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martes, 23 de febrero de 2016

Presentación del libro Crisálidas de Amanda Varín - Comentario de la poeta chilena Alejandra Ziebrecht


    
Cuando Amanda me hizo llegar su libro, su primer libro de poemas, pensé de inmediato en la indulgencia y cariño con que debía acogerlo, atendiendo esa suerte de candor literario que acompaña nuestras primeras letras, siempre pretenciosas, cargadas  de voces que tomamos de nuestras y nuestros poetas preferidos, y que nos impulsan a intentar, a partir de su ejemplo,  algo “novedoso”, algo que irrumpa en el escenario poético imperante: algo “rupturista”. Pero al leer el libro, y ante mi sorpresa, lo que menos habría creído, a no ser por el antecedente que me daba su autora, es que este fuera su “primer libro de poemas”. Porque el primer libro, como decía, salvo contadas excepciones, es ese del que una pide disculpas casi con el correr del tiempo, con la publicación de un segundo o un tercero. Hemos de recordar, con pudor a veces, esa gestación primaria, cuando pensábamos que todo cuanto decíamos allí, sería nuestro derrotero poético, lo fundacional de todo lo que viniera.
    Amanda, sin embargo, ha hecho un largo viaje con este libro, en el sentido de maduración, de elaboración de los poemas, de maceración, hasta ser una crisálida que, recién hoy, abre su capullo y sale airosa, despojada de su piel- albergue,  bellamente dispuesta al escenario poético.
    Crisálida es un libro complejo, para nada inocente. Pensé mucho, al leerlo, en el libro la metamorfosis de Kafka, en el sentido de lo que muta, de lo que se transforma. Podríamos establecer equivalencias entre la crisálida y el “cuarto- crisálida”, donde ocurre la trama del libro,  y desde el cual, el protagonista otea y escucha al mundo exterior, sin abandonar el proceso  desgarrado de su propio cambio. En el libro  de Amanda, esta transformación, la búsqueda de ella, y las innumerables veces y voces que atienden este pedido, llamado, anhelo o súplica, es una resonancia en todo el libro. Y hay, también, un llamado, a partir de la mirada hacia nosotros, los lectores, del desamor, la carencia o la visión fragmentada del yo. Un yo que se hace insuficiente para abarcar una vida que conoce su pasado y su futuro, y que solo tiene como alternativa el presente. Pero este presente está colmado de visones fantasmagóricas, como una maldición del “samsara”, (Kafka, llama a su personaje Gregorio Samsa, tampoco hay inocencia en esta referencia de los autores), es decir del lugar de sufrimiento en el que habita, o que la habita, y que a su vez, está sujeto a la ley del karma, es decir, a la posibilidad de andar y desandar innumerables veces este mismo camino, de habitar el mismo lugar.
     En este libro convergen una multiplicidad de miradas sobre un hecho mínimo y grandioso: la existencia. Pero esta existencia abarca mucho más que el hecho de estar parados en una realidad lógica, sujeta a un tiempo-espacio determinado. No. La mirada de la hablante está cruzada por las más inciertas visiones que son, también, las que contienen las preguntas fundamentales de la filosofía y antes que ella, de la  poesía, de la imagen poética que, como un relámpago se apropia de cuanto  sienta, mire o anhele la poeta. Y en ese escenario, se transforma en, cito: “un monstruo vergonzoso, escondido detrás de la palabra”. La crisálida es el sinsentido, es el paladeo del silencio cósmico, donde se fragua el Ser, un ser que se pierde en este presente, y cuya lucha por reencontrarse o reconocerse es el recorrido magistral de este libro.
    La poeta se mira constantemente sin lograr encajar las piezas del rompecabezas que la forje como una totalidad.   Y son esos fragmentos suyos, los que hablan torrencial, arterial, esencialmente, hasta anunciar: “no hay nada que pueda detener la implosión del nacimiento de mi alma”. Esto, que parece un contrasentido, un juego de artificio poético, no carece para nada de sentido si lo tomamos por su significado literal, a saber: “la implosión es un fenómenos cósmico que consiste en la disminución brusca del tamaño de un astro”. Y es que  este libro parte de esa inmensidad cósmica, del silencio primario. De ahí que deba otear, pero también y siempre, sentir  las vicisitudes  que el mundo “real” y su “ruido” le impone, a cambio de conocer y ser parte de esa otra realidad iniciática, que sólo ella conoce,  intuye o ha visto en sueños y que la hace sentir y declarase una sacerdotisa, una visionaria, una escogida por la palabra, que es también el símbolo aquí de la rebeldía, la tragedia, y la resistencia.
     Hay numerosas alusiones al cuerpo en el libro: el cuerpo que vuela, o que dejan sucumbir carente de sus alas, imposibilitado para realizar el sueño, (leyenda de Ícaro, de nuevo la referencia a mundos superpuestos) o el cuerpo que, con su sangre, comparte la sensualidad, la vida o el signo de la palabra) A mi juicio, este cuerpo es el cuerpo poético, el torrente que desarticula al otro cuerpo más visible, que es, solo en  apariencia, una unidad armónica, porque dentro de él, los órganos están dispersos, como las ideas e imágenes poéticas, tal como nos dice Bachelard. O como la sensación de ser otro/otra, cuando se escribe, cuando se desborda la fatalidad de un pasado y el sinsentido de un presente. Entonces la palabra se oculta para destruirse y reconstruirse, en un juego perpetuo, o acrisolarse a sí misma y renacer. La palabra es Asterión, que ataca aún sin querer, porque está en su naturaleza. O, como nos dice Hesse en  Demian: “El que quiere nacer, tiene que romper un mundo” (salir de la crisálida, o crear, inventar un mundo propio, la palabra de nuevo, la herramienta)…”Y luego ha de volar hacia un Dios. Y ese dios es que Abraxas”. Tal como lo plantea la poeta: “y Dios tenía mi rostro”, al inicio del libro, como una advertencia de lo que ha hecho de sí misma, o que la palabra le ha revelado. Y quién sino la hablante de Crisálidas se da a la tarea de romper o trastocar el mundo “conocido” e instalarse en su lugar, en uno paralelo, metafísico, con niveles de ascendencia, con cima y sima, es decir con lo profundo abismal y lo etéreo, donde habita el sueño y la transmigración del alma.
     Crisálidas es un libro inteligente porque nos interna, con asertiva palabra, en las multiplicidad de espacios por donde se mueve la hablante. Y en cada uno de ellos, se da a la tarea de mostrarnos, también, el desgarro y la tristeza, la esperanza y el vacío, mirado y pincelado por una poética original, culta y lúcida, que tiene la valentía de entrar  y salir de los suburbios, los intersticios, las galeras, y las miles de trampas que la mente nos opone para impedirnos gritar qué somos y para qué estamos aquí, preguntas que han marcado la filosofía, el existencialismo, y por qué no decirlo, el humanismo y la poesía social, porque : ¿cuál es el alcance de tal poesía? si ella es símbolo de compromiso? ¿Con qué es ese compromiso y cuál es su alcance? ¿Dar cuenta de la época que nos ha tocado vivir, ser testigo de lo que ella nos provoca, y nuestra interpretación de aquello, que es la tarea principal de la poesía, no es también un compromiso? Desmadejar y desmalezar la existencia, exponiéndola como “un canto de dolor”, es decir universalizando el dolor, luego de indagar dentro de nosotros ¿No es  este viaje al interior de uno mismo lo que determinará nuestro comportamiento en la sociedad “humanamente hablando”, lo que signa nuestra calidad de seres humanos? Según Sartre, la angustia es inevitable en todo momento histórico, dada la conciencia que tenemos de ese momento. Pero la angustia no es parálisis, sino que es lo que precede a la acción, es decir, a la palabra, a este libro que se ha mantenido sintiendo el latido de cuanto ocurre fuera de su crisálida, para poder pararse ante nosotros hoy y decirnos su verdad; la conciencia de sí, y de su época, hablarnos de los túneles más ocultos y de la cotidianeidad, y de cuantos estamos acá, sintiendo la repercusión de sus palabras en nosotras y nosotros. Agradezco el valor de Amanda, por allanarnos el camino, y poner en él la lucidez maravillosa de sus palabras.


Lectura Alejandra Ziebrecht
26 junio 2015

Zaguán arte y libros, Concepción

martes, 26 de enero de 2016

Virginia Woolf: “El sonido de la tinta al hervir”




Fotografía de Virginia Woolf por George Charles Beresford

Escuchamos “el sonido de la tinta al hervir” (qué bellísima metáfora) en la habitación propia de Virginia Woolf. Vemos a la escritora escribiendo cartas, leyendo y escuchando el sonido de la naturaleza que rompe el silencio y la inspira. La imaginamos en absoluta soledad buscando el ritmo adecuado para plasmar sus emociones, sintiendo la euforia del trabajo que avanza o el tedio de los días improductivos, esos días en los que no es capaz de penetrar en sus propios latidos, de arrancar capas a la corteza que oculta los misterios de la existencia.

“… Dios, Dios  mío, qué de cosas le faltan a una, qué torpes e inexpertos somos, todavía no hemos aprendido el truco de la vida, no hemos conseguido pelar esa naranja en concreto. Ya te he dicho que no estoy de humor para escribir […] De momento he escrito una página entera y aún no he dicho nada…”, le confiesa la escritora a su amigo Gerald Brenan. Está sentada junto a la chimenea de su casa de Monks House, como tantas otras veces, y sigue reflexionando: “Todo parece bastante incierto e infinitamente engañoso: hay tantas afirmaciones vacías, tantas trampas del lenguaje. Y sin embargo es el arte al que consagramos nuestras vidas”.

Es un absoluto placer acceder a las atmósferas, a los anhelos y derrotas de una escritora esencial en el recorrido de la literatura contemporánea. Es una experiencia ante la que todo lector o lectora que haya amado sus libros no puede sentir más que agradecimiento. Su legado, sus diarios y cartas, nos permiten conocerla a fondo, pero la autora de Orlando no deja de ser un enigma, del mismo modo que el enigma late al fondo de sus narraciones. Sobre la escritura, que acaba de publicar la editorial Alba, es una interesante guía en la que Federico Sabatini, profesor de literatura inglesa en la Universidad de Turín, recopila una amplia muestra de esas misivas en las que Woolf reflexiona sobre la escritura y se muestra como una mujer convencida de que su destino está en el juego con las palabras, en la búsqueda de sus ritmos interiores, en el registro de las emociones más escondidas.

“Virginia Woolf, al contrario que otros escritores de su tiempo, se ha convertido con los años en un verdadero icono (…) Su prestigio siguió creciendo con el tiempo tanto en el medio académico como en el sentir popular. Junto con su sorprendente y conmovedor suicidio, hay múltiples factores que han contribuido a que se la haya considerado un icono: fue una mujer que, a pesar de sufrir episodios de una enfermedad mental grave, consiguió escribir un corpus asombrosamente amplio de ficción y de crítica literaria; alguien que, a pesar de su frágil sensibilidad, tuvo la fortaleza de expresar abiertamente sus propias opiniones y de oponerse con firmeza a la cultura de su tiempo y a la tradición literaria que la precedió. Y, por último, una escritora valiente que, con su marido, fue capaz de fundar su propia editorial para poder disfrutar de una completa libertad de expresión”. Así la retrata Sabatini.

Todos esos rasgos de su carácter se perciben mientras vamos repasando los mensajes que envió a sus interlocutores, a sus amigos y amigas, a sus cómplices en el oficio de la ficción. El antólogo nos anima a observar una vez más la famosa fotografía que le hizo a la escritora George Charles Beresford, una fotografía en la que aparece como una persona “etérea, refinada y vulnerable”, en palabras de su biógrafa Hermione Lee. Sin embargo, esa vulnerabilidad contrasta con su fina ironía, con su exigencia y fuerte sentido crítico respecto a su propia obra y la de los demás.

Pudorosa y atormentada por momentos, irreverente y original, Virginia Woolf aparece ante nuestros ojos como un ser contradictorio, siempre luchando entre dos lados de su personalidad: el deseo de soledad y la necesidad de los otros; el ansia de mostrarse frente al deseo de replegarse en sí misma. Virginia Woolf no oculta en ningún momento su batalla por alcanzar creativamente algo que siempre se le escapaba. Ese era su reto, nadar hasta la otra orilla, la inaccesible.

“Creo que cuando uno empieza a escribir una novela lo más importante no consiste tanto en sentir que puedes escribirla como que existe al otro lado de un abismo que las palabras no consiguen cruzar. Algo que solo se conseguirá con una angustia sin aliento (…) Para que una novela sea buena, antes de escribirla tiene que parecer algo imposible de escribir, meramente algo visible”, le dice a la también escritora Vita Sackville-West. Y en otra de sus cartas se pregunta: “¿cómo va a ser bello lo que escribo?”.

 Pudorosa y atormentada por momentos, irreverente y original, Virginia Woolf aparece ante nuestros ojos como un ser contradictorio, siempre luchando entre dos lados de su personalidad: el deseo de soledad y la necesidad de los otros; el ansia de mostrarse frente al deseo de replegarse en sí misma.
Ese interrogante da lugar a una pieza esencial en la que Woolf  responde a otra de sus confidentes habituales, Ethel Smyth, y le dice: “Abordaré el tema de la belleza y estallaré en éxtasis ante la defensa que haces de mí como escritora fea –que es lo que soy–, pero también honesta, impulsada como una ballena jadeante que llega a la superficie para tomar aire. Tales son el esfuerzo y la angustia que me suponen encontrar una frase (que diga exactamente lo que yo quiero decir). ¡Y luego dicen que lo que escribo es bello! Cómo va a serlo cuando siempre estoy intentando decir algo que nunca haya sido dicho, y que esa primera vez debe decirse con toda exactitud. Así que renuncio a la belleza y se la dejo como legado a la próxima generación”.

Las alusiones a la angustia, al tormento que supone explorar, buscar, así como a la disciplina necesaria, férrea, en el proceso de la creación, son constantes en Virginia Woolf, consciente de que los mundos que salían de su pluma, con sus geografías, con sus personajes, no la aliviaban de la miseria de la vida ni la hacían más feliz, pero también de que, a lo largo de su trayecto, todo la había inclinado sin remedio hacia la literatura. De sus aflicciones, de sus vaivenes emocionales, hace partícipe a Gerald Brenan en una dramática epístola fechada en 1922 en la que le dice que, pese a los “recurrentes cataclismos de horror” que acompañan la existencia, hay que optar por transformarla, afrontarla, repudiarla, “y luego volver a aceptarla en sus justos términos y con pasión”.

Llenas de matices, reflejo siempre de sus estados anímicos, las cartas de Woolf están llenas de melancolía, pero también de momentos de alegría, de plenitud. “¿No te ocurre que cuando escribes el mundo desaparece, salvo esa parte concreta que te sirve para escribir que, de hecho, se vuelve indecentemente nítida?”, le pregunta en otro momento a Ethel Smyth. Son muchos los hallazgos que encontramos en este libro, una sugerente puerta de entrada que conducirá, sin duda, a los más interesados, a otros volúmenes más extensos (de sus cartas, de sus diarios, editados en España por distintas editoriales). Nos encontramos, ya lo hemos visto, con la escritora obsesiva y perfeccionista, con la incansable cazadora de sensaciones, y también con la lectora exigente que no duda en criticar a Stevenson o a Joyce, cuyo Ulises tacha de “aburrido”.

 Las alusiones a la angustia, al tormento que supone explorar, buscar, así como a la disciplina necesaria, férrea, en el proceso de la creación, son constantes en Virginia Woolf, consciente de que los mundos que salían de su pluma, con sus geografías, con sus personajes, no la aliviaban de la miseria de la vida ni la hacían más feliz, pero también de que, a lo largo de su trayecto, todo la había inclinado sin remedio hacia la literatura.
Tampoco le importa a Virginia Woolf reconocer su vanidad, manifestar los celos que siente ante los cuentos de Katherine Mansfield o su admiración por Colette. Respecto al mítico grupo de Bloomsbury dice que es, en gran medida, “una creación de los periodistas” y en lo que se refiere a los libros que lee, que son muchos y variados, valora lo que éstos la impulsan a pensar. “He estado tumbada en mi sillón con tu libro abierto, y de tus palabras sale tanto resplandor que no puedo acercarme a ellas (…) Es la magia la que me aleja de la comprensión”, le dice a T. S. Eliot de una colección de sus poemas.

La Virginia Woolf lectora y crítica puede ser malévola, discordante y también generosa. Sus fobias y sus filias (admiraba a Shakespeare, Milton, George Eliot, Proust, los clásicos griegos…) quedan al descubierto en sus cartas, entre las que también abundan las destinadas a ofrecer consejos a otros autores y autoras que le envían sus escritos, sus publicaciones. Federico Sabatini destaca que “nunca se mostró condescendiente o poseedora de verdades absolutas”, que lo que sugería y compartía siempre “era simplemente su lucha literaria, lo que pensaba que merecía la pena explorar”. Esa lucha lo llena todo. Recuperamos a la escritora a través de sus cartas, la traemos al presente, la dejamos disfrutando de la lectura. “Estoy profundamente inmersa en los libros (…) Me apasiona tanto la lectura que a veces pienso que es como la otra pasión, la escritura, nada más que el reverso de la alfombra”, le decía a su amiga Ethel Smyth.

viernes, 15 de enero de 2016

Violette Leduc, un desierto que monologa



Una película retrata a la mujer que hizo de su vida el cristal de su literatura

LUIS MARTÍNEZ


"Cuando tenía cinco, seis, a los siete años, solía arrancar a llorar sin más, por el mero hecho de llorar, mis ojos bien abiertos al sol, a las flores... Quería sentir un inmenso dolor dentro de mí...". La escritura de Violette Leduc (1907-1972) irrita. Exalta y agota. Ni una sola de las líneas de 'La bastarda', su obra más célebre (ganó el Goncourt) dentro de una bibliografía vocacionalmente oculta, figura sobre el papel con la desgana triste de los pasajes descriptivos. Quiso que cada uno de sus libros, cada uno de sus párrafos, fuera autobiográfico no porque necesitara explicar nada y mucho menos recomponer a su favor los pedazos de una vida destrozada. Para nada. Ella escribía para salvarse, para ahuyentar los fantasmas, para siquiera consolarse. Era, para entendernos, una cuestión de supervivencia.

Martin Provost, director francés obsesionado con descubrir al cine el gesto escondido de las mujeres, recuerda el día que el coguionista de su película anterior, Marc Abdelnour, le habló de Violette Leduc. Entonces se encontraba en pleno rodaje de 'Séraphine', una cinta a vueltas con la vida de la pintora peculiar, visceral y feísta Séraphine de Senlis. "La de Violette es una vida paralela. Las dos sufrieron la incomprensión de su tiempo y, de alguna manera, tuvieron que reinventarse... Lo que me decidió a insistir en casi el mismo tema es la fuerza arrolladora de esta última. Fue una adelantada a su tiempo que, queriendo simplemente explicarse su vida, aireó todos los tabúes de su tiempo y, no sólo eso, replanteó el mismo concepto de identidad. De alguna manera, convirtió su vida en una revolución", dice sin respirar. Sin duda, aún bajo el efecto de la escritura de Leduc.


Situémonos. Corrían principios de siglo y en un pueblo quizá perdido en el norte de Francia nacía la hija 'ilegítima' (es decir, fuera de la ley) de Berthe. "Mi madre no me dio nunca la mano... Me ayudaba a subir y a bajar las aceras pellizcando mi vestido a la altura del hombro". Recuerda la autora en 'L'asphyxie'. Lo que sigue es una biografía atravesada por el desprecio, el hambre, dos guerras mundiales y, sobre todo, la soledad. Y así, y resumiendo mucho, hasta que en 1942 conoció a Maurice Sachs. Su primer libro, preciamente 'L'asphyxie', fue publicado por Albert Camus en la editorial Gallimard. Simone de Beauvoir se convertiría en su aliada, quizá amante lejana, y pronto su figura rota se antojaría demasiado irresistible. Desde Jean-Paul Sartre a Jean Cocteau pasando por su alma gemela Jean Genet no pudieron por menos que rendirse al tacto delicado y amargo de su piel.

"Ella convirtió su existencia en una revolución", afirma el director de la cinta
"Si se mira de una manera superficial", reflexiona Provost, "hay elementos en su vida para una película muy morbosa. Pero eso no es lo relevante. Lo que cuenta es la sinceridad con la que desveló toda su vida. El escándalo no fue más que una consecuencia de la necesidad de su literatura". Repasar cualquier apunte biográfico de Leduc, en efecto, se detiene en la crudeza de la relación lésbica descrita en 'Ravages' (1955) y que le valió la censura. Eso y su amor prohibido con un profesor cuando apenas era una niña; eso y sus abortos clandestinos; eso y el incesto entre hermanos; eso y su aireada bisexualidad... Todo es literatura porque todo es verdad. Es su vida. Y lo es con una violencia y sinceridad inédita. La sensación física de su escritura es evidente en los cuerpos desnudos que chocan, como lo es en la percepción perfectamente táctil de la pobreza, del frío de la nieve, de la angustia del vacío. "Lo personal es político", decía Beauvoir y así es la vida entera de Leduc: un manifiesto por la revolución de los cuerpos y las almas.

Provost advierte contra la tentación del sensacionalismo. Y por eso su película está construida alrededor de lo más futil, quizá imperceptible. No se trata de reproducir el gesto cansado del género biográfico (Biopic) como de todo lo contrario. De la mano de una increíble Emmanuelle Devos transfigurada en figura doliente y fracturada, se trata de detener la mirada en el ruido de la pluma contra el papel, en la piel erizada ante el frío o en el gesto de desolación por la falta de amor. Importa, por así decirlo, el detalle de lo cotidiano. Pues fue desde ahí desde donde Leduc condujo su personal revuelta contra el mundo. Fue la desolación de lo más común lo que colocó a la autora en el límite de lo más agrio, vulgar, salvaje y duro. Y, por todo ello, extraordinario; extraordinario en su más ruda ordinariez.

"Lo que llama la atención es que, pese a todo, no hemos avanzado tanto", reflexiona Provost. "Es más, hemos retrocedido. Violette demostró un valor enorme al mostrarse como lo hizo, en reivindicar para sí los espacios de libertad que la sociedad le negaba. Ahora, aunque podemos hablar con naturalidad de lo que ella habló, la mujer sigue cobrando menos que el hombre...".


Sea como sea, queda la constancia de la escritura aún oculta de Leduc, una mujer que se definió ante Beauvoir como "un desierto que monologa"; una mujer entregada al oficio de llorar; llorar sin más.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

El libro que desnuda a Susan Sontag



¿Es lícito sacar a la luz las anotaciones íntimas de alguien después de su muerte? El debate cobra actualidad con la publicación de los diarios de Susan Sontag, estrella de la intelectualidad estadounidense fallecida hace casi seis años, editados por su hijo.


Una estrella.Una mujer que cautivaba la mirada, que nos explicó cómo hay que entender las corrientes de nuestro tiempo, que dio clases magistrales sobre la belleza, sobre fotografía, una mujer que nos enseñó a afrontar con sentido común el espanto del cáncer y a detectar las puestas en escena en las imágenes de la guerra. Una intelectual. Una mujer que vivió con mujeres. Lesbiana. Aunque la homosexualidad fue uno de los pocos temas que Susan Sontag no llegó a coger por los cuernos para sacarlo de la indefinición del tabú social. Pero eso se ha acabado. Cuatro años después de su muerte se publican en Estados Unidos sus diarios (Mondadori editará el primer tomo en España la próxima primavera). Apuntes íntimos que comienzan con la verborrea de una chica de 14 años en 1947 y se convierten en las confesiones de una crispada esposa y joven madre que escapa a París y que abandona el camino prefijado, pues se había casado a los 17 años con su profesor, el sociólogo Philip Rieff. Después se abrirá paso hasta Nueva York, donde estaba a punto de fraguar una nueva época.


Diarios de escritores

El editor promete la verdad sobre la vida de Susan Sontag. El editor es David Rieff, y David Rieff es el hijo de Susan Sontag. "Ya sabes dónde están los diarios", dice que le susurró su madre en el lecho de muerte. Y sí lo sabía. Más de 100 pequeños volúmenes ocultos en su armario, un tesoro que él ha sacado a la luz pública, algo que no fue escrito en absoluto para la opinión pública. Algo que su madre ocultó incluso a sus íntimos amigos.

"Ya sabes dónde están los diarios". ¿Era esto lo que ella quería? Imposible saberlo. Todos sus escritos se habían vendido a la Universidad de California. ¿"Ya sabes dónde están los diarios" era una súplica para que los escondiera antes de que se procediera a la entrega? Entonces, publicarlos sería una traición. ¿O quizá era algo que Sontag deseaba que ocurriera, pues, de lo contrario, ella misma los habría puesto a buen recaudo con antelación?

Su hijo ha decidido por sí mismo. Está prevista la publicación de tres volúmenes de los diarios. "Sin embargo, sigo sin sentirme del todo bien al hacerlo", comenta en el prefacio del primero.

David Rieff, crítico literario, se está convirtiendo en una especie de hijo profesional de madre famosa. Este volumen de los diarios comienza en 1947 y termina en 1963. Entonces acababa de cumplir los 30. Había publicado su primera novela, al año siguiente aparecería su legendario ensayo Notes on Camp en la revista intelectual Partisan Review y se haría famosa. El libro nos muestra a Susan Sontag antes de convertirse en Susan Sontag.

La lectura resulta mortificante en muchos momentos. Faltan los primeros diarios que escribió desde los 12 años sin que se ofrezca ninguna explicación. El año 1947 se aborda en una sola entrada, el año 1948 abarca 10 páginas. Los textos resultan poco elaborados, fragmentarios. Las observaciones ocasionales del hijo se encargan de recordarnos que él es el maestro de ceremonias, el que muestra u oculta. El texto da así la impresión de ser fruto de una doble autoría. Si encierra una verdad, esta es la documentación de una compleja relación madre-hijo.

Nos encontramos con una desagradable negligencia. No se explica a quiénes corresponden los nombres, las secuencias temporales resultan confusas. Uno adivina la desdicha de una niña solitaria: "¿Y qué significa ser joven de edad y percibir de repente la tortura, la intensidad de la vida?", escribe el 29 de julio de 1948.

Son jirones de pensamiento, ideas bosquejadas. Hay largos listados, planes de lectura, un inmodesto goteo de nombres del mundo de la cultura. ¿Qué falta hace publicar algo así? Ahora ya sabemos que a los 14 años Sontag carecía todavía de glamour intelectual, ¿y qué? Se podría leer como una novela fragmentaria sobre un proceso formativo. Probablemente, la joven Susan, varada en una familia del montón, armó para sí un proyecto de autopromoción para superdotados como estrategia de supervivencia.

Nuestra jovencita lee a Rilke, a Aldous Huxley y a André Gide. Ideas acerca del hecho de ser judío. Ahí se detecta cierta ansia de redención. Escucha a Vivaldi y escribe: "La música es la más viva y maravillosa de todas las artes -la más abstracta, perfecta y pura- y, al mismo tiempo, la más sensual. Escucho con todo mi cuerpo…". A los 16 años descubre que su cuerpo desea a las mujeres.

La idea de renacer surge en este contexto del amor físico. "Ahora empieza todo, he renacido", anota tras su primera experiencia lésbica. Los amoríos dan pie a las entradas más largas. Resulta difícil encontrar una escena que permita adivinar a la novelista posterior. Uno añora la ligereza con que fluye el texto de los diarios de Virginia Woolf. Y se pregunta qué significa que apenas haya entradas que aludan al matrimonio con Rieff o a su disolución; el nacimiento de David en 1952 no aparece registrado. Una de las entradas más largas describe el día en que abandona a Rieff y al niño; es un protocolo opresivo minuto a minuto, comer, beber, cerrar la maleta, como si eso brindara el único sostén posible. Las relaciones con mujeres se exploran mucho más minuciosamente, en París y luego en Manhattan, se descomponen en detalles desquiciantes, desesperados, a veces sucios.

¿Qué pensaría hoy al verse reflejada en estos primeros diarios? En la Nochevieja de 1948 escribió: "He leído otra vez estas libretas. ¡Qué desoladoras y monótonas resultan! ¿No podré escapar nunca de esta tristeza infinita por mi persona? Todo mi ser parece estar tenso, expectante…".

El yo del diario aparece como un extraño a ojos de quien lo escribe. Ha sido creado por ella misma en un ejercicio de desdoblamiento anhelante. "Estoy sola", escribe en un pasaje.



FUENTE: http://elpais.com/

martes, 15 de diciembre de 2015

¿PUEDEN LOS POETAS SER BUENOS AMIGOS?


VICENTE ALEIXANDRE ES LA RESPUESTA, porque él ejerció la amistad como su mejor poema, con un oficio casi sagrado

Un día de otoño de 1977, en el inicio de la Transición, cuando la Academia Sueca lanzó el nombre de Vicente Aleixandre como premio Nobel de Literatura, unos periodistas ingleses llamaron a la embajada española en Londres para que les facilitara información acerca del galardonado. Alguien desde el otro lado del teléfono les hizo saber que, en efecto, se trataba de un gran poeta español, pero que era más conocido como actor de cine y de teatro. A bote pronto aquel tipo de la embajada lo había confundido con el cómico Manuel Alexandre y así salió la noticia en la primera edición de algún periódico. Ese error persistió mucho tiempo también en España. Algunos admiradores se acercaban a la tertulia del café Gijón para felicitarle: '¡Enhorabuena, don Manuel, por ese Nobel tan merecido!'. Lo siguieron felicitando en plena calle cuando Vicente Aleixandre ya había muerto y el actor terminó por dar las gracias con toda naturalidad muy puesto ya en el papel de impostor.Vicente Aleixandre, el Nobel auténtico, había nacido en Sevilla en 1898. Pasó la primera juventud en Málaga donde conoció y se hizo amigo del poeta Emilio Prados. Instalado en Madrid, estudió Derecho, fue profesor de Mercantil en la Escuela de Comercio. Pero en 1925 una tuberculosis nefrítica lo condenó a pasar gran parte de su vida entre la cama y el sillón, convertido en un convaleciente profesional. Durante la Guerra Civil, a causa de una denuncia anónima, sufrió el interrogatorio toda una noche en la famosa y siniestra checa del Bellas Artes, de la que le salvó Pablo Neruda, cónsul de Chile en Madrid. Vicente Aleixandre llevaba con suma discreción su homosexualidad. Varado en su sillón de orejas en el chalé de la calle Velintonia, 3, en la colonia del Metropolitano de Madrid, ejerció el papel de representante del exilio interior cuando la mayoría de sus compañeros de la Generación de 27 fue aventada a las tinieblas exteriores o triturada con la muerte y la cárcel por la represión franquista. Otros también se quedaron. Cuando al poeta Gerardo Diego en plena refriega se le invitó a trasladarse a Valencia junto con Antonio Machado y otros intelectuales, el aludido exclamó: “¿Cómo me voy a ir al exilio si me acabo de comprar un piano?”.

Un repaso a una vida dedicada a las letras

El poeta nació en Sevilla en 1898 y murió el 13 de diciembre de 1984 en Madrid. Obtuvo el Premio Nobel en 1977 y algunos le confundieron con el actor Manuel Alexandre.
Vivió la mayor parte de su vida en Velintonia, 3, la casa de la poesía. Allí se reunía Vicente Aleixandre con sus compañeros del 27 y allí recibió a varias generaciones de escritores jóvenes durante la posguerra. Los jóvenes poetas le consideraban el imán de la poesía española y por sus jardínes pasearon Francisco Brines, Bousoño, Claudio Rodríguez, Valente y Caballero Bonald, entre otros.
Miguel Hernández y su maestro, amigo y mentor Vicente Aleixandre se cruzaron algo más de 300 cartas a lo largo de su vida. En ellas se descubre la profunda amistad y el cariño que se profesaban.
En el mundo de la literatura pende siempre una pregunta insidiosa: ¿pueden ser realmente grandes amigos los poetas y escritores? Vicente Aleixandre es la respuesta, porque él ejerció la amistad como su mejor poema, con un oficio casi sagrado. Aun con una movilidad limitada, sin abandonar el sillón con una manta en las rodillas y un perro junto a las babuchas, fue el nudo limpio y propicio entre varias generaciones de poetas, siempre dispuesto a evitar o solventar rencillas. Cualquier escritor tiene un memorial de agravios y sabe que jamás será citado por un determinado crítico o periodista cultural, y en su paranoia creerá que los elogios a otro colega afín siempre son dardos que desde la oscuridad del resentimiento o de la envidia se disparan en su contra. Maledicencias venenosas constituyen las carpas negras que nadan en las aguas muertas de la literatura, ejercidas desde capillas y cuadras editoriales, tertulias, periódicos y covachuelas. Hay que preguntarse si en el fondo la estética no es una fuente de rencores envasados que se simulan con abrazos y felicitaciones, academias, silencios y medallas.

Vicente Aleixandre ejerció la amistad como su mejor poema
En aquella Residencia de Estudiantes, paradigma de la clara inteligencia de una élite juvenil, Lorca, Dalí y Buñuel ¿eran amigos de verdad o más bien estaban devorados por los celos? ¿Qué gatos guardaba Alberti en la tripa contra Lorca? ¿Por qué aquellos poetas exquisitos despreciaban a Miguel Hernández? Alrededor de la generosidad y bonhomía de Vicente Aleixandre se movía aquel grupo de poetas: Dámaso Alonso, Cernuda, Altolaguirre, Prados, Lorca, Alberti... En una ocasión Lorca había decidido visitar a Aleixandre y alguien le advirtió que Miguel Hernández estaba allí en ese momento. Lorca exclamó: “Si está ese, no voy”. Miguel Hernández había llegado a Madrid con unos cuadernos llenos de versos soleados que olían como el propio autor a campo y cabrío. El joven poeta iba calzado con albarcas de pastor y llevaba todo su origen rural a cuestas, pero en aquel pequeño cotarro de evanescentes narcisos donde cayó como un ser extraño el único que desde el principio ponderó su talento y le dio amparo afectuoso fue Vicente Aleixandre. En plena guerra Hernández estuvo a punto de llegar a las manos cuando de regreso del frente vio a Alberti en Madrid bebiendo champán.

Sin abandonar su sillón, el Nobel fue el nudo propicio entre generaciones
Hay puntos sagrados donde la estética cristaliza durante una época. La Residencia de Estudiantes fue uno de esos lugares en los años que precedieron a la República. Después de la guerra el chalé de Velintonia, 3, hoy medio abandonado por la desidia de este país, fue otro de esos puntos Aleph por donde discurrió el río generoso de la amistad. Durante la noche oscura del franquismo aquella casa siempre abierta  fue el apeadero por donde pasaban los nuevos poetas para ser bendecidos, animados o confortados. Jaime Gil de Biedma estuvo muchas veces allí, y fue el emisario que llevó el espíritu de Aleixandre al grupo de poetas de Barcelona: Carlos Barral, Gabriel Ferrater, José Agustín Goytisolo... Puede que desde la distancia Aleixandre fuera el fermento estético de aquellos creadores de la generación de los 50. Gil de Biedma narra en su diario de 1956 una de sus primeros encuentros, con poco más de 20 años. “Visita a Vicente Aleixandre, algo envejecido pero siempre dispuesto a interesarse y a entender… larga conversación en el jardín… Sirio murió, recién salido de la edad del cachorro y ahora tiene un perrillo novato con el mismo nombre e idéntica afición por los pantalones de los poetas de provincias. Vicente me cuenta de los sucesos de aquí. Hablamos de Claudio Rodríguez, uno de mis afectos más probados, de Alfonso Costafreda, de Carlos Barral, de Carlos Bousoño. Subimos al saloncito y le leo Las afueras. Creo que le gustaron”. Una tarde en la tertulia del café Gijón una señora de provincias se acercó al actor Alexandre y le dijo: “Hay que ver lo bien que le sienta a usted el Nobel, don Manuel”. Y le pidió un autógrafo.






FUENTE: http://cultura.elpais.com/

EL lenguaje secreto de María José Ferrada



Hace unos años era "una mesera latina más" en Barcelona; hoy, una reconocida autora de libros infantiles leída en España. Premiada internacionalmente, su obra -poética- busca devolverle al niño su capacidad de asombro ante lo cotidiano. "Hay una sobreprotección de la figura del niño que es una locura", dice esta escritora que aprendió "a imaginar cosas" acompañando a su padre vendedor viajero en el sur de Chile y que hoy dedica parte de su tiempo libre a compartir lecturas con niños enfermos. 



María José Ferrada jamás imaginó que su entrada al Reino de la Literatura Infantil vendría junto a una pizza cuatro quesos. Era el 2007. Esta temucana egresada de Periodismo en la UDP, máster en Estudios Asiáticos en la Universidad de Barcelona, se encontraba trabajando como mesera en un restaurante catalán cuando recibió una llamada.

-Fue increíble -recuerda ahora en el café de la Biblioteca Nacional de Santiago, donde está a cargo del portal Chileparaninos.cl de Memoria Chilena-. Yo había mandado mi manuscrito por e-mail a una editorial especializada que me fascinaba, así no más, de puro patuda. Un día suena mi celular y me entero de que quieren publicarme. Al minuto tengo que volver a ser una garzona latina más y llevar una bandeja de pizza a una mesa como si nada.

Después de su sorpresivo fichaje en la editorial Kalandraka -donde publicó "Un mundo raro" y "El idioma secreto", entre otros-, Ferrada dejó atrás las pizzas cuatro quesos y regresó a Chile. En su diminuto departamento del barrio Lastarria, se abocó a escribir una singular obra infantil que ya reúne diez libros ("El lenguaje de las cosas", "Notas al margen", "Niños", "Tengo un vestido blanco", son algunos de ellos) publicados en Europa y también en nuestro país.

En medio de una marea editorial saturada de libros para niños, los de Ferrada destacan por llevar al límite los misterios básicos de la infancia. Esté escribiendo sobre un verano con su abuela, un caminito de hormigas o un vestido que una niña no se quiere sacar, sus breves textos poéticos jamás caen en la tentación didáctica ni menos en el artificio fantástico. A través de una poesía torcida, como le gusta llamarla, que nunca es simplista ni acaramelada, esta atípica autora busca ante todo devolverle al niño su capacidad de asombro ante lo cotidiano, asumiendo de paso que no todo tiene explicación ni una lógica.

"¿Es verdad que el sofá es el abuelo de los muebles?" escribe. O bien: "Dentro de los nidos hay partituras para que canten los pájaros".

-Para enseñar a los niños están los padres y el colegio. No creo que esa función la tengan que cumplir los libros. Un lector es un lector y no importa la edad que tenga, hay que tratarlo como tal -sostiene.

En lugar de crear personajes-modelos a seguir, llámese el niño valiente, el aventurero, el que pregunta, Ferrada rescata la voz de niños silenciados socialmente, como lo hace en "El día de Manuel", basado en un chico que cuidó en un centro especializado de Barcelona y en "Quién es Juan", sobre un niño Down que maravilla a su entorno y que publicará Planeta este año.

El 2014, siete años después del llamado más importante de su carrera, vinieron los premios: el Marta Brunet por "Notas al margen" (Alfaguara), el de la Academia de la Lengua por "Niños" (que imagina la infancia de los 32 menores asesinados durante la dictadura militar), el Premio Poesía para niños del prestigioso municipio de Orihuela, y el de Mejor obra infantil Iberoamericana de la Fundación Cuatrogatos de Estados Unidos, por su libro más autobiográfico, "El idioma secreto".

-¿Dónde estaba María José Ferrada que no la habíamos visto?

-Soy de Temuco, hija de una clase media súper pueblerina -ríe-. A los doce años mis papás se separaron y me vine con mi mamá a Santiago. Fue traumático. No me acostumbraba.

-¿Y ahora sigues sintiéndote un poco huasa?

-Ahora soy lo más urbana del mundo, incapaz de tener una huerta en mi balcón. Pero sigo siendo huasa, melancólica. Creo que no encajo con los escritores y no me molesta seguir un camino más solitario. El ambiente literario santiaguino se me hace muy agresivo. El infantil, es pura cáscara. ¿Sabes qué?

María José se interrumpe de pronto.

-Justo hoy día me crucé con una señora con un chalequito rosado tejido a croché y me acordé de la gente de allá...

-En uno de tus libros dices "no hay recuerdo igual que otro". ¿Hay recuerdos de tu infancia que se repiten?

-Vivía en un lugar amorfo de Temuco, entre el campo y la ciudad. Las vacas venían a comerle el pasto al jardín de mi mamá. Los hijos de campesinos llegaban a vendernos moras en tarros de pintura, lo que me llamaba mucho la atención: el hecho de que tuvieran que trabajar siendo niños. Nosotros pasábamos aprietos, como la mayoría de las familias de clase media, pero yo recuerdo que era muy feliz. Me encantaba salir al centro con mi mamá, que me vieran con ella. Ella era -es- muy bonita y en ese tiempo yo creía que era la más bonita de la ciudad. Mi papá en cambio pasaba viajando. Era vendedor viajero. A veces lo acompañaba a Coyhaique en su auto y eso era una aventura. Me acuerdo que se juntaban con otros vendedores viajeros a tomar, maldecían los pueblos a los que iban y lo exageraban todo... Las historias que contaban empezaban muy serias y se iban volviendo muy chistosas, inverosímiles. Yo era una más. Y así como yo celebraba sus historias ellos celebraban las mías. De ellos aprendí a imaginar cosas.

-Lo infantil se asocia a escape, a aventura en otros mundos. Tú haces lo contrario, devolver el niño a este mundo. ¿Por qué?

-Creo que hay cierta ternura, secretos entre uno y el mundo. La forma de las cosas me llama mucho la atención. Pienso, por ejemplo, en un vaso, cómo sostiene el agua. Es fantástico si te detienes y lo miras así, es un vaso, pero también es algo muy bonito, divertido. Los niños hacen eso cuando juegan. La cuchara es la cuchara pero también es el avión que lleva la sopa hasta la boca. Me encanta esa capacidad animista de los niños, esa relación que establecen con el mundo como de complicidad mutua. No hay mayor libertad que la de imaginarse cosas a partir de las cosas, es una libertad que se va perdiendo al crecer.

-A algunos padres y profesores les asusta leerles poesía a los niños, temen que no la entiendan, que se aburran siendo que hoy todos los expertos lo recomiendan. ¿Cómo convencerlos?

-Mi papá me leía Neruda y me gustaba mucho oír cómo sonaba eso. La poesía le hace bien a chicos y grandes. Es una forma de acercarse al mundo, una forma más silenciosa. A veces una metáfora ayuda a expresar algo que el niño se guarda para adentro. Sirve para entender la experiencia de otros y la propia. Lo que nos pasa, lo que de verdad nos pasa, muchas veces no lo podemos decir, es como si el lenguaje, con todas sus reglas y su intención específica, no nos alcanzara. Entonces tal vez podamos encontrar algo ahí, en ese lenguaje que se toma más libertades.

-¿Estamos raptados por Disney?

-Yo diría que por la autoayuda. Hay una sobreprotección de la figura del niño que es una locura. Los niños se dan cuenta de las cosas y además creo que las van tomando de una forma que a ellos les acomoda. Si un libro es triste, se ponen tristes, pero al rato se les pasa. ¿Pero por qué tenerle miedo al dolor? La literatura infantil acompaña a los niños cuando conocen el mundo. La abuela le decía a la Caperucita que tuviera cuidado con el bosque, la preparaba para lo que había afuera, porque afuera hay que tener cuidado, si le quitamos el final triste, el niño no va a entender muy bien hacia dónde va eso que le quieren contar. La muerte, el dolor, la injusticia existen y está bien que el niño vaya reflexionando en torno a eso, reconociéndose, viendo cuál es su lugar en eso. Si nunca le has hablado a un niño de la muerte cuando esté la muerte ahí ya no hay cuento que se lo pueda explicar. En el campo hay un respeto al ciclo de vida, sus alegrías y penas que deberíamos todos adoptar.

-¿Escribes para niños porque en el fondo no encajas con los adultos?

-Bueno hay algo en el mundo adulto, al que pertenezco, que no me gusta. Eso de no dar puntada sin hilo, ese estar en el momento justo en el lugar adecuado, esa instrumentalización de todo que tan lejana está al mundo de los niños (y creo que a todo lo bueno). Trato de cuidarme de eso. La ternura y la sencillez son características que en nuestra cultura no se valoran. Mientras más rudo eres, mejor. A mí no me gusta eso, me deprime. Entonces creo que más que quedarme pegada en la mirada de niña me preocupo de buscar cierta sencillez que me permita vivir de una manera sensata para mí y para los que están al lado mío. No es tan fácil, porque igual te mueves en un mundo en que la sencillez se asocia con una especie de debilidad. Ahí uno tiene que ver qué le importa más. Qué le dice a uno el corazón antes de irse a dormir.

-¿Sientes que tu apuesta infantil rema en contra de la corriente?

-Todos sabemos que en Chile hay una sobreoferta de autoayuda que sólo sirve para llenar las compras ministeriales y las bibliotecas públicas. Por otro lado, no solo la poesía sino cualquier libro infantil bien hecho, de calidad, cuesta mucho, es sinónimo de libro bonito y se trata con frivolidad. O sea, el niño no lo puede hojear o manchar. Demasiado siútico. Eso para los papás españoles es impensable. Allá son objetos caseros, cercanos. Los niños están familiarizados incluso con los nombres de los autores, los saludan en las ferias, ¡a mí me gritaron una vez en la calle en Galicia! Por eso me encanta la posibilidad de publicar ahora en Zig Zag, sacar mi libro de los círculos cerrados.

Mundos raros

Si el nombre de María José Ferrada es sinónimo de calidad certificada en el mercado editorial nacional, su figura fresca, aterrizada, viene a derribar ciertos clichés históricos que persiguen a nuestras autoras infantiles.

-Siempre se ha asociado a la escritora para niños como una señora ociosa que no trabaja o cuida a sus hijos y que escribe bien pero no le da para hacer literatura seria y adulta. Le ha pasado a todas desde Marcela Paz a Alicia Morel -comenta-. Yo ni siquiera soy mamá.

Estudiosa, decidida y trabajólica "como una hormiga", a Ferrada le gusta el contacto directo con la realidad infantil más cruda. Todos los sábados va al Hospital Calvo Mackenna a reunirse con niños enfermos, muchos de ellos terminales, con quienes comparte un momento de lectura.

-No es de guaguatera o porque me gusten los niños porque sí. Lo hago porque tengo una necesidad de observar a los demás, entender. Y la verdad que escuchar a gente tomando café en el Tavelli no me ha servido mucho. Prefiero los hospitales, las cárceles, tal vez porque creo que ahí me encuentro con algo. Y lo busco porque quiero entender qué es el otro, me interesa saber eso. Me encantan los libros, pero eso sé que no lo voy a encontrar en un libro -reflexiona.

-¿Qué te pasa cuando sales del hospital?

-No salgo con el corazón hecho trizas, creo que pongo un poco de distancia, si no no podría trabajar con ellos o con otras personas que tengan cerca el dolor físico, la muerte. Claro que te quedas pensando un rato, piensas que ojalá les salgan bien sus tratamientos, que ojalá no sufran, pero no me quedo dándole mucha vuelta a eso todo el día o si no me pondría mal y alguien mal no trabaja muy bien. Los niños son bastante perceptivos.

-¿A qué conclusiones llegaste observando a los niños con autismo en Barcelona?

-Yo tengo un tío con Down y pensaba que sería algo así, pero esto era otra cosa. Es un mundo que sigue siendo para mí muy misterioso. Pero cuando los conoces mejor ya sabes qué cosas los ponen nerviosos o qué cosas los calman. Con algunos podía conversar y me hablaban de lo que les gustaba, los perros, el metro, el Barça, otros eran solo ruiditos, entonces con esos había que comunicarse con palabras sueltas, gestos. Yo tenía una regalona que se llamaba Belén, tenía una enfermedad muy rara que hacía que su cuerpo fuera muy frágil, era diminuta, tenía 15 años y medía un metro. Ella no hablaba, solo le gustaba que la metieran al agua, era la única forma en la que estaba tranquila. Era muy rabiosa porque estaba atrapada en un cuerpo minúsculo que no le permitía moverse ni expresarse, entonces yo la paseaba en brazos y le cantaba, creo que se calmaba un poco porque se me apoyaba en el hombro.

-¿El estar tan rodeada de niños y de sus mundos interiores puede hacer dudar del deseo de ser madre?

-Creo que son cursos que la vida va tomando, uno cree que decide, pero tampoco es tan así, sería un poco frío pensar: "Ahora que tengo 38 años voy a tener un hijo". Es verdad que yo nunca he sentido esa necesidad de ser madre de la que me hablan mis amigas que lo son, pero tampoco es una postura política, como pensar que la familia es una institución que no funciona, no creo eso. Tengo una pareja y creo que los dos somos una familia, un tipo de familia que no tiene hijos.

-¿Te da miedo enfrentar la crianza real?

-(Reflexiona) Tal vez no es miedo la palabra, sino que tiendo a la conservación más que a los cambios y ser madre sería un cambio radical, no hay vuelta. Ese no hay vuelta me da miedo, tal vez más que a otras mujeres. Pero quién sabe. Si los libros creo que deben nacer de la necesidad, me imagino que un hijo mucho más.

"Me encanta esa capacidad animista de los niños, esa relación que establecen con el mundo como de complicidad mutua. No hay mayor libertad que la de imaginarse cosas a partir de las cosas, es una libertad que se va perdiendo al crecer".

"Hay algo en el mundo adulto, al que pertenezco que no me gusta. Eso de no dar puntada sin hilo, ese estar en el momento justo en el lugar adecuado, esa instrumentali-zación de todo"

Los caballos salían de la memoria de mi abuela a pastar sobre la mesa.

Recuerdo su galope por el mate.

El descanso en las castañas y la miel.

El padre y los hermanos de mi abuela, montados en pequeños caballos cruzando la cordillera del pan y de la leche.

No hay un recuerdo igual al otro.

Y este no se deja arropar.

Aunque haga frío.

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