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viernes, 31 de octubre de 2014

Lucidez y Ebriedad Perdiendo la batalla del Ebr(i)o. Por Francisco Véjar


Revista de Libros de El Mercurio. Domingo 25 de agosto de 2013
http://letras.s5.com/

Este nuevo libro de Thomas Harris (1956), titulado Perdiendo la batalla del Ebr(i)o, nos introduce en el mundo de la dipsomanía, desde una perspectiva autobiográfica, literaria y cinéfila. El autor confiesa sentirse afín al actor galés Ray Milland, protagonizando la clásica película "Días sin huella", basada en la novela de Charles Jackson, The lost weekend. Filmada el año 1945 y dirigida por Billy Wilder fue pionera en el tema del alcoholismo. No en vano, se eligió para la portada de este poemario la fotografía de la escena donde aparece Milland arrimado a la barra de un bar en Nueva York, bebiéndose un corto de whisky. Y es desde ahí donde nace la poética de este volumen.

Pero aquí el hablante lírico se sitúa en Concepción o en las cercanías de Tomé. Incluso en Santiago y sus alrededores. Y entre esos ires y venires, los personajes que lo inspiraron son Malcolm Lowry, Raymond Carver, Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe, Alfonso Alcalde y Joseph Roth, entre otros. De este último apunta, en el poema en prosa que lleva por nombre JE NE COMMENCE PAS (Resumen): "-Quelque chose pour commencer, Monsieur? -le pregunta el camarero al cliente, escribe Claudio Magris al comienzo de su bella semblanza de Joseph Roth, el santo bebedor, quien sentado, absorto y silencioso, en la mesita de un pequeño bar parisiense, no se decide a qué pedir, o no atina a pedir nada, ni siquiera un aperitivo, un 'corto', como decimos en Chile. -Je ne commence pas -contesta finalmente Roth, mientras acaricia obsesiva y melancólicamente sus bigotes amarillos de nicotina-. Yo no tengo nada para comenzar, ya estoy acabado".

En estas páginas se hace visible, además, una mezcla entre las vivencias de Harris y sus constantes alusiones a poetas de su promoción, como Carlos Decap o Alexis Figueroa. No en vano, en los versos de "Réquiem para el Malcolm Lowry de Chiguayante", anota: "Ahora te reflejas en todos los espejos/ De todos los bares que habitaste perdido y navegando/ En los sargazos de tu redoma de alcohol puro./ Y te ves reflejado como Malcolm Lowry en El Farolito (...)/ Recuerdas los rostros furtivos y desvaídos/ De todos los conjurados de las tabernas:/ Carlos, Roberto, Juan, Álvaro, Julio, Alexis, Osvaldo".

Nos encontramos ante una obra confesional que no está exenta de nostalgia, dolor y hasta de cierto elogio al alcohol. En el poema, "La partida (Neruda-Lowry)", asevera: "Bebiste, bebiste, bebiste:/ Ahora es la hora de partir, abandonado./ Solo, beberás en el Bar de la Eternidad,/ si hay, en la eternidad,/ el consuelo de un bar".

Y si quisiéramos dilucidar el título de este libro, el lector deberá retrotraerse a la Batalla del Ebro que aparece retratada en la novela Bajo el Volcán de Malcolm Lowry. Allí se narra la sangrienta batalla a orillas del río Ebro, a fines de los años treinta, donde es derrotada la República por los fascistas españoles. Lowry ve en esa debacle el derrumbe social de su época y lo asimila con su propio desastre ante la vida y la embriaguez. Tal es el caso de Harris y su generación, pues la mayoría de lo escrito en estas páginas, rememora la década de los ochenta.

El imaginario de Perdiendo la batalla del Ebr(i)o, está poblado de momentos luminosos y de aparente lucidez e intensidad que dan ciertos estados alterados de conciencia, donde finalmente hay hallazgos y pérdidas. Y justamente ese es el mérito de Thomas Harris, transformar una experiencia nada fácil de llevar, en auténtica poesía.

Nos encontramos ante una obra confesional que no está exenta de nostalgia, dolor y hasta de cierto elogio al alcohol.

Lucidez y Ebriedad Libro - Perdiendo la batalla del ebr(i)o de Thomas Harris

Los hijos de la Sed y la lluvia
"Perdiendo la batalla del Ebr(io)", de Tomás Harris
[Prólogo]

Carlos Decap







“La última esperanza es el próximo trago.
Si gustas, ve a dar un paseo.
No hay tiempo para detenerse a pensar,
La única esperanza es el próximo trago.

Malcolm Lowry.

Lo primero que tengo que decir es que este prólogo es un testimonio de una amistad que se acerca a los cuarenta años. Por ello no espere el autor ni menos el lector que este sea un prólogo que oriente su lectura. Más bien lo confundirá y llevará a un viaje hacia los inicios en que prologuista y prologado se encontraron por vez primera.

Conocí a Thomas Harris cuando él tenía 18 años, y yo dos menos, como compañero de cuarto año medio en el liceo N° 5 de Concepción, que funcionaba en el patio trasero del Enrique Molina, y que en 1975 fue trasladado a Las Higueras de Talcahuano, donde yo y mi familia habíamos llegados ‘exiliados’ de Los Ángeles, en años no solo oscuros, sino duros.

Al año siguiente, 1976, entramos juntos a estudiar español y filosofía a la Universidad de Concepción, donde compartimos curso con el poeta secreto Osvaldo Caro y conocimos a Carlos Cociña y Nicolás Miquea, los últimos poetas que dejó varado el Golpe allí. 

De ahí en más hicimos una corta carrera literaria en la ciudad lila: publicamos juntos nuestros primeros poemas en una revista de poesía de oscuro nombre como el tiempo que vivíamos, en 1977. Ese año, complementamos los estudios regulares de la carrera con algunos talleres con algunos profesores que marcaron época en esa universidad letrada como Roberto Hozven, Dieter Oelker y Gilberto Triviños, por lo que nuestros compañeros de carrera nos llamaban el Círculo de Praga.

Igualmente ese año fuimos como espectadores a la primera lectura de poesía que se hacía en Concepción, por lo menos públicamente. El lugar era la biblioteca del Instituto Británico, dirigido por Jeremy Jacobson, quien después se convertiría en uno de nuestros partners posdatianos. Quienes leían eran Mario Milanca, Carlos Cociña, Ricardo Cuadros, Myriam Díaz-Diocaretz, una de las traductoras de Adrienne Rich, y creo que el ‘inefable’ Nicolás Miquea, como lo llamaba Gilberto Triviños.

En 1978, hicimos nuestras primeras lecturas grupales en la escuela de filosofía penquista y luego fuimos a leer ambos a Valdivia, al salón municipal de esa ciudad, en la entrada al mercado fluvial, reemplazando al poeta Nicolás Miquea (2 x 1). Ese año hubo un concurso que ganó Miquea con alguien más, y Caro estuvo entre las menciones honrosas.

En 1979, Nicolás Miquea nos ‘reclutó’, como él cuenta en alguna entrevista reproduciendo sin querer el lenguaje militarista de la época, para formar el grupo Punto Próximo. Este estaba compuesto por Miquea, Caro, Harris y Decap, e hicimos cuatro recitales en Concepción, y en uno de ellos en el auditorio del entonces Instituto de Lenguas convocados por una agrupación de corta duración, Lumen, llenamos ese lugar para aproximadamente 200 personas.

Casi a finales de ese mismo año, con Thomas se nos ocurrió abrir otro espacio de lectura, gracias a un enlace de la poeta y traductora Myriam Díaz, en el Instituto Norteamericano. Pero nuestro ‘reclutador’ encontró que ese lugar imperialista no era digno de su poesía y fue a cancelar la lectura que nosotros habíamos concertados para noviembre de 1979. Ese fue el fin de Punto Próximo. Los polluelos habían crecido y querían volar con alas propias.

Y esas alas estuvieron llenas de plumas nuevas en el comienzo de la década de 1980. Ese año creamos con Harris, la Unión de Escritores Jóvenes de Concepción, como una réplica a la entidad juvenil santiaguina. Siempre apoyados por el director del Instituto Británico Jeremy Jacobson, las reuniones se hacían en la misma biblioteca de ese instituto y a veces llegaban sujetos sospechosos que se disfrazaban de poetas, pero cuya función era otra.

Alcanzamos a hacer algunos encuentros importantes para la época en Concepción en el primer semestre de 1980: invitamos por primera vez a Raúl Zurita y luego uno mayor con Gonzalo Rojas, Enrique Lihn, Pedro Lastra, Óscar Hahn y Jaime Giordano, en la sala Andes, en la Diagonal penquista.

Pero esa unión, que nos pedía talleres, no era lo que nosotros al final queríamos. Lo nuestro era una primera revista después de Arúspice, Fuego Negro, Envés y otras: la Posdata N° 1 salió en agosto de 1980, dirigida por estos viejos amigos: Harris y Decap.

Aquí me detendré un minuto: nunca recibimos ayuda de ninguna especie de oenegé ni nada parecido. Ese primer número salió gracias al impulso inicial que nos dio una amiga de la entonces mujer de Thomas que le prestó casi la mitad del valor de la revista y el resto lo completamos con suscripciones que les vendimos a algunos profesores de la Universidad de Concepción, familiares y amigos de cada cual.

Después ampliamos el registro y creamos la figura del Comité Editorial, al que se unieron en distintas épocas Osvaldo Caro, el gringo Jacobson, Roberto Henríquez (No 2, noviembre de 1980, y No 3, junio de 1981). Posteriormente, ante la ida de Jacobson y Henríquez al extranjero y el secretismo de Caro, se nos unieron Juan Zapata (N° 4, 1984) y en la etapa final, en un número doble (5-6, de 1985), Alexis Figueroa y Sergio Gómez.

Debo decir que desde el inicio, con Harris nos leíamos y mostrábamos nuestras producciones poético-juveniles, ejercicio siempre estimulante y productivo, que, salvo periodos de resaca en nuestra amistad, ha persistido en el tiempo y ahora se hace más fluido con internet, a pesar de que vivimos en ciudades distintas. Y este libro es una demostración de ello.

Ahora para entrar en materia, celebramos este nuevo libro de nuestro amigo como un viaje que nos llevó de vuelta al comienzo donde empezó todo, la primera estación, frente a los lagartos venenosos del Biobío, allí donde la sed espejea sus reflejos insaciables y se convierten en poesía: “oscuridad luminosa, oxímoron de las copas,/ Luz de aurora boreal los cubos de hielo”.

Cuando leí por primera vez este libro, supe de inmediato que estaba ante uno de los poemarios más personal del Thomas Harris chileno. Un libro cuyo único problema, por lo menos para mí, es que dan ganas de beber y escribir, lo que siempre ha sido un halago para un poeta pero no para su hígado.

El poemario está compuesto por dos estaciones y en ellas se acompaña de personajes sombríos y luminosos que van junto al poeta en esta travesía por la enfermedad, como la llamaba Jorge Teillier, y allí bebe del vino de los solitarios de Charles Baudelaire y se define como el santo bebedor de Joseph Brodski: borracho, pero lúcido. Y con esa lucidez, sigue a Raymond Carver que sigue a Chejov o se pone bajo la sombra de los volcanes con Malcolm Lowry y se deja llevar por este a “la luz turbia del Farolito”. 

Y recuerda al amigo Osvaldo Caro, quien llamara al joven Harris “el Malcolm Lowry de Chiguayante”, donde vivía por entonces el espinilludo poeta. Se acuerda del viejo Vallejo mientras escucha la corneta de Bix Baiderbeck y se deja llevar por los sueños de sed hasta Kafka y lo sigue a Praga, siempre acompañado de una petaca de whisky o vodka, aunque bebe cerveza y lee a Conrad.

Transita con Poe por las páginas de la Rue de la Morgue “y sus bares apilados en los callejones,/ como si fueran sus obras completas,/  raídas y descabaladas.

Le da el gran sí a Cafavis y se nos va para el oriente, como un ideograma mal borracho.

Aquí se convierte en el monje Harris y escribe poemas chinos como si fuera la reencarnación del viejo Li Po o de Po Chü I, mientras se inspira entre sake y sake, que le sirve una que otra chica que quiere convertirse en su musa y le grita: “Escucha, poeta borracho, cuando el día muere, enciende una vela”.

Pero el espera allí un bel morir:

“Al día siguiente, cuando sacaron su viejo
cuerpo del río Amarillo, empapado de vino y légamo,
en los ojos de Rihaku aún abiertos,
reía la imagen de la hermosa muchacha,
y de su boca no emanaba el hálito alcohólico,
sino el aroma del rocío celeste de las madrugadas.
El mismo rocío que había borrado el último poema
del viejo Rihaku, dibujado con un palo en la arenisca.”

En este último libro de poesía de Thomas Harris asistimos a una escritura que  oscila entre lo biográfico y lo poético/textual, donde el poeta se distancia un tanto de su escritura acostumbrada, para adentrarse a una experiencia muy personal, a saber, la batalla con y contra el alcohol. No es libro testimonial pero sí es un texto que contempla en dos momentos de su vida esta relación de amor/odio con las refriegas con Baco, el dios migrante. Desde su título, Perdiendo la batalla del Ebr(io) el texto nos sitúa en un locus literario para referirse al alcohol, en una alusión a Bajo el Volcán  de Malcolm Lowry. Los poemas en este libro se nos presentan como una serie de fragmentos, los más, y poemas más extensos, pero que siempre van dando cuenta de la relación del (autor) con el infierno del alcohol. Es, de esta manera, un libro arriesgado por su exposición a una condición que no nos queda claro si ha sido ya superada o aun estamos en medio de la refriega. Hay fragmentos que son evidentemente exposición, en el sentido de riesgo que le da Michel Leiris, de la experiencia y otros que van dialogando intertextualmente con la larga relación de otros textos y escritores que han dado la misma pelea. 

Nos encontramos así con citas, paráfrasis, diálogos, cruces y conversaciones, que bien podrían darse en un libro tal taberna, con bebedores ilustres, entre ellos, el ya citado Malcolm Lowry –Tal vez el ángel etílico tutelar de Harris- como Joseph Roth, Rihaku, Charles Jackson, Edgar Allan Poe, entre otros, y los también heroicos alcohólicos anónimos, universales y chilenos. 

Pero, también, se adentra desde el centro mismo de su experiencia en la agonística del drama: las pesadillas, la sed inveterada, los bares y sus parroquianos, patrones y camareras, la tembladera del otro día, el sol inclemente, los sifones y los cubos de hielo, las barras manchadas de morado y los mismos “túneles morados”, los espejos refractantes del bebedor solitario y esa misma soledad que es el alcohol que sólo puede poblarse, por lo menos en la experiencia harriana,  de fantasmas, personajes literarios, perdedores, en fin, que buscan desde el fondo del volcán, la redención (im)posible, que parece finalmente, después de transitar por variados espacios, ciudades y calles, en ese oriente de los poetas chinos y borrachos como Li Po:

Y bien, ahora que el monje Harris ha muerto,
podemos ensayar su epitafio.

Que no se diga que murió por culpa del alcohol,
aunque la dura refriega con Baco ocupó su vida.

Pero no se diga que su vida fue sólo una refriega con Baco,
porque libó en la boca de su mujer y aspiró el mar por sus ojos.

Y también saboreó la lucidez de los días límpidos,
y leyó en la escritura filigranada de las nubes.

No sólo Rihaku y Baudelaire guiaron su pluma,
sino poetas (y versos) que no bajaron dos veces al mismo río.

Y ese río era cristalino y no buscó en él la luna (su reflejo),
sólo dejó su cuerpo abierto a su tacto húmedo como una muchacha.

Ahora que el monje Harris ha muerto podemos 
condenarlo o despreciarlo, absolverlo o amarlo.

Pero que su epitafio no diga nunca sobre la losa:  
¡ay!, murió por culpa del alcohol.



Viña de la Mar, fines de abril fríos de 2013

miércoles, 29 de octubre de 2014

BIPOLARIDAD Y GENIO POÉTICO

Ya hemos hablado de las enfermedades que han padecido algunos autores, específicamente de la epilepsia e incluso de ciertas rarezas auténticas que han girado en torno a la vida de algunos de ellos.

Como las enfermedades mentales son una de los aspectos de la salud que más me interesan, hoy he preparado un texto sobre el trastorno bipolar, para dar a conocer a varios autores que lo padecían y mencionar en qué parte de su obra puede verse reflejado el mismo. Espero que les guste.

¿Qué es el trastorno bipolar?

El trastorno bipolar es una enfermedad muy antigua, pese a que durante varios siglos no tuvo un nombre y se la conocía como la enfermedad silenciosa, escondida detrás de diagnóstico como depresión, locura o paranoia.

Los síntomas de esta enfermedad son episodios claramente diferenciados con períodos de humor cambiantes (período depresivo, período normal, período maníaco). En general no se conoce un patrón claro que delimite cada uno de estos períodos o de qué forman se alternarán, incluso en algunas personas cada período puede llevar horas, meses o incluso años.

No se sabe a verdaderamente cuál es la etiología de esta enfermedad, sin embargo muchos especialistas se inclinan a afirmar que se debe a un desorden bioquímico que puede tener raíces genéticas o hereditarias y que es desencadenada a partir de factores externos.

El riesgo más importante de esta enfermedad es que, una persona que padece este trastorno en un período de angustia o ansiedad podría ser llevada al suicidio; de hecho, un 20 por ciento de los que la padecen se suicidan y alrededor de la mitad de todos ellos, lo intenta.

Es un mal muy presente entre los artistas (músicos, pintores, escritores) muchos de los cuales se quitaron la vida, posiblemente como consecuencia de los temores y experiencias que despertara en ellos este trastorno.



La enfermedad y la literatura

En la literatura existieron muchos autores que padecían este trastorno, entre los que podemos nombrar a incuestionables hombres de las letras como lo fueron Tolstói, Faulkner, Virginia Woolf, Juan Ramón Jiménez e incluso José Agustín Goytisolo. Muchos de ellos fueron diagnosticados con psicosis maníaco-depresiva, nombre que entonces recibía la actual bipolaridad. Y existen muchos otros nombres e historias que aún no se han desvelado.

En el caso de Juan Ramón Jiménez, él mismo escribió que fue cautivado por una ola de melancolía que le impedía ver más allá, se sentía triste y desesperado al punto de desear la muerte y estar a punto de suicidarse en varias ocasiones.



La familia Hemingway

En la familia Hemingway existen varios casos de suicidio. El padre de Ernest Hemingway se voló la cabeza cuando el futuro escritor tenía unos pocos años de vida; éste conservó la pistola utilizada por su padre y hablaba de ella con cierta sorna. Su trastorno bipolar lo llevaba desde extremos absolutamente opuestos, de la euforia manifiesta a la clara misantropía. Se quitó la vida el 2 de julio de 1961.

Posiblemente, las mismas razones que llevaron a su padre a volarse los sesos fueron las que motivaron a Ernest y, varios años más tarde, a su nieta, Margaux (también era bipolar y se refugiaba en el alcohol para hacer más llevadera la existencia), quien escogió el 1 de julio de 1996 para quitarse la vida, como una fecha simbólica, esta vez de una forma menos brusca, tal vez, una sobredosis de fenobarbital.

Uno de los aspectos curiosos en el trastorno de muchos bipolares, que también se notaba en Ernest, es que la luz funciona como un poderoso antidepresivo, mejorando su estado de animo y llevándolos a experimentar una leve esperanza en sus desesperados pensamientos.



Sylvia Plath, su poesía y el suicidio

Si nos fijamos en la vida de Sylvia Plath, una de las poetisas más extraordinarias de la poesía confesional que ha dado Estados Unidos, podemos comprender en qué grado el enfermo es incapaz de dominar sus propios sentimientos, sus ideas le corroen, lo llevan a límites que posiblemente no creía poder alcanzar (Virginia Woolf, reconociendo que una nueva crisis estaba al acecho decidió quitarse la vida, creyendo que no podría pasar por lo mismo una vez más).

En el caso de Plath, después de la ruptura con su esposo, Ted Hughes, que la llevó a un período de tristeza y soledad casi insoportables, su vida se terminó una mañana en la que abrió el horno de la cocina de su casa de Londres y metiendo la cabeza dentro, le dio fin.

Cabe aclarar que su suicidio no tiene que ver con un desengaño amoroso, como muchos creen, sino más bien de esa sensación de ser abandonada, sensación que la perseguía desde la muerte de su padre, cuando la poetisa tenía tan sólo 9 años. Su angustia rozaba los límites imaginables por cualquier ser humano, en su diario dejó escrito:


¿Genio o padecimiento?

Posiblemente para alguien que no haya sufrido de un trastorno semejante o no haya vivido de cerca los estragos que las enfermedades mentales hacen en las personas, todo esto suene a historia dramática o exagerada, sin embargo y lamentablemente, no es así.

La mente juega con nosotros y a algunos les ha tocado soportar angustias que el resto de los mortales jamás podremos ni siquiera imaginar; muchos de estos enfermos escogieron la literatura u otra arte para expresar sus sentimientos más profundos y poner en palabras los daños que este trastorno les provocaba, para muchos la literatura fue la salvación pero para muchos otros tan sólo un refugio fugaz e insuficiente.

En un extenso artículo sobre el tema, Rafael Narbona, dejó en el aire ciertas reflexiones que me han resultado sumamente interesante. Expresaba que dadas esas características que este trastorno tiene que lleva a que tengan lugar en el cerebro asociaciones algo irracionales, ideas poco claras y una disfuncionalidad de todo lo establecido por norma, no es de extrañar que ciertos autores, como Faulkner o incluso Alejandra Pizarnik hayan tenido una habilidad incuestionable para presentar obras que trascenderían su tiempo y que se convertirían en exquisitas experiencias artísticas jamás comparables.

Y todo esto lo llevaba a preguntarse si tendrían razón Nietzschey Hölderlin al decir que el dolor es lo que nos hace profundos y si las únicas obras que realmente merecen la pena son aquellas capaces de mostrar una experiencia del dolor. Y concluye diciendo algo que me parece ideal para alumbrar este párrafo, dice:



La depresión maníaca está tocando mi alma. Sé lo que quiero pero simplemente no sé como aceptar el conseguirlo.”
-Jimi Hendrix (Músico)

No hay genio que no tenga parte de loco.
-Aristóteles (Filósofo)

“La locura es relativa. Depende de quién ha encerrado a quién en qué jaula.”
Ray Bradbury (Escritor)

“Si un hombre llega a las puertas de la poesía sin haber sido tocado por la locura de las musas, pensando que su buen técnica le hacen ser buena poeta, él y sus rectas composiciones alcanzarán la perfección, pero acabarán eclipsadas por las obras del loco inspirado”.

Decide si soy un técnico experto o un loco inspirado en este video.

-Platón (Filósofo)

“Lo que hay delante de nosotros y lo que hay detrás de nosotros importa poco comparado con lo que hay dentro de nosotros”.

-Ralph Waldo Emerson (Escritor, filósofo y poeta)

“El desorden bipolar puede ser un gran maestro. Es un reto pero puede hacerte ser capaz de hacer casi cualquier cosa en tu vida”.

-Carrie Fisher (Actriz)

 “Estoy muy feliz porque hoy encontré a mis amigos. Están en mi cabeza. Soy tan feo. Pero no pasa nada porque tú también. Hemos roto nuestros espejos. Domingo por la mañana. Por mí lo es cada día y no tengo miedo. Enciende mis velas. Aturdido porque hoy encontré a Dios”.

   
-Nirvana (Grupo de música)
“Locura es pensar en demasiadas cosas demasiado rápido o en una demasiado exclusivamente”.

-Voltaire (Científico)

“Si Winston Churchill hubiera sido un hombre estable y equilibrado no habría podido inspirar a la nación. En 1940, cuando todo estaba en contra, un líder juicioso habría admitido la derrota”.
– Anthony Storr (Psiquiatra)

 “Hay un tipo concreto de dolor, miedo y soledad relacionado con este tipo de locura. Cuando estás arriba es tremendo; las ideas y sentimientos vuelan como estrellas fugaces. Pero en un momento todo cambia. La ideas son demasiadas y demasiado veloces. La confusión reemplaza a la claridad. Todo lo que antes te impulsaba ahora se pone en contra, estás irritable, asustado e incontrolable. Nunca termina ya que la locura acaba tallando su propia realidad”.

-Kay Redfield Jamison (Escritora y psicóloga)

martes, 28 de octubre de 2014

El plagio literario

I

Se suele decir que todo está escrito en los clásicos griegos y que, a partir de ellos, ha sido imposible crear algo nuevo y original. Ya Eugenio D´Ors aseguró que todo lo que no es tradición es plagio, y Baroja fue más allá al concluir que todo lo que no es autobiografía es plagio. Eso explicaría el que pocos escritores se hayan librado de ser acusados alguna vez de plagio literario, tal y como apunta Manuel Francisco Reina en su libro “El plagio como una de las bellas artes”. Y es que la frontera entre plagio e imitación —o reproducción o falsificación— no está bien delimitada y se presta a confusión.
El inicio del Quijote “En un lugar de la Mancha…” es un octosílabo copiado del romance popular “El amante apaleado”. La fórmula “de cuyo nombre no quiero acordarme…” está en un cuento del infante Juan Manuel sobre el conde Lucanor, que empieza así: “Señor conde —dixo Patronio—, en una tierra de que me non acuerdo el nombre, avía un rey…”. El sobrenombre de “Caballero de la triste figura” que Cervantes atribuye al Quijote es el título del libro III de Clarián de Landanís, escrito por Jerónimo López en 1588.
También Shakespeare fue acusado de plagio. Hasta se le atribuye una frase en la que lo defiende con altivez “He rescatado las ideas interesantes de unas obras bastante mediocres y las he mejorado”. Leopoldo Alas “Clarín” dijo de él que había tomado 6043 versos de 1771 poetas que le precedieron. “La leyenda del rey Lear” la contó el galés Godofredo de Monmouth en la “Historia de los reyes de Bretaña”, un libro de escaso valor histórico escrito entre 1130 y 1136, pero que contiene la versión más antigua conocida de la historia del rey Leir de Britania, aunque Shakespeare modificó el argumento y desheredó a Cordelia, la hija menor, que casó con el rey de Francia y que más tarde acogió a su padre, tras ser depuesto por sus yernos.
¿Sería justo acusar de plagio a Cervantes y a Shakespeare por esos préstamos tomados de textos antes escritos por otros autores? En el primer caso, es la mera adopción de unas expresiones que probablemente eran de uso común en la época—aunque luego hayan pasado a la posteridad—, mientras que, en el segundo, es valerse de una leyenda perdida en la noche de los tiempos. El propio Clarín fue objeto de crítica acerba por parte de sus enemigos, que vieron en “La Regenta” grandes similitudes con “Madame Bovary”, dos obras harto diferentes, que sólo coinciden en que se sirven del adulterio para destapar una sociedad que lucha por dejar atrás su vieja moralidad, además de la técnica impresionista con que ambas fueron escritas y que Flaubert utilizó por primera vez.
La lista de escritores ilustres que han cometido plagio es larga y bien documentada. En el libro antes citado, “El plagio como una de las bellas artes” Manuel Francisco Reina rastrea los “robos” más significativos que se han producido en la literatura hispánica. Pero siempre queda la duda de si realmente se trata de plagio o son simplemente imitaciones.
El Tratado de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (1996) sobre derechos de autor define la propiedad intelectual como el conjunto de derechos que asisten a un autor por cada una de sus obras, ya sean literarias o artísticas, siguiendo la línea que ya marcó el Tratado de Berna en 1886. Para ello, exige dos requisitos: que se trate de una obra original y que esté plasmada en un soporte físico o digital, entendiendo que las ideas abstractas no se protegen. Pero curiosamente, en ninguno de los dos textos, figura la palabra “plagio”. Y tampoco la hemos encontrado en la Ley de Propiedad Intelectual que el Congreso Español ha enviado al Senado, y que, previsiblemente, será aprobada antes del 31 de diciembre de 2014. Por algo será…
En la Antigüedad, el concepto de plagio surgió con el comienzo de la esclavitud y era plagiario aquél que poseía siervos en propiedad, como si fuere una cosa. En el siglo I de nuestra Era, Marcial utilizó por primera vez el término en otro sentido, acusando a Fidentino de poeta plagiario, por haberle copiado versos y presentado como suyos. A partir de ese momento, se extendió el calificativo de plagio a toda apropiación indebida de un texto literario, considerándolo un delito de hurto, primer indicio de lo que hoy entendemos por propiedad literaria.
Con la invención de la imprenta, se simplificó la reproducción de los libros y apareció la piratería. El trabajo que suponía reproducir muchos ejemplares de un mismo texto era nimio comparado con el beneficio que se obtenía vendiéndolo, sobre todo, cuando el Renacimiento despierta el interés de las clases privilegiadas por el conocimiento de los textos clásicos. Así se explica la intervención de los príncipes para conceder licencias de explotación —con el consiguiente abono de alcabalas— y proteger al impresor —que no al autor— de la competencia de réplicas no autorizadas, además del interés que tenía la Iglesia en evitar desviaciones de la ortodoxia oficial.
Así, poco a poco, en la Edad Moderna, se va configurando el régimen jurídico del plagio como el acto de copiar libros y hacerlos pasar como  propios, aunque las licencias se concedían a los talleres de impresión. El estatuto de la Reina Ana (1710), en Inglaterra, fue el primer intento de legislar sobre derechos de autor, si bien su intención seguía siendo la de proteger a los libreros. Pero, poco a poco, se fueron concediendo a los autores privilegios de exclusividad para editar sus propias obras, en detrimento de los gremios que pretendían conservar de su monopolio.
A partir de ahí, los países de Occidente siguieron su ejemplo y adoptaron medidas más o menos estrictas para proteger la creación literaria, entendiendo que la paternidad que el autor posee sobre la obra nacida de su inteligencia es un derecho de naturaleza espiritual que le corresponde, cuya usurpación por otro sin su consentimiento es un delito. El autor escribe un libro y luego lo imprime —o hace un ebook—, para que el público lo compre, lo lea y disfrute de él. El lector es así propietario del libro para su uso personal, pero nada más que para eso. Tiene autorización para leerlo, pero no puede copiarlo ni difundirlo —tan sólo volverlo a vender—, ya que ese derecho corresponde íntegramente al autor o a su concesionario.
Esta limitación en el uso de un bien adquirido en condiciones legales ha generado lucubraciones jurídicas acerca de su aplicación, que no vienen al caso. Sólo consignar que la propiedad intelectual presenta el carácter general de un bien material —como la posesión de un automóvil—, que otorga a su propietario el derecho a disponer de él con absoluta libertad, y el carácter especial que corresponde a un bien incorporal, que necesita materializarse para entrar en el mercado y generar beneficios a su creador.
Precisamente, por este carácter especial que poseen los libros —igual que cualquier otra creación artística—, hubo que desarrollar una legislación propia para su protección. En el ámbito anglosajón, surgió el término de copyright y en Europa el de derecho de autor, dos conceptos que, si bien coinciden en lo fundamental, presentan una diferencia importante: El primero tiene una finalidad más mercantilista, ya que defiende, sobre todo, el derecho patrimonial o económico, de carácter enajenable, para obtener beneficios por la explotación de la obra, mientras que el segundo reconoce además el derecho moral , de carácter irrenunciable e inalienable, que el autor posee a divulgar su obra, al reconocimiento de la autoría de la misma, al respeto a la integridad, a su modificación, a la retirada del comercio y el derecho al acceso del ejemplar raro, con lo cual el legislador ha querido diferenciar dos tipos de delitos:
1.- La piratería, que viola siempre el derecho patrimonial, bien sea por reproducción, bien sea por su posterior distribución.
2.- El plagio, que vulnera el derecho moral, por ser el hurto de un bien inmaterial, aunque pueda no tener consecuencias crematísticas.
Si bien la piratería es un concepto inequívoco, no ocurre lo mismo con el plagio, cuya definición es ambigua y se presta a numerosas interpretaciones. El diccionario de la Real Academia Española dice: ”Plagiar equivale a copiar sustancialmente una obra dándola como propia”. Y el Código Penal tampoco concreta demasiado. El Tribunal Supremo, en sentencia de 23/3/1999 señala que “plagiar es todo aquello que supone copiar obras ajenas en lo sustancial, sin creatividad propia, aunque se aporte cierta manifestación de ingenio. El plagio puede ser encubierto pero fácilmente detectable al despojar la obra de los ardides o ropajes que la disfrazan. Sin embargo, no procede confusión con todo aquello que es común e integra el acervo cultural generalizado. En suma, el plagio ha de referirse a coincidencias básicas y fundamentales, no a las accesorias, añadidas, superpuestas o no transcendentales”.
Ante definiciones tan imprecisas, si nos preguntamos qué es el plagio y cómo se reconoce, será difícil que respondamos de forma clara y contundente, aunque luego, ante un caso práctico, seamos capaces de discernirlo sin demasiado esfuerzo, justificando nuestro juicio en alguna apreciación estética. Por una parte, calificaremos la originalidad de la obra encausada, tras investigar tanto el fondo —la composición —como la forma —la expresión—, y por la otra, la intensidad, es decir, cuánto del texto plagiado se repite y qué grado de modificación ha sufrido.
Es verdad que el plagio es una falta imperdonable que todo escritor debe evitar. Pero eso no le impide acometer asuntos tratados anteriormente —al contrario, la colectividad se lo exige—, siempre que cumpla determinados requisitos y no perjudique los intereses de los autores que le precedieron. “Todo está escrito”, dijo Mario Benedetti en 1983, y Félix de Azúa lo ha confirmado en su libro Autobiografía de papel: “la poesía y la novela literaria han muerto“. Hagamos lo imposible para resucitarlas

jueves, 9 de octubre de 2014

Patrick Modiano - Premio Nobel de Literatura 2014





El novelista francés Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), uno de los más influyentes narradores europeos, autor de obras perfectas como Dora Bruder o El café de la juventud perdida, ha recibido el premio Nobel de Literatura. Sus grandes novelas, que suelen tener tan pocas páginas como elevada intensidad narrativa e intelectual, representan un relato único y valiente de los peores momentos de Francia en el siglo XX: el régimen neonazi de Vichy y la ocupación del país por los alemanes durante la II Guerra Mundial.
La Academia sueca ha argumentado que ha concedido el premio a Modiano “por su arte de la memoria con el que ha evocado los destinos humanos más difíciles de retratar y desvelado el mundo de la Ocupación”. Muchos le han acusado de escribir siempre el mismo libro, lo que para sus detractores es un defecto pero para sus defensores es una bendición.
Publicado en España sobre todo por la editorial Anagrama –aunque su obra ha estado muy dispersa— y en Francia por Gallimard, Modiano es un escritor humilde y, sobre todo, valiente. Con el guión de Lacombe Lucien, que escribió en 1974 junto a Louis Malle, fue uno de los primeros que denunció algo que hasta entonces había sido un tabú: la activa participación francesa en la persecución de los judíos, la miseria del colaboracionismo. La película causó una conmoción tremenda en Francia y abrió una herida que Modiano nunca ha cerrado en sus libros.
Entre sus principales novelas destacan Calle de las Tiendas Oscuras, La trilogía de la ocupación (El lugar de la estrella, La ronda nocturna y Los paseos de circunvalación), Domingos de agosto, Viaje de novios, El rincón de los niños, Villa triste, En el café de la juventud perdida, Un pedigrí o Las desconocidas. Anagrama, que editó en julio La hierba de las noches, tiene previsto recuperar en los próximos meses dos libros, Accidente nocturno y Libro de familia, y editar Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier (Para que no te pierdas en el barrio), que salió la semana pasada en Francia. Una parte importante de su obra ha sido traducida al castellano por María Teresa Gallego Urrutia, que ha logrado recrear la claridad y ligereza del francés en el que escribe Modiano.
Cuando Jean-Marie Le Clézio recibió el Nobel en 2007, muchos pensaron que el candidato eterno de la literatura francesa, el propio Modiano, se había quedado sin el máximo galardón de las letras mundiales. Sin embargo, al final, la Academia Sueca ha repetido idioma para galardonar una obra tan compleja como a la vez sencilla, que parece que siempre transcurre en el lujoso distrito XVI de París, pero que recorre con intensidad los dramas y los conflictos del siglo XX.
Su último libro se titula precisamente Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier (Para que no te pierdas en el barrio), en la indispensable colección blanca con letras rojas de Gallimard. Como todos, no llega a las 200 páginas (160). El propio Modiano, en una entrevista difundida por Gallimard, explica el arranque, que no puede ser más clásico de su obra: "La novela arranque con el timbre del teléfono. El personaje principal, Jean Daragane, después de titubear, acaba por responder. Un desconocido le dice que tiene en su poder una agenda de teléfonos que Daragane había perdido. Pero algo le parece sospechoso". Así empieza un viaje a los recuerdos y a los misterios de la vida.

Preguntado en la entrevista promocional de Gallimard sobre si desvelar el misterio en un libro no lleva a una decepción para el lector, Modiano da una respuesta que, en cierta medida, resume gran parte de su literatura: "No hay que desvelar jamás el misterio. De todos modos, un escritor no podría. Incluso si trata de aclararlo de forma meticulosa, no hace más que reforzar el misterio. Samuel Beckett decía de Proust que no hacía otra cosa con sus personajes: 'Al explicarlos, hacía que el misterio fuese más profundo".
En la crítica de su última obra, La hierba de las noches, el sabio de los libros Alberto Manguel, escribió en julio en Babelia: “Si toda novela trata de imaginar los capítulos que faltan en una vida, toda biografía es de alguna manera una inspirada ficción. A lo largo de una obra considerable, Patrick Modiano ha intentado construir esos capítulos de los cuales el autor no conoce a ciencia cierta más que algunos retazos. Sin embargo, estos bastan para dar a las novelas de Modiano una verosimilitud y convicción extraordinarias. La biografía de Modiano abarca la segunda mitad del siglo XX y los comienzos del XXI; su obra también. En el centro están los pavorosos años de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de Francia, y la larga sombra del Holocausto; también, la guerra de Argelia. La hierba de las noches no escapa a esa consabida trayectoria".
 La última obra de Modiano publicada esta semana: 'Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier' (Para que no te pierdas por el barrio). / MICHAEL PROBST (AP)
Italiano por parte de padre (que era de origen judío) y belga por parte de madre, nacido justo al final de la II Guerra Mundial, Modiano publicó su primera novela, El lugar de la Estrella, en 1968, que tuvo un éxito casi inmediato, y se convirtió en un escritor totalmente reconocido diez años después al recibir el premio Goncourt por La calle de las tiendas oscuras. Si hubiese que elegir un solo libro que resumiese el genio de Modiano, una elección posible es Dora Bruder, que el narrador compuso a través de un anuncio de prensa que decía: “Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 metros, rostro ovalado, ojos gris marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París”. Sus pesquisas, cómo no, le llevaron a la colaboración y a Auschwitz, le llevaron a las siniestras tripas de la Europa del siglo XX.
En una entrevista publicada por Babelia en 2009, Modiano explicó sobre aquella novela: "Luego, con los años, y con el libro ya publicado, me llegó algo más de documentación sobre Dora. Y me planteé la cuestión de si merecía la pena reescribir la novela o no. Decidí que no. No soy historiador. Soy novelista. No importa tanto el resultado de la búsqueda como la búsqueda en sí. Así que la novela se quedó como está".
Sobre su obsesión por ambientar sus novelas en el barrio XVI de París, burgués, aparentemente anodino, dominado a la vez por la sombra de la Torre Eiffel y por las sólidas mansiones, señaló en la misma entrevista: "Por eso, porque no tiene nada de especial. Muchos lo consideran un típico barrio burgués. Pero no es así del todo. Tiene una parte de barrio anónimo, banal, sin monumentos históricos, donde uno puede imaginarse cosas. En otros barrios parisinos te sientes bloqueado por la historia. En Trocadero y sus alrededores uno puede observar las calles y la gente que las habita de una manera un poco onírica".


MODIANO EN ESPAÑOL
Villa triste, 1976.
Los bulevares periféricos, 1977. Con el título de Los bulevares de la circunvalación, integrada en Trilogía de la Ocupación, 2012.
La ronda de noche, 1979, integrada en Trilogía de la Ocupación,
Calle de las tiendas oscuras, 2009.
El libro de familia, 1982.
Una juventud, 1983.
Tan buenos chicos, 1985.
El lugar de la Estrella, 1989. Integrada en Trilogía de la Ocupación, 2012
Domingos de agosto, 1989.
Exculpación, 1989.
El rincón de los niños , 1990
Viaje de novios, 1991.
Más allá del olvido, 1997.
Dora Bruder, 1999.
Los mundos de Catalina, 2001.
Las desconocidas, 2001.
Joyita, 2003.
Un pedigrí, 2007.
En el café de la juventud perdida, 2008.
El horizonte,2010
Barrio perdido, 2012

Flores de ruina y Perro de primavera, 2012.
Un circo pasa, 2013.
La hierba de las noches, 2014.


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