaba aburrido y lo hice,
pero le salió sangre.

Después se convirtió
en el gato más raro,
porque chocaba con las paredes,
olía comida pero no se la comía,
pedía aún MÁS comida
y nunca volvió a reccionar a los ruidos;
un gato sin intuición de nada,
un gato sin instintos,
un gato que ya no era un animal,
ni siquiera cerca.

Hoy día estaba con él en la bosca
y la abrí para poner más leña,
y seguí leyendo pero se me olvidó cerrarla.

El gato empezó a caminar hacia la bosca
y entró al fuego como si fuera una puerta de algo,
como si fuera su destino, y entonces, ni maulló.

Nadie se dio cuenta,
mi papá cerró la bosca en el camino,
y al gato se le quemó el pelo,
quedó color piel,
se le derritieron las orejas,
bajaron hasta los lados de la cabeza,
su cola también se quebró,
se hizo cenizas, esfumó,
y quedó encerrado para siempre,
en el fuego aburrido, para siempre.

....

Este texto pertenece a «Queso Derretido»
el primer libro de Florencia Edwards Viviani.
Después de graduarse en La Maisonnette
estudió Literatura en la Universidad Católica.
Primer lugar poesía Concurso Vitajoven 2004
LOM Ediciones (Santiago de Chile, 2005)

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